¡Hola, mis Aventureros de la Lectura! Espero que disfruten el capitulo. ¡No les digo más, adelante con la lectura!


Capítulo 23

Pov Regina

Estamos reunidos en la biblioteca. Rubí, Emma, Merlín. Mientras, Snow mantiene a David y a las chicas distraídos en el otro extremo del castillo. Patrullando los alrededores.

Henry está sentado en una esquina, con la cabeza inclinada sobre uno de los libros que le he permitido leer. No puedo dejar de mirarlo y sé que Emma hace lo mismo; ambos sentimos el peso del miedo de que alguien intente hacerle daño.

Mi corazón late con fuerza, un ritmo vacilante que parece resonar en mi pecho mientras mis ojos caen sobre Emma y Merlín. Los escucho intercambiar ideas en la distancia. No muy lejos, Rubí me observa con la misma intensidad, su barbilla se levanta ligeramente cuando nuestras miradas se cruzan. Por un segundo, sus ojos se desvían hacia Emma, como si estuviera midiendo mis reacciones y luego, con pasos firmes, camina hacia mí.

—¿Qué le preocupa a la alcaldesa? —pregunta en un tono bajo, como un susurro en la noche.

—Nada —respondo rápidamente, demasiado rápido. Cada fibra de mi ser se electriza por su proximidad, por la forma en que invade mi espacio personal con su mirada inquisitiva.

Rubí sonríe de medio lado, con una astucia que me irrita y me intriga al mismo tiempo.

—Los latidos de su corazón no dicen lo mismo —murmura, desviando la mirada hacia un punto más allá de mi hombro, como si no quisiera parecer demasiado interesada— Déjeme ayudarla. Sé que no confía en mí, pero me importa lo que esa cabezota de Emma intente hacer —hace una pausa, y por un momento veo en sus ojos la misma desesperación que siento yo— No estoy con ellos, se lo puedo asegurar.

—Lo sé —digo con firmeza. Ella arquea una ceja, sorprendida—Emma y usted comparten una conexión mágica. Fue eso lo que la mantuvo a salvo de las artimañas del manco.

—¿Quiere decir que no está furiosa por eso? —me desafía, con una chispa de sarcasmo—Me sorprende que esté tan calmada con nuestra conexión.

—Querida, podría despellejarla —respondo con una sonrisa amarga, mientras el fuego centellea furioso en mis pupilas— pero tengo asuntos más importantes que atender.

Sus palabras sobre el lazo que comparte con Emma hacen que mis intestinos se retuerzan. Siento una punzada de celos que me atraviesa, pero la ignoro.

—Como pasar largas horas estudiando la barrera —añade. Hay una claridad en su voz, una seguridad que me desconcierta— Puede confiar en mí. Sé que tiene un plan secreto.

La desesperación en su voz me paraliza por un instante. Esa desesperación la reconozco, la llevo yo también a flor de piel. Es como si sus palabras destaparan una parte de mí que prefiero mantener oculta.

—¿Está usted segura de lo que me pide? —le pregunto, tratando de mantener la compostura— Su vida podría estar en riesgo.

—La vida de todos está en peligro, no solo la mía —responde sin titubear con su expresión llena de preocupación.

Por un momento, tengo que admitirlo. Rubí la quiere. Ese reconocimiento estalla en mi cabeza como un trueno, una verdad que no había querido enfrentar hasta ahora. Y al ver la sombra de desesperación en su rostro, me doy cuenta de que su angustia es tan palpable como la mía, colgando de su pecho como un peso que amenaza con aplastarla.

Tomo una decisión.

—Necesito que sea una traidora —digo finalmente, suelto las palabras como un latigazo en el aire— y Emma no puede enterarse.

Ella palidece, pero rápidamente se recompone. Sus ojos se clavan en los míos con una intensidad que no había visto antes. Luego se encoge de hombros con indiferencia.

—No se ofenda, pero puedo ser cualquier cosa que ella necesite.

Tengo una réplica mordaz en la punta de la lengua, algo afilado y cruel que podría hacerle retroceder. Pero me contengo al ver cómo Emma se acerca a nosotras. Una sonrisa se dibuja en mis labios, automática, mientras mi corazón se acelera una vez más. Mi mirada se cruza con la de Rubí y por un segundo, ambas entendemos que estamos luchando por lo mismo.

—¿Cuál es nuestro nuevo plan? —pregunta Emma con la voz llena de frustración.

