Cálido
Disclaimer: Nada me pertenece.
Esta historia participa en el Torneo de Desembarco del rey del foro Alas negras, palabras negras. Mis condiciones eran Cregan, bastardos, un personaje que está lejos de casa, la palabra desobedecer y el deber como temática.
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Lleva una semana lloviendo sin parar, pero el día en que el príncipe aterriza a las puertas de Invernalia luce el sol. Cregan recuerda los viejos cuentos que le contaba su nodriza sobre como los dragones de hielo traían el frío y sonríe pensando que los dragones de fuego traen el buen tiempo, aunque se asegura de borrar la sonrisa de su cara para adoptar la expresión solemne con la que el guardián del Norte debe recibir a un miembro de la familia real. Sabe que muchos lo miran con suspicacia debido a su juventud y lo último que necesita es que lo encuentren pensando en niñerías.
Jacaerys Velaryon desmonta con gracia de su dragón. Cregan supone que para él hacer eso es tan natural como desmontar de un caballo. No hay en él ningún rasgo típico valyrio. Tampoco es el príncipe pomposo y arrogante que esperaba encontrar.
Si Cregan tuviera que definirlo en una palabra, esa sería sin lugar a dudas cálido.
Todo en él transmite calidez. Sus rasgos comunes hacen que resulte cercano, su voz es agradable al oído y su tono es siempre cortés. Con el paso de los días Cregan va descubriendo también que sus palabras son sensatas y que su sonrisa le llega a los ojos y en el proceso le ilumina por completo el rostro. Su mirada, de hecho, lo fascina. A diferencia de él, que desde pequeño ha aprendido a convertir sus ojos en pozos de hielo, a Jacaerys se le notan en ellos todas las emociones.
Cregan recuerda haber leído que la última Targaryen en visitar Invernalia fue la reina Alisanne y que su antepasado, Alaric Stark, se quedó prendado de ella. Quizá los Targaryen tienen ese efecto y ese es un rasgo que Jacaerys sí que ha heredado, porque Cregan se siente cada vez más atraído hacia él.
Hace con él lo que haría con cualquier invitado. Le enseña el castillo y sus alrededores. Le habla de la historia del Norte y lo lleva a conocer el muro, que lo deja tan impresionado como a cualquiera que lo ve por primera vez. Encuentran fácilmente temas de conversación. Son casi de la misma edad, tienen un carácter parecido y están en circunstancias similares. Ambos tienen grandes responsabilidades y los dos se sienten un tanto abrumados por ellas. Es algo que Cregan nunca le confesaría a ninguno de sus vasallos, pero siente que en el príncipe puede confiar. Hay algo en él que lo invita a abrirse y Jacaerys parece sentirse de la misma manera, porque también acaba confiándole muchos de sus pensamientos.
Aun así ninguno de los dos olvida el motivo que ha traído al príncipe hasta allí. No se trata de una visita de cortesía. La guerra está a punto de empezar. Cregan ya ha recibido un cuervo de parte del autoproclamado aegon II pidiéndole que acuda a Desembarco a jurarle lealtad.
En circunstancias normales no se plantearía desobedecer una orden directa del rey de Poniente, pero Aegon no es su rey. Los Stark juraron lealtad a Rhaenyra cuando su padre la nombró heredera y Cregan está dispuesto a respetar ese juramento.
Jacaerys se lo agradece con efusividad, pero su alegría se atenúa cuando Cregan le dice que no puede contribuir con hombres para su ejército. Se acerca el invierno y el Norte tiene que prepararse para combatir al que siempre ha sido su peor enemigo.
Aun así Jacaerys intenta convencerlo. Le promete que mandarán alimentos para abastecer al Norte si la guerra termina antes de que el invierno llegue y Cregan quiere dejarse convencer, pero no puede. Hay demasiadas posibilidades de que la guerra se alargue demasiado y tiene que pensar en los suyos.
Por un momento espera que Jacaerys se enfade, que le recuerde su juramento y que el le diga que la corona es más importante que cualquier otra cosa. No lo hace. Le dice que lo entiende, aunque se quedará unos días más por si Cregan cambia de opinión.
Él preferiría que se marchara cuanto antes, no porque no disfrute de su compañía, sino precisamente por lo contrario. Se siente como un niño del verano. El reino está a punto de entrar en guerra y el invierno casi ha llegado, pero ahí está él dejándose encantar por un príncipe como si fuera la dama de una de esas canciones sureñas que siempre ha aborrecido.
Los dioses parecen haber escuchado sus deseos porque a la mañana siguiente llega una carta al Castillo Negro, donde se están alojando por unos días. Cregan vuelve a recordar a su nodriza y uno de los refranes que solía decir: Alas negras, palabras negras. Lucerys Velaryon, el hermano pequeño de Jacaerys, ha sido asesinado.
Cregan lo siente por su príncipe y lo siente por el reino. Esa muerte será el principio de una guerra. Jacaerys empaca sus cosas para marcharse de inmediato a Rocadragón y Cregan está tentado de mandar la sensatez al carajo y marcharse con él. Quiere seguirlo, ayudarlo en su lucha y vengarse de la gente que le ha hecho daño. Quiere quitarle la pena, borrar la tristeza de su mirada y protegerlo para que nadie vuelva a causarle dolor.
Aparta esos pensamientos de su cabeza. Jacaerys Targaryen está prometido con una chica a la que ama y él debería buscarse también una prometida a la que amar, o al menos con la que formar una familia. No tiene tiempo para soñar despierto con algo que nunca podrá ser.
Jacaerys, tan sensato como él, no olvida sus obligaciones ni siquiera estando de luto. Vuelve a pedirle guerreros y Cregan le habla de nuevo del invierno que se acerca. Le promete que hará lo que pueda, que le mandará unos cuantos soldados y que más adelante verá si puede formar un ejército en condiciones. Quizá pueda hacerlo cuando todo esté listo para el invierno o tal vez precisamente en lo más duro de la estación, cuando los hombres estarán más dispuestos a dejar a sus familias atrás para que tengan una boca menos que alimentar.
Se despiden con cortesía, incluso con cariño. Jacaerys le da un abrazo lleno de camaradería, cálido como todo en él. Cregan se lo devuelve mientras murmura que el Norte recuerda y que no va a romper los juramentos que le ha hecho. Jacaerys habla sobre los lazos de amistad que se han creado entre ellos y Cregan asiente, refugiándose en la solemnidad esta vez no por educación, sino para esconder sus verdaderos sentimientos.
Después el príncipe se marcha en su dragón. Cregan debería sentirse satisfecho de estar cumpliendo su deber con el Norte y con el reino. Debería sentirse orgulloso de cómo ha manejado la situación y aliviado de que su primer acto de diplomacia como señor haya salido bien. No obstante, ahora que Jacaerys se ha ido, lo único que puede sentir es frío.
