.

.

.

TIENES QUE DECIRLE

.

.

.

Estoy en el camino de entrada a mi casa, en una de las pocas veces que me he animado a salir para tomar un poco el aire, cuando siento una mano sobre mi hombro. Me doy la vuelta para ver de quién se trata y me encuentro con Sai.

—¿Qué coño estás haciendo? —espeta, agarrándome de la mano.

—Déjame en paz. —Me aparto de él.

—Y una mierda voy a dejarte en paz. Ni se te ocurra hacerte la reina de hielo conmigo, Hinata. Rompiste con Naruto sin darle ningún tipo de explicación. Sakura no quiere ni oír hablar de ti y lo único que me ha dicho es que ya no son amigas. Y mírate, estás hecha un asco. Muy delgada y pálida. No pareces la misma de siempre. ¿Qué demonios te pasa?

Saco la llave para abrir la puerta. A pesar del calor que hace, siento como si estuviera hecha de piedra, tan pesada y fría sobre mi mano.

—No voy a hablar contigo, Sai. No es asunto tuyo.

—¡No me vengas con esas, Hinata! Naruto es mi amigo. Fuiste tú la que le metió en mi vida. Está haciendo todo lo posible porque las cosas mejoren. No pienso quedarme de brazos cruzados y ver cómo le destrozas cuando su mundo está patas arriba. Ya tiene bastantes cosas con las que lidiar.

Abro la puerta y dejo el bolso, que también parece hecho de plomo. Me duele el corazón. Como era de esperar, Sai, el rey de los despiadados, me sigue y cierra de un portazo.

—No puedo contártelo.

—De acuerdo. Cuéntaselo a Naruto.

Me doy la vuelta para mirarle a la cara. Ese pequeño movimiento también me duele. Tal vez yo también me estoy transformando en una piedra. Pero las cosas inanimadas no sufren, ¿verdad?

Sai me mira y su ira se desvanece, dando paso a la preocupación.

—Por favor, Hinata. Te conozco. Esta no es tu forma de actuar. Así es como se comportan las muchachas malcriadas con aires de grandeza. Así es como actúan los gilipollas como yo. Te conozco desde que eras pequeña y ya entonces tenías la cabeza bien amueblada. Esto no tiene sentido. Tú y Naruto… se veían muy bien juntos. No es tu estilo huir de los problemas. ¿Qué te pasa? —insiste.

—No puedo contártelo —repito.

Sus fríos ojos negros estudian detenidamente mi cara.

—Tienes que hablar con alguien. Si no es con Naruto, ni con Sakura… Estoy seguro de que con tu madre tampoco… ¿Con quién?

Me pongo a llorar. Hasta hoy no había derramado ni una sola lágrima, pero ahora no puedo parar. Sai, completamente horrorizado, mira a su alrededor como si esperara que alguien fuera aparecer de la nada para salvarle de la sollozante criatura que tiene enfrente. Me apoyo en la pared y me deslizo hacia abajo llorando.

—Mierda. Para ya, no puede ser tan malo. Sea lo que sea… seguro que tiene solución. —Va hacia la isla de la cocina, se hace con varias tiras de papel del portarrollos de porcelana y me las pasa—. Toma, límpiate los ojos. Todo tiene solución. Incluso yo. Escucha, voy a sacarme el Certificado de Equivalencia de Educación Secundaria y voy a mudarme. Mi amigo Shin, de Alcohólicos Anónimos, tiene un apartamento encima de su garaje, voy a irme a vivir allí, así no tendré que seguir con mis padres y podré… Toma, suénate la nariz.

Acepto el papel y hago lo que me dice. Sé que debo de tener la cara roja e hinchada, pero ahora que he empezado a llorar, no creo que sea capaz de parar.

—Eso es. —Sai me da unas palmaditas torpes en la espalda, más como si estuviera intentando hacerme expulsar algo con lo que me he atragantado que para consolarme—. Sea lo que sea lo que haya pasado, al final se solucionará… pero no creo que dejar a Naruto te vaya ayudar.

Lloro con más fuerza.

Sai se marcha con expresión resignada a por más papel.

