Abraza la manada
22
Sitiados
Tercera parte
—El túnel es nuestra mejor opción —dijo Gabriel—. Los cachorros deben salir cuanto antes. No perderemos la casa, pero no nos arriesgaremos a que lleguen a ellos. Elizabeth, ¿tu padre puede darles refugio? —preguntó.
—Desde luego —afirmó Elizabeth.
—Bien —asintió Gabriel—. Irán escoltados, pero no todos pueden ir con ellos —dijo mirando a cada madre y padre presente en el comedor. Muchos asintieron, pero sentían gran pesar por dejar ir a sus hijos, aunque sabían que era lo mejor.
—Candy y los adolescentes irán con ellos —dijo Víctor.
—¿Qué? —preguntó Candy frunciendo el ceño y levantándose de su asiento.
—Es lo más seguro, Candy —contestó Víctor—. Su siguiente ataque no será como los anteriores, ahora son más y están mucho más motivados a acabarnos, además…
—No iré a ningún lado —afirmó Candy mirando a todos—. Sé lo que harán, pero no voy a huir, tampoco les estorbaré —dijo señalando el mapa—. Los niños y los adolescentes se irán, pero yo me quedo.
Los rostros de Gabriel y Víctor se contrajeron por una fracción de segundo. Se miraron entre sí y volvieron su mirada a Candy. Una leve e imperceptible sonrisa se asomó en sus bocas.
—Candy…
—¡No insistan, no me iré!
—Candy, Anthony está aquí —dijo Gabriel ensanchando su sonrisa y mirando a todos los presentes que tras oler el aire asintieron, emocionados.
Candy no entendió las palabras de Gabriel, pero vio la reacción de todos.
—El túnel —dijo Víctor a Candy y ella, sin pensarlo ni entender lo que pasaba corrió hacia las escaleras.
Las piernas le temblaban y las manos las tenía heladas. Su corazón latía con fuerza y unos terribles nervios azotaron su vientre. Corrió por el pasillo y buscó con la mirada las escaleras aun antes de que estas fueran visibles. Llegó al primer escalón y sintió sus piernas quebrarse al verlo.
Anthony tenía la respiración agitada, la ropa manchada de tierra, sangre y sudor. Sus ojeras eran enormes y su rostro tenía una apretada y corta barba. Detrás de él venía Lucille, pero Candy no pudo registrar su rostro en su campo de visión. Sólo veía a Anthony y creyó que era una ilusión pero, aunque lo fuera, debía alcanzarlo.
—¡Anthony! —gritó subiendo las escaleras. Se arrojó a sus brazos y él la recibió con toda la fuerza que su cuerpo conservaba. Sintió la calidez de su cuerpo envolver el de ella y se aferró a él. ¡Era real! Anthony estaba vivo. Enredó las manos en su cabello y hundió la nariz en su cuello, igual que él hacía en ese momento, buscando refugio en su compañera. El calor de su abrazo invadió su cuerpo y juraría que sintió cada músculo relajarse en los brazos de Anthony. Estaba vivo. La respiración de Anthony chocó contra su cuello y ella sollozó.
—Estoy aquí —dijo por lo bajo y apretó el agarre al fino cuerpo de ella. Se sentía más delgada y al verla subir las escaleras notó lo cansada que estaba. ¡Cuánto había sufrido en su ausencia! Hundió la nariz en su cuello e inhaló su aroma favorito, el de la tranquilidad que ella le ofrecía siempre. Percibió el temblor de su cuerpo y apretó el agarre para evitar que cayera. Sintió sus lágrimas rozarle el cuello y se odio por ser el causante de ese dolor. Besó con suavidad su hombro y acarició su cabello. Se veía hermosa con aquella sencilla trenza. ¡Dios! La había extrañado tanto. Fue un idiota al dejarla, pero ya estaba en casa, la tenía en sus brazos, sin un rasguño y así se iba a mantener. Nadie tocaría a su compañera. Héctor no le vería ni la sombra.
—Anthony, mi amor —murmuró Candy alejándose un poco para verlo. Él le acarició el rostro con una mano y con la otra mantuvo el agarre en su espalda. Candy cerró los ojos y suspiró. Las lágrimas brotaron de sus ojos y Anthony las recogió con sus dedos. Acercó su rostro al de ella y la acarició con la nariz, invitándola a besarlo. Ella buscó su boca y posó sus labios, salados por las lágrimas, en los de él. Su barba le hizo cosquillas, pero no retrocedió. Anhelaba ese contacto y no lo dejaría ir. Anthony cerró los ojos y se dejó envolver por esa caricia. La besó con ternura—. ¡Estás vivo! —exclamó ella cuando separaron sus labios—. Dijeron que estabas muerto, que Héctor… —Los ojos de Candy mostraron horror y Anthony negó con la cabeza, tomando su rostro entre sus manos.
