Capítulo 4: Ciclos
Por primera vez en su vida, el silencio estaba siendo la peor de sus respuestas.
- Maestro… ¿Por qué ya no me respondes?
Por mucho tiempo, Shaka, joven monje, siempre se sentó a los pies de Chenrezig, Buda, a conversar con él y sentir sus enseñanzas por medio de la misteriosa energía interior que, desde su niñez, sentía crecer dentro de sí; "Chakra", lo llamó su maestro terrenal, quien no supo explicar la clase a la que pertenecía dicho poder, pero que sintió que eso lo hacía diferente a sus compañeros y el más adecuado para seguir con las prácticas del legendario príncipe Hindú, quien buscaba ayudar a las almas más vulnerables a encontrar la iluminación por medio de la compasión, mas no como un fin individual.
El joven de cabello rubio acomodó con angustia su blanca Kasaya, pues después de muchos años su corazón estaba lleno de dudas. Antes lo habían atormentado sueños o visiones relacionadas con una posible vida pasada, los que logró dejar de lado gracias a la compasión de su líder. Sin embargo, ahora era distinto, pues no solo el silencio de él lo aquejaba, sino también el regreso de aquellas imágenes.
- Maestro, necesito saber por qué he vuelto a tener esos sueños. – preguntó con calma, pero con el corazón atormentado. – Sirvo a alguien diferente a ti, una vestimenta dorada me representa, mientras mis manos se tiñen de sangre de justicia. ¿Qué mensaje quieres darme con esto?
Las manos del joven, mientras su cuerpo comienza a emanar un aura dorada, pasan a sostener un rosario de cuentas moradas, el que fue heredado por sus padres a la edad de dieciocho años, poco antes de su muerte. No solo conservaba aquel objeto por aprecio a ellos, sino por el origen de su creador.
- Maestro, según mis padres, con quienes converso por medio de la naturaleza, este rosario fue creado por un ancestro familiar, un caballero de oro llamado Asmita de Virgo. Recuerdo muchas veces haber contemplado su rostro en el cuadro principal de mi antiguo hogar. – dijo, tocando con interés cada una de las cuentas. – Se supone que este objeto tiene la capacidad de erradicar el mal, cosa que aún no he logrado entender.
Shaka habló al silencio, esperando obtener una respuesta… pero nada ocurrió. El aura dorada de su cuerpo siguió incrementándose, hasta causar que de su nariz se asome un hilo de sangre, del que ni se inmutó por estar perdido en sus oraciones.
- ¿Hasta cuándo seguirás con tu silencio, Maestro? Llevo meses esperando una sola palabra. – preguntó el joven, angustiado y apretando con fuerza el rosario. – He sido fiel a ti por todos estos años. ¿Acaso te molesta mi presencia?
- ¿No ves en el silencio la respuesta a tu angustia, Shaka?
El joven se dio la vuelta y calmó su energía al escuchar una voz conocida. Ahí notó el hilo de sangre, por lo que lo limpió de inmediato.
- Maestro Arada… – saludó el joven, aun arrodillado. – Disculpe, no lo sentí venir.
El hombre se sentó frente a su alumno, mostrando una calmada sonrisa, a pesar de que le preocupaba verlo descontrolado por la energía percibida de su cuerpo.
- Aunque mis ojos no lo vean, sé que tu Chakra está disparado. – dijo el hombre. – Aunque ahora dudo que se llame así, y es por eso que te he interrumpido.
- No entiendo…
- Shaka… La razón por la que Chenrezig, nuestro apreciado Buda, no te responde, es porque tu tiempo en este lugar ha terminado.
El joven se quedó de piedra al escuchar semejante respuesta. Por un momento, pensó que había oído mal o que su supuesto "Chakra" seguía alterado, lo que no le permitía digerir la indicación de su maestro.
- ¿Me está expulsando? – preguntó sereno, aunque por dentro su corazón desbocaba de inquietud y angustia.
- Así es… Este sitio ya no es para ti. Nunca lo fue. – afirmó el hombre. – Hoy mismo te tienes que marchar.
- Necesito conocer la razón... – pidió el joven, sobresaltando un poco sus ojos. – ¿Qué mal he cometido para que Buda me rechace? Desde que llegué aquí, no solo he servido a mi prójimo, sino que también me he sacrificado para purificar mi alma. He seguido cada una de sus enseñanzas y caminos.
- Shaka…
- ¿Tengo que perfeccionar mis habilidades marciales para ser como él? – preguntó inquieto, sabiendo que no debía interrumpir a su maestro. – ¿Necesito otros mil días de ascetismo? Usted sabe por qué renuncié a eso y estuvo de acuerdo…
- Tú sabes la respuesta mejor que nadie. – dijo el hombre, cerrando los y recreando recuerdos en su mente. – A los dieciocho años, después de la muerte de tus padres, decidiste abandonar la aristócrata y cómoda vida con la que habías crecido… Tal y como Buda lo hizo.
- ¿Y acaso eso fue un pecado mortal? – preguntó el joven, ya impaciente debido a su malestar. Supo que hacía mal, pero no pudo evitarlo. – Durante muchos años, mis padres me ocultaron el sufrimiento humano, hasta ese día que escapé de casa a ver las calles y conocí la realidad de este país, pero sobre todo el dolor del Ganges.
- Tanto te conmocionó el sufrimiento que viste en el río Ganges que decidiste entregar tu vida a servir a los demás. Alimentaste al hambriento, curaste al enfermo, pero sobre todo, ayudaste a alcanzar la iluminación a las almas perturbadas. – dijo el maestro, manteniendo la sonrisa. – Todos lo lograron, menos tú, Shaka. ¿Nunca te has preguntado por qué?
Shaka se quedó de piedra al escuchar esa pregunta, la que no pudo refutar. A pesar de sus años de práctica, de sacrificio, de oraciones, de ayudar a sus semejantes, nunca pudo encontrar la verdadera iluminación en su vida; y él presentía la posible razón.
