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Desde el amanecer de los tiempos, la humanidad ha sido una raza condenada, marcada por la vileza de su ser. Y con cada generación que pasa, se hunden más en su propia podredumbre, hasta convertirse en abominaciones a la vista del Creador.

Es el oro el que les arrastra al fango, y en su ciega avaricia, no vacilan en desgarrar la carne de sus propios hermanos, profanando con facilidad lo que antaño fue sagrado.

Cuanto más imploran por la salvación, más fácil es pervertir sus almas, pues ese deseo, en su desesperación, se convierte en el yugo que les esclaviza a seguir en su propia depravación.

"Suplico misericordia..."

"Ruego más tiempo de vida..."

"Dios te pido perdón, porque he pecado…"

"Apiádate de mi alma..."

Pero esos ruegos, envueltos en la negrura de sus corazones, se han convertido en una rutina detestable, un hábito inmundo que alimenta su caída.


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La lluvia azotaba el peñasco con furia, convirtiendo la tierra en un mar de lodo. Las gotas caían pesadamente, cubriendo el cielo y las estrellas, como si el firmamento se negara a ser testigo de lo que estaba por suceder. Ni siquiera la luna, siempre vigilante, se atrevía a asomarse. El agua resbalaba por los cuerpos encadenados, arrastrando la sangre seca y la mugre acumulada en su piel. Sus rostros, tensos y demacrados, reflejaban la certeza de que la muerte aguardaba. El barro bajo sus pies se mezclaba con la sangre, formando un terreno viscoso.

El Obispo, empapado hasta los huesos, se mantuvo firme, su rostro rígido como una estatua inquebrantable. Concluyó sus oraciones en medio del vendaval, su voz resonando por encima del rugido de la tormenta. A pesar del caos, su presencia era imponente, casi sobrehumana, como si la misma tempestad le temiera. Al bajar finalmente las manos, hizo una señal al Archidiácono, quien rápidamente dirigió a los guardias para alejar a la multitud extasiada ante el espectáculo macabro que pronto presenciarían.

Las niñas que antes estaban arrodilladas en el suelo mojado se levantaron con absoluta elegancia, y desicieron el nudo de la venda en sus ojos, dejando apreciar 3 pares de ojos brillantes; rosa, celeste y verde. Sus miradas estaban imperturbables, a pesar del lodo que escurría por sus frentes y que no aparentaban tener más de 8 años.

La jinete misteriosa, Lady Sedusa, una mujer de ojos verdes y largo cabello negro, les hizo un gesto para que continuaran con lo que se había preparado, diciéndoles: "Hagan sentir al reino y a vuesto padre orgullosos."

Las tres princesas, elegidas por la profecía, avanzaron en silencio. Blossom, la Princesa Heredera, encabezaba la marcha. Su rostro infantil, solemne y sereno, contrastaba con la furia del clima. Su porte firme demostraba su capacidad para liderar tanto con la marcha como con la palabra. Vestía una sotana ligera de color lila bajo su manto, símbolo de su doble rol como heredera y devota del reino.

A su derecha, Bubbles, la segunda princesa, caminaba con una devoción palpable en cada paso. Sus manos sostenían una daga con la misma delicadeza con la que un día había alimentado a los huérfanos y cuidado a los enfermos del reino junto a los sacerdotes. Sus ojos, llenos de compasión, se deslizaban brevemente hacia los prisioneros, preguntándose si la misericordia de Dios y la fé en sus resos sería suficiente para redimir aquellas almas corrompidas.

A la izquierda, Buttercup, la tercera princesa, avanzaba con una expresión dura y desafiante. Con una mano sostenía la daga y con la otra la empuñadura de su espada bendecida, regalo de su padre, lista para ser desenvainada. A diferencia de sus hermanas, Buttercup no dudaba en usar la fuerza para someter a quienes se interpusieran en su camino; diestra con la espada, su energía era como un huracán, y era la más temperamental de las tres.

Seguidas de cerca por Lady Sedusa, ex duquesa y guerrera del reino, segunda consorte del Rey Utonio. Es la actual reina y mentora de las princesas, tenía la misión de vigilar la seremonia y proteger a las niñas.

Las ropas de las tres pequeñas estaban empapadas, ceñidas a sus diminutos cuerpos por la lluvia, pero el frío no parecía afectarles. Las dagas que sostenían brillaban bajo la luz intermitente de las antorchas. Cada empuñadura era más que un arma: simbolizaba su papel en el reino y la fe que defendían, una herramienta sagrada destinada a quitar vidas en nombre del deber divino.