—Estoy bien, lo juro. Mírame, estoy aquí —dijo llamando la atención de su compañera que, tras mirarlo a los ojos, asintió y volvió a abrazarlo.
Los miembros de la manada que se encontraban en la casa, se reunieron al pie de la escalera. Observaban la escena y respiraban aliviados de ver a su líder de vuelta, en terribles condiciones, pero de vuelta.
Víctor y Gabriel subieron los escalones y se encontraron con Anthony y Lucille.
—¡Tío! —exclamó Anthony abrazando con un solo brazo a Víctor, pero sin soltar a Candy con el otro.
—¡Mi muchacho! —dijo Víctor con afecto abrazando a su sobrino y conmovido porque lo hubiera llamado "tío", pues pocas veces lo hacía. Retrocedió y abrazó a Lucille.
—Gabriel —dijo Anthony estrechando la mano de su mejor amigo.
—¿Por qué tardaste tanto? —preguntó con una mueca burlona mientras apretaba el saludo de Anthony. Él entendió todo el afecto que encerraban sus palabras y asintió con la cabeza sin decir nada.
Astrid subió las escaleras y miró a Anthony.
—¿Ian? —preguntó.
—Se quedó atrás, cerrando el túnel con Derek —contestó Anthony y la cambiante respiró aliviada. Le sonrió a Candy cuya sonrisa no se borraba y abrazó a Lucille, no sin dejar de inspeccionarla para saber qué heridas tenía.
—Estoy bien —dijo la joven cambiante.
—¿Cómo llegaron? —preguntó Candy a Anthony.
—Es una larga historia —contestó Anthony acariciando su espalda—. Por ahora basta con saber que estamos aquí y necesitamos atacar antes de que Rodrick llegue con su último grupo.
—¡Más cambiantes! —exclamó Gabriel y el líder asintió—. Anthony, no podremos sostener la posición. Nos superan en número y por mucho.
Anthony asintió y miró a todos con calma. Su manada lo miraba esperanzada en que tuviera la solución a la situación en la que se encontraban. Observó los rostros cansados y heridos de todos y apretó los puños. Rodrick y sus hijos habían atacado con todo lo que tenían y desde todos los flancos, pero Anthony no dejaría caer la manada.
—Sé lo que han resistido estos días —empezó a decir—, sé que hemos perdido a muchos miembros de nuestra familia, pero les aseguro que no perderemos más. Defenderemos nuestro territorio, nuestras familias y vengaremos la muerte de nuestros hermanos. Rodrick piensa que tiene la ventaja, pero no es así. No tiene nada. Tiene muchos enemigos que esperan verlo caer y son esos enemigos nuestra mayor ventaja.
La manada lo escuchaba emocionada, pero también confundida. Candy no estaba menos curiosa y miró fijamente a Anthony mientras pronunciaba cada palabra.
—Entren —ordenó.
Un intenso ruido de pasos se escuchó de repente desde la primera planta de la casa. Los miembros que esperaban abajo olfatearon y reconocieron que muchos cambiantes estaban dentro de la casa. Se miraron entre sí y no dudaron en ponerse en guardia, como acto reflejo de su naturaleza. Candy se aferró al cuerpo de Anthony y sus músculos se tensaron, pero las caricias de él la calmaron de inmediato, aunque no le resolvían sus dudas.
Ian y Derek venían a la cabeza de ese grupo de cambiantes que, entre hombres y mujeres reconocía el terreno nuevo en que se hallaban y olfateaban de vuelta a los habitantes de esa casa.
Astrid vio a Ian y corrió a abrazarlo. Él la recibió y le plantó un profundo beso que no incomodó a nadie.
—¿Estás bien?, ¿los niños? —preguntó Ian, ansioso por saber cómo estaba su compañera.
—Todos estamos bien —contestó Astrid— ¿y tú? —devolvió la pregunta mirando cada rasgo de su compañero, buscando cualquier rastro del peligro al que se enfrentó.
—Mucho mejor —dijo Ian inhalando el aroma de Astrid—. Tus padres te envían saludos.
