Capítulo 52

Paralizada...

Mi cuerpo entero se paralizó en el momento que escuché esas cuatro palabras. Durante un segundo llegué a pensar que era una broma, pero la seriedad de su mirada decía todo lo contrario, así que mi cuerpo reaccionó paralizándose. Edward acunó mis mejillas y las acarició con sus pulgares, creo que llegó a decir algo, pero mi mente no era capaz de procesar nada más que los latidos de mi corazón que sonaban con fuerza en mis oídos.

Tum tum, tum tum, tum tum...

Sus labios se acercaron a mi frente y sentí como acariciaron mi piel, pero continuaba sin reaccionar y mi corazón continuaba latiendo cada vez más acelerado.

Tum tum, tum tum, tum tum, tum tum, tum tum...

Intenté llenar mi pecho de aire y contener la respiración, pero mis pulmones apenas podían recibir el oxigeno suficiente para continuar en funcionamiento y mi esfuerzo se quedó en nada. Pero mi corazón parecía a punto de explotar.

Tum tum, tum tum, tum tum...

Jadeé tomando una fuerte bocanada de aire y mis ojos se clavaron en los de Edward, parecía asustado, pendiente de cada uno de mis movimientos y dispuesto a reaccionar según como lo hiciese yo.

— Bella... —susurró haciendo que mi vista viajase a sus labios.

— ¿Qué...? —balbuceé torpemente.

Edward sonrió y volvió a unir su frente a la mía. Mis brazos caían laxos a cada lado de mi cuerpo y me sentía todavía un poco entumecida, no era para menos teniendo en cuenta el cariz de su proposición.

— ¿Vas a obligarme a repetirlo? —su voz sonó divertida, pero pude apreciar un reborde de nerviosismo, quizás era por mi reacción, ¿pero como esperaba que reaccionase? Que le dijese "Claro Edward, vamos ahora mismo a La Vegas". Bufé por mis propios pensamientos y él lo malinterpretó borrando su sonrisa en el acto. Se removió un poco incómodo y volvió a alejarse de mí para mirarme a los ojos.

— Soy consciente de que la pregunta en este justo momento suena a locura, te prometo que soy consciente, pero no es tan mala idea... —se defendió.

— ¿Qué no es mala idea? —mi voz sonó como si me hubiese tragado un gallo para desayunar esa mañana y carraspeé antes de continuar—. Tengo solo diecisiete años y llevamos poco más de un año juntos, ¿no crees que es un poco precipitado?

Pareció pensar mis palabras durante unos segundos y negó con la cabeza.

— No en nuestra situación —argumentó.

— ¿Qué tiene de especial nuestra situación? Y no me vengas ahora con diferencia de edad porque ese argumento no es suficiente —lo señalé con un dedo casi amenazándolo—, tienes solo veinticinco años, muchas personas no se casan hasta los treinta o cuarenta.

— No es solo la diferencia de edad, es... nuestra situación —explicó como si fuese lo más obvio pero no lo entendía, así que continuó explicándose después de un suspiro cansado—. Estamos viviendo juntos, sé que no te lo he pedido formalmente pero todas tus cosas están en mi apartamento. Tenemos planes de futuro a largo plazo, me voy a ir contigo a donde quiera que vayas, estamos planeando nuestros próximos cinco años juntos, estamos luchando contra las personas que se oponen a lo nuestro.

Un largo silencio se interpuso entre nosotros y, tras un par de minutos comencé a sentirme un poco incómoda, así que comencé a acomodar mi ropa, estábamos manteniendo una conversación seria, no era como para hacerla con los pechos al aire y las braguitas echadas a un lado. Revolví mi cabello en un gesto nervioso y miré a Edward una vez más a los ojos.

— Entiendo eso que dices, pero no entiendo que tiene que ver con que nos casemos justo ahora.

Suspiró de nuevo y tomó mis manos entre las suyas, acariciando el dorso de estas con sus pulgares, su mirada adquirió aquel tinte verde esmeralda de siempre cuando se emocionaba y una sonrisa comenzó a bailar en sus labios.