El Archidiácono, con un gesto severo, convocó a los diáconos. Dieciocho de ellos se aproximaron, rodeando a las princesas con movimientos ceremoniales. Les limpiaron el barro con trozos de seda húmeda y les lavaron las manos con aceite perfumado, ungiéndolas con la pureza necesaria para la tarea sagrada que estaba por comenzar. Una copa de vino les fue ofrecida, sellando su compromiso con el destino del reino, y con delicadeza soltaron sus cabellos empapados, perfumándolos con incienso como ofrenda a los cielos.

Mientras las princesas eran preparadas, los tres prisioneros permanecían solos, amarrados cada uno a sus estacas, abandonados al torrente que caía del cielo. La lluvia comenzó a calmarse, dejando un silencio pesado en el aire. El esclavo eslavo, aún con la máscara de hierro que le cubría la boca, observaba con ojos desafiantes al prisionero más cercano: un joven pelirrojo, apenas un saco de huesos, pero con una chispa rebelde en su mirada.

¡Eh, tú! —gritó el eslavo, su acento extranjero marcando cada palabra— ¿Vas a quedarte ahí como un perro muerto, o vas a hablar?

El pelirrojo levantó la cabeza, una sonrisa torcida asomando en su rostro. Un brillo salvaje danzaba en sus ojos, y su tono era brusco, propio de un granuja.

¿Hablar? ¿Y perder el placer de ver cómo termina todo esto? Soy un pirata, no un lame anclas. Si tienes algo bueno que decir, escúpelo, y tal vez me inspire a hacer lo mismo.

No eres más que un fubón, ¿pirata? ¡Ja! En todo el tiempo que estuviste en esa celda, ni comías ni bebías, y ahora no eres más que piel y huesos. No me sorprendería si la peste te devora antes de que nos desuellen —dijo el esclavo, buscando pelea.

El pirata lo ignoró, respondiendo con una baja risa burlona, haciendo eco de su desdén.

El tercer prisionero, de cabello rubio y mirada vacía, intervino con una voz débil, pero con un tono marcadamente noble, que contrastaba con la brutalidad del momento.

Tienes la lengua afilada para ser un esclavo —murmuró con desdén— Pero no olvides tu lugar. El destino ya nos ha marcado.

¡Bah! —replicó el eslavo, apretando los puños— Si estuviera libre, te enseñaría lo que significa ser rebelde de verdad. No soy como tú, que ya aceptaste tu fin como una carroña ambulante.

— ¡Ja!, viniendo de un artilugio sin dueño, me da risa.

— ¡Al menos no soy el hijo de una ramera!

El moreno estaba desafiante, encarando al impertiente prisionero con ínfulas de noble señor, mientras la tensión crecía entre ellos. Pero antes de que pudieran continuar, el pirata los interrumpió, su voz grave y burlona resonando entre las cadenas.

¡Silencio, bestias! No hagan que los guardias les rompan los dientes. ¿Qué tal si nos concentramos en salir vivos de aquí?

Los guardias, alertados por el creciente murmullo entre los prisioneros, se aproximaron con la intención de acallar cualquier signo de rebelión, pero fueron detenidos por los diáconos, que llegaban a cumplir su deber.

Los Diáconos, con trapos empapados en sal bendita, comenzaron a limpiar los cuerpos de los prisioneros. La sal quemaba sobre las heridas abiertas, pero ninguno gritó. Sus cuerpos se retorcían bajo el yugo de la purificación, pero sus espíritus resistían.

Luego, untaron sus extremidades con aceite sagrado, cubriendo la suciedad y la sangre con una capa de resplandor irónico. Finalmente, les colocaron mantos blancos, finamente bordados con hilos de oro, que más que un símbolo de pureza, representaban su vestimenta final hacia la muerte. Las estacas, dispuestas en forma de cruces, ya estaban preparadas, adornadas con trozos de tela impregnados en incienso. A los pies de cada prisionero, un rosario de hierro reposaba, erigiéndose como monumentos sombríos, especiales para recibir los cuerpos de los condenados.

La tormenta, que parecía haber dado tregua, rugió nuevamente cuando un árbol cercano cayó, partiendo la tierra con un estruendo que silenció momentáneamente a la multitud. Pero ni el Obispo ni el Archidiácono se inmutaron. Para ellos, aquello no era más que una señal de que el juicio debía continuar.

Los tres prisioneros permanecieron frente a las cruces, sus últimas horas selladas por la voluntad de hombres que creían interpretar la voz de Dios. El Obispo levantó su cruz, y con una voz que resonó más fuerte que la tormenta, inició el final.

Hoy, bajo la mirada de Dios, seréis purificados de vuestros pecados. ¡Que la misericordia divina os alcance, si es que aún puede!

La multitud vitoreó, hambrienta de sangre y redención, mientras la lluvia seguía cayendo, lavando los pecados de los condenados, pero sin poder borrar la marca de la muerte que ya se cernía sobre ellos.

