El viento nocturno soplaba con fuerza entre los árboles en las afueras de Kuoh, llevando un aire fresco y punzante hasta la figura solitaria de Issei Hyoudou. Frente a él, una iglesia abandonada se alzaba como un espectro de otro tiempo, con sus altos muros de piedra y sus ventanas rotas, que parecían ojos vacíos observándolo en la penumbra. Había llegado hasta aquí guiado por una conexión inquebrantable, una sensación profunda que lo jalaba hacia la misma fuente de oscuridad que casi lo había dejado sin vida.
Issei se detuvo frente a la iglesia, su mirada oscura y fija en el edificio, dejando que una calma extraña se apoderara de él. Sabía que Raynare estaba allí. Sabía que no estaba sola.
Con un esfuerzo consciente, activó su Visión del Alma. En el acto, la oscuridad de la noche se transformó, y la iglesia abandonada se llenó de destellos de vida. Las almas de aquellos en su interior brillaban como tenues faroles en un vacío que él podía ver sin esfuerzo. Los cuerpos físicos de esos seres dejaban traslucir sus almas, sus energías palpitantes que lo revelaban todo: su ubicación, sus emociones, e incluso una pequeña fracción de sus intenciones.
Allí estaba Raynare, la figura que más había ansiado encontrar. Su aura era diferente de las otras, no tan solo por la potencia de su energía, sino por lo inestable que era. Issei sentía las sombras y la luz entrelazarse dentro de ella, como si escondiera sentimientos contradictorios. Quizás era miedo, tal vez duda; fuera lo que fuera, Issei sabía que no estaba en paz consigo misma. A su alrededor, también reconoció las presencias de otros tres ángeles caídos: Dohnaseek, Kalawarna, y Mittelt. Sus auras eran imponentes, sombrías y agresivas, preparadas para responder a cualquier amenaza.
Además de ellos, el brillo de un grupo numeroso de exorcistas llenaba el lugar. Entre todos, destacaba una energía particularmente vibrante y caótica, la de Freed Sellzen. Issei percibió algo feroz y errático en ese hombre; su alma pulsaba con una violencia siniestra, un alma torcida pero intensamente viva.
Sin esperar más, Issei avanzó hacia la iglesia, su expresión endurecida, su mente completamente enfocada. Ya no era solo el chico común que alguna vez fue. Había cambiado desde aquella noche en el parque, cuando Raynare trató de asesinarlo y terminó despertando algo en su interior que ni siquiera él comprendía del todo.
"Raynare… Estoy aquí para respuestas," pensó, mientras el poder de Azrael latía en sus venas como un fuego antiguo, llenándolo de una calma que era extrañamente fría y despiadada. La entrada principal estaba cerrada, pero no hizo más que un gesto y la madera cedió, abriéndose con un crujido largo que resonó en el silencio.
Adentro, la atmósfera cambió de inmediato. Las sombras en la iglesia parecían más densas, la luz de la luna se colaba por los agujeros en el techo y las ventanas rotas, formando patrones irregulares que creaban una atmósfera que parecía sacada de una pesadilla. No hubo ni un segundo de duda; en cuanto él entró, todas las presencias dentro del lugar se tensaron. Podía sentir sus ojos sobre él, escrutándolo, observándolo, y sobre todo, intentando comprender cómo era posible que estuviera ahí.
Desde un rincón oscuro del pasillo, una figura se adelantó con lentitud, sus ojos llenos de incredulidad. Raynare, la misma que le había sonreído dulcemente bajo el nombre de Yuna, lo observaba ahora con una mezcla de sorpresa y desconcierto, como si aún no pudiera entender por completo lo que veía frente a ella.
—¿Cómo… cómo estás vivo? —preguntó, su voz apenas un susurro que reverberó en la iglesia vacía.
Issei no respondió de inmediato. En su pecho, una oleada de emociones cruzó fugazmente; no sabía si era enojo o simplemente una confusión que, como el resto de su humanidad, estaba destinada a desaparecer. Aun así, el simple hecho de verla allí, a ella, la misma que había intentado matarlo, provocó que una oleada de poder oscuro vibrara en su interior. Issei permitió que su Aura de la Muerte fluyera en una pequeña dosis, tan solo lo suficiente para infundir una leve pero innegable sensación de terror.
