El tren de los recuerdos
Amelia siempre había amado los trenes, pues para ella no sólo significaban un medio de transporte, sino el inicio de la aventura más importante de su vida. En su juventud, cada vez que ella y Víctor abordaron un tren juntos, sentía la misma emoción de la primera vez cuando, siendo apenas una joven, de la mano de su compañero, subió al tren que la llevaría de Virginia a Michigan, su nuevo hogar.
Esta vez, después de muchos años, Amelia y Víctor volvían a abordar un tren y, aunque ya no eran los jóvenes de antaño, las mismas chispas de entusiasmo se expandieron en su cuerpo tan pronto pisó el primer escalón para abordar el tren.
Los miembros de la manada viajaban siempre en primera clase, en los vagones más amplios y privados de todos los trenes para tener comodidad y espacio de moverse a su antojo. Esta vez no fue la excepción, y Amelia, Víctor y Gabriel fueron conducidos a sus compartimentos.
—Nos vemos en la cena. Voy a dormir un poco —dijo Gabriel a sus acompañantes en cuanto estuvieron solos y, sin esperar respuesta, dio media vuelta y se encerró en su compartimento.
—Este chico… —murmuró Víctor al verlo salir tan serio y ¿molesto?
Amelia también notaba la actitud de Gabriel, pero al no conocerlo, no podía juzgar si había algún cambio significativo en su carácter, así que lo dejó pasar y se sentó junto a la ventana para levantar la cortinilla y observar el movimiento del exterior, algo que siempre le había fascinado.
Víctor la miró y recordó la primera vez que habían viajado juntos en tren. El perfil de su compañera se reflejó en el cristal y pudo observar cómo sonreía, emocionada por el ruido que ya empezaba a hacer la locomotora. Se sentó a su lado y ella se acomodó en sus brazos para ver cómo la gente despedía a familiares y amigos desde abajo, algunos con sonrisas entusiasmadas y otros, con lágrimas en los ojos.
Los ruidos se fueron intensificando y ambos hicieron un esfuerzo por soportarlos, pues si para un humano eran excesivos, para los cambiantes eran todavía más molestos.
—Espero que Gabriel ya se haya dormido o estará de peor humor con este ruido —dijo Víctor cerca de la oreja de ella.
—Debimos darle un somnífero —bromeó Amelia.
—¡Cómo no lo pensé! —se lamentó Víctor—. Pero debe estar pendiente de los demás —dijo refiriéndose al resto de cambiantes que iban en otros compartimentos y que volvían a su hogar.
—Es un chico muy responsable —reconoció Amelia—, dejemos que duerma un rato.
El tren aumentó su velocidad y pronto se encontraron atravesando el campo abierto, cubierto de nieve.
Mientras Gabriel tomaba su siesta, Víctor se aseguró de que los otros miembros estuvieran a gusto en sus lugares. Era un grupo grande de cambiantes, así que debían estar pendientes de no crear algún conflicto o exponerse a los humanos. Por fortuna, todos los lobos sabían comportarse.
Amelia se quedó sola en su compartimento y no hacía otra cosa que observar el paisaje, mientras su mente iba y venía entre viejos recuerdos y recientes…
La noche de la pelea contra Rodrick, el cambiante que la había secuestrado años atrás y que había intentado tomar la manada de su sobrino, ella había comandado a las manadas aliadas para atacar desde la retaguardia. Tuvo que ingeniárselas para comunicarse con aquellos cambiantes, pues no eran miembros de su manada y, por lo tanto, el enlace mental no funcionaba; pero había armado una estrategia tan precisa que las palabras no fueron necesarias, salvo unas cuantas veces en las que tuvo que volver a su forma humana para dar órdenes.
Tras la muerte de su líder, los atacantes sintieron cómo su vínculo se rompía y, aturdidos y contrariados, detuvieron su ataque de inmediato. La manada de Anthony y sus aliados los rodearon para que ninguno escapara y detuvieron a aquellos que persistían en la lucha.
Después de Anthony, la cambiante Lucille era su contacto oficial y a ella le comunicó el estado de la lucha desde su posición y acató las órdenes dadas por Gabriel para reunir a todos, en su forma humana en la zona delimitada.
Estaba por despuntar el alba y Amelia, al igual que todos, estaba exhausta. Había peleado toda la noche después de recorrer medio país y lo había hecho después de años de no hacerlo. Era cierto que, durante todo su cautiverio, procuró ejercitarse para mantenerse fuerte, pero no lo suficiente para evitar ser una amenaza para sus captores y llevarse peores castigos.
Amelia observó la cicatriz de su mano, en la que, por años, cargó un brazalete que le imperia transformarse a voluntad; se frotó los brazos con nerviosismo al recordar las torturas, pero se recompuso de inmediato al aferrarse al recuerdo del reencuentro con su compañero.
Los primeros rayos de sol se colaron entre los árboles y, con Lucille a su lado, hacían un rápido recuento de los daños.
—Anthony está ocupado —informó Lucille—, no entiendo, algo pasó con Candy y está con ella.
—¿Está herida? —preguntó preocupada.
—No… creo que no… hay mucho ruido mental y no logro entender todos los mensajes —dijo Lucille sacudiendo la cabeza.