La atmósfera era densa y cargada de anticipación. Mientras el Obispo iniciaba el rito, el joven pirata, que había permanecido en silencio, observó con atención. Las cadenas que lo mantenían atado eran robustas, pero había notado algo peculiar: uno de los diáconos, en la prisa de cumplir con el ritual, llevaba consigo una llave que brillaba ominosamente al reflejar la luz de las antorchas. Una chispa de esperanza encendió su mente ingeniosa.

Dirigió una mirada furtiva hacia el prisionero rubio, el único que no tenia las manos atadas a las estacas, quien parecía ajeno al mundo que lo rodeaba, pero en sus ojos había una inteligencia latente. El pirata hizo un gesto sutil, una inclinación de cabeza acompañada de un movimiento de cejas, y sorprendentemente, el rubio asintió, como si comprendiera su intención.

¡Oye, Grumete sin barco! —silbó el pirata, llamando la atención del esclavo eslavo que se encontraba al borde de la desesperación— Espero que no seas un saco de piedras, no hagas una tontería.

El joven eslavo frunció el ceño, sin entender del todo, pero se contuvo, sintiendo la tensión en el aire.

La tormenta rugía nuevamente, y el Obispo, ajeno a la pequeña rebelión que ocurría entre los prisioneros, levantó su cruz y comenzó a pronunciar las palabras finales del ritual. Las tres princesas, conscientes del peso de sus acciones, se preparaban para lo inevitable.

De repente, el prisionero rubio, en un arrebato de actuación desesperada, se dejó caer hacia atrás, sus ojos cerrándose dramáticamente. La lluvia continuaba cayendo, y su cuerpo se desplomó sin vida contra el barro, en un espectáculo tan convincente que la multitud contuvo la respiración.

El Archidiácono, alarmado, ordenó a uno de sus Diáconos que lo revise, el inexperto ayudante se acercó a inspeccionar al joven rubio y rápidamente le dijo la situación a su superior. Seguido del pelirrojo que empezó a hacer muecas erráticas con la mirada perdida y el moreno secundando el espectáculo utilizando la agilidad de su cuerpo dejo sus extremidades, brazos y piernas en posiciones anormales y estáticas. El rostro del Archidiácono se volvió pálido ante la posibilidad de que una muerte súbita pudiera contagiarlo a él mismo y que los prisioneros que estuvieron en contacto fueran los portadores de dichas enfermedades mortales y no aptos para la purificación en el santo ritual.

Con un tono grosero y altivo, giró su mirada hacia los guardias — Debe ser obra de la serpiente del Edén, ¡Desamarrad a esos malditos ahora! —gritó, su voz retumbando en la oscuridad ocultando su temor a la peste terrenal— No podemos permitir que esta ceremonia se vea empañada por un mal augurio, soltadlos y no los tequeis. Rápido!

Los guardias, desconcertados pero obedientes, comenzaron a liberar a los prisioneros, mientras el Obispo, con una mezcla de temor y desdén, hizo un gesto para que las niñas se alejaran del lugar. La idea de que las hijas del Rey y la actual Reina pudieran estar en peligro ante cualquier posible contagio lo llenaba de inquietud, sin importar los reclamos u objeciones de estas las envió junto a un par de su servibunbre a un carriaje directo al sur para mantenerlas seguras, no permitió que un par de soldados se alejaran de ellas hasta que partieron. El resto de soldados recibieron la orden de retirar a los nobles y plebeyos presentes de la colina.

Una vez que el Obispo y todos los demás estuvieron lo suficientemente lejos, debido al miedo a aquella enfermedad indetectable y mortal, el pirata, sintiendo que el tiempo era ahora o nunca, lanzó una orden con toda la autoridad que podía reunir.

¡Vamos, camaradas! ¡A la de tres, corran conmigo! ¡Esto no termina aquí!

Sin esperar respuesta, comenzó a avanzar hacia el borde del peñasco. El eslavo, aún confuso, sintió la adrenalina fluir a través de sus venas y sin pensarlo mucho ya estaba corriendo con el pirata.

El rubio, por su parte, se levantó con un atisbo de vida y dignidad, sacudiendo el barro de su ropa y corriendo tras sus nuevos compañeros, siendo perseguidos no muy lejos por los guardias que se habian alejado para dejarlos a su suerte.

¡Esperad! —exclamó— ¡¿Qué demonios vamos a hacer cuando nos roden?!

¡Saltamos! —respondió el pirata, sin mirar atrás— ¡No hay vuelta atrás!

—¡No cabe duda que la tormenta te arrancó la razón, pirata!

Justo antes de llegar a la punta del precipicio, los guardias intentaron detener a los tres prisioneros que corrían con la poca fuerza que les quedaba. El pirata, sin perder tiempo, se lanzó contra uno de ellos con un golpe brutal, usando sus cadenas sueltas como arma improvisada. El guardia tropezó y cayó al suelo con un gruñido de dolor, apenas levantando su escudo a tiempo para evitar un segundo golpe.

