¿En qué momento ha pensado que gustar de su mejor amigo era una buena idea? Aunque no es que él haya podido decidir el quererlo de manera romántica, así como tampoco puede evitar que Tamaki sienta cosas por el jovencito pelirrojo.
Suspirando, se recarga contra una pared, viendo a la distancia a su mejor amigo que espera pacientemente a Kirishima. El muchacho pelinegro tiene unos pantalones negros, unas vans del mismo color, junto con una playera blanca con una camisa a cuadros de color azul. Mirio piensa que se ve realmente bien, aun si actua sumamente nervioso pues puede ver como se estruja los dedos y se mira ansioso los pies.
—¿Crees que hemos llegado temprano?— pregunta Nejire junto al rubio.
—Tal vez. Realmente creo que no deberíamos espiarlos.
—Tenemos qué. ¿Qué tal si a Amajiki-kun le da un ataque de pánico o necesita de nuestra ayuda? No podemos dejarlo solo.
—Pero necesitan privacidad.
—Oh, vamos, Togata-kun. Sabes que Amajiki-kun tiene un corazón de gallina y es mejor que estemos aquí para que se sienta cómodo y sepa que lo apoyamos. ¡Además! No hay nada de malo. Sirve que nosotros también pasamos tiempo juntos— dice ella, colgandosele del brazo al muchacho y sonriendole entretenida—, ¿no crees?
Mirio no puede evitar imitar su sonrisa, rindiendose ante los deseos de la muchacha; Nejire es su mejor amiga, aunque a veces tienen roces por sus personalidades idénticas, así que sería bueno que pudiesen tener un rato para relajarse.
—Seguro. Vamos a divertirnos.
...
Tamaki no puede evitar sentir pavor. ¿Está bien vestido? ¿Su cabello luce bien? ¿Por qué Eijirō está tardando tanto? Quizás se ha arrepentido a último momento y lo ha dejado plantado. Siente ganas de irse a los dormitorios para tirarse en su cama y cubrirse con las mantas hasta la cabeza, sumiendose en su depresión y ansiedad.
Desesperado, el muchacho alza un poco la cara en la dirección en que se encuentran sus mejores amigos, descubriendo que se hallan platicando con animosidad. Y entonces Togata levanta la mirada y sus ojos se encuentran. El rubio le sonríe con todos los dientes y levanta su pulgar en un gesto para desearle suerte. El pelinegro se siente aliviado por el apoyo y suelta un largo suspiro para relajarse un poco antes de que Kirishima aparezca.
Trata de convenserce a sí mismo de que todo saldrá bien. De que será divertido y al final habrá hecho un progreso con el chico de dientes cual tiburón. Repasa mentalmente lo que tiene planeado mirándose los pies mientras hace una mueca de concentración.
—Tamaki-senpai— habla Eijirō, ocasionando que el aludido se sorprenda y se digne a mirarlo—. Lamento haber demorado. ¿Lleva mucho tiempo esperando?
—No. Acabo de llegar.
—Menos mal. Es solo que se prolongó el entrenamiento. Me duché lo más rápido que pude para no dejarle esperando. ¡Casi me caigo! Y lo peor es que traté de agarrarme del agua.
Tamaki sonríe divertido, contagiado por la risa del menor que se rasca la nuca con pena.
—Ten más cuidado.
—Trataré. La verdad es que soy un poco torpe.
—A todos nos pasa. No te preocupes. Bueno. Vamos ya al arcade.
—¡Seguro!
...
—¡Agh! Esto es imposible — se queja el pelirrojo, soltando la palanca con la que maneja la pinza de la maquina, decepcionado por no conseguir su juguete.
—¿Puedo intentarlo?— se aventuró Amajiki, alzando ligeramente la mano como si pidiese permiso.
—¡Por supuesto! Pero, senpai, este juego es una estafa. Quizás deberíamos gastar nuestra última moneda en algo más.
—Deja que pruebe suerte.
—Adelante.
Entonces el pelinegro inserta una moneda en la maquina y toma la palanca con una mano, comenzando a moverla para ajustar la pinza sobre el objeto que el pelirrojo desea. Pensando que está en un buen sitio, presiona el botón para que la garra baje y, con sorpresa, Kirishima ve que ésta sujeta el juguete. La pinza se alza y lleva el objeto hasta una esquina, en donde lo suelta. Tamaki toma el juguete, se gira hacia el menor y se lo entrega.
—¡Increible!— exclama el de ojos rojos, totalmente emocionado—. ¡Usted es asombroso, senpai!
—Gracias. Pero estás exagerando— responde el mayor, sintiendose avergonzado por la mirada de admiración que le brinda el contrario.
—Claro que no. De cualquier forma, hemos terminado con nuestras fichas y la verdad es que me ha entrado hambre. ¿Qué tal si vamos por algo de comer?
—Sí. Me parece bien.
Así, los dos se ponen en marcha.
Luego de unos minutos caminando llegan a un restaurante que Kirishima ha sugerido. Por suerte no hay mucha gente y tienen oportunidad de pasar directamente y sentarse en una mesa de dos personas. Un camarero aparece para atenderlos y entregarles las cartas. Ambos se concentran en mirar los platillos anotados, decidiendo, silenciosamente, qué pedir. Una vez listos, le dicen la orden al camarero que se retira con una sonrisa servicial y amistosa en el rostro.
—Senpai. ¿Cómo está su pierna? Ya no le veo usar las muletas.
—Oh. Ya está mejor. Solo falta un punto por caer, así que ya puedo moverme sin problema. Creo que Fatgum estaba exagerando con las muletas.
—Bueno, es que él se ha preocupado por usted. Pero es normal.
—Supongo que sí. Pero fue meramente mi culpa. Si hubiese sido más cuidadoso...
—Tamaki-senpai, no piense ya en eso. Ha hecho lo mejor que ha podido. Hizo un buen trabajo y no tiene nada de qué arrepentirse.
El muchacho asiente con la cabeza, comprendiendo, y se encoge en su sitio.
—¿Le va a quedar cicatriz? — pregunta el menor.
—Creo que sí. Aunque no veo problema con ello.
—Genial, porque yo creo que las cicatrices son bastante interesantes. Hacen lucir muy varonil y masculino a un hombre. ¿No cree?
—Quizás... Hablando de eso, Kirishima-kun, tú tienes una cicatriz en el ojo. ¿Cómo te la hiciste?
—Oh, esto fue de cuando se manifestó mi quirk— dice, señalando la pequeña marca en su párpado y riendo suavemente—. Recuerdo que me asusté y lloré mucho. Era bastante patético.
—No pienso que sea así. Eras un niño, ¿no? Es normal que hubieses reaccionado así.
Antes de que Kirishima pueda responder, el camarero hace aparición con sus bebidas. Sin embargo, sus pies se enredan entre sí y consigue que uno de los vasos resbale de sus dedos, cayendo en las piernas del muchacho con cabello negro. El refresco de durazno mancha su pantalón negro, poniéndolo pegajoso.
—Lo siento mucho — dice el joven trabajador, dudando si debería limpiarle o si debería entregarle un pañuelo.
—Está... Está bien...— responde Tamaki, temblando y levantándose de su sitio.
El camarero continúa disculpándose mientras que Amajiki se siente tan humillado que practicamente huye al baño. Kirishima le resta importancia, diciendole al trabajador que ha sido un accidente y nada más, que ellos entienden.
Mirio y Nejire observan todo desde unas mesas apartados de los otros dos. El rubio se levanta de su asiento, dispuesto a ir con su mejor amigo para hablarle y calmarlo, pues seguramente ha entrado en una crisis nerviosa por tan problemático suceso. Porque Amajiki se acompleja por las cosas más pequeñas.