Amelia asintió con la cabeza y decidió no darle más ruido a la mente de la joven quien, como buena comandante, se encargaba de dar órdenes a sus patrullas y comunicarse con otros.
La loba se sentó en sus patas traseras y observó el bosque, el mismo que ella había abandonado años atrás en medio de un incendio y al que volvía sólo para encontrarlo en las mismas condiciones, pero ahora nada ni nadie la sacaría de ahí.
De pronto, sus orejas se agitaron y no pudo evitar chillar como una cachorra asustada. Sus sentidos no la engañaban, él estaba cerca, podía olerlo y escuchar sus fuertes pisadas hundirse en la tierra.
Amelia volvió a chillar, presa de la emoción, y comenzó a dar vueltas en su lugar, nerviosa, esperándolo, hasta que lo vio…
El hermoso lobo gris que apareció frente a sus ojos era tan alto como lo recordaba, gallardo y fuerte.
Él se detuvo en seco en cuanto la vio, esperaba ver sólo a Lucille que era quien lo había llamado, pero sus sentidos sólo pudieron concentrarse en ella. Una hermosa loba pelirroja.
—¿Amelia?
Ella ladró al escuchar la voz de su compañero en su interior. Era una de las experiencias más hermosas que los cambiantes podían experimentar y ella, tras años de no vivirla, se sintió desfallecer de emoción.
—Soy yo, Víctor —respondió dando unos pasos hacia adelante, en dirección a su compañero.
Él miró a Lucille y ella sacudió la cabeza, indicándole que era cierto lo que veía.
Víctor también avanzó hacia ella y Amelia, como si el tiempo no hubiera pasado, pudo sentir el nerviosismo, la inquietud y la confusión que embargaba a su compañero.
Sus cuerpos se encontraron y una corriente eléctrica los invadió. Sus sentidos sólo se concentraron en reconocer al otro. Ella lo olfateó desde el cuello y él frotó su cabeza en su costado para después olfatearla también. Se tiraron en el suelo y terminaron de reconocerse combinando aullidos, enlace mental y contacto físico.
—¡Estás viva!
Amelia se limpió una lágrima de la mejilla en cuanto oyó que Gabriel se acercaba a su compartimento y llamaba a la puerta.
—¿Se puede?
—Adelante.
Gabriel entró y Amelia lo recibió con una sonrisa.
—Víctor está con los demás —informó al joven—. ¿Me haces compañía? —pidió señalando el asiento que estaba frente a ella.
Gabriel asintió y se sentó en silencio.
—Te ves descansado, ¿dormiste bien?
—Sí, gracias —contestó serio y, en ese momento, un servicio de té les fue servido en su compartimento por un joven camarero.
Amelia lo despidió con una gentil sonrisa y sirvió dos tazas de té.
—¿Azúcar? —preguntó al joven tomando las pequeñas pinzas para los terrones de azúcar.
—Uno, por favor —dijo Gabriel y observó cómo Amelia preparaba la bebida. Ella se sirvió tres terrones de azúcar y él sonrió ligeramente.
—¿Qué pasa? —preguntó Amelia.
—Nada, es que… Víctor suele… —señaló los terrones de azúcar y Amelia abrió la boca en señal de asombro.
—¡Dijo que ya no lo hacía! —exclamó.
Gabriel rio y negó con la cabeza.
—Nunca entendí su adicción —reconoció Amelia—, una vez encontré una caja de latón en su mesa de noche con terrones de azúcar. Se la escondí, sólo para molestarlo y él la reemplazó con otra más grande.
Las risas de Gabriel y Amelia se mezclaron en el compartimento.
—Me da gusto verlo tan feliz —expresó Gabriel tras beber de su taza—. Qué bueno que volviste.
Amelia le dedicó una maternal sonrisa a Gabriel.
—Espero que no te moleste, pero él me contó sobre cómo llegaron Anthony y tú a la manada.
Gabriel la miró impasible. En casa, todos sabían el destino que habían sufrido sus padres y también cómo Víctor lo había ayudado a vengar la muerte de estos, por lo que no tenía ningún inconveniente con que Amelia lo supiera y así se lo hizo saber.
La conversación giró en torno a Víctor. Gabriel le contó cómo se había convertido en un padre para él y cómo su carácter sereno siempre frenaba los impulsos de él y Anthony.
—¿Sereno? —preguntó Amelia con burla y Gabriel asintió—. Consecuencias de la madurez, supongo, porque antes… ¡Dios! Víctor era el primero en iniciar una pelea.
Las cejas de Gabriel se levantaron, llenas de asombro. Escuchar eso era tan extraño como cuando un niño se da cuenta de que sus padres también fueron jóvenes.
—¿Cómo se conocieron? —preguntó Gabriel.
—¿No te ha contado?
—Sí, pero me gustaría conocer tu versión de la historia.
—¡Te encantará la mía, soy muy buena narradora! —exclamó Amelia emocionada y, sirviendo más té en la taza de Gabriel, se dispuso a contarle su historia de amor con Víctor…
El jefe Clinton Andley de Michigan había enviado a su única hija cambiante y sucesora en el poder al estado de Virginia para entrenar con la manada del jefe Leopold y forjar una alianza comercial, ya que se trataba de una ciudad portuaria con una gran oportunidad de crecimiento para ambas manadas.
