Capítulo I
No puede haber en todo el mundo — pensó— una mejor forma de despertar. La luz del sol entraba por la ventana del departamento, de su departamento. Se arrebujó entre las cobijas y sonrió. Era la primera vez que pasaba la noche fuera de casa, más bien, de su antigua casa. Respiró profundo, a esto debe oler la libertad —pensó—, cerró los ojos e intentó guardar ese recuerdo, ese sentimiento de triunfo, de haberlo conseguido. Era ya independiente, no tenía que regresar a casa a las nueve, no tenía que dar explicaciones de con quién salía o a dónde lo hacía.
Había dejado la escuela a los 19 años, después de dos cursos en la universidad de Boston. Su decisión había provocado un terremoto en casa, en ella, pura ilusión, de abandonar la vida escolar, de ponerse a trabajar, de conseguir independencia, de tener un poco de dinero propio. Había encontrado un empleo, un empleo interesante, que le hacía feliz, que le permitía salir todas las mañana, tomar el metro y comenzar una rutina, su rutina. Le había costado, ahorrar con tantas tentaciones, le había costado. Pero todo había valido la pena. Tomó el celular de la mesita y como si le hubiera leído el pensamiento, su teléfono comenzó a sonar.
—Estaba a punto de llamarte.—
—¿Qué tal la primera noche?—
—Mejor de lo que pensé…—
—¿Estás lista?—
—¿Para…?—
Ruby era su amiga, no, Ruby era su mejor amiga, su cómplice en cada una de sus locuras, sobre todo en esta, la más importante.
—Cómo que… ¿Para…? Para festejar, Emma, tenemos que festejar…—
—La verdad es que no tengo mucho dinero, además necesito ahorrar.—
—Está es la primera noche que pasas en tu departamento, tu sueño más grande… Mereces, no, merecemos festejar…—
La carcajada inundó la recámara, quizá más por la falta de muebles y el eco que esto provocaba que por la carcajada en sí pero no importaba. Le gustaba su relación con Ruby, le gustaba la complicidad y que eran muy parecidas en todo. Era transparente, sus sentimientos, sus emociones, sus gustos, sus malestares. No tenía muchos amigos porque no soportaba la falsedad, no soportaba los mentiras, y mucho menos los engaños. Por eso estaba tan agradecida de tener en su vida a alguien como ella.
—Está bien, me has convencido… ¿A dónde vamos?—
—Ven a Alebrije…—
—Ruby…—
—No es por eso… Puedes venir mientras trabajo y así puedo sacarte algunos tragos, no tendrás que pagar…—-
—-Sí, claro… O sea que nada tiene que ver Kat en esto…—
—No me mal interpretes, esa mujer es una diosa, pero…—
—Está casada…—
—Lo sé, no es por eso que quiero que vengas Alebrije…—
Se levantó y puso su teléfono en altavoz, si no se levantaba ahora llegaría tarde al trabajo y eso si no podía permitírselo. Se desperezó y se encaminó hacia su cocina. Café, negro, café sin azúcar, café sin leche, si iba a escuchar a Ruby hablar otra vez de Kat necesitaba cafeína.
—Está casada, Ruby…—
—Una nimiedad es lo que es, lo han dejado ya…—
—Eso te ha dicho…—
—Bueno sí, pero Graham no se ha parado nuevamente por ahí…—
—Además es mayor… Mucho mayor…—
—Otra nimiedad, verás ¿Qué es la edad? Sino un constructo social…—
—No, tiene nueve años más que tú, no es un constructo social, es la realidad…—
Ya no le daba tiempo de bañarse —pensó— lo haría al volver del trabajo. Sonrió. Le gustaba la cafetería, le encantaba su vida ahora, los clientes con quien empezaba a crear lazos, sus compañeros, bueno, su compañera, Lily, rubia, ojos marrones, preciosa a su parecer. Era por eso en realidad por lo que le urgía tanto llegar, quería verla de nuevo, aún no eran nada, pero estaba segura que lo llegarían a ser. Sonrió para sí, qué bueno que Ruby no está aquí para verla —pensó— ella que tenía todo planeado, que había diseñado sus siguientes 10 años con objetivos claros para poder conseguir su propia cafetería, enamorada, dispuesta a re diseñarlo todo. Suspiró. Tomó su café y se encaminó a vestirse.