La sonrisa en mis labios se desvanece. Miro sus ojos, donde el fuego de la preocupación arde sin cesar. Me quedo muy quieta, mi mente trabajando a toda velocidad. Sé que cualquier movimiento en falso podría ser nuestra perdición. Pienso en Hook, en todas las formas en que podría sorprendernos; sé que ha organizado un ejército para venir por nosotros. La batalla terminará mucho antes de empezar si no logro controlar la impulsividad de Emma.

—Estuvo aquí —digo finalmente, mi voz baja— Yo misma le di la oportunidad, pero es impulsivo, Emma. Cualquier plan que tenga se vuelve en su contra.

Merlín, que ha estado observándome, alza una ceja, interesado.

—Pero no está solo. Es Nimue quien lidera a todos esos hombres —refuta él, sus ojos buscando los míos.

Sacudo la cabeza, mi barbilla elevada con determinación.

—Y eso no ha cambiado nada. Ha intentado provocarte, Emma. Pensó que irías tras él el día que me atacó —doy un paso hacia ella, suavizando mi tono al ver la tensión en sus hombros— Luego usó una gran cantidad de magia solo para venir a jugar contigo —murmuro, tocándole el antebrazo con suavidad— Él vendrá por nosotros, te lo aseguro.

Merlín asiente lentamente, sus ojos se agitan como si estuviera calculando cada posible movimiento.

—Si no fuera por usted, la princesa habría caído en el juego —dice, dirigiéndose a mí, pero sus ojos se deslizan hacia Emma, que se cruza de brazos, inquieta— La paciencia es una virtud.

Emma bufa, su frustración brotando en cada palabra.

—Me preocupa que no tenemos un plan. ¿Qué haremos cuando lleguen? —gruñe, su voz más alta de lo necesario, como si estuviera hablando más con sus propios temores que con nosotros.

Tomo aire, conteniendo mis propias dudas. No puedo permitir que mi inseguridad se apodere de mí ahora, no frente a Emma, no frente a ninguno de ellos.

—Tenemos un plan —respondo con un tono que intenta ser tranquilizador— Solo necesitamos ganar tiempo. Hook espera que salgamos a su encuentro, que lo enfrentemos en el campo donde él tiene la ventaja. No le daremos ese gusto.

—Entonces, ¿Cuál es el plan? —insiste Emma, con un brillo de impaciencia en sus ojos.

—Le tenderemos una trampa —le contesto, mi voz adquiriendo un matiz más firme— Lo haremos creer que vamos a jugar a su juego. Pero en el momento justo, cambiaremos las reglas.

Rubí, que ha permanecido en silencio hasta ahora, asiente con una sonrisa sardónica.

—Me gusta cómo suena eso —dice— Siempre he sido fan de las sorpresas.

Mis botas resuenan contra el suelo de piedra, el eco multiplicando el ruido en la habitación silenciosa. Mis pensamientos se sienten igual de pesados, golpeando dentro de mi cabeza con la misma insistencia. Cada idea que surge es más descabellada y aterradora que la anterior y me esfuerzo por recordar que no soy la única que se enfrenta a este grupo de individuos con un rencor feroz hacia mí. Sé que para Nimue y Killian, soy el mayor objetivo. Y quizás, esa pueda ser mi ventaja. Su atención sobre mi, los volverá descuidados

Sigo moviéndome, tratando de calmar la tormenta en mi interior, pero siento los ojos de los demás clavados en mí como dagas. Merlín, Rubí, Emma… todos esperando, expectantes, esperando que diga algo. Me detengo, rechinando los dientes mientras mis pensamientos se alinean.

—Si atraviesan todos al mismo tiempo la barrera, no resistiremos —digo al fin, mi voz más baja de lo que pretendía. La sensación de ahogo se instala en mi pecho, un recordatorio constante de lo que está en juego. Estamos planeando una batalla, y cuanto más pienso en ello, más pesado se siente el nudo en mi estómago. No puedo fallar— Debemos dividirlos… y hacer que él nos ataque primero.

Un silencio denso se apodera de la habitación. Nadie se atreve a hablar. Miro a Emma, que me observa con una expresión reflexiva, sus ojos oscuros bajo el peso de sus pensamientos. Finalmente, rompe el silencio.

—Necesitamos más detalles de lo que piensas hacer —dice, chasqueando la lengua— Porque el que golpea primero golpea dos veces.

