Elígeme.
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Su teléfono había estado sonando de forma imparable desde que llegó a casa.
Pensó algunas veces que podría apagarlo, pero siempre se sentía tentado a saber si él continuaría insistiendo o si en algún momento dejaría de llamar.
Respirando con dificultad, el joven griego cerró la puerta tras de sí, lanzando un suspiro a la vez que se apoyaba en la madera y se dejaba caer sentado sobre el piso, quitándose el calzado estando ahí.
El día escolar fue más largo de lo normal porque a diferencia de otras veces cuando le tocaba hacer equipo con él y nada extraño le pasaba a su cuerpo, podía actuar con naturalidad; pero desde hacía un par de días el tiempo parecía interminable, pues había experimentado un repentino cambio en sus emociones cuando se trataba de Camus.
Antes podía mirarlo, sonreírle o colgarse de su cuello con el brazo mientras andaban; sin embargo, ahora no podía mirarlo a los ojos sin sentir algo extraño en el estómago. Tampoco podía verlo hablar con otra persona sin sentirse ofuscado u ofendido.
El celular volvió a sonar. Milo observó la pantalla con ansiedad, y aunque de verdad quería finalizar la llamada, no logró pelear más contra sus propios deseos porque no podía negar que extrañaba oír su voz.
Tomando el valor que necesitaba, finalmente atendió.
—¿Hola?— Tratando de no sonar nervioso, apretó los dedos sobre su pierna.
—¿Por qué no respondes el teléfono?— preguntó el muchacho del otro lado con seriedad.
El griego sintió cómo algo se atoraba en su garganta antes de contestar.
—Estaba ocupado…— Mintió, peinando su propio cabello atrás. Su amigo lanzó un suspiro desde el otro lado.
Hubo un breve silencio entre los dos.
—Lo preguntaré directamente. ¿Me estás evitando?— Milo se sorprendió, aunque ya debería haber sabido que él iba a ser tan asertivo.
—¿¡Yo!?— la voz le salió aguda y en un volumen mucho más elevado de lo normal, por lo que carraspeó para calmarse—. ¿Por qué lo dices?
¡Por supuesto que Camus no era un imbécil! Seguramente ya sabía que todas sus respuestas esquivas, conversaciones mínimas o la forma en que Milo actuaba cada vez que estaban solos tenían como única explicación que no deseaba verlo o estar siquiera cerca de él.
—Baja para que hablemos—. Solicitó de forma neutral, por lo que el griego no sabía si estaba molesto o si podía rechazarlo.
—¿Que baje, dices?— preguntó con gracia, sintiendo un repentino tic en la comisura de su boca.
—Estoy afuera de tu casa.
Milo se levantó, corrió a la ventana, se tropezó estruendosamente y, luego de reincorporarse, se asomó por la cortina para observar al joven alto y elegante parado en la acera, mirando con el rostro inexpresivo en su dirección.
Debido a un impulso nervioso, el chico cerró la cortina tan rápido que la despostilló.
Se sentó en la cama e intentó no olvidar que él lo estaba llamando mientras decidía si colgar o no, quitarse el teléfono del oído, poner el altavoz o esconderlo bajo la almohada.
—¿Vendrás?— Inquirió el galo desde el otro lado. El griego movió frenéticamente la cabeza, batallando con el celular, que estaba por resbalar de sus dedos temblorosos.
—¡Tengo que lavar el auto y hacer algunas tareas domésticas para quedar libre el sábado, y el sábado quizá salga de la ciudad hasta el lunes por la tarde y…!
—Entonces sí me estás evitando…— Concluyó el otro. El griego se exaltó.
—¡NO! ¡Estoy ocupado, carajo!— Con su pie derecho dio un pisotón sobre la alfombra bajo su cuerpo.
—Sal ahora—, insistió el galo—, solo será un momento—. El griego sonrió, nervioso.
—No puedo salir… Ya te lo dije…— trató de sonar calmado y realmente convencido de que tenía que ocuparse de esas cosas, y quizá más, con tal de no ver a Camus directamente.