El efecto fue inmediato. La expresión de Raynare se endureció al sentir ese aura envolvente, mientras Dohnaseek avanzaba rápidamente para interponerse entre ellos. De sus manos emergieron luces brillantes, el inicio de una lanza angelical.
—Así que… —murmuró Dohnaseek con una voz dura—, el niño ha venido a jugar. Muy bien, te mostraremos por qué los ángeles caídos no tienen piedad.
Sin pensarlo más, Dohnaseek se lanzó hacia él. La lanza cortó el aire, dirigiéndose directamente hacia el pecho de Issei. En ese instante, el tiempo pareció ralentizarse; Issei sintió su cuerpo reaccionar, no solo por instinto, sino por la guía de algo mucho más profundo y antiguo en su ser. La guadaña de Aether's Requiem apareció en su mano, el peso del arma despertando un torrente de poder que amplificó su Aura de la Muerte, y en un solo movimiento, desvió el ataque con un giro preciso.
La onda de energía etérea que acompañaba su guadaña hizo retroceder a Dohnaseek, quien, sorprendido, dio unos pasos hacia atrás mientras el aura oscura de Issei empezaba a llenar la iglesia. Los exorcistas observaban en silencio, sus miradas atentas y tensas, incapaces de apartar la vista de aquel humano que, de alguna manera inexplicable, parecía igualar su fuerza.
Un exorcista con un crucifijo en la mano murmuró algo, pero inmediatamente se congeló, sus labios temblando mientras el terror lo atravesaba como una cuchilla. Issei avanzó un paso más, y su Aura de la Muerte se intensificó, provocando que los más débiles cayeran de rodillas, ahogados por una sensación de fatalidad que les impedía moverse.
—¿Qué… qué clase de humano eres? —exclamó Freed, quien, a pesar de todo, esbozaba una sonrisa retorcida mientras levantaba una espada de luz. Sus ojos estaban iluminados por una mezcla de locura y emoción, como si estuviera disfrutando del peligro.
Issei apenas le dedicó una mirada, pero la intensidad de sus ojos fue suficiente para hacer titubear incluso a Freed, quien rió en un intento de ocultar su propio temor.
—No tengo tiempo para ustedes —murmuró Issei, su voz resonando como un eco sombrío—. Estoy aquí por respuestas, y las voy a obtener.
Sin embargo, Dohnaseek, Kalawarna y Mittelt avanzaron, formando un círculo alrededor de él. Las luces de sus lanzas angelicales destellaban en el aire, listos para lanzarse sobre él como un enjambre oscuro y mortal. Issei observó cada uno de sus movimientos con una calma que le sorprendió incluso a él; sus sentidos estaban agudizados, la percepción de la Intuición Mortal le permitía anticipar sus intenciones, sintiendo la amenaza en cada movimiento.
"No temeré," pensó, recordando las palabras de aquel ser en su visión, el recordatorio de Elohim sobre quién era en verdad.
Los ángeles caídos se lanzaron al mismo tiempo. Las lanzas de energía descendieron en ángulos mortales, y el suelo crujió bajo los pies de Issei mientras esquivaba y paraba los ataques con movimientos que parecían casi coreográficos, como si una voluntad antigua guiara cada giro y cada golpe.
"Esto es todo lo que tienen…" pensó, su guadaña cortando el aire en un arco amplio mientras activaba Visión de la Muerte. La energía de sus enemigos se hizo más clara en su mente, y el ataque de cada uno se convirtió en algo predecible, como si él pudiera ver las líneas de su destino aproximándose antes de que los movimientos ocurriesen.
A medida que el combate se intensificaba, Kalawarna y Mittelt unieron fuerzas, lanzando ataques coordinados que pusieron a Issei contra las cuerdas. A pesar de sus habilidades, las heridas empezaron a acumularse en su cuerpo; cortes y moretones marcaban su piel, y el cansancio comenzaba a afianzarse en su mente. La iglesia, ahora un caos de sombras y luz, vibraba bajo el impacto de cada golpe, cada chispazo de energía que llenaba el aire.
