Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Guia de brujas para citas falsas con un demonio" de Sarah Hawley, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia.


Siete

Bella se despertó con la cara aplastada en una almohada de color amarillo que le resultaba familiar. Rose y ella se habían quedado a dormir una en casa de la otra muchísima vez. Vivían lo bastante cerca para regresar a casa andando tras una noche de juerga, pero era más divertido quedarse a dormir juntas.

Se incorporó, bostezó y se frotó los ojos. La borrachera de anoche le había dejado un ligero dolor de cabeza, pero nada que un poco de café y un buen desayuno no pudieran solucionar. Rose había obligado a Bella a comer y beber agua la noche anterior, lo que había evitado lo peor de la resaca.

Por un instante la vida volvió a ser como siempre. Bella y Rose se quedaban a dormir juntas desde que eran dos niñas raritas que necesitaban desesperadamente una amistad. Rose ya estaría levantada (siempre se levantaba para hacer ejercicio por la mañana, por muy borracha que se hubiera puesto la noche anterior) y, cuando Bella saliera tambaleándose, prepararían juntas el desayuno. Una típica mañana perezosa de domingo.

Los ojos de Bella se dirigieron hacia la ventana y se puso tensa al instante. Edward se paseaba por el césped como una figura alta y siniestra que le recordaba todo lo malo que le había sucedido en los últimos días.

Tenía el sombrero negro de vaquero tirado en la hierba y se revolvía con las manos el oscuro cabello. Parecía que murmuraba para sí mismo.

Bella empezó a sentirse mal de nuevo, y no era por la resaca. ¿Qué se suponía que debía hacer? Estaba tan ligada a un hombre que este había tenido que dormir en el suelo para permanecer cerca de ella. Era horrible y asfixiante a la vez, y ella seguía sintiéndose culpable de que él hubiera estado tan incómodo.

Llamaron a la puerta y Rose apareció cargando café y un plato lleno de beicon y huevos.

—Genial, te has levantado. —Rose tenía un aspecto asquerosamente alegre con su ropa deportiva rosa de licra y el cabello húmedo recogido en un moño—. Creía que las once de la mañana era demasiado pronto para ti.

—Dejó el plato en la mesilla y se cruzó de brazos—. Cómete el maldito beicon y luego hablamos.

—Sí, señora —dijo Bella, haciendo el saludo militar. Puso toda su atención en el plato, metiéndose los huevos en la boca antes de morder el beicon crujiente de Rose—. Mmm…

—dijo, cerrando los ojos con placer—. Esto es mucho mejor que lo que yo te doy de comer.

—¿Me tomas el pelo? —preguntó Rose—. Me das de comer rollitos de canela caseros. Son un millón de veces más difíciles de hacer.

—Bella se encogió de hombros; tenía la boca tan llena que no podía responder.

Tras el beicon pasó al café, haciendo una mueca de dolor cuando le quemó el paladar.

Rose se acercó a la ventana y miró afuera. Bella sabía lo que vería: un demonio malhumorado pateándose su patio trasero.

—¿Crees que un exorcismo podría servir? —preguntó Rose.

Bella casi se atragantó con el beicon.

—¿Qué, ahora eres un sacerdote católico?

—No, pero apuesto a que sería más eficaz.

Bella dejó el resto de la tira de beicon en el plato.

—Edward me dijo que lo que el cristianismo dice sobre los demonios y el Infierno es una chorrada.

—¿Y confías en un demonio?

—Tú eras atea hasta ayer. ¿Ahora crees en el castigo eterno?

Rose suspiró.

—No, no creo en él. Los demonios son solo una especie diferente que vive en otro plano. Pero no me gustan. Y no me gusta lo que este quiere de ti.

—Mi alma. —Bella jugueteó con el trozo de beicon—. Me dijo que de ahí proviene mi magia.

—¿Así que también se llevaría tu magia? —Cuando Bella asintió, Rose dejó escapar un gruñido—. Tiene que haber una forma de evitarlo.

