Disclaimer: Los personajes no me pertenecen.
El Lamento de una Guerrero Roto
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Aquella noche brindaba una extraña calma, tan inusual, una que desde hacía años no parecía que pudiera existir. Las ruinas de la ciudad podían disfrutar al menos de la tranquilidad de la oscuridad, lejos de la desesperanza que sumían el mundo desde hace trece años. Aprovechando la calma que el manto oscuro brindaba, algunos animales salían para buscar alimento, perros y gatos que se habían vuelto salvajes, hurgaban los edificios derruidos y los rincones oscuros con su olfato afilado para encontrar un bocado. No era raro encontrar ratas, abundaban en lo que antaño fue una gloriosa ciudad y para los que un día fueron mascotas, significaba poder sobrevivir un día más. Incluso los supervivientes humanos las consideraban para nutrirse. La comida escaseaba y los pocos humanos que restaban no eran exquisitos en sus gustos. Incluso la carroña no era mal vista.
Pero en el interior de una habitación de lo que alguna vez fue la Corporación Capsula, el gruñido de un hombre resonó en el área médica del edificio que un día fue el orgullo de la capital del Oeste y punta de lanza de la tecnología humana.
Gohan, el último guerrero zeta, despertaba en medio de la noche. Hace días que Trunks lo había arrastrado a la casa de su madre para salvarle la vida. La última pelea contra los androides dejaba heridas importantes para el medio saiyajin. Su brazo izquierdo era el costo visible de otra derrota, una más ante las máquinas asesinas de la Red Ribbon. El dolor en su muñón es punzante, intenta tomarlo, pero se da cuenta del miembro vacío, lo que hunde sus pensamientos en una profunda melancolía. Su mandíbula tensándose y sus dientes chirriando. Esa noche el joven entiende que está condenado. De por si intentar luchar con uno solo de los androides era una empresa titánica, una en la que siempre fracasó aun con sus dos brazos, ahora incapacitado era una sentencia de muerte.
Su tiempo se agotaba.
Una amarga sonrisa cruzó en su rostro, todavía con el rictus dibujado en su faz ante el dolor del miembro fantasma —Creo que... al fin podré descansar –suspiro resignado, derrotado.
Mientras observa el cielo desde una ventana rota con su único ojo libre de las vendas, las estrellas que antes le traían consuelo en este tipo de noches y que le brindaban la confianza en un mañana mejor, ahora le parecen muy lejanas, como si hubieran sido arrancadas del firmamento junto con todas sus esperanzas.
Acostumbrándose al dolor, a la impotencia, el pelinegro suspira una vez más la misma conclusión de los últimos trece años.
—Yo no soy como él —la frase le martilla en la cabeza una y otra vez.
Son Goku, su padre, era un guerrero nato. Un hombre que no solo amaba el combate, era un genio en la lucha, uno que siempre encontraba la manera de superar cualquier obstáculo, de superar sus límites. Lo comprobó cuando llegó a la Tierra tras un año entrenando en el Más Allá para enfrentar a los Saiya-jin cuando todo parecía perdido; lo demostró cuando en solo unas semanas, aquel guerrero al borde de la muerte tras su pelea contra Vegeta, arribó a Namek con una fuerza renovada, por encima del nivel de su raza guerrera, acabando con los desalmados soldados de las fuerzas Ginyu en una abrir y cerrar de ojos, para después en ese día despertar en su interior la fuerza de un guerrero legendario, un ser invencible capaz de acabar con un demonio como Freezer, y no solo en Namek, también un año después cuando le dio el golpe de gracia al emperador del universo y a su letal padre. "Invencible", susurró Son Gohan, su mirada perdida. Si su padre estuviera aquí, de no morir por aquella misteriosa y súbita enfermedad, los androides ya habrían sido derrotados y el mundo sería un lugar seguro. Su padre siempre encontraba la forma. Y tal vez en ese futuro diferente, él, Son Gohan, habría seguido otro camino. Rememoró en su mente su sueño infantil de ser un científico, de explorar el conocimiento y contribuir de una manera distinta al futuro del planeta, con su intelecto, no de esa forma violenta y sangrienta.
—Si tan solo hubiera vivido... si hubiera tenido más tiempo — Gohan cierra el único ojo libre y se imagina un mundo distinto. Se ve a sí mismo en un laboratorio, rodeado de libros, tubos de ensayo, apuntes y tecnología, buscando respuestas a los misterios de la vida. Se imagina compartiendo su vida con una familia, con una mujer a su lado y quizás hijos, un par a lo mucho, niño y niña, viviendo en paz, ajenos a la violencia que domina el mundo en el que está atrapado. Su madre, seguro se sentiría orgullosa de convertirlo en un hombre de bien, su esfuerzo en educarlo, en brindarle los mejores profesores, regalándole un gran porvenir. Pero rápidamente su fantasía se disuelve al recordar a Chichi, su madre.
