27
UN CORAZÓN HERIDO
Las oficinas de los Andrey se erguían con orgullo frente a los ojos de Candy, pero lo único que ella pudo sentir en ese momento fue nostalgia. Apenas habían transcurrido unos meses desde la última vez que estuvo ahí, con Albert, y cada vez que cerraba los ojos aún podía sentir sus labios sobre los suyos mientras decían adiós…
A veces, Candy pensaba que había envejecido diez años esperándolo.
En silencio se debatió si debía entrar o no. Aún no estaba convencida de que viajar a Chicago fue una buena idea, pero la señorita Pony y la hermana María insistieron tanto, diciéndole que era lo que necesitaba para sanar su corazón, o romperlo definitivamente.
Ni siquiera sabía cuál era el plan. Si Albert estaba trabajando en su oficina, trataría de hablar con él por todos los medios para escuchar su respuesta por más dolorosa que fuera, pero si aún seguía en Nueva York, o si se negaba a recibirla…
—¿Candy White? —Escuchó una voz masculina a sus espaldas, sacándola de sus pensamientos—. ¿Eres tú?
La pecosa se dio la vuelta, reencontrándose con los rostros familiares de Stear y Archie Cornwall.
—¡Hola, muchachos! —Exclamó alborozada.
—¡Sí que eres tú! ¿Cómo estás, gatita?
Uno a uno, los hermanos la estrecharon en un fuerte abrazo. Hasta ese momento Candy no se había dado cuenta de lo mucho que los había extrañado, con sus ocurrencias y amabilidad, siempre dispuestos a darle la mano cuando más lo necesitaba.
—Qué gusto, no esperaba encontrarlos por aquí.
—Aunque no lo creas estamos trabajando —respondió Stear fastidiado—. De mi parte yo estaría en la casa probando alguno de mis inventos, pero el tío William aún no regresa de su viaje y…
—¿El señor Andrey sigue en Nueva York?
Candy de inmediato se arrepintió de hacer esa pregunta. No quería revelar la profundidad de sus sentimientos por él, pero no pudo evitarlo; se había hecho tantas ilusiones de verlo otra vez, de escuchar su voz y sentirlo cerca, aunque fuera la última vez.
Apenada, levantó la cabeza para mirar a Stear y Archie, pero solo vio comprensión en sus ojos.
—Está haciendo algo de frío —dijo Archie, frotándose las manos—. Vamos por un chocolate caliente y platicamos con calma, yo invito.
—Muchas gracias, pero no quiero distraerlos de sus ocupaciones.
—Al contrario, Candy: nos salvaste de un día tedioso de leer contratos.
Entraron a un bonito café cerca de las oficinas y Stear insistió en que Candy probara la especialidad de la casa, una deliciosa tarta de fresas con crema. Durante un rato, ella les contó sobre el Hogar de Pony, los niños del orfanato, sus maestras y la vida en el campo, y en cambio los chicos le contaron todo lo que había ocurrido desde que se fue de la casa de los Andrey.
—¿Y cómo está… Anthony? —Preguntó Candy con dificultad.
Decir su nombre era extraño y de alguna manera se sentía injusto, como si no tuviera derecho a pronunciarlo; todos los días pensaba en él, imaginando que aún era su enfermera y él su mejor amigo, pero la realidad era muy diferente. Las cosas habían cambiado.
Como si estuviera leyendo sus pensamientos, Archie sonrió.
—Anthony está muy bien, cada día más animado. Los planes de viajar a Florida se retrasaron porque su padre enfermó de un resfriado, pero ya se encuentra fuera de peligro.
—Qué bien, tengo tantas ganas de verlo.
—¿Por qué no aprovechas que estás en la ciudad para visitarlo?
—No sé si quiera verme, Stear. Tal vez necesita distanciarse de mí, de todo el mal que le hice, y sanar. Él tiene un buen corazón y algún día, cuando me perdone verdaderamente, nos volveremos a ver.
—Ay, Candy —se rio, quitándose las gafas—, él no tiene nada que perdonarte. Siempre está hablando de ti, hasta su pobre enfermera ya se cansó de escuchar tu nombre todos los días.
