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¿YA LE HE PERDIDO?
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–¡Hola, cariño! Estoy preparando un poco de comida para los próximos días. Últimamente he estado tanto tiempo fuera que apenas hemos podido cenar juntas. No quiero que te alimentes solo de esa comida basura del Bar de Tazuna o de los aperitivos que sirven en el club. Así que me he puesto a cocinar. He hecho ese pollo con setas que tanto te gusta y pasta con salsa boloñesa —dice mi madre con voz alegre mientras me arrastro hacia la cocina cuando regreso de mi jornada como socorrista—. He puesto etiquetas en los recipientes y los voy a meter en el congelador. —Y sigue y sigue.
Su voz es firme y tranquila. Se nota que tiene ganas de hablar. Lleva el pelo suelto y un vestido cruzado de color sandía que hace que parezca lo suficientemente joven como para ser mi hermana mayor. Todo lo contrario que la señora Namikaze, que estos días luce unas profundas ojeras, se la ve demacrada y sin brillo en la mirada. He intentando mantener ordenada la casa de los Namikaze pero las cosas cada vez están peor. Temari está muy nerviosa, Gaara está todo el día pegado a mí, Buna se porta fatal y Karin y Menma no paran de pelearse. Naruto está tenso y preocupado y Ino se muestra más ácida de lo habitual. Todo es diferente en la puerta de al lado. Aquí, sin embargo, nada ha cambiado.
—¿Quieres un poco de limonada? —pregunta mi madre—. El otro día compré limones Gourmet, así que los he usado para cambiar un poco. Creo que es el mejor lote de todos los que han tenido. —Me sirve un vaso. Es la viva imagen de la eficiencia maternal.
—Basta ya, mamá —digo, y acto seguido me siento en un taburete de la cocina.
—Sé que no te gusta que haga de madre solícita contigo. Pero los otros veranos que tuve que trabajar tenías a Hanabi para hacerte compañía. ¿Hace falta que te haga una lista de lo que está fresco y lo que está congelado? No, ¿verdad? Seguro que lo recuerdas. Lo único que pasa es que me he dado cuenta de lo sola que estás.
—No te haces una idea.
Algo en mi tono debe de alertarla porque se para, me mira nerviosa y continúa hablando:
—Cuando terminen las elecciones nos vamos a tomar unas vacaciones bien largas. Hasta puede que nos vayamos al País del Rayo. He oído maravillas de Virgen Gorda.
—No me lo puedo creer. ¿Qué eres, una especie de robot? ¿Cómo puedes actuar como si todo fuera normal?
Mi madre sigue metiendo recipientes en el congelador.
—No sé de qué estás hablando.
—Tienes que contar la verdad de lo que pasó —digo.
Se endereza lentamente y por primera vez en días me mira a los ojos mientras se muerde el labio inferior.
—Se pondrá bien. —Cierra con fuerza la tapa de un recipiente—. He estado al corriente de todo por las noticias. Minato Namikaze es un hombre relativamente joven que está en buena forma. Puede que lo pase un poco mal durante un tiempo, pero se recuperará. Lo importante es que no ha sucedido nada grave.
Me inclino hacia delante y apoyo las manos sobre la fría encimera de la isla.
—¿Cómo puedes hablar así? ¿En serio te crees lo que dices? Esto no es algo que… —Muevo la mano con demasiada fuerza y golpeo por accidente un frutero de cristal lleno de limones que sale volando por los aires y termina estrellándose contra la pared. Los cristales caen al suelo con un sonoro estrépito mientras los limones ruedan por las baldosas en distintas direcciones.
—Ese frutero era de mis abuelos —informa mi madre molesta—. No te muevas. Voy a por la aspiradora.
Cuando la veo limpiando el suelo, en perfectas líneas simétricas, con tacones y vestida tan elegante, siento que algo en mi interior está a punto de explotar. Me bajo del taburete y desenchufo el electrodoméstico.
—No puedes ponerte a limpiar y hacer como si nada hubiera pasado, mamá. Los Namikaze no tienen seguro médico. ¿Lo sabías?
Saca el cubo de basura de debajo del fregadero, se pone unos guantes de goma y recoge los cristales más grandes para meterlos en la bolsa.
—Yo no tengo la culpa de eso.
—Está en esa situación por tu culpa. ¡Va a tener que estar en el hospital varios meses! Incluso puede que necesite rehabilitación, ¿quién sabe durante cuánto tiempo? La ferretería ya tenía problemas antes del accidente.