—Además no hay nada entre nosotras…—
—Ruby…—-
—Es verdad, platicamos a veces…—
—Ella va a verte al bar… Le gusta lo joven que la haces sentir o yo no sé…—
—Es joven…—
—No tan joven…—
—Venga… no te he llamado para eso… Se lo importante que es lo del departamento, quiero festejar contigo, lo vas consiguiendo, ¿Sabes?, tu sueño.
—Está bien… te voy a eso de las diez…—
—Perfecto… Te quiero, Emma—
—Te quiero, Ruby…—
Colgó y respiró profundo. Ya se encargaría ella de hacer entrar en razón a su amiga, Nueve años es demasiada diferencia —pensó—. La convencería de encontrarse a alguien de su edad, como ella. Lily apareció en sus pensamientos, con su sonrisa y esa manera que tenía de mirarla. Sonrió de nuevo, se apresuró, quería llegar antes para poder hablar con ella aunque fuera solo unos minutos, a solas, mientras bebían su primer café el día.
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Entró al vestidor seguida de su mejor amiga, acababan de llegar del gimnasio, Kat intentaba, desde hacía ya quince minutos, justificar lo que estaba haciendo, como si la aprobación de su amiga hiciera la diferencia.
—Es una niña…—
—Técnicamente no lo es—-
—No está bien… Lo sabes…—
—Tiene 22 años…—
—Y tú 31…—
—Regina…—-
Tomó el traje sastre negro con una camisa blanca, y se giró hacia su amiga. Kat llevaba semanas con lo mismo. Su relación con Graham había terminado y una noche en un bar cualquiera, una barman de pronto se le había metido por los ojos. Sabía perfectamente que a su amiga le gustaban las mujeres, ese no era el problema, el problema era la edad de la chica.
—Necesitas tiempo… tiempo para cerrar lo de Graham…—
—Eso estaba roto desde hacía mucho… Lo sabes…—
—Kat…—
—Por favor…—-
—¿Qué voy a hacer yo mientras tú estás intentando ligarte a un adolescente?—
—No es una adolescente… Estar conmigo… No voy a verla, es decir, solo quiero un trago… Además, no podemos hablar todo el tiempo porque ella está trabajando.—
—O sea que soy tu premio de consolación.—
—Claro que no.—
—Como quieras, si no tengo otra opción.—
—Gracias, cariño… Verás que la pasaremos increíble…—
—Sí, sí… Ahora déjame arreglarme que tengo que el día repleto…—
—Está bien, te veo más tarde, cariño. Te quiero.—
Suspiró, no entendía nada, le resultaba increíble que su amiga, preciosa en todo el sentido de la palabra, estuviera completamente ¿enamorada?, no quería ni pensarlo, de una niña, porque para ella era una niña. Y es que ella era ese tipo de persona que está segura de entenderlo todo, de saberlo todo, sin contar que eso lo había pasado ya, cuando terminó con Daniel, hacía ya 3 años, todo se había vuelto negro, todas sus certezas habían desaparecido y le parecía haber caído en un pozo sin fondo. Pero con el paso del tiempo, porque eso es lo que había necesitado, tiempo, todo había regresado a su lugar, su sensación de malestar había menguado y su frustración desaparecido. Ya se lo había intentado explicar, habían tenido incontables conversaciones sobre el tema pero de nada le había servido. Kat estaba empeñada en continuar lo que sea que tenga con esa chica, Ruby.