Su amigo de la infancia soltó otro suspiro.
—De acuerdo, Milo—. Su tono era cansado, pero más que eso, decepcionado. Si era con él o con la situación, el griego no lo sabía—. Entonces dejemos las cosas así. No volveré a llamarte…— Dijo él, finalizando la conversación mientras el silencio quedaba como dueño de aquel pequeño momento.
El corazón del escorpiano dolió como si se hubiera desgarrado.
Abrió la boca para decirle que estaba exagerando, mas notó que Camus ya no podía escucharlo, y que no lo haría nunca más.
—¡No puede ser tan dramático!— exclamó sarcástico y, con las manos temblando, le devolvió la llamada; pero el francés no respondió el teléfono, como si le estuviera dando una cucharada de su propio chocolate.
Milo intentó comunicarse un par de veces más y cuando se asomó por la ventana para pedirle que respondiera, lo vio alejarse por la acera contraria con ese suave movimiento al andar.
El griego abrió la ventana.
—¡Camus, responde el maldito teléfono!— Imperó desde la marquesita cuando sacó la cabeza. El nombrado no volteó; pero, ante los ojos griegos, se atrevió a colgar.
Desesperado, el muchacho nacido bajo el signo de Escorpio apretó los dientes, se guardó el celular en el bolsillo, abrió completamente la ventana, y maldiciendo su suerte, a él y todo lo demás, sacó las piernas a través del bastidor, sentándose en él (olvidándose de la altura y de cualquier posible daño que pudiera ocurrirle); saltó hasta el árbol cercano a su casa, se aferró al tronco y bajó por él.
—¡¡Camus!!— le gritó— ¡Franchute! ¡Oyeee!— lo llamaba sin tener testigos de su acto de parkour.
Las hojas y las pequeñas ramas lo golpeaban como la indiferencia del galo, quien continuaba caminando calle arriba.
—¡Camus! ¡Carajo!— saltó contra el pavimento y echó a correr detrás de él con los pies descalzos.
Cuando le dio alcance, lo tomó del brazo con decisión, obligando al otro a voltear en su dirección.
—¡Te estoy hablando!
El francés levantó las cejas y se rio despacio al mirarlo hecho un caos.
—¿"Franchute"?— preguntó medio ofendido, elevando una de sus cejas.
—¡Es tu culpa por no atender el maldito teléfono!— gritoneó y, ante los ojos de Camus, volvió a marcar; a lo que el galo, ligeramente divertido, respondió.
—¿Oui?
—¿¡Podrías no ser tan dramático!? ¡Tuve que saltar de un árbol para que veas que yo…!— se calló de golpe cuando él se acercó y le acarició accidentalmente la cabeza mientras le sacaba las ramas y hojas que se habían atorado en su cabello.
—Prosigue, te escucho.
—...— pero no podía aceptar la invitación a hablar porque se había perdido entre la mirada verde turquesa de su amigo, el amigo del que se había enamorado y por quien perdía el control de sí mismo.
—¿Querías probarme que no me estás evitando?— preguntó el galo, pinchándolo un poco para que hable. El griego apretó ligeramente los dientes.
—Es que yo no…— balbuceó una respuesta, todavía sosteniendo el celular junto al oído.
—Te creo—. Dijo el acuariano, terminando la llamada. El otro, aún con el móvil sobre la oreja, frunció el ceño.
—¿No pudiste decir eso hace cinco minutos?— el mohín ofendido en su rostro juvenil hizo sonreír a Camus.
—Quería mirarte a los ojos. Estos días es difícil lograr eso—. La confesión suave y directa del francés paralizó a Milo, quien bajó el teléfono y lo apretó entre sus dedos.
Permanecieron un momento en silencio, hasta que el griego notó que no podía quitar sus propios ojos del rostro ajeno, con su nariz aguileña, su mentón prominente y esos pómulos masculinos que atraían sus labios para darle un beso.
