23
UN VIAJE
Albert salió de la oficina exhausto y sintiendo que extrañaba a Candy aunque solo hubieran pasado unas cuantas horas desde la última vez que la vio. No quería asustarla con la intensidad de sus pensamientos, pero a veces pensaba que ni siquiera teniendo todos sus días y noches estaría satisfecho.
Su valet lo recibió cortésmente cuando entró a la mansión.
—Señor Andrey, bienvenido.
—Muchas gracias, ¿dónde está mi familia?
—La señora Elroy salió a visitar a unos amigos acompañada de los señoritos Leagan, y sus sobrinos están cenando en este momento.
—Excelente. Richard, por cierto, ayúdame a preparar mi equipaje; mañana mismo quiero salir a Nueva York.
Escuchó las risas de Anthony, Stear y Archie en el comedor. Sin que lo vieran, Albert se detuvo a observarlos durante un instante, satisfecho al ver que los rencores del pasado no tenían ningún efecto sobre ellos, que seguían siendo hermanos a pesar de sus diferencias.
—¿Puedo acompañarlos?
—¡Tío! —Exclamó Archie—. Justo estábamos hablando de ti.
—Espero que algo bueno.
—Oh, por supuesto. Siéntate con nosotros.
Albert ocupó su lugar al lado de Anthony. El muchacho se veía un poco pálido y más delgado que de costumbre, pero al menos estaba comiendo.
—¿Cómo estás, sobrino? —Le preguntó en voz baja para que Stear y Archie nos escucharan.
—Bien, un poco cansado.
—¿Y tu nueva enfermera?
—No es Candy, pero tampoco está mal —se encogió de hombros sin mirarlo—. ¿Y qué me dices tú? ¿Cómo está ella?
Albert se removió incómodo en su asiento mientras le servían una espesa crema de champiñones. Esta era la primera vez en varios días que Anthony mencionaba el nombre y aunque trataba de disimularlo, sus ojos no mentían.
—¿De qué hablan? —Intervino Stear.
—De Candy.
—Ella está bien —respondió Albert con naturalidad—, fue a visitar a las mujeres que la criaron en el Hogar de Pony.
—Y supongo que la debes extrañar.
—Anthony, no es necesario que hablemos de eso.
El muchacho esbozó una débil sonrisa.
—Tío, no me trates como si estuviera hecho de cristal. Sé muy bien lo que sientes por ella, y lo que ella siente por ti —exhaló pesadamente—. Tarde o temprano debo hacerme la idea.
Albert nunca terminaría de sorprenderse por la fortaleza de Anthony. Justo cuando creía que había llegado a su punto de quiebre, él le demostraba de lo que estaba hecho, por algo era el hijo de su madre.
—A decir verdad tengo que decirles algo muy importante.
—¿Tiene que ver con Candy?
—Sí, Archie.
—Ya me imagino de que se trata —respondió—, pero de todas maneras vamos a fingir sorpresa para que no te sientas mal.
Albert tomó una respiración profunda y miró a cada uno de sus sobrinos. Tenían expresiones curiosas y expectantes, a excepción de Anthony. Mostraba una clara resignación, la certeza de haber perdido.
—En cuanto regrese de mi viaje a Nueva York voy a casarme con ella.
—¡Felicidades, tío! —Stear se puso de pie y le dio un abrazo—. No podrías haber elegido una mejor esposa.
—Sí, felicidades. Aunque no quiero ni imaginar la cara que pondrá la tía abuela cuando lo sepa, o Neil y Elisa. ¡Se van a poner verdes de rabia!
Albert sonrió ante las palabras de Archie y aceptó sus buenos deseos, pero a él solo le importaba una persona. Anthony tenía la mirada fija en su vaso de agua y los puños apretados sobre el regazo.
—No espero que esta noticia te alegre, Anthony —le dijo.
—Tienes razón, no me alegra. Pero eso no significa que no te desee la felicidad, tío, al igual que a ella.
Consciente del esfuerzo que implicaba musitar esas palabras, Albert puso un brazo alrededor de su sobrino y lo abrazó, sabiendo que era lo más genuino que podría escuchar de alguna persona, porque además de él, no había alguien que amara a Candy de la misma forma.
—Gracias, Anthony…
El momento terminó abruptamente cuando uno de los empleados llamó su atención desde la puerta, carraspeando con educación.
—Disculpe que lo moleste, señor Andrey, pero tiene una visita.
—¿A esta hora? ¿De quién se trata?
—De la señorita Leonette Harrison.
Albert disimuló su fastidio y se puso de pie, dando instrucciones de que llevaran a Leonette al recibidor.
—¿Me disculpan un momento?
