.

.

.

¿Y AHORA?

.

.

.

El trayecto de regreso a casa de los Namikaze es tan silencioso como el de ida al Bosque, pero es un silencio muy diferente al anterior. La mano que a Naruto le queda libre se entrelaza con la mía cuando no necesita cambiar de marcha y yo me deslizo en el espacio que hay entre nuestros asientos para apoyar la cabeza en su hombro.

Cuando se dispone a aparcar en el camino de entrada, al lado de la furgoneta, me pregunta:

—¿Y ahora qué, Hina?

Confesarle la verdad ha sido la parte más dura, pero no es el final del arduo camino que queda.

Ahora tengo que enfrentarme a Ino, a la señora Namikaze… a mi madre.

—Solo he llegado hasta la parte en la que te lo contaba.

Naruto asiente, se muerde el labio inferior y tira del freno de mano. A continuación tensa la mandíbula y se mira las manos.

—¿Cómo quieres que lo hagamos? ¿Vas a entrar conmigo?

—Creo que primero tengo que decirle a mi madre que lo sabes. Seguro que… —Me froto la cara con las manos—. No tengo ni idea de cómo se va a poner. Ni tampoco cómo se lo va a tomar Obito.

Pero tengo que hablar con ella.

—Mira, voy a pensar un poco de qué manera voy a contárselo a mi familia. No sé si empezar por mi madre o… No sé. Lo que voy a hacer va a ser dejar el teléfono encendido. Si pasa cualquier cosa o me necesitas, llámame, ¿de acuerdo?

—Sí. —Empiezo a salir del Escarabajo pero Naruto me agarra de la mano y me detiene.

—No sé qué pensar —dice—. Lo sabías. Desde el principio. ¿Cómo no ibas a saberlo? —Buena pregunta—. ¿Cómo no ibas a darte cuenta de que había pasado algo terrible?

—Estaba dormida —respondo—. Llevo dormida más tiempo del necesario.

Sé que mi madre está en casa desde el mismo momento en que entro porque me encuentro sus sandalias azul marino en la puerta y el bolso de Prada en el mueble de la entrada, pero no la veo ni en la cocina ni en el salón. Subo las escaleras y voy hacia su dormitorio, sintiendo como si estuviera allanando una propiedad privada a pesar de estar en mi casa.

Ha debido de estar escogiendo qué ponerse para alguno de sus eventos y también debe de haber tardado lo suyo porque hay un montón de ropa sobre la cama: diversos estampados florales, tonos pastel y vivos azules que contrastan con su trajes blancos y azul marino de mujer de negocios.

Oigo el agua correr en la ducha.

El cuarto de baño de mi madre es enorme. Con los años, lo ha renovado unas cuantas veces. Cada vez lo hacía más grande, más lujoso. Está enmoquetado y tiene un sofá, una bañera, radiadores para toallas y una ducha con paredes de vidrio con siete rociadores que pulverizan agua desde todas las direcciones. Es de un color que mi madre llama ostra, pero que a mí me parece gris. También cuenta con un tocador y un banco tapizado en un rincón con un sinfín de perfumes, lociones, botes de cristal, frascos y miles de cosméticos. Cuando abro la puerta el ambiente está tan cargado de vaho que apenas puedo ver.

—¿Mamá? —pregunto.

Da un pequeño chillido.

—No hagas eso, Hinata. ¡No asustes a alguien cuando se está dando una ducha! ¿Es que no has visto Psicosis?

—Tengo que hablar contigo.

—Me estoy exfoliando.

—Cuando termines. Pero que sea pronto.

La ducha se cierra de repente.

—¿Puedes pasarme una toalla? ¿Y la bata?

Quito la bata de seda albaricoque del gancho de la puerta, donde no puedo dejar de fijarme en otra bata azul marino de hombre que hay colgada al lado. Mi madre saca la mano de la ducha y la extiende para hacerse con la bata de seda.

Una vez que se ha puesto la prenda y se ha colocado la toalla color ostra en el pelo a modo de turbante, se sienta frente al tocador y elige una crema.

—He estado pensando en inyectarme un poco de ácido hialurónico entre las cejas. Solo un poco, que apenas se note. Lo suficiente para que desaparezca esta arruga que tengo aquí. —Señala una arruga inexistente y después se estira la frente con ambas manos—. Creo que me vendría muy bien para mi carrera porque las arrugas en la frente indican tensión y mis votantes no tienen que verme preocupada por nada, pues eso mermaría mi confianza, ¿qué te parece? —me sonríe. Mi madre con su corona de toalla y su lógica retorcida.