—Son más conservadores que nosotros —advirtió el jefe Clinton a su hija—, así que ve con cuidado y compórtate. Me interesa esta alianza y no quiero problemas.
Rosemary Andley forzó la sonrisa e hizo una reverencia exagerada.
—Seré la cambiante más delicada y sumisa del sur —prometió, pero de inmediato soltó una carcajada—. Lo siento, papá. No te preocupes, haré lo que me pides y no te defraudaré.
Clinton sonrió y acarició la mejilla de su hija. Sabía que sería una líder extraordinaria, pero como padre le costaba dejar ir a su pequeña tan joven y con una responsabilidad tan grande en sus espaldas.
—¿Segura que no quieres que Víctor las acompañe? —preguntó días antes de despedirla.
—No, él te es más útil aquí —negó Rosemary—. Solo dile que no se olvide de ir por nosotras cuando acabe mi entrenamiento.
Rosemary Andley partió rumbo a Virginia solo con una cambiante mayor que le servía de guardia y dama de compañía frente a los humanos. Su nombre era Daisy y eso era lo único gentil y suave que poseía la cambiante, pues tenía un carácter indomable al que nadie se atrevía a enfrentar, por eso era la perfecta guardaespaldas de la heredera de la manada.
La estación de trenes de Virginia estaba abarrotada de gente cuando Rosemary y su guardia bajaron, pero haciendo uso de su fuerza y habilidad se abrieron paso entre las personas y llegaron al punto de encuentro acordado con el jefe Leopold. Ahí ya las esperaba un cambiante que las llevó a casa de la manada, donde fueron recibidas con cortesía.
—Rosemary —dijo el jefe Leopold tras las presentaciones oficiales—. Él es Arthur, tu entrenador y uno de mis mejores guerreros.
—Encantada —saludó Rosemary con respeto.
Arthur era un hombre mayor, casi de la misma edad que su padre, alto, robusto, ancho de espaldas y fuertes brazos.
—Vivirás en su casa durante tu entrenamiento —informó el jefe Leopold—. Daisy será mi invitada en la casa principal.
—De acuerdo —asintió Rosemery, pues sabía que debía acatar los mandatos del jefe en cuya manada estaba. Cuando ella fuera líder se encargaría de dar las órdenes.
La casa de Arthur no estaba lejos de la casa principal, pero sí tenía su propio espacio y seguía sus propias reglas.
—Tengo una hija de la misma edad que tú —dijo Arthur cuando iban de camino a su hogar—. También la entreno yo y espero que se lleven bien.
El deseo de Arthur fue cumplido con más diligencia que si lo hubiera concedido un genio. Después de conocerse, Rosemary y Amelia, que así se llamaba la hija de Arthur, se hicieron inseparables.
Rosemery, a pesar de tener un hermano, fue criada con severidad y por muchos años en soledad, al ser la única con el gen cambiante, por lo que tenía la obligación y el derecho de liderar su manada en su futuro; así que su crianza fue estricta e intensiva, ya que también tuvo que recibir la fina educación humana para ser una perfecta dama de sociedad.
Por su parte, Amelia era hija única y aunque por sus venas no corría la sangre de un líder, también tenía una gran responsabilidad sobre sus hombros al ser hija de uno de los guerreros más importantes de la manada de Virginia, por lo que entrenaba más que los demás, pero como había señalado el jefe Clinton, la manada era mucho más conservadora y, en muchas ocasiones se tenía que contener en sus acciones e ideas frente a los hombres de la manada, así como en sus deseos.
—¿No hay nada que puedas hacer para evitar esa unión? —preguntó Rosemary una mañana mientras descansaban de su entrenamiento.
—No —negó la joven de ojos ambarinos—. La crisis ha aumentado en los últimos cinco años y los jefes de la zona no quieren arriesgarse a nuestra extinción —respondió resignada.
—¡Rose, Amelia, vengan acá! —Arthur las llamó a metros de distancia y las jóvenes se incorporaron y corrieron al encuentro de su entrenador—. Amelia, ayuda a tu madre con la ropa —dijo a su hija en cuanto la tuvo cerca—. Rose, llegó este telegrama para ti. —Arthur le tendió el papel y Rosemary lo leyó con prisa.
—Es de mi primo —informó a ambos—, dice que… vendrá antes de lo previsto y que se quedará hasta que termine mi entrenamiento y que… el jefe Leopold ya lo sabe.
—¿Víctor? —preguntó Amelia y Rose asintió. Para ese entonces Amelia ya conocía, al menos de nombre, a toda la familia de su amiga.
—Hablaré con el jefe —dijo Rose y Arthur asintió, dejándola partir.
Dos días después, el primo de Rosemary llegaba a Virginia.
—¿Cómo te tratan? —preguntó el joven Víctor a su prima una vez que la vio.
—Mejor de lo que esperábamos, he aprendido mucho —le dijo para calmarlo y era verdad.
Víctor fue conducido a la casa principal de la manada junto al jefe Leopold, su compañera Anne Marie, y su hijo, James.
—¿No deberías ser tú el siguiente líder de la manada? —preguntó James a Víctor.
James era un joven cambiante, unos cuantos años mayor que Rosemary y su primo. El chico era atractivo, fuerte y presuntuoso, un claro ejemplo de quien goza de poder aún sin tenerlo.
