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NUNCA ME HE SENTIDO ASI ANTES
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Siento un gran vacío en el lugar donde Sakura debería estar. Podría ir a buscarla y contárselo todo, seguro que ella me escucharía, e incluso encontraría una forma de solucionar las cosas. De todas las personas que conozco, seguro que Sakura me entendería. Estuvo allí el día que tuve mi primera menstruación, en la pista de tenis, durante la clase de educación física, cuando para más inri llevaba unos pantalones cortos y blancos. Se dio cuenta antes que yo, me llevó a un lado, se quitó sus propios pantalones —la tímida de Sakura— y se fue caminando en ropa interior hasta el vestuario para traerme otro par de pantalones y un tampón. Yo estuve allí la primera vez que Sai se emborrachó —con doce años—, le obligamos a darse una ducha fría (no funcionó) y le hicimos café (tampoco ayudó mucho) antes de llevarle a la cama a dormir. Mi amiga también estuvo allí cuando Hanabi organizó la «gran fiesta diurna» en nuestra casa mientras mi madre estaba trabajando, para después irse con su novio y dejarnos solas —con catorce años— parta echar a un montón de adolescentes mayores que nosotras y limpiarlo todo antes de que mamá llegara.
Pero ahora no responde a mis mensajes, ni me devuelve las llamadas. Cuando me acerco a la tienda de regalos, o está ocupada con los clientes o se inventa alguna excusa como que tiene que hacer inventario, o irse a almorzar o ver a su supervisor.
¿Cómo puede irse al garete una amistad de doce años por lo que vi? Por lo que hizo. O por lo que yo dije que hizo. «No puedo dejar que nos separemos de esta forma», me digo a mí misma. De modo que a las cinco en punto, al final de mi jornada en el Templo, voy a verla cuando está rellenando un pedido.
Cuando le pongo una mano sobre el hombro, ella se retuerce, como un caballo intentando deshacerse de una mosca molesta.
—Saku. Saky. ¿Es que no vas a volver a hablarme? ¿Nunca?
—No tengo nada que decirte.
—Bueno, yo sí que tengo varias cosas que decir. Somos amigas desde que tenemos cinco años. ¿Es que eso no cuenta para nada? ¿Ahora me odias?
—No te odio. —Durante un instante veo un atisbo de emoción en sus ojos que no puedo identificar, pero entonces baja la vista y cierra con llave la caja registradora—. De verdad, no te odio, pero somos muy diferentes. Es muy difícil ser tu amiga.
Eso último sí que no me lo esperaba.
—¿Qué es muy difícil ser mi amiga? ¿En qué sentido?
«¿Soy una persona complicada y no me he dado cuenta?» Intento recordar. ¿Le he hablado demasiado de mi madre? ¿O de Naruto? Puede que sí, pero yo también he escuchado durante horas y horas sus problemas. He estado ahí cuando me ha hablado de los dramas de Sai. Conozco cada uno de los pormenores de su relación con Sasuke. La he consolado cuando me ha contado cosas de sus padres. He visto con ella todas las películas de su adorado Steve McQueen, a pesar de que nunca entendí su fascinación por él. «¿Acaso todo eso no cuenta?»
Ella se endereza y me mira a los ojos. Me doy cuenta de que le tiemblan las manos.
—Eres rica y guapa. Tienes la vida perfecta, el cuerpo perfecto, la nota media perfecta y nunca tienes que mover un dedo para conseguir lo que quieres —me espeta entre dientes—. No has tenido que trabajar duro nunca, Hinata. Todo te cae del cielo. Shino Aburame todavía escribe poemas sobre ti. Lo sé porque esta primavera fuimos al mismo taller de escritura. Kiba Inozuka dice a todo el mundo que eres la chica más atractiva de todo el instituto, e incluso ha mentido, alardeando de que se ha acostado contigo. Lo sé porque alguien se lo dijo a Sai y él me lo contó. Y ahora Naruto Namikaze, que es demasiado bueno para ser de verdad, está babeando por ti. Me pongo enferma. Tú me pones enferma. Pasar tiempo contigo y ser tu amiga es extenuante. —Baja todavía más la voz—. Por no mencionar el hecho de que sabes algo de mí que podrías usar para arruinarme la vida.
—No se lo voy a decir a nadie —digo con suavidad. Intento tragar a través del nudo de dolor que se ha formado en mi garganta. Siento una opresión tal en el pecho que me resulta imposible respirar. «¿Qué ser mi amiga es extenuante, Sakura? ¿Por qué? ¿Qué no puedes esconder un diccionario electrónico que te diga qué hacer?»—. ¿Es que no me conoces? Nunca te haría algo así. Nunca. No necesitas hacer trampas en los exámenes, eres muy inteligente, puedes sacar buena nota por ti misma. Yo solo quiero ser tu amiga… Te necesito. Algo le pasó al padre de Naruto y…
—Sí, ya me he enterado —repone con sequedad—. Sai me lo contó. Y tu novio también vino el otro día a mi casa para decirme lo mucho que les estabas ayudando y que me echabas de menos. ¿Qué no se lo vas a contar a nadie? Pues está claro que tu novio musculoso sabe algo.
—No se lo he contado todo. Apenas le dije nada. —Odio sonar como si estuviera justificándome—. Solo que nos peleamos. —Miro sus manos y veo que sus uñas, normalmente desiguales, ahora están mordidas en exceso, con restos de sangre en los bordes—. Nunca me imaginé que iría a tu casa.
