La mañana había comenzado como cualquier otra. Arix se despertó con el primer rayo de sol que se filtraba por la pequeña ventana de su habitación. Las colinas de la campiña italiana se extendían más allá, con un cielo despejado y la promesa de un día fresco y agradable.

Arix De Santis es un chico de trece años con una apariencia que parece reflejar el misterio de su linaje. Su cabello es negro, un tanto largo y rizado, cayendo sobre su frente y rozando sus hombros con mechones que enmarcan su rostro, dándole un aire salvaje pero melancólico. Sus ojos son de un amarillo intenso, un color que en él evoca tanto curiosidad como un poder latente, casi como si llevara un fuego secreto en su mirada. Viste con ropas sencillas, casi siempre de tonos oscuros o terrosos, una mezcla de prendas cómodas para la vida rural.

Bajó las escaleras de la casa de piedra y encontró a su tío Lorenzo preparándole el desayuno: un simple plato de pan fresco y queso, que Arix devoró con una sonrisa de gratitud.

—¿Qué haremos hoy, tío? —preguntó, mientras masticaba.

Lorenzo lo miró con una media sonrisa, dejando a un lado su seriedad usual solo por un instante.

—Hoy es tu cumpleaños, muchacho —respondió, alcanzando algo desde un estante—. Aquí tienes, Arix. —Le entregó un pequeño paquete envuelto en tela de lino.

Arix lo desató con entusiasmo y descubrió un cuchillo de caza, su mango de madera pulida y hoja brillante.

—Gracias, tío… —dijo, impresionado y conmovido. Su tío era el tipo de persona que no decía mucho, pero con este regalo, Arix entendía la confianza que depositaba en él.

El resto del día transcurrió en las colinas cercanas, donde Arix y Lorenzo practicaron habilidades de caza y supervivencia. Lorenzo le enseñaba sobre hierbas y rastros de animales, pero también sobre técnicas de combate básico y estrategias de defensa. Aunque Arix no entendía por qué alguien tan aislado como él necesitaría de esos conocimientos, siempre asumió que era solo el modo de su tío de enseñarle disciplina.

Al atardecer, regresaron a casa, cansados pero felices. Lorenzo le preparó una cena sencilla, y Arix se sintió agradecido por todo lo que su tío hacía por él. Sin embargo, no podía imaginar que esa noche cambiaría su vida para siempre.

Esa misma noche, cuando Lorenzo estaba cerrando las ventanas, Arix notó una extraña presencia fuera de la casa. Algo en su pecho le susurraba que algo estaba mal, una sensación desconocida que le provocaba un nudo en el estómago. Sin previo aviso, las puertas y ventanas fueron forzadas desde fuera, y un grupo de figuras aladas irrumpió en el hogar con una risa cruel que se deslizaba por los rincones oscuros.

—Arix, quédate atrás —ordenó Lorenzo con voz firme, sacando su látigo bendito y una cruz de hierro que guardaba para emergencias.

Arix observó a su tío enfrentarse a los ángeles caídos, sus movimientos rápidos y certeros, como los de un guerrero que alguna vez fue legendario. Pero su edad y su condición hicieron que rápidamente la situación se volviera en su contra. Uno de los ángeles lanzó una lanza de energía oscura que impactó en el costado de Lorenzo, haciéndolo caer de rodillas.

—¡Tío! —gritó Arix, mientras su mundo se desmoronaba.

A pesar de la herida, Lorenzo reunió sus últimas fuerzas y lanzó una onda de luz sagrada que obligó a los ángeles a retroceder. Con los últimos restos de energía, tomó a Arix de la mano y lo arrastró fuera de la casa hacia el bosque, a un lugar seguro.

Ya en el bosque, Lorenzo, gravemente herido, miró a su sobrino con una mezcla de tristeza y orgullo.

—Escúchame, Arix… No hay tiempo para lamentos. Hay algo que… debes saber —susurró, su respiración cada vez más débil—. Tu madre… Serafina, era una exorcista que desafió a todos por amor. Tu padre era un demonio de la nobleza demoníaca. Por ese amor, ellos… pagaron un precio terrible.

Arix, confundido y dolido, solo pudo escuchar, asimilando cada palabra como una espada que lo atravesaba.

—Yo fui quien te protegió, quien te escondió aquí… para que pudieras crecer lejos de todo ese odio y esa guerra. Por eso... te mantuve aquí. Para que no te atraparan, para que tu linaje quedara en secreto. Pero… ahora me temo que han vuelto por ti. —Su tío le dio una última sonrisa, casi como si ya estuviera mirando hacia otro lugar—. Sobrevive, Arix. Vive… y sé quien debes ser.

Con aquellas palabras, su tío cerró los ojos y exhaló su último aliento.

El silencio que siguió fue desgarrador, como un grito atrapado en el pecho. Arix, solo, arrodillado junto al cuerpo de su tío, sintió cómo la ira y la tristeza se apoderaban de él, un torrente de emociones que no podía contener. Y en ese momento, cuando la oscuridad de su pena parecía ser todo lo que quedaba, algo dentro de él despertó.

Sus manos comenzaron a arder con un fuego dorado y espectral, y en su mente resonó una voz antigua y poderosa, una voz que le hablaba desde el otro lado de la existencia.

Yo soy la Conquista. Aquél que guía a los vencedores. Acepta mi poder, y lleva el legado de aquellos que han caído antes de ti.

Ante sus ojos apareció un arco de un dorado resplandeciente, adornado con laureles que flotaban como una corona de espectros. Era una maravilla que solo existía en historias, un arma digna de reyes y guerreros antiguos. El Aurelian Dominus.

Arix extendió la mano hacia el arco, y cuando sus dedos tocaron el arma, sintió una oleada de poder atravesarlo, calmar su ira, y llenar el vacío de su dolor con un propósito que ardía en cada fibra de su ser. Observó el cuerpo sin vida de su tío, y con un susurro lleno de resolución, prometió cumplir la última voluntad de su protector.

—Voy a sobrevivir… y honraré tu sacrificio.

Con el arco en sus manos y el espíritu de la Conquista latiendo en su pecho, Arix comenzó su viaje, ya no como un niño inocente, sino como un guerrero marcado por la pérdida, el linaje prohibido y la promesa de un futuro incierto.