Capítulo 8: Alas de Pegaso

El tormento de su mente fue el que lo llevó a ese lugar, sin analizar nada más que escapar de su entorno.

El joven de veintitrés años, originario de Dengfeng, madre de las artes marciales chinas, había vivido una vida cómoda en compañía de sus padres y abuelo, siendo propietarios del dojo más prestigioso de su pueblo. Su padre poseía habilidades en las artes marciales, pero sin duda, fue su abuelo el que le otorgó la mayoría de sus conocimientos y experiencia, entrenándolo desde pequeño para convertirlo en un joven hábil y poderoso, quien nunca había perdido un enfrentamiento contra sus adversarios. Era el orgullo de su familia.

Sin embargo, debido a una epidemia ocurrida en su pueblo, dos años atrás, sus padres murieron, causando en él profundo dolor, cosa que revivió un año después con la partida de su abuelo, lo que terminó llevándolo a la depresión más espantosa que podría imaginar. Por meses no salió de su casa ni siguió con su vida, hasta que un día recordó las valiosas palabras de su abuelo.

- ¿Sabes qué significa esa calidez que, desde pequeño, has sentido en ti? Es la furia del dragón, la energía ancestral que reencarnó dentro de ti y que se evidencia en tu cuerpo… pero ni con toda la experiencia que tengo puedo enseñarte a explotarlo. Solo hay un hombre en toda China que posee la sabiduría para hacerlo, pues tiene tu misma condición.

Cuando su abuelo le habló de ese hombre, sintió que era el momento de abandonar el hogar que siempre lo acogió y buscarlo, con la esperanza de que este acabara con los miedos y dudas de su corazón.

Quizás ese misterioso artista marcial iba a ayudarlo a encontrar el misterioso dragón dormido dentro de él.

*.*.*.*.*

El sonido de la cascada comenzó a sonar con más fuerza, lo que le hizo despertar de los recuerdos de su alma. Aun le costaba creer que llevaba todo el día y parte de la noche escuchando su relajante sonido, tan familiar y nostálgico, como si su sangre reaccionara a la caída del agua, fuerte, profundo y determinante.

- ¿Estás bien, Shiryu?

El joven de largo cabello negro y ojos azules, se acomodó su tradicional ropa de entrenamiento para levantarse y mirar de frente a Shunrei, la hermosa mujer que desde la mañana lo había recibido… y que lo había impactado terriblemente. No solo sentía una aterradora familiaridad al tenerla cerca, sino que le produjo un encantamiento que no podía describir, tanto que deseó abrazarla desde la primera vez que la vio, pero se contuvo por sentirla también desconocida y ajena, cosa que llamó la atención en él, pues se supone que su estado de ánimo no era el mejor para esos sentires.

- Shunrei, estoy mejor que bien. – respondió el joven, sonriendo. – No tengo palabras para agradecer todas las atenciones que tu madre y tú han tenido conmigo desde temprano, a pesar de ser un desconocido. No sabía que eran tan gentiles con las personas que venían a este sitio.

La chica se sonrojó ante la mirada de Shiryu, mientras sentía como cada partícula de su piel se erizaba, sin entender la razón. Desde el momento en que lo vio, sintió que lo conocía, incluso tuvo la idea de haberlo visto en múltiples sueños, pero por más que lo pensara, no podía descubrirlo. Cuando se presentó con él, percibió que volvía a encontrarse con un amigo del pasado, e incluso más que eso, pero su desorientada mente y corazón acelerado no le permitieron pensar más que en ser gentil con él, sobre todo por el dolor que vio dentro de su alma.

- Ha sido un placer, Shiryu… – respondió la joven con las mejillas sonrojadas. – Pero, a decir verdad, nunca habíamos hecho esto con nadie.

- ¿En serio? En ese caso, me siento honrado.

- El maestro, mi padre, ha recibido a cientos de jóvenes, pero… siento que tú eres diferente, y que por eso eres merecedor de retarlo, aunque no te será fácil,

- He escuchado que el maestro nunca ha sido derrotado.

- Así es… no creo que puedas ganarle. No es porque sea mi padre, pero no tiene su fama por gusto, es sumamente poderoso y hábil en las artes marciales desde muy joven. Es un legado familiar.

- ¿Y tú? ¿Has heredado su poder?

- ¿Yo? – preguntó la joven, lanzando una pequeña risa. – Para nada… yo no poseo esas cualidades. Lo único en lo que soy buena es en la cosecha y siembra, aparte de la cocina.

- No lo creo… algo me dice que tienes muchas más cualidades.

Shunrei se sonrojó terriblemente ante las palabras de Shiryu, lo que causó que el joven se quiera fulminar a sí mismo por tal atrevimiento, pero todo había salido de su alma, sin planearlo.

- ¡Mi padre acaba de llegar! – gritó la chica, nerviosa. – ¡Iré a recibirlo!

- ¿Cómo lo sabes? ¿Acaso hay otra entrada?

- Puedo sentir su llegada... él y yo compartimos un don similar.

Shunrei se fue corriendo, dejando al joven solo y avergonzado debido a su imprudencia, por lo que volvió a posar su mirada en la cascada.

- ¿Por qué me comporté así con ella? Yo no soy así, de seguro la asusté. – se recriminó a sí mismo. – Sin embargo, yo también siento dentro de ella una energía especial, algo parecida a la mía.

Finalmente, el joven sintió detrás de él la llegada de Shunrei con alguien más, por lo que se dio la vuelta para saludar.

- Buenas noches, maestro. Lo he estado esperando.

El joven volvió a sentir una espantosa familiaridad y calidez al ver al hombre frente a él… el mismo sentimiento que le provocaba su padre y abuelo.

Dohko, totalmente impactado, observó al chico de pies a cabeza, mientras su cosmos se hacía presente desde lo más profundo de su alma. Lo conocía, no había duda, y dentro de él se encontraba durmiendo una fuerza parecida a la de él, pero temía que su temprana memoria renacida le esté jugando una mala pasada, por lo que debía ser más analítico y no dejarse llevar por las emociones.

Libra ya tenía demasiado caos dentro de su cabeza como para perder el control.

- Pero… si tú… tú eres…

- Mi nombre es Shiryu, he venido desde Dengfeng para retarlo a un duelo… y no pienso irme de aquí hasta derrotarlo. – afirmó el joven, orgulloso.

Dohko se quedó un momento en silencio analizando al muchacho, admirado por su determinación. Sin embargo… no podía dejarle las cosas tan fáciles.

- Eres un aburrido…

- ¿Perdón? – preguntó Shiryu, sobresaltando los ojos ante semejante afirmación. – ¿Qué fue lo que dijo, maestro Dohko?

- Que eres un mocoso aburrido. – afirmó Libra, soltando una carcajada. – ¿Sabes cuántos han venido aquí a intentar derrotarme por la misma cantaleta?

- Pero papá… – se quejó Shunrei, sorprendida con la actitud de su padre.

- Hiciste tu viaje en vano. Regresa por donde viniste y no me hagas perder el tiempo.

Dohko se dio la vuelta para retirarse, sin embargo, escuchó que el joven dio un paso adelante, mientras percibía crecer dentro de él esa energía que le llamó tanto la atención desde que lo vio.

- No pienso irme de aquí hasta demostrar mi valía, maestro. – reclamó Shiryu.