—Trata a Leonette con mucho cuidado, tío —dijo Archie—, ella es… bueno, tú sabes lo que siente por ti y además su padre es un gran aliado de los Andrey.
—Lo sé, no te preocupes por eso.
Leonette lo estaba esperando de pie junto a la ventana, mirando hacia el exterior con una expresión ausente. Estaba usando un vestido azul pálido y llevaba el cabello peinado en un complicado moño. Sentada en un rincón estaba su chaperona.
—¡Leonette! —Saludó Albert—. Qué sorpresa verte, ¿cómo estás?
—Albert, lamento llegar sin avisar…
—No te preocupes. ¿Quieres cenar con nosotros? Mis sobrinos estarán felices de verte.
—No, muchas gracias. Solo vine a hablar contigo de algo muy importante, ¿crees que sea posible algo de privacidad?
El nerviosismo era evidente en cada uno de sus gestos. Se balanceaba de un lado a otro, jugaba con su bolso y ni siquiera se atrevía a mirarlo a los ojos; preocupado, Albert asintió.
—Por supuesto, Leonette. Vamos a mi oficina.
—Larissa, espera afuera un momento —le dijo a chaperona—, no voy a tardar.
Una vez en la oficina, Albert le ofreció una taza de té pero Leonette se negó categóricamente. Permanecieron en silencio un momento hasta que él habló.
—¿Qué ocurre, Leonette? ¿Tus padres están bien?
—Sí, no te preocupes por ellos. Mi asunto es… diferente.
—Entonces te escucho.
—Elisa me comentó que viajarás en estos días —fue su sorpresiva respuesta.
—Así es, tengo que cerrar un negocio en Nueva York, pero espero regresar en un par de semanas.
—Oh —su rostro decayó—, ¿y cuáles serán tus planes cuando regreses?
—Supongo que será momento de tomar las riendas de mi futuro y buscar mi felicidad.
Leonette se puso tan pálida que parecía que iba a desmayarse.
—¿A qué te refieres con eso? No me digas que vas a casarte…
—Esa es mi intención, Leonette. Llegó el momento de formar una familia con la mujer que amo.
Los ojos de Leonette se llenaron de lágrimas en el momento exacto en que su corazón se rompió en mil pedazos. Miró a Albert como si hubiera clavado un puñal en su corazón y comenzó a temblar de pies a cabeza.
—¿Hablas de Candy? ¿Ella es la mujer con quien vas a compartir el resto de tu vida?
—Sí, Leonette —respondió Albert sin titubear—, se trata de Candy. Estoy enamorado de ella.
Aquello fue lo que terminó de romper a Leonette. Como una mujer poseída, se aferró a las solapas de la camisa de Albert sollozando desesperadamente.
—¡Esto no puede ser verdad! —Exclamó con la voz rota y el rostro encendido—. ¿Cómo pudo haber pasado?! ¿Cómo es posible que pusieras tus ojos en una huérfana, en una mujer tan insignificante como ella?
—Cuida tus palabras, Leonette, no voy a tolerar ningún insulto hacia ella.
—Albert, ¿acaso no te das cuenta de que esa mujerzuela te sedujo? ¡No merece el apellido Andrey!
—Leonette…
—¡Ella no te merece como yo! —Gritó tan alto que las ventanas se sacudieron—. ¿No te das cuenta? Te amo, Albert, te he amado desde hace mucho tiempo y se suponía que nuestro matrimonio era un hecho, ¿por qué me estás haciendo esto? ¿Por qué quieres traicionarme?
Albert sintió una punzada de lástima y no respondió, permitiendo que Leonette expresara todo el llanto y la furia que habitaba en su corazón. Fue terrible verla tan descompuesta y saber que era por él, aunque no había nada que pudiera hacer para consolarla.
—Lamento si alguna vez te di la impresión equivocada —empezó—, jamás fue mi intención lastimarte, Leonette.
—¡Pues lo estás haciendo! Me estás partiendo el corazón en mil pedazos, ¿y todo por qué? Por una cualquiera que probablemente solo está detrás de tu dinero.
—Suficiente. Te prohíbo que sigas hablando de ella en esos términos.
Leonette se limpió el rostro de forma agresiva y lo miró.
—No es normal que te comportes así, Albert. Algo debió darte esa mujer para que la defiendas de esa manera, ¡te tiene completamente embrujado! Con razón la señora Elroy está tan preocupada…
—¿Qué tiene que ver mi tía en esto?
—Ella jamás va a permitir que te cases con una huérfana como Candy —sonrió con amargura—. Y dudo que los miembros del Consejo de los Andrey lo vean con buenos ojos, sin mencionar a todos sus socios, especialmente mi papá.
Albert entornó la mirada sin reconocer a la mujer que tenía enfrente.
—¿Acaso me estás amenazando, Leonette?