- Quizás es porque no he logrado liberarme completamente de mis malos sentimientos. – dijo el joven, avergonzado. – Seré muy compasivo con los más vulnerables, pero no puedo decir lo mismo sobre las almas contaminadas. Actuó con arrogancia y desagrado ante los perversos, e incluso me enfrento a ellos para defender a sus víctimas.
- Y eso no es algo malo, Shaka, sino que es humano. – dijo el maestro, manteniendo la misma calidez. – Y es con lo más mundano de esta tierra con lo que debes lidiar.
- Maestro…
- Chenrezig sabe que, desde que llegaste aquí, te recibí con los brazos abiertos, pero siempre con dudas por esa extraña energía que crece cada día dentro de ti; muy poderosa, pero ajena a nuestras creencias. – dijo el hombre. – Y hoy, por fin, me dio la respuesta. Tu deber no es servirlo a él, sino a todas las personas de este mundo, y eso lo harás apoyando a un líder diferente.
- ¿A quién?
Shaka comenzó a sentir que todo el camino recorrido estaba dejando de tener sentido. ¿Para qué y por qué se debía su existencia?
- No lo sé... – respondió apenado. – Lo único que sé es que pronto llegarás a ese ser superior y conocerás la verdadera razón por la que naciste. El sentido de ese escondido poder.
El joven cerró los ojos, intentando contener la confusión y frustración que se estaban apoderando de su alma, las que por más que quiso esconder de su maestro, las percibió. Deseaba no sentir tales emociones terrenales, pero no podía ser de otra manera, pues sentía que tantos años de entrega habían sido en vano.
- Shaka, no sientas esto como un castigo, sino todo lo contrario.
- No sé qué decir, maestro…
- Lamento si esto te causa dolor e impotencia, pero esto es un paso más para tu evolución. Recuerda que el cierre de un ciclo no es el fin, sino el inicio de uno nuevo. – dijo el maestro, aunque apenado por la decisión, sabía que era el camino correcto. – Aplica ese mismo amor y justicia para ayudar a lo que va más allá de tu conocimiento, y aplaca con tu fuerza a las almas endemoniadas que quieran dañar a otros. Estas palabras no son mías, sino de Chenrezig para ti.
El maestro dio una reverencia a su alumno, para después despedirse y salir de la sala.
Shaka, conmocionado, elevó su mirada a la estatua de Buda, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
- ¿Qué voy a hacer ahora?
Las llamas se levantaban en medio de las cenizas de su enemigo, mientras su creador aparecía entre ellas con una mirada de justicia y salvación.
Saori miró sorprendida al responsable, pero sin duda alguna, Shun era el más impactado, hasta el punto de conseguir fuerzas para ponerse de pie y convencerse de que no estaba soñando.
- Es él… – dijo Saori, mientras una sonrisa se le dibujaba en el rostro.
Una vez que Shun se convenció de la persona frente a él, sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras comenzaba a caminar de frente.
- Eres tú… – dijo emocionado, caminando cada vez más rápido.
El hombre vestía una ropa sencilla, camiseta azul, chaqueta negra y pantalón rojo oscuro. Aquel estilo era inconfundible para el joven médico.
- Disculpa la tardanza, querido hermano.
Shun llegó hasta Ikki y lo abrazó con fuerza para convencerse de que se trataba de él, cosa que corroboró cuando su mente rememoró con nostalgia la protección que siempre sintió con él.
- Eres tú, Ikki. – dijo Shun, conmovido y emocionado. – Realmente, eres tú…
Los hermanos se separaron, y para sorpresa de Shun, notó unas cuantas lágrimas en el rostro de su hermano, lo que demostraba que también compartía su emoción ante el reencuentro.
- Así es, Shun. He regresado. – afirmó Ikki, agachando la mirada para esconder su felicidad. – Después de cinco años, he cumplido mi promesa.
- ¡Ikki! – gritó Saori, corriendo hasta el joven y con lágrimas de alegría. – ¡Qué felicidad volverte a ver!
Ikki abrazó a su amiga con el mismo cariño que tuvo con Shun, causando que él se emocione al presenciar su reencuentro. Sin embargo, a pesar de que su mente estaba consumida por lo que, por muchos años, había esperado, rápidamente comenzó a hacerse preguntas. Su hermano mayor era diferente, se veía demasiado cambiado; era un hecho que su cuerpo estaba más fuerte, pero por dentro se percibía algo más.
- Estás muy linda, pequeña Saori. – dijo Ikki, acariciando la cabeza de su amiga. – Has crecido bastante en estos años.
- Ikki, todo esto es tan confuso. – dijo Saori, mirando a su amigo con confusión. – Nos salvaste la vida… ¿pero cómo…?
Ikki detuvo la pregunta de Saori enseñándole su muñeca izquierda, la que estaba cubierta por una pulsera de flores muy conocida por ella.
- Ikki… – pronunció Saori, mientras sus ojos se humedecían más.
- Prometimos cuidarnos, ¿no? – preguntó Ikki, esbozando una orgullosa sonrisa. – Yo siempre cumplo con mi palabra, y es por eso que vine hasta aquí.
Shun se perdió, por un instante, en sus emociones y recuerdos de la niñez relacionados con la pulsera, sin embargo, regresó a la realidad al recordar el estado de Seiya, por lo que se acercó para auxiliarlo.
El joven boxeador había comenzado a dar signos de despertar.
- ¡Seiya! ¿Estás bien? – preguntó el joven, ayudando a levantar a su amigo.
- ¡Ay! ¡Me duelen todos los huesos! – se quejó el joven. – ¿Entonces no fue un sueño? ¡Ese monstruo espantoso nos atacó!
- ¡No te muevas! – pidió Shun. – Verifico que no tengas huesos rotos.
Afortunadamente, ninguno de los dos tenía nada roto, solo intenso dolor por los golpes.
Una vez que Seiya dejó de sentirse aturdido, lo primero que hizo fue caminar hasta Saori y tomar su mano, causando que la joven se sonroje ante tal acercamiento, aunque se le hizo agradable. Shun se dio cuenta de tal acción, por lo que contuvo sus ganas de reírse, mientras que Ikki veía todo con confusión.