- ¿Vas a seguir insistiendo? – preguntó Libra, sin darse la vuelta.

Shunrei comenzó a aterrarse, pensando que entre ambos podría darse una espantosa discusión.

- Más que venir a derrotarlo, vine a encontrarme a mí mismo, pues… poseo algo similar a usted.

Dohko volteó para ver de frente al muchacho, sintiendo como su cosmos se enlazaba con la energía que este emanaba desde adentro. No había duda de que sus almas de guerreros eran similares.

- ¿Qué tenemos en común? – preguntó Dohko, serio. – No te entiendo.

- Eso me lo confesó mi abuelo…

- ¿Tu abuelo? – consultó Libra, recordando la ciudad de la que venía el joven. – ¿Hablas del prestigioso artista marcial de Dengfeng?

- Así es.

- Escuché que tu familia falleció debido a la epidemia de esa zona, lo lamento mucho. – dijo Libra, cerrando los ojos con pesar. – Sin embargo, no entiendo qué tengo que ver con tu deseo de encontrarte a ti mismo.

- Mi abuelo siempre me dijo que la fuerza del dragón vivía en mí, y que solo un hombre como usted podría ayudarme.

Dohko entendió perfectamente a qué se refería Shiryu, un parecido fenómeno que desde pequeño le había ocurrido, pero que se evidenció pocas veces en su cuerpo al desconocer el cosmos dormido dentro de sí mismo. Ahora que ya había despertado como caballero, este se manifestaba de manera natural.

- Maestro Dohko, solo puedo despertar la fuerza del dragón enfrentándome con usted, y claro está, derrotándolo.

Ante la última frase, Dohko rio, pues por más que el muchacho le generara admiración y sorpresa, no iba a tener consideraciones con él.

- ¿Derrotarme? – preguntó irónico. – Parece que tu abuelo omitió decirte algo de mí. Nadie, en mis cuarenta años de edad, me ha vencido. No soy un simple maestro marcial.

- Como le dije, mi deseo de derrotarlo va más allá de un capricho de poder… pero mi orgullo no se dará por vencido para ser el primero en vencer al prestigioso maestro del monte Lushan.

Impresionado por el ímpetu del joven, Dohko entregó el equipaje a su hija y se acercó hasta el joven, listo para cumplir su deseo.

- En ese caso… acepto tu desafío. – afirmó Libra. – Así que…

- ¡Mi amoooor!

Toda la tensión del ambiente se vio interrumpida por una aguda voz llegando a la cascada, mientras su dueña abalanzaba con desesperación a los brazos de Dohko, plantándole un gran beso en la boca. Shunrei y Shiryu se sorprendieron con la escena, aunque después terminaron de reírse en voz baja.

- ¡Shaorin! – respiró Dohko, separándose del efusivo beso, algo apenado por la escena ocurrida frente a su retador, pero feliz de ver a su esposa. – ¡No me asustes así!

Shaorin era el vivo retrato de Shunrei, igual de hermosa, solo que un poco más alta y con cabello negro hasta la altura de los hombros. Era una mujer dulce, efusiva y alegre. Toda su vida la había dedicado al cuidado del hogar y a su familia, lo más bello de su vida. Y a pesar de tener veinte años de matrimonio, amaba y le atraía Dohko como el primer día.

- ¡Te extrañé mucho! ¿O acaso tú no? – preguntó resentida.

- Claro que sí, querida, como no tienes idea. – dijo el hombre, tomando la mano de su esposa para besársela. – Solo que… mi imagen ha quedado desbaratada ante Shiryu con semejante recibimiento.

- ¿Shiryu? ¡Pero si ese joven es un encanto! – expresó la mujer, sonriendo al joven. – Hemos pasado una tarde muy agradable con él y hasta me ha ayudado con labores de la cosecha en tu ausencia.

- Una vez más, gracias por todas sus atenciones, señora. – respondió el joven, sonriendo con cordialidad.

- Mamá, antes de que llegaras, papá y Shiryu se iban a enfrentar…

- ¿Ah? – preguntó la mujer, indignada. – Ya es tarde y es hora de descansar.

- ¡Pero Shaorin! – reclamó Dohko. – ¡Ya te he pedido que en este asunto no…

- Además, nosotros ya cenamos, pero imagino que tú no, querido. – acusó la mujer, percibiendo el hambre de su esposo.

Dohko lanzó un suspiro, pues sabía que ante su esposa nada podía hacer. Ella era la única rival que podía vencerlo una y otra vez. Amaba complacerla en todo sentido.

- Está bien. – aceptó el hombre, sonriendo. – Hija, por favor, acomoda la habitación de visitas para que Shiryu pase la noche ahí.

- ¿Qué? – preguntó el joven, avergonzado. – Gracias, pero no deseo causar molestias, yo ya tengo un hostal separado.

- Ningún invitado que le haya caído bien a mi esposa e hija va a dormir en un sitio cualquiera. – indicó Dohko. – Además… eres un rival distinto a los que he tratado, así que quiero que nos enfrentemos al amanecer y ver de qué eres capaz.

Por alguna extraña razón, Shiryu se sintió conmovido ante sus palabras, así que decidió tomar su propuesta.

- Muchas gracias por su hospitalidad, maestro. Será un placer estar con su familia.

La mirada de Shunrei se posó en Shiryu, cosa que él sintió al instante, por lo que le devolvió el gesto, perdiéndose ambos en el encantamiento de la nostalgia y de una atracción indescriptible. Incluso, la joven sintió ganas de llorar, pues su corazón lo percibía tan conocido como si fuera suyo.

Ninguno de los dos podía entender semejante curiosidad si recién se conocían.

- Yo… – habló Shunrei, rompiendo con el incómodo silencio. – Acompáñame, te llevaré a tu habitación.

- Muchas gracias. – agradeció el joven.

- Shunrei... – llamó Dohko, esta vez con una voz sumamente seria. – Cuando dejes a Shiryu instalado, ven a mi habitación. Tengo que hablar contigo y con tu madre.

- Como digas, papá. No me tardo.

Los jóvenes se retiraron, dejando a Shaorin preocupada por el motivo por el que su esposo quería hablar con ellas; además, la sorpresiva cabida que le dio a Shiryu para que pase la noche en su casa, fue algo totalmente inesperado.

- ¿Todo está bien? – preguntó angustiada.

- Sí… es decir, no. – respondió Dohko. – Por eso quiero hablar con ustedes. Voy a contarles el verdadero motivo de mi viaje y todas las cosas que pasaron.

- Me estás asustando…

- Lo que menos quiero es eso… así que les pido, por más difícil que sea de creer, que confíen en mí. Ahora, más que nunca, necesitaré el apoyo y comprensión de mi familia.

Dohko abrazó a su esposa, mientras esta se aferró a él con fuerza, temiendo que el amor y la paz de su hogar se viera alterada.


Seiya se mantuvo en silencio largos minutos observando a la mujer frente a él, pues de no haber sido por su máscara, habría jurado que se trataba de su hermana, motivo por el que las pocas lágrimas que habían mojado sus ojos, regresaron por el mismo camino.

Seiya creía estar soñando debido a tanto acontecimiento extraño ocurrido en su vida en tan poco tiempo.

- ¿Por qué tienes esa cara, Seiya? – preguntó la mujer. – ¿Te sientes mal?

