08 / 10 / 2024
Prompt: Compras domesticas


Pan

Platinum se cepilló los dientes con su calma habitual, mirándose en el espejo mientras Diamond terminaba de arreglarse para ir a su trabajo en el restaurante. Luego de terminar, ayudó a Diamond a terminar de peinarse, no era tan bueno cuando se trataba de su extraño cabello.

—Te ves muy elegante —dijo Platinum con una sonrisa, dándole un pequeño beso en la mejilla.

—Gra-gracias, Platinum —dijo Diamond, sonrojado.

Platinum no tenía trabajo aquel día, la oportunidad perfecta para tener una tarde cálida de lectura, disfrutando de las vistas en su balcón al cual le había acondicionado dos sillas junto al enorme librero que descansaba en el mismo lugar. Ya cuando Diamond volviera seguramente traería algo de comida deliciosa y pasarían el resto de la tarde-noche juntos. Sería un día perfecto, de no ser porque Diamond revisó el mueble de su alacena.

—Oh, ya se terminó el pan —dijo Diamond, mirando una alacena casi vacía—. Platinum, ¿podrías ir a comprar despensa en la tarde?

Platinum arqueó la ceja de inmediato, mirándole de manera confundida. De inmediato se acercó y miró por la alacena, dándose cuenta de la verdad de las palabras de Diamond. Había algo en esa pregunta que le hizo sentirse pequeña, confundida, tonta.

—Día… yo nunca he hecho despensa —admitió, encogiéndose de hombros.

Los ojos de Diamond se alargaron al observar a Platinum con aquella reacción que le hizo preocuparse. De inmediato sugirió que, luego de que llegara, irían ambos juntos. Aunque la idea le parecía mejor, algo dentro de ella le hizo molestarse. Estaba tan acostumbrada a que las cosas simplemente aparecieran en su cocina que no sabía cómo realizar aquello, pero quería hacerlo. De inmediato negó con la cabeza y miró a su novio con determinación.

—No, yo iré sola —dijo con mucha determinación.

—¿Segura? Podemos ir los dos y…

—No, Dia, necesito hacer esto, además será divertido —dijo, sonriendo—. Es solo comprar cosas, no puede ser tan complicado.

Diamond sonrió al ver la determinación de su pareja, aceptando que ella se hiciera cargo. Antes de que se fuera le dejó una pequeña lista con las cosas que tenía que comprar para la semana, y algo de dinero para que alcanzara para todo. Platinum asintió y le dio un tierno beso en la mejilla, despidiéndose de él cuando se fue del departamento.

Tenía una nueva misión, y había algo en ella que le hizo emocionarse de más al tomar la lista y revisar uno a uno los artículos que debía comprar. De inmediato fue a la cocina y tomó una de las bolsas que la madre de Diamond le había dado para poder comprar. Estaba lista, cruzó el umbral de la puerta hasta darse cuenta qué había olvidado algo.

—¿Dónde se compra la despensa? —se preguntó a sí misma, quedándose de pie a las afueras de su departamento.

Trató de recordar dónde Diamond le había mencionado que compró la primera despensa, un lugar que de hecho quedaba bastante cerca. Quiso enviarle un mensaje, pero se negó, debía solucionarlo ella sola. De inmediato recordó el viejo supermercado donde Sebastián le decía que compraban la comida, un lugar que estaba hasta la otra punta de la ciudad. Con unos cuantos clics pudo pedir un taxi que le llevó hasta el enorme supermercado de cadena.

De inmediato quiso entrar, sin embargo, antes de hacerlo una empleada le detuvo.

—Bienvenida a Kostko —dijo la dependienta con una sonrisa cálida—. ¿Me podría mostrar su membresía, por favor?

—¿Membresía?

Platinum devolvió la pregunta, confundida. Intentó mostrarle su identificación, pero la dependienta solo le miró con un rostro más confundido.

—Lo siento, para poder entrar necesita ser miembro del club —dijo la mujer.

—¿Y cómo me hago miembro? —preguntó, confundida.