Bella volvió a mirar por la ventana. Edward estaba apoyado en un árbol con los brazos cruzados. Sus ojos vagaron por la casa, luego se posaron en la ventana y ahí se quedaron.

—No es tan malo —dijo Bella, mirando fijamente a Edward. —Es molesto más que nada.

Molesto, extraño y… sexy.

—Y prepotente —dijo Rose—. Y grosero a más no poder.

Bella puso los ojos en blanco.

—Tú fuiste igual de grosera con él.

—Sí, bueno, pero es que quiere la magia y el alma de mi mejor amiga. ¡Qué le vamos a hacer!

Bella dejó el plato sobre la mesita de noche. La porcelana tintineó contra la madera.

—Es culpa mía. Si no fuera una bruja tan mediocre…

—No eres una bruja mediocre —la interrumpió Rose—. Cometiste un error. No debería tener consecuencias tan graves. —Se mordió el labio—. Odio decirlo, pero…

—No. —Bella ya sabía por dónde iba Rose.

—Ella tiene más experiencia…

—Oh, oh. —Bella sacudió la cabeza con vehemencia—. Prefiero perder mi alma a sufrir la humillación de decírselo a mi madre. Me avergonzará durante décadas si se entera.

—¿Podemos decírselo a la mía?

—Que al instante se lo diría a mi madre, seguida de todo el pueblo.

Lilian Hale, al igual que Renné Swan, odiaba que se airearan los trapos sucios de su propia familia, pero le encantaba cotillear sobre sus rivales e hijos. Estaría encantada de compartir una anécdota humillante sobre los Swan.

Rose hizo una mueca de dolor.

—Es verdad.

Bella acunó el café contra su pecho, empapándose de su calor.

—Tiene que haber otra forma de solucionarlo.

—¿Libros de hechizos, documentos históricos, otras brujas?

—Estaba pensando en Google.

Rose se rio.

—Bueno, eso no puede hacernos daño.


Muchas, muchas búsquedas en Google después, Bella no estaba mejor informada sobre cómo hacer desaparecer a un demonio. Sin embargo, lo estaba bien sobre lo sensibles que eran los cuernos de los demonios, el impresionante tamaño de sus pollas y todas las formas en que una bruja podía solicitar un encuentro sexual en el plano demoníaco (un intercambio que, por lo general, no requería un pacto de almas, zorras afortunadas). Los demonios del porno eran seres humanos muy maquillados para parecerse a los dibujos del libro de criaturas mágicas de Bella, claro, pero seguro que hasta el porno contenía una semilla de verdad.

—¿Es que internet está lleno de pornografía? —preguntó Bella tras la enésima búsqueda fallida.

Rose soltó una risita.

—¿No lo sabías?

Estaban sentadas en unas sillas de oficina en el estudio de Rose.

Edward seguía paseándose fuera, aunque hacía pausas frecuentes para mirar hacia la ventana.

—Sé que hay porno —dijo Bella, ofendida por la insinuación de que fuera tan inocente—. Pero no entiendo por qué no hemos encontrado ningún dato relevante sobre los demonios.

Sin embargo, una parte de ella se había quedado maravillada ante el impresionante tamaño de los penes demoníacos. ¿Eran así de verdad? ¿O se trataba de un mito, como las rodillas articuladas hacia atrás? La verdad es que no había prestado atención a la entrepierna de Edward (unas cuantas miradas furtivas no contaban), pero parecía tener un bulto enorme.

—Odio tener que decírtelo —dijo Rose—, pero deberías ir a la biblioteca.

Bella hizo un mohín. La biblioteca de Forks era una fuente de información increíble, pero la m bibliotecaria jefa era amiga de su madre. Lo que significaba que se enteraría de cualquier libro que Bella pidiera prestado.

—¿No puedes hacerlo por mí? —preguntó, abriendo los ojos de forma suplicante.

Rose se cruzó de brazos.

—Chica, te quiero, pero se trata de tu alma. Si no puedes hacer ese esfuerzo, será mejor que se la entregues al demonio.

Bella suspiró con los hombros caídos.