Issei, acorralado, sintió que el mundo se nublaba por un momento. Y en ese instante, una imagen apareció en su mente: una visión de otra vida, una vida como Azrael en la gran guerra. Se vio rodeado de ángeles caídos de alto rango, su cuerpo herido y debilitado, y sin embargo, en esa visión, sentía la misma determinación de ahora. Azrael en ese instante había absorbido la vitalidad de sus enemigos, y ese recuerdo resonó en él como una antigua enseñanza.
"Puedo hacerlo," pensó.
Sin pensarlo más, Issei activó Toque del Umbral. La guadaña de Aether's Requiem pareció reaccionar ante su voluntad, su filo oscuro brillando con una intensidad nueva, y cada vez que tocaba a sus enemigos, sentía una pequeña corriente de energía fluir hacia él, revitalizando su cuerpo. Sus oponentes notaron el cambio de inmediato, y por un breve instante, un destello de pánico cruzó los ojos de Kalawarna.
Issei respiró profundamente, sintiendo cómo la energía restaurada recorría sus venas. Juicio Sombrío estaba a su alcance, y él no iba a dudar. Levantó la guadaña y, con un golpe brutal hacia el suelo, liberó una onda oscura que se extendió como una marea, atravesando el espacio y alcanzando a sus enemigos. El ataque fue tan poderoso que las paredes de la iglesia crujieron, y una sección completa se desplomó, dejando al descubierto el cielo nocturno mientras el polvo se alzaba en el aire, cubriéndolo todo de una niebla gris.
Los ángeles caídos cayeron al suelo, heridos y sorprendidos, y hasta Freed se vio afectado, tambaleándose, con una expresión de incredulidad. Raynare, que no había estado en la línea directa de ataque, también parecía afectada, sus ojos temblando mientras miraba a Issei, como si aún no pudiera comprender lo que acababa de presenciar.
El aire en la iglesia era denso, impregnado de polvo y del olor metálico de la sangre. A través de los agujeros en las paredes y el techo caído, la luz de la luna se filtraba débilmente, creando un ambiente de sombras y destellos plateados que reflejaban la escena devastada. Los ángeles caídos y los exorcistas restantes estaban esparcidos por el suelo en diferentes estados de inconsciencia, apenas conscientes del poder que acababa de azotar el lugar.
Raynare, contra una columna medio destruida, miraba a Issei con ojos llenos de incredulidad. Su respiración era pesada, y aunque mantenía una postura desafiante, la ligera curvatura de sus hombros dejaba entrever que sabía que estaba derrotada. El simple hecho de que Issei, quien alguna vez había sido solo un humano ordinario, ahora se alzara como una entidad angelical con un poder devastador, la llenaba de confusión.
Issei avanzó hasta quedar frente a ella, su rostro marcado por la batalla pero sus ojos llenos de una intensidad inquebrantable.
—Raynare… dime la verdad —repitió Issei, su voz baja y firme—. Quiero entender qué está pasando y quién esta al mando.
Ella se mordió el labio, mirando hacia los restos de sus compañeros derrotados y dudando. El brillo en sus ojos reflejaba algo más que derrota; había en ella una mezcla de ira, arrepentimiento y un rastro de desesperación.
—Nuestro líder… Azaziel —comenzó, con voz temblorosa pero decidida—. Es un ángel caído de ocho alas y trabaja bajo las órdenes de Kokabiel. Nos enviaron para eliminar amenazas futuras y recolectar Sacred Gears útiles… como el tuyo.
Issei permaneció en silencio, procesando la información. La mención de Kokabiel, un ser de leyenda entre los caídos, resonó en él como una advertencia. Aunque aún no entendía el alcance de todo esto, sabía que la situación iba mucho más allá de su propio enfrentamiento con Raynare.
—¿Qué esperaban obtener de mí? —preguntó Issei, manteniendo su tono controlado.
