Gracias a mi cómplice Li por su lectura previa. Los errores siguen siendo míos.
Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 25
Edward
Exhalé el aire retenido de forma ruidosa. Me molestaba que Leah me estuviera observando como si fuese un premio.
― Creo que vamos a entendernos bien, soy una amante del trabajo y siempre dispuesta a ayudar en lo que sea necesario.
Alcé una ceja. La expresión de su rostro iba más allá del coqueteo.
― Cuéntame un poco más de ti ―continuó con su verborrea, al tiempo que se iba acercando a mí―. ¿Cómo conociste a Bella? ―indagó con una sonrisa― ¿en serio se casaron o es algún tipo de arreglo? Lo pregunto porque conozco a mi amiga, ella es un poco…
― Vaya cinismo ―la interrumpí― llamarle amiga a quien le quitaste su pareja de años.
Su sonrisa se desvaneció, dejando sus labios en una línea recta. Nunca bajó su rostro ni desvió la mirada de mí, tan solo permaneció con una mueca de disgusto.
― Me dijeron que eras un pesado y sinceramente no lo creí, ahora lo estoy comprobando.
― Conozco personas que les molesta que les digan las cosas en la cara ―articule―. La mayoría intenta cambiar el relato y revertirlo hasta volverse ellos las víctimas, así como lo están haciendo tú.
― Solo estoy tratando de ser amable y hacerte conversación.
― ¿Hablando mal de mi esposa? Vaya, qué manera tan extraña de interactuar.
― En ningún momento hablé mal de Bella ―increpó―. Mi única intención era conversar un poco y conocernos.
― No tengo interés en conocerte. ―De acuerdo, no había sonado como un caballero, tenía reglas no escritas y códigos que nunca me atrevía a cruzar y, era mi profundo respeto hacia las mujeres, aunque siendo Leah, tampoco era la más noble. No lo fue con Isabella, concluí que no habría problema por ser honesto.
― Bella te ha puesto en mi contra. Siempre es lo mismo con ella ―aseguró― su poca autoestima la hace sentirse inferior. No tengo la culpa de ser perfecta para los hombres.
Froté los dedos en mi frente. En clara señal de mi desesperación por hablar con ella, me ponía de mal humor que su objetivo a atacar fuera mi esposa.
― No quiero ser grosero, tampoco deseo faltarte al respeto, Leah. Pero no estoy dispuesto a tolerar que sigas nombrando a mi esposa, no quiero que ni tú ni nadie se atreva a pronunciar infamias de Isabella. Bastante tengo con tolerar que tu esposo se la coma con la mirada, para que tú intentes desprestigiarla.
Sonreí triunfante al ver su cara de perdedora. Ella no tenía idea qué jamás me podía quedar con palabras en mi pecho. No podía, tenía que escupir verdades y tumbar caretas.
Por supuesto que mis palabras ácidas no fueron suficientes para ella. Me siguió durante la mañana e intentó ser agradable conmigo, consiguiendo que terminara hastiado de ella.
Lo único bueno, si de alguna manera podría llamarse así, era que estaba en su oficina, con acceso a su computadora personal, de la cual no se despegaba.
― ¿Por qué estás aquí? ―preguntó en algún momento mientras el silencio reinaba―. Conozco a Bella y sé que jamás integraría a nadie al consorcio de manera tan relajada como lo hizo contigo, sé qué algo ocultan.
Recargue la espalda en la acojinable silla.
― No sé si estás enterada de cómo llegó tu esposo ―le recordé haciendo referencia que Sam se había unido al consorcio de la misma manera que entré yo.
La mueca de desprecio en su rostro era agradable para mí.
― Sam está aquí por su intelecto y conocimiento, no porque le deba un favor a Bella.
― Por su intelecto ―murmuré en tono de burla.
― ¿Cuál es tu problema con mi esposo?
Mi puto problema era que todo el tiempo estuviera persiguiendo a mi mujer y que ella fuera tan inocente para no darse cuenta. Estaba a nada de escupir verdades cuando la puerta se abrió.
― Edward… ―la suave voz de Isabella hizo que olvidara hasta mi propio nombre.
Le miré fijo mientras me observaba, no dudó en acercarse a mí, se inclinó y tomó mi rostro entre sus manos, besándome con rudeza y de una forma para nada reconocible.
Esbocé una sonrisa complacido. Sus dedos estaban tirando fuertemente de las hebras de mi pelo mientras sus labios avasallaban los míos.
― Oh ―pronuncie cuando se separó de mí― qué bonita sorpresa, creo que me perderé más seguido para que me recibas igual ―le di un guiño.
Isabella sacudió la cabeza y sin voltear a ver a Leah se sentó en mi regazo.
― ¿Por qué estás aquí? ―musitó, en sus labios formando un puchero―. No necesitas estar en otro lugar que no sea conmigo ―se puso de pie y tiró de mi mano― vamos a mi oficina.
La sonrisa se mantuvo en mis labios. Isabella estaba celosa, su manera de actuar me lo hacía saber.
No dudé en complacerla y seguirla como un completo idiota detrás de ella. Ignoré a Leah y me dejé arrastrar por Isabella, dejé que me guiara hacia a donde quería tenerme.
Su oficina fue el lugar elegido. Cerró la puerta, atrapandome entre la pared y su menudo cuerpo, mantenía un gesto desafiante cuando preguntó:
― ¿Por qué estabas con Leah?