Escojo la opción de ir directa al grano.

—Naruto lo sabe.

Su cara palidece bajo la fina capa de crema. Frunce el ceño.

—No habrás sido capaz.

—Sí que lo he sido.

Se levanta del banco tan rápido que lo tira.

—¿Hinata… por qué?

—Porque tenía que hacerlo, mamá.

Camina de un lado a otro por el cuarto de baño. Por primera vez me percato de las arrugas de su frente así como de los profundos paréntesis en las comisuras de su boca.

—Ya hablamos sobre esto y estuvimos de acuerdo en que, por el bien de todos, pasaríamos página.

—Eso es lo que tú hablaste con Obito, no conmigo.

Se detiene y me mira con los ojos lanzando chispas.

—Me lo prometiste.

—Nunca lo hice. Ni siquiera escuchaste lo que te dije.

Mi madre se sienta derrotada en el banco con los hombros caídos y me mira con los ojos muy abiertos y suplicantes.

—También perderé a Obito. Si hay un escándalo… cuando estalle el escándalo y tenga que dimitir, se irá. Obito Uchiha siempre juega para el equipo ganador. Así es él.

¿Cómo ha podido terminar con un hombre así sabiendo cómo es? «Nena, en cuanto lleguen los problemas, me largo.» Me alegro de no haber conocido a mi padre. Suena triste, pero es verdad. Si él y Obito son el tipo de hombres que atraen a mi madre me da mucha pena por ella.

Las lágrimas se agolpan en sus ojos. La culpa atenaza mi estómago, pero no de la misma forma como cuando no dije nada.

Mi madre se vuelve hacia el espejo, apoya los codos sobre el tocador y mira su reflejo.

—Necesito un poco de tiempo para estar a solas, Hinata.

Pongo la mano en el pomo de la puerta.

—¿Mamá?

—¿Qué quieres ahora?

—¿Puedes mirarme?

Nuestros ojos se encuentran a través del espejo.

—¿Para qué? —pregunta.

—No, mírame cara a cara.

Con un profundo suspiro se gira sobre el banco.

—¿Y bien?

—Dime a la cara que crees que no he hecho lo correcto. Mírame y dime que me he equivocado. Si es que de verdad lo piensas.

A diferencia de mis ojos, con motas plateadas, los de mi madre tienen un ligero resplandor gris puro.

Nuestros ojos vuelven a encontrarse durante unos segundos… hasta que ella termina apartando la mirada.

—Todavía no se lo he dicho a nadie —informa Naruto cuando le abro la ventana de mi habitación esa misma tarde, con el sol colgando sobre el horizonte.

La conversación con mi madre ha drenado hasta la última gota de mi energía, así que me alegro de no tener que volver a confesar nada o lidiar con la reacción de nadie.

Sin embargo, ese pensamiento egoísta solo dura un instante.

—¿Por qué no?

—Mi madre vino a casa y se fue a dormir un rato. Ha pasado toda la noche en vela en el hospital porque han tenido que intubar a mi padre por lo de la infección. Pensé que era mejor dejarla dormir. Aunque también sé lo que voy a hacer después. Creo que el bastón de la palabra es la mejor opción.

—¿El qué?

—El bastón de la palabra. Un palo de madera que Shee encontró e Ino pintó cuando éramos pequeños. En esa época mi madre tenía una amiga con unos hijos que eran unos salvajes, de esos que se suben a las cortinas y se cuelgan de las vigas. La señora Yamanaka, su amiga, no tenía ni idea de cómo tranquilizarlos, así que solía correr detrás de ellos mientras les gritaba: «La próxima vez que usemos el bastón de la palabra hablaremos de esto». Por lo visto, cada cierto tiempo tenían reuniones familiares en las que aquel que tenía el bastón podía hablar sobre cualquier cosa que afectara a la familia al completo. Mis padres se tomaron a broma aquella idea… hasta que se dieron cuenta que cuando intentábamos discutir algo en familia todo el mundo hablaba al mismo tiempo y nadie escuchaba a los demás. Así que hicimos nuestro propio bastón de la palabra. Seguimos usándolo cuando tenemos que tomar una decisión importante o hay que contar alguna noticia de especial interés. —Se ríe y baja la mirada hacia sus pies—. Menma dijo una vez en clase que cada vez que papá sacaba «el gran palo» nuestra madre terminaba teniendo un bebé. Después de aquello, mis padres tuvieron una reunión con el profesor.

Qué bien me sienta reír.

—¡Vaya!

Me siento en la cama y hago un gesto a Naruto para que ocupe el lado vacío que hay a mi lado.

Pero él no