—¿Puedo…? —Ahora estoy con ese hipo que le da a uno después de llevar un buen rato llorando y me cuesta recuperar el aliento.

—¿Puedes qué? Vamos, suéltalo.

—¿Puedo irme a vivir contigo? ¿Al apartamento del garaje?

Sai se queda inmóvil, con la mano a medio camino de pasarme otro papel.

—¿Qu…Qué? —No tengo el suficiente aire en los pulmones, o más bien el coraje, para repetir la frase—. Hinata… No puedes… Me siento halagado, ¿pero por qué demonios querrías hacer algo así?

—No puedo seguir aquí. Con ellos en la casa de al lado y con mi madre aquí. No puedo mirar a Naruto a la cara y no soporto mirar a mi madre.

—¿Horai es el problema? ¿Qué ha hecho ahora? ¿Amenazar con desheredarte del fondo fiduciario si no dejas a Naruto?

Niego con la cabeza sin mirarle.

Sai también se desliza por la pared, sentándose a mi lado en el suelo y estirando sus largas piernas, mientras yo sigo en cuclillas con las rodillas pegadas al pecho.

—Vamos, desembucha, preciosa. —Me mira sin pestañear—. Cuéntamelo todo. No te imaginas la de cosas que he llegado a oír ahora que estoy acudiendo a las reuniones de alcohólicos.

—Sé quién atropelló al señor Namikaze —consigo decir.

Sai se queda con la boca abierta.

—No me jodas. ¿En serio? ¿Quién?

—No te lo puedo decir.

—¿Es que has perdido la cabeza? No puedes mantener en secreto una cosa así, de ninguna manera.

Díselo a los Namikaze. Cuéntaselo a Naruto. Tal vez puedan demandar a ese mal nacido y sacarle millones. ¿Y cómo te has enterado?

—Porque estaba allí. Esa noche. En el automóvil que lo hizo. Con mi madre.

Tim se queda mortalmente pálido.

El silencio cae sobre nosotros como un pesado velo.

Después de un rato Sai dice: —Escogí un mal día para dejar los tranquilizantes. —Le miro fijamente—. Lo siento. Es una broma de Aterriza como puedas. Soy un inmaduro. Entiendo lo que dices. El problema es que no quiero entenderlo.

—Entonces sal de aquí.

—Hinata. —Me agarra de la manga—. No puedes quedarte callada. Horai ha cometido un delito.

—Pero podría arruinarle la vida a mi madre.

—¿Entonces dejarás que ella se la arruine a los Namikaze?

—Sai, es mi madre.

—Sí y tu madre la ha cagado a lo grande. ¿Y por eso vas a destrozar la vida de Naruto, la de la señora N y la de todos esos niños? ¿Y la tuya propia...? Vaya una mierda.

—¿Qué se supone que debo hacer? Ir allí, mirar a Naruto a los ojos y decirle: «Perdona, ¿te acuerdas cuando dijiste que no entendías cómo podía existir una persona así?, ¿la que atropelló a tu padre y se dio a la fuga? Pues es tu vecina de al lado. Mi madre para más señas».

—Tiene derecho a saberlo.

—No lo entiendes.

—No, por supuesto que no. No estaba allí cuando pasó. Dios, necesito un cigarrillo. —Se lleva la mano al bolsillo de la camisa pero lo tiene vacío.

—La destruiría.

—Tampoco me vendrían mal una o dos copas.

—Sí, eso seguro que ayudaría —ironizo—. Por eso pasó lo que pasó. Mi madre había bebido demasiado y se puso a conducir y… —Me tapo la cara con las manos—. Yo iba dormida y tuvimos ese horrible golpe—. Le miro a través de los dedos entreabiertos—. No me lo puedo quitar de la cabeza.

—Uff, preciosa. Vaya mierda. —Pone despacio un brazo sobre mis temblorosos hombros.

—Obito le dijo que diera marcha atrás y que siguiera conduciendo y… ella lo hizo. —Siento cómo se me quiebra la voz. Todavía no me creo lo que pasó—. Así de simple.