—Bien…— carraspeó para limpiar de su voz el nerviosismo— ...pues volveré a… ya sabes…
—¿Huir?
—Sí…— respondió distraídamente y, cuando lo notó, trató de corregirse— ¡No! ¿¡Por qué eres tan irritante!?— con su dedo, le pegó en el pecho. Debido al empujón, el pie galo retrocedió.
—¿Entonces…?— intentó entenderlo.
Milo exhaló. A esas alturas, esconderse de su escrutinio era complicado. Camus solía ser bastante deductivo y generalmente siempre acertaba en sus sospechas, por lo que el griego no sabía si ya había sacado alguna conclusión sobre su comportamiento.
—Hablemos en otro lugar—. Propuso el francés con suavidad.
Sabiendo que no tenía escapatoria, el griego asintió y volteó hacia atrás.
—¿Quieres…?
"Ir a mi casa", estuvo a punto de ofrecer.
—Depende de ti. ¿Quieres que estemos solos?
Milo tragó grueso mientras sentía algo moverse dentro de su estómago con más fuerza que antes.
Tal vez tenía hambre, quizá eran los nervios por lo que él le había dicho o simplemente la idea de estar a solas con Camus era tan atractiva, con esas hormonas haciendo estragos en su cuerpo, que no podía decirlo libremente.
¿En qué momento pronunciar esa invitación se volvió tan difícil?
Cuando eran jóvenes incluso dormían juntos y vivían el fin de semana en la casa del otro; sin embargo, al crecer, dejaron las pijamadas y esos encuentros nocturnos en el olvido.
—¿Por qué? ¿Ahora te da miedo?— intentó desquitarse del nerviosismo que sentía.
—Tú eres el incómodo—. El francés quitó otra ramita de su cabello.
—¡No estoy incómodo!— Bufó el griego; entonces lo tomó de la muñeca y comenzó a caminar de vuelta hacia su casa, pisando tan fuerte que se oía el hueco de la planta de sus pies sobre el pavimento.
—De acuerdo…
—¡Cómo te gusta joder!— refunfuñó, ya que él siempre quería tener la última palabra.
Abrió la puerta y, jalando al galo dentro de la casa, la cerró.
—Mi padre volverá en la noche, así que…
—¿Tienes alcohol?— lo interrumpió el acuariano, mirando el interior de la casa como si pudiera encontrar lo que necesitaba a la vista. El griego arqueó una ceja.
—¿Quieres beber?— Inquirió sorprendido.
—Tienes un rasguño aquí…— con el meñique tocó delicadamente la parte próxima a donde se encontraba la lesión. El griego saltó ligeramente.
—¿Y de quién crees que es la culpa?
—¿Te digo la verdad o conservamos nuestra amistad?
Milo se quedó en silencio, pensando que, sinceramente, no quería continuar siendo su amigo mientras tuviera esos sentimientos por él; pero no quería tirar años de amistad a la basura por no poder controlar las ganas de estar con él.
—En el baño de arriba hay un botiquín…— murmuró, pasándolo de largo. Camus se preguntó si eso era una invitación para subir las escaleras, y solo obtuvo su respuesta cuando el griego avanzó por los peldaños hacia el piso de arriba, por lo que lo siguió.
Cuando ambos estuvieron en el pasillo, el griego se detuvo.
—Espera en la habitación. Yo lo llevo.
—Déjame a mí—. Lo frenó Camus. El griego iba a debatir, pero él lo tomó por el brazo para que no se mueva—. Quieres que me haga responsable, ¿no es cierto? Pues esta es la forma de hacerlo.
El escorpión vaciló.
—Cretino…— murmuró al final, elevando la nariz con propiedad mientras se iba a la habitación.
Camus sonrió. Ya había estado muchas veces en la casa, así que sabía exactamente cuál era el camino que debía seguir.
Abrió el espejo del baño y tomó lo que necesitaba antes de volver con él.