Aún no podría saber cuánto me gustaba que me tratara así. Lo único que hice fue alargar mi mano y empecé a jugar con su largo cabello. Era una bonita manía de enredar los mechones de cabello en mis dedos.
― No tengo oficina ―dije―. Leah me ofreció quedarme con ella mientras hay algo para mí.
Había dudas en su mirada. Podía apreciar que no le agradaba saber que estuviera cerca de Leah, ―suspiré intentando tener las palabras para suavizar el tema.
― Isabella, nos conviene que esté en la oficina de ella, así tendré un acceso rápido a los movimientos de la empresa.
Su mirada dubitativa me puso en alerta. No pretendía hacerle daño, juraba por mi vida que no quería.
― Es verdad. Había olvidado que tienes una misión. ―La desilusión en su voz me hizo cuestionarme si hacía lo correcto o debería alejarme antes de dañarla―. Es mejor que sigas con lo planeado y si para ello usarás a Leah ―alzó sus hombros― estoy de acuerdo.
― Está semana ponemos en marcha nuestro plan ―mencioné, sujetando sus manos―. Es la única manera de obtener pruebas contra Sam Uley.
Ella asintió. El brillo en sus ojos se había esfumado por una mirada monótona.
― Hablé con mi padre ―reveló―. Me estuvo haciendo todo tipo de preguntas, obviamente no cree en nuestro matrimonio y me exigió que te deje fuera del consorcio.
― ¿Qué respondiste?
Me miró detenidamente.
― Que no lo haría. Empezamos a discutir y dijo que desconocía mi comportamiento, supongo que no está acostumbrado a que le lleve la contraria.
Entrelace nuestros dedos, dándole un ligero apretón a sus manos.
― Isabella, si esto está siendo complicado debes decirme ―propuse― podemos detener este plan en cualquier momento.
― Dije que te ayudaría y voy a cumplir mi palabra.
― Tan solo nos quedan unos meses más ―le recordé―. ¿Tienes algún plan para cuando el día llegue?
― Me mudaré de ciudad, quizá a otro lugar lejos de aquí. ¿Qué harás tú?
― Es muy probable que vuelva a mi vida de antes… ―cerré los ojos al darme cuenta que había sonado bastante idiota―. Quise decir que…
Los sonidos en la puerta acallaron mi voz. Era Jessica, la secretaria quien asomó la cabeza:
― El señor Swan está esperando al señor Cullen en su oficina.
Resoplé.
― No lo hagas esperar ―instó Isabella.
.
Cuando entré a la oficina.
El silencio era asfixiante y en cierto punto apabullante. No era que me hiciera sentir inferior, sino que me estresaba no saber el siguiente golpe que daría Charlie.
Me deslicé en la silla frente al escritorio de madera y me quedé ahí, esperando que hablara.
― Te propongo un trato ―propuso Swan mientras me observaba desde su lugar. Se veía pensativo y calculador, él sabía a lo que había ido.
― No haré tratos contigo ―negué. Con la desfachatez que me caracterizaba, me recargue en la silla.
― Sam puede regresarte un parte de lo que se perdió de las ventas…
― No se perdió nada ―lo interrumpí―. Ustedes son unos malditos desfalcadores, eres el líder de una consorcio fantasma que finge asesorar empresas para robarlas.
Swan fingió perfectamente su semblante de sorpresa al toser. Distraídamente empezó a mover y apilar sin orden alguno los documentos que había encima del escritorio. Todo lo estaba calculando mientras su ceño permanecía fruncido.
Era un hombre acostumbrado a salir airoso de cada movimiento. Nunca fallaba, excepto cuando se atrevió a meterse con la naviera.
― ¿Sabes qué te puedo demandar por difamación?
― Charlie, no eres quién para hablar de demandas ―repliqué.
― Te ofrezco lo que quieras ―señaló la pantalla del computador― a cambio de qué dejes a mi hija.
Me enderecé en la silla sin quitar los ojos de él.
― ¿Lo que yo quiera? ―pregunté sin titubeos.
― El error que cometió Uley puede resolverse con un solo clic. Esto quedaría resuelto en minutos, el monto se vería reflejado en el estado de cuenta de la naviera y tú regresarías con los tuyos, dejando libre a mi hija. Es un ganar y ganar ―siseó.
Carraspee.
Y no es porque la oferta fuera tentadora. Sino porque empezaba a dudar de su insistencia en alejarme de Isabella, ¿qué planes tenía para ella?
― No dirás que la amas porque sabemos que no es verdad ―añadió―. Sé qué tienen algún tipo de trato, lo sé porque cuando hablé con mi hija, ella..
Me removí en mi lugar haciendo mil conjeturas. Pensando que Isabella no me traicionaría. En cambio yo…
― Mi relación con Isabella no está a discusión ―murmuré convencido.
Swan me sostuvo la mirada y concluyó:
― Tengo una duda, Cullen. ¿Bella sabe que su matrimonio es una farsa? No creo que esté enterada, ¿verdad?
― Así como tampoco está enterada que Leah es tu hija ―respondí tan visceral como él.
Hola. Aquí tenemos otros capítulo más, les prometo irme más rápido que como vengo actualizando, ¿qué opinan?
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