.
.
.
TE ELIJO A TI
.
.
.
Desde el primer día que entré en la casa de los Namikaze, nunca he llamado. Pero ahora, cuando veo que Sai pone la mano en el picaporte de la puerta con mosquitera, hago un gesto de negación con la cabeza. No hay timbre, así que doy unos sonoros golpes en el marco. Oigo la voz ronca de Gaara hablando sin parar en otra habitación, así que sé que hay alguien en casa.
Es Ino la que se acerca finalmente a la puerta. En cuanto me ve deja de sonreír al instante.
—¿Qué quieres? —dice a través de la mosquitera.
—¿Dónde está Naruto?
Mira por encima de su hombro, sale a los escalones de entrada y cierra de un portazo. Va vestida con la parte superior de un biquini blanco y unos jeans cortos desteñidos. A mi lado, me doy cuenta de que la concentración de Sai desaparece más rápido que el helio de un globo pinchado.
—¿Por qué? —Ino se cruza de brazos y se apoya con decisión sobre la puerta.
—Tengo que decirle… algo —digo con voz áspera. Me aclaro la garganta. Sai se acerca un poco más, no sé si para apoyarme o para poder ver mejor el escote de Ino.
—Estoy segura de que ya se han dicho todo lo que tenían que decir —espeta con rotundidad—. ¿Por qué no te vas por donde has venido?
La parte de mí acostumbrada a hacer lo que le dicen, a no cruzar la línea, la hija de mi madre, se marcha corriendo echa un mar de lágrimas. Pero el resto de mí, mi auténtico yo, no se mueve ni un ápice. No pienso irme por donde he venido. Esa Hinata ya no existe.
—Necesito verle, Ino. ¿Está aquí?
Hace un gesto de negación.
—No veo ninguna razón para decirte dónde está. Déjalo en paz.
—Es importante, Ino —interviene Sai; por lo visto ha vuelto a recuperar la concentración.
Después de lanzarle una mirada fulminante, la hermana de Naruto se vuelve hacia mí.
—Mira, Hinata. Ahora mismo no tenemos ni tiempo ni espacio para tus dramas. Estaba empezando a pensar que eras diferente, no otra princesa más de colegio privado, pero al final has resultado ser exactamente eso. Mi hermano no necesita algo así en su vida.
—Lo que tu hermano no necesita es que luches sus batallas por él. —Me encantaría ser más alta para poder intimidarla, pero Ino y yo somos de la misma altura; algo que facilita que pueda enfocar su mirada asesina directamente sobre mis ojos.
—Es mi hermano; sus batallas son mis batallas.
—Paren ya las dos. —Sai se interpone entre ambas, es mucho más alto que nosotras así que su gesto obtiene el efecto deseado—. No me puedo creer que acabe de detener una pelea entre dos bombones como vosotras, pero es importante que Naruto oiga lo que Hinata ha venido a contarle. Así que guarda el látigo, Ino.
La hermana de Naruto no le hace caso.
—Mira, sé a lo que has venido. Quieres sentirte mejor contigo misma y soltarle todo ese rollo de «nunca quise hacerte daño, es mejor que quedemos como amigos» y blablablá, pero te puedes ir olvidando. Vete. Ya no pintas nada en esta casa.
—¡Sailor Moon! —saluda una alegre voz. Al instante aparece Gaara y pega la nariz contra la mosquitera—. Hoy he desayunado un helado de nata cubierto de chocolate. Se llama helado esquimal. Pero no lo hacen los esquimales de verdad. ¿Sabías que los esquimales hacen sus helados de grasa de foca? ¡Qué asco!, ¿verdad?
Me agacho, separándome de Ino.
—Gaara… ¿Está Naruto en casa?
—Está en su habitación. ¿Quieres que te acompañe? ¿O le digo que baje? —Está encantado de verme. No encuentro ningún tipo de reproche en él por la forma en que he desaparecido de sus vidas. «Gaara y su inmenso corazón.» Me pregunto qué le habrán contado los Namikaze… Naruto… de mí. De pronto se pone serio—. ¿Crees que hacen los helados con grasa de bebé foca? ¿Esas que parecen tan suaves?
Ino se apoya contra la puerta, interponiéndose en mi camino.
—Gaara, Hinata ya se iba. No molestes a Naruto.
—No, no hacen helado de crías de foca —respondo al niño—. Solo hacen helado de… No tengo ni idea de cómo terminar la frase.
—De focas en fase terminal —interviene Sai—. Y también de focas suicidas.
Gaara nos mira confundido.
—De focas que quieren convertirse en helado —señala Ino con brusquedad—. Se presentan voluntarias. Es como una lotería. Todo un honor para ellas.