Cuando llegó a la habitación, el griego caminaba de un lado a otro, trazando con sus pies pequeñas huellas sobre la alfombra. Como el galo había ido desde la preparatoria hasta la casa de Milo, aún llevaba su mochila con sus libros y su laptop, así que la dejó sobre la cama y se sentó, haciendo una seña con la mano en el colchón a su amigo para que ocupara el lugar a su lado.
El escorpiano vaciló porque tenía que estar cerca de él y estaban solos en la habitación, así que, tragando sus propios nervios, se sentó lo suficientemente lejos. Camus exhaló y tuvo que acercarse para colocar un cotonete impregnado de un poco de alcohol sobre la pequeña herida que tenía en la cara.
El anfitrión tembló ligeramente por el dolor que sintió cuando el frío etílico entró en contacto con el raspón.
—¿Te duele?— preguntó el galo, frenando sus movimientos.
—Un poco…— respondió, evitando sonar quejumbroso. Camus se inclinó suavemente y comenzó a soplar sobre su piel.
—No va a dejar marca—. Susurró, quizá para dejarlo tranquilo, ya que él solía ser un poco narcisista.
"Pero tú sí… Tú sí lo hiciste…", se lamentó el griego en silencio.
Camus volvió a curar, soplando la piel para aliviar el ardor, y Milo sintió el suave cosquilleo de su propio fleco moverse sobre la frente, causado por el aliento ajeno. Vio los labios franceses muy cerca de su rostro, y aún cuando tenía una madeja de pensamientos dentro de la cabeza y sensaciones pulsando sobre su piel y detonando pequeñas reacciones a las que había estado huyendo, tomó el impulso y se fue hacia adelante para darle un beso en los labios…
Sin embargo, terminó pegándole en la nariz.
Había visto alguna vez una película donde eso desbocaba una escena bonita y romántica; sin embargo, en ese momento, el primer beso que podría haber compartido con el chico que le gustaba se convirtió en un recuerdo caótico e incómodo.
Camus lanzó una exclamación de dolor y el escorpión, alarmado y nervioso, tiró el alcohol sobre la alfombra junto con los cotonetes.
—¿¡Estás bien!?— gritó histérico, tratando de descubrir qué era lo que necesitaba hacer para reparar su error. El galo asintió, con los ojos llorosos como reacción al golpe, más que por el dolor.
—Descuida…— miró al griego como buscando una explicación, pero todo lo que encontró fue un arranque de ansiedad mientras él pateaba la botella de alcohol vacía— ¿Milo…?
—¡Me siento como un pendejo!— vociferaba— ¡Este día ha ido de mal en peón! ¡Peor, quiero decir!— el galo, que se había puesto de pie para levantar las cosas, se rio involuntariamente al verlo tan estresado.
—¡Peón!— repitió entre risas.
—¡Cállate!— le dio un empujón; Camus se tropezó con un tenis que el griego había dejado por ahí y cayó hacia atrás, jalando accidentalmente el cabello del otro.
El francés se fue de espaldas contra la cama y Milo, vergonzosamente, fue a dar contra una parte blanda y sensible donde no esperaba ir (y que el francés no tuvo tiempo de proteger antes de recibir la nariz ajena en su hombría).
El griego se levantó rápidamente, mientras el otro se encorvaba para tratar de aliviar el dolor.
El escorpión lanzó una maldición frustrada y bastante obscena mientras trataba de pensar en cómo remediar su torpeza sin saber exactamente qué hacer.
¡Todo había salido mal! ¿Cómo podría mirarlo a la cara después de intentar besarlo y fallar estúpidamente? ¿Y cómo iba a escudarse después de proponerle semejante golpe en sus partes blandas?
Y sí, algún día esperaba poner ahí la cara, ¡pero definitivamente no en ese momento!
—¡Vete!— exclamó ofuscado, planeando todas las formas exageradas y extremistas en que pondría distancia entre ellos. El galo movió suavemente la cabeza y se levantó, aún encorvado.
