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DIAS Y NOCHES VACIAS
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«No soy yo la que ha sido atropellada por un coche. No soy yo la que tiene ocho hijos y está esperando otro. Tampoco soy Naruto, intentando que todo funcione mientras pienso en vender lo único que me da un poco de paz.»
Despertarme cada mañana con ganas de volver a taparme con las sábanas y olvidarme de todo, hace que me odie a mí misma. «No soy yo a la que le ha pasado todo eso.» Solo soy una muchacha con una vida fácil y un fondo fiduciario. Como le dije a Naruto. Y aún así, no me veo con fuerzas para salir de la cama.
Últimamente mi madre está más alegre y solícita que de costumbre. Me prepara los batidos antes de que me dé tiempo a hacerlo, me deja pequeños regalos en la cama con simpáticas notas: «En cuanto vi este top tan bonito supe que te quedaría de fábula», «Me he comprado unas sandalias que te van a encantar». No hace ningún comentario sobre que me quede durmiendo hasta después del mediodía y hace caso omiso de mis respuestas con monosílabos, hablando más para llenar los silencios. Durante la cena, Obito y ella charlan sobre conseguirme unas prácticas el verano que viene en El Daimyō del País del fuego, presentándome la idea como si se tratara de un muestrario de pinturas —«¡Este color quedaría ideal para tu futuro!»— mientras me tomo con desgana una sopa de pescado.
Sin importarme lo que mi madre dirá, comunico en el Club que no voy a seguir trabajando con ellos. Saber que Sakura está a unos pocos metros de mí, irradiando ira y resentimiento a través de las paredes de la tienda de regalos, hace que me entren ganas de vomitar. Además, también me resulta imposible concentrarme en los bañistas cuando me paso todo el día mirando al infinito.
A diferencia de Ko, del Bar de Tazuna, el señor Roshi no se muestra beligerante, sino que intenta hacerme cambiar de opinión cuando le doy la noticia e intento devolverle el uniforme limpio y cuidadosamente doblado.
—¡No me diga esto, señorita Hyuga! ¿Está segura? —Mira a través de la ventana, toma una profunda bocanada de aire y cierra la puerta de su despacho—. ¿No prefiere tomarse un tiempo para replantearse esta decisión tan precipitada?
Le digo que no. De repente me afecta verle tan conmocionado por mi marcha. Saca un pañuelo de seda estampado del bolsillo de su americana y me lo ofrece.
—Ha sido una empleada excelente. Su ética y profesionalidad son incomparables. Ojalá esta retirada impulsiva no tenga nada que ver con el club. ¿Podría… tal vez… deberse a una situación delicada con el trabajo que le incomoda? ¿Se trata del nuevo socorrista? ¿Está siendo indecoroso con su persona?
A una parte de mí le encantaría echarse a reír de forma histérica. Pero los grandes ojos marrones del señor Roshi, amplificados por las gafas, transmiten sinceridad y preocupación sincera.
—Si cree necesario que tenga unas palabras con alguien, solo tiene que decirlo —pregunta—. Si quiere confiarme sus preocupaciones, soy todo oídos.
«Si usted supiera.»
Durante un segundo, las palabras se agolpan en mi boca. Mi madre casi mata al padre del muchacho del que estoy enamorada y ahora le he roto el corazón y no puedo contárselo a nadie. Mi mejor amiga me odia por algo que ella misma ha hecho y no puedo arreglarlo. Ya no sé qué clase de persona es mi madre, no me reconozco a mí misma… ¡Esto es horrible!
Me imagino contándole todo eso al señor Lennox, que se pone extremadamente nervioso cuando no sabe la hora exacta a la que le van a entregar un pedido de madera, y me doy cuenta de que es imposible que me sincere con él.
—No es por el trabajo. Sencillamente no puedo seguir aquí.
Asiente con la cabeza.
—Acepto con suma resignación su decisión.
Le agradezco sus palabras y me doy la vuelta para salir de allí.