—Ya verás, querida… —respondo, un brillo calculador en mis ojos— Los golpearemos tan fuerte que no quedarán muchos en pie para contarlo.

Emma frunce los labios, su impaciencia palpable.

—¿Y vas a guardarte los detalles? —replica, cruzando los brazos sobre su pecho.

Una sonrisa se asoma en mis labios, pequeña pero desafiante.

—Podría discutirlo con Merlín y la señorita Lucas más tarde —contesto, mi tono más enérgico de lo necesario.

La tensión entre nosotras es evidente, como una cuerda tensa a punto de romperse. Los demás, al darse cuenta de que una confrontación entre Emma y yo es inminente. Los tres comienzan a moverse incómodos, desviando la mirada, buscando una salida discreta para escapar de lo que viene.

Emma y yo nos quedamos solas, una batalla no declarada de voluntades.

—Regina, esto no es un juego —me espeta Emma, acercándose un paso más, su tono más bajo, casi un susurro, pero lleno de intensidad— Necesitamos claridad. No podemos permitirnos errores.

Mis ojos se entrecierran y doy un paso hacia ella, mi voz apenas contenida.

—Esto nunca ha sido un juego, Emma. Cada uno de mis movimientos está calculado al milímetro. No me subestimes.

Sus ojos se suavizan por un momento, pero el fuego de la urgencia sigue ardiendo en su mirada. Ella suspira.

—No te subestimo, Regina —dice, su voz apenas más suave— Pero necesito saber que estamos en esto juntas.

Los labios de Emma se tensan en una fina línea recta. Puedo ver cuánto le preocupa la seguridad de todos; sus ojos apesadumbrados buscan los míos, para encontrar alguna respuesta que ni yo misma tengo. Me acerco lentamente, como si el aire fuera pesado entre nosotras y descanso mi mejilla contra su pecho. Siento su calor traspasando mi piel y una parte de mí se aferra a ese consuelo.

—Tengo miedo —confieso, con la voz temblorosa, sintiendo que si no lo digo, acabaré explotando— Ningún plan cambiará el hecho de que te pondrás en riesgo. Te conozco bien.

—Regina... —su voz es suave. No puedo evitar temblar cuando sus brazos me envuelven, cuando me sostiene como si pudiera detener el mundo a nuestro alrededor.

—Escúchame por un momento —insisto, con la voz quebrada, luchando contra la sensación de pánico que amenaza con ahogarme— Es patético sentirme así, pero sabía que amarte sería demasiado doloroso —me aparto ligeramente, lo suficiente para mirarla a los ojos, mis dedos trazando una línea suave sobre su mandíbula mientras mi corazón late con fuerza— Eres la Salvadora; está en tu sangre ser una heroína. Ni siquiera la oscuridad ha podido cambiar tu destino —nuestros ojos se cruzan y un escalofrío me recorre, desde la base de mi cuello hasta los dedos de mis pies— Por favor, no me culpes por hacer lo imposible para mantenerte a salvo.

Ella se queda en silencio un momento y luego susurra, su aliento cálido contra mi cabello, sus labios rozando los costados de mis mejillas mientras habla.

—Usarás la daga —dice, como si ya lo supiera, como si siempre hubiera sabido lo que haría— No voy a odiarte por eso, te lo prometo.

Sus palabras deberían calmarme, pero en lugar de eso, me golpean con más fuerza. Me separo apenas un poco para mirarla a los ojos.

—Sabes que puedo vivir con tu odio… mientras sigas viva.

En lugar de responder, Emma me aprieta contra ella con más fuerza, como si quisiera fusionar nuestros cuerpos, tal vez el contacto pueda evitar que el miedo se apodere de mí. Su abrazo no es solo protector; es desesperado, se que ella también tiene miedo de lo que podría venir. Siento su respiración agitada contra mi cuello, su corazón latiendo rápido bajo mi mejilla y no puedo evitar hundirme en su abrazo, buscando refugio en ella.

—Confío en ti —murmura, acariciando mi espalda con lentitud— Si no quieres contarme tu plan, es porque sabes que lo arruinaré —ríe suavemente, aunque hay una sombra en su tono.

La culpa se estrella contra mí, como una ola helada.