- No es nada… solo te confundí con alguien. – mencionó Seiya, apenado. – Y eso es lo de menos. ¿Quién eres tú? ¿Acaso fuiste tú quien me citó?

- Disculpa mis modales, lo correcto habría sido presentarme primero. Mi nombre es Marin, y soy un caballero de plata al servicio de Athena.

- ¿Athena? ¿El nombre de este santuario? – preguntó el joven, riéndose. – ¿Qué clase de locuras dices? En este lugar no hay nada. Además, ¿cómo sabes mi nombre?

- Durante todo este tiempo te he estado observando y siguiendo, pues tú… – Marin hizo una pausa, mientras su corazón temblaba de ansiedad. – Pues al igual que yo, tú también eres un caballero. Eres Pegaso.

Seiya volvió a sentir dolor en su pecho, mientras el nombre mencionado por Marin retumbaba en su cabeza; los recuerdos de la pesadilla de hace días, más una ráfaga de imágenes pasando por su mente, lo hicieron estremecer hasta casi transpirar. La caballero notó ese estado, pero se mantuvo impávida observándolo.

- ¿Pegaso?

- Así es…

- No comprendo a qué te refieres, pero sea como sea, necesito respuestas. – indicó el joven, más nervioso que de costumbre. – ¿Tú fuiste la que me citó? ¿Sabes dónde está Seika, mi hermana?

Marin agachó la cabeza, para después darle la espalda a Seiya, a pesar de que este no podía descifrar nada sobre ella con su rostro cubierto.

- Eso solo fue una excusa para que vinieras, caso contrario no habrías llegado acá y seguirías en una búsqueda inútil. – afirmó la mujer.

- ¿¡Cómo te atreves a engañarme!? – reclamó el joven, enfurecido. – Llevo años buscando a mi hermana, ¿y tú solo te burlas de mí?

- Lo único que te puedo decir, es que ella está bien y la verás más pronto de lo que imaginas. – dijo Marin, volteando frente a Seiya. – Ahora, debes cambiar tus prioridades, pues tu máximo deber es proteger a la diosa Athena, es tu deber como Pegaso.

- Me largo… No pienso seguir escuchando tonterías de una desconocida.

El joven pasó frente a Marin, pero ella encontró las palabras exactas para detener su camino.

- O más bien... a Saori.

Ese nombre bastó para que Seiya se detenga, mientras su corazón se sobresaltó en sobremanera.

- ¿Qué dijiste?

- Seiya, debes saber que Saori, la joven que tanto llamó tu atención, es la reencarnación de la diosa Athena, quien regresa a la Tierra cada cientos de años para protegerla del mal. Y tú, también has reencarnado como el caballero de Pegaso, su leal compañero de lucha.

El joven sintió su alma estremecer al escuchar tal confesión, pero aun así se negó a creer. Un hombre normal, un boxeador con algunos éxitos por encima, de ninguna manera podía ser la reencarnación de un ser mitológico.

- No voy a creer en insensateces.

- ¿Te parecen insensateces las cosas que te han pasado últimamente? – preguntó Marin, irónica. – ¿Y los sueños que has tenido desde niño?

- ¿Cómo sabes qué…?

- Mira, si no tienes verdadero deseo por proteger a Athena, a Saori… creo que no tendré otra opción que actuar.

- ¿A qué te refieres?

- Tendré que asesinarla.

Las emociones del joven se dispararon al escuchar tal atrocidad…

- ¿¡Qué!? – preguntó impactado.

- La tal Saori, sin Pegaso a su lado, no es más que una deidad de barro. – afirmó Marin con crudeza. – Una diosa así no me sirve, no puede proteger a la humanidad.

- ¡No digas estupideces! ¡A Saori no…! – reclamó el joven, enfurecido. – ¡No puedes matar a una mujer inocente! Además, si ella es una diosa, estarías cometiendo una blasfemia al alzar tu puño contra ella.

- No me importa… es preferible a que muera por mi mano a que la asesine Hades… su peor enemigo.

- ¿Hades? – cuestionó el joven, con el nombre del dios retumbando en sus sentidos. – Yo lo conozco… él es…

Seiya colocó una mano en el pecho, sintiendo terrible dolor, mientras que la otra fue a parar a su cabeza debido a un extraño mareo. Marin se mantuvo impávida ante su malestar, a pesar de que sintió impulsos de acercarse para socorrerlo. Ya no había marcha atrás con el plan que por años había trabajado.

- Ese nombre… me perturba y me enfurece. – dijo el joven, alzando la mirada a la mujer. – Pero aun así, no puedo hacer caso a tus delirios mitológicos.

Marin decidió no decir ni una palabra más, por lo que se dio la vuelta para marcharse. Ante ese acto, Seiya se llenó de ansiedad y la tomó del brazo para detenerla.

- ¿¡A dónde vas, mujer!? – preguntó alterado.

- Ya te lo dije… voy a darle fin a todo esto. – respondió ella, sin voltear el rostro. – Voy a matar a Athena para liberarla de su doloroso destino.

- ¡No te atrevas a acercarte a Athena!

Seiya intentó atraer el brazo de Marin, pero se impactó al ver que este no se movió, manteniéndose duro como una piedra. No se dio cuenta en qué momento sintió un vacío en el estómago que lo hizo volar a unos metros de la guerrera. De todos los golpes que recibió en el ring, ninguno le había resultado tan doloroso e insoportable.

- ¿Qué…? – preguntó Seiya, intentando levantarse de la arena y con un hilo de sangre en la boca. – ¿Qué diablos fue esto?

Una vez que se incorporó, vio a Marin estática frente a él, mostrando cero emociones debido a la máscara que la cubría. En ese momento, Seiya corrió hacia ella para lanzarle un puño, el que en su carrera se denominaba como crochet. Sin embargo, la guerrera detuvo su golpe con la punta de su dedo índice, como si se tratara de una suave brisa entre sus manos.

- ¿Qué…? – cuestionó Seiya, impactado ante el hecho. – Ni siquiera has retrocedido con semejante golpe.

- ¿A esto le llamas crochet, Seiya? – preguntó la mujer, soltando una carcajada. – Más parece un manotazo callejero de barrios bajos. Qué pena. Al parecer te regalaron todos los trofeos que te has ganado en estos años.

Seiya seguía impactado y con el puño suspendido, intentando derribar a Marin, mientras la frase que le dijo retumbaba en su mente, pues ya la había escuchado antes, pero de la boca de su hermana. Ella siempre se la decía en tono de burla cuando cometía errores en la posición en la que ejecutaba los golpes.

- Tonterías, ella no puede ser mi hermana… Aunque si no fuera por la máscara, sí pensaría que es ella, se parecen demasiado. – pensó Seiya, consternado. – A pesar de superarme en fuerza y experiencia en el ring, Seika siempre fue dulce y paciente conmigo, en cambio, a esta mujer la percibo fría y despiadada. Imposible que sea.

La mordaz risa de Marin sacó al joven de sus confusos pensamientos.

- Ya que tu crochet no sirvió, yo te voy a enseñar lo que es un gancho certero…

En cuestión de segundos, el puño de Marin golpeó el rostro de Seiya verticalmente, de arriba hacia abajo, enviándolo a volar más lejos que la última vez. Esta vez, Seiya cayó de cabeza, mientras los gritos y la sangre comenzaba a emanar de esta zona, hasta cubrir su frente. El colapso lo dejó tumbado en el piso y con movilidad reducida.