- ¿¡Estás bien, Saori!? – preguntó Seiya, alarmado. – ¿Te hizo algo ese maldito gusano?
- Estoy bien, Seiya. Gracias por preocuparte. – respondió la joven, sonriendo. – Me alegra ver que Shun y tú están bien.
- Yo... me siento avergonzado por no haberlos defendido más. – confesó el joven, frustrado. – Pero tú lo hiciste… Yo sentí que tú nos cuidaste a Shun y a mí. ¿Qué ocurrió?
Saori se sorprendió al escuchar las palabras de Seiya, pues ella mismo no comprendía aquella determinación que sintió para defender a sus amigos, pero más que eso, esa calidez naciendo desde el fondo de su alma. ¿Se habrá tratado del universo interior del que su madre le contó? No lo entendía, pero lo único que sabía es que no iba a permitir que lastimen a nadie en su presencia.
Saori observó en Seiya una mirada atrapante e inquietante… Deseaba perderse en su esencia para siempre.
- Seiya… – Saori, al sentirse confundida en sus sentimientos, se soltó del agarre del joven. – Yo no hice nada, fue Ikki quien nos salvó.
- Seiya, él es Ikki, mi hermano mayor. – presentó Shun.
Seiya miró al recién llegado joven, quien lo observaba con extrema seriedad. Sin embargo, eso no impidió que se saluden educadamente con un apretón de manos. El contacto entre los jóvenes causó entre ellos un choque de energía abismal, como si entre ellos se estuviera dando un reencuentro, a pesar de que era la primera vez que se veían.
- Yo te he visto en algún lado... – dijo Ikki con desconfianza.
- Yo… – Seiya comenzó a sentir dudas antes de responder, sin entender por qué. – No… No lo creo.
- Yo sí… pero no recuerdo dónde. – afirmó Ikki con frialdad, causando algo de miedo al confundido Seiya.
- Gracias por habernos salvado. – dijo Seiya, sonriendo. – Aunque no entiendo cómo lo hiciste. Ese monstruo se veía poderoso.
La pregunta de Seiya causó que las dudas de Shun y Saori se incrementen, mientras que Ikki se sintió inquieto al no desear dar razones de nada. Él había llegado en el momento justo por una sola razón, cosa que iba a cumplir.
- Eso no importa... – respondió cerrando los ojos y evadiendo la mirada de Seiya. – Yo también te agradezco por haber intentado defender a Shun y a Saori, a pesar de haber salido herido. Ahora, voy a regresar con ellos a Santorini.
- ¿Qué? – preguntó la dama, sorprendida. – Pero Ikki, nosotros…
- Vámonos. – ordenó implacable. – Ya no hay nada que hacer aquí.
Ikki empujó ligeramente el hombro de Saori y de su hermano para irse con ellos, dejando atrás a Seiya. El joven sintió una ligera molestia al sentirse ignorado.
- ¡Esperen! – reclamó Seiya, acercándose hasta el grupo.
Con una rapidez intimidante, Ikki se dio la vuelta y miró con enojo a Seiya, y a pesar de que el joven no pudo evitar sentirse asustado por la fiereza del hermano mayor, no retrocedió ni un paso. No comprendía por qué, pero no quería alejarse de sus nuevos amigos, sobre todo de Saori, pues se sentía culpable por no haberla podido defender como era debido y temía que vuelva a correr peligro.
- Como ya te lo dije, vamos a regresar a Santorini. – repitió Ikki, impaciente. – Ya hiciste tu buena labor, ya te di las gracias, punto.
- Pero…
- Por tu bien, sigue con tu camino y no te entrometas más.
Ikki obligó a sus acompañantes a irse con él, mientras que, a sus espaldas, Seiya hervía de enojo.
- ¿Pero qué se ha creído este tipo? – cuestionó el muchacho con mueca de furia.
Shun y Saori, a medida que avanzaban, se sentían extrañados por el actuar de Ikki. Siempre se caracterizó por ser desconfiado y distante, pero ahora parecía totalmente arisco, y muy en el fondo, con un enorme dolor. Sin duda alguna, muchas cosas habían cambiado en él en esos cinco años de ausencia.
- No debiste hablarle así, Ikki. – recriminó Saori, volteando el rostro para ver a Seiya por última vez.
- Al menos me hubieras dejado curarle la herida de su cabeza. – dijo Shun, igual de molesto. – Él nos defendió, hermano…
- Eso no quita que sea un desconocido. ¿Siguen siendo igual de ingenuos para confiar en la gente? – preguntó Ikki, aún confundido por la horrible nostalgia que Seiya le causaba. – Además, ustedes dos también intimidaron a ese monstruo…
Ikki estaba preocupado al haber presenciado la manifestación de poder en Saori y Shun, pero mucho más por la de su hermano, pues aunque fue por poco tiempo, este mostró un cosmos terrible y gigantesco cuando golpeó al espectro. Temía que eso sea una señal para que se cumpla su más grande miedo, la única razón por la que se fue de casa para someterse al más duro de los entrenamientos físicos y mentales… pero sobre todo, a la más desgarradora de las pérdidas, la que su corazón aún resentía y desangraba.
A ella…. nunca iba a poder olvidarla.
- Ikki… – habló Saori, sacando al joven de sus tormentosos recuerdos. – Creo que tienes muchas explicaciones que darnos.
- Así es. – dijo Shun, mirando a su hermano con seriedad y reproche. – Quiero una explicación de todo lo que ha ocurrido contigo, de tu larga ausencia y de ese poder que tienes.
- Si es así, entonces los tres tenemos cosas que explicar…
Ikki aún no tenía el valor de revelar la verdad, pero sabía que no la podría ocultar por mucho tiempo, mucho más si ya había sido descubierto por el par de jóvenes.
- Ya habrá tiempo de eso… Ahora lo importante es regresar a casa.
Saori y Shun se miraron con intriga, mientras que Ikki intentaba ordenar sus miedos y desdichas.