¿Cómo le explico la idea descabellada que tengo en mente? ¿Cómo le digo que alguien debe sacrificarse para que el plan funcione? ¿Cómo hacerle entender que si no hay un incentivo irresistible para Nimue, engañarla será imposible? Mi propia seguridad está en juego y me consume saber que estoy ocultándole la verdad. Algo en mí se rompe al guardarme el secreto. ¿Entendería ella que estoy dispuesta a arriesgarlo todo para mantenernos a salvo?

Me aparto de su abrazo apenas lo suficiente para buscar su mirada de nuevo, mis dedos temblando al acariciar su mejilla, sintiendo la calidez de su piel bajo mis manos.

—Emma, yo… —mi voz se quiebra, el miedo y la desesperación mezclándose en mis palabras. Pero ella me interrumpe, con un dedo en mis labios.

—No importa —susurra— Sólo prométeme que pase lo que pase… sobreviviremos a esto. Juntas.

Sus palabras son una promesa y una súplica a la vez. Algo en mi interior cede, el miedo retrocede solo un poco, lo suficiente para darme la fuerza que necesito.

—Te lo prometo —respondo.

El ambiente de la habitación se siente triste. Emma y yo permanecemos tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo irradiando hacia el mío, mis dedos entrelazados con los suyos. El sonido de la puerta abriéndose lentamente hace que ambas tardemos un minuto o dos en reaccionar. Finalmente, giramos hacia el umbral, donde Snow nos observa con los ojos clavados en nuestras manos unidas. De pronto, me invade la conciencia de que no he mencionado nada a Emma sobre mi conversación con su madre.

—Ella ya lo sabe —susurro, apenas moviendo los labios. Emma frunce el ceño, su mirada se clava en la mía, cargada de preocupación.

—¿Cómo? —pregunta, su expresión cambia de la sorpresa a la alarma. Veo sus ojos oscurecerse, su boca se aprieta en una fina línea de preocupación palpable— No es justo que hayas tenido que enfrentarte a ella sola.

—Te juro que no fue planeado —respondo, forzando una sonrisa que apenas puede esconder mi nerviosismo. Aprieto los dientes y vuelvo mi atención hacia Snow, tratando de mantenerme firme— No hay absolutamente nada que puedas hacer para que las cosas fueran diferentes. Te confieso que pensé que sería peor.

Emma me estudia por un momento y luego me toma del brazo, atrayéndome más cerca de ella con el rostro lleno de tensión.

—¿Y estás bien después de eso? —su tono es suave, pero hay una firmeza en él, una exigencia de honestidad mientras sus ojos se clavan en los míos.

—Sí —miento, evitando mirar directamente hacia la puerta. No quiero encontrarme con la mirada acusadora de una madre dramática. Pero, para mi sorpresa, Snow no parece tener la expresión de odio que esperaba; en cambio, parece… tranquila.

—Lo siento no quise interrumpir... —dice Mary en voz baja, dando un paso hacia atrás a punto de marcharse. Pero en dos zancadas, Emma la intercepta, colocando una mano firme en su hombro.

—Madre. No quiero que mi relación con Regina sea un problema entre nosotras —Emma la mira con seriedad, su voz firme y decidida. Se inclina un poco más cerca, como si quisiera asegurarse de que cada palabra penetrara profundamente— Por favor entiéndeme.

El tono de Emma es inusualmente calmado. Casi espero que se desate una tormenta entre ellas; en cualquier otra circunstancia, Emma ya habría estallado en una discusión feroz. Pero ahora, parece contenerse, midiendo cada palabra.

—Emma...yo no —Snow intenta decir, pero Emma levanta una mano, interrumpiéndola.

—Por favor, no empecemos una discusión ahora —le corta, con la mandíbula apretada— Podemos hablar a solas cuando sea el momento adecuado. En este instante, hay temas más urgentes que tratar.

—No quiero discutir, Emma —insiste Snow, su voz temblando un poco, y luego respira hondo

— Tengamos una noche en paz. Queremos estar con nuestro hijo y decirle cuánto lo amamos antes de que todo se vuelva un caos.

Snow da un paso más cerca, agarrando a Emma por los hombros con una fuerza, como si temiera que pudiera escaparse.

—Solo una cosa… no voy a retenerlas mucho tiempo —dice Snow, aspirando profundamente antes de continuar— Regina, te quité la felicidad una vez, y con eso me convertí en alguien que te empujó a tomar malas decisiones —levanto una mano para detenerla, pero ella alza sus dedos pálidos para silenciarme— Lo hice, y es un peso que he llevado en el pecho durante mucho tiempo. Te fallé una vez y no lo volveré a hacer. Prometí estar a tu lado y eso es algo que voy a cumplir. Y… Y si tu felicidad es mi hija, no soy nadie para cambiarlo. No otra vez.