Se acercó a la ventana y sonrió, adoraba su casa en los suburbios, le encantaba su vida y como había cambiado desde lo de Daniel, por eso se empeñaba en hacer entrar en razón a su amiga. Kat le preguntaba con regularidad si no extrañaba tener a alguien. No, era siempre su respuesta; las mujeres eran muy dramáticas y los hombres muy demandantes. Ambos la asfixiaban. Le gustaba su libertad, le gustaba y la atesoraba como nada.
Su rutina mañanera le tomaba cerca de dos horas, entre ejercitarse, cosa que hacía con Kat, bañarse, vestirse y maquillarse el tiempo se le pasaba volando, no le daba tiempo nunca de preparar su café y mucho menos desayunar en casa. Por eso agradecía haber encontrado una pequeña cafetería que cumplía ese papel en su vida, la proveía de café y algún bocadillo que le permitiera empezar su día en paz.
Así que encendió su carro y emprendió camino a la oficina, le gustaba manejar, adoraba cantar mientras lo hacía, su lista de favoritos tenía ya cerca de quinientas canciones y eso le daba a su día la pizca de espontaneidad que necesitaba, nunca sabía qué canción seguiría, tenía por regla jamás brincarse alguna canción que saliera de esa lista, su lista, la historia de su vida. Así llegó al centro de Boston, donde estaba el ´Mills y Asociados´ el despacho de abogados del que era socia y directora, directora por unanimidad le gustaba aclarar. Todo había mejorado desde la partida de Daniel, todo menos sus relaciones con los demás, eso había ido en declive con los años, se había vuelto más arisca para ellos, más selectiva para ella.
Aparcó y suspiró, un sentimiento de molestia se hizo presente, había llegado a su cafetería favorita, sin embargo, esa sensación era porque hacía un par de meses había entrado a trabajar una rubia, no recordaba su nombre, pero no la terminaba de tolerar. Le gustaban sus rutinas y Francie siempre había hecho bien su trabajo, al menos con ella, no entendía porque de un día para otro había desaparecido. Esa rubia, era… igualada, sí esa era la palabra. Había pensado ya en ir a otro lugar pero realmente adoraba ese, que se vaya ella— pensó — al final de cuentas yo llegué primero. Así que con esa sensación de molestia mezclada con la certeza de que conseguiría que la despidieran, salió del carro y se encaminó a la entrada. Con un poco de suerte, los dueños se habían percatado de su error al contratarla y la habrían corrido ya.
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La mañana de Emma estaba resultando mucho mejor de lo esperado, tenía una hora que tanto ella como Lily estaban a cargo de la cafetería entera. Un atraso en una entrega de material y un accidente en la bodega eran la causa, no podía estar más agradecida. Las cosas con Lily fluían, esa era la palabra, habían encontrado un ritmo, un canal de comunicación que jamás había encontrado con nadie, ambas reían y atendían a los clientes. Lily se encargaba de las personas que estaban en el local y Emma de todos los pedidos para llevar.
—¿Cómo va el americano de la 13?—
—Está en barra… También está listo el emparedado de la 9 y el chai de la 3…—
—Pero qué eficiencia…—
—Es la compañía, hacemos buen equipo…—
La sonrisa que le regaló Lily disparó su pulso. Le gustaba de verdad, toda ella, la paz que irradiaba, lo atenta y empática que solía ser. Modestas mariposas, rondaban por su estómago. Nada podía arruinar ese día. Nada. La puerta del local se abrió y la campanilla de la entrada la hizo girarse. Sus ojos chocolate le borraron la sonrisa. Era Regina, REGINA con mayúsculas, cliente de muchos años según le habían explicado, a ella solo la atendía Alex, el supervisor o Francie, la chica que había renunciado y por la cual había obtenido el trabajo. Era especial, bastaba verla para darse cuenta. No hablaba con nadie, solo con Alex, estaba segura que no conocía el nombre de nadie pero tenía la certeza que todos sabían su nombre. El hueco en el estómago se hizo presente, y esque desde su primer día había tenido la sensación de que habían empezado con el pie izquierdo. Regina ni siquiera la miraba, y mira que lo había intentado, ser amable, hacerle plática mientras esperaba su café, pero nada, monosílabos era lo único que salía de ella. Se percató perfectamente de cómo recorría el local buscando a Alex, se acercó lentamente al mostrador, estaba claro que buscaba a quien fuese, menos a ella.