—No —contestó Víctor tajante—. La próxima líder es mi prima, es la ley, ¿no? —añadió mirando a todos los que estaban sentados a la mesa.
—Cuidado, es el hijo del jefe —le advirtió Rose.
—Que Dios salve esta manada si ese será su líder —contestó Víctor.
—Lo que tú llamas ley es una vieja tradición y debemos adaptarnos a los tiempos que corren —prosiguió James—. Por siglos las manadas han sido regidas por hombres —Lanzó una mirada retadora a Rose y ella le sonrió con fuego en la mirada—. No me malentiendas, Rose, eres excepcional, pero dudo que estés lista para dirigir tu manada. Tal vez el jefe Clinton deba nombrar a tu primo como sucesor.
—Bueno, James, me alegro de que mi padre no te tenga como consejero —respondió Rosemary adelantándose a la reacción de su primo—. Y me parece que no deberías hablar de sucesiones cuando tú tampoco has sido nombrado líder de tu manada, así que no estás ni más ni menos preparado que yo.
James miró a Rosemary con ira, pero una orden de su padre lo detuvo de continuar con sus incordios y sólo sonrió cuando la joven enarcó una ceja y lo retó con la mirada a seguir hablando.
—Dime que no entrenas con ese idiota, por favor —dijo Víctor después de la cena, cuando estuvo a solas con su prima y con Daisy.
—Ojalá lo hiciera, así ya le habría roto la cara más de tres veces —contestó Rose serena.
—Yo puedo hacerlo —meditó Víctor—. Su padre me ha invitado a ver su entrenamiento mañana. ¿Dijo que las mujeres entrenan aparte? —Rose asintió—. ¿Por qué?
—¿Por qué crees?, piensan que son más fuertes que nosotras, pero… ¿te cuento un secreto? —preguntó Rose con una traviesa sonrisa en el rostro.
Víctor asintió.
Rose miró en todas direcciones y miró a Daisy, quien hizo un breve asentimiento de cabeza.
—Arthur, mi entrenador, nos enseña las mismas técnicas que a los hombres. Lo hace con discreción y no con todas las mujeres, sólo un pequeño grupo, yo entre ellas.
—¿Va en contra de las órdenes de su jefe?
—No, sólo de las del consejo. El jefe Leo no puede hacer muchas cosas sin la autorización de un grupo de viejos anticuados que creen que las cambiantes somos menos fuertes que ellos, pero el jefe no lo ve así y… ¡ay! Las cosas son más complicadas y no puedo decirte todo hoy, pero mañana podemos hablar, después de mi entrenamiento. ¡Quiero que conozcas a mi compañera de lucha!
—¿No estaba en la cena? —preguntó Víctor en voz alta.
—No, ella y su madre tenían un encargo y estuvieron fuera todo el día.
—Bien, la conoceré mañana. Me voy a dormir, el jefe me citó temprano para una muestra de combate.
—Procura no pelear mucho con James —le sugirió Rose—. La alianza aún no está asegurada.
Víctor frunció el ceño, quería partirle la cara al joven heredero, pero la diplomacia se lo impedía, de momento.
El tren hizo su primera parada en el camino hacia Oregon y muchos vagones se desocuparon y volvieron a llenarse. El grupo de cambiantes no haría cambio de tren hasta la siguiente parada, así que no se movieron de sus lugares.
—James era un tradicionalista —dijo Amelia mientras veía el paso de la gente desde la ventana.
—Era un idiota —agrego Víctor que se había unido desde hacía mucho al relato y se complacía de recordar y escuchar la versión de su compañera.
—Un idiota tradicionalista —corrigió Amelia—, pero hasta cierto punto, lo hacía por la manada. Estábamos en crisis y si el problema se agravaba a él le tocaría ser el último jefe de una vieja manada.
—¿Cuál era la crisis? —preguntó Gabriel.
—Ya casi llegamos a ello —contestó Amelia, agregando emoción a su relato…
Una joven Amelia corría al lado de su mejor amiga para calentar el cuerpo e iniciar el entrenamiento.
—Si tu primo le rompe la cara a James, espero estar en primera fila —bromeó mientras trotaba.
—Espero que no pase —negó Rose—, me he portado bien estos meses como para que él arruine mi trabajo. Pero lo que sí quiero, es que lo conozcas, dime que tienes tiempo hoy, por favor —suplicó mientras se adelantaba al paso de su amiga.
—Tengo deberes, lo sabes —contestó Amelia—. Volví a perder contra Cat y me toca ayudarla a lavar toda la ropa de cama —dijo rodando los ojos—, así que estaré en el río como buena chica.
—¿Y después? —preguntó Rose, esperanzada y dispuesta a no dar su brazo a torcer.
—Después…. Ya veremos.
El entrenamiento masculino no causó gran impresión en Víctor, pero tuvo que fingir que así era y, también por cortesía, tuvo que perder contra el jefe Leopold, el único guerrero, hasta el momento, que había mostrado una buena defensa y un ágil ataque.
Víctor no perdió la oportunidad de preguntar por James, ya que no lo había visto durante el combate.
—Él entrena más tarde, primero debe cumplir con tareas administrativas —contestó el jefe Leopold.