—¿De verdad?
—Sí, te echa de menos.
—Yo también, más de lo que pueden imaginar.
Archie le ofreció un pañuelo para que secara sus lágrimas traicioneras.
—No llores más, gatita.
—Lo siento, no sé qué me pasa…
—Tal vez Chicago te pone sentimental —dijo Archie, dándole un sorbo a su taza de café—. Quizás te trae recuerdos de alguien.
—Sí, de todos ustedes.
—Y de nuestro tío William —susurró Stear.
Aquello sorprendió tanto a Candy que momentáneamente se quedó sin palabras, paralizada y un poco nerviosa.
—Yo no…
—Tranquila, Candy. No es necesario que nos mientas, nosotros ya sabemos todo.
—¿A qué te refieres con eso, Stear?
El inventor se quitó las gafas, revelando unos ojos sinceros y llenos de comprensión, como si quisiera expresarle con una simple mirada sus pensamientos.
—Sabemos que el tío William te ama con locura. Y supongo que él también es correspondido.
El corazón de Candy empezó a latir aceleradamente. De forma inconsciente, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Cómo se dieron cuenta?
—Ustedes no son tan discretos como imaginan —sonrió Archie con picardía—. Además, antes de viajar a Nueva York dijo que se casaría contigo.
—Sí, pero eso cambió…
—Ay, Candy. Si tan solo hubieras escuchado la forma en que hablaba de ti, jamás dudarías de sus sentimientos.
Candy negó con tristeza y miró a Stear.
—¿Entonces por qué se olvidó de mí? Si tanto me amaba, ¿por qué no me envió ni siquiera una carta o un mensaje para saber que estaba bien?
—Eso es algo que solamente él puede explicar. Tampoco se ha comunicado con nosotros desde hace un par de meses, solo hemos recibido palabra de él a través de George.
—¿Ustedes creen que esté bien? Tal vez enfermó o…
—No te angusties, de ser así, ya nos habríamos enterado —la tranquilizó Archie—. Lo más probable es que esté ocupado, o que las negociaciones se complicaran. Nunca imaginé que el trabajo empresarial sería tan difícil, y además él es el jefe de los Andrey.
—Quizás tienen razón.
—Por supuesto que sí, Candy. Yo conozco a mi tío y sé la clase de hombre que es. Tú misma deberías preguntarle qué fue lo que pasó…
—Me gustaría tanto hablar con él, pero en este momento no puedo ir a Nueva York.
—No tienes por qué hacerlo, él llega a Chicago esta misma noche.
Al escuchar las palabras de Stear, el estómago de Candy dio un vuelco. Después de tantos días, tantas noches de imaginarlo en sus sueños, la idea de tenerlo cerca le parecía imposible.
—¿De verdad? —Susurró, temerosa de haber escuchado mal.
—¡Sí, en serio! La tía abuela ordenó a los sirvientes que prepararan una fiesta para celebrar su regreso y la firma del trato en Nueva York —dijo Archie.
—No puedo creerlo…
—Pues créelo. Y tú estás invitada, gatita.
—No, yo no debería aparecerme por ahí. No le caigo muy bien a la señora Elroy o a los señoritos Leagan.
—Olvídalos. Eres invitada mía, de Stear y Anthony. Además estoy seguro de que el tío William se va a morir de felicidad cuando te vea.
Sintiendo que regresaba a la vida, Candy soltó una risita nerviosa.
—Gracias, chicos, pero no creo que sea lo correcto.
—Tarde o temprano debes hablar con mi tío —le recordó Stear.
—Lo sé, pero podría esperarlo en la cocina, o en el jardín…
—De ninguna manera vas a esconderte, Candy. Eres nuestra amiga, y el patriarca de la familia Andrey está enamorado de ti —interrumpió Archie de manera vehemente—. Ellos deben respetarte.
—No sé cómo voy a pagarles todo lo que han hecho por mí —dijo Candy al borde de las lágrimas.
—Solo prométenos que vas a ir a la fiesta, y te vas a divertir, y también que arreglarás las cosas con el tío William.