—¿Podemos hablar de esto?
—¿¡Para qué!? ¡He sufrido suficiente vergüenza ya!
Camus suspiró.
—Nuestra amistad pende de un hilo. No me voy a ir así—. Milo se cruzó de brazos y miró por la ventana.
—Igualmente siempre haces lo que quieres…— dijo entre dientes. El galo no respondió, y durante un breve momento, mientras miraba la espalda helénica, se instaló un profundo silencio entre ambos.
—Me voy entonces…— Concluyó, dándole la razón en que generalmente solía ser insistente y Milo aceptaba lo que él quería hacer. Incluso lo obligó a hablar, aunque él no estaba listo para hacerlo.
Cerró los ojos y, cuando los volvió a abrir, caminó hasta donde había dejado la mochila para ponérsela.
—¡Me gustas!— le gritó el griego de forma tan inesperada que pausó los movimientos galos. Camus no respondió— ¡Lo sé! ¡Está mal, es antinatural y…!
—Me gustas también…— expresó el acuariano, virando el cuello ligeramente hacia atrás— ...Iba a decírtelo antes, pero estuviste esquivo toda la semana, y me hubieras odiado si tomaba la iniciativa.
El griego tragó saliva con dificultad mientras sentía cómo su rostro se calentaba, pues odiaba sentirse vulnerable y con él había conocido semejante experiencia.
—¡Difamador!— le gritó. Camus sonrió.
—¿Tóxico?— se aventuró a darle un adjetivo.
—¡Cállate!— debería besarlo, ya que acababa de corresponder a los sentimientos que lo habían hecho vacilar durante todos esos días, pero la razón por la que no los había exteriorizado antes lo frenaba.
El galo, que no era tan afectuoso como podría serlo con Milo, siendo su amigo, comenzó a preguntarse por qué no sellaba esas palabras con un beso.
¿Tal vez no estaba listo? ¿Quizá lo había presionado demasiado?
—¿Y ahora qué hacemos?— preguntó, intentando comprender si estaba bien fusionar sus labios para romper la tensión; de todos modos el griego lo había intentado antes (y su nariz fue testigo de eso).
Milo exhaló.
—Lo que hacemos siempre—. Contestó con simpleza—. No tienen por qué ser diferentes las cosas.
—¿Estás seguro?— indagó ligeramente sorprendido. El otro lanzó un bufido.
—No tienes ni idea… pero dejémoslo así.
—Es que no te entiendo.
Milo agachó la cabeza y movió ansiosamente los dedos a un costado de sus piernas, dudando si debía o no decírselo.
—Si peleamos y terminamos, nuestra amistad se acaba también—. Dijo con un pesar tan intenso que casi se sentía ridículo preocupándose por algo que todavía no sucedía y tal vez nunca pasara.
—¿Por qué?
—Porque sería incómodo. Tú saldrías con otro…
—O tú, por ejemplo.
—¡El punto es…!
—Que si somos novios el final de todo será inevitable, ¿no es cierto?— lo comprendió el galo, ideando cómo sacar esa idea de su cabeza, a pesar de ser un temor latente y real entre ellos.
—Sí…
—¿Prefieres que seamos amigos y no nos arriesguemos?
Milo se quedó callado y con eso Camus comprendió que no estaba seguro de su propia decisión; así que finalmente se animó a romper la distancia entre ambos, volviendo sobre sus pasos para darle la vuelta y, aprovechando que eran prácticamente de la misma estatura, le dio un beso en los labios.
El griego, por su parte, sintió un revoloteo en el estómago de forma tan inesperada e intensa, que se perdió entre la sensación suave, cálida y eléctrica de ese contacto húmedo sobre su boca. Apretó los puños e intentó controlar su propia ansiedad por abrazarlo, hundir los dedos entre la mata de cabellos verde turquesa y fundirse con él para reparar la lejanía de esos tortuosos días en los que no había podido ni mirarlo o responder a él con más que solo monosílabos.