—No, Albert. Te amo demasiado, ¿no te das cuenta? Yo solo quiero protegerte y que no sufras, ¿de verdad vale la pena enfrentarte al desprecio de tu familia por ella?
Más allá del enojo que le causaba escuchar a Leonette, Albert sintió tristeza por ella y suspiró, modulando su voz.
—Por supuesto que vale la pena —respondió lentamente—, porque la amo y estar con ella es lo único que me hace feliz.
—¿Por qué Candy y no yo? ¿Qué hice mal? ¿Por qué no puedes amarme?
—El problema no eres tú, Leonette. Algún día encontrarás a alguien que se sentirá orgulloso de caminar contigo en su brazo, pero ese no puedo ser yo. Solo me he enamorado una vez en mi vida y esa persona siempre será Candy. Solo ella.
Leonette se mordió el labio y un hilillo de sangre goteó por su barbilla. Parecía querer decir otra cosa pero al final lo empujó con fuerza y salió de la oficina azotando la puerta a su paso. Sintiendo que había envejecido diez años en los últimos minutos, Albert se dejó caer sobre su silla y suspiró.
Candy sintió que alguien la sacudía suavemente. Se trataba del chófer de Albert.
—¿Eh? —Preguntó confundida—. ¿Qué ocurrió?
—Se quedó dormida, señorita. Llegamos al orfanato.
El interior del coche olía al perfume de Albert y tal vez eso fue lo que arrulló a Candy durante el trayecto. Se frotó los ojos y vio a través de la ventana que ya había anochecido.
—Oh. Muchas gracias por traerme.
—Ni lo mencione —respondió el chófer de buena gana—. Por cierto, antes de salir el señor Andrey me pidió que le entregara esto.
Se trataba de un sobre blanco y cuando Candy lo abrió, descubrió que en su interior había dinero suficiente como para cubrir los gastos del Hogar de Pony durante varios meses. Sorprendida, trató de devolverlo.
—No puedo aceptar eso. Por favor, dígale que le agradezco mucho.
—Él me advirtió que usted trataría de rechazarlo, pero debe tomarlo como un donativo o un préstamo si eso le tranquiliza.
—Pero es demasiado…
—Acéptelo, señorita. Si no lo hace por usted, al menos por el bienestar de este lugar.
Candy se mordió el labio inferior. Una parte de ella se sentía conflictuada ante la idea de recibir tal cantidad por parte de Albert, pero al mismo tiempo sería de tanta ayuda, así que al final asintió.
—Algún día voy a pagárselo.
—Estoy segura de que así será, señorita.
El amable chófer le ayudó a bajar su equipaje y se despidió de ella. Candy se acercó lentamente a la puerta y tocó tres veces sintiéndose inexplicablemente nerviosa. Al cabo de un minuto, la figura regordeta y familiar de una mujer la recibió.
—¿Candy? —La señorita Pony se llevó una mano al corazón—. Dios mío, hija, ¿eres tú?
—Sí, soy yo. ¡Cuánto la extrañé, señorita Pony!
En ese momento volvió a ser una niña pequeña y se lanzó a los brazos de la señorita Pony, quien le devolvió el mismo gesto con lágrimas en los ojos.
—Candy, mi querida niña, ¡qué alegría me da verte!
—A mí también. Vine en cuanto pude, ¿cómo está la hermana María?
—Ella está bien, pero cuando te vea estoy segura de que va a recuperar su buen ánimo. Pero no te quedes ahí parada, entra.
El interior del Hogar de Pony era tal y como lo recordaba: pequeño y rústico, pero muy limpio. Los niños ya estaban dormidos y la señorita Pony estaba aprovechando para terminar algunas tareas; mientras la mujer la ponía al tanto de todo lo que había pasado, Candy se dio cuenta de lo cansada que parecía y sintió que el corazón se le estrujaba en el pecho, pero también se prometió que no la iba a dejar sola.
La habitación de la hermana María estaba cerrada y la señorita Pony la llamó.
—Adelante.
—Le tengo una sorpresa, hermana María.
—¿Una sorpre…? ¡Candy! —Exclamó, sus ojos como platos.
—Hermana María, aquí estoy.
Candy corrió a su lado y la abrazó con fuerza, aunque cuidando de no lastimar su pierna inmóvil y entablillada. Repartió besos sobre su frente y sus mejillas, comenzando a llorar sin saber la razón.
—Candy, ¿qué haces aquí?
—Supe que necesitaba una enfermera, ¿no le da gusto verme?
—¡Claro que sí! Pero tu trabajo…
—Es una larga historia —exhaló dramáticamente—, lo único que debe saber es que no me voy a mover de aquí hasta que usted mejore.