Por otra parte, Seiya veía alejarse a los jóvenes, y lo lamentaba casi como si se estuviera despidiendo de amigos tan queridos.
- No entiendo por qué me siento así… Recién los conozco. – dijo confundido. – Solo espero que no vuelvan a ser atacados.
El joven boxeador decidió dejar su pesar de lado y enfocarse en la verdadera razón de su llegada a Atenas. Encontrar a su hermana era su prioridad, mucho más con la impactante carta que había recibido sobre ella. No solo resentía que se hubiera alejado sin darle explicaciones, sino que se había casado sin haberle informado; ni siquiera imaginaba quién podía ser su esposo, o más importante, el remitente de la extraña nota.
- Tonta, no sé cómo voy a perdonarte tantas ofensas… – se dijo a sí mismo, molesto.
El muchacho creyó que era mejor tomarse un descanso, por lo que pensó en un sitio en el que pudiera pasar la noche. Fue en ese momento que su cerebro se iluminó, matando, posiblemente, a dos pájaros de un solo tiro.
- En esta ciudad hay solo un hotel, en el que seguramente Saori y Shun se hospedaron. – expresó emocionado. – No sé cómo, pero quizás ahí encontraré pistas sobre la dirección de ella en Santorini… quiero decir, de ella y Shun.
El joven se sintió como un obsesivo al armar semejante plan para conocer el paradero de la dama, pero todo lo atribuía al miedo de que su vida corriera peligro.
Su alma ardiente deseaba proteger a Saori como si se tratara de una diosa.
Vergüenza y silencio se respiraban en el despacho de Pandora, mientras que uno de los dos jueces luchaba con todas sus fuerzas para no estallar en carcajadas.
- Fracasaste, Rhadamanthys… – acusó Pandora, mirando al juez de rodillas ante ella, mientras Aiacos se deleitaba con la escena. – No pudiste con... ¿Cómo lo llamaste a Shun?
- "Un mocoso pacifista y tranquilo". – agregó Aiacos con intención viperina. – Así lo llamó Rhadamanthys.
- ¡Cállate, imbécil! – reclamó el juez, enfurecido y avergonzado. – ¡No te metas en esto!
- ¡Tú eres el imbécil! – expresó Pandora, apuntando su tridente al cuello del juez. – Debería arrancarte la cabeza por tu estupidez, pero para mi maldita suerte, aún te necesito vivo.
- Pido clemencia, señorita Pandora. – rogó el hombre, flexionando más las rodillas y agachando la mirada. – Raimi era uno de mis mejores espectros, no entiendo cómo pudo ser derrotado.
- Eso solo significa una cosa... – dijo la muchacha, soltando un suspiro de furia. – Aparte de Libra, es posible que existan más caballeros despertando para proteger a Athena y evitar nuestros planes, y eso sería un problema enorme. ¡Tenemos que reanimar al señor Hades cuanto antes!
- Señorita Pandora... – llamó Aiacos, poniéndose de pie. – Recuerde lo que le propuse. Y yo, personalmente, me encargaré de todo, solo me llevaré unos cuantos esqueletos.
- ¡Ve tras ese maldito chico de una vez! – ordenó Pandora, impaciente. – ¡Lo quiero tener en mi poder! ¡YA!
Aiacos, complacido, chasqueó los dedos y en cuestión de segundos su cuerpo se cubrió por su sapuris, mientras que Rhadamanthys se retorcía de furia al haber tenido que darle la razón. Durante todos esos años nunca había fracasado en sus misiones. ¿Por qué ahora era diferente?
- Yo, Aiacos, el espectro de Garuda de la estrella celeste de la Valentía, estoy listo para cumplir con mi misión. – se presentó el orgulloso guerrero.
El juez espectral dio una reverencia para retirarse, sin embargo, se detuvo al ver que la puerta del despacho de Pandora se abrió con furia, causando que todos los presentes se quedaran paralizados. Sin ningún tipo de aviso, Ker entró a la estancia, caminando con elegancia a medida que la cola de su vestido morado se arrastraba en la alfombra. Con la boca seca, Pandora y Aiacos se arrodillaron ante su presencia, mientras que Rhadamanthys agachó la mirada con más sumisión de la que tenía.
- Se… Señora Ker… – saludó Pandora, mostrándose calmada, pero con el alma torturándola de terror. – No la esperaba en mi humilde despacho.
- ¿Y acaso tengo que pedir permiso para venir? – preguntó la diosa, arrogante e irónica.
- No… de ninguna manera. – corrigió la muchacha. – Su voluntad es lo más importante para nosotros.
- Pues eso es lo que no se está cumpliendo, Pandora, mi voluntad. – reclamó Ker, tomando asiento en uno de los muebles del despacho y cruzando provocativamente sus piernas. – ¿Dónde está el cuerpo elegido del señor Hades? ¡Estoy ansiosa por tenerlo aquí!
- Justamente... – Pandora se esforzó para calmarse ante la terrible aura de la deidad. – El juez de Garuda, Aiacos, se dirige a traerlo.
- Así es, señora Ker. – confirmó el juez, alzando la mirada. – Cumpliré con esta misión, aunque me cueste la vida.
- Eso espero, pues como dije antes, no toleraré errores. – recordó la fémina. – Siento el cosmos de Athena cada vez más presente, cosa que me preocupa. Sin embargo, eso me ha permitido descubrir algo muy interesante…
- ¿Se puede saber a qué se refiere? – preguntó la joven.
- Gracias al ligero despertar del cosmos de Athena, he podido localizar dónde se encuentra ella, pero sobre todo el instrumento más importante de su poder.
- ¿Acaso se refiere a…? – cuestionó la joven, adivinando los pensamientos de la diosa.
- Desde la era de los mitos, de alguna manera, cerca de Athena siempre se encuentra Nike, la Diosa de la Victoria. – comentó Ker. – No comprendo las razones por las que esa imbécil decidió nacer del vientre de una humana, pero eso no quita que su legendaria arma se encuentre con ella. Si llega a activar su poder, estaríamos en posible desventaja…
- ¿Qué es lo que desea que hagamos? – preguntó Pandora.
