24
OLVIDO
El hombre abrió los ojos con dificultad. Las luces del techo lo cegaron momentáneamente, y un dolor punzante atravesó su cabeza. Poco a poco recobró la visión, pero no logró distinguir algo más allá de la marea de confusión.
Voces femeninas a su alrededor lo alertaron de que no estaba solo. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para entender lo que decían.
—... golpe terrible. La familia ya fue notificada.
—¿Se pondrá bien?
—Es imposible saberlo ahora, debemos esperar a que recobre el conocimiento.
—Qué pena —se lamentó otra mujer—, es tan joven y apuesto. Y también rico, por lo que he escuchado.
—Sí, pero… ¡mira, ya abrió los ojos! ¡Avísale al doctor Thomspon!
Una enfermera salió corriendo y otra se acercó a él con una sonrisa aliviada en los labios.
—Oh, señor Andrey —dijo en un susurro, como no queriendo asustarlo—, qué gusto saber que está bien. ¿Cómo se siente?
Él frunció el ceño sin comprender lo que estaba ocurriendo y luchó por encontrar las palabras.
—¿Dónde estoy?
—En Cleveland. Sufrió un accidente de tren y estuvo inconsciente un par de días, pero ahora está a salvo en el hospital, ¿qué es lo último que recuerda?
—Nada… no recuerdo nada.
La expresión de la enfermera cambió por una de preocupación.
—¿Puede decirme su nombre completo?
Una creciente ola de pánico se apoderó de él cuando cerró los ojos y trató de concentrarse en algo, cualquier cosa que le diera una pista de su pasado, pero nada llegó. Fue como si su mente estuviera sumergida en un abismo del que no podía escapar.
—No lo sé —murmuró, y su voz se quebró por la desesperación—. ¡No lo sé, no puedo recordarlo!
Al notar su agitación la enfermera puso una mano tranquilizadora sobre su frente, pero su corazón acelerado prácticamente salió de su pecho conforme los minutos pasaban sin que la niebla en su cabeza se disipara.
—Debe tranquilizarse, señor Andrey. A veces, después de un trauma como el que usted experimentó, es normal que la memoria no regrese de inmediato. Lo tendremos en observación, pero por favor trate de descansar.
Tenía ganas de gritar y salir corriendo, pero el punzante dolor en su cabeza le impidió responder y asintió débilmente. Poco después el médico entró a la expresión, se veía serio pero comprensivo.
—Señor Andrey —fue su saludo—, estoy al tanto de su situación. ¿Cómo se siente?
—Supongo que puede imaginarlo. Me llaman "señor Andrey" pero eso no significa nada para mí.
—Su nombre es William Andrey y pertenece a una importante familia de Chicago —le explicó mientras revisaba sus signos vitales—. Lamentablemente no conozco los detalles en torno a su accidente, así que no podré responder sus preguntas.
—¿Qué es lo que me ocurre? ¿Por qué no puedo recordar nada?
—Sufrió una contusión severa en la cabeza que tuvo como resultado una amnesia temporal. Necesita descansar y no moverse o de lo contrario retrasará su proceso.
William trató de asimilar las palabras del doctor, pero ni siquiera podía concentrarse. Estaba atrapado en su propia mente en blanco sin ninguna pista de lo que debía hacer.
—Usted mencionó a mi familia —dijo con la voz ronca—, ¿dónde están?
—Imagino que ya están en camino. Por lo pronto, trate no exaltarse demasiado.
El doctor y la enfermera lo dejaron solo con sus pensamientos. Confundido, William se llevó las manos a su cabeza vendada y ese simple movimiento le trajo un dolor indescriptible que lo aturdió. Sentía el cuerpo lastimado, pero eso no era lo más difícil, sino la sensación de estar a la deriva.
El silencio en la habitación solo acentuó su soledad. Estaba perdido en un hospital que no conocía en una ciudad que ni siquiera le resultaba familiar.
—William Andrey —dijo el nombre en voz alta pero ni siquiera le pareció correcto. En ese momento, él no era nadie.
No era nada.
Elroy Andrey bajó a desayunar muy temprano luego de una noche terrible en la que no pudo conciliar el sueño. Desde que William comenzó a insistir con la locura de unirse a esa mujer no había tenido un solo momento de paz.
Sentía tanta impotencia. William era un hombre adulto y el patriarca de la familia, no existía nadie por encima de él que pudiera frenar sus decisiones incluso si se trataba de una locura semejante. ¿Cómo haría para detenerlo? Ni siquiera sus consejos estaban dando frutos…
—¡Señora Andrey! —Un empleado irrumpió su calma.
—¿Cómo te atreves a entrar de esa manera al comedor? ¿Acaso no tienes respeto?
—Señora, lo siento pero…
—Habla de una vez —dijo molesta—, ¿qué es lo que te ocurre?
El hombre estaba tan agitado que apenas podía mantenerse de pie. Parecía que había visto a un fantasma.
—El señor William Andrey…
—¿Qué ocurre con mi sobrino?
—Recibimos un telegrama urgente, el tren en el que viajaba sufrió un accidente y se descarriló…
La sangre se congeló en sus venas. Se puso de pie tan rápido que tiró al piso una taza de té que se volvió añicos.
—¿¡Está vivo?! Habla de una vez, ¿¡cómo está William?!
—Lo llevaron a un hospital en Cleveland que es el lugar más cercano al accidente, pero no sabemos cuál es su condición…
—Ordena que preparen el auto, voy a salir inmediatamente —dijo, tratando de hacer lo humanamente posible para no romperse. frente a este criado.
—Por supuesto. También le avisaré a los señores Leagan, Cornwall y Brown.
—No harás tal cosa. Nadie puede enterarse de este accidente, ni siquiera mis sobrinos, solo notifícale a George Villiers que se traslade a Cleveland en este instante.
Necesitaban mantener el accidente de William fuera de la prensa. Sin importar su estado, los Andrey debían mostrar un frente unido y poderoso, o de lo contrario los socios comerciales lo verían como una debilidad.
—Pero…
—No voy a repetirlo. Si te atreves a abrir la boca, me veré obligada a tomar medidas extremas en tu contra, ¿entiendes?
El hombre tragó en seco y asintió. Elroy no tenía tiempo para lidiar con sensibilidades, así que ordenó a unas sirvientas que organizaran su equipaje lo antes posible. Trató de mostrarse fuerte e inquebrantable, pero dentro de ella había un miedo que ya había experimentado antes. Primero fue Rosemary, su dulce y querida sobrina que la vida le arrebató demasiado pronto, luego Anthony y su accidente, pero William…
No, eso jamás. No resistiría perderlo también, y no solo por tratarse del futuro de la familia, sino porque en el corazón de Elroy, William era como un hijo al que amaba sobre todas las cosas.
Sumergida en esos pensamientos, no se dio cuenta de que Elisa se acercó a ella.
—Tía, ¿qué ocurre? Me despertó la conmoción de los criados.
—Oh, Elisa, no es nada grave —mintió—. Regresa a tu recámara.
—No la veo nada bien, ¿quiere que llame a un doctor?
Elroy abrió la boca para responder que no era necesario e inventar alguna excusa, pero lo pensó mejor. Se trataba de Elisa, su confidente, ¿qué razón tendría para no decirle la verdad? Tomó las manos de Elisa entre las suyas y la llevó hasta un rincón del recibidor.
—Te diré lo que pasó —dijo en un susurro—, pero debes ser muy discreta. Las paredes tienen oídos y esto no lo puede saber nadie, ni siquiera tu hermano.
—Por supuesto, lo que usted me diga quedará entre las dos.
Con una exhalación cansada, Elroy Andrey comenzó a hablarle de lo ocurrido y mientras lo hacía, empezó a llorar desconsoladamente. Elisa escuchó horrorizada y limpió sus lágrimas con un pañuelo de seda.
—Ahora mismo debo partir a Cleveland. Tan solo espero que el estado de William no sea tan grave…
—No tema por eso. El tío William es un hombre fuerte, se va a poner bien —dijo su sobrina con una sonrisa tranquilizadora—, pero de ninguna manera permitiré que usted viaje sola.
—No es necesario que me acompañes, Elisa.
—Al contrario. Usted necesita un soporte y además tengo amigos influyentes en Cleveland que incluso manejan los hospitales.
Elroy se sintió conmovida ante la bondad de Elisa. Cada vez que la miraba, se enorgullecía de la mujer amable y recta en la que se había convertido.
—Muy bien. Prepara tu equipaje, no sé cuánto tiempo vamos a demorarnos.
—¿Debería avisarle a Leonette Harrison del accidente que sufrió mi tío?
—¡No! ¿Por qué lo harías?
—Es muy sencillo. Sería muy bueno que durante la recuperación de mi tío esté presente alguien como Leonette y no aquella terrible enfermera que solo buscaría aprovecharse de su vulnerabilidad para amarrarlo a su lado, ¿no cree?
Las palabras de Elisa tenían mucho sentido, pero ese no era el momento de pensar en algo tan terrible.
—Primero debemos asegurarnos de que William esté bien y después yo misma me encargaré de tomar las medidas necesarias para que esa enfermera no vuelva a acercarse a él. Eso te lo juro.
Sin que la anciana se diera cuenta, Elisa Leagan sonrió.
—Hija, ¿qué haces despierta tan temprano?
A pesar de ser una mujer mayor y un poquito regordeta, la señorita Pony tenía la increíble habilidad de escabullirse sin que nadie se diera cuenta. Candy la miró desde su hombro y sonrió, sin dejar de revolver una mezcla en el tazón.
—¡Buenos días! Quise preparar el desayuno antes de que los niños se levanten.
—Sí, pero debiste descansar más.
—La verdad es que no pude dormir bien en toda la noche —confesó en un hilo de voz. Sus sueños más bien fueron pesadillas en las que trataba de alcanzar a Albert, pero cada vez que sus manos estaban cerca de tocarlo, él desaparecía.
La señorita Pony se colocó un delantal.
—Déjame ayudarte, Candy, no es justo que te pongas a trabajar si estás de visita.
—No solo estoy de visita, señorita Pony, también estoy aquí para ayudar.
—Nunca dejarás de ser una testaruda —sacudió la cabeza cariñosamente—. Pero aprovechando que estamos solas, ¿por qué no me cuentas qué pasó con tu paciente? ¿Cómo es que se llama?
—Anthony.
Decir su nombre en voz alta removió sentimientos en Candy que prefería no experimentar; remordimiento, pero sobre todo anhelo. Extrañaba a su amigo y las largas conversaciones que mantenían en el jardín, su sonrisa y su voz.
Tenía muchas ganas de escribirle una carta pero no estaba segura de que sería bien recibida. Anthony no la odiaba, era demasiado noble como para albergar rencores, pero tal vez existían heridas que solo podían ser curadas con el tiempo y mientras tanto, Candy iba a respetar las distancias.
—Sí, Anthony —repitió la señorita Pony—, por lo que me contaste parece un buen muchacho.
—Lo es. Y lo quiero más de lo que usted puede imaginar…
—¿Pero?
—No podía seguir siendo su enfermera. De ser así, le habría causado más daño y eso no podía permitirlo.
La señorita Pony se detuvo para mirar a Candy.
—Él estaba enamorado de ti, ¿verdad?
—Sí.
—Y tú amas a alguien más —dijo. No fue una pregunta, sino una aseveración que le recordó a Candy que ella, al igual que la hermana María, la conocían mejor que a nadie en el mundo.
—¿Acaso es tan obvio?
—Para mí sí. Tienes un brillo especial en los ojos, incluso ahora tu rostro se iluminó por completo, no trates de disimularlo.
Candy se llevó las manos a sus mejillas.
—Ya me hizo sonrojar, señorita Pony —se rió—. Pero tiene razón, estoy enamorada de un hombre maravilloso.
Mientras terminaban de preparar el desayuno, Candy le habló todo acerca de Albert, desde que lo conoció hasta que se dio cuenta de que no podía vivir ni un segundo sin él. La señorita Pony la escuchó pacientemente sin interrumpir, pero al terminar tomó las manos de Candy entre las suyas.
—Me preocupas, hija.
—¿Por qué lo dice?
—Esos grandes señores, los herederos de familias poderosas… bueno, no siempre toman en serio a las muchachas.
Candy se puso pálida por la sorpresa.
—No, señorita Pony, usted no lo conoce —dijo apresurada—. Él es bueno, jamás haría algo así.
—Tal vez es cierto, pero debes tener mucho cuidado. El amor es una cosa, pero por desgracia el dinero y la posición social vuelve a los hombres más volubles, y yo no quiero que termines lastimada.
Candy no respondió, sintiendo un nudo en la garganta que dificultaba su respiración. La señorita Pony notó el cambio en su estado de ánimo y trató de cambiar el tema, pero su mente no dejó de darle vueltas a esas palabras.
No quería ni pensarlo, Albert tenía buenos sentimientos y la amaba, de verdad la amaba y estaba dispuesto a convertirla en su esposa. No había ningún motivo para creer que solo estaba jugando con ella.
¿Verdad?
El trayecto a Cleveland fue largo y cansado y Elroy sentía que iba a enloquecer de desesperación conforme las horas avanzaban. Su único consuelo era Elisa, que sostenía su mano para darle ánimos.
Un coche las esperaba afuera de la estación para llevarlas al hospital. Aquello pasó como un borrón frente a sus ojos, una pesadilla terrible de la que no podía despertar.
Alertados de su llegada, el director del hospital y un ejército de enfermeras salieron a recibirlas.
—Señora Elroy, señorita Leagan —dijo inclinando la cabeza respetuosamente—, es un honor su visita.
—¿Cómo está mi sobrino?
—Su situación es… difícil de explicar. Será mejor que entren a mi oficina para que hablemos en privado.
Elroy sintió un nudo en el estómago. Las paredes blancas del hospital y el terrible aroma a desinfectante en el aire solo aumentó la tensión, así que cuando el médico le ofreció una taza de té para los nervios, la rechazó sin mucha educación.
—¿Y bien? —Preguntó ansiosa—. Doctor, mi visita no es de cortesía. Quiero saber cuál es el estado de William.
—Quédese tranquila. En este momento podríamos decir que se encuentra estable y su salud es relativamente buena, al menos hablando del aspecto físico. Es una fortuna que lo hayan rescatado a tiempo del accidente, o de lo contrario estaríamos ante una tragedia.
—Usted mencionó el aspecto físico —notó Elisa astutamente—, ¿a qué se refiere con eso?
—Lamento informarles que ha perdido la memoria. El señor Andrey no recuerda nada acerca de su pasado.
Elisa jadeó, llevándose una mano a la boca en un gesto sorprendido, pero Elroy permaneció estoica, aunque por dentro la sorpresa fue tan grande que tuvo que sostenerse de la silla para no caer.
—¿Amnesia?
—Es correcto, señora. Se trata de una amnesia temporal y desgraciadamente es imposible saber cuánto tiempo va a prevalecer. Recuperar sus recuerdos podría ser cuestión de días, meses, o en el peor de los casos, incluso años.
Aquello fue más de lo que pudo soportar. Elroy tomó una respiración profunda y trató de asimilar las consecuencias que esto iba a acarrear para la familia Andrey, pero sobre todo para William. ¿Cómo iba a resistir algo semejante?
—¿Y además de la amnesia mi tío sufrió otra secuela? —Intervino Elisa.
—Solo una fractura en una de sus costillas y un hombro dislocado, pero no es nada grave. El señor Andrey se recuperará en su totalidad.
—Entiendo —respondió Elroy poniéndose de pie—. Quiero ver a mi sobrino inmediatamente.
Una enfermera las acompañó hasta la habitación de William, ubicada en el ala más lujosa del hospital. Al entrar, lo primero que vio fue a un hombre de cabello rubio yaciendo en la cama, con los ojos cerrados y un vendaje alrededor de su cabeza. Se veía pálido y más delgado de lo que recordaba, pero no cabía la menor duda de que se trataba de él.
Sintiendo su presencia, William abrió los ojos y las miró sin una pizca de reconocimiento en la cara.
—¿Quiénes son ustedes?
—Oh, mi querido William… —se acercó a él lentamente—. Yo soy tu tía y ella es Elisa. Viajamos en cuanto nos enteramos de lo que ocurrió.
—Lo siento, pero no recuerdo nada, no tengo idea de quienes son ustedes…
—Tranquilo, hijo mío, son cuestiones médicas que están fuera de tu control.
—¿Pero cómo es posible? —Se lamentó cada vez más frustrado—. Lo he intentado hasta el cansancio, pero no logro encontrar en mi mente un atisbo de la persona que yo era antes del accidente. Ni siquiera puedo estar convencido de que mi nombre es William o que usted sea mi tía.
Elroy ocultó el profundo dolor que esas palabras le causaron y miró a Elisa, buscando su ayuda.
—No te esfuerces —dijo de buena gana—. Lo único que necesitas es tiempo y paciencia, nosotros vamos a ayudarte a llenar los huecos en tu memoria. Para eso está tu familia y tus sobrinos…
Aquello le arrancó una sonrisa a William.
—¿Tengo más sobrinos?
—Por supuesto. En ti recae nuestro noble apellido —dijo Elisa con una expresión indescifrable—, por eso antes de tu accidente estabas considerando la idea de comenzar tu propia familia.
—¿Una familia? —Repitió lentamente, como tratando de encontrarle un significado a esas palabras—. ¿Con quién?
Elisa intercambió una mirada con Elroy y entiendo lo que pretendía hacer, la mujer asintió con la cabeza y continuó:
—Con Leonette Harrison, una mujer encantadora y muy querida por la familia. Antes de tu accidente hablabas sobre tu deseo de casarte con ella e iniciar una nueva vida; al parecer estabas muy enamorado de ella, nunca te había visto tan entusiasmado.
William frunció el ceño de una forma que delataba su desconfianza. Elroy contuvo la respiración mientras esperaba su respuesta.
—No recuerdo a Leonette —admitió con un suspiro—. ¿Ella está enterada de lo que me pasó?
—Aún no, pero enviaré un telegrama a su casa. Estoy segura de que apenas lo sepa, viajará para estar contigo.
La tía Elroy tomó su mano y le dio un apretón mientras decía esas palabras. William escuchaba con aires pensativos y sonrió, como si la mera idea de que alguien estuviera esperando por él lo llenara de esperanza.
—Quizás conocerla me ayude a recordar.
—Por supuesto, tío —dijo Elisa con una sonrisa—, cuando veas a Leonette y te des cuenta de lo hermosa y maravillosa que es, no volverás a pensar en nadie más.
Durante unos minutos William no respondió, su rostro conflictuado y un torbellino de pensamientos en su cabeza. Finalmente hizo un gesto con la mano.
—Necesito estar solo un momento.
—Lo entiendo, querido. Estaremos afuera si necesitas algo.
Las mujeres se retiraron de la habitación dejándolo solo con sus pensamientos. En el pasillo, se miraron con una mezcla de satisfacción e incertidumbre.
—Dios hizo un milagro, tía. Nos acaba de dar la oportunidad de alejar a esa maldita enfermera de su vida para siempre.
—Sí —Elroy se llevó una mano a la sien—, tan solo espero que cuando William recobre la memoria se dé cuenta de que hicimos esto por su bien.
—No se preocupe por eso. Cuando vuelvan sus recuerdos, será demasiado tarde. Leonette se encargará de convencerlo de que su futuro está ligado al de ella.
—Así debe ser. El legado de los Andrey no puede ser mancillado por una huérfana.
