DISCLAIMER: Los personajes de InuYasha no me pertenecen, son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi. La obra es mía, escrita sólo con el fin de entretener – a ustedes y a mí. Sin fines de lucro. En tributo a Kōji Tsujitani, cuyo 6to aniversario luctuoso fue el pasado 17 de octubre.


— One-Shot —

Kakujitsu —


La noche estrellada y la luz de la luna parecían ser sus únicas compañeras, aunque él era consciente de que eso no era así. Soltó un suspiro, mirando el cielo con abatimiento y resignación, sabiendo que su destino había sido escrito incluso antes de que naciera. Fijó su mirada ahora en su mano derecha, la que tenía apoyada en su regazo, la palma cubierta por la tela del tekkou hacia arriba, y el nenju envolviendo el brazo como último resguardo para que el poder albergado ahí no se desatara sin control, aunque temía que eso no fuese suficiente.

Cerró los ojos, tratando de alejar esos pensamientos de su mente; sin embargo, el incesante sonido del viento colándose entre la tela que cubría su mano y el constante cosquilleo en la palma, provenientes del Kazaana que portaba desde su infancia, lo hacían una tarea bastante difícil, en especial porque ambas sensaciones eran acompañadas por un profundo miedo.

Exhaló pesado, el miedo no era un sentimiento que le fuese ajeno. Por el contrario, lo experimentaba desde que tenía memoria, siempre de una forma profunda y desgarradora, porque la desesperanza también se hacía presente con demasiada frecuencia. Al principio, su mayor temor era el futuro de su padre, quien a pesar de sus esfuerzos, terminó desapareciendo frente a sus ojos, devorado por la maldición a la que había sido condenada su familia y que pronto, apareció en su propia mano. Desde ese momento, el miedo se volvió algo tan presente en su interior como el hormigueo en su palma, junto con la incertidumbre de su futuro y la angustia constante ante la posibilidad de no saber si sobreviviría un día más.

Hizo una mueca, volviendo a enfocar su vista en su mano maldita, escuchando el susurro casi imperceptible, un recordatorio de que se estaba quedando sin tiempo. Sonrió de medio lado, durante casi toda su vida había aprendido que, ante lo incierto de su destino, lo mejor era disfrutar de las cosas que podía, sin aferrarse a nada por el temor insistente a perder. Lo único constante en su vida eran su maestro Mushin y su fiel amigo Hashi, que formaban parte de ella desde que podía recordar. Todo lo demás: personas, lugares, incluso los anhelos, deseos y sueños que podría haber albergado para su futuro, todo lo que podía darle algo de esperanza, él había decidido hacerlo a un lado, porque no quería ser el causante del irreparable dolor que causaría su destino.

Se había enfocado en no formar lazos, viajar solo y errante, de aldea en aldea mientras buscaba pistas, mostrando una personalidad liviana de carácter, incluso algo vividor y hasta mujeriego, aunque jamás permitió que nadie se acercara demasiado. Pero aceptó unirse al grupo de InuYasha, intentando ser cauteloso y mantener la distancia; en un principio su objetivo era sólo racional: aprovecharía las ventajas de luchar junto a un guerrero como el hanyō y los prometedores poderes espirituales de Kagome. Se ayudarían a cumplir su misión en común, derrotar a Naraku y, con eso, él se libraría de la maldición y podría, finalmente, tener una vida normal. Sin embargo, no pudo evitar que ellos terminaran acercándose, y más que amigos, se volvieron su familia. Incluso se permitió enamorarse y, a pesar de sus esfuerzos por no despertar el mismo sentimiento en Sango para que no albergara esperanzas que no podría cumplir, ella le correspondía.

Una lágrima escapó de sus ojos, porque ahora su miedo era completamente diferente. No temía morir, pues sabía que era inevitable, y desde que tenía memoria, había convivido con la amenaza de un final próximo. Debido a sus circunstancias y a su visión de monje, para él la muerte no significaba un final, sino la oportunidad de su alma de renacer. Sin embargo, era consciente de que eso no era igual para todos. Él moriría, pero los demás le sobrevivirían y sabía con total certeza que su partida sería dolorosa para sus amigos, especialmente para la taijiya, quien se había atrevido no sólo a tener esperanzas en que él no tendría el mismo destino que su padre; también deseaba un futuro juntos, formar una familia y ser felices.

Negó con resignación, consciente de que su muerte la destrozaría, y ella ya había sufrido demasiadas pérdidas. El murmullo incesante del Kazaana parecía susurrarle que el momento se acercaba, dejándolo sin oportunidad de cumplir sus promesas.

"Moriré antes de poder acabar con Naraku."

Volvió a cerrar los ojos, queriendo escapar de la abrumadora realidad que había hecho a un lado por demasiado tiempo. Si tan sólo hubiese mantenido la distancia, evitando que los sentimientos de Sango se profundizaran de esa forma y que se hiciera ilusiones, aferrándose a una esperanza que nunca debió nacer… Pero había sido egoísta y, aunque fuese por unos instantes, compartió el mismo anhelo y creyó que podría lograrlo.