- ¿No es obvio, estúpida? – preguntó la diosa con ironía. – ¡Que traigan la estatua de Nike a mis manos para destruirla! ¿Dónde está Minos?
- Minos se fue a la India a despertar a una de sus estrellas malignas y a un caballero de Athena.
- ¡Dile que regrese! Quiero que él se encargue de esta misión. – ordenó la deidad.
- Señora Ker… – Pandora dudó en hablar, pero lo sintió necesario. – Minos está en la cacería de un caballero dorado. ¿Está segura?
- ¡No me importa! – exclamó enfurecida. – ¿O vas a contradecir mis órdenes?
- Claro que no…
- La estrella maligna que va a despertar puede encargarse muy bien de ese caballero. Quiero que Minos haga esto porque… sus hilos son un deleite de tortura. – dijo la diosa, relamiéndose los labios al imaginar el ataque del juez. – Es más que seguro que Nike se encuentra protegida por Athena o por alguien más que, sin duda, no querrá entregarla, así que la técnica de Grifo hará que ese individuo padezca tanto que termine cediendo, pues sus hilos aplacan la voluntad por completo. Convierte en serviles marionetas todo lo que toca.
- Comprendo, lo llamaré de inmediato…
- Espero tener en pocas horas buenas noticias. – solicitó Ker. – La llegada del recipiente de Hades y Nike en mi poder.
La diosa colocó sus ojos en Rhadamanthys, quien se puso de pie al sentir que iba a pedirle algo.
- ¿En qué puedo servirla, mi señora? – preguntó temeroso.
- Ya sabes… – indicó la mujer, mostrando con gusto su sonrisa. – Envía a tu caballero, a mi pianista favorito, a la sala de música. Las notas de mi violín quieren acompañamiento.
- ¡De inmediato!
Ker se desvaneció del lugar como una sombra, mientras Pandora intentaba calmar el terrible latir de su pecho por el pavor que la deidad le transmitía. Ahora, más que nunca, debía mantenerse serena, pues su anhelado plan estaba al alcance de sus dedos.
- Vete, Aiacos.
Garuda no perdió más tiempo y salió del despacho, pero al cerrar la puerta se vio interrumpido por la llegada de una mujer, quien al verlo se acercó a acariciar su rostro y a darle un beso en los labios.
- Violeta… como siempre sorprendiéndome. – dijo el juez, mirando con morbo a la mujer.
- Vine a darte suerte… Te estaré esperando esta noche para celebrar hasta cansarnos.
Aiacos lanzó una última mirada a la chica y se perdió entre los pasillos.
- Shion… ¿Estás bien?
El patriarca aún seguía perdido en los dolorosos pensamientos de su pasado, sin embargo, regresó en sí con el llamado de su amigo. No tenía el valor de contarle toda la tragedia de su vida, pero algo debía compartirle para fortalecer su lazo de confianza.
- La verdad… Soy divorciado. – respondió seco.
- Sí llegaste a casarte… – preguntó Dohko, sorprendido.
- Las cosas no son como piensas… – dijo el hombre, confundiendo a su amigo. – Todo se dio porque mi padre me envió a un internado en Canadá a los dieciséis años, debido a… Qué hice algo que no le gustó.
Shion no quiso recaer en el dolor de recordar más, por lo que calló esa parte de la historia; además, no quería que su amigo lo juzgue. Dohko, con semblante de preocupación en su rostro, siguió escuchando.
- Una de las condiciones que me puso para salir de ese infierno, fue que me casara con la hija de su socio, ya que con eso obtendría una poderosa alianza económica. – relató el hombre, apenado. – En otras palabras, me vendió al mejor pastor.
- Yo… Lo siento… No puedo creerlo… – expresó Libra, estupefacto. – ¿Cómo un padre puede casar a su hijo siendo un menor de edad? Arruinarle la vida así. No lo concibo.
- Mi padre fue un demonio. – continuó el Patriarca su relato, mostrando fastidio en su voz. – Cuando murió mi madre, quien tanto me amó y cuidó, solo se dedicó a ser abusivo conmigo; y yo no era más que un chiquillo vulnerable, aterrado y sin nada en la vida, así que tuve que aceptar su condición para salir del internado.
- Lástima que no despertaste tu poder antes de tiempo... – bromeó Libra.
A pesar de estar narrando algo tormentoso, el caballero de Aries soltó una carcajada. No había duda de que el sentido de humor de su amigo sabía como sacarlo a flote.
- Mi "matrimonio" fue una fachada, no pasó nada entre nosotros, ni una amistad. Todo se dio porque el socio de mi padre lo propuso para tapar la "vergüenza" de su hija.
- ¿Vergüenza?
- Ella tenía gustos que su padre no aprobaba... – dijo Shion.
- Entiendo…
- En fin, ella vivía su vida y yo la mía; nos guardábamos los secretos. – confesó Aries. – Mientras seguía con su prohibido amorío, yo me dediqué a buscar como un loco a…
Shion quedó en silencio, bloqueado por su permanente sufrimiento. Dohko, al verlo perturbado, colocó la mano sobre su hombro para que se calmara.
- En otro momento me sigues contando…
- Una cosa más… el divorcio se dio cuando nuestros respectivos padres murieron. – dijo Aries. – Qué los dioses me perdonen, pero solo así encontré alivio y libertad. Ya han pasado diez años de eso.
- ¿Y a qué te has dedicado? – preguntó Libra, queriendo cambiar de tema.
- Manejo los múltiples negocios de mi madre, pues la del dinero siempre fue ella y no el arribista de mi progenitor, que solo se casó por interés, a pesar de que ella, lamentablemente, sí lo amó y nunca fue correspondida. – dijo Shion, mientras la rabia lo consumía por dentro. – Con la muerte de ese tipo, quise cerrarlo todo, pero mi mamá siempre cuidó de las familias que dependían de ese trabajo, así que encargué a un apoderado su administración y a mí solo me reporta las novedades.
