Los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashio yo solo los tomó prestados para poder dar forma a la trama la cual si me pertenece. Todo sin lucro y solo con el afán de entretener. Cualquier parecido a la realidad es mera coincidencia o referencia.


"El verdadero viaje de la vida no consiste en saberlo todo, sino en tener a alguien con quien aprender a caminar."


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El sol de la tarde se colaba por la ventana del pequeño departamento que compartían Kagome e Inuyasha. Ambos estaban en su segundo año de universidad, con horarios apretados, libros por leer y proyectos por entregar. Sin embargo, ese día era especial. Inuyasha había decidido sorprender a Kagome con algo que había estado practicando en sus ratos libres: cocinar.

Kagome estaba sentada en el sofá, con un libro de historia en las manos, cuando el sonido de ollas en la cocina la distrajo. Se asomó y vio a Inuyasha, con un delantal negro y una expresión de concentración total, mientras ponía algo en la estufa.

—¿Inuyasha?— preguntó curiosa—. ¿Qué estás haciendo?

—Te estoy preparando la cena— el chico levantó la vista y le dio una sonrisa—. Siempre dices que solo sé hacer hot cakes, huevos y fideos instantáneos, así que decidí demostrarte lo contrario.

Kagome dejó el libro a un lado y se acercó, observando los ingredientes dispersos por la encimera. Había verduras frescas, especias y una receta escrita a mano en un papel manchado.

—¿Y qué vas a cocinar exactamente?— preguntó con curiosidad, intentando leer la receta, pero entre las manchas y la letra confusa de su novio, le era imposible.

—Sopa miso y tonkatsu— respondió con orgullo.

—No sabía que te interesaba la cocina tradicional.

—Bueno, tú siempre hablas de cómo la comida casera es la mejor y le pedí la receta a mi mamá— confesó Inuyasha mientras cortaba en cubos el tofu.

Kagome no pudo evitar sonreír con ternura, la intención detrás de aquel gesto decía más que cualquier palabra, se puso a su lado, tomó un cuchillo y empezó a ayudarlo a cortar los hongos shiitake.

—¡Oye!, yo debo hacerlo solo— protestó Inuyasha, aunque no con demasiada convicción.

—Solo te ayudaré un poco— dijo Kagome, riendo suavemente—. Aunque lo estás haciendo bien, estás dejando la col algo grande, te mostraré cómo cortarla más fina, ¿vale?

Ambos continuaron cocinando en un ambiente lleno de complicidad y risas. Kagome le explicó a Inuyasha algunos trucos, como la forma correcta de empanizar las chuletas de cerdo o cómo cortar las verduras para que se cocinen uniformemente. Él la escuchaba con atención, poniendo en práctica cada consejo con dedicación.

A medida que la tarde avanzaba, el departamento se fue llenando de un aroma cálido y acogedor. La sopa miso hervía suavemente y el crujido del tonkatsu al freírse hacía que sus estómagos empezaran a rugir. Cuando todo estuvo listo, ambos se sentaron a la mesa, Kagome tomó el primer bocado, cerrando los ojos para saborear el esfuerzo de Inuyasha.

—Está delicioso, de verdad hiciste un gran trabajo.

Inuyasha soltó una risa nerviosa, visiblemente aliviado. Le preocupaba no haber logrado el sabor adecuado, pero la expresión satisfecha de Kagome le daba la certeza de que lo había hecho bien.

—Bueno, ahora me toca enseñarte algo a ti— dijo, con una chispa traviesa en los ojos.

—¿A mí?— Kagome parpadeó, sorprendida—. ¿Qué es lo que me vas a enseñar?

. . . . .

A la mañana siguiente, Kagome se encontraba en el asiento del conductor del auto de Inuyasha, con las manos temblorosas en el volante. El chico se había empeñado en darle una lección de manejo, algo que ella siempre había querido aprender, pero le daba un poco de miedo.

—No te preocupes, no voy a dejar que choques— dijo Inuyasha, sentado a su lado, con una expresión de confianza que a Kagome le resultaba reconfortante.

—Eso espero— murmuró ella, soltando un suspiro nervioso.

Inuyasha colocó su mano sobre la de Kagome, que estaba en la palanca de cambios y le explicó cómo debía usarla. Luego le mostró el pedal del embrague y cómo soltarlo lentamente mientras aceleraba.

—Está bien, empieza con el pie en el embrague y pon el auto en primera, después vas soltando el embrague despacio mientras presionas el acelerador— dijo, observando su expresión de concentración—. Si yo puedo hacerlo, tú también puedes, solo necesitas coordinarte.

Kagome lo intentó, pero el auto dio una pequeña sacudida y se apagó. Ella frunció el ceño y se mordió el labio, sintiéndose torpe.

—Tranquila, eso nos pasa a todos al principio— dijo Inuyasha con una sonrisa comprensiva—. Inténtalo de nuevo, pero esta vez, suelta el embrague un poco más lento.

Con una nueva determinación, Kagome lo intentó de nuevo, siguiendo las instrucciones de Inuyasha. Esta vez, el auto comenzó a moverse suavemente. Ella dejó escapar una risa nerviosa, sorprendida de que estuviera logrando avanzar.

—¡Lo estoy haciendo! —exclamó, emocionada.

—Lo estás haciendo muy bien— Inuyasha sonrió ampliamente—. Ahora vamos a dar la vuelta a la cuadra, pero no te olvides de mirar por los espejos e indicar cuando gires.

Mientras continuaban conduciendo por el vecindario, Inuyasha le daba indicaciones, recordándole cómo usar los espejos, cuándo cambiar de marcha y cómo frenar suavemente. Aunque había momentos en los que Kagome cometía errores, Inuyasha se mantenía paciente, calmándola con su voz tranquila y su actitud positiva.

Finalmente, se detuvieron en un parque cercano. Kagome apagó el auto y dejó escapar un suspiro de alivio.

—¡Eso fue mucho más difícil de lo que pensé!

—Lo hiciste genial— dijo él con orgullo.

Kagome lo miró, agradecida. No solo por su primera lección de manejo, sino por tener la paciencia y la confianza para guiarla en algo que a ella le intimidaba.

—Gracias, cachorro, eres un buen maestro— se inclinó hacia él y le dio un beso rápido en la mejilla.

—Bueno, es que soy bueno para casi todo— respondió, medio en broma—. ¿Lista para volver al departamento?

—Sí, pero esta vez, ¿puedes conducir tú?— pidió Kagome con ojos suplicantes—. Creo que por hoy he tenido suficiente acción.

—Claro que sí— respondió Inuyasha sin dudar, salió del coche para ir al asiento del conductor y Kagome se movió al asiento del copiloto—. ¿Qué día será tu próxima lección?— preguntó con una sonrisa juguetona, mientras encendía el motor.

Ambos se relajaron, riendo y bromeando mientras el auto se ponía en marcha, con el corazón lleno de esas pequeñas lecciones que la vida les ofrecía. Más allá de la cocina o la conducción, estaban aprendiendo lo importante que es apoyarse mutuamente en cada paso del camino, confiando uno en el otro para enfrentar los retos.


25/10/2024

Aquí nuestro muchacho ya mejoró un poco en la cocina, lo que hace el amor. En lo personal me parece lindo que Inu cocine para Kagome.

Wow, muchas gracias a todas esas lindas personitas que han dejado su comentario, cada uno hizo posible que se llegara a los 100 reviews.