—Eso tampoco es culpa mía. Muchos negocios familiares lo están pasando mal, Hinata. Es una desgracia y sabes lo mucho que me preocupa ese tema y lo que hablo de ello en mis discursos…
—¿En tus discursos? ¿Lo dices en serio?
El volumen de mi voz hace que se estremezca, pero se da la vuelta y vuelve a enchufar la aspiradora.
Tiro del cable y la desconecto.
—¿Y qué hay de eso que siempre nos decías sobre asumir nuestras responsabilidades? ¿Era pura palabrería?
—No se te ocurra hablarme de ese modo, Hinata. Sigo siendo tu madre. Estoy asumiendo mis responsabilidades, quedándome dónde mejor puedo servir al bien común. ¿En qué ayudará a los Namikaze que pierda mi trabajo, que tenga que retirarme en desgracia? En nada. Lo hecho, hecho está.
—Podrías haberle matado. ¿Y si hubiera muerto, mamá? El padre de ocho hijos. ¿Qué habrías hecho entonces?
—Pero no ha muerto. Esa misma noche Obito llamó a la policía desde un teléfono público de una gasolinera cercana. No nos desentendimos completamente del asunto.
—Sí, mamá, eso es precisamente lo que estás haciendo, desentendiéndote de todo el asunto. La señora Namikaze está embarazada. ¡Van a tener otro hijo y el señor Namikaze no va a poder trabajar! ¿Qué es lo que te pasa?
Mi madre me quita el cable de la aspiradora y lo recoge.
—Ahí lo tienes. ¿A quién se le ocurre tener tantos hijos hoy en día? ¡Y con esa edad! No deberían haber tenido una familia numerosa si no podían hacerse cargo de ella.
—¿Cómo va a volver Naruto al instituto el curso que viene si tiene que reemplazar a su padre en la ferretería?
—¡Ves! —exclama mi madre indignada—. Obito tenía razón. Todo se reduce a lo que sientes por ese muchacho. Solo te preocupas por ti.
Me quedo parada, sin poder creerme lo que acaba de decir.
—¡Esto no tiene nada que ver conmigo!
Se cruza de brazos y me mira con lástima.
—Si hubiera atropellado por accidente a alguien a quien no conocieras, a un extraño, ¿actuarías igual? ¿Me pedirías que tirara por la borda toda mi carrera por algo que solo va a causar unas pocas dificultades durante un tiempo a alguien?
La miro.
—Espero que sí. Sí, creo que lo haría. Porque eso es lo que hay que hacer.
Suelta un molesto resoplido que despeina algunos mechones de su perfecto peinado.
—Para ya, Hinata. Cuando tienes diecisiete años y no tienes que tomar decisiones importantes siempre parece muy fácil «lo que hay que hacer». Cuando da igual lo que hagas y tienes a alguien que te cuida y se encarga de todo. Pero cuando eres mayor el mundo no es blanco o negro y no hay ninguna flecha que te indique «lo que hay que hacer». Las cosas pasan y los adultos tomamos decisiones. Eso es lo que importa.
—No, lo que importa es que atropellaste a un hombre y te diste a la fuga —empiezo a decir, pero el sonido del teléfono de mi madre me interrumpe.
Ella lo mira y dice:
—Es Obito. Esta conversación ha terminado. Lo hecho, hecho está y vamos a pasar página. —Abre el teléfono y contesta—: ¡Hola, cariño! No, no estoy ocupada. Sí, claro, déjame que vaya al despacho y lo mire.
Y sin más se marcha con los tacones resonando sobre las baldosas.
El rincón de la cocina sigue lleno de limones y trozos de cristal.
Me dejo caer sobre el taburete y apoyo la mejilla sobre el frío granito de la encimera. Llevo días armándome de valor para hablar con mi madre, repasando mentalmente todo lo que quería decirle.
Ahora que lo he hecho es como si toda la conversación no hubiera existido, como si la hubiera aspirado con el resto de suciedad.
Esta noche trepo por mi ventana y me siento en el lugar acostumbrado. A pesar de todos los años que llevo viniendo aquí sola, ahora me siento rara sin Naruto a mi lado, pero vuelve a estar en el hospital. A través de las ventanas de los Namikaze, contemplo a Ino fregando los platos. El resto de la casa permanece a oscuras. Mientras sigo observando, veo llegar la furgoneta por el camino de entrada. Espero a que la señora Namikaze salga, aunque no lo hace. Se queda sentada dentro, mirando al frente, hasta que me es imposible seguir mirando y regreso a mi dormitorio.