—¡Señorita Hyuga! —me llama.
—¿Sí?
—Espero que siga nadando en nuestra piscina. Quédese con la llave. Nuestro acuerdo para sus entrenamientos sigue en pie.
Siendo consciente del detalle que está teniendo conmigo le digo: —Muchas gracias.
Y me marcho antes de poder decir nada más.
Sin ningún horario que seguir, sin tener que cuidar de los pequeños Namikaze ni hacer de socorrista, los días y las noches pasan sin pena ni gloria. Paso las noches inquieta, deambulando por la casa o viendo películas dramáticas en las que todo el mundo está peor que yo.
¿Por qué no llamo a mi hermana?
La respuesta es bien sencilla. Claro que lo hago. Ella conoce muy bien la situación, sabe cómo es mi madre y cómo soy yo. Lo sabe todo. Pero cuando la llamo responde el contestador automático, con la voz ronca de mi hermana y esa risa tan familiar suya diciendo: «Me has pillado. Bueno, en realidad no. ¡Así que habla! Con un poco de suerte te devolveré la llamada». Me la imagino en la playa, entrecerrando sus brillantes ojos perlas por la luz del sol, disfrutando de ese verano en libertad que, como le dijo a mi madre, se había ganado, y con el teléfono móvil metido en el bolsillo de Konohamaru o apagado porque, ¿qué podría pasar? Su verano perfecto. Abro la boca para decir algo, pero la cierro al instante.
¿Lo más extraño de todo? Mi madre siempre se ha dado cuenta de las cosas más insignificantes, como por ejemplo si tenía una mancha apenas perceptible en la blusa, no me había puesto suavizante en el pelo o si mi rutina matutina variaba lo más mínimo: «Hinata, ¿por qué estás desayunando una tostada en vez de tu batido de siempre? He leído que este tipo de cambios en los adolescentes son un indicio de que pueden estar tomando drogas». Ahora, sin embargo, de mi dormitorio podrían estar saliendo volutas de humo de marihuana y ella seguiría mandándome toda esa oleada de notas Post-it que parecen ser su principal forma de comunicación de estos días.
«Por favor, recoge el vestido de seda de la tintorería. La silla del despacho tiene una mancha, échale OxiClean. Esta noche llegaremos tarde, activa la alarma cuando te vayas a la cama.» Y suma y sigue.
Me he despedido de todos los trabajos y me he convertido en una reclusa en mi propia casa. Pero mi madre no parece darse cuenta.
—¡Cariño! Justo a tiempo —dice mi madre en tono jovial cuando me arrastro hasta la cocina en respuesta a su: «¡Hinata, mi vida, te necesito!»—. Estaba enseñando a este hombre tan amable cómo hacer mi limonada. Kizame, ese era su nombre, ¿no? —pregunta al hombre que hay sentado frente a la isla de nuestra cocina y que me saluda alegremente agitando el rallador.
—Hidan —responde él. Le conozco. Es el señor Taki, el fotógrafo del periódico de Konoha. Siempre se encargaba de hacer las fotos a los equipos de natación ganadores y ahora lo tengo en nuestra cocina, mirando deslumbrado a mi madre.
—Vamos a publicar un artículo sobre la vida en familia de la senadora y hemos pensado que podríamos acompañarlo con unas cuantas fotos de ella haciendo limonada. Como una metáfora de lo que puede hacer por el estado —explica el señor Taki.
Mamá se da la vuelta y comprueba cómo va la mezcla de agua y azúcar que cuece a fuego lento, comentándole al fotógrafo que el truco está en la ralladura de limón.
—Me voy arriba —digo. Y eso es lo que hago. Tal vez, si consigo dormir durante cien años seguidos, puede que cuando me despierte la historia de mi vida sea mucho mejor que la de ahora.
Me despierto sobresaltada al sentir cómo me sacuden con insistencia del brazo. Se trata de mi madre.
—No te puedes pasar todo el día durmiendo, cariño. Tengo planes.