—You're stuck with me…—
—¿Disculpa?—
—No hay nadie más… Hemos tenido problemas en la bodega y todos están allá… Supongo que hoy tu café voy a tener que prepáralo yo, Regina…—
Sonrió ante su sorpresa. Regina había de inmediato buscado su nombre en la pequeña etiqueta que llevaba sobre su mandil.
—Emma. Me llamo Emma Swan…—
—Hola, señorita Swan… Supongo que quiero…—
—Espresso cortado… Leche deslactosada… Un croissant natural… Todo para llevar, bien sellado para evitar accidentes…¿Correcto?—
—Correcto… No sabía que mi pedido era ya tan conocido…—
—Por los demás no lo sé, yo siempre lo he tenido claro…—
—¿Ah sí?—
—Sí… Resulta ser que eres de las clientas más importantes de por aquí… Además de que eres la única a la que no le he podido sacar más que monosílabos.—
—Soy de pocas palabras…—
—-Poquísimas… Aunque tengo la esperanza de que con el espresso que te voy a preparar cambies de opinión…—
—Respecto a qué, exactamente…—
—Soy buena preparando café pero soy mejor conversadora…—
—Ya veremos…—
Sonrió y le pareció que estuvo a punto de recibir lo mismo de Regina aunque después de unos segundos ya no le pareció tan claro.
—Serían 10.99 por favor…—
—Apple Pay…—
—Perfecto…—
Acercó la terminal y Regina hizo lo mismo con su celular. Alcanzó a percatarse del muy lindo fondo de pantalla, un atardecer.
—¿Dónde ha sido?—
—Dónde ha sido ¿qué?—
—El atardecer… el del fondo de pantalla…—
—Harvard Bridge…—
—Sí, ya me imaginaba que era ahí… También a mí me gusta visitar ese lugar… Pero bueno… ya he conseguido más de lo que pensé así que te preparo tu pedido, dame un minuto…—
Regina la seguía con la miraba, no podía verla pero la sentía. El hueco en el estómago había menguado, ahora lo que sentía era su corazón palpitar, seguro era por los nervios que le provocaba. Al mirarla de cerca se había percatado de lo bonitos que eran sus ojos, chocolate, labios rojo intenso y una peculiar cicatriz sobre ellos. Midió y pesoó el café con detalle, tenía que ser bueno, no, tenía que ser espectacular, esa era su oportunidad y estaba segura que sería la única. Calentó el croissant, cortó el espresso a la temperatura justa, se olvidó de todo, preparar café era lo que más disfrutaba. Se acercó al final de la barra y se cruzó nuevamente con su mirada.
—Listo…—
—Gracias, Srita Swan…—
—¿No me vas a dar tu opinión?—
—No… Hasta mañana…—
—Disfruta…—
Regina se giró y por primera vez en los dos meses que llevaba de conocerla recorrió su cuerpo con la mirada. Era hermosa, sí que lo era.
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Sentada en su oficina disfrutaba de su espresso cortado, en su punto, desde el primer sorbo que dio en su carró lo tuvo claro, ese era el mejor café que había probado en su vida. La conversación, sin embargo, había sido rara. Emma era rara, particular. Con ojos magnéticos, ¿verdes? o ¿azules? no lo tenía muy claro todavía. Bella, eso sí estaba claro. Dio un sorbo más y los sabores le inundaron la boca, si no fuera porque su orgullo se lo impedía habría ido por un espresso más. Pero no le gustaba su atrevimiento, su empeño en conversar, además no eran preguntas genéricas, era información particular, lo sabía y lo sentía, el magnetismo, de su mirada, de sus palabras.