El contacto fue momentáneo, y cuando el galo se alejó brevemente, le acarició la mejilla, teniendo cuidado de no lastimar el rasguño sobre su piel.
—Me encantaría que le dedicaras ese mismo esfuerzo al álgebra…— lo molestó un poco, sabiendo que Milo era un desastre en esa materia. El griego abrió los ojos e intentó protestar.
—¡Ca…!
—Elígeme… Elígeme sobre todos tus temores…— Susurró el galo, admirando esos orbes de azul tan claro que podía encontrar su propio reflejo en ellos, en una mirada llena de cariño y confusión en Milo.
El griego no supo qué decir.
Había estado dándole tantas vueltas al asunto y sintiéndose ligeramente perdido, sin saber si podría o no cargar con la responsabilidad de disfrutar ese momento sin pensar en perder su amistad después, que ahora lo único que deseaba era estar con él y hacer todo lo posible por deleitarse con su tiempo juntos, sus decisiones conjuntas (incluso las que no lo fueran), prolongar todo aquello y aferrarse por completo a ese muchacho, aunque en el futuro no terminaran con un felices para siempre.
—Qué irritante…— refunfuñó Milo al "elegirlo", dejándose llevar por sus propias emociones para colocar los dedos en el cuello ajeno, deslizar el pulgar por su mejilla y tomar sus labios para confirmar su respuesta. Camus sonrió y correspondió el beso, pegándose contra él cuando lo abrazó por la cintura y posicionó sus yemas sobre la ropa del otro en esa espalda firme.
Sintió sus movimientos suaves y un par de veces su mirada, como si el griego estuviera ratificando que aquello estaba pasando. Camus no se alejó ni pausó el encuentro entre sus bocas; se aferró a él cuando sintió su propio pulso acelerarse y su sangre golpear por las venas, calentándose y llevando sensaciones eléctricas que reaccionaban a los toques de Milo cuando profundizó el beso, probando su lengua, y cambió el agarre sobre su cadera, afianzando el encuentro entre sus cuerpos. Su papila gustativa respondió a los movimientos del griego y necesitó afianzar su agarre en la playera ajena porque las sensaciones que crecían dentro de su estómago comenzaron a robarle la respiración.
El muchacho de Escorpio lo sostuvo con fuerza entre sus brazos y emprendió un camino de besos por la piel de su cuello, devorando con ansiedad la superficie suave y tibia con besos y pequeñas lamidas que fueron marcando la dermis contraria a su voluntad. Camus se aferró a su espalda y retrocedió mientras un jadeo de placer escapaba de su boca.
Milo se detuvo cuando lo escuchó.
—Podría hacerme adicto a esto…— susurró sobre él, succionando la piel tibia al alcance de sus labios. El francés repitió el sonido y movió la cabeza hacia un lado, dejándole el espacio preciso para que pudiera continuar depositando atenciones húmedas donde quisiera, mientras él decidía devolverle un poco de esas reacciones dándole la misma dosis de amor sobre las zonas que alcanzaba su boca.
Ambos tenían una química perfecta que encendía un fuego que amenazaba con consumir todo a su paso en medio de toques suaves y besos que se volvían dementes.
Milo entonces se preguntó si podrían o deberían saltar al siguiente paso, ya que estaban en medio de un intercambio de sensaciones que no habían experimentado entre ellos, y que se potenciaban por el cariño y la complicidad que sentían el uno por el otro.
En ese momento, el celular de Camus comenzó a sonar, interrumpiendo su encuentro. El francés se apartó suavemente de Milo y buscó en la cama el teléfono (ya que sin darse cuenta lo tiró descuidadamente por ahí).
—¿Hola?— Respondió. Cuando oyó la voz del otro lado, se alejó un poco del griego y miró por la ventana—. Entiendo. Voy para allá.
—¿Pasa algo?— indagó el escorpiano cuando terminó de hablar por teléfono. El galo asintió.