—¿Mis padres? —preguntó Astrid, contrariada.
Ian sonrió, pero sólo asintió y no dio detalles de sus aventuras en el oeste. Anthony tenía razón en que era una larga historia y no había tiempo.
Mientras la pareja hablaba, los recién llegados fueron situándose uno a uno, como fieles soldados, detrás de Lucille, pues Gabriel y Víctor flanqueaban a Anthony.
—Ellos son los nuevos miembros de nuestra manada —dijo Anthony a todos cuando el último cambiante fue visible para todos—. Todos ellos fueron prisioneros de Rodrick durante años después de que sus manadas fueron masacradas por la misma bestia que nos ha atacado. Conocen sus métodos de ataque y de vigilancia, ellos nos ayudarán a salvar nuestra manada.
Un emocionante silencio se instaló en la casa. Los recién llegados miraban a los otros miembros que hacían lo mismo, reconociéndose y agradeciendo que no estaban solos.
—¡Bienvenidos! —dijo Víctor emocionado por el ejército con el que Anthony había llegado.
Los recién llegados asintieron, no podían negar que estaban nerviosos por el recibimiento, pero no notaron hostilidad, así que se sintieron confiados.
—Necesito un informe de todo lo que ha pasado —dijo Anthony a Víctor y Gabriel.
—Vamos al comedor —dijo Candy—. Nos hemos reunido ahí —dijo tomando la mano de Anthony para bajar juntos. Él la siguió y miró a su tío y a su mejor amigo, quienes le sonrieron y asintieron.
—Ella manda —dijo Gabriel, contento por ver a Candy recuperada después de la mentira de Aquiles.
Anthony entró al comedor, seguido de Candy y toda la manada. Los adolescentes y niños que ya sabían que el jefe había vuelto, seguían en los salones seguros. Observó la estancia y encontró un verdadero cuartel de guerra. La mesa estaba cubierta de documentos, mapas, jarras de agua, platos vacíos, armas blancas y más cosas.
El jefe Anthony arrastró una silla y se sentó a la cabecera, Candy se sentó a su lado y por primera vez se dio cuenta del verdadero estado en que había llegado.
—¡Estás herido! —exclamó al ver una gran mancha de sangre en el costado izquierdo de Anthony.
Él observó la herida y hasta ese momento recordó la puñalada de Héctor. El remedio que Ray le había dado ayudó a detener la sangre, pero la herida no había cerrado.
—No es nada —dijo quitándole importancia.
—Déjame revisarte. —Candy se hincó a su lado y le levantó la camisa—. Hay que desinfectar y coser. Fue con plata, ¿verdad? —preguntó, pero sólo para confirmar. Anthony asintió. —Ahora vuelvo —dijo Candy levantándose.
—Yo traeré todo —dijo Jess, que se había colado entre los adultos y como nadie le había dicho que se fuera, se quedó cerca de Candy.
—Gracias —dijo Candy mirando a la joven que, de inmediato corrió a la enfermería.
—¡Elizabeth! —exclamó Anthony al ver a la cambiante de Pensilvania— reconocí tu olor, pero creí que estaba equivocado.
—Hola, Anthony —sonrió la joven—. Llegué antes de que iniciara el ataque y no podía irme.
—Te ofrezco disculpas, esta no es tu batalla.
—¡Créeme que lo es! —contestó abriendo mucho los ojos—. Esos malditos, por mi culpa —se lamentó—, tienen a uno de los míos.
Anthony miró a todos, necesitaba saber absolutamente todo lo que pasaba.
—¿Quiénes patrullan de día? —preguntó.
—Zachary lidera el grupo —contestó Candy—, Charles y Odette lo secundan. Sólo la dejamos salir unas horas, pasa casi todo el tiempo cuidando a Aaron. Lo trasladamos al tercer piso, a mi habitación porque es la más segura de la casa —informó.
—Bien, muy bien —asintió Anthony mirando a Candy—. ¿A quiénes hemos perdido? —preguntó con voz seca; era la pregunta que tenía miedo de hacer.
Víctor buscó una carpeta de entre todos los papeles de la mesa y se la tendió a Anthony. Él la recibió y leyó el documento que contenía.
—¿Oliver, Lydia? —preguntó sin querer creer los nombres que encabezaban una larga lista de nombres, miembros de su manada, de su familia que estaban muertos.
Candy ahogó un sollozo.