Sacudió la cabeza, llevaba ya media hora degustando de a pequeños sorbos su café, su conversación. No podía perder más tiempo, lo terminó de un trago, como lo hacía siempre. No había que darle más vueltas, ni más importancia de la merecida. Quizá la marcha de Francise no fuera tan mala después de todo. Tomó el teléfono y llamó al conmutador.
—Sidney, comunícame con Zelena, por favor…—
—Claro que sí, Sra Mills…—
—Gracias…—
Zelena era su hermana, era la mayor pero no lo parecía, era todo lo contrario a ella, era parlanchina, espontánea y extrovertida. Era por eso encargada de todo el marketing del despacho, gracias a ella sus números en redes se había triplicado. Bendecía la hora en que había convencido a sus socios para contratarla. Solía tener una junta con ella todos los viernes por la noche, era una cena que abarcaba de todo, trabajo, cuestiones familiares, cuestiones amorosas, era una cita para ponerse al día de lo ocurrido en la semana. Llamaba para cancelar, había prometido acompañar a Kat y sabía perfectamente que no se podría zafar. El teléfono timbró y contestó.
—Diga…—
—Regina…—
—Cariño, ¿cómo estás?—
—Bien, hermanita… ¿Tú?—
—Bien, también.. Con malas noticias… No podré ir a la cena de hoy…—
—Necesitas dejar de trabajar así…—
—No es eso.. Hago un favor a Kat…—
Zelena no contestó, no le había parecido, estaba segura de ello.
—Es importante, lo siento, cariño…—
—Está bien pero te veo la siguiente semana, tengo mucho que contarte…—
—Lo prometo…—
—Te quiero, no olvides llamar a madre…—
—Lo haré, cuídate Zelena. Te quiero…—
Adoraba a su hermana, adoraba esa relación que habían construido después de todo el drama por el que atravesaron con la muerte de su padre. Habían conseguido salir de ahí, sacar a su madre adelante y solucionar todos los problemas que la herencia había dejado.
Ésta era, le parecía, la mejor etapa de su vida, había encontrado un equilibrio, el que tanto buscó a lado de Daniel, quizá eso era lo que ella necesitaba, estar en soledad sin que nadie cimbrara su vida. No permitirle a nadie entrar en su círculo cercano, ese íntimo en que solo estaba su familia y Kat. Nadie más.
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Estaba a punto de terminar su turno y el de Lily, le gustaba cuando así ocurría, podían pasar unas horas más juntas y conocerse mejor. La mañana había pasado en un santiamén, habían tenido casa llena y pocas manos. No había tenido tiempo de pensar, pensar en eso que la había dejado un tanto tocada por la mañana.
—¿Es verdad que atendiste a Regina?—
—Es verdad… Qué difícil es esa mujer, Alex..—
—No lo es tanto, es solo saberla llevar…—
—No habla nunca y parece que todo le molesta..—
—Creo más bien que le gustan sus rutinas, las conversaciones que tenemos son siempre las mismas, hablamos del clima, la mezcla de café que cambiamos cada mes, aunque ella siempre pide la de la casa, de sí quiere mermelada o no mermelada en su croissant.
—Es rara…—
—Sí lo es… veremos mañana qué le ha parecido tu café.—
El hueco en el estómago apareció, le daba ansiedad pensar en que no le haya gustado, en no se suficiente, cerró los ojos y sacudió la cabeza, esa mujer no era nadie, su trabajo no dependía de ella, al final de cuentas era Alex el encargado de atenderla siempre, ella era Emma, una barista nueva que aún tenía mucho que aprender. Un pensamiento nuevo le cruzo por la cabeza, quería atenderla ella, quería hacerlo bien y quería hablarle siempre de cosas nuevas para quedarse en su memoria. La imagen de su cuerpo al abandonar el café le inundó el pensamiento. Sacudió la cabeza. No es que le gustara ni mucho menos, era mayor, ¿cuántos años?, no lo sabía, muchos, además a ella le gustaba Lily, le encantaba. Era cálida, amable y muy cariñosa. Y Regina era… era todo lo contrario. Pero eso no importaba. Se despidió de Alex y se encaminó a la salida donde una sonriente Lily la esperaba.