Mientras en la arena del coliseo yacía un aturdido joven, un espectador miraba todo desde lejos. Aioria, portando su armadura dorada, había estado observando todo desde que inició, deseando en algunas ocasiones intervenir, pues sabía perfectamente los alcances a los que quería llegar Marin para lograr su cometido. Lo de "asesinar a Athena" había sido algo inesperado para él.

- Mi querida Marin… no te pases de la raya, sé paciente con Seiya. – dijo el joven, serio y preocupado. – Tan necia… ¿Por qué no me dejaste intervenir en esto? Siempre queriendo hacer tu voluntad y sin consultarme nada.

Seiya, con extrema dificultad se puso de pie, no comprendiendo cómo podía seguir vivo con semejante golpe, pero algo dentro de él comenzaba a quemarlo, y no era exactamente la furia. Como siempre, Marin se mantuvo en su posición relajada.

- ¿Por qué quieres pelear conmigo, Seiya? – preguntó irónica. – Hasta hace unos segundos estabas dispuesto a irte y a no escuchar mis disparates. ¿Es por Saori?

- ¡No es solo por ella! – gritó el joven, comenzando a dar pasos determinados, a pesar del dolor. – No sé qué me pasa, no entiendo el caos que me atormenta en estos momentos, pero algo me impide dejarte seguir con tus malditas intenciones. No dejaré que mates a Saori, y mucho menos si ella representa a una supuesta deidad tan valiosa. ¡Mi corazón me dicta que no lo debo permitir!

- Seiya, eres tan débil, no eres el Pegaso que ella necesita. – acusó Marin. – Mírame, estoy con el peinado impecable, no me has podido ni tocar.

- Porque no acostumbro a golpear mujeres, pero si tú eres mi enemiga… ¡No dudaré en acabar contigo!

Seiya volvió a lanzar su puño contra Marin, el que, una vez más, ella logró esquivar con facilidad, hasta que cada uno de los intentos de golpe se multiplicaron. El boxeador impartía ataque tras otro, mientras que la caballero de plata los evitaba con gracia y rapidez, como si estuviera en una coreografía básica, con pasos ya establecidos.

Seiya no podía creer lo rápido que se movía. Nunca en su vida se había enfrentado a un contrincante así y se sentía inútil de no poder propinarle un golpe. Toda su experiencia y lo aprendido en años de entrenamiento no servían para nada.

- ¡Muy lento! ¡Cómo aburres!

Marin dio un salto hacia atrás, golpeando a Seiya en la barbilla con su pie derecho, mientras con sus manos dio una gran voltereta, para volver a mandar al joven volando con su pie izquierdo. El pobre chico no era más que papel en las despiadadas manos de la guerrera.

Sin embargo, para sorpresa de ella, en el proceso en que envió a Seiya volando, este frenó la caída con sus puños, volviendo a tomar posición de pelea, a pesar de que sus manos y boca sangraban. La energía dentro de sí mismo seguía quemándole, y era algo mucho más allá que la sangre hirviente que lo consumía.

Aioria a lo lejos seguía observando la situación con suma tensión, con las manos sobre su cabeza y la mirada alterada.

- Buena caída, Seiya, pero con eso no podrás retenerme en matar a Athena. – dijo la joven, acomodándose la máscara.

- Yo soy consciente de la agilidad que tengo, he sido el mejor entre muchos de mi profesión. ¿¡Qué clase de maldición no me permite tocarte!?

- Como caballero de plata, puedo moverme más allá de la velocidad del sonido, por lo que con movimientos tan patéticos no podrás ni rozarme. – se burló la mujer. – ¿Y sabes por qué puedo hacerlo? Porque el cosmos actúa dentro de mí, es el que da vida a mi poder y habilidades, y eso me hace un humano superior a ti.

- ¿Cos… Cosmos?

- Tú solo estás actuando con el cuerpo, mientras la furia por mis intenciones te carcome, por eso eres incapaz de saber de lo que te hablo.

Marin se acercó hasta Seiya para propinarle un golpe en la cara, a la velocidad que ella dominaba, sin embargo, Seiya lo detuvo juntando sus puños, mientras que sus piernas luchaban para no ser arrastradas por la arena.

- Terco… no te das por vencido.

- Mis padres… pero sobre todo mi hermana, me enseñaron a jamás darme por vencido. – dijo Seiya, sosteniendo los puños de Marin. - Y algo, no sé qué, despertaste en mí con tus intenciones de matar a Athena… A Saori.

Marin, sorprendida, se alejó al sentir que su puño quemaba, por lo que se dio cuenta de que el cosmos de Seiya comenzaba a manifestarse, aunque él no lo notara. El alma de Pegaso comenzaba a relucir, pero aún no era suficiente para que él lo pudiera concebir.

Ahora más que nunca… ella debía llegar hasta lo más extremo.

- ¿Puedes sentirlo, Seiya? – preguntó Marin. – Tu cosmos está manifestándose, pero estás tan alterado que no puedes manejarlo.

Seiya cerró los ojos, deleitándose con la energía crecer dentro de él, a pesar del miedo, dolor o incertidumbre que sentía en esos momentos.

Desde niño, el joven siempre sintió una cálida energía dentro de sí, pero que su madre siempre la llamó "impulsividad o hiperactividad". Una vez más, el dolor punzante en su pecho se manifestó, mientras su mente comenzaba a llenarse de imágenes indescriptibles de una vida que no había vivido, pero que la sentía suya, y en muchas de ellas salía Saori rodeada de divinidad, más varios seres como él protegiéndola. Aunque no lo entendiera, se sentía involucrado en ese entorno.

Marin observó el temprano despertar de Seiya con atención, planeando una de sus estrategias más crueles y arriesgadas. Aioria, desde lo lejos, lo supuso, por lo que su preocupación aumentó.

- ¡No, Ma…!

Sin embargo, Leo se detuvo, pues sabía que si intervenía, ella nunca se lo perdonaría… Además, la prueba esa necesaria para Seiya y el bien de Athena.

Seiya abrió los ojos, decidido a llevar su intención hasta las últimas consecuencias, pero se sorprendió al ver que Marin ya no estaba. Se encontraba totalmente solo en el coliseo.

- ¿A dónde se fue?

- ¿Seiya?

La voz que escuchó el joven se le hizo inconfundible, por lo que se volteó de inmediato para corroborar su sospecha.

- Tú… Saori.

Por alguna a extraña razón, Saori había llegado al coliseo, portando el vestido blanco con el que la había visto en sus visiones. La dama estaba rodeada por un aura dorada, sonriente y cálida al encontrarse con el amigo que había conocido días atrás, quien se mantenía estático ante la grandeza de su imagen.

- ¿Qué haces aquí, Seiya? – preguntó la joven, mirándolo con pena. – Estás lleno de heridas, cansado y repleto de arena. ¿Por qué?

- Saori, lo que pasa… es que… – preguntó el joven, aun incapaz de acercarse a ella. – ¿Es cierto que eres la diosa Athena?

La mujer agachó la mirada, evadiendo la pregunta por unos segundos, pero luego volvió su vista al chico.

- Así es, Seiya, y es un destino que no sé cómo afrontar. – respondió ella, preocupada. – No tengo a nadie que me apoye ni me proteja para cumplir con mi deber.