—Está bien —sonrió la enfermera, mientras la esperanza volvía a nacer dentro de ella—. Lo prometo.
Los hermanos Cornwall la llevaron de regreso al modesto hotel donde se estaba quedando. Archie puso el grito en el cielo y se ofreció pagarle a Candy su estancia en una suite, pero ella se negó firmemente. Nunca pensó que esos muchachos a los que apenas había conocido tuvieran tanta bondad hacia alguien como ella.
—La fiesta comienza a las seis —le dijo Stear—. Enviaremos un coche para que te lleve, así que no tienes que preocuparte por otra cosa más que verte bonita.
—Muchas gracias otra vez. Espero no causarles ningún problema.
—Deja de decir eso, Candy. ¡Nos vemos más tarde!
Se despidieron entre sonrisas. Una vez que subió a la pequeña habitación, el peso de la realidad cayó sobre Candy como un torbellino. Durante las últimas horas, había pasado de la desilusión a la expectativa, y cada vez que imaginaba el reencuentro con Albert sentía que iba a desmayarse.
¿Cómo iba a reaccionar cuando la viera? ¿Se enojaría por haberlo buscado? O al contrario, ¿se alegraría? Quizás esbozaría una de sus sonrisas llenas de amor, la tomaría entre sus brazos para besarla como solo él era capaz, con una pasión y un fervor que siempre le arrebataba el aliento…
No, no era momento para imaginar esas cosas. Lo mejor para ella sería acudir a esa fiesta sin esperar nada.
—Tienes que tranquilizarte, Candy —se dijo a sí misma—, pase lo que pase, debes ser fuerte y sonreír.
Se tomó su tiempo para mentalizarse, y luego tomó una ducha y se arregló frente al espejo barato. Había adelgazado considerablemente en los últimos meses, su rostro volviéndose más fino y perdiendo algunos rasgos juveniles. Parecía más… una mujer, aunque las ojeras debajo de sus ojos evidenciaban noches sin dormir.
Eso sí, tenía más pecas que nunca luego de pasar días enteros jugando con los niños del Hogar de Pony en el exterior.
Hizo lo que pudo para ocultar las señales de cansancio, maquillándose y dándole algo de color a la palidez de sus facciones. La crisis llegó al momento de elegir que ponerse, apenas había empacado lo necesario en su maleta, pero anda adecuado para una fiesta.
Se llevó las manos a la cabeza. Un vestido era el menor de sus problemas, pero quería verse hermosa para Albert. Eso era algo que nunca le había pasado, cuando sus amigas hablaban sobre lo mucho que anhelaban complacer a su persona amada, ella solía reírse y pensar que era ridículo. Pero ahora entendía la razón: quería agradarle, saber que le gustaba.
—Dios, ¿qué voy a hacer? —Se lamentó.
De todas formas no tenía tiempo para ahogarse en su propia miseria. Armándose de valor, escogió el vestido menos viejo que tenía y decidió no pensar en eso; les había prometido a Stear y Archie disfrutar la fiesta, y era precisamente lo que planeaba hacer.
Exactamente a las seis de la tarde, un empleado del hotel subió a decirle que la estaban esperando en el vestíbulo.
Con toda la dignidad que pudo reunir, bajó las escaleras y saludó al chófer. Para su deleite, se trataba de alguien que ella conocía de su tiempo trabajando como enfermera.
—¡Steven! —Exclamó emocionada, corriendo a saludarlo—. ¿Cómo está? ¡Qué gusto!
—¡Digo lo mismo, señorita Candy! Pensé que no volvería a verla…
—Debió sentirse muy aliviado.
—Desde luego que no —sonrió el amable hombre—, todo se siente muy vacío sin usted. Cuando el señorito Archibald me pidió que viniera por usted, acepté encantando.
—Le agradezco mucho, ¿cómo están todos en la casa?
—Bien, bien. Pero sería mejor si usted volviera a hacernos compañía.
—Me temo que eso ya no es posible, Steven —suspiró Candy, entrando al auto y girando la cabeza para mirar el paisaje a través de la ventana.