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Estaba terminando de retocar su maquillaje, Kat había insistido en que se cambiara porque quizá podría conocer a alguien en el bar. Estaba segura que no sería así, pero no quería discutir más. Empezaba a arrepentirse de haber aceptado la propuesta.
—Kat… por amor de Dios, deja de presionarme, ya solo me falta el abrigo y nos podemos ir—
—No te presiono, cariño pero ya voy un poquito tarde…—
—¿Tarde? Que no se supone que no te habías quedado de ver con ella.—
—No lo he hecho pero bueno… si vamos a ir… lo mejor es llegar temprano…—
—No entiendo para qué me hiciste cambiarme si a ese lugar asiste puro colegial… No es como que yo pueda entablar una conversación con alguien…—
—Tienes que dejar de atormentarme con eso… Ruby no es una adolescente, ni una colegiala, tiene 22 años y ya está bastante mayor para saber si algo le interesa o no.—
—Si mi problema no es que tú le intereses, por Dios mírate en un espejo, mi problema es que ella te interese a ti… Pero bueno, 1am, no pretendo quedarme más tiempo…—
—No necesito más tiempo… Dios, no me refiero a eso…—
—Claro que lo haces… Vámonos que llegamos tarde y tú tiempo está corriendo ya…—
Dejaron el carro de Kat en su casa y salieron en el suyo, estaba segura que Kat tomaría así que sería ella la encargada de traerlas sanas y salvas. No hablaron mucho en al camino, era evidente que su amiga estaba nerviosa, el coeficiente de Kat bajaba drásticamente cuando Ruby era tema de conversación. Suspiró y se prometió que jamás le volvería a pasar, que jamás volvería a estar así de enamorada de alguien.
Llegaron y las recibió el valet parking del lugar, le dieron su boleto, tomó su abrigo y se encaminó del brazo de su amiga a la entrada. No esperaba nada más que la noche pasara lo más rápido posible, no era ese el tipo de lugar que frecuentaba.
Abrieron la puerta, estuvo a punto de pedir mesa pero Kat se adelantó y pidió en la barra ¡Por Dios! Se giró y empezó a escanear de qué lado se sentarían cuando se cruzó con unos ojos ¿verdes? o ¿azules? mirándola.
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Ruby se había empeñado en que llegara con ella una hora antes de la apertura, ¿para qué? No entendía, a penas había alcanzado a cambiarse y retocar un poco el maquillaje sencillo que llevaba. Su amiga estaba nerviosa, eso lo entendía pero también empezaba a cansarle todo eso.
Ruby se veía espectacular como siempre. Entendía perfectamente porque esa mujer no dejaba de buscarla, pero no terminaba de entender la obsesión de su amiga con ella. Empezó a tomar cerveza, y se sentó en la orilla de la barra, desde ese lugar se veía perfectamente la entrada y así podría avisarle a Ruby cuando la susodicha llegara. Iba ya por la tercera cerveza cuando la vio entrar, mejor dicho, las vio entrar.
Se perdió. Quería dejar de mirar, quería avisar a Ruby, como siempre lo hacía, que Kat ya había llegado, quería dejar de mirar, pero sus ojos se negaban, estaba preciosa, vestido negro, entallado, tacones altos, cabello suelto, maquillaje cargado, iluminando su rostro, se olvido se bajar la mirada y terminó topándose con esos ojos chocolate y sin poder evitarlo, le sonrió.