—Ya veo…
—Después podrán medir fuerzas, si eso es lo que quieren —añadió el jefe Leopold observando la actitud de su invitado y de James. Era un hombre viejo y él también había pasado, en su juventud, por esos arranques de hombría y no veía problema en un poco de competitividad.
Víctor se despidió del jefe Leopold, diciendo que buscaría a su prima para almorzar con ella y, una vez que le dijeron el rumbo que debía tomar, emprendió el camino.
El aire era fresco y limpio, ideal para una cacería. Miró en todas direcciones y se internó en el bosque en busca de alguna presa pequeña, sólo por diversión.
Se quitó la chaqueta y la dejó colgada de un árbol. Olfateó el aire y decidió buscar primero una presa y después provocar su cambio. Corrió entre los árboles, pero nada llamaba su atención, sólo a lo lejos el murmullo del río. Decidió dirigir sus pasos en esa dirección.
Fue la mejor decisión de su vida.
Un suave y cautivador aroma lo golpeó de pronto, inundando sus fosas nasales y llenándole los pulmones de esa nueva fuente de oxígeno.
Amelia estaba hincada a la orilla del río, restregando con venganza una sábana blanca.
—Cat me las va a pagar. ¡Dejarme toda la colada a mí! ¡Sabe cuánto odio lavar la ropa de cama! —refunfuñaba mientras la espuma le cubría las manos. Olió la tela y alzó las cejas, asombrada por el dulce aroma que emanaba de la friega del jabón con la sábana. Enjuagó, exprimió y sacudió pieza tras pieza, y el olor persistía—. Esto no es normal —dijo en voz alta.
Se levantó y olfateó el aire, el aroma no provenía del jabón. Se quitó el mandil y lo arrojó sobre el canasto de ropa, dispuesta a ir en busca de ese olor. Caminó varios metros y el aroma se intensificó.
—No tuve que buscar más, porque entre los árboles estaba el hombre más atractivo que hubiera visto en la vida —dijo Amelia tomando la mano de Víctor que la miraba embelesado.
—Se veía hermosa, refunfuñando y peleando con la ropa —añadió Víctor—, que no pude hacer otra cosa que admirarla y esperar a que se diera cuenta de que yo estaba ahí. Tardó dos sábanas y tres fundas de almohada en hacerlo.
Gabriel oía con paciencia y entusiasmo el relato. Nunca se consideró un romántico, pero las historias sobre hallar a un compañero siempre tenían un efecto cautivador en los cambiantes y él no era la excepción en ese momento.
—Eres bellísima —afirmó Víctor en cuanto tuvo a la joven entre sus brazos. No sabía su nombre, ni su edad, no sabía nada de ella, pero sabía que era su compañera.
—Gracias… —contestó ella nerviosa por la gama de emociones y sensaciones que la consumían— Tú…
—Soy Víctor —dijo mirándola a los ojos, unos hermosos ojos claros de los que se asomaba su loba.
—¿Víctor?, ¿eres el primo de Rose?
—Me agradaría más el término "tu compañero" —bromeó—, pero sí, soy el primo de Rose.
Ella se rio e instintivamente se acercó al cuerpo que la rodeaba con sus brazos. Sostuvo sus manos a la altura de su pecho y lo miró detenidamente. De pronto, tuvo miedo y sus ojos lo reflejaron. James, Víctor, la manada, la unión, todo golpeó su mente con fuerza.
—¿Qué pasa? —preguntó Víctor acariciando la mejilla de la joven—, ¿no estás feliz?
—No… sí… lo que pasa es que… —tartamudeó tanto que creyó que había perdido la capacidad de hablar—. No me conoces —dijo llamando a la cordura—, ¿cómo sabes que quieres ser mi compañero?
La pregunta extrañó a Víctor. Una vez reconocidos como compañeros había pocas posibilidades de negar la conexión. El Destino no preguntaba, sólo unía.
Víctor la tomó con delicadeza de la barbilla y la hizo mirarlo a los ojos; su otra mano la sostuvo de la espalda y le habló firme y gentilmente.
—Quiero conocerte.
Amelia se perdió en unos ojos azules como el océano embravecido, cautivantes y hermosos. Era él, no había duda y lo demás no debía importar.
—Corres el riesgo de enamorarte —dijo ella en voz baja, pero lo suficientemente audible para arrancarle una sonrisa a Víctor.
—Me gustan los riesgos —afirmó él a pocos centímetros de su boca.
Amelia acarició el cuello de Víctor y subió lentamente hasta su rostro, él la tenía bien sujeta y sus aromas se mezclaron en perfecta combinación.
Los labios de Amelia eran tibios, vírgenes y temblaban un poco.
El beso de Víctor fue suave, cuidadoso y lleno de esperanza.
—No tuvimos mucho tiempo para estar solos después de eso —dijo Amelia, sonriente y feliz al recordar su primer beso—. Rose estaba loca buscándonos por todos lados.
—Y se puso más loca cuando supo que éramos compañeros —añadió Víctor—. Todavía escucho sus gritos y la veo dando saltitos como rana.
Amelia rio a carcajadas.
—¡No puedo creerlo! —exclamó una vez más Rose—. Amelia, ¿sabes lo que eso significa? —preguntó tomando las manos de su amiga entre las suyas.
Amelia asintió varias veces y su rostro se contrajo debido al miedo que eso le causaba.
—¿Qué pasa? —preguntó Rose—, ¿no estás feliz?