—Fue mi culpa —dijo perdiendo fuerza en la voz. Anthony volteó a mirarla y Víctor y Gabriel negaron con la cabeza—. Marianne encontró los componentes de la sustancia que elimina el olor de cambiante y destiló un poco para ocultar su presencia en el Hogar de Ponny. —Sus ojos se llenaron de lágrimas y siguió—: cuando supimos que nos atacarían insistí en protegerlos y ellos dos fueron a rociar la zona con la sustancia hasta que… no volvieron y… ¡lo siento, Anthony!
Anthony no hizo otra cosa más que abrazarla y besarle la frente. Para llamar su atención la tomó del mentón y la hizo mirarlo a la cara.
—No es tu culpa. Tú no hiciste nada malo, sólo protegías a tu gente y no hay nada de malo en eso. La muerte de Lydia, Oliver y los demás sólo es responsabilidad de Rodrick y sus hijos y ellos lo van a pagar.
Candy asintió levemente y se limpió con brusquedad las lágrimas que se había jurado no derramar frente a la manada. Anthony no dejó de rodearla con sus brazos y, tras un breve silencio dijo:
—Los escucho.
Anthony miró a su tío y a Gabriel y estos empezaron a explicarle la zona en la que se concentraban los ataques, sus técnicas, el campo minado y su retirada cada amanecer.
Durante la explicación, Jess volvió con todo lo necesario para tratar la herida de Anthony. Candy recibió el material y le dijo algo al oído, a lo que Jess asintió y salió de nuevo de la sala de consejo. Anthony observaba con detenimiento al tiempo que escuchaba el reporte.
Candy se hincó de nuevo al lado de Anthony y empezó a tratar la herida.
—Levantamos una barricada en el lado sur con el inventario de la bodega tres —explicó Gabriel—. Nos ayudará a mantener la posición.
—El campo minado empieza más o menos aquí —señaló Víctor en el mapa.
—Paul sabe cómo funcionan sus bombas —dijo Anthony señalando a uno de los nuevos cambiantes y este asintió, dando un paso al frente.
—Tenemos una —dijo Candy mirando a Gabriel y sin descuidar su sutura.
—¡Cierto! —asintió Gabriel y buscó en una mesilla del rincón la bomba que habían recuperado. Se la extendió a Paul y él la inspeccionó.
—Cuando Aquiles las creó, sólo dos de cada diez funcionaba, ahora es casi imposible que se equivoque. Tuvieron suerte de encontrar una defectuosa.
Candy y los que habían estado presentes en esa casi explosión se miraron entre sí. ¡Vaya que habían tenido suerte!
—Tenemos el mapa de Rodrick —intervino Lucille y miró a Derek que, de entre sus ropas sacó el mapa en el que el jefe de Oregon había planeado su ataque—. Aquí debe estar señalada la ubicación de las bombas.
—Sabemos desactivarlas —dijo Paul mirando a otro cambiante que asintió y se acercó a la mesa.
—Enséñennos —pidió Gabriel.
Paul y el otro cambiante asintieron. Anthony nombró a un pequeño grupo para que aprendieran y se instalaron en un rincón del enorme comedor, donde podían trabajar y escuchar el resto del consejo.
—Hay algo más que debo decirles —dijo Anthony tras escuchar el reporte y dar el visto bueno a la defensa que su manada había formado. Se levantó de su asiento y agradeció la curación de Candy, pues ya no le incomodaba la herida—. Llegamos antes que Rodrick porque recibimos ayuda de nuestros aliados de Idaho —miró a Astrid y ella asintió, orgullosa—. Nos ayudaron a montar un ataque a su guarida y tomamos su casa. —Las exclamaciones de sorpresa y orgullo no se hicieron esperar—. Así fue como nuestros nuevos miembros se nos unieron. —Señaló al grupo
«Avanzamos por una ruta más corta y logramos llegar antes que el último grupo de Rodrick y en el camino se nos unieron más aliados, pequeñas manadas que no dudaron en ayudarnos. Como les dije, Rodrick tiene más enemigos en el país que aliados, creo que por eso trabaja en la frontera. Su megalómano plan es someter a cada manada en el país. Lo hizo con las de ellos y lo intenta con la nuestra, aunque… —se talló el cuello y Candy se le acercó para darle tranquilidad. Él sonrió y la trajo hacia su costado derecho, rodeándola con el brazo.