Había pasado tiempo desde la última vez que la visitó, posiblemente dos años. Recordó su figura marchita, el rostro atormentado y la mirada suplicante, mientras se aferraba a sus hombros, Le imploro regresar al monte Paoz, alejarse de esa responsabilidad que lo acercaba a la muerte.
—¡Por favor, Gohan, regresa a casa! —suplicó la señora Son con ojos vidriosos —. ¡No quiero perderte a ti también, hijo mío!
Pero él se lo negó.
—¡No hasta que acabe con esos malditos andróides! —espeto con sus puños apretados — ¡Los haré pagar por cada vida que segaron, cada sueño que aplastaron!
—¡Solo estás buscando la muerte, Gohan! — lloraba Chichi mientras acariciaba su rostro, pasando sus dedos en la cicatriz recién adquirida.
No volvió a verla, no hasta que venciera a sus enemigos.
Ahora se arrepentía de su arrogancia.
Priorizo la venganza que el corazón acongojado de una madre, pese a que un nudo en el estómago se le formaba al verla derrumbarse, rogándole que abandonara esa empresa de la que nunca estuvo preparado. Priorizo su propio resentimiento. Quería tomar revancha por los amigos caídos: por su mentor, el señor Piccoro, Krillin, Yamcha, Ten Shin Han, amigos de su padre que fueron víctimas de los demonios asesinos. Incluso quería vengar al arrogante Vegeta, cuya pérdida siempre afectó a Trunks, ya que no lo recordaba conscientemente.
Pero fracasó.
De pronto su oído sensible percibió el sonido distante de explosiones, la amenaza constante de los androides que aún merodean, implacables, insensibles, indolentes al sufrimiento. Su cuerpo se tensó en una respuesta de miedo.
—No soy como él —susurra Gohan, regresando al mismo tema que lo agobiaba, mientras su ojos se cierra con intensidad.
Su padre habría encontrado una manera, una nueva técnica, un entrenamiento distinto para acabar con los malditos androides. Pero él, Gohan, el muchacho que soñaba con ser científico, está atrapado en un ciclo sin resultados. No es un guerrero de corazón. No tiene el instinto asesino ni el hambre de batalla, ni la genialidad de su padre o la del señor Piccolo. Ha machacado su cuerpo por más de una década pero sus avances son mínimos, insuficientes; su factor zenkai tampoco le brinda una solución. Apenas da para ser un entretenimiento para los gemelos malignos. Sí, él sabe que si ha vivido tanto tiempo no es por su voluntad, es porque ese par lo considera su única diversión en un mundo sin propósito. Solo lucha porque no hay nadie más para soportar esa carga. Siente. No, él lo sabe, es consciente de que lo que ha hecho nunca será suficiente ni podrá saborear una victoria. La desesperación lo consume por dentro. Ya ha perdido a todos los que amaba y alejado a la única persona que lo espera. Solo le queda Trunks, el hijo de Vegeta y Bulma, y su única esperanza es entrenarlo, prepararlo para que sea más fuerte que él. Pero ¿y si no lo logra? ¿Qué pasará si el muchacho también llega a caer?
Mira el techo agrietado de la habitación. Unas lágrimas gruesas salen de su ojo.
—Papá... te fallé— aprieta su único puño, sangre formándose en sus coyunturas.
El peso de la culpa lo aplasta. La carga es demasiado grande, y aunque sigue luchando, intentando sobrevivir sabe que no podrá soportarla por mucho más tiempo. Ha perdido demasiado, y cada día que pasa cómo se va apagando un poco más la vela de su existencia. Tiene tan solo 23 años, pero siente que su vida se ha alargado de más, una expectativa que desde sus nueve años asimilo.
No tendrá la recompensa de la paz, del cálido beso de una mujer o el cargar un hijo propio. Pero aun así, Gohan se obliga a levantarse, a seguir adelante al menos un amanecer más. Porque a pesar de que nunca será como su padre, todavía tiene algo por lo que luchar. Trunks tiene una oportunidad, es su verdadera esperanza, incluso hay dos o tres cosas por enseñarle, su objetivo es prepararlo para que tome una carga de la que nunca se sintió competente. Solo le queda rezar para que el joven de cabello lila sea más competente en esa responsabilidad. Mientras Gohan tenga un soplo de vida, lo preparará.
Para que pueda tener una vida plena y feliz, lejos de las batallas y los sacrificios, del desaliento y la angustia. Un futuro donde pueda ser lo que anhela, no lo que se espera.
—Para que vivas libre —suspiro Gohan, mientras se dejaba llevar por el sueño.
FIN