Raynare exhaló, como si toda su energía se escapara en ese suspiro.
—Aether's Requiem —dijo, bajando la mirada por un instante—. Tu Sacred Gear es más poderoso de lo que creíamos, y Azaziel no podía permitir que cayera en manos de demonios o de alguien que pudiera oponerse a sus planes. Y luego está Asia Argento —continuó, su tono suavizándose levemente—. Una ex monja… tiene un Sacred Gear de sanación único, y llegará a Kuoh en pocos días. Azaziel nos dio un ritual para extraer y recolectar los Sacred Gears que deseamos, y pensábamos usarlo en ella también.
Un destello de furia atravesó a Issei al oír eso. No solo se habían propuesto asesinarlo a él, sino que planeaban arrebatarle su poder a una persona inocente, alguien que probablemente ni siquiera conocía la profundidad del mundo en el que estaba a punto de entrar.
Antes de que pudiera continuar interrogándola, Issei sintió una perturbación en el ambiente. Activó su Visión del Alma y vio, a la distancia, varias auras oscuras acercándose rápidamente. Los demonios estaban en camino, y por la potencia de sus energías, no venían en son de paz.
Issei volvió su atención a Raynare. Había una decisión por tomar, una que cambiaría por completo la dirección de los eventos.
—Demonios vienen hacia aquí. Si quieres salir de esto con vida, tendrás que cooperar —dijo Issei, su voz baja y letal—. Ayúdame a entender todo esto, y puede que encuentres una oportunidad de redención. Pero en este momento, no hay tiempo para dudas.
Raynare lo observó, y en su mirada apareció una chispa de algo inesperado: respeto, aunque no sin resentimiento. Asintió lentamente, aceptando las condiciones, y ayudó a reunir a sus compañeros caídos mientras Issei vigilaba los alrededores. En cuestión de minutos, se encontraban listos para abandonar la iglesia, sus cuerpos magullados y sus energías al mínimo, pero con suficiente voluntad para seguir adelante.
...
Se movieron a través de los bosques oscuros que rodeaban la iglesia, el sonido de sus pasos amortiguado por el manto de hojas secas. La distancia entre ellos era palpable, una línea invisible de tensiones y emociones reprimidas. Raynare caminaba detrás de Issei, sus ojos fijos en él, y en silencio estudiaba a la figura que alguna vez creyó que sería su víctima. Pero ahora, ese humano simple se alzaba como un poder que desafiaba su propia percepción.
Finalmente, llegaron a un claro, una zona lo suficientemente apartada y oscura como para que no fueran descubiertos. Issei miró alrededor, asegurándose de que no hubiera ninguna amenaza inmediata, antes de volver su atención hacia Raynare y sus compañeros. Con un gesto de su mano, liberó una pequeña parte de su Aura de la Muerte, una advertencia silenciosa de lo que estaba en juego.
—Quiero saberlo todo. ¿Qué están buscando en Kuoh? ¿Qué significa realmente para Azaziel el tener Sacred Gears bajo su control? —preguntó Issei, sus palabras cortantes como cuchillas.
Raynare dudó, sus ojos fijos en el suelo. Sus compañeros observaban en silencio, demasiado débiles para oponer resistencia, y sabían que, en ese momento, su única opción era hablar.
—Azaziel busca restaurar el poder de los ángeles caídos —comenzó Raynare con voz baja, como si cada palabra fuera un peso difícil de cargar—. No es solo por ambición. Kokabiel ha dado instrucciones de preparar una guerra, una guerra contra los demonios, contra las facciones de los cielos, e incluso contra los humanos que interfieran. Y para ello… necesitamos Sacred Gears como los tuyos.
Issei la miró en silencio, su expresión tensa. La idea de una guerra a gran escala, de una catástrofe que afectaría tanto a lo celestial como a lo humano, despertaba en él una mezcla de rechazo y urgencia.
—¿Por qué yo? —preguntó—. ¿Por qué arriesgarse a atacarme a mí en lugar de buscar algo más sencillo?
Raynare suspiró y alzó la vista para enfrentarlo. En su mirada había un destello de desafío, pero también una sinceridad que él no había visto antes.