«Nuestra guerra no es sólo por el poder —miró a Víctor—. Él atacó nuestra manada hace años, cuando mi madre murió. Ella evitó que en ese entonces acrecentara su poder al rechazar su alianza y decidió vengarse. Juntó a un grupo de renegados para atacar y cuando reconoció todo el terreno y la defensa de ese entonces encabezó el ataque. Amenazó a mi madre en Lakewood cuando estaba débil y causó su muerte.
Candy se aferró al agarre de Anthony y sintió una punzada de dolor en el pecho.
«El ataque que planea es una venganza. La planeó por años y al enterarse de que yo estaba vivo decidió cumplir las amenazas que hizo a mi madre sobre destruir su familia. Nuestra enemistad con Albert le sirvió para fortalecerse.
—Pero al verme con él, se sintió amenazado —dijo Candy agachando la mirada y frotándose las manos.
—Creo que eso sólo aceleró su plan —dijo Anthony.
—Aquiles dijo algo sobre su primer enfoque —intervino Gabriel.
—¿Hablaron con él? —preguntó Anthony y Candy sintió cómo su mano le apretaba la cintura.
—Hace unas horas —contestó ella—, quería que nos rindiéramos.
Anthony sintió cómo la rabia se apoderaba de cada fibra de su ser. Candy había estado cara a cara con la bestia de Aquiles, el mismo cambiante que había torturado a tantos otros, como Ray y los que lo acompañaban ahora.
—Su plan inicial era el robo de ganado, inculpándonos —explicó controlando su ira—. Llamar nuestra atención para descifrar nuestras defensas y estilo de vida para después atacarnos. La cantante era uno de ellos. Manipuló al joven Cartwright para herir a Gabriel.
—Toda la historia del grupo de humanos y cambiantes trabajando para herirnos…
—Era mentira. Una más de las creadas por Rodrick. Ellos querían a toda costa que yo saliera de aquí para atraparme, atacarlos y después matarme. Sobra decir que el romance entre él y mi madre era mentira también.
—Lo sabíamos —dijo Víctor—. Albert nunca oyó hablar de Rodrick hasta que lo amenazó en el funeral de Rose. —Anthony lo interrogó con la mirada—. Le dijo que tras la muerte de Rose nosotros no respetaríamos tu lugar como líder y que corrías peligro. Por eso te alejó de nosotros cuando eras pequeño, por eso no quiso saber nada de nosotros todo este tiempo.
—Me estaba protegiendo… —murmuró Anthony y sintió como si hubiera sido arrojado a un risco.
Candy entrelazó su mano con la de él.
—Ya sabemos toda la verdad —habló ella—. Sabemos que su ataque no será como los anteriores y que tienes un plan —Anthony asintió—. ¿Dónde están esos aliados que se te unieron? —preguntó—. Aquiles dijo que reiniciaría su ataque a la medianoche si no nos rendíamos.
—Es para darle tiempo a Rodrick de llegar —contestó Anthony y meditó su estrategia. Podía atacar antes de que él llegara, pero estropearía el elemento sorpresa—. Nuestros aliados están rodeando el bosque para atacarlos por la retaguardia mientras ellos nos atacan.
—¿Tu plan es que nos ataquen? —preguntó Gabriel con voz derrotada que sólo demostraba el cansancio que tenía.
—Sí —asintió Anthony—. Atraeremos su atención y le daremos tiempo al otro grupo para que los rodeen y entonces contraatacamos. Una vez rodeados, no tendrán adónde escapar y terminaremos con esto de una vez.
Todos los presentes asintieron ante el plan del jefe. Anthony les agradeció con un gesto su confianza y tomó el liderazgo de la defensa. Anthony preguntó el estado de las heridas de sus cambiantes y Candy le dio un informe detallado, diciéndole quiénes podían luchar sin problema y quiénes tenían heridas graves o recientes. Tomando en cuenta esta información y las habilidades de todos, organizó grupos de avanzada, de rastreo, defensa y ataque, integrando a viejos y nuevos miembros de la manada; los primeros les enseñarían el terreno bastante conocido para ellos y, los segundos, los guiarían en cuanto a las técnicas de los atacantes.
Una vez que todos tuvieron sus instrucciones y se comunicaron con las patrullas diurnas, el comedor se vació gradualmente.
—Ve a ver a tus hijos —dijo Candy a Ian que, después de recibir sus indicaciones tenía un par de horas para descansar del largo y ajetreado viaje, al igual que Derek y Lucille—. Casi es la hora de la merienda y después de esa hora nadie sale de la primera planta —añadió viendo la hora y buscando al chico Billie, encargado de la alimentación de los cachorros desde que había iniciado el ataque.