- No… no digas eso. – dijo el joven, preocupado. – Tienes a Shun, y yo también me considero tu amigo. Yo te voy a proteger.

- ¿Eres Pegaso? Porque él es quien me debe acompañar.

- No sé si lo sea… pero por acompañarte en este camino, puedo convertirme en eso y más.

- Seiya...

Saori extendió la mano, causando que el joven salga de su inmovilidad y estire su brazo hacia ella para así sellar su promesa… pero un espantoso quejido lo detuvo.

- Seiya…

El joven observó con espanto un hilo de sangre saliendo de los labios de la dama, mientras una enorme mancha roja cubría la blancura de su vestido. Se quedó estático, con el corazón detenido ante tan macabra imagen.

Poco después, el cuerpo de la diosa cayó al suelo, mostrando a la causante de semejante tragedia.

- Marin…

Seiya vio con horror como Marin pasó del largo ante el cadáver de Saori, como si se tratara de piedras. El joven la miraba en silencio, con el cuerpo tembloroso debido al caos del impacto.

- Esta tonta me ahorró el trabajo de ir a buscarla. – dijo Marin. – Ahora que ya está muerta, no tendré más opción que unirme a Hades para salvar mi pellejo.

- Maldita…

- ¿Ah?

Marin se dio la vuelta no solo por escuchar el llamado de Seiya, sino porque su cosmos volvió a manifestarse… pero ya no tan desordenado como antes.

- Eso, Seiya… –susurró Marin en voz baja.

La mirada del joven se enfocó en su rival, mientras lágrimas de odio resbalaban por su mejilla. Su deseo de analizar su sentir lo había enviado al demonio.

- ¿Cómo… cómo pudiste a asesinar a nuestra sagrada diosa? – reclamó el joven, hablando sin pensar. – Te mataré, infeliz… ¡Morirás!

Justo en el momento en el que Seiya se disponía a lanzar sus puños hacia Marin, un montón de meteoros de luz comenzaron a manifestarse… los que Marin comenzó a repeler con una sola mano.

- Idiota, puedo ver cada uno de tus meteoros… Mira como los derribo con mi mano con la mayor tranquilidad.

Pero Seiya no la escuchó, pues siguió con el lanzamiento de su ataque, mientras su cosmos se estaba incrementando. El joven estaba fuera de sí, sin preguntarse de dónde había salido tanta fuerza, pero solo quería continuar, vengar la muerte del hermoso ser al que quiso proteger y que su enemiga se lo impidió.

Los meteoros no se detenían, y hasta iban aumentando su velocidad, lo que alegró, pero al mismo tiempo alarmó a Marin. Ahora sabía que debía continuar en su tortuosa actuación.

- ¡Ya basta de juegos! – exclamó Marin, enfurecida. – ¡Muere, Seiya!

Y con un gran salto, Marin se posicionó para darle a Seiya uno de sus más grandes ataques.

- ¡DESTELLO DE ÁGUILA!

El ataque cargado del cosmos de Marin, golpeó de lleno el estómago de Seiya, causando que la sangre acumulada en su boca se desborde.

- No… no puede ser.

Seiya cayó de cara a la arena, sin movimientos ni más intentos de levantarse, por lo que Marin comenzó a alejarse para salir del terreno, dejándolo ahí.

Aioria estaba al punto del colapso con la espantosa escena.

- ¡No! ¡Lo mataste! – exclamó Leo, atormentado. – ¿Cómo pudiste matar a tu propio…!

Aioria detuvo sus palabras al sentir la presencia de un poderoso cosmos… que no era precisamente de Marin.

La caballero de Plata se dio la vuelta al sentir que el cosmos de Seiya iba en aumento, a pesar de que su cuerpo yacía inerte en el suelo.

- ¿Qué es esta oscuridad que me rodea? Es agradable y acogedora. ¿Me estoy muriendo? Esta sensación la recuerdo muy bien, y ya no es un simple sueño; cuando esa espada me atravesó el corazón y el llanto de mi diosa cayó sobre mí.

Las lágrimas comenzaron a caer sin clemencia de los ojos de Seiya, recibiendo en su alma cada retazo de esa vida que había olvidado, en la que no pudo nunca más volver a ver los ojos de sus amigos, de su amada diosa a la que amó con sentimientos ajenos a los de un caballero, pero que jamás se los confesó.

- ¿Acaso en esta vida no podré defender a Athena? Murió en mi cara y no pude hacer nada. Y no… yo quiero cuidarla… necesito protegerla porque así lo deseo… Porque yo soy…

En medio de la oscuridad, un cúmulo de estrellas comenzó a hacerse visible para Seiya, sobre todo por su peculiar forma. El caballo alado de blanca pureza y alas de ángel lo llamaban, le suplicaban que lo alcance para hacerse uno con él. El joven, en medio de su desesperación, estiró la mano para tocarlo, descubriendo con la cercanía que la imagen lo llamaba.

- Yo soy… Yo soy…

Los dedos del joven alcanzaron las hermosas alas de Pegaso.

Aioria, desde las alturas del coliseo, veía como el cuerpo moribundo de Seiya resplandecía en poder, con un cosmos inconmensurable que no creyó iba a sentir.

- Ese cosmos está acrecentándose a niveles terribles – expresó el joven, impactado, para después mirar hacia otra dirección. – ¡Marin, cuidado!

Águila ni se inmutó al llamado. Se dedicó a mirar el proceso de Seiya, sintiendo como su corazón explotaba de ansiedad por lo que había logrado con un sacrificio tan terrible para ella. Aun así, no se arrepentía de nada.

Una vez que la luz se apaciguó, frente a la mujer se encontraba el caballero de Pegaso, el joven que no se rindió ante los golpes o la cruel ilusión a la que fue sometido, vistiendo la armadura de bronce que brillaba al nivel de las estrellas.

- ¡Ahora sé quién soy, Marin! – exclamó el joven, aun fuera de sí mismo, pero decidido a terminar su misión. – Protegeré a Athena con mis alas de Pegaso, así me cueste la vida… Así que prepárate a caer.

- ¡Seiya! – exclamó la dama, impactada.

- ¡METEOROS DE PEGASO!

Los meteoros azules impactaron de frente a Marin, quien se protegió con sus brazos para apaciguar el daño, sin embargo, nada de eso sirvió, pues su cuerpo terminó volando y embistiendo con fuerza hacia una pared que se destrozó ante su agresión.

En ese momento, Seiya recuperó la cordura, descubriendo la armadura que estaba vistiendo; se dio cuenta de que el cuerpo de Saori había desaparecido y que la arena no estaba manchada de sangre. Sus ojos se centraron en Marin, quien intentó mantenerse de pie debido al brutal embiste recibido, con la máscara cuarteada y con sangre saliendo por ella.

- Lo lograste, Seiya… – expresó la lastimada guerrera, con voz llorosa. – Pudiste despertar como Pegaso… Has renacido como el caballero de la esperanza.

- Marin… – expresó Seiya, impactado.

- Yo soy tan feliz, pero… perdóname… siento tanto haberte hecho sufrir.

Marin cayó al suelo inconsciente, lo que causó que Seiya, desesperado, corra hacia donde se encontraba. Sin embargo, en el camino él también cayó, pues un agotamiento comenzó a invadirlo debido al descomunal crecimiento de su cosmos en su despertar.