El pequeño asiente, pensando en esto último. Todos nos quedamos observando su expresión para ver si la explicación ha funcionado o no. Entonces oigo una voz detrás de él.
—¿Hina?
Lleva el pelo despeinado, todavía húmedo por una ducha reciente. Tiene unas profundas ojeras y los huesos de la mandíbula se le ven como más pronunciados.
—Hola, colega —dice Sai—. He traído a tu chica para que admire tu cuerpo y todo eso. — Empieza a bajar las escaleras—. Pero ya me iba. Hablamos luego. Ino, cuando te apetezca una buena pelea en el barro, no dudes en llamarme.
Ino se hace a un lado a regañadientes cuando Naruto abre la puerta mosquitera; después se encoge de hombros y entra en la casa.
Naruto sale al exterior con rostro inexpresivo.
—Y bien —empieza—, ¿qué haces aquí?
Gaara vuelve a pegar la cara a la mosquitera.
—¿Crees que tendrán sabores? ¿Helado de chocolate de foca o helado de fresa de foca?
—Compañero —dice Naruto—, ¿qué te parece si hablamos de esto más tarde?
Gaara se marcha resignado.
—¿Tienes el Escarabajo? ¿O la moto? —pregunto.
—Puedo sacar el Escarabajo —responde—. Shee se ha llevado la moto al trabajo. —Se mete dentro de la casa y grita—: Me llevo el coche.
No soy capaz de oír toda la respuesta de Ino, pero me juego el cuello a que está llena de palabrotas.
—¿Dónde vamos? —pregunta en cuanto nos metemos en el vehículo.
«Ojalá lo supiera.»
—Al Bosque del Clan Nara —sugiero.
Naruto se estremece.
—Ahora mismo no es el lugar que mejores recuerdos me trae, Hina.
—Lo sé —contemplo yo, poniendo una mano en su rodilla—. Pero quiero hablar contigo sin que nadie nos moleste. Si prefieres podemos ir al faro o a cualquier otro sitio. Solo necesito estar a solas contigo. —Naruto mira mi mano y yo la retiro de inmediato.
—Muy bien, vamos al parque entonces. El escondite secreto es un lugar seguro. —Su voz es neutra, sin reflejar emoción alguna. Da marcha atrás, pisa el acelerador con más fuerza de la habitual y nos mete por la avenida principal.
Vamos en silencio; ese tipo de silencio incómodo que nunca antes hemos compartido. Mi yo más adiestrado (la hija de mi madre) quiere balbucear alguna frase del tipo «Qué buen tiempo está haciendo últimamente, ¿verdad?» o «Estoy muy bien, ¿y tú?» o «¿Has visto lo bien que están jugando los Sox?».
Pero no lo hago. Me quedo mirando las manos que tengo apoyadas en el regazo y de vez en cuando echo un vistazo a su inexpresivo perfil.
Extiende la mano por inercia para ayudarme a saltar de piedra en piedra hasta la roca lisa que hay en el río. El roce de esa mano me resulta tan cálido, tan familiar, que cuando me suelta siento mi mano incompleta.
—Y bien… —Naruto se sienta, se rodea ambas rodillas con los brazos y se queda mirando al agua, no a mí.
Puede que exista alguna frase adecuada para este tipo de situación. Una forma de abordar el tema con tacto. Una explicación que suene convincente. Pero yo no la conozco y lo único que acude a mi boca es la horrible verdad sin ningún tipo de adorno.
—Fue mi madre la que atropelló a tu padre. Ella conducía el vehículo que lo hizo.
Naruto alza la cabeza al instante y me mira con los ojos muy abiertos. Observo cómo el color abandona su bronceada piel. Sus labios se abren, sin embargo no dice nada.
—Estaba allí. Iba dormida en la parte trasera. No vi nada. Ni siquiera me di cuenta de lo que pasó exactamente. Durante días no fui consciente. —Me enfrento a sus ojos esperando que el desconcierto inicial se transforme en ira y la ira en desprecio, mientras no dejo de decirme que sobreviviré a esto.
Pero él solo sigue mirándome. Me pregunto si está en estado de shock y si debería repetirle todo desde el principio. Recuerdo cuando me dio una chocolatina el día en que Sai condujo como un loco porque Ino le dijo que el chocolate venía muy bien para estos casos. Me gustaría tener una para ofrecérsela ahora mismo. Espero a que diga algo, cualquier cosa, sin embargo continúa mirándome como si le hubiera asestado un puñetazo en el estómago y fuera incapaz de respirar.