— Vamos a irnos juntos, vamos a vivir en otro estado y vamos a tener que enfrentarnos a muchas cosas juntos —explicó—, sé que lo nuestro es real y no necesitamos un papel que lo confirme, soy consciente de que no tenemos nada que demostrarle a nadie, pero... tu hermano no acepta lo nuestro, el mío mantiene la boca cerrada pero sabes perfectamente que también es reticente —dijo refiriéndose a Emmett—, Kate también tuvo sus reservas, todo el mundo te ha hablado de mi pasado y nadie confía en que lo nuestro prospere... sé que el modo de hacerles callar no será casándome contigo y demostrándoles que lo que siento es real por primera vez, pero ayudaría mucho...

— Esa razón no es suficiente, quieres hacerlo por los demás, no por ti —las palabras abandonaron mis labios sin ser procesadas y pude ver como Edward sonreía ante ellas.

— ¿Recuerdas...? —se detuvo unos segundos y rodeó mi cintura con sus brazos sin soltar mis manos, inmovilizándolas a mi espalda—. ¿Recuerdas cuando te dije que mis razones para irme contigo a la universidad eran egoístas?

Asentí y su sonrisa se amplió confundiéndome por completo.

— En esta ocasión son más egoístas todavía —mi ceño se frunció y él acercó su rostro al mío para hacer que nuestros labios se rozasen durante unos segundos—. Creí que la razón mas importante de esa proposición estaba clara, pero veo que tendré que repetírtela una vez más —sonrió de lado robándome el aliento y sus ojos se anclaron a los míos—. Te amo... por eso quiero casarme contigo, me importa una mierda el resto del mundo, puede destruirse en este momento y yo sería feliz contigo en mis brazos. No te quiero más que a ti... conmigo y para siempre.

Pude sentir como mi corazón comenzó a temblar ¿eso era posible? No estaba segura, aunque quizás pareciesen temblores y tan solo era que latía tan rápido que parecía el aleteo de un colibrí. Abrí mi boca dispuesta a decir algo, pero no sabía exactamente lo que... sus palabras se repetían en mi mente y me hacían sentir la misma calidez que cuando las pronunció segundo antes, era como si una suave y mullida almohada de seda y plumas acunase mi corazón protegiéndolo de cualquier peligro que habitase en el mundo. Cerré la boca de golpe completamente segura de que cualquier cosa que dijese estropearía el momento, ese momento mágico en que sus ojos me miraban con tanta intensidad que sentía que podría leer cada uno de mis pensamientos.

— Ahora que sabes los todos motivos... —comenzó a hablar con suavidad y dulzura sin dejar de mirarme— voy a repetir la pregunta... ¿quieres pasar el resto de nuestras vidas a mi lado, para que pueda amarte y adorarte sin importarnos lo que piense el resto del mundo?

Estaba segura de estar al borde del desmayo... ¿podría alguien desmayarse de emoción? Un estremecimiento recorrió mi espalda y sentí un par de lágrimas en el borde de mis ojos. Volví a abrir mi boca para hablar, sin tener muy claro todavía que decir, pero las palabras murieron en mis labios antes de ser pronunciadas, un fuerte nudo en mi garganta no me permitía hablar. Edward me miraba expectante, casi sin parpadear y analizando cada uno de mis movimientos, tragué en seco y desvié la mirada de sus ojos a sus labios para poder pensar con claridad, su miraba me aturdía, pero fue un error porque su boca entreabierta era una clara invitación que a cada golpe de su aliento en mi rostro me atraía hacia ella como una polilla a la luz.

— Bella... —su voz apenas fue un susurro que rasgó el aire y sentí aquellas lágrimas derramándose por mis mejillas—. ¿Te casarás conmigo?

Y de nuevo silencio de mi parte...

Aquel nudo en mi garganta se apretó más fuerte al percibir la ansiedad en su voz, esperaba una respuesta de mi parte y estaba paralizada, no podía siquiera moverme o pensar con claridad.