—Pues lo hizo. El héroe volvió a rescatarte. Es lo que siempre consigues. Mientras que yo tengo que conformarme con… Sasuke.
Me gustaría decirle que fue ella quien eligió a Sasuke, pero seguro que eso solo empeora más la situación. Tiene la cara roja, con esa expresión que anuncia que está a punto de ponerse a llorar.
—Sakura… —empiezo, pero me interrumpe al instante.
—No necesito tu compasión. Y no quiero ser tu amiga. —Se coloca el bolso sobre su hombro delgado—. Vamos, tengo que cerrar. —La sigo al vestíbulo. Cierra la puerta con llave y se aleja. En el último instante, se da la vuelta. Se la ve más pequeña y tensa de lo habitual. Suelta—: ¿Qué se siente al no conseguir lo que quieres, Hinata?
«Nunca me he sentido así antes.»
Desde que conozco a Naruto he pensado eso mismo una y otra vez, pero siempre en el buen sentido, no como este abismo en el vientre que ahora me acompaña en todo momento.
Naruto me recoge del Templo y me pregunta si no me importa que hagamos una parada en el hospital.
Siento como si me dieran un puñetazo en las entrañas. Desde que mi madre hizo lo que hizo, no he vuelto a ver al señor Namikaze.
—Por supuesto que no. —Suelto el tipo de mentira educada que nunca antes he usado con él.
La unidad de cuidados intensivos está en la cuarta planta y necesitamos un pase para acceder a ella. Cuando lo conseguimos, observo cómo Naruto se prepara mentalmente para entrar en la habitación. Yo hago lo mismo en secreto.
El señor Namikaze parece tan frágil con la bata de hospital y todos esos tubos saliendo de todas partes. Su piel bronceada se ve sorprendentemente pálida bajo la azulada luz del techo. Este no es el hombre que carga pesados tablones de madera al hombro como si nada, que alza en brazos a Buna y Gaara sin esfuerzo. Naruto coloca una silla cerca de su padre y se sienta. Después toma entre sus manos la mano del señor Namikaze llena de vías y tubos y se inclina para decirle algo al oído. Yo me fijo en el monitor de ritmo cardíaco y veo cómo la línea se mueve de arriba abajo, de arriba abajo.
De camino a casa, Naruto mantiene la vista clavada en la carretera. No toma mi mano, como suele hacer siempre, sino que sujeta el volante con tanta fuerza que tiene los nudillos blancos. Me recuesto en el asiento y apoyo los talones en el salpicadero. Al ver que pasamos de largo la salida a la avenida principal pregunto.
—¿No vamos a casa?
Naruto suspira.
—Pensaba pasarme por donde Fukasaku y ver qué puede darme por el Mustang si se lo revendo. He invertido mucho en ese coche.
Le agarro del brazo.
—No lo hagas. No puedes vender el Mustang.
—Es solo un automóvil, Hina.
No puedo soportarlo. Pienso en todas las horas que Naruto ha pasado con ese Mustang, silbando entre dientes, ajustando y arreglando todas las piezas. El entusiasmo con el que lee las revistas del motor y marca las páginas que más le interesan. No es solo un automóvil. Es el lugar donde se relaja, donde puede encontrarse a sí mismo. Como hacía yo cuando miraba las estrellas u observaba a los Namikaze. O como cuando nado.
—No es solo eso —le digo.
En vez de seguir por la carretera que nos llevaría a Fukasaku «el Francés» vuelve a tomar la vía que bordea el río y se detiene a la altura del Bosque del Clan Nara.
El Escarabajo es viejo y ruidoso, aunque esa no es la razón por la que, cuando gira la llave y apaga el motor, se instala un silencio sepulcral. Es la primera vez que estoy aquí desde aquella fatídica noche. Oigo algunos sonidos. El lento murmullo de las olas sobre las rocas, el zumbido de una lancha motora, las gaviotas chillando, las almejas golpeándose contra los peñascos. Naruto sale del vehículo y le da una patada a una piedra que hay en el camino con la punta de la zapatilla. En vez de ir hacia el escondite secreto, va hacia la curva de la carretera, junto a la zona del parque infantil.
—Todavía sigo llamando a la policía —confiesa—. Dicen que sin testigos es muy difícil que puedan hacer nada. —Otra patada manda una piedra desde la carretera hasta la hierba—. ¿Por qué tuvo que llover esa noche? Apenas ha caído una gota de agua en todo el verano.
—¿De verdad importa que lloviera?
Se pone en cuclillas y mueve un dedo sobre la tierra.
—Si no lo hubiera hecho, quizá hubiéramos encontrado algo. Huellas de neumáticos… cualquier cosa. De este modo quienes quiera que hicieran esto seguirán con sus vidas sin problemas y nunca sabrán todo el dolor que han ocasionado.
«O lo sabrán pero no les importará.»
El pecho me arde por la vergüenza; una sensación que reemplaza la ira que hasta hace un momento sentía por las palabras de Sakura. Quiero decirle la verdad más que nada en este mundo. Desde que le conocí siempre ha sido fácil hablar con él y contarle todas las verdades que nunca he confesado a nadie. Sabe escucharme. Me entiende. Pero es imposible que entienda esto. ¿Cómo va a hacerlo, si ni yo misma lo hago?
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