- Eso es conveniente en estos momentos…
- Así es, por eso agradezco tanto a Athena por haber despertado mi verdadera vida, aunque eso no desaparece a la actual. Ahora podré actuar como lo que verdaderamente soy, un guerrero. – dijo Shion, hablando con determinación, pero con un dejo de frustración en su voz. – No tengo familia… No tengo hijos… Así que me entregaré por completo a esta causa.
El patriarca volvió a analizar con detenimiento el pergamino, trazando con sus dedos la forma de los desordenados mapas y constelaciones. Estaba decidido a descifrar el misterio que escondía y el siguiente paso a seguir.
- ¡Mira, Dohko!
Libra se acercó al viejo papel para entender lo que su compañero quería explicarle.
- La constelación de Virgo se muestra resplandeciente sobre este lugar… – señaló Shion, viendo con detenimiento el país marcado. – Este sitio es…
- ¡Es la India! – exclamó Dohko, alarmado. – Eso quiere decir que…
- El caballero de Virgo ha regresado… Y ahora su vida corre peligro.
- No… Yo no quiero que le ocurra lo mismo que a mí. – se quejó Libra, atemorizado.
- Y el caso sería peor, pues tu corrupto despertar no se completó. – dijo Shion. – Sin embargo, si Virgo es capturado, no solo se convertirá en un enemigo invencible, sino que no conocemos la manera de regresarlo a la normalidad.
- Tengo un plan, Shion... – sugirió Libra. – Trasládame a la India para ayudar al caballero de Virgo, y tú ve a rescatar a Athena.
Aries suspiró con pesar, pues aún no lograba descifrar el paradero de la diosa en el extraño mapa; pero el tiempo seguía corriendo y uno de los dos debía avanzar.
- Yo me quedaré aquí para intentar localizar a Athena, mientras te teletransportaré a la India para que encuentres al caballero dorado de Virgo. – indicó el hombre. – No puedes fallar en esta misión, Dohko.
- Como ordene, Gran patriarca. – acató Libra, dando una reverencia.
Aries se colocó frente a su amigo y cerró los ojos para invocar su telequinesis, la que serviría como medio de teletransportación para que llegara a su destino.
En un parpadeo, el caballero dorado de Libra había desaparecido del templo de Delfos.
El ocaso se encontraba cerca de llegar, hora en la que Shaka se había alejado lo suficiente del templo que lo acogió por doce años. Su pecho aún lo apresaba de confusión al no entender los designios del destino, del dios al que sirvió por tanto tiempo, pero su condición solo le obligaba a obedecer y a buscar un nuevo y desconocido camino.
Su paso se detuvo al encontrarse con un árbol de laurel que, para cualquiera, no era más que una simple planta, pero para él tenía un gran significado, pues fue ahí donde tuvo el primer acercamiento con la indulgencia, cuando estuvo a punto de morir.
*.*.*.*.*
Buda se adentró al ascetismo para encontrar la verdad del universo, privándose de placeres mundanos que pudieran beneficiar su cuerpo. Ese mismo concepto fue el que quiso imitar Shaka, un joven de dieciocho años recién cumplidos, el que recientemente había perdido a sus padres y abandonado los lujos de su vida para encontrar un nuevo camino.
- Queridos padres, por medio de la naturaleza, puedo hablar con ustedes, y por eso no los extraño. – dijo el joven, con los pies lastimados y caminando con dificultad, sosteniendo su cuerpo con un palo de madera. – Sé que no están contentos con mi decisión, pero no puedo sentirme bien cuando hay tanto sufrimiento en este pobre país.
Sin poder soportar más el cansancio, Shaka se arrimó a un árbol de laurel que se encontraba en su camino, el que emanaba un aroma refrescante y cálido. Sentía que iba a morir debido a la inanición y deshidratación que llevaba días cargando, y si iba a hacerlo, al menos esperaba que fuera en la tranquilidad de la sombra de la planta.
- Soy un atrevido al haber querido imitar a Buda. – dijo Shaka, sintiéndose frustrado, mientras el cansancio lo consumía. – El castigo a mi osadía es morir así, lamentándome por no haber podido alcanzar la iluminación.
El joven cerró los ojos para esperar su fin, sin embargo, comenzó a percibir un dulce aroma, el que pensó que se trataba de una alucinación debido al hambre que lo consumía. Con esfuerzo, abrió los ojos para darse cuenta de que frente a él se encontraba una joven con un plato en las manos.
- Joven asceta, no serás aceptado por Buda, por nuestro querido Chenrezig, con un pensamiento tan individualista.
Con las pocas fuerzas que le quedaban, Shaka se sentó de rodillas para ver mejor a la mujer, quien lo miraba con compasión y una dulce sonrisa, mientras le ofrecía un plato de arroz bañado con miel.
- Acepta este plato de comida como símbolo de indulgencia para los demás, más que para ti mismo. Ese es el verdadero significado del sacrificio; amar a los demás sin renunciar a tu humanidad. – dijo la joven con su cálida voz. – Sé cómo Chenrezig y te sentirás más cercano a su iluminación.
Las energías del muchacho regresaron a su cuerpo al perderse en la compasión de la muchacha y en sus encantadores ojos, mientras su corazón asimilaba con fuerza el verdadero enfoque que debía seguir para su ansiado objetivo.
*.*.*.*.*
Recordar ese momento provocó en Shaka una pequeña sonrisa, a pesar de lo consternado que se sentía.
- Siempre te detienes en el mismo árbol, querido Shaka.
El joven se dio la vuelta al escuchar la conocida voz que lo había sacado de sus recuerdos, la joven que lo había salvado hace doce años de la muerte y le había mostrado el término medio de las necesidades humanas.
- Sujata… – saludó el joven.
La hindú era una mujer sencilla, vestía con un Sari color morado que la cubría de pies a cabeza, enseñando unos cuantos cabellos castaños.; no por su modestia, su belleza se veía opacada, pues sus ojos verdes combinaban bien con su piel morena clara.
Desde hace años gozaba del privilegio de ser la mejor amiga del recién expulsado monje.