- No… Marin.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, Seiya se arrastró hacia Marin, quien yacía boca abajo y con la máscara cubriéndola a medias. El arrastre lo llevó a alcanzar su mano, la que tomó con fuerza mientras las lágrimas caían por sus mejillas, pues el sentir a la mujer le hizo revivir una sensación familiar.

- Esta mano… tan cálida y protectora… es igual a… Marin… tú eres igual a…

Pegaso no pudo terminar sus palabras, pues la inconsciencia se apoderó de su cuerpo, conservando aun su mano encima de la de Marin. Al mismo tiempo, un alterado caballero de oro bajaba por las gradas del coliseo hacia donde se encontraban ellos.


La mortificación se respiraba en el ambiente de la habitación principal de la casa del monte Lushan, pues Dohko ya le había confesado a su familia su identidad y misión.

Al inicio, Shaorin se había reído ante la confesión de su esposo, pero cuando este le enseñó el colgante dorado y demostrarle cómo se transformaba en una caja con la armadura en su interior, la mujer se quedó espantada, mientras mantuvo silencio por largos minutos. Por otra parte, Shunrei escuchó la historia con mucha atención, reaccionando un poco más calmada que su madre.

- ¿Tú… un caballero de Athena? – preguntó Shunrei, sorprendida.

- Hija, yo nací bajo la estrella de este destino, y como tal deseo cumplirlo. – dijo el hombre, serio. – Esto no se trata solo de servir a una diosa mitológica, sino de velar por mis seres queridos, en este caso, ustedes.

- Dohko… – pronunció la esposa con lágrimas en los ojos.

Una de las cosas que el caballero no soportaba, era ver a su esposa llorar. Solo estaba acostumbrado a su sonrisa y a los buenos momentos que pasaba entre sus brazos, mas no a verla así de desecha. Shion ya le había advertido que la situación no sería fácil, pero no pensó que sería así de terrible. Temía estar decepcionando a su familia.

- Perdóname, Shaorin. – dijo el hombre, tomando sus manos. – Lo que menos quiero es lastimar a los que amo, pero prefiero ser honesto a hacer las cosas a escondidas.

- ¿Te vas a ir de casa?

- No exactamente, estaré viniendo a verlas… pero sí me tocará estar ausente por temporadas, hasta que cumplamos con nuestra misión.

- Una guerra santa es más que una misión, Dohko. – recriminó la mujer, seria. – ¿Qué me asegura a mí que vas a sobrevivir? Si mueres, vas a dejarnos a mí y a tu hija solas. ¿No te importa tu familia y todo lo que hemos construido estos años?

- Precisamente porque me importa es porque lo quiero hacer, pues no puedo esconder el poder que tengo y no usarlo para cuidar a los que amo. – respondió Libra, alzando un poco la voz ante la angustia. – De nada sirve la familia si Hades cubre este mundo con la muerte. Entiéndelo, mujer.

- No discutan…

La pareja fijó su mirada en su hija, quien a pesar de que tenía lágrimas en los ojos, se las limpió con prisa y se retiró de la habitación, pues recordó algo que quería mostrarle a su padre. Al poco tiempo regresó con un libro, el cual Dohko reconoció al instante.

- Eso es…

- ¿Recuerdas que cuando era niña me contaste la historia de ese caballero de Athena?

- La recuerdo… Itia de Libra. – dijo Dohko. – El caballero de un férreo sentido de justicia que vivió tantos años que terminó corrompido por la maldad del mundo.

- Así es. Y con todo lo que has confesado, y relacionándolo con tu actual destino… he decidido apoyarte.

- ¿Qué? – preguntó Dohko, sorprendido, mientras que Shaorin la miraba de igual manera.

- Papá, tú siempre has sido un hombre noble y justo, y me consta lo bondadoso que has sido con nosotros y con los demás. – dijo la chica, conmovida. – Y querer detenerte sería reprimir tu sentido de amor y justicia, por lo que acabarías tan corrompido y amargado como Itia, quien fue un hombre lleno de virtudes.

- Shunrei…

Dohko no soportó más, y las lágrimas salieron de sus ojos, por lo que se acercó a abrazar a su hija ante la conmoción. Ella le correspondió con la misma emoción.

- Tienes mi apoyo, papá, a pesar de que temo que mueras. – dijo la joven, temerosa.

- Shunrei, yo confío en la bondad y el poder de Athena. – dijo el hombre, seguro en sus palabras. – Ella ha decretado que nadie bajo su cuidado va a morir, y he decidido creerle, por más que suene descabellado.

- ¿Cómo puedes creer en la palabra de una chica un poco más grande que tu hija? – preguntó Shaorin, acercándose a su esposo. – Respeto su divinidad, pero es una jovencita.

- Porque sé que ha renacido en esta era para hacer una diferencia. Ella es una diosa, pero su corazón es humano y su bondad infinita. Le he entregado a ella la vida de mi familia, y es por eso que la sirvo.

Shaorin abrazó a su esposo, un poco más tranquila con su respuesta, mientras también decidía confiar en la determinación de Athena.

- No me queda más que apoyar tu camino, mi amor. – dijo Shaorin, acariciando el rostro de Dohko. – Solo… júrame que no vas a morir, te lo suplico.

- Te lo juro… pero morir por ustedes sería un honor.

El caballero rodeó con sus brazos a las dos mujeres que amaba, mientras su corazón se llenaba de calma al saber que contaba con su apoyo.


Los ojos del renacido caballero de Pegaso comenzaron a abrirse al sentir el dolor de cuerpo apoderarse de él, y fue ahí que recordó lo ocurrido hace unos momentos, sumando todo a las memorias de su vida pasada. Ahora tenía claro quién era y para qué había nacido, y esta vez la muerte no iba a sorprenderlo tan fácilmente.

- ¿Marin?

La guerrera seguía tendida en el piso, por lo que Seiya se levantó para intentar despertarla, antes notando algo que llamó su atención. La máscara de la joven estaba cubriendo su rostro a medias.

- Marin… ¿Acaso tú…?

- Seiya…

Inmediatamente, el joven se levantó al sentir un increíble cosmos detrás de él, por lo que por un segundo se sintió amenazado; sin embargo, al encontrarse de frente con el recién llegado, se calmó.

- Disculpa, no quise asustarte.

- Tú… Tú eres… – expresó Seiya, nervioso, mirando la armadura del hombre frente a él. – Eres Aioria de Leo.

Aioria estiró la mano a Seiya, quien la apretó con fuerza ante el emotivo encuentro. Nunca creyó que el recuerdo de tan honorable hombre también dormía en su memoria.

- Así es, Seiya, y me es grato coincidir, una vez más, en esta vida contigo. – dijo el caballero. – Te felicito, por fin pudiste recuperar tu identidad. Estuve desde lejos observando todo el enfrentamiento entre Marin y tú.

Aioria se acercó hasta la inconsciente dama, acomodó la máscara en su rostro y la tomó en sus brazos, mientras la miraba con anhelo y preocupación.

- Buen trabajo, Marin. Me llenas de orgullo.

- No entiendo nada, Aioria. – dijo Seiya, confundido. – A duras penas he recobrado mi vida, pero no comprendo por qué Marin quería matar a Athena. Se supone que ella también es su caballero.