— Entiendo que puede que no parezca el momento adecuado —murmuró y esta vez en lugar de ansiedad escuché resignación en su voz—, yo solo quería hacer las cosas bien, que comenzásemos las cosas bien cuando nos fuésemos de la ciudad, con una base sólida y estando completamente seguros de que el otro es lo más importante. De verdad que lo entiendo, eres joven y tendremos tiempo... toda una vida —intentó sonreír pero sabía que era una sonrisa forzada—. Podremos hablar sobre esto en un tiempo, cuando ya estés preparada.

A cada palabra de sus labios mi corazón la acompañaba de un saltito que me empujaba a hablar, pero mis músculos no respondían, continuaba paralizada y sintiendo como el tiempo pasaba a tanta velocidad que sentí vértigo.

A mi mente vino aquel papel que me había dado Bree unas horas antes, el baile del instituto y todas esas experiencias adolescentes que me estaba perdiendo... nunca había tenido una vida normal, mis padres se divorciaron cuando era muy pequeña y crecí a caballo entre Phoenix y Forks hasta que mi madre falleció después de una larga enfermedad en la que tuve que crecer y ser la persona responsable de todo. Cuando parecía que las cosas podrían ir bien con Charlie el dolor no me dejó apreciar el cariño y apoyo que él me ofrecía y finalmente lo arrancaron de mi vida antes de que pudiese darme cuenta. Luego apareció Jasper, prometiéndome un futuro y una vida tranquila, dejándome tener dieciséis años y poder disfrutar sin la responsabilidad a mi espalda, pero Edward se coló en mi vida dejando atrás los sueños adolescentes para regalarme y exigirme un amor maduro y real... no me arrepentía de nada de lo hecho hasta ese momento, cada decisión, acertada o no, me había llevado a ser la persona que era y a la que Edward juraba amar.

Todo merecía la pena... todo había merecido la pena. El dolor, el sufrimiento, la pérdida... si cada uno de los sucesos de mi vida me había llevado hasta ese momento preciso, hasta ese justo instante en el que Edward me entregaba su corazón tan solo pidiendo el mío a cambio... se lo había entregado hacía mucho tiempo, no era mío desde el momento en que sus labios rozaron los míos sentados en aquel piano, desde que su frente descansó sobre mi hombro y lo sentí débil ante mí...

Lo amaba... lo sentía en cada célula de mi cuerpo, en cada latido de mi corazón y en cada recuerdo a su lado. Lo era todo, lo único constante, mi soporte para llorar y mi compañero de alegrías. Estaba a mi lado pese a todo, pese al rechazo de los que nos querían, incluso pese a la justicia cuando éramos ignorantes de si amarnos era un delito o no. Era mi otra mitad, mi alma gemela y todas esas mierdas que decían las revistas que leía Tanya.

¡A la mierda mi adolescencia! ¿Quién quería vivir despreocupado y locamente cuando alguien le ofrecía lo que Edward me estaba dando a mí?

Sacudí mi cabeza levemente al darme cuenta de la realidad... nunca había sido normal, nunca lo sería... los bailes de instituto y las citas con niñatos de diecisiete no era lo que quería para mí y mucho menos lo que necesitaba... era Bella Swan, la Bella rota y asustada que llegó de Forks y que Edward logró hacer que renaciese de sus cenizas, todo se lo debía a él y todo recaía siempre él, a mi lado... y para siempre.

— Sí... —esa pequeña y simple palabra escapó de mis labios sin poder detenerla y hasta el momento en que la escuché no supe que era lo que llevaba minutos queriendo pronunciar y no podía.

Edward, que en ese momento continuaba diciendo algo a lo que no prestaba atención calló de golpe y me miró con los ojos excesivamente abiertos.

— ¿Sí qué? —preguntó con cautela—. Sí crees que debemos esperar a que acabes tu carrera.

— ¿Qué? —pregunté confundida y frunciendo el ceño.