—Tienes razón. Iré a casa a refrescarme y luego iré a la biblioteca. —Si se presentaba en la biblioteca con ropa sucia y arrugada, su madre no la dejaría en paz.

Rose le dio un abrazo.

—Encontraremos una manera de salir de esta. Te lo prometo.

Bella parpadeó rápidamente para detener las lágrimas que empezaban a formarse en sus ojos.

—Eso espero.

—Y si no…—Rose se encogió de hombros— tengo una motosierra, una pala y un gran patio trasero.

Bella le dio un manotazo a su amiga en el brazo.

—¡Nada de asesinatos!

—No prometo nada —murmuró Rose, mirando por la ventana.

Cuando Bella salió de la casa, Edward se enderezó de su postura en el árbol.

—Ya era hora —dijo en tono sarcástico. Él parecía un desastre con la camiseta arrugada, el cabello revuelto y ojeras fruto del cansancio.

—Lo siento —dijo Bella, sintiéndose culpable por haberlo dejado fuera.

Luego imaginó lo que diría Rose y cuadró los hombros. ¿Por qué debería sentirse culpable? No había tenido elección—. ¿Sabes qué? No, no lo siento. —Se acercó a él y le clavó un dedo en el pecho. Su pectoral apareció maravillosamente firme bajo su dedo—. Anoche te peleaste con mi amiga, eres grosero y prepotente, y actúas como si fuera culpa mía que tuvieras que dormir a la intemperie.

Él entrecerró los ojos.

—Fue culpa tuya.

—¿Porque estás atrapado conmigo? —Ella negó con la cabeza—. Si no hubieras sido tan imbécil con Rose, tal vez te habría dejado dormir dentro.

Él se burló.

—Lo dudo.

Sí, ella también lo dudaba, pero Bella estaba cansada de que actuara como un niño arisco.

—Mira, estamos juntos en esto. En vez de ser un gruñón, podrías trabajar conmigo para encontrar una escapatoria al trato.

—No hay escapatorias.

—¿Cómo lo sabes?

La miró con incredulidad.

—¿Porque no se ha documentado ninguna en toda la historia de los demonios?

—Pero tampoco habías oído hablar de ninguna invocación accidental, ¿verdad?

Su boca se abrió y se cerró.

—No —dijo finalmente.

Bella sintió una oleada de triunfo. Por fin había vencido al demonio.

—Entonces deja de ser tan engreído y condescendiente y ayúdame —dijo mientras se dirigía a la calle—. Y, por cierto —dijo girando la cabeza—, tienes hierba en el pelo.

Edward sacudió la cabeza como un perro, desperdigando trozos de hierba por todas partes. Luego aceleró el paso para alcanzarla y se colocó de nuevo el sombrero en la cabeza.


Caminaron en silencio durante unos minutos. Bella lo miraba de vez en cuando, incapaz de resistir su curiosidad. Él desprendía calor por su piel; un suave resplandor que le recordaba las noches de invierno pasadas frente a la chimenea. Tenía un perfil muy masculino, con una mandíbula marcada y una nariz algo grande.

—¿Son tan ardientes todos los demonios? —preguntó antes de poder pensarlo mejor. Su boca actuaba así a veces (bueno, más que a veces), soltando lo que se le pasaba por la cabeza antes de que su mente fuera consciente de ello. Sus mejillas se sonrosaron al instante, pero ya solo podía disimular.

Edward la miró con recelo.

—¿Te refieres a… nuestra temperatura corporal?

Claro. Que lo interpretara así. No necesitaba saber que a Bella le gustaban las narices grandes.

—Nuestra temperatura corporal es más alta que la de los seres humanos.

Al menos se habían alejado de la inapropiada referencia a la atracción sexual que sentía Bella, pero su respuesta atrajo nuevas preguntas.

—¿Aun así tienes fiebre cuando estás enfermo? ¿Los demonios se ponen enfermos? —Se imaginó a Edward con un sarpullido de varicela o estornudando en un pañuelo; negro, claro, a juego con su lúgubre aspecto.

—Tu mente —murmuró él.

Bella arrugó la nariz.

—¿Qué pasa con ella?