—Gracias, Candy —dijo Ian y, tomando la mano de su compañera, corrió hacia la planta alta para reencontrarse con Isaac y Eric.
—Los adolescentes han cuidado de los niños estos días, tengo a tres ayudándome en la enfermería y a Billie liderando en la cocina —explicó Candy mientras recogía las cosas que sobraban de la enorme mesa—. Estaban impacientes por ayudar —dijo levantando uno de los primeros croquis en los que habían registrado el ataque. El arma que Gabriel le había dado por la mañana estaba ahí. Anthony miró el arma y la tomó, al tiempo que se levantaba, se cercioró de que estaba asegurada y de que contenía balas de plata, pero no dijo nada.
—Has sido muy fuerte —dijo acercándose a Candy que había retrocedido unos pasos mientras despejaba la mesa. La tomó de los hombros y ella se dejó atraer hacia su él; se acomodó en su pecho y le rodeó la espalda con los brazos.
Anthony lo decía en serio, sabía que su compañera era una mujer fuerte, pero no podía evitar asombrarse de la entereza de Candy y su capacidad de liderazgo ante la situación. Muchas ideas nuevas de defensa habían sido de ella; al parecer, ella mantenía a raya a Elizabeth, cuyo carácter indomable era lo primero que él recordaba de su amiga; poner a trabajar a los adolescentes para hacerlos sentir útiles y lograr que en verdad contribuyeran no sólo había sido una estrategia para sostenerse, sino una manera de alentarlos y dar ánimos a la manada. El corazón de Anthony latió con fuerza al recordarla, minutos atrás, tratando su herida y hablando al mismo tiempo de todo lo que había pasado durante su ausencia.
Candy no respondió a las palabras de Anthony, no se sentía fuerte y hubiera querido hacer más para evitar las muertes de tantos cambiantes, pero se negó a cargarle a Anthony sus miedos y preocupaciones.
—Debes descansar un poco —dijo levantando su cabeza para mirarlo—. Tenemos varias horas y necesitas recuperar fuerzas.
*C & A*
Queridas lectoras, espero que este capítulo les haya gustado pues ¡Anthony ya está aquí! Y suenan los tambores de guerra.
Gracias a:
Mayra: Hola, Anthony llegó en el momento justo para evitar que Candy cayera en la desesperación –y nosotras–. Espero que este capítulo haya sido de tu agrado y, si se puede, me lo hagas saber.
Julie-Anldley-00: Hola, creo que era normal que Candy flaqueara al miedo, pues no es de palo y creo que lo necesitaba para retomar fuerzas, aunque su mayor fuerza es Anthony ¡y ya está aquí! Espero que te haya gustado este capítulo. Saludos.
Maria Jose M: Hola, hola. Todos los Bennett están locos, se me hace que de chiquitos se cayeron de cabeza y por eso quedaron así, lo bueno que ya llegó el amansalocos para detenerlos. ¿Qué te pareció el capítulo? Espero que te haya gustado y tranquilizado. Te mando un saludo y mi más sincero agradecimiento por el tiempo que dedicas a esta narración.
GeoMtzR: Hola, toda la ayuda que quieran brindar a la manada es bien recibida, aceptamos armas, municiones, víveres e ideas de tortura; estoy segura de que Anthony aceptaría con gusto tu apoyo. El jefe llegó con un ejército y un plan, así que espero que ya estés un poquito más tranquila y que el reencuentro de la pareja te haya gustado. La guerra todavía no termina, pero ya están juntos y la fuerza de uno reside en el otro. Albert saldrá eventualmente, pero por ahora es mejor que se quede seguro en Chicago, bien vigilado por su guardia. Geo, espero de verdad que te haya gustado este capítulo y mil gracias por tus palabras y apoyo en mis historias. Te mando un abrazo.
Cla1969: Hola, espero que ya estemos todas más tranquilas con la llegada de Anthony, ojalá te haya gustado el capítulo. Muchas gracias por tu comentario y tu tiempo. Te envío un fuerte abrazo.
Marina777: Hola, muchas gracias por tus comentarios, espero de verdad que este capítulo te haya gustado, pues parece que Anthony tiene un plan sólido, la determinación y el apoyo de muchos. Te mando un saludo desde México y ojalá me dejes saber tu opinión.
Nos leemos pronto
Saludos