El eslavo, con una rabia acumulada durante años de servidumbre, se abalanzó sobre el siguiente guardia con toda su furia. Lo derribó con un cabezazo directo al estómago, para volverlo a sostener solo para usar el bosal de hierro para golpear con más fuerza hasta romperle los dientes, haciendo que el hombre cayera pesadamente en el barro. El eslavo lo pateó con todas sus fuerzas, liberando una furia contenida, hasta que el guardia quedó inconsciente, incapaz de moverse.

Pero fue el rubio quien mostró un lado aún más astuto. Mientras los diáconos se acercaban, desconcertados y con miedo, el rubio vio su oportunidad. Con un movimiento rápido y preciso, lanzó una patada directa a uno de ellos, derribándolo como si fuera un saco de papas. El diácono cayó sobre el Archidiácono, que apenas tuvo tiempo de esquivar, pero tropezó y acabó en el suelo junto a su subordinado.

¡Guardias, imbéciles! ¡Ayudadme! —gritó el Archidiácono, enfurecido, mientras intentaba levantarse, empapado y cubierto de barro.

Los guardias, divididos entre contener la multitud y detener a los prisioneros, se vieron superados por el caos del momento. A pesar de sus esfuerzos, no lograron evitar que los tres condenados derribaran a un par más en su frenética huida.

Aprovechando la confusión y la desesperación del Archidiácono que seguía forcejeando bajo el peso de los diáconos caídos, los prisioneros se lanzaron hacia el borde del acantilado, con el sonido del agua rugiendo debajo de ellos.

Al llegar al borde, los tres prisioneros se detuvieron un instante, la vista del abismo frente a ellos era aterradora.

¡A la de tres! —gritó el pirata con una sonrisa torcida— ¡Uno, dos…!

¡Eres un bastardo loco! — rugió el rubio, pero sus pies ya estaban en movimiento.

El esclavo no dijo nada, simplemente asintió con determinación. Ya lo había perdido todo, pero no pensaba morir de rodillas.

Los tres saltaron al vacío al unísono, el viento cortando sus rostros mientras se precipitaban hacia las aguas turbulentas. Los gritos furiosos del Archidiácono y los soldados se perdieron en el estruendo de la tormenta y las olas.

Sin tiempo que perder y con la determinación de dejar atrás sus cadenas, dieron un salto hacia lo desconocido. Sus cuerpos se lanzaron hacia el vacío, y el aire silbaba a su alrededor mientras caían. El golpe contra las aguas turbulentas fue brutal, pero las corrientes frías los recibieron como un respiro de libertad.

El Obispo, que había estado observando desde la distancia, rugió de ira al ver que sus sacrificios habían escapado. Su rostro, surcado por la lluvia, se tornó rojo de frustración.

¡Ineptos! —gritó, dirigiéndose a los guardias— ¡Buscadlos! ¡No me importa lo que debáis hacer, traedlos de vuelta! ¡Que la justicia caiga sobre ellos!

La tormenta, cómplice de su escape, continuaba azotando la tierra, mientras los tres prisioneros luchaban por salir a la superficie, respirando el aire salado y frío de la libertad que, hasta hacía unos momentos, parecía inalcanzable.

El Archidiácono, desde una distancia segura, vio horrorizado cómo sus prisioneros escapaban y cómo el ritual se arruinaba por completo. En un arranque de furia, se giró hacia los guardias que aún intentaban organizarse tras la confusión.

¡Inútiles! —vociferó, mientras unos cuantos Diaconos intentaban limpiar, infructuosos, con sus manos sus túnicas sucias— ¡Encontradlos o pagarán con sus propias cabezas! ¡Los quiero de vuelta, vivos o muertos!

La tormenta no daba tregua mientras los tres prisioneros desaparecían entre las violentas corrientes del mar. Pero lo que no sabía el Obispo y el resto era que, aunque exhaustos y magullados, los tres hombres llevaban en sus corazones el tipo de desesperación que los hacía capaces de cualquier cosa. Y esa noche, mientras caían en el abismo, sintieron un atisbo de esperanza de que no era su final.

Lo que no sabían era que solo prolongarían lo inevitable, el comienzo de un infierno se avecina pronto para todos.


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Diccionario:

1. Lame anclas: alguien cobarde

2. Carroña ambulante: desprecio total, llamando a alguien muerto en vida.

3. Ramera: prostituta, trabajadora de la noche.

4. Grumete sin barco: en el lenguaje pirata es un apodo amistoso para alguien que no tiene la experiencia de un pirata, pero se usa en tono de burla.

5. Saco de piedras: Sugiriendo que la persona es pesada e inútil, como un objeto que no aporta nada.

6. La serpiente del edén: Hace referencia a Demonio Lucifer