Capítulo 7

Hija, están por llevarse los ataúdes. ¿Quieres despedirte una vez más? —preguntó su padre.

Al recibir el alta del hospital ayer mismo, una ola de gratitud hacia sus padres la invadió. Ellos habían asumido la carga de los preparativos del funeral, protegiéndola de los detalles abrumadores durante su momento más vulnerable. Su padre, una presencia constante junto a su cama, no se había apartado ni un momento de su lado. Sabía que probablemente él había agotado sus días de vacaciones y su corazón se desbordó de agradecimiento mientras le apretaba la mano.

No.

Sakura, —su padre tocó su mejilla con cariño, —es la última vez que los verás. Intentalo.

Su padre tenía razón. La ira que antes había ardido tan ferozmente ahora había sido eclipsada por un dolor crudo y sofocante. Caminó sola entre los ataúdes, una isla en un mar de tristeza. Le faltaban las gafas en el puente de la nariz, el brillo familiar estaba ausente y una nueva ola de dolor la invadió. Ella encontró sus ojos cerrados, tan quieta y pacífica, un marcado contraste con la tormenta que asolaba su interior. Extendiendo la mano, le apartó un mechón de pelo de la frente. Respirando profundamente, le dio un beso a su mano y luego lo transfirió suavemente a sus fríos labios, en un adiós silencioso.

Con un aliento tembloroso, se volvió hacia su pequeño Yue. Durmiendo en su ataúd, parecía increíblemente inocente. Un feroz anhelo de levantarlo y mecerlo para siempre le dolía en los brazos. Ella extendió la mano, acarició su suave cabello y comenzó la familiar melodía de su canción de cuna. El agujero en su pecho, en carne viva y reciente desde hacía sólo unos días, latía un dolor sordo con cada palabra. Las lágrimas brotaron, nublaron su visión y se derramaron por sus mejillas en sollozos silenciosos. Justo cuando sus rodillas amenazaban con doblarse, una mano reconfortante se extendió, un ancla silenciosa en su dolor. Su hermano, cuya presencia era un bálsamo, estaba allí para sostenerla.

Vamos, —dijo suavemente.

Adios, mi principito, —dijo antes de inclinarse y besar su frente.

Los gritos ahogados en mi almohada se extendieron por lo que pareció una eternidad. Cada uno de ellos fue una erupción gutural de desesperación y un reconocimiento escalofriante: Li Syaoran sería un elemento fijo en mi vida. Un peso asfixiante se posó sobre mi pecho, aplastándome con el anhelo de escapar. No el escape violento que una vez había buscado, sino el tipo de escape silencioso. Un anhelo de simplemente desaparecer, dejando atrás la aplastante realidad que parecía imposible de soportar.

Kero llamó mi atención para que lo dejara salir de nuevo y salí de la cama para hacerlo. Quería llamar a Tomoyo para desahogarme pero recordé que a esta hora estaban acostando a sus hijos a dormir. Tenía que hablar con alguien o este sentimiento de emoción, nerviosismo, y náusea me mataría. Me llegó una idea. Era algo arriesgado pero valía la pena intentarlo.

¿Bueno? —podía escuchar su sonrisa.

—Hola, buenas noches. Espero no estar interrumpiendo algo, —dije apenada.

Para nada, estaba leyendo pero mi libro puede esperar. ¿A qué debo esta grata sorpresa?

Me quedé callada. ¿Cómo le explicaba?

¿Sakura? ¿Está todo bien? —su tono juguetón ahora convertido en preocupación.

—No, —respondí. Lágrimas se formaron en mis ojos, —pero no se como explicarlo.

¿Quieres que vaya? —podía escucharlo tomar sus llaves.

—No, ¿cómo crees? Ya es tarde.

Lo que yo escucho es que tu y Kero me pueden ver en el parque en 15 minutos. No es ningún problema para mí. De hecho, ahora el abogado en mi necesita saber la historia o no dormiré.

—De acuerdo, nos vemos ahí.

En cuanto colgamos me cambié a un traje para correr, tomé la correa de Kero, y lo metí. El se emocionó cuando vio la correa y mucho más cuando dije "parque". Me puse mis zapatos para correr y salimos. Podríamos haber tomado el carro, pero el Parque Pingüino me quedaba muy cerca y Tomoeda era una ciudad muy tranquila.

La visión de Dai esperándonos me detuvo en seco. Antes de que pudiera siquiera procesar los acontecimientos del día, estaba en sus brazos, con lágrimas corriendo por mi rostro. Fue una reacción primaria, una necesidad desesperada de consuelo y una súplica silenciosa para ser escuchada. Dai me abrazó fuerte, un ancla silenciosa en la tormenta. Mi rímel, una víctima de la agitación del día, probablemente dejó rayas oscuras en su camisa, pero el lujo de la vanidad se había evaporado hacía tiempo. Kero estaba cerca, su presencia era una constante tranquilidad incluso si el ataque de pánico en toda regla nunca se materializaba.