—Me aceptaron en el concurso de piano y debo ir ahora para terminar de llenar la solicitud—. A pesar de estar sumamente feliz, conservó su propia dicha en el lugar más profundo de su corazón.
—Oh… Bien…— vaciló Milo, inquieto al no saber si debía decirle que estaba orgulloso de él porque consiguió uno de los cupos limitados de esa convocatoria o solo desearle suerte.
—Lo siento—. Se disculpó Camus, sabiendo que había roto la atmósfera que les costó crear momentos atrás. Milo sonrió y avanzó hasta él para darle un beso en los labios.
—Está bien, no te preocupes—. El francés sonrió mientras volvía a besarlo, notando que ahora parecía más natural y que Milo estaba relajado al hacerlo, como si siempre hubieran compartido esa afluencia de sensaciones.
El contacto entre sus labios volvió a escalar niveles que les costaba frenar, y fue el griego quien se obligó a hacerlo, recordando que Camus tenía que irse.
—¿Nos vemos mañana?— le preguntó como el preludio a su pequeña despedida.
—Como siempre—. Asintió el galo.
—¿Quieres que salgamos?— lo invitó el griego.
—Por supuesto. ¿A dónde te gustaría ir?— Milo miró al techo, pensando en su respuesta.
—Vamos a la rivera—. Era un lugar cálido, pero fresco debido al río y a los árboles tupidos, así que el clima no molestaría a Camus.
—Excelente idea—. Aceptó el galo, sonriendo sutilmente.
Nunca había tenido problemas en decir adiós; no obstante, en ese momento tomó su total entereza para abrir distancia entre ambos cuando comenzó a alejarse.
El griego lo acompañó hasta la puerta y fue difícil también para él observar cómo desaparecía a la distancia. Cuando volvió a subir las escaleras y llegó nuevamente hasta la habitación, se recostó en la cama pensando en él y los armoniosos sonidos que había escuchado salir de su boca mientras compartían su amor.
Suspiró en medio del silencio, pensando en el momento de volver a verlo y en cuánto lo extrañaba. Nunca antes le había pasado eso con él; es decir, cuando no lo veía durante las vacaciones o cuando alguno de los dos estaba enfermo, por supuesto que había sentido esa pequeña ausencia en su vida, pero esta vez el sentimiento de lejanía era más fuerte porque ansiaba sus labios y sentir su piel.
El sonido del celular interrumpió sus cavilaciones, y cuando observó la pantalla, se sentó en la cama, sorprendido.
—¿Camus?— se extrañó, apretando el botón verde—. ¿Hola?
—¿Quieres venir conmigo?— preguntó del otro lado de la línea.
—¿Eh?
—Ahora eres mi novio, y si estás libre, podríamos ir juntos—. Explicó con su habitual calma. Entonces, el griego comprendió que el sentimiento de añoranza era compartido y que Camus también pretendía aplazar su despedida.
—¿Por qué no?—. Respondió con una sonrisa, terminando la llamada para alcanzarlo.
Y sí, tal vez en algún momento tendrían que separarse, pero por ahora los unía un motivo para no tener que despedirse tan pronto.
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Fin.
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¡Feliz cumpleaños a mi querida galletita dulce Milodiescorpio !
Este pequeño oneshot es para tí . Espero que fuera de tu agrado ya que lo hice con mucho cariño para ti.
Gracias por todos los memes, las charlas, las historias que me has regalado y las confidencias. Eres una gran amiga y estoy feliz de haberte conocido.
Que pases un muy feliz día!
Sobre esta historia, mientras la escribía y hablaba de ella con mi beta Kari siempre la llamábamos el arbolito (aunque se llamaba "Eligeme"), por eso en la portada decidí hacer una con la ventana de Milo y el árbol. No estaba segura de los colores, pero ojalá que quedará bonita
Muchas gracias a todos por leer.
Y nuevamente felíz cumpleaños galletita
Agradecimiento especial a Andromeda no Kari por ayudarme a betear la historia, y hacer el encabezado .