Todo en ella parece igual que siempre: su pelo pulcramente recogido, su maquillaje impecable, sus serenos ojos perla. Estoy en la versión contraria a la que viví cuando Naruto pasó la noche conmigo. Cuando algo importante te sucede, ¿no debería notarse en tu cara? En la de mi madre desde luego que no.
—Me he tomado el día libre. —Me acaricia la espalda—. He estado tan ocupada que creo que te he descuidado un poco. Había pensado en que podíamos ir a hacernos una limpieza de cutis.
—¿Una limpieza de cutis?
El sonido de mi voz hace que se separe un poco, pero al segundo siguiente continúa con el mismo tono zalamero:
—Sí, ¿recuerdas que solíamos hacerlo el primer día de vacaciones? Es una tradición que he pasado por alto este año. Pensé que podía compensarte y que luego podíamos ir a comer juntas…
Me siento de golpe en la cama.
—¿De verdad crees que las cosas funcionan así? No soy yo a la que tienes que compensar.
Se levanta y va hacia la ventana que da al jardín de los Namikaze.
—Para de una vez. No te está haciendo ningún bien.
—Quizá si pudiera entenderlo, mamá… —Salgo de la cama y me pongo de pie a su lado. Miro la casa de los Namikaze, a los juguetes tirados por el césped, a la piscina llena de objetos hinchables, al Mustang…
Mi madre aprieta la mandíbula.
—¿Quieres la verdad? Muy bien. No disfruté los años en que tú y Hanabi eran pequeñas. No soy como esa mujer. —Hace un gesto hacia la casa de nuestros vecinos—. No soy ninguna yegua de cría. Sí que quería tener hijos, no me malinterpretes. Fui hija única y siempre me sentí muy sola. Cuando conocí a tu padre y a su enorme familia pensé que… Pero enseguida detesté el desorden, los olores y las distracciones constantes. Y luego me di cuenta de que él también estaba harto y que había tenido suficiente criándose de esa forma, así que decidió disfrutar de la vida y me dejó con dos niñas pequeñas. Podía haber tenido a diez niñeras, pero solo tuve una y únicamente de lunes a viernes.
Logré superar esa etapa y ahora que por fin he encontrado mi lugar, mi verdadera vocación… —Vuelve a agarrarme del brazo, como si intentara despertarme de nuevo—. ¿Quieres que renuncie a todo?
—Pero…
—He trabajado muy duro, durante más tiempo del que puedas imaginarte. ¿Se supone que tengo que sufrir el resto de mi vida por una noche en la que bajé la guardia y me relajé unos instantes para pasar un buen rato?
Otra sacudida de brazo. Su cara está muy cerca de la mía.
—¿De verdad crees que eso sería justo, Hinata?
Ya no sé lo que es justo o no. Me duele la cabeza y tengo el corazón tan entumecido que solo siento un profundo vacío. Me gustaría hacerle ver que en su razonamiento hay una hebra incorrecta y tirar de ella hasta extirparla, pero parece que se ha enredado de tal forma que es imposible deshacerse de ella.
Continúo observando a los Namikaze y experimento un gran alivio en cuanto empiezo a ver los primeros signos de normalidad —Ino tomando el sol, Menma y Buna peleándose con pistolas de agua—, pero contemplarlos ya no tiene el efecto calmante y esperanzador de antes. Ya no tengo la sensación de que hay otros mundos distintos al mío en los que pueden suceder cosas extraordinarias. Ahora me siento como una exiliada, como si hubiera regresado a la vida en blanco negro en el Mago de Oz.
Intento evitar los recuerdos de Naruto, pero están por todas partes. Ayer encontré una de sus camisetas debajo de mi cama y me quedé parada, sosteniéndola en la mano, horrorizada por no haberme dado cuenta antes (ni mi madre tampoco). La metí al fondo del cajón de mis camisetas, pero inmediatamente después la saqué y me la puse para dormir con ella.
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