—Saltas de un tema a otro tan rápido que es difícil seguirte.

—Rose dice lo mismo —admitió Bella—. Dice «¡Ardilla!» cada vez que me salgo por la tangente.

—¿Ardilla?

—No has visto la película Up, ¿verdad? —Ante su incrédula mirada, puso los ojos en blanco—. Eso es un no, entonces.

—La mayoría de los entretenimientos de los seres humanos son pueriles e insulsos, y no sirven más que para distraerles durante sus cortas vidas.

—¡Vaya! —Ella resopló ante su tono remilgado y luego imitó una llamada telefónica con la mano—. Oiga, quiero denunciar un robo. Debbie Downer quiere que le devuelvan su numerito.

Edward la miró con los ojos entrecerrados.

—¿Qué?

—Da igual.

Bella se sentía más animada tras haber provocado al demonio. Provocar al demonio parecía el título de alguna de las películas porno que había encontrado en Google. Se imaginó a Edward atado y con el ceño fruncido en su cama.

Mariel apartó su mente de aquellos peligrosos derroteros y se concentró en el paisaje. Muchas de las calles residenciales de Forks, incluida esta, estaban pavimentadas con adoquines rojos. Las ramas de los árboles se entrelazaban formando un arco y Bella sonrió cuando una hoja amarilla se posó en su hombro. El ardor del otoño estaba ya por todas partes, y pronto las ramas se quedarían desnudas y las ramitas se entrelazarían como una delicada filigrana. Todo formaba parte del ciclo de la naturaleza.

A Bella le gustaba la predictibilidad de la naturaleza. El ecosistema de Forks era complejo, pero siempre se podía confiar en ciertas cosas.

Las hojas cambiaban, el aire refrescaba y, durante las pocas semanas que duraba el Festival de Otoño, todo el pueblo olía a calabaza y especias mientras la magia iluminaba cada esquina.

Cruzaron el extremo sur de Main Street. El centro del pueblo estaba a quince minutos a pie hacia el norte: el Ayuntamiento, muchísimas cafeterías, restaurantes, tiendas… y la biblioteca de Forks, donde pronto tendría una cita con una investigación demoníaca.

—¿Hay bibliotecas en el plano demoníaco? —preguntó Bella.

—Claro —respondió Edward—. ¿Por qué?

—Quizá haya libros que puedan ayudarnos en nuestra situación. —Si alguien tenía la clave para escapar de una invocación accidental, ese era un historiador demoníaco. Se imaginó una enorme y espectacular biblioteca llena de antorchas parpadeantes y viejos tomos encuadernados en cuero. Por otra parte, era probable que las antorchas no fueran la mejor opción con tanto papel alrededor. Quizá la biblioteca estuviera iluminada con electricidad generada por las almas—. Energía generada por las almas —murmuró en voz baja, y luego se rio de su propio chiste.

Edward la miró con recelo.

—Me formé durante décadas para poder hacer mis primeros pactos de almas. Me he leído todos los libros que hay sobre el tema.

Eso parecía poco probable. Aunque tuviera varios siglos de edad, había muchos libros en el universo.

—¿Incluso los escritos por seres humanos?

Él se burló.

—Recuerda el dibujo que viste en tu enciclopedia. ¿De verdad crees que los libros de los seres humanos son una fuente de información fiable cuando se trata de demonios?

—Así que eres un esnob. Me alegro de que me lo confirmes.

Edward parecía tan disgustado que Bella no pudo evitar sonreír.

Era muy fácil incomodarlo. Si tenía que estar pegada a él las veinticuatro horas del día, más le valía divertirse.

Giraron en su calle y Bella se quedó helada.

—¡Oh, no!

El descapotable rojo que había aparcado frente a su casa le resultaba tan familiar como que se le encogiera el estómago.

—¿Qué pasa?

—Mi madre está aquí.

Observó que también había mucha gente. Su jardín estaba lleno de brujas, hechiceros y algunos seres humanos corrientes que comían, bebían y charlaban. Al parecer, Renné Swan había decidido organizar una fiesta, aunque no tenía ni idea de por qué tenía que ser en el jardín de Bella.