Víctor las miró, preocupado también, pues Rose había hecho las mismas preguntas que él y supo que algo se le ocultaba.
—Lo estoy, pero… ¿y si el jefe Leopold no permite nuestra unión? —preguntó apretando las manos de su amiga y mirando a Víctor como si fuera una extremidad que estuvieran a punto de arrancarle.
—No puede oponerse —dijo Víctor—, esto no es de su incumbencia.
—Víctor —lo llamó Rose con severidad—, las cosas son diferentes aquí.
—Diferentes, ¿Cómo? ¿Tiene prohibido tener compañeros? —preguntó empezando a irritarse.
—No ha habido compañeros en los últimos veinte años —dijo Amelia.
—¿Cómo dices?
—No sabemos la razón, pero en veinte años, nadie ha hallado a su compañero por esta zona, así que… —Amelia se frotó el cuello, nerviosa—, para sobrevivir como especie empezamos a tomar "compañeros elegidos".
—¿Eso qué significa? —preguntó Víctor ahora sí, enojado.
—Matrimonios arreglados —simplificó Rose y abrazó a Amelia—. James y Amelia deben unirse —dijo cerrando los ojos para no ver el arranque de ira que iba a tener su primo, mismo que no podría detener.
La rabia se apoderó del cuerpo y las acciones de Víctor, maldijo, amenazó y juró que nada impediría que él y Amelia sellaran su vínculo como compañeros.
—No dejaré que nos impidan estar juntos —juró Víctor tomando las manos de Amelia y atrayéndola hacia él, ella lo abrazó y lloró un poco en su pecho. Tampoco deseaba separarse de él, pero ella no tenía voz en las decisiones de la manada y no podía arriesgar la posible alianza entre ambas manadas y condenar a la suya—. Completemos el vínculo de una vez —propuso en un arranque de euforia. Tomó las manos de Amelia entre las suyas y las besó varias veces—. Déjame marcarte —dijo y los ojos de Amelia se abrieron cuan grandes eran—. Márcame y ya nada podrá separarnos, sólo la muerte.
—Víctor, cálmate —pidió Rose al escuchar las palabras de su primo—. Lo que dices es serio, no pueden marcarse, así como así.
—¿Por qué no, Rose? Es lo que hacemos cuando encontramos a nuestros compañeros. Es lo que somos. Mira, si es por la alianza, no me importa. Amelia y yo podemos irnos de aquí, tú le dices a todos que huimos y que nuestra manada no tiene nada qué ver.
—Rose tiene razón —intervino Amelia tras escuchar la loca idea de Víctor—. No podemos hacerlo nada más porque sí. Para mi manada, para mí es algo importante —dijo mirándolo a los ojos para llamar su atención—. Después de veinte años, soy la primera cambiante en hallar a su compañero, eso debe significar algo para el jefe y el consejo y no huiré como si hallarte fuera un crimen.
Victor se arrepintió de inmediato por lo que había dicho, no pretendía ofender a Amelia y mucho menos obligarla a actuar en contra de sus deseos, pero estaba desesperado. Había hallado a su compañera, a su alma gemela y había un impedimento para que estuvieran juntos.
Entendió que cuando James dijo que debían adaptarse a los tiempos que corrían, se refería a eso. Él quería unirse a su compañera. Ese idiota quería marcar a Amelia, pues no lo permitiría.
—Perdóname —dijo Víctor—, no quiero causarte angustias y ponerte en una situación comprometedora. —Amelia asintió—. Tienes razón, el consejo no puede ignorar que seas la primera en años en hallar a un compañero. Hablemos con ellos.
—Es lo más sensato —afirmó Rose.
Amelia guardó silencio.
—¿Qué dices? —le preguntó Víctor.
—Primero hablemos con mis padres —Víctor aceptó—. El consejo no me escuchará a mí sola, menos contigo, siendo un extraño, pero si mis padres nos apoyan, revocarán mi unión con James.
—¿Y si no los apoyan? —preguntó Rose, odiándose por hacer la pregunta.
Amelia la miró y después a Víctor. Se enderezó y tomó la mano de su compañero.
—Entonces nos vamos —sentenció.
Gabriel volvió después de un rato al compartimento de Víctor y Amelia. Había enviado un telegrama a Anthony para actualizar su ubicación y, de paso, verificó que su séquito se comportara. Entendía a todos, pues era incómodo estar encerrados durante tantas horas sin libertad de moverse.
—¿Por qué nunca me contaste eso? —preguntó a Víctor.
Víctor se encogió de hombros.
—Cuando dimos por muerta a Amelia, pensé que nuestro destino era no estar juntos. Pensaba que —se le quebró la voz—, que si no la hubiera sacado de su manada, ella estaría viva.
Los tres guardaron silencio. Amelia no quería hablar para no echarse a llorar. Ella no cambiaría por nada del mundo las decisiones que tomó en esa época. Aún si sus padres se oponían, si el consejo se negaba, si persistían en su empeño de unirla con James, ella habría peleado para estar al lado de Víctor. Era cierto que, en su momento dudó, pero mientras más tiempo pasaba al lado de Víctor, más segura se sentía de que su lugar era a su lado.
—¿Qué dijeron tus padres?, ¿se fugaron? —preguntó Gabriel con tranquilidad para no tensar más la situación.