- Te veo triste, Shaka. – afirmó la joven, preocupada. – ¿Ocurre algo?
Shaka se acercó a la dama y la tomó de las manos, causando que ella se sonroje al tener contacto con él, como siempre le ocurría con solo verlo. Su hermosa amistad floreció con los años, en cada encuentro bajo el árbol de laurel, y en ese tiempo el sentimiento del amor había nacido en su corazón, pero no se atrevía a confesarlo, pues amar a un monje estaba prohibido, pero peor aún, su condición de mujer y campesina la obligaban a no poner sus ojos encima de nadie, pues sin una dote que ofrecer, su destino era quedarse sola. Además, si alguna "autoridad" la veía a solas con un hombre, podía ser deshonrada y castigada.
Las mujeres de la India no gozaban de la misma fortuna e igualdad que el varón.
- Lo lamento, Sujata. – expresó Shaka, nervioso, soltando las manos de la joven. – No quiero que tengas problemas por mi culpa.
- Solo mis padres están en la granja, y sabes que ellos aprueban nuestra amistad. No hay nadie más cerca, querido amigo. – dijo la joven, intentando calmar sus emociones. – Pero no evadas el tema, pues noto que algo te sucede.
El joven suspiró con pesar ante lo que iba a confesarle a su amiga, pero más por saber que tendría que separarse de ella.
- Fui expulsado del templo. – confesó apenado. – Acabo de marcharme de ahí.
Sujata guardó silencio ante la revelación de Shaka, mientras luchaba para no llorar delante de él. No era solo su compañía, sino su protector y confidente. ¿Cómo iba a llevar su aburrida vida si él se iba?
- ¿Por qué? – preguntó alarmada. – Tu conducta siempre ha sido intachable.
- Lo único que sé, es que todo fue voluntad de Chenrezig. – dijo el joven, bajando la mirada. – Tengo un nuevo camino que encontrar, y es por eso que me marcho.
- ¿Vas a dejarme sola?
El muchacho sintió una punzada en el pecho al escuchar el reclamo de su amiga, no solo por su dolor, sino por el de él mismo; sin que ella lo sepa, sus sentimientos eran recíprocos, pero ahora se sentía tan perdido que no sabía qué decisión tomar o qué camino seguir, y no podía arrastrarla a ese viacrucis.
- Sujata… – pronunció Shaka, aun con los ojos cerrados, aparentemente sereno, pero nervioso. – Ya no soy un monje…
Por su cabeza pasó una idea que, aunque descabellada, la había deseado por muchos años, no solo por darle salvación a ella, sino por el sentir de su corazón.
- Ahora que no soy monje... ¿Crees que tu padre acepte…?
- ¿No te cansas de ser amiga del mestizo, Sujata?
Shaka, alarmado, abrió los ojos ante el intruso que se había atrevido a interrumpir su conversación. Si hubiera sido otra persona, quizás lo habría tomado como una señal para que se calle, sin embargo, este no era el caso.
Ante los jóvenes había llegado un hombre de la misma edad de ellos; flaco, piel morena y cabello corto. En el pasado, fue compañero de Shaka en el templo, e incluso llegaron a ser amigos, sin embargo, comenzó a salirse del camino del bien y a llenarse de envidia al ver que él era admirado por el maestro Arada debido a su misterioso poder, motivo por el que fue expulsado. Los errores humanos eran tolerables, pero nunca uno que dañe al prójimo como a sí mismo.
El nombre del joven era Ahimsa, y desde su destierro, se había dedicado a robar las pertenencias de quien se le cruzara. Estaba totalmente descarriado.
- ¿Por qué siempre tienes que insultar a Shaka, Ahimsa? – reclamó la chica, enojada.
- No es insulto llamarlo "mestizo", solo digo la verdad. – dijo el joven, caminando alrededor de la chica, incomodándola. – Su padre, quien fue uno de los más ricos de la India, se casó con una inglesa, así que por eso se ve tan diferente a nosotros.
- Es más que claro que él no es como tú… – dijo la joven.
- Ya me enteré de la buena nueva... – dijo Ahimsa, enfocando su mirada en Shaka. – Te expulsaron del templo, así que ahora somos iguales. ¿Qué se siente caer desde tan alto, mestizo?
Shaka miró con serenidad al chico, sin nada que decir. Sujata observó la situación con preocupación, hasta que su amigo se dirigió a ella.
- Sujata, no es conveniente que te vean a solas con los dos. – dijo Shaka, sonriendo a la muchacha. – Regresa a tu casa, yo aclararé las cosas con Ahimsa.
- No me has dicho a dónde vas a ir…
- No lo sé. Quizás regrese a mi antiguo hogar. – respondió el joven. – No te preocupes por eso, pues apenas encuentre mi sitio, te buscaré. Te lo prometo.
- Ten cuidado, por favor. – dijo la joven. – Que Buda guíe tu camino.
La mujer se retiró con el corazón adolorido al saber que se separaría de su compañero de años, pero lamentablemente no había nada que pudiera hacer en su vulnerable posición.
Ahora que se encontraba solo, Shaka se acercó hasta Ahimsa, mirándolo con firmeza, pero manteniendo la calma.
- Si mi expulsión causa regocijo a tu alma, me doy por bien servido. – dijo Shaka. – No tengo nada más que decir.
- No tienes que fingir control y altruismo, pues no olvido el golpe que me diste cuando éramos más jóvenes. – acusó el chico. – No eres más que un lobo vestido de oveja que esconde violencia dentro de tanta nobleza.
- Recuerdo que intentaste acercarte a Sujata indebidamente, y eso podía perjudicarla ante los ojos de todos, por eso actué así. – dijo el joven. – Eso ya fue hace diez años y ella te concedió el perdón.
- Yo no necesito el perdón de nadie, pues eso significaría creerme "tan perfecto" como tú. – se quejó el joven. – El maestro tardó demasiado tiempo en bajarte del pedestal, así que espero que ahora dejes de creerte un dios inalcanzable.
Shaka apretó el puño, pero de inmediato se contuvo para no golpear al joven. Ahora su mente debía enfocarse en buscar un nuevo camino, y eso incluía alejarse de lo que pudiera perturbarlo.
- No eres más que un pobre demonio en decadencia, sometido a la sombra de mis acciones. – dijo Shaka sonriendo con arrogancia. – Tal y como un mono corriendo en círculos en la palma de Buda; básico y primitivo.
Shaka puso frente a Ahimsa el rosario de cuentas moradas, lo que causó que el muchacho retrocediera con desagrado, como si fuera un repelente. Nunca entendió por qué, pero aquel objeto siempre lo incomodó; incluso intentó robarlo alguna vez, pero al tocarlo sintió que sus manos se quemaban con fervor.
- En honor a nuestra vieja amistad, deseo que encuentres la paz, Ahimsa. – dijo Shaka, dando la espalda al joven. – No vale la pena discutir contigo. Adiós.
- ¿Me dejas con la palabra en la boca? ¿¡Cómo te a…!?
Shaka se alejó y siguió su camino, dejando a Ahimsa lleno de rabia ante su sentencia, al compararlo con un irracional mono.
- Maldito… ojalá te mueras en el camino.
- ¿Para qué desearle la muerte, si tú mismo puedes dársela?
Ahimsa se volteó alarmado al escuchar la extraña voz, pero más se impactó al ver que frente a él estaba un extraño hombre vistiendo una especie de armadura con alas, morada y oscura, como los confines del infierno.
- Te he buscado por todas partes, Ahimsa. Al fin te encontré…
- ¿¡QUÉ…!? – el chico balbuceó aterrado, cayendo al suelo. – ¡Un demonio!
- Bueno, viendo las cosas con objetividad, pues sí, soy un demonio… pero también soy tu salvador.
- ¿¡Quién eres tú!?
- Soy Minos, el espectro de Grifo de la estrella celeste de la Nobleza. – saludó el espectro. – Y vengo aquí a hacerte una propuesta que no podrás rechazar… En el nombre de Hades.
Los hilos de Minos se retorcían con gusto ante su nueva marioneta.
Comentarios finales:
Hola, espero tengan un buen inicio de semana.
Ya hemos llegado a un capítulo crucial, pues el descubrimiento del destino de todos los involucrados está próximo a revelarse.
Ikki ha llegado por fin, y esto es demasiado importante para la trama porque con él comenzará el tema central de esta historia. He mantenido algo de su personalidad del canon, como esa ligera competencia que tiene con Seiya, pero al mismo tiempo es más noble, aunque como podrán haber leído, ocurrieron cosas en su entrenamiento que cambiaron su vida para siempre, y no es que se haya llenado de odio como le ocurrió originalmente, sino otros hechos que lo afectaron y que su hermano intentará descubrir por más que haya hermetismo de su parte.
También tenemos en la mira a Shaka, uno de mis caballeros favoritos. Quise ser algo creativa con la personalidad de él, haciéndola un poco parecida a la de Shijima de Virgo, pues este caballero es serio, callado, pero al mismo tiempo determinado, decisivo, y hasta emocional, cosa que demostró al defender a Athena, a pesar de que no era la de su época. Me encantó su manera de ser.
A mi criterio personal, Shaka en el anime/manga, aunque tiene un corazón justo y sacrificado, le faltó un poco más de humildad, pues él considera a muchos caballeros aliados como inferiores y es algo ególatra debido a su gran poder, así que quise hacer un pequeño cambio con eso, sobre todo por la rama del budismo en la que lo involucré. Chenrezig o Avalokiteshvara (propuesto por mi querido amigo en una de nuestras conversaciones existencialistas) es una de las tantas versiones de Buda, y me gustó este porque busca la iluminación basada en la compasión en los demás, en cambio, la de Siddhartha Gautama (que es la que parece sigue Shaka en el canon), es más individualista. Al igual que Buda, Shaka decidió dejar todas sus riquezas para conocer el sufrimiento humano, pero al mismo tiempo, su cosmos (llamado "Chakra" por su maestro al desconocer el origen de su energía espiritual), lo hace alguien mundano que debe servir a otro líder para salvar a los vulnerables, y es por esa razón que fue expulsado. La verdad, pienso que un seguidor del budismo no debería servir para la guerra, así que esa fue la razón por la que se me ocurrió justificar su separación de la doctrina, a pesar de que seguirá con sus creencias.
También le di un contexto al origen de Shaka, pues creo que nadie puede ver lógico que sea hindú, blanco, rubio y de ojos azules, así que atribuí esos rasgos a la nacionalidad de su difunta madre. Espero que ese detalle haya sido de su agrado.
El maestro terrenal de Shaka también lo tomé inspirándome en "Arada Kamala", quien fue guía espiritual de Buda.
Otro tema es su "amiga", Sujata, a quien no le elegí el nombre por gusto. Si conocen sobre la historia de Buda, sabrán que él conoció a una mujer llamada Sujata en uno de sus momentos de ascetismo, donde se estaba muriendo de hambre, hasta que ella llegó y le ofreció un plato de arroz con miel, como símbolo de compasión e indulgencia. Ahí el maestro conoció el "término medio" del camino asceta, donde entendió que no era necesario llegar a extremos para seguir con el camino a la iluminación y que era permitido llevar con moderación las necesidades y placeres mundanos. Si quieren leer más sobre esta leyenda, solo tienen que buscarla en la red como "el regalo de Sujata". Ella no fue nada amoroso para Buda, pero me pareció bonita la historia y quise adaptarla aquí.
También reciclé algunos personajes de Lost Canvas, como Ahimsa, quien fue amigo/enemigo de Asmita de Virgo en su gaiden, cuando se convirtió en una estrella maligna, y Violeta, quien tuvo una estrecha relación con Aiacos de Garuda. Como siempre, pienso adaptar estos personajes al contexto de esta historia.
Espero no haber dejado nada pendiente, pero como siempre, saben que pueden preguntar lo que sea.
Muchas gracias por leer.
Artemiss