—Obito también estaba —agrego en vano—. Fue él el que le dijo a mi madre que siguiera conduciendo… No es que esto importe, porque fue ella la que lo hizo pero…
—¿Se pararon? —La voz de Naruto se eleva áspera—. ¿Comprobaron si respiraba? ¿Le dijeron que iban a ayudarle? ¿Algo?
Intento insuflar oxígeno a mis pulmones pero me es imposible.
—No. Mi madre continuó su camino y Obito llamó a emergencias desde una cabina cercana.
—Estaba solo, Hinata, abandonado a su suerte bajo la lluvia.
Hago un gesto de asentimiento intentando tragar el alambre de púas que se ha instalado en mi garganta.
—Si lo hubiera sabido… Si me hubiera dado cuenta… Habría salido del coche. Lo habría hecho. Pero iba dormida cuando sucedió y ellos continuaron… Todo pasó muy rápido.
Se pone de pie y mira de nuevo al agua. Entonces dice algo en voz tan baja que la brisa del río se lleva las palabras sin que me dé tiempo a oírlas. Me acerco a él. Me muero por tocarle, por cerrar la inmensa brecha que se ha abierto entre nosotros, pero está tenso e inmóvil, como si tuviera un campo de fuerza que me impide llegar hasta él.
—¿Cuándo lo supiste? —pregunta en el mismo tono bajo.
—Tuve un presentimiento cuando mencionaste El Valle del Fin, pero…
—Eso fue al día siguiente —me interrumpe con voz más alta—. Al día siguiente, cuando los cirujanos estaban agujereando el cráneo de mi padre y la policía actuaba como si fuera a pillar al culpable. —Se mete las manos en los bolsillos y se aleja de mí, yendo desde la parte más plana de la roca, hasta la más dentada, la que se inclina sobre el agua.
Le sigo y le toco el hombro.
—Pero yo no lo sabía. No lo supe a ciencia cierta hasta que oí a mi madre y a Obito hablar sobre el asunto una semana después.
Naruto no se vuelve hacia mí, sino que sigue mirando en dirección al río. Pero tampoco se aleja.
—¿Y ahí fue cuando decidiste que era un buen momento para romper conmigo? —No hay ni un ápice de emoción en su siempre expresiva voz.
—Ahí fue cuando supe que no podía mirarte a la cara. Y después Obito me amenazó con rescindir todos los contratos que la campaña de mi madre tiene con la ferretería de tu padre, así que…
Traga saliva, intentando asimilar todo lo que le estoy diciendo. De repente me mira.
—Todo esto… es demasiado.
Asiento con la cabeza.
—No puedo borrar de mi mente la imagen de mi padre tirado bajo la lluvia —continúa—. Cayó bocabajo, ¿lo sabías? El automóvil lo atropelló y lo lanzó por los aires… unos tres metros. Cuando los servicios de emergencias acudieron a socorrerle estaba de bruces sobre un charco. Si llegan unos minutos más tarde se habría ahogado.
De nuevo quiero salir corriendo. No hay nada qué decir, ni forma de solucionarlo.
—No se acuerda de nada —prosigue Naruto—. Solo que estaba lloviendo y que todo se volvió negro hasta que se despertó en el hospital. Pero no dejo de pensar que seguro que se dio cuenta en el momento del atropello. Estaba solo, herido… sin nadie que le ayudara. —Se acerca a mí—. ¿Te hubieras quedado con él?
Dicen que uno nunca sabe lo que haría en una situación como esa. A todos nos gusta creer que seríamos uno de esos valientes que renunciaron a su chaleco salvavidas y se despidieron estoicamente desde la cubierta inclinada del Titanic, o de los que se interponen entre una bala y el extraño al que va dirigida, o de los que se dieron la vuelta y subieron las escaleras en las Torres para ayudar a aquellos que lo necesitaran. Pero en el fondo no sabemos con certeza si en el momento cumbre pensaremos primero en nosotros o lo último que se nos pase por la cabeza sea nuestra propia seguridad.
Miro a Naruto a los ojos y le digo la única verdad que puedo ofrecerle.
—No lo sé. En ese momento no me dieron la oportunidad de elegir. Pero sé lo que está pasando ahora. Y elijo quedarme contigo.
No sé quién de los dos abraza primero al otro. No importa. Tengo a Naruto entre mis brazos y me aferro a él con todas mis fuerzas. He llorado tanto antes que ahora no derramo ni una sola lágrima.
Los hombros de Naruto se sacuden pero se van calmando poco a poco. Durante un buen rato no nos decimos nada.
Lo que también está bien porque, a veces, las cosas más importantes —«Te quiero. Lo siento. ¿Me perdonas?»— no son más que sustitutos de lo que puede decirse, y de mejor forma, sin pronunciar ni una sola palabra.
.
.
.