—Mis padres no cabían de contentos cuando les dijimos. Ellos fueron de las últimas parejas en ser compañeros por el destino y aunque aceptaban la regla del "compañero elegido" no perdían la esperanza de que las cosas volverían a la normalidad. Nos apoyaron y pedirían una audiencia con el consejo.
—Mientras tanto, debíamos ser pacientes —resopló Víctor.
—¿Cómo les fue con eso? —preguntó el cambiante más joven con ironía.
—¡Mal! —respondieron a coro.
La reciente pareja estaba cerca de la casa de Amelia. Habían desayunado en compañía de los padres de esta y de Rose. Arthur excusó a su hija, por única ocasión, del entrenamiento y les pidió no alejarse mucho de la casa para no llamar la atención de miradas curiosas e indiscretas.
En pocas horas, Víctor y Amelia se habían hecho adictos a los labios del otro y no tenían reparo en probar a cada instante de ese pedazo de gloria que el Destino les había regalado.
Amelia rodeaba el cuello de Víctor con sus brazos y le proporcionaba inocentes caricias en la nuca, incitándolo a besarla siempre con más pasión; pasión que él también pedía tomándola por la cintura y pegándola a su cuerpo.
—Te quiero —decía ella entre cada respiro.
—Te adoro —contestaba él y volvía a besarla.
Un profundo suspiro por parte de ella dio fin a aquella sesión de besos inocentes.
—Tengo cosas que hacer —se quejó—, ayer no terminé la colada.
—No vayas —pidió Víctor sin soltarla.
Amelia rio.
—Tengo que portarme bien para que el consejo no ponga pretextos.
Víctor gruñó.
—Un beso más —suplicó cerca de su oído y Amelia sintió las piernas desfallecer ante la gravedad de su voz.
—Uno y ya —advirtió antes de entregarle su boca.
—¿QUÉ PASA AQUÍ?
James gritó ante la escena y el cuerpo de Amelia se tensó de inmediato entre los brazos de Víctor, que la sostuvieron con fuerza y, en un ágil movimiento, la colocó detrás de sí para protegerla.
—James, ¿qué haces aquí? —preguntó Amelia al verlo acercarse a ellos.
—Pregunté qué pasa aquí —repitió James mirando con rabia a Víctor que se interponía entre él y su compañera elegida—. ¡Quita las manos de mi compañera!
—¡Ella no es tu compañera! —gritó Víctor, y Amelia sintió cómo su cuerpo se volvía de plomo para impedirle llegar a ella.
—¡Quítate de mi camino, imbécil! —gritó a un palmo de distancia, tomando a Víctor por el cuello de la camisa.
Él no tardó en reaccionar y se sacudió las manos de James de encima.
—Amelia es mi compañera y tú no la vas a tocar —advirtió y notó cómo el rostro de James se contraía y, de inmediato, formaba una burlona sonrisa.
—Le dije a mi padre que aceptar a tu prima y al resto de su manada no traería más que problemas —dijo James con furia—. Si quieres aprovecharte de las mujeres, vuelve a tu manada y revuélcate con la primera que encuentres. Aquí no encontrarás a tu compañera.
Miró a Amelia por encima del hombro de Víctor.
—Amelia, aléjate de él, ahora —ordenó.
La joven dio un paso a un lado y mirando a James con determinación, entrelazó su mano con la de Víctor, quien se la sostuvo con seguridad.
—Víctor es mi compañero, James —expresó con la calma que le otorgaba la cercanía de Víctor.
—¡No seas ingenua, Amelia! —se burló James—, sabes que eso no es posible. Este hombre te ha mentido para aprovecharse de ti y, por desgracia, has sido lo bastante idiota como para creerle.
—¡Cuida tus palabras! —gruñó Víctor tomando a James del cuello en un rápido movimiento que este no pudo prever, pero del que se sacudió con violencia.
Víctor dio un paso al frente y volvió a tomar a James, esta vez, para darle un puñetazo en la cara que lo tiró al piso.
—¡Víctor! —gritó Amelia, pero demasiado tarde, pues James ya se había incorporado y atacaba a Víctor.
En cuestión de segundos, hubo dos transformaciones y Víctor y James empezaron una violenta pelea que los hizo rodar por el campo.
El ruido hizo salir a los padres de Amelia y, de inmediato, atrajo la atención de más cambiantes, Rosemary entre ellos.
—¡Detenganlos! —gritó Rose, pero los hombres negaron con la cabeza.
—Esta es su pelea —dijo Arthur, haciendo retroceder a Amelia, al lado de su madre.
La joven quería intervenir, estaba viendo a su compañero pelear por ella, pero sabía que no debía. En Virginia, si un cambiante luchaba con otro por una mujer, nadie debía interferir y la pelea era a muerte o, hasta que uno de los dos se rindiera.
—¿James murió? —preguntó Gabriel con impaciencia.
La pareja negó con la cabeza.
—Se rindió —dijo Víctor orgulloso.
Las reglas del consejo eran claras. James se rindió en ese combate y perdió el derecho a ser el compañero elegido de Amelia; título que, de una u otra forma iba a perder, pues, cuando los hombres del consejo estuvieron seguros de que Víctor era el compañero de Amelia, no tuvieron objeciones para permitir la unión.