Una sonrisa surcó sus labios y mi corazón de nuevo comenzó con el baile del colibrí.

— ¿Me estabas escuchando? —su pregunta sonó divertida.

— Sinceramente no... —confesé sintiendo un leve rubor en mis mejillas.

Edward volvió a reír y unió su frente a la mía.

— Entonces... ¿sí a qué?

Me alejé un poco y miré sus ojos fijamente, cada destello dorado en sus pupilas me confirmó mis anteriores pensamientos: solo él y yo para siempre.

— Que sí quiero casarme contigo... —pronuncié cada palabra con lentitud y a media voz, como si estuviese confesando un secreto

Sentí los labios de Edward sobre lo míos, su respiración estaba acelerada y sus manos apresaron con fuerza las mías que todavía estaban en mi espalda.

— Creo que no te escuchado bien... —dejó salir las palabras entre jadeos y busqué su mirada a la vez que reía.

— Quiero casarme contigo —repetí sin dejar de mirarlo.

Una sonrisa deslumbrante relampagueó en sus labios.

— ¿No lo dices para hacerme sentir bien después de toda esa mierda que dije? —preguntó con una sombra de duda.

Negué con cabeza y tiré de mis manos para liberarlas, me lo permitió y rodeé su cuello con mis brazos, enredando su cabello entre mis dedos y empujándolo hacia mí hasta unir nuestros labios por un par de segundos.

— Toda esa mierda fue hermosa... te amo y quiero casarme contigo —volvió a sonreír y se abalanzó sobre mí para besarme con insistencia, introduciendo su lengua en mi boca y provocando que mi cabeza diese vueltas.

Pegó su pecho al mío y me abrazó con fuerza dejándome sentir como cada uno de sus músculos se ponían en tensión, pero yo no lo había dicho todo... me alejé de él insistiendo mucho, parecía que se había pegado a mi piel y no había modo de separarle. Finalmente lo conseguí y miré sus ojos que parecían brillar lo suficiente para abastecer de energía a todo Chicago por una semana.

— Tengo condiciones —murmuré haciendo que su mirada alegre cambiase a una suspicaz.

— El cambio de apellido no entra discusión, serás la señora Cullen lo quieras o no —me advirtió en tono serio.

Golpeé su hombro y sonreí negando con la cabeza.

— Eso suena tan anticuado y posesivo... —alcé la mirada teatralmente y lo escuché reír—. ¿Eres consciente de que estamos en el siglo veintiuno y que la mujer es libre de decidir?

— Las demás mujeres sí, tú serás mía y serás una Cullen —su ceño se frunció y yo sonreí, sabía que estaba bromeando, pero estaba segura de que en el fondo eso era algo que deseaba, podía asegurarlo sin equivocarme.

— De acuerdo... cedo ante eso pero tendrás que darme algo a cambio —su mirada se suavizó todavía más si es que eso era posible y volvió a besarme.

— Te doy el mundo entero si me lo pides...

— Nah... con Chicago tendré suficiente —rio de nuevo, demostrando que su humor había cambiado por completo y besó la parte inferior de mi barbilla haciéndome temblar.

— ¿Qué quieres de mí? —preguntó segundos después y poniendo toda su atención en mi rostro.

— Solo son dos cosas pequeñitas... algo simple —me removí incómoda y él me instó con una mirada a que continuase—. Quiero una boda sencilla... solo tú y yo, nada más...

— Necesitamos testigos —me interrumpió.

— Pues llevamos a esos dos testigos y ya está... nadie más.

— Mi madre te odiará por eso —rio—, Emmett se casó en Las Vegas y tú quieres hacerlo en solitario... se sentirá tan frustrada.

Mi ceño se frunció y sentí como me desinflaba un poco... no había pensado en nadie, solo quería algo sencillo y nada ostentoso, estaba segura de que si llegaba a oídos de cualquiera la bola de nieve se haría enorme y tendríamos una celebración por todo lo grande. Quería algo en lo que solo él y yo tuviésemos cabida, nuestra relación siempre había sido algo nuestro, íntimo y prácticamente en secreto, quería que la boda fuese igual, pero no había pensado en los sentimientos de las demás personas que nos querían.