La tensión en la habitación es palpable, cortante. Por un segundo, siento un atisbo de alivio en el aire… hasta que una voz áspera resuena desde el pasillo.

—¿Te volviste loca? —gruñe David, irrumpiendo en la habitación como una tormenta desatada. La rabia emana de él con una energía palpable, sus ojos encendidos de furia— ¡Ahora me doy cuenta de que solo la trajiste al mundo para entregársela en bandeja de plata a la bruja! —grita, empujando a Snow desde atrás, sus palabras llenas de veneno— ¿Quieres lavar tu culpa a través de tu hija? ¡Pero no lo voy a permitir! ¿Qué te hizo esa bruja? ¿Te hechizó también?

Un escalofrío recorre mi cuerpo, desde los talones hasta la nuca. Sé que algo muy malo puede suceder si no logro controlar al estúpido de Charming. Su furia está a punto de desbordarse y Emma respira rápido, con dificultad, mientras su magia se agita silenciosamente, enviando ráfagas de calor que se sienten como latigazos sobre mi cicatriz. Su poder está al borde de estallar.

—No vuelvas a tratarla de esa forma — la voz de Emma es una advertencia peligrosa, se que está a un paso de lanzarse contra él.

—Calma, Emma —susurro, inclinándome hacia ella, mi mano buscándola con urgencia— No tiene control de sí mismo.

—Igualmente, voy a romperle un par de huesos —masculla, mientras sus ojos arden en una furia apenas contenida. Tomo su brazo, clavándole las uñas en la piel para llamar su atención. Emma gruñe, claramente cabreada por mi intervención.

—No me amenaces. Soy tu padre —espeta David, su voz quebrada por la indignación.

—Y yo, una mujer adulta que es libre de elegir a quién amar —replica Emma, desafiante. Él se planta frente a ella, invadiendo su espacio. A un costado, Snow coloca una mano en su pecho, intentando interponerse entre ellos, pero el valiente príncipe la aparta de un manotazo.

—No... no puedes hablar en serio. ¿Amor? —Su voz es un rugido herido y su dedo índice se hunde con fuerza en la chaqueta oscura de su hija— Me insultas vilmente al decirme que amas a esa maldita bruja.

—Por favor, David, basta —insiste Snow, su tono desesperado.

Pero David sigue, cegado por la rabia, incapaz de escuchar razones. Cierro los puños nerviosa a mi costado, susurrando mentalmente que debo mantener la calma. Perder la compostura solo empeorará las cosas. Resoplo, tratando de silenciar las voces en mi cabeza que me instan a hacerle pagar, a verlo sangrar como el pirata me hizo sangrar a mí. Pero debo contenerme.

—Sé que te ha hechizado, Emma, hija... —dice David, ahora con una ternura forzada, buscando el rostro de su hija— Mira cómo divide nuestra familia, igual que lo hizo cuando naciste.

—Mary, llévatelo de aquí —pido con calma, pero mi voz suena tensa.

—Por supuesto que no —gruñe David, aferrando a Snow por la muñeca con brusquedad, tirando de ella hacia él— No te metas, bruja —me espeta, su mirada fija en mí con una furia incontenible.

—¡Dejen de culparla por la decisión que tomaron ustedes mismos! —grita Emma con amargura.

Estoy perdiendo el control sobre ella; la siento temblar contra mí, sus músculos tensándose, lista para soltarse. Mis dedos se clavan más fuerte en su brazo, pero cada segundo se siente como la pierdo. Emma se inclina hacia adelante y tengo que usar todas mis fuerzas para mantenerla pegada a mí.

—¡Ella amenazaba tu vida! —vocifera David, fuera de sí— ¡Ella es la culpable de nuestra decisión! —me lanza una mirada amenazante y yo lucho por contener mis lágrimas y mantener a Emma a raya.

—¿Qué daño podría hacerme? —refuta Emma con la voz llena de dolor— Era una criatura… ni siquiera en sus peores momentos, Regina habría sido capaz de una atrocidad así.

—¡No estabas allí! —grita él, su rostro enrojecido por la furia.

—¡Porque ustedes prefirieron abandonarme! —le responde Emma, igualando su tono de voz, su expresión desesperada.