De inmediato la dependienta le llevó con otro empleado que le tomó sus datos para darle una membresía. Platinum estaba confundida, aún más cuando le dijeron que el volverse miembro tenía un costo. Sin embargo, hubo algo en esa palabra, de ser miembro exclusiva, que le hizo recordar un poco a su vida en la mansión. La chica sintió que volvía a pertenecer a un club selecto, en especial con la forma tan vehemente que el empleado le entregó su hermosa tarjeta negra. Lo había logrado, estaba lista para entrar y encontrarse en un lugar selecto lleno de personas refinadas como ella, pero lo que se encontró al entrar fue completamente diferente.

Filas retacadas de gente, personas peleando en el área de pasteles, señoras gritándose los unos a los otros y un monto de personas que Platinum no sintió especialmente de la elite, se sentía como en la calle de las afueras del departamento, mirando de nuevo su "exclusiva" tarjeta de miembro.

—¿Solo pague para poder comprar? —se cuestionó a sí misma, molesta.

Se molestó, quiso ir a reclamarle a quien le había vendido la membresía, pero solo suspiró con molestia, frustrada, avanzando por un carrito y yendo a comprar las cosas que Diamond le había pedido, sin embargo, no se dejaría estafar otra vez.

La primera cosa en la lista era comprar pan de caja. Suspiró, realmente no quería meterse en la vorágine de señoras y señores que se arremolinaban en el área de panadería. Para su fortuna, el área del pan blanco estaba sola, así que tuvo problema con encontrarse con un enorme exhibidor repleto de diferentes tipos de pan. La cantidad de marcas y tipos de pan le abrumó, tantas opciones que no supo cuál escoger.

—Vamos, no es tan difícil —se dijo a sí misma, mirando las opciones—. ¿Cuál es el que Diamond suele comprar?

Una marca resonó de inmediato, una envoltura verde de pan orgánico que se pronunciaba como pan completamente natural y saludable de una marca que no conocía, pero el nombre de "masa madre" le hizo decantarse por comprarlo. No solo llevó uno, pensando en que se podría acabar por lo pequeño que era, se llevó otros dos paquetes de ese pan.

El siguiente elemento en la lista no fue muy diferente: leche. Al llegar al área de leche se encontró con cajas y cajas de leche con nombres que tampoco reconocía. Guiándose por la leyenda, llevó una caja de leche que parecía ser más natural, y otra caja de leche de almendras, una de sus favoritas.

Uno a uno fue llenando su carro con los productos que había en la lista, terminando con un enorme carro repleto de despensa que apenas podía llevar, pero que satisfacía los ítems de la lista. Se sintió orgullosa al ver el carro repleto de cosas, había hecho bien su misión. Fue a formarse, encontrándose con una enorme fila de personas que esperaban a ser atendidos. Suspiró, fastidiada, mirando su reloj. Ya eran las tres de la tarde.

Al mirar a los lados vió un área que tenía mucha menos gente. De inmediato se formó. No tardó mucho hasta que una empleada le indicó la computadora a la que podría ir a pagar. Llevando su carrito a rastras, Platinum llegó a la máquina y miró a todos lados, esperando, sacando su teléfono para ver algunas cosas en lo que esperaba que una empleada le despachara.

Sin embargo, la que llegó fue la misma mujer que le había indicado que fuera a esa máquina.

—Señorita, está atrasando a la gente, ¿hay algún problema?

—Oh, lo siento, en cuanto venga alguien a atenderme me retiraré —dijo Platinum con una sonrisa cálida.

La empleada arqueó la ceja, anonadada por lo que le había dicho Platinum.

—Señorita, este es el área de auto-cobro —dijo, cruzándose de brazos—. Es usted la que tiene que pasar los productos en la máquina.

Los ojos de Platinum se abrieron por completo ante aquel dato.

—¿Me está diciendo que yo haré la labor de cajero? —reclamó Platinum.

—Señorita, le pido por favor que pase sus productos o vuelva a la fila de cajeros, está atrasando a los demás —una vena se saltó en el rostro de la mujer.