— No... te lo prohíbo —sus palabras me arrancaron de mis pensamientos y me encontré con una clara advertencia en sus ojos—. Es nuestra boda... nuestra. Será como queramos y nadie tiene nada que decir.

— Pero... —intenté protestar.

— Tuya y mía... —me interrumpió— solo tú y yo, no hay discusión.

Asentí algo reticente.

— ¿Cuál es tu otra condición? —inquirió con una sonrisa.

Sonreí también y mordí mi labio inferior con indecisión.

— Quiero que me acompañes al baile de fin de curso del instituto —lo dije de un solo golpe y cerré los ojos esperando su reacción, que no llegó, abrí los ojos para comprobar que pasaba y él me miraba confundido y con el ceño fruncido.

— ¿Al baile del instituto? —sus palabras casi sonaron como un insulto y me hizo sonreír.

— Nunca he sido una adolescente normal, he tenido que pasar por muchas cosas y ese baile será como... —me detuve a pensar en las palabras adecuadas y él espero pacientemente mi explicación—, será como un modo de resarcirme por todo ello, un hola y adiós a esa vida que no he tenido y que tampoco quiero.

— Entiendo... —suspiró y pasó una mano por su cabello—, pero no estoy seguro de ser la persona adecuada para acompañarte, hace siglos que he dejado el instituto y será... raro.

— Si tú no vienes conmigo no iré... —hice un mohín y él sonrió.

— Estás siendo infantil —revolvió mi cabello para hacerme rabiar y gruñí.

Aunque pensamiento fugaz cruzó mi mente y sonreí de anticipación, volví a morder mi labio inferior y fingí despreocuparme de su negativa relajando mi expresión y encogiéndome de hombros.

— De acuerdo... si tú no vas conmigo tendré que buscar a otro chico... ¿está de acuerdo con eso, señor Cullen?

Una mirada helada se clavó en mí y no pude evitar sonreír suponiendo mi pequeña victoria. Sus manos volvieron a sujetar las mías a mi espalda y me atrajo hacia su pecho, haciendo que su rostro y el mío estuviesen separados por unos insignificantes milímetros.

— Tramposa... — gruñó y comencé a reír sin poder evitarlo.

— No soy tramposa... solo práctica y consciente de mis recursos.

Negó con la cabeza con diversión y en un rápido movimiento apresó mi labio inferior con sus dientes haciéndome jadear.

— No irás a ese baile con nadie que no sea yo... —posesivo Cullen... me gustaba eso—. Vamos a casa... —alejó su rostro del mío en un movimiento brusco y dio un pequeño azote en una de mis nalgas.

— ¿A casa? —me sentí decepcionada, esperaba otra sesión de sexo en el coche, aunque esta un poco más tierna y romántica dadas las circunstancias.

— Sí... a casa —sonrió y besó la punta de mi nariz—. Necesito desnudar y besar cada parte del cuerpo de la futura señora Cullen, el coche no tiene espacio para eso.

Mi cuerpo entero convulsionó ante la promesa de esas palabras y cuando pude darme cuenta Edward había desaparecido y estaba caminando alrededor del coche para subir tras el volante y mirarme con una sonrisa inocente.

— ¿Nos vamos? —preguntó parpadeando.

Asentí sin saber muy bien que más podría hacer y, todavía aturdida, me recoloqué en mi asiento para ponerme el cinturón de seguridad. No lo admitiría ante nadie, pero al escucharle pronunciar "señora Cullen" Mi clítoris estuvo a punto de hacer la ola y ponerse a aplaudir.

"Que cuando hagamos el amor echen a arder más mucho más que el sol, que ardamos, que bullan nuestros cuerpos que muramos. Mientras hagamos el amor... y hacerlo así, evaporándonos... abstractos, sin forma sin sentido solo amando". Diego Martín — Se busca.