Aunque respondía las preguntas del chófer y se reía de sus bromas, su mente no estaba presente en la conversación. El camino hacia la mansión de los Andrey le resultó familiar desde la extensa arboleda que conducía a él, hasta las estatuas que lo adornaban, orgullosas de su legado.
¡Cuán feliz había sido en ese lugar! Además del Hogar de Pony, no había encontrado tanta felicidad en otro sitio, y no solamente por Albert. Ahí había reído, llorado, aprendido a amar; no se había dado cuenta de que al renunciar, también dejó un pedazo de su corazón ahí.
—Creo que llegamos muy temprano —dijo Candy mientras descendía del vehículo. No había tanto caos y ajetreo como había imaginado, aunque se escuchaba suavemente el sonido de la orquesta en el interior.
—La fiesta ya inició, pero los ricos suelen ser muy impuntuales —sonrió el señor Steven. Candy se detuvo un momento para admirar la mansión, cuando repentinamente una voz conocida llamó su nombre:
—¡Candy, gatita! —Exclamó Archie, enfundándola en un abrazo—. ¡Me alegra que vinieras!
—Jamás rechazaría su invitación. Te ves más elegante que nunca, ¡ese traje es maravilloso!
—¿Esta cosa vieja? —Se sonrojó el muchacho—. Me lo regaló la tía Elroy hace un par de años, ya era tiempo de que lo usara.
—¿La señora Elroy ya llegó?
—No, todavía no. Tampoco el tío William, así que aún hay tiempo suficiente.
—¿Para qué?
La sonrisa de Archie parecía la de un niño travieso.
—Para que te pongas otro vestido.
—Archie, este es el único vestido decente que tengo…
—Ese no es problema. Sígueme.
Sin darle oportunidad de protestar, Archie la asió del brazo para conducirla a través de la mansión. Cada uno de esos pasillos le trajo recuerdos a Candy, y con cada paso que daba no podía evitar preguntarse si acaso podría ver a Anthony.
Tenía miedo, pero ansiaba ver. Quería saber si estaba bien, si algo le causaba dolor, lo que había pasado desde la última vez que estuvo ahí y, sobre todo, necesitaba saber que no la odiaba, que la había perdonado.
Archie se detuvo en uno de los pasillos y abrió la puerta de la habitación. En el interior, estaba Dorothy, sosteniendo una enorme caja. Al verla, el corazón de Candy se desbordó de alegría y corrió a abrazarla.
—¡Dorothy! ¿Cómo estás? Luces mejor que nunca —sonrió la pecosa. No había pasado mucho tiempo, pero tan solo contemplar el rostro de su mejor amiga era suficiente para ella. La mucama dejó la caja sobre una mesita y correspondió su abrazo con la misma intensidad.
—Querida Candy, me da mucho gusto saber que estás aquí otra vez. Con nosotros.
—Solo por una noche —respondió con un dejo de tristeza—, después de eso tengo que regresar nuevamente a mi casa.
—O tal vez no. Les daré algo de privacidad —dijo Archie, cerrando la puerta suavemente a sus espaldas.
Una vez solas, Dorothy abrió la caja y sacó un hermoso vestido que ni siquiera en sus sueños habría sido capaz de conjurar. Tenía un corte maravilloso, ajustado debajo del busto, y caía con delicadeza hasta el suelo con una falda de tul en varias capas. La tela era de un azul profundo, entretejido con detalles color plata que simulaban enredaderas, bordadas en el corpiño de escote cuadrado y las mangas abombadas.
—Dorothy —suspiró, quedándose sin aliento momentáneamente—. Esto es… no lo puedo aceptar.
—¿Por qué no, Candy? Los señoritos Stear y Archie lo compraron especialmente para ti.
—Pero es demasiado costoso.
—No pienses en eso —dijo Dorothy alegremente—. Vamos, tienes que animarte. Siempre has sido tan vivaz que no soporto la idea de verte así.