—Porque tus poderes van más allá de lo que creíamos. Azaziel… quería tu Sacred Gear porque temía que despertaras en algo más. El poder de Azrael es una amenaza para sus planes. Él lo sabe, y por eso quiso matarte antes de que pudieras descubrir quién eres realmente.
Issei sintió un escalofrío recorrerlo al oír su nombre arcangélico de nuevo. Aquel nombre antiguo resonaba en su ser, como un eco de una vida pasada, y por un momento, la verdad que Raynare acababa de revelar lo dejó aturdido. Era un arma, pero no una destinada a la guerra de los caídos; era un equilibrio, una figura que mantenía la delgada línea entre la vida y la muerte.
Antes de que pudiera formular una respuesta, Raynare bajó la vista, sus hombros temblando mientras continuaba.
—Yo… nunca quise que esto pasara —admitió en voz baja, sus palabras llenas de arrepentimiento—. No sabía que despertarías así. Creí que solo eras un obstáculo, uno que podría eliminar para ganar el favor de Azaziel. Pero ahora… —hizo una pausa, como si se ahogara con las palabras—. Ahora veo que no somos más que piezas en un juego que no alcanzamos a comprender.
La confesión de Raynare lo tomó por sorpresa, aunque no dejó que se reflejara en su rostro. Issei la observó, viendo algo más allá de la máscara de la fría asesina que conocía. Percibía, con su Visión del Alma, los resquicios de una culpa genuina, de un pesar que ella trataba de reprimir, pero que ahora le pesaba con más fuerza que nunca.
—¿Y entonces? —preguntó, suavizando su tono levemente—. ¿Qué harás ahora? Sabes que las facciones van a seguir enviando más como tú, con o sin Azaziel. No es una lucha que puedas evadir solo porque descubras que no eres más que una herramienta.
Raynare lo miró, sus ojos oscuros llenos de una mezcla de angustia y decisión. Por primera vez, parecía vulnerable, casi perdida en el vacío de sus propios dilemas. Sabía que era cierto. Y también sabía que, de alguna manera, había cometido errores irreparables.
—No lo sé —murmuró—. Pero… quizás, por ahora, pueda hacer algo que realmente importe.
La aceptación implícita en su respuesta hizo que Issei asintiera, reconociendo la pequeña pero significativa transformación que acababa de presenciar en ella. No era una solución definitiva, pero en medio del caos y la violencia, una frágil esperanza comenzaba a surgir.
Sin embargo, no era el fin de su búsqueda. Sabía que Raynare, por mucho que ahora mostrara signos de arrepentimiento, aún tenía conexiones y lealtades que podían comprometerlos a ambos. La mención de Asia Argento le recordaba la urgencia de proteger a los inocentes que podrían ser atrapados en esta guerra latente. Sabía que el tiempo corría, y que Kokabiel y Azaziel estaban moviendo piezas en un tablero mucho más vasto.
Finalmente, tras un largo silencio, Issei dio un paso atrás, sus alas aún extendidas y cubiertas por un resplandor oscuro.
—Iré contigo —dijo Raynare, su tono decidido y con un dejo de solemnidad—. Pero que esto quede claro: no lo hago porque confíe en ti. Lo hago porque… quizás necesito entender qué papel tengo en todo esto.
Issei no respondió de inmediato, pero en su interior, la ira y la desconfianza comenzaban a dar paso a algo más. Quizás, en esta nueva realidad de guerras celestiales y caídas, no todos los caminos estaban marcados por el odio. La redención, aunque fuera solo una idea, era suficiente para mantener la paz entre ellos por ahora.
Con un último vistazo al claro y a la noche que los rodeaba, Issei asintió.
—Entonces, prepárate —murmuró, mirando hacia el horizonte con una determinación que no dejó lugar a dudas—. Porque lo que viene no será fácil para ninguno de nosotros.
Y con esas palabras, se dispusieron a partir, conscientes de que, de alguna manera, ese viaje lleno de luz y oscuridad les cambiaría a ambos.