La hermana María sonrió conmovida y abrazó a Candy de una forma casi maternal. La simpleza de ese momento llenó su corazón de tranquilidad y fue como si el tiempo no hubiera pasado nunca, como si jamás hubiera salido del Hogar de Pony para convertirse en enfermera.
Como ya era tarde Candy dejó que la hermana María descansara y decidió pasar la noche en una de las habitaciones con los niños del orfanato, a pesar de las protestas de la señorita Pony. Mañana iba a ser un día muy largo y estaba dispuesta a aprovecharlo al máximo.
Sin embargo, cuando cerró los ojos para dormir, una zozobra embargó a Candy y se incorporó en su cama sintiendo el corazón acelerado. El único pensamiento en su cabeza fue Albert.
—Tío, ¿estás seguro de que no quieres esperar hasta mañana?
—No, Archie —respondió Albert bajando sus maletas del auto—, prefiero salir esta misma noche. Gracias por traerme a la estación.
—Ni lo menciones, pero me preocupa el clima. Las vías del tren van a estar húmedas y eso podría ser peligroso.
Albert se ajustó el abrigo y miró hacia el cielo nocturno, encapotado por la tormenta que se avecinaba.
—He viajado en peores condiciones.
—No entiendo las prisas, ¿por qué decidiste salir de la casa tan repentinamente? ¿Tiene algo que ver con Leonette Harrison?
—En lo absoluto, solo quiero estar en Nueva York lo antes posible —mintió. No era tan mezquino como para avergonzar a Leonette revelándole a sus sobrinos la razón de su visita ni la forma en que le confesó sus sentimientos.
Archie enarcó una ceja sin estar muy convencido.
—Ya entiendo, ¿estás impaciente por reunirte con tu amor?
—Sabes que sí. No puedo esperar a ver a Candy de nuevo.
—Lo imaginaba. Que tengas buen viaje, tío.
—Gracias —compartieron un abrazo—, cuida de Anthony y tu hermano, no permitas que se metan en problemas.
—No prometo nada.
Albert abordó después de saludar al conductor y a los empleados con un apretón de manos. Supuestamente era un tren moderno y conocido por su rapidez, justamente lo que necesitaba para salir de Chicago.
Se instaló en su lujoso compartimento, adornado con lámparas de gas oscilando rítmicamente, y pidió que le llevaran un whiskey. Normalmente no era una indulgencia que disfrutara, pero su mente necesitaba un descanso o de lo contrario no sería capaz de conciliar el sueño.
Sintió algo de culpa por no haberse despedido de la tía Elroy antes de partir, sin embargo no estaba seguro de poder hablar con ella sin sentir un rechazo conocido. No dudaba que la tía alimentó las ilusiones de Leonette acerca de algo que jamás iba a ocurrir y que ni siquiera cruzó por su mente.
Una vez que Candy entró a su vida, no existió espacio para nadie más.
Sonrió al pensar en ella; eso era algo que ocurría con más frecuencia de lo que estaba dispuesto a admitir. ¿Cómo era posible que esa mujer tan hermosa y frágil lo tuviera completamente envuelto en su hechizo?
Su mente empezó a divagar hacia el trato que debía cerrar en Nueva York. Si todo salía bien, ese acuerdo beneficiaría a los Andrey enormemente y solo sería el inicio de una dinastía y él estaba dispuesto a demostrarle a la tía abuela y a todos sus socios que Albert era más fuerte teniendo a la mujer que amaba a su lado…
De repente, un fuerte estruendo rompió su tranquilidad. El tren comenzó a sacudirse violentamente y Albert perdió el equilibrio, aferrándose a una mesa cercana sin mucho éxito. El tren desaceleró bruscamente y escuchó el grito colectivo de los pasajeros mientras los muebles se deslizaban y chocaban entre sí.
Albert trató de mantener la calma y levantarse, pero un segundo impacto más fuerte hizo que el vagón se inclinara peligrosamente hacia un lado. Una ventana se hizo añicos dejando entrar la lluvia y el viento frío, y Albert fue lanzado contra la pared del vagón, golpeándose la cabeza fuertemente.
El sonido del metal y el crujido de la madera se mezclaron con las exclamaciones de pánico y dolor. El tren se detuvo con un sacudón violento y después de eso, el único sonido discernible fue el vapor escapando de la locomotora.
Albert yacía en el suelo, apenas consciente y sangrando profusamente de una herida en la cabeza. El caos a su alrededor era palpable: los pocos pasajeros que salieron ilesos trataban de ayudar a los heridos y a otros enterrados bajo los vagones que se habían volcado, como el suyo.
—Candy —murmuró con las pocas fuerzas que le quedaban—. Candy… mi amor.
Cuando cerró los ojos, se sumergió en la nada.