Sakura dijo que las cosas me caían del cielo sin necesidad de mover un dedo. Nunca he tenido esa sensación, aunque sí que es cierto que he sido capaz de conseguir todo lo que he querido si he trabajado lo suficientemente duro para lograrlo.
Pero ahora no puedo.
No importa lo mucho que lo intente, y nunca he intentando algo con tanto ahínco. No consigo que las circunstancias sean más fáciles para los Namikaze. Y lo peor de todo es que la situación con Naruto es cada vez más estresante. Me ofrezco a ayudarle a entrenar.
—Si tu padre tiene por escrito la serie de ejercicios que tienes que hacer puedo leerlos y hacerte un seguimiento.
—Todo está en su cabeza. Te lo agradezco, pero estoy bien. —Viene cubierto de suciedad de la última entrega. Abre el grifo del fregadero lleno de platos y se lava cara, después acerca la boca para beber un trago y golpea por accidente un vaso medio lleno de leche que hay en la encimera. El vaso cae al suelo, pero en lugar de recogerlo le da una patada que lo envía al otro extremo del suelo de linóleo derramando aún más la leche.
Siento un regusto metálico en la garganta y una alarma suena en mi interior. Me acerco a él y le toco el hombro. Tiene la cabeza baja, aunque veo cómo se le tensa la mandíbula. Su brazo permanece rígido bajo mis dedos y no me mira. El puño de hierro que constriñe mi garganta se cierra un poco más.
—¡Oye, colega! —grita Sai desde el jardín trasero. Está limpiando el agua de la piscina—. Este estúpido aparato está esparciendo la mierda en vez de aspirarla. ¿Puedes arreglarlo?
—Sí, sí, ahora voy —grita Naruto sin moverse.
—¿Qué haríamos sin ti —digo, en un intento por animarle—. Todo se rompería.
Suelta un bufido carente de humor.
—¿Y no es eso lo que está pasando ahora?
Me acerco aún más y apoyo una mejilla contra su hombro mientras le acaricio la espalda.
—¿Qué puedo hacer para ayudarte? —pregunto—. Lo que sea.
—No hay nada que puedas hacer, Hina. Solo… —Se aparta de mí y se mete las manos en los bolsillos—. Tal vez… si me dejas un poco de espacio.
Retrocedo hasta la puerta de la cocina.
—Sí. Claro. Me voy a casa un rato.
Estos no somos nosotros. Me quedo en la puerta, esperando… no estoy segura qué.
Él asiente sin mirarme y se inclina para limpiar la leche derramada.
Cuando llego a casa, donde todo está impoluto y silencioso y los ruidos del exterior son amortiguados por el sonido del aire acondicionado, subo las escaleras sintiendo como si estuviera andando en el agua o usando zapatos de plomo. Me siento a mitad de camino, apoyo la cabeza en el escalón que tengo justo encima y cierro los ojos.
Desde el atropello, he estado a punto de contarlo todo unas mil veces. No podía ocultar a Naruto algo tan gordo. Pero en cada ocasión me he mordido la lengua y permanecido en silencio pensando:
«Si se lo digo, le perderé».
Esta noche es cuando me he dado cuenta de que ya le he perdido.
Esa misma noche, un poco más tarde, veo una tenue luz brillando en el salón. A mi madre le gusta encender las lámparas del techo, así que me doy cuenta enseguida de que no se trata de ella. Y tengo razón. En cuanto entro, veo a Obito sentado en el gran sillón que hay al lado de la chimenea, sin zapatos y con un enorme golden retriever a los pies. Mamá está acurrucada en el sofá, durmiendo a pierna suelta. Se le ha deshecho el moño y el cabello le cae por los hombros.
Obito hace un gesto con la barbilla en dirección al perro.
—Se llama Jubi. Pura raza de campeones. Aunque ya es muy viejo.
De hecho, el hocico que descansa sobre el pie descalzo de Obito está repleto de pelaje blanco. Sin embargo, Jubi levanta la cabeza en cuanto se percata de mi presencia y mueve la cola en señal de saludo.
—No sabía que tenías un perro. ¿Mamá está durmiendo? —pregunto, afirmando lo obvio.