—Qué iluso fui…

Apenas habló, incluso podría haber sido uno de sus pensamientos abriéndose paso entre el caos que era su mente. Nuevamente guardó silencio, sólo escuchaba su respiración y la pequeña brisa que le cosquilleaba sin descanso la palma, transportándolo a recuerdos y emociones que él hubiese preferido dejar atrás, pero que ahora estaban más presentes que nunca.

—¿Hōshi-sama?

Levantó la vista al escuchar la voz femenina dirigirse a él de forma cautelosa, seguramente no quería interrumpirlo en caso de que estuviese meditando o haciendo alguna plegaria silenciosa. Le dedicó una tímida sonrisa mientras le respondía.

—¿Ocurre algo, Sango?

—No, sólo… vine a ver si todo estaba bien —respondió ella, mirándolo con atención —. Lleva bastante tiempo alejado.

Miroku negó sutilmente, en un intento por no preocupar a su compañera; sin embargo, fue en vano porque ella lo conocía lo suficiente y le bastó que sus miradas se cruzaran para saber que él estaba afligido. Se atrevió a acercarse, sin dejar de mirarlo a los ojos.

—Lo siento, no quise preocuparte —acentuó la sonrisa, aunque no logró calmar la inquietud femenina —. Sólo necesitaba un poco de paz, ya sabes cómo son InuYasha y Shippō cuando comen…

—¿Seguro? Porque parece preocupado por algo…

Él soltó un suspiro y desvió la mirada, consciente de que Sango no iba a creerle tan fácilmente. Hizo una mueca, quizá podría aprovechar la oportunidad para hacer lo que debería haber hecho desde un principio, ya que era probable que no volviesen a tener un momento así a futuro.

—Me conoces demasiado bien —admitió, sintiendo el pecho apretado nuevamente. Hizo una pausa mientras escogía sus palabras con cuidado —. Yo… lo lamento. Nunca quise que esto pasara, creí que podría hacerlo, realmente pensé que era lo correcto, pero estaba equivocado. No es justo para ti.

Sango parpadeó un par de veces, la confusión creciendo en su interior y la angustia comenzando a aparecer rápidamente. Tardó unos segundos en reaccionar, esperando que el monje recapacitara, y cuando eso no ocurrió, aguantó las lágrimas y se armó de valor para responderle.

—Espero que no se refiera a lo que creo, porque mis sentimientos por usted no son una equivocación.

—No lo entiendes, ¿verdad? No puedo corresponderte, no de la forma que mereces. Y no quiero hacerte daño, así que es mejor que olvides todo lo que prometí y sólo sigamos adelante.

—Lo que me pide es imposible, no puedo simplemente olvidar lo que siento —hizo una mueca, observando fijamente a Miroku —. Además, ¿piensa que esto no me hace daño?

Él escapó de sus ojos, incapaz de ver la tristeza en ellos. Presionó con fuerza sus puños, fijando su mirada en su mano derecha, el constante cosquilleo recordándole la razón por la que estaba tomando esa decisión. Levantó la vista hacia el cielo mientras volvía a hablar.

—Perdóname, Sango. Por favor, incluso si quieres odiarme por haber creado falsas ilusiones… está bien. Después de todo, te defraudé y no tengo excusas. Quizá algún día lo comprendas, pero ahora basta con que lo aceptes sin que sea más difícil…

Miroku cerró nuevamente los ojos, esforzándose para retener el llanto que luchaba por salir y deseando que la taijiya aceptara sus palabras y lo dejara solo, porque sabía que ella también lo necesitaba: llorar en soledad para finalmente resignarse a la decisión que él había tomado, la única forma de evitarle un sufrimiento mayor, ya que no quería ser otra más de sus pérdidas.

De pronto, sintió el cálido tacto de las manos femeninas sobre la suya, cogiéndola con aprehensión y logrando que él volviera a mirarla a los ojos, notando las lágrimas que habían escapado de ellos por sus palabras.

—Lo comprendo, más de lo que cree —dijo, presionando la mano maldita con cariño y decisión —. Sé que cada día queda menos tiempo y que en cada batalla que tenemos, cada vez que usa su maldición, podría ser el final. Pero no por eso voy a abandonarlo, a romper la promesa que hice y resignarme.

—Por favor, Sango… no quiero ser una pérdida más en tu vida. Podría marcharme ahora, quizá si me adelanto y encuentro a Naraku antes…

—¿Y piensa que será así de simple? —Sango resopló, sin soltar la mano masculina. —Qué ingenuo de su parte, ya es muy tarde para eso. Sin importar la decisión que tome o lo que haga, si algo le ocurre, sufriré su pérdida de todos modos. Así que no use esa excusa para querer alejarme.