No supe cuanto tiempo nos quedamos así hasta que retome la compostura. Dai seguía mirándome con preocupación y comprensión, pero no dijo nada. En lo que yo dejaba de sollozar, acarició a Kero y platicó con él.

—Lo se, tu ama es algo rara, pero creo que nos quedaremos con ella, —me volteo a ver con esa última frase y yo sonreí.

—¿Cual —nos—? El único que me tiene que aguantar es Kero, —respondió enseñándole la lengua.

—¿Estás bien? —se incorporó e inclinó la cabeza.

—Creo que sí. Lo siento, no se que me paso.

—¿Recuerdos? —sugirió.

—Algo así, —suspire mirando hacia los juegos para niños.

—¿Quieres hablar de ello? O puedo agarrar otra camisa para que la mojes, —bromeo.

—Mierda, lo siento, —me disculpe notando el daño a su camisa verde.

—No pasa nada, para eso existen las máquinas de lavar. Entonces, ¿hablamos de eso? —comenzó a caminar hacia los columpios con Kero forzandome a seguirlo.

—¿Recuerdas a Syaoran? —pregunte sentándome.

—Ah, el amigo no amigo del café, —reconoció.

—Si, bueno, hoy estuvo en mi casa y conversamos, —él asintió alentándome a seguir. —Quería disculparse por algo que pasó el día del funeral de mis esposo e hijo. El hizo un comentario tipo —superalo y sigue con tu vida— —Dai hizo una mueca. —Exacto. Yo estaba muy alterada de por sí y el comentario me cayó como bomba. Le grité, le dije que nunca me volviera a hablar, y lo saqué de mi vida.

—Ya veo, —musitó. —No me lo tomes a mal, pero siento que tu reacción no es solo por eso.

—No, pues, —de verdad no quería hablar de eso, —él y yo tenemos una historia complicada. Fuimos amigos por muchos años, después… este… nos enamoramos, pero las cosas no funcionaron.

—Oh, —dijo Dai. —Imagino que no terminaron muy bien las cosas.

—Definitivamente no, —suspire mirando a mis zapatos.

—Sakura, —yo lo mire —no tienes que dejar que alguien entre a tu vida solo porque han estado en ella antes. Eso es importante saberlo. También, no permitas que el coraje te aleje de alguien querido por miedo.

—No entiendo lo que me estás tratando de decir, —confesé.

—Quiero decir que cualquier decisión que tomes sobre el asunto estará bien siempre y cuando sea lo que tu sientas que es lo mejor para ti. Aceptarlo o rechazarlo, ambas tienen sentido. Haz lo que dicte tu corazón.

Eso me dio algo de paz.

—Gracias, Dai. De verdad, gracias.

—Cuando quieras, —contestó sinceramente.—Es tarde y se que tienes que trabajar, pero ¿quieres ir por algo de comer?

—Suena bien, solo tengo que dejar a Kero en casa. Sirve que te cuento de mi desastrosa cita de hoy.

—Muy prometedor, —sonrió. —Tengo una manta en el carro, la podemos extender en el asiento de atrás para meter a Kero. Así no tienes que caminar a casa y nos vamos más pronto.

Sería la primera vez que iba a mi casa. Accedí y le di direcciones para llegar. Kero seguía tratando de pasarse a mis piernas lo cual le causo mucha risa a Dai. Era un perro tan raro. Baje a dejar a Kero y Dai nos llevó por unas hamburguesas.

Abandonando el restaurante, comimos comida para llevar en el auto. Conte todo sobre mi cita y cómo el chico prácticamente se volvio loco cuando mencioné mi pasión por las películas animadas. Dai, siempre el rey superior, intervino con su propia cita desastroza. Aparentemente, su cita consultó a un adivino ese mismo día, quien proclamó que estaban destinados a casarse. Dai contó hilarantemente sus intentos de convencerla de que no eran almas gemelas. No podía dejar de reír. Realmente había locos en el mundo.

Mientras nuestras risas se calmaron, la tensión llegó al aire. Dai me miro a los ojos con un brillo especial. Yo tragué saliva nerviosa. Sabía lo que quería, y quizá yo también lo quería pero en ese momento con Syaoran en la mente, no creía poder hacerlo. No había besado a nadie en tres años y hasta hace poco pensé que así sería por el resto de mi vida. Mire sus labios y él comenzó a inclinarse. Me llené de pánico pensando que si lo rechazaba, perdería su amistad. El se acerco más y tomó una mordida de mi hamburguesa.

—¡Hoe! ¿Qué estás haciendo? —grité indignada.

—Me quedé con hambre, —dijo con la boca llena.

—Cretino, —rei aventando papas.

—Oye, oye. A mí dime lo que quieras pero respeta el carro.