Su muchas veces tatara-tatara-tatara-tatarabuelo, Aro, merodeaba por la fiesta pinchando queso con un palillo y con cara de preferir estar en cualquier otra parte. Su atuendo siempre era muy extraño, y hoy no iba a ser diferente: llevaba una túnica de terciopelo rojo y orejas de conejo. La blanca barba le llegaba hasta la cintura y sus ojillos negros y brillantes apenas eran visibles bajo unas pobladas cejas blancas.

La mayoría de los brujos tenían un amplio abanico de conocimientos, pero Aro había perfeccionado un elemento de la brujería: aumentar su esperanza de vida. Por desgracia, no había aprendido a aumentar su salud física en la misma medida, y parecía tan viejo como lo era en realidad, con la espalda encorvada, la piel llena de manchas de la edad y más arrugas que un carlino. Llevaba siglos quejándose de sus doloridas articulaciones. El viejo hechicero vio a Bella y se acercó cojeando.

—Tus articulaciones todavía funcionan —dijo con voz decrépita—. ¿Por qué no sales corriendo de aquí?

Bella no era la única que temía las reuniones familiares de los Swan. Se inclinó para darle un abrazo al viejo hechicero, con cuidado de no apretarlo demasiado.

—¿Cómo te convenció mi madre para que vinieras a… lo que sea esto?

Aro le caía bien a pesar de su mal humor. Parecía inofensivo, pero había oído hablar sobre sus primeros siglos salvajes, llenos de actos delictivos y excesos bacanales.

Aro frunció el ceño.

—Dijo que estabas lista para tu lección sobre el lenguaje de la magia.

Bella frunció el ceño. Aunque era mejor que su madre, Aro también se sentía desconcertado ante su incapacidad para convertir los genes de los Swan en hechizos que funcionaran, así que no solía pedirle ayuda. Sin embargo, los tutoriales en línea de GhoulTube no la estaban ayudando demasiado a la hora de memorizar el lenguaje de la magia, y ella había tenido un momento de debilidad tras hacer estallar su último iPhone en la cena familiar.

—Tal vez en otra ocasión.

Lo último que quería era hablar de magia con algún miembro de su familia, pero si su madre estaba aquí, no podría evitarlo. Se le encogió el estómago con solo pensarlo. Aquella profecía pendía sobre su cabeza como un yunque, lista para aplastarla como una caricatura.

Aro miró a Edward de arriba abajo. Las arrugas de su frente se volvieron más profundas.

—¡Vaya!

Un silbido desgarró el aire.

—¡Yuju, cariño! —exclamó Renné desde el jardín, saludando con entusiasmo—. ¡Ven aquí!

Ya no había escapatoria.

—¡Mierda! —Bella se obligó a moverse, con el miedo asentándose en sus entrañas.

Renné se reunió con ellos en la acera. Iba vestida con un traje de chaqueta lila y tacones de aguja rojos, y llevaba una copa de champán en la mano.

—Bella, querida, ¿dónde has estado? Pensé que te perderías tu propia fiesta.

—¿Por qué tengo una fiesta? —preguntó Bella con una calma que le pareció extraordinaria dada la situación. Lo único que quería era ducharse, cambiarse e ir a la biblioteca. Ahora tendría que entretener a los amigos de su madre y enfrentarse a preguntas inoportunas sobre su formación.

Renné se rio y le pellizcó una mejilla a Bella.

—Para celebrar tu nueva relación, tonta. Creí que nunca llegaría el día.

—¡Oh, no! —dijo Edward, mirando a los reunidos con cada vez más nerviosismo.

—¡Atención todo el mundo! —Renné dio un golpecito en su copa de champán con una de sus largas uñas. Las conversaciones fueron bajando de volumen mientras los invitados se iban acercando—. Me encantaría presentarles a…—Se interrumpió y luego miró a Edward, dándose cuenta al fin de que nunca le había preguntado su nombre.

—Edward—dijo Bella.

—¡Edward! —Renné levantó su copa en un brindis—. ¡El nuevo novio de Bella!