Amelia se arrojó a los brazos de Víctor en cuanto el consejo dio su fallo. Estaba feliz a más no poder por saberse libre de una unión forzada y todavía más feliz de tener la suerte de hallar a su verdadero compañero, un privilegio al que ya se había resignado a no tener.
Rosemary también respiró aliviada al saber la resolución. La aparición de su primo en Virginia había causado más estragos que un tifón y estaba segura de que la alianza entre manadas no se concretaría, pero ver asegurada la felicidad de la joven, que era ya su mejor amiga, y la de su primo, no tenía precio. Hablaría con su padre y buscarían otra oportunidad con alguna otra manada, tal vez hacia el oeste.
—Rose, entrégale esto al jefe Clinton —pidió el jefe Leopold, tendiéndole una carta sellada.
—Así lo haré, jefe —asintió la joven.
—¿No me preguntas qué es?
—Sé que es la respuesta a nuestra oferta de alianza —contestó Rose—, yo le explicaré a mi padre lo que pasó aquí. Me disculpo en su nombre por el alboroto que causamos —dijo con respeto y diplomacia.
El jefe Leopold rio.
—Espero que en el próximo intercambio de guerreros que hagamos haya algún otro compañero para mis cambiantes.
—Sí, eso aumentaría las posibilidades de… ¡espere! Entonces, ¿acepta nuestra alianza? —preguntó Rosemary emocionada.
—¡Por supuesto! —afirmó el jefe sonriente—. Lo que ocurrió no es algo malo, al contrario, es un milagro por el que rogamos por años, es igual a la tormenta que se recibe tras una larga sequía.
—Pero James…
—Lo dijo él mismo, hay que adaptarse a los tiempos que corren —contestó el jefe, encogiéndose de hombros—. Es joven y todavía tiene mucho que aprender, pero te aseguro que no habrá problemas en el futuro por lo ocurrido estos días.
—Gracias, jefe, muchas gracias —dijo Rose estrechando con fuerza y firmeza la mano del jefe Leopold
El retorno a Michigan se retrasó un par de semanas más, pues muchos quisieron conocer a la primera pareja predestinada en años y darle la enhorabuena, así como una buena fiesta de despedida.
También se retrasó porque les fue difícil hallar cuatro pasajes a Michigan en un mismo tren; al parecer, en la última semana habían atracado varios barcos en el puerto y los pasajeros y marineros buscaban con desesperación un boleto para trasladarse a distintos puntos del país.
—¡Al fin! —exclamó Rose agitando los pasajes frente a los miembros de su manada—. Partimos mañana en la noche, así que habrá que irnos antes de las siete. ¿Ya tienen todo listo? —preguntó a la nueva pareja.
—Todo listo, jefa —asintió Amelia emocionada.
Tras despedirse de sus padres, el jefe Leopoldo y su compañera, Amelia unió su futuro al de Víctor.
Llegaron a la estación con puntualidad y abordaron cuando se les indicó.
—¡Esto es tan emocionante! —expresó Amelia al observar el tren y oír el silbato de la enorme máquina.
Daisy y Rose subieron antes que la pareja, tomando su propio camino para llegar a su compartimento.
—¿Lista? —preguntó Víctor dándole la mano a su compañera para que subiera los escalones del vagón.
—¿Y tú? —cuestionó Amelia aferrándose a la mano de su compañero.
El último tren que los llevaría a Oregon se detendría dentro de dos horas, después abordarían un automóvil proporcionado por los aliados de Idaho que seguían custodiando la nueva adquisición del jefe Anthony y que, desde ese momento, administrarían Víctor y Gabriel.
Este último revisó por cuarta vez su maleta e hizo repaso mental de lo primero que haría al llegar. Estaba listo e impaciente por bajar de una buena vez de aquella lata metálica y poder disfrutar de espacio para transformarse y correr como no había podido durante el viaje; situación que ya lo estaba volviendo loco y reflejaba en su humor, ya que su agrio carácter de las últimas semanas solo se había aplacado al oír la historia de Víctor y Amelia.
El resto del viaje había estado alterado, nervioso e inquieto por llegar a Oregon. No sabía qué encontraría al llegar y se preparó para toda clase de situaciones: reclamos, falta de disciplina y orden, carencia de suministros, riñas entre cambiantes y una larga lista de problemas administrativos.
Suspiró ante esto último y se infundió ánimos. Necesitaba un cambio de aires, como se lo había dicho a Candy, y aunque sabía que su destino estaría lleno de amargos recuerdos para los demás, él se encargaría de ahuyentar todos y cada uno de ellos.
Gabriel bajó corriendo del tren en cuanto pudo y, aunque esperó a que todos los cambiantes que iban con él se le unieran, urgió a todos a salir de la estación.
Amelia y Víctor bajaron al último con la paciencia que otorga la edad.
—Mira a ese chico —dijo Víctor mirando a Gabriel hacer señas y hablar con otros miembros de la manada—. Te juro que intenté educarlo, pero parece una fiera enjaulada recién devuelta a la naturaleza.
Amelia sonrió mirando en dirección a Gabriel, pero la volvió de inmediato a su compañero, quien le tendió la mano para que se apoyara en él al pisar los escalones del vagón y ella se aferró a su mano.
—¿Lista?
—¿Y tú?
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