—Ya sabía yo que ese tipo era un cerdo —dice Sai entre dientes—. Lo sabía. Es de esos que asustan. Y lo peor de todo es que encima es inteligente.

Nos quedamos sentados en silencio durante unos minutos que se hacen eternos, con las espaldas apoyadas contra la pared, hasta que Sai vuelve a insistir:

—Tienes que decírselo a Naruto, contárselo todo.

Aprieto los puños contra las mejillas.

—Tendría que dimitir de su cargo… podría ir a la cárcel… y todo sería por mi culpa. —Ahora que por fin estoy hablando, las palabras salen atropelladamente de mi boca.

—No, no. Por «su» culpa. Ella fue la que metió la pata. Tú estarías haciendo lo correcto.

—¿Igual que hiciste tú con Sakura? —pregunto en voz baja.

Nuestros ojos se encuentran. Sai ladea la cabeza y me mira con curiosidad. Poco a poco el haberlo entendido se abre paso en su rostro. Entonces se pone colorado y baja la vista hacia sus manos.

—Sí, bueno, en cuanto a eso… —empieza—. Sakura es como un grano en el trasero. Normalmente me gusta fastidiarla y hacerle la vida imposible… pero es mi hermana.

—Y ella es mi madre.

—No es lo mismo —masculla Sai—. Mira, yo ya iba a cagarla. No hice trampa en los exámenes pero sí cualquier otra cosa que se me ocurrió. La vida me pagó con la misma moneda. Pero tú no eres así. Tú sabes quién eres.

—Lo único que sé es que estoy hecha un asco.

Me mira.

—Un poco sí. Pero si vuelves a sonarte la nariz y te peinas un poco…

No puedo evitar reírme, lo que hace que la nariz me gotee un poco más, mejorando mi aspecto ya de por sí encantador.

Sai pone los ojos en blanco, se levanta y me trae todo el rollo de papel.

—¿Has probado a hablar con tu madre? El señor Namikaze ahora tiene infección, le ha subido la fiebre y la situación se está complicando. Si le haces saber que las cosas van peor, puede que…

—Claro que lo he hecho. Lo he intentado. Pero es como hablar con una pared. «Lo hecho, hecho está… Dejar mi cargo no va a ayudar en nada a los Namikaze…» Y blablablá.

—Demandarla sí que les ayudaría —murmura Sai—. ¿Qué me dices de la policía? ¿Y si haces una llamada anónima y les cuentas lo que sabes? Ah, no, es verdad, necesitan pruebas. ¿Por qué no se lo cuentas primero a la señora Namikaze? Es una mujer estupenda.

—Apenas puedo soportar mirar a su casa, Sai. No puedo hablar con la señora Namikaze.

—Entonces empieza por Naruto. Está destrozado, Hina. Trabaja en la ferretería a destajo, va al hospital, continúa con esa locura de entrenamientos, intenta que las cosas en casa vayan lo mejor posible… y no para de preguntarse qué coño le ha pasado a su novia, si es porque esto te ha venido demasiado grande o porque ha hecho algo mal, o porque su familia es un lastre que no estás dispuesta a soportar…

—Esa es mi madre —repongo automáticamente—. No yo.

Mi frase favorita.

«Pero sí que soy yo. Quedarse callada, fingiendo. Estoy haciendo exactamente lo que mi madre hubiera hecho. Después de todo, soy como ella.»

Me pongo de pie.

—¿Sabes dónde está Naruto? ¿En la ferretería?

—Son más de las cinco, Hinata. La ferretería ya ha cerrado. No sé dónde está ahora mismo. Fui el último en salir de la tienda. Pero tengo el Jetta y su número de teléfono. Te llevaré hasta donde quiera que esté. Sin embargo no me voy a quedar. Esto es algo entre tú y él. —Dobla el codo y me ofrece el brazo, como si fuera un caballero educado a la antigua. El señor Darcy. En circunstancias bastante inusuales, eso sí.

Respiro hondo y cierro los dedos en torno a su codo.

—Y para que conste en acta —añade Sai—. Siento mucho todo esto. En serio, lo siento muchísimo.

.

.

.