.

.

.

TE AMO

.

.

.

A la mañana siguiente, muy temprano, atravieso la corta distancia que hay desde mi jardín al de los Namikaze en busca de Naruto.

Cuando llego a su camino de entrada le oigo silbar y estoy a punto de esbozar una sonrisa.

Lo primero que veo son sus bronceadas piernas con zapatillas Converse debajo del Mustang. Está tumbado de espaldas, encima del monopatín de Menma, trabajando en los bajos de la carrocería. Me alegra no verle la cara; no sé si podría hacer lo que estoy a punto de hacer si tuviera que mirarle a los ojos.

Pero él reconoce mis pasos, o mi calzado, porque en cuanto me detengo frente a él exclama:

—¡Hola, Hina! ¿Qué tal todo, cariño? —Su tono es jovial, se le ve más relajado que en los últimos días. Se nota que está en paz consigo mismo, haciendo algo que le sienta bien, que consigue que se olvide de todo durante un rato.

Trago saliva. Siento un inmenso nudo en la garganta, como si las palabras que voy a decir se hubieran enredado en mis cuerdas vocales formando una asfixiante bola.

—Naruto. —No parezco yo misma. Lo que en este momento resulta de lo más apropiado ya que prefiero pensar que esta no soy yo—. No puedo verte.

—Salgo en un segundo. Solo tengo que apretar un poco esto para que no pierda aceite y enseguida estoy contigo.

—No, lo que quiero decir es que no puedo volver a verte.

—¿Qué? —Oigo el sonido de un hueso golpeándose contra el metal. Se comprende que ha intentando incorporarse olvidándose de dónde estaba. Instantes después sale de debajo del Mustang.

Tiene una mancha de aceite en la frente y un golpe de un intenso rojo que no tardará en convertirse en un hematoma.

—No puedo volver a verte. No puedo… seguir con esto. No puedo cuidar de Gaara, ni de Temari… ni continuar contigo. Lo siento.

—¿Qué te pasa, Hina?

—Nada. Solo… no puedo. Tú… Nosotros… No puedo hacerlo. —Se para frente a mí, tan alto, tan cerca que puedo oler su aroma a goma de mascar mezclado con aceite de motor y suavizante de ropa.

Retrocedo un paso. «Tengo que hacerlo.» Hay mucho en juego. No me queda la más mínima duda de a lo que Obito se refería anoche. Solo tengo que recordar la expresión de su rostro cuando habló de que había dejado atrás su pasado o el modo tan implacable con el que ordenó a mi madre que siguiera conduciendo. Si no le dejo ahora, hará todo lo que esté en su mano para arruinar a los Namikaze. Y tal y como están las cosas, no va a tener que esforzarse mucho.

—No puedo seguir con esto —repito.

Naruto hace un gesto de negación con la cabeza.

—¿Que no puedes seguir con esto? Tienes que darme una oportunidad para arreglar lo que quiera que haya hecho. ¿Qué he hecho, Hina?

—No es por ti. —La excusa más vieja y sin sentido para romper con una persona. Aunque en este caso sea completamente cierta.

—¿«No es por ti»? Hina, tú no eres así. ¿Qué pasa? —Se acerca a mí con los ojos llenos de preocupación—. Dímelo, por favor, para que pueda enmendarlo.

Cruzo los brazos y vuelvo a retroceder.

—No puedes arreglarlo todo, Naruto.

—Sí, bueno, ni siquiera sabía que algo andaba mal. No lo entiendo. Habla conmigo, por favor. —Baja la voz—. ¿Es por el sexo? ¿Hemos… hemos ido demasiado deprisa? Porque podemos ir más despacio si quieres. Solo tienes que decirlo. ¿Es por tu madre? Dime qué necesitas.

Me doy la vuelta, dándole la espalda.

—Tengo que irme.

Sus dedos se cierran con firmeza sobre la parte superior de mi brazo para detenerme. Todo mi cuerpo se encoge, como si en mi interior me hubiera vuelto mucho más pequeña.

Naruto me mira incrédulo y baja la mano.

—Actúas como si no quisieras que te toque… ¿Por qué?

—No puedo seguir hablando contigo. Tengo que irme. —Debo salir de aquí antes de que me derrumbe y le cuente toda la verdad, sin importar lo que le pase a mi madre, a Obito, a la ferretería. —Tengo que irme.

—¿Vas a irte sin más? ¿Sin darme ninguna explicación? Te amo, Hina. No puedes…

—Tengo que hacerlo —insisto, y cada palabra me ahoga más y más. Comienzo a andar por el camino de entrada, intentando parecer lo más calmada posible, tratando de no correr, de no llorar, de no sentir emoción alguna.

Oigo los rápidos pasos de Naruto que me siguen.

—¡Déjame en paz! —grito sobre mi hombro, al tiempo que aprieto el paso. Ahora sí que corro. Hasta mi casa, como si fuera el único refugio al que acudir. Naruto, que podría haberme alcanzado con facilidad, se queda atrás, dejándome sola para abrir la pesada puerta, cerrarla y dejarme caer en el vestíbulo. Una vez allí me hago un ovillo y me llevo las manos a los ojos.

Espero que alguien venga a pedirme cuentas. Que Ino llame a mi puerta para darme una paliza.

Que la señora Namikaze se presente, con Tema en brazos, y se enfade por primera vez conmigo. O que Gaara aparezca de un momento a otro, me mire con sus grandes ojos desconcertados y me pregunte qué ha sido de Sailor Moon. Pero nada de eso sucede. Es como si hubiera desaparecido de la vida de los Namikaze sin hacer el más mínimo ruido.

.

.

.