David da un paso más cerca, su voz ahora un susurro afilado que quiere hacer daño.

—Estás equivocada. La culpable de todo es ella —gruñe, señalándome con un dedo acusador— De que renunciáramos a ti, de que estuvieras sola. Es ella quien nos divide y esa cosa enfermiza que sientes no te deja ver la verdad.

El centro de mi palma se vuelve tibio, un indicio de que la magia de Emma está descontrolada. La tensión en la habitación es asfixiante. Sé que estamos a un segundo de una catástrofe.

Mary se ha puesto pálida; creo que la actitud de su príncipe la ha tomado por sorpresa. Trago saliva mientras veo cómo la rabia de David crece, agitando aún más a Emma. Me inclino hacia mi rubia, desesperada por hacer que sienta mi presencia, el calor de mi magia, algo que pueda ofrecerle calma. Pero su mirada inquebrantable no se aleja de los dedos de David, que aprietan con fuerza el antebrazo de su madre.

—Da un paso atrás, David —pide Snow suavemente, tirando de su hombro con gentileza, como si temiera que un movimiento brusco desencadenara una explosión.

—¿Te parece que esto está bien? —la suelta bruscamente, señalándonos con un dedo acusador.

—Basta, David. ¿Qué te sucede? —susurra Snow, su voz temblando entre la súplica y el miedo.

—¿Qué me sucede? ¿No lo ves, mujer? —escupe, con los ojos encendidos de odio— Solo se está vengando de nosotros. ¡Es su manera de destruirnos! Y tú… tú estás de su lado. Ni siquiera le importa Emma.

—Te equivocas, Charming. Emma me importa demasiado —respondo con firmeza, aunque mi voz se quiebra al final. Siento que estoy caminando por el filo de un cuchillo.

Mientras el tono de David se va convirtiendo en gritos, afianzo mis manos alrededor de la cintura de Emma y retrocedo, ganando un par de metros entre nosotros y su furia desbordada. Sé que su mente está siendo manipulada, que Killian lo está utilizando como una marioneta, pero eso no garantiza que la furia de Emma lo deje salir ileso.

—La embrujaste para arrebatárnosla otra vez —la voz de David colmada de furia, temblando por la intensidad— ¡Por salvarla de ti, ha sufrido más de lo que imaginas! No me vengas a hablar de cuánto te importa cuando tú has sido quien más daño le ha causado.

—¡Deja de hablar como si hubieras estado allí! —grita Emma, su voz es un golpe de trueno y David se queda en silencio, sorprendido por su ferocidad— No hables de mi dolor porque no lo conoces. No sabes cuántas veces me pregunté por qué mis padres me abandonaron, lo rota que me sentí, lo perdida que estuve. No sabia que fui enviada a otro mundo, sola, en medio de la nada, para ser su arma de salvación.

—Tenías un destino que cumplir —responde él como un eco vacío.

—¡No quería ser la Salvadora! ¡Solo quería ser la hija de alguien! —Emma se quiebra en un grito ahogado y la magia a su alrededor tiembla.

Mis ojos buscan a Snow y me parte el alma verla así, paralizada, con los labios temblando y las lágrimas brillando en sus mejillas. Las revelaciones de Emma la han dejado destrozada, pero David no parece ceder.

—No tuvimos otra elección —insiste, casi con desesperación.

—La opción de ser una familia siempre estuvo ahí, pero ustedes eligieron el destino antes que a su hija.

Dejo caer los brazos a ambos lados de mi cuerpo, sintiendo cómo las palabras de Emma han drenado las fuerzas de todos en la sala. Hay tanto dolor en su voz que incluso la rabia de David parece disminuir, como si finalmente se diera cuenta de lo que ha dicho, de lo que ha causado.

Emma se vuelve hacia mí, sus ojos azules ardiendo con una decisión férrea. Sin decir ni una palabra más, me toma de la muñeca y en un instante, el aire a nuestro alrededor cambia y desaparecemos.

Continuará…


¡Wow! Ese enfrentamiento entre Emma y David fue intenso, ¿no creen? Las emociones están a flor de piel y las cosas solo se pondrán más tensas.

¡Aventureros! La recta final ha llegado y sé que todos se están preguntando: '¿Qué? ¡Si todavía falta!' Pero lo que falta es lo más jugoso, dramático y explosivo de toda la historia. No les quiero arruinar la sorpresa, así que mejor me quedo calladita. ¡Prepárense, lo mejor está por venir!