Aunque Platinum pareció molestarse por la actitud de la dependienta, escuchar los reclamos de la gente de atrás le hizo sentir una enorme vergüenza. Luego de que la dependienta, a regañadientes, le explicara cómo usar la máquina, Platinum comenzó a escanear uno a uno sus artículos.

El dinero para la despensa era de $800, pero al final de la cuenta la máquina indicaba un valor de $3450. Las pupilas de Platinum se dilataron de golpe mientras un sudor frío recorrió su cuerpo. ¿Cómo podría ser tanto si apenas llevaba lo que indicaba la lista? Pensó que era un error, pero el ver el desglose de los productos le hizo saber que no lo era, y todo era culpa de esos productos orgánicos.

Quiso reclamar, pero la mirada molesta de la empleada y de la gente le hizo sentirse muy ansiosa, como si le faltara el aire, como si en un momento toda la gente comenzara a gritarle y perseguirla por ser tan incompetente. No podía creer que algo tan simple le había salido tan mal, y ahora tenía una enorme deuda que tuvo que pagar con su tarjeta de crédito, una tarjeta que se dijo que solo usaría en emergencias.

Salió del supermercado, derrotada, molesta, ansiosa, sintiendo un nudo en la garganta y las ganas de llorar. Se sentía como la chica más estúpida del mundo, tan inútil que ni siquiera podía comprar despensa. Quería que Diamond estuviera ahí, que le dijera algo, pero a la vez sentía la vergüenza de verlo, que la viera fracasar en algo tan mundano. Quiso gritar, en especial al darse cuenta que la bolsa de mandado no era suficiente para llevar la montaña de artículos que llevaba.

Tragó saliva, pidió el taxi de vuelta y sacó a sus pokémon para que le ayudaran a subir toda la despensa al departamento. Al llegar no pudo evitar tomar una copa de vino y beberla de un golpe, como buscando escapar de la culpa y vergüenza que sentía por sí misma y dándose una ducha larga, muy larga.

Diamond llegó a las horas después, quedándose parado de golpe al ver la cocina repleta de productos de más, y a Platinum sentada en el balcón, frustrada, mirando al vacío.

—Lo arruine, Dia —dijo Platinum, melancólica—. Ni siquiera puedo comprar una maldita despensa bien.

—Platinum… —Diamond se acercó a ella al notar aquel tono— Tranquila, siempre pasa cuando nos adaptamos a algo nuevo.

—Pero no algo tan simple —reclamó, molesta—. Termine con una despensa que seguramente se nos pudra, y ahora tenemos una deuda de casi $4000—Platinum sacó su tarjeta—. Y aparte me estafaron con una membresía donde se paga por dejarte comprar, que absurdo —reclamó, tirándola al suelo—. No sirvo para esto, Dia.

Aunque el costo de la deuda hizo que Diamond tragara saliva, preocupado, el rostro de Platinum le hizo sentirse muy mal, sabía que se esforzaba por salir de su zona de confort, y eso iba a costar. En parte se culpó, debió haberle especificado donde ir a comprar y cómo comprar. Sin embargo, había algo mejor que hacer.

De inmediato volvió a la cocina, tomó la enorme caja de leches y comenzó a abrirlas. Platinum se giró de inmediato.

—¿Qué haces? —preguntó, confundida.

—Bueno, ya que tenemos tantas cosas, hay que sacarles provecho —Diamond sonrió, prendiendo la estufa—. ¿Qué te parece si hacemos arroz con leche? Tenemos suficiente, además con el pan podemos hacer una fiesta de sándwiches el fin de semana, podemos invitar a Pearl y Maylene, y jugar videojuegos.

Platinum se quedó de piedra, mirando a Diamond con entusiasmo, tomando su fracaso y volviéndolo algo lindo. De inmediato sonrió, esa calidez, ese cariño y preocupación le hacía sentirse bien, la forma en que el chico no decaía y volvía cada error una oportunidad era algo que le encantaba. Le hizo sentir que, sin importar cuanto lo arruinara, Diamond estaría ahí para ayudarla, y eso le hizo sentirse bien, lo suficiente para unirse a él y preparar aquel postre casero que, si era honesta, le encantaba.