Candy sintió un nudo en la garganta, y sin decir otra cosa asintió con la cabeza y permitió que Dorothy le ayudara a cambiarse. La mucama también hizo su magia, acomodando su cabello de otra manera y arreglando su maquillaje, y cuando terminó Candy parecía una persona completamente distinta.
—Gracias por ser tan buena conmigo, Dorothy.
—Ni lo menciones, ¿acaso no somos amigas?
—Por supuesto que lo somos, tengo mucha suerte de haber conocido a alguien tan bueno como tú —dijo Candy, sosteniendo su mano. Dorothy sonrió frente al espejo.
—Ya estás lista. Veré si los señoritos están en el pasillo.
—De acuerdo.
Candy se sentó en el borde de la cama y esperó, sintiendo un extraño nerviosismo en el pecho, como si estuviera a punto de llevarse una sorpresa. En eso Dorothy regresó, y se veía tan feliz que se le iluminó la cara.
—Puedes salir, Candy. Te están esperando —anunció.
La enfermera esbozó su mejor sonrisa antes de cruzar la puerta hacia el pasillo, pero se quedó sin aliento y paralizada al reencontrarse otra vez con ojos azules como el cielo y el rostro más dulce que alguna vez conoció.
—Anthony —jadeó, y aquello fue tan surreal que temió estar alucinando.
Su querido, gentil y maravilloso Anthony estaba frente a ella y mirándola con un infinito cariño. Verlo sonreír se sintió como un bálsamo para su alma, y parte del dolor y la desgracia que llevaba cargando sobre sus hombros desapareció.
—Hola, Candy. Imagino que regresaste porque no puedes vivir sin mí —dijo con una sonrisa sardónica, y por un instante fue como si no hubiera pasado un solo día. El tiempo se detuvo, y si tan solo cerraba los ojos, podría fingir que eran un paciente y una enfermera.
—Anthony —repitió, y esta vez no le dio oportunidad de que hablara. Se arrodilló y lo abrazo, teniendo cuidado de no lastimarlo o moverlo de su silla de ruedas. En otras circunstancias habría temido su rechazo, pero él no permitió que ese pensamiento se instalara en su cabeza. Con manos temblorosas rodeó su cuerpo y sollozó en sus brazos.
Candy hizo lo mismo. En él, descargó su llanto, su melancolía y el amor que no podía expresar con palabras. Aquel instante fue tan fugaz y perfecto que Candy hubiera querido congelarlo en el tiempo.
Se separaron con dificultad, el rostro bañado en lágrimas pero sonriendo tanto que sus mejillas dolieron.
—No llores más, Candy. No es así como te recuerdo.
—Lo siento, es que me siento tan feliz —dijo, mirando con ansias su rostro, tocando su cabello, asegurándose de que era real y no producto de su cerebro cansado.
—¿De verdad me extrañaste?
—Por supuesto que sí, ni siquiera deberías preguntarlo.
—¿Entonces porque no me has escrito ninguna carta?
Candy bajó la mirada, sintiéndose avergonzada.
—Porque no estaba segura de que quisieras verme.
—Eres una tonta. La última vez que hablamos las cosas quedaron muy claras entre los dos: sin importar lo que pase, siempre voy a desear saber de ti. Siempre, Candy.
—¿No me guardas rencor por nada?
—No tendría por qué hacerlo. Mis sentimientos no son responsabilidad tuya, además…
—¿Qué?
Anthony cerró los ojos, y por algún extraño motivo parecía avergonzado. Pero cuando los volvió a abrir solo existía determinación.
—Fuiste mi amiga cuando más lo necesitaba. Pero sobre todas las cosas, eres mi primer amor y nunca podré olvidar eso.
—Anthony, no deberías amarme tanto.
—Al contrario —sonrió él de tal forma que parecía más joven, más inocente—. Amarte fue lo único que pudo regresarme a la vida después de mi accidente. Te debo tanto que la única forma de pagarte es desear que seas feliz para siempre, así que dime: ¿eres feliz, Candy?
—Estoy tratando de serlo cada día —dijo.
—Entonces voy a rezar para que algún día logres sentir tanta felicidad que no te quepa en el pecho, aunque sea al lado de mi irritante tío.
—Anthony, yo quiero decirte que…
—No es necesario que me expliques nada —la interrumpió con dulzura—. Creo que siempre lo supe, pero no quería reconocerlo. Estaba tan cegado por los celos que no me di cuenta de que para ti, tu felicidad siempre fue él.
Hablar de eso con Anthony no era algo que ella quisiera, pero de alguna forma lo necesitaba para sentir que ya no había barreras entre los dos. Era la última oportunidad que tenía de mirarlo a los ojos y decirle aquello que vivía en su alma.
—Sí, él es mi felicidad. Lo amo tanto que a veces no puedo soportarlo.
—Lo sé —Anthony tragó en seco—. Todavía me cuesta admitirlo, durante mucho tiempo creí que eres demasiado para ti.
—¿Y ahora no?
—No. Porque si existe un hombre en esta tierra que te merece, ese es Albert Andrey.
Candy sintió un nudo en la garganta y no pudo hacer otra cosa más que abrazar a Anthony. En ese gesto hubo perdón y comprensión, y supo que aunque le tomara muchos años, tal vez una vida entera, llegaría el momento que Anthony sería su amigo otra vez.
En eso, se escucharon voces en el pasillo. Levantó la cabeza y vio a Stear y Archie caminando hacia ellos.
—Candy —Stear silbó en apreciación—, te ves hermosa. Definitivamente vas a opacar a todas las damas.
—Muchas gracias. Este vestido es un sueño, nunca había usado algo como esto.
—Yo mismo lo escogí, tengo excelente gusto —anunció Archie con orgullo—. Bueno, ¿bajamos?
Los nervios se apoderaron nuevamente de Candy. Con una sonrisa vacilante asintió, y acompañó a los muchachos al gran salón; la enfermera de Anthony estaba cerca, siempre observándolo, y parecía llevarse muy bien con él.
Permaneció a su lado casi toda la fiesta. Stear y Archie la presentaron con unos amigos, pero Candy no podía relajarse. En eso, Anthony habló:
—Mira a los sirvientes, parece que ya llegó el tío William.
Un choque de electricidad cruzó por el cuerpo de Candy y aún sin verlo, lo sintió muy cerca de ella. Su corazón latió desbocado, comenzó a hiperventilar, y se puso roja. Dios, quería escuchar su voz y sentir sus ojos sobre ella.
La orquesta se detuvo al mismo tiempo que las enormes puertas del salón se abrían.
—Damas y caballeros —anunció el mayordomo—, les pido que se pongan de pie para recibir al señor William Albert Andrey.
Albert era como el sol, fue lo único que Candy pudo pensar. Resplandecía tanto que no podía dejar de mirarlo; caminaba con toda la confianza de alguien de su posición, sus largas piernas cruzando el salón sin detenerse, erguido y apuesto, con un costoso traje oscuro y el cabello rubio un poco más largo que la última vez que lo vio. Sonreía a los invitados con educación mientras todos le aplaudían, felices de su regreso y el trato que procuró en Nueva York.
Candy tuvo el impulso de correr hacia sus brazos y aferrarse a él como si se tratara de su vida misma, llorar y suplicarle que la amara de la misma forma que ella lo amaba, pero solo pudo observarlo con el corazón roto, porque durante un momento fugaz sus ojos se cruzaron y lo que vio en ellos fue tan doloroso que se quedó sin respiración.
No había nada en su mirada. La contempló como si fuera una extraña.
Pero eso no fue lo peor, sino que caminando de su brazo, hermosa y radiante de felicidad estaba Leonette Harrison.
NOTAS:
¡Lo prometido es deuda! Si leyeron la nota que había dejado anteriormente, sabrían que iba a hacer esta mega actualización de varios capítulos para que disfruten. A partir de aquí, estaremos entrando a la última parte de la historia y lo que se viene le dará significado al título, un castillo de flores. ¡Muchas gracias por el amor y la paciencia! Les suplico que me digan lo que piensan en un review, aunque sea algo corto, me dará mucho gusto saber que mi historia les está gustando tanto como a mí, ¡nos vemos muy pronto!