- Lamento mucho la tortura por la que tuviste que pasar, Seiya, pero todo esto fue una prueba de Marin, pues lo único que iba a despertar a Pegaso, era el deseo de proteger a Athena, la diosa a la que ha acompañado desde la era mitológica.

- ¿Entonces, Marin no…?

- Marin es fiel a Athena, nunca la lastimaría. – afirmó Leo. – Para ella tampoco fue fácil someterte a esta prueba… no tienes idea.

Seiya cerró los ojos con lamento, mientras apretaba sus puños con impotencia.

- ¿Cómo pude ser tan tonto en no haber leído el corazón de Marin? Ahora ella está herida por mi culpa, y todo porque no creí en sus palabras al inicio.

- No te culpes, es normal, todos pasamos por algo parecido en nuestro reconocimiento. – dijo Leo, posando sus ojos en la caballero, quien dormía en sus brazos. – Y no te preocupes por Marin, en la fuente de Athena se recuperará.

Seiya se mantuvo en silencio por unos segundos, analizando un poco más de Aioria, pues algo en él lo generaba gran curiosidad.

- Yo te conozco…

- ¿Ah? Bueno… creo que eso es obvio. – respondió el joven, riéndose.

- No… no me refiero a nuestra condición de caballeros. – afirmó Seiya, curioso, hasta que su mente se iluminó. – ¡Ya sé dónde te he visto! ¡Eres Aioria, el gran Puño Relámpago!

Aioria comenzó a reírse con extremo nerviosismo, mientras sus mejillas se tornaban rojizas.

- Toda la élite del box te conoce, aunque sea por fotos. Eras uno de los mejores de Grecia, pero por razones desconocidas te retiraste del medio. – afirmó Seiya. – Mis colegas no me creerían si les contara que te tengo en frente.

- Eso ya fue hace muchos años, me retiré del box para centrarme en este nuevo destino. – respondió el joven, avergonzado. – Y no me arrepiento, pues gracias a ese mundo pude conocer…

- ¿A quién? – preguntó Seiya.

- A… conocer más técnicas, por supuesto. – mintió Leo, queriendo dejar el tema de lado. – En fin, lo mejor es irnos de aquí.

- ¿A dónde?

- Vamos al Santuario, Seiya… Athena te está esperando.

El corazón de Seiya se sobresaltó, y no solo porque iba a volver a ver a Saori, sino por el encuentro con la diosa que había marcado cada una de sus vidas.


Shion se encontraba contemplando el cielo de la colina estrella, aprovechando que la madrugada aún estaba presente. Una vez más, no podía dormir, el insomnio lo invadía por tanto cambio en su vida, sobre todo por la responsabilidad que debía manejar como Líder principal de los guerreros y mano derecha de Athena. Como caballero dorado estaba enfocado, pero como Patriarca debía tener presente que siempre debía estar a un paso de su diosa.

- Me parece mentira como mi actual vida se ha acoplado a mis recuerdos pasados, como si fueran una sola. – dijo el hombre, mirando el cielo con atención. – Puedo ver las estrellas y entenderlas, sobre todo las constelaciones que me indican dónde están despertando los siguientes caballeros.

El patriarca siguió analizando con atención las estrellas, centrándose en el movimiento de unas en particular, las que correspondían a cinco constelaciones.

- Dragón… Acuario… Andrómeda… Escorpio… Cygnus. Las cinco se manifiestan con intensidad. – dijo el hombre, emocionado y preocupado. – Ellos ya están despertando, así que debemos encontrarlos antes que el enemigo lo haga.

Shion ya tenía claro que una de las constelaciones correspondía a Shun, pero sobre las demás tenía dudas de su ubicación. Fue ahí que tuvo presente las habilidades de Erii, quien iba a ser clave para su encuentro.

- Erii es la prueba de que el cosmos no solo sirve para luchar, sino para encontrar la verdad, entre otras cualidades. – dijo Aries, cerrando los ojos con concentración. – Le informaré el movimiento de estas constelaciones para que encuentre a los dueños. Solo así podré medir sus capacidades.

- ¿Shion?

El patriarca abrió los ojos con sorpresa al escuchar una conocida voz hablándole a la mente. Su mejor amigo había logrado comunicarse con él por telepatía.

- Dohko… Puedo escucharte.

- Qué bueno que hemos recuperado la capacidad de comunicarnos por medio del cosmos. – dijo Libra, soltando una risa. – Te informo que ya hablé con mi familia sobre la situación actual, y están dispuestos a apoyarme en este duro camino.

- Me alegra saberlo, querido amigo. – respondió Shion, esbozando una sonrisa.

- También te informo que ha llegado a los Cinco Picos un joven a retarme a un duelo, y no es uno cualquiera… Puedo sentir dentro de él el poder del cosmos.

- ¿Cosmos? Eso quiere decir que es un caballero. Quizás él corresponda a una de las cinco constelaciones que se manifiestan en el cielo.

- Puede ser, y es por eso que al amanecer tendré un duelo con él para medir su potencial… Pero aun así me siento perdido, pues no sé cómo puedo afirmar que se trate de un caballero.

- Si el desafío resulta fructífero, la única manera de saberlo es que lo traigas al santuario. Aquí analizaremos su situación.

- Lo haré… ¿Cómo va todo por allá? ¿Athena ya despertó?

Shion iba a responder, pero en ese momento se llevó la sorpresa de sentir el cosmos de Athena manifestándose, lo que significaba que finalmente había despertado. Sin embargo, al mismo tiempo sintió otro cosmos acercarse al santuario, el que reconoció al instante.

- Me voy, Dohko. Athena acaba de despertar… pues el caballero de Pegaso está acercándose al santuario.

- ¿¡Pegaso!?

- Así es… El reencuentro entre Athena y Pegaso se va a dar en unos instantes.

Shion esbozó una sonrisa al imaginar lo que estaba a punto de suceder. Sin embargo, esta desapareció al recordar un detalle de suma importancia.

Metió su mano al bolsillo y sacó un objeto relevante, pero al mismo tiempo despreciable.

- Esta muestra de hilos son los que mataron a Alexa, lo que me ha permitido conocer la identidad del enemigo. – dijo Shion, mortificado. – Con mucho pesar, tendré que entregárselo a Athena.


Erii se encontraba preocupada, acariciando la cabeza de Saori, quien entre sueños derramaba lágrimas y mencionaba a su madre.

- Athena… tranquila. – dijo la sacerdotisa, preocupada.

- Mamá… No me dejes, por favor… Yo no soy una diosa, soy tu hija. – dijo la joven entre sueños, con las lágrimas descontroladas.

Erii, impotente ante el sufrimiento de la diosa, decidió moverla de los hombros, lo que causó que finalmente despierte, mostrándose asustada al ver que se encontraba en una cama grande y elegante, rodeada de seda y esculturas antiguas.

- Athena… – llamó Erii, emocionada. – Qué alegría, por fin despiertas.

- Erii… Yo…

Rápidamente, Saori recordó y asimiló toda su realidad, por lo que de inmediato secó sus lágrimas e intentó mostrarse calmada, pero sus ojos aún seguían húmedos de la tristeza.

- Lo siento, es que estuve soñando con…

- Con tu madre, lo sé. – completó la sacerdotisa. – Y quiero que sepas que admiro tu valentía de mantenerte fuerte, a pesar del dolor que sientes.