—Ha sido un día largo. Hemos tenido una reunión con los votantes a las cinco de la mañana. Después un discurso en la sede del partido y una cena. Tu madre es toda una profesional. Solo sabe trabajar y trabajar. Se merece descansar un poco. —Se pone de pie y la tapa con una manta de color beis que hay a los pies del sofá.
Me dispongo a irme, pero él me detiene poniéndome una mano en el brazo.
—Siéntate, Hinata. Tú también estás trabajando mucho. ¿Cómo les va a los Namikaze?
¿Cómo puede hacerme esa pregunta sin ni siquiera inmutarse?
—No muy bien —respondo.
—Sí. Ha sido un golpe duro. —Obito toma su copa de vino y da un sorbo—. Ese es el problema con los pequeños autónomos, que dependes mucho de la suerte.
—¿Por qué finges preocuparte por ellos? —pregunto. Mi voz suena demasiado fuerte en la tranquila habitación. Mi madre cambia de posición y acurruca la cabeza en la almohada—. ¿Como si lo que hubiera pasado fuera cosa del destino en vez de algo en lo que estuviste implicado? ¿Como si entendieras por lo que están pasando?
—No sabes mucho de mí, ¿verdad? —Toma otro sorbo de vino y acaricia la cabeza de Jubi—. Sé mucho mejor de lo que tú sabrás nunca lo que es ser pobre. Mi padre regentaba una estación de servicio. Yo llevaba la contabilidad. Vivíamos en un pueblo tan pequeño que uno podía atravesarlo de un extremo a otro sin necesidad de usar ningún vehículo. Y la gente en ahí es, por llamarlo de alguna manera, bastante parca. Había muchos meses en los que no sacábamos el dinero suficiente para pagar a los empleados y obtener un sueldo para nuestra familia. Sé lo que es no tener un centavo y estar entre la espada y la pared. —Me mira fijamente—. Pero hace mucho tiempo que dejé todo eso atrás. Tu madre es el pasaje para un futuro lleno de éxito y no voy a permitir que ninguna adolescente rencorosa se lo arrebate. Ni a ella ni a mí.
Mi madre vuelve a moverse para terminar adoptando una posición fetal.
—Tienes que poner distancia entre tú y esa familia —continúa Obito con tono suave—. Y tienes que hacerlo ya. De lo contrario las cosas van a terminar saliendo como no tienen que salir, los adolescentes y sus hormonas no son conocidos por su discreción.
—Yo no soy mi madre. No tengo por qué hacerte caso.
Se recuesta en el sillón. Un mechón oscuro le cae sobre la frente.
—Cierto, no eres tu madre. Pero tampoco eres estúpida. ¿Has tenido ocasión de ver los libros de contabilidad de la ferretería de los Namikaze?
Sí, todos lo hemos hecho. Naruto, Sai, y yo misma hemos hecho anotaciones en ellos. A pesar de lo bien que se me dan las matemáticas, las cuentas no ofrecen un panorama muy alentador. El señor Namikaze no dejaba de pulsar el bolígrafo cada vez que se ponía con ellos.
—¿Te has fijado en el contrato que tienen con la Campaña Hyuga? Tu madre les está encargando todos sus carteles y banderas. Y eso supone un montón de dinero. Grace quería hacerlo con una cadena grande, pero le dije que elegir un negocio local siempre daba mejor imagen. Esta campaña implica un constante flujo de efectivo hasta noviembre. Y no solo eso, el Templo deonde haces de socorrista también está echando mano de los servicios de la ferretería, a petición de tu madre. Quieren ampliar la piscina cubierta. Lo que también se traduce en dinero que va directamente a los Namikaze. Dinero que podría desaparecer con un comentario o dos. Madera de mala calidad, mano de obra lenta…
—¿Qué estás diciendo? ¿Qué si no rompo con Naruto harás que esos contratos se rescindan? —Bajo el resplandor de la luz, el pelo oscuro de Obito es como el de un ángel. Con la camisa blanca sin una sola arruga, las mangas dobladas hasta los codos y sus grandes ojos oscuros mirándome sinceros parece tan inocente.
Me sonríe.
—No estoy diciendo nada, Hinata. Solo exponiendo los hechos. Luego tú puedes sacar tus propias conclusiones. —Hace una pausa—. Tu madre no para de repetir lo lista que eres.
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