—No es una excusa, el Kazaana está llegando a su límite, y si finalmente se desata sin control…

—Miroku —interrumpió su línea de pensamiento, desconcertándolo por completo al llamarlo por su nombre —. Basta, sé todo lo que puede pasar, estoy al tanto de los riesgos. Los conocía desde el principio, y decidí afrontarlos. Nada de lo que digas me hará cambiar de opinión.

—Pero puedo convertirme en una carga para ti y no quiero…

—No me importa si tengo que llevarte a cuestas, lo haré —le dirigió una mirada cargada de determinación y seguridad, sobrecogiéndolo —. Entiéndelo, me niego a abandonarte antes del final.

—Sango…

Ella presionó con mayor seguridad el agarre en la mano masculina, con tal determinación que logró disminuir el hormigueo en la palma, menguando de alguna manera el viento frío que se colaba hasta el Kazaana y causando que la calidez de su tacto estuviese más presente para él que su maldición.

—Ya perdí todo una vez, incluso la esperanza, y en esos momentos sólo quería vengarme antes de seguir a mis compañeros y familia —reveló, sonriendo con tristeza —. Sin embargo, a medida que iba sanando, me di cuenta de que la venganza no tenía sentido, nada iba a traer a mis camaradas de regreso. Pero en lugar de abandonar mi objetivo, decidí seguir luchando, sólo que por algo totalmente distinto. ¿Quieres saber por qué? Porque ya no quería volver a perder a nadie. Ustedes me devolvieron la esperanza, me hicieron ver que había mucho por lo que vivir —miró directo a los ojos a Miroku, que parecía algo perplejo con sus palabras —. Y creía que no era necesario decirlo, pero también comencé a anhelar un futuro, y no cualquiera, sino el que imaginamos juntos, el que nos prometimos, porque me enamoré de ti, Miroku, y nada de lo que hagas podrá cambiar eso. Entonces, permíteme seguir luchando para cumplir mis promesas y no perderte a ti también.

El ojiazul terminó sonriendo levemente, sintiendo la seguridad y determinación extenderse desde el contacto de sus manos hacia su pecho, donde pudo sentir la voluntad de Sango como un confortante abrazo. Asintió con un gesto antes de acercarla con cuidado y acariciarle el rostro, encontrándose de nuevo con sus ojos.

—De acuerdo —murmuró, sin separarse de su mirada —. No puedo negarme, porque resulta que también me enamoré de ti.

Y, sin esperar una respuesta, cortó definitivamente la distancia para terminar besándola con cariño, suave y dulcemente, siendo correspondido de forma tímida pero segura. El contacto duró algunos segundos, los suficientes para que las mejillas femeninas terminaran sonrojadas a pesar de la sonrisa tranquila que adornó los labios de ambos después de que se separaran.

Finalmente, decidieron que era momento de volver con los demás, antes de que se preocuparan y fuesen por ellos, pues preferían evitar que sus amigos viesen algo que pudiese malinterpretarse, aunque eso realmente no le molestaría al monje. Después de todo, incluso si no podía silenciar del todo la constante brisa que se filtraba entre la tela de su tekkou ni evitar el cosquilleo incesante en su palma, sabía que sólo con tomar su mano la castaña lograría menguarlos lo suficiente para recordarle que ella seguiría a su lado sin importar lo que pasara, hasta el último momento.


Momento Cultural.-

Kakujitsu: Significa "Ser lo suficientemente confiable como para creer que algo va a suceder."

Tekkou: Guantelete que va desde el codo hasta la muñeca y se cierra por el dorso de la mano hasta el dedo medio y pasa por la palma, esta prenda la usan tanto Miroku como Sango. Debe diferenciarse del tekkō, que es un guantelete armado con cuchillas tipo garras, usados por guerreros en el antiguo Japón.

Nenju: Rosario budista.


¡Hola! Sé que he estado demasiado desaparecida, pero en mi vida personal han pasado muchas cosas y en estos momentos, estoy atravesando varios procesos que me han llevado a un bloqueo creativo importante. Sin embargo, esta idea nació después de ver una imagen y quise aprovechar la aparición de la musa, e hice tanto un fic como un dibujo (disponible en mi IG). Además, todos los años trato de hacer algo en tributo a Kōji Tsujitani y este no quería que fuese la excepción.

A pesar de que no es tan largo como acostumbro, tiene mucho cariño y dedicación, por lo que espero que les guste y estaré al tanto de sus opiniones.

Por otro lado, espero pronto poder retomar mis proyectos pendientes y volver al ruedo. Por ahora, me siento feliz de poder salir del hiatus con esto.

Agradecimientos, como siempre, a Retsu, mi querida beta, y a Sayra por ayudar con su fangirleo y apoyo incondicional. Son un sol~

Nos leemos pronto, un abrazo~

Yumi~