- Ahora que conozco mi destino, no puedo mostrarme débil. – afirmó seria. – Se lo prometí a ella.

- Eres una diosa, pero también eres humana, y eso te hace muy especial. – dijo la joven, sonriendo a la deidad. – Llora a tu madre todo lo que necesites, hasta no poder más, y yo estaré aquí para darte mi apoyo.

Saori se conmovió ante las palabras de Erii, por lo que tomó sus manos con cariño para agradecer su gesto. La sacerdotisa se sentía encantada de la bondad y humildad de la diosa, tan distinto a lo que ella había escuchado de otras deidades.

- Muchas gracias por tu apoyo, Erii.

- Yo te entiendo, pues solo de imaginar que mi madre me deje, me rompe el corazón.

- Cuando puedas, ve a verla. Aprovecha que la tienes con vida.

- Algo me dice que pronto tendré que regresar a Siberia, así que aprovecharé esa oportunidad. – dijo la joven. – Me duele estar separada de ella, pero esta misión también es para protegerla.

Saori se quedó en silencio, pensando las palabras que Erii le había dicho, y fue en ese momento que revivió un deseo de su niñez, el que no comprendió en ese entonces, pero ahora las cosas eran diferentes y lo iba a realizar.

Proteger a lo más querido iba a ser su prioridad.

- Quiero pedirte un favor, Erii.

- Lo que ordenes, Athena.

- Ve al templo de Delfos y recoge todas las flores que se encuentren cerca del árbol de olivo. Las que más puedas.

La joven sintió curiosidad ante el pedido de la diosa, pero iba a cumplir su voluntad sin duda alguna.

- ¿Qué pasa? – preguntó Saori, poniéndose de pie de manera abrupta.

- ¿Te sientes bien, Athena? – preguntó Erii, preocupada.

- ¿Qué esto que se va a acercando al santuario?

- Athena, esto es… Es un cosmos. No lo logro identificar.

- ¡Yo sí! – afirmó la diosa, ansiosa. – Yo lo he sentido antes, y más de una vez…. Es…

Saori colocó una mano en su pecho al reconocer el cosmos que se aproximaba al santuario, mientras las emociones comenzaban a reflejarse en sus ojos. Sin analizar nada, salió corriendo de sus aposentos, causando que Erii corra tras ella.

- ¡Athena! ¡Tranquila! – pidió preocupada. – ¡Acabas de despertar, no corras así!

La joven no escuchaba razones. Bajó las largas escaleras del santuario, pasando por la casa de Piscis, Acuario y Capricornio, hasta que su camino se detuvo en Sagitario, lugar en donde encontró el origen del conocido cosmos que la llamaba.

No pudo dar cabida a lo que estaba frente a sus ojos. A las afueras del templo se encontraba Aioria con una inconsciente Marin en sus brazos, acompañado de un joven que ella reconoció de inmediato, por lo que creyó estar soñando.

- Tú… Tú eres…

Seiya se encontró de frente con Saori, lo que causó que su cuerpo tiemble de dicha, emoción y terror, pues no solo se trataba de la joven que lo había cautivado, sino de la diosa dueña de su existencia, a la que servía desde tiempos mitológicos.

- Sao… Quiero decir, Athena. – habló Seiya, impactado al ver a la dama.

- Athena, tal y como Marin lo prometió, ha traído a Pegaso ante ti. – dijo Aioria.

Seiya, sin saber qué decir, se acercó unos pasos hasta Saori y se colocó de rodillas ante ella, manifestando así su respeto y devoción. En ese instante, el patriarca y los caballeros llegaron hasta la casa de Sagitario para presenciar la llegada del nuevo guerrero.

Shun, June y Shaka fueron los últimos en llegar. El médico quedó con la boca abierta al reconocer al joven que se encontraba de rodillas ante su amiga.

- No puede ser… ¡Es Seiya! – manifestó el joven, impactado.

- Ese joven es Pegaso… – dijo June, sorprendida.

- Sabía que Marin lo lograría. – dijo Shaina, orgullosa.

Saori siguió en trance, observando a Seiya de rodillas ante ella, mientras sus manos temblaban ligeramente.

- Seiya…

- Athena… Yo, Seiya, Caballero de Pegaso, he regresado a tu lado para proteger el amor y la justicia de esta Tierra. – dijo el joven, sintiendo como sus ojos comenzaban a humedecerse ante la emoción. – Yo… juro protegerte con mi vida entera.

Sin poder soportarlo más, Saori arrodilló a la altura de Seiya y lo abrazó, mientras las lágrimas la felicidad la tomaban; su corazón se llenaba de calidez al sentir a su fiel caballero junto a ella, el que resultó ser el joven que la había salvado el día que pisó el santuario por primera vez y que había llamado su atención. Su alma no cabía de impacto ante tal juego del destino.

Seiya se quedó sorprendido ante el acercamiento de la diosa, pero dejándose llevar, la abrazó con el mismo sentir, dejando explotar las emociones que gritaban desde el fondo de su corazón al estar ante ella.

- Bienvenido, Seiya de Pegaso. – dijo Saori, mirando a su caballero a los ojos.

La diosa de la guerra volvía a cobijarse con las alas de Pegaso.


Comentarios finales:

Hola, espero que se encuentren bien.

Me he tardado más tiempo del pensado en publicar este capítulo, pues lamentablemente sufrí una contractura espantosa a la altura de la nuca y espalda, pero con unas dolorosas inyecciones la cosa mejoró, por lo que hemos vuelto al ruedo.

La mayor parte de este capítulo ha abarcado a nuestro caballito alado, pero también se mencionó a Shiryu y su encuentro con Shunrei y Dohko, También recibimos referencias de los caballeros que aparecerán pronto, y les aseguro que se sorprenderán por la historia personal que he puesto a cada uno; todas relacionadas con el deseo de Athena de cumplir los sueños de sus fieles guerreros.

Espero que les haya gustado la manifestación de Pegaso a manos de Marin, quise hacer de ella un ser duro y despiadado, pero en el siguiente capítulo sabrán que a ella le dolió más que a él semejante tortura. Recuerden que Marin nos mostró en la serie clásica y manga que ella tiene la capacidad de crear ilusiones (arco de caballeros de plata), por lo que quise que aquí hiciera lo mismo, pero usando la imagen de Athena.

El encuentro entre Saori y Seiya fue en Sagitario por algo, pues ese es el centro de las promesas y voluntad que por siempre los ha acompañado, además del camino que creó Aioros, de quien todavía no sabemos nada… por ahora.

Sin más que decir, espero que este capítulo haya sido de su agrado. En el próximo tendremos el enfrentamiento entre Shiryu y Dohko. Un gran amigo, Fox McCloude, me apoyará en la narración del enfrentamiento, pues él es experto en describir artes marciales.

Antes de la despedida, voy a aclarar unos detalles de los personajes.

Aioria: Quise que sea boxeador por una razón bastante especial, pero también me inspiré en el skin que tiene en el juego Saint Seiya Awakening.

Shunrei: Se dedica a la agricultura como sus padres, pero esconde un poder especial, parecido al de Erii, el que será útil en la trama.

Shaina: Aquí no va a estar enamorada de Seiya. Su príncipe azul está próximo a llegar.

Espero que no se me esté pasando nada, sino pueden consultarme lo que sea.

Ahora sí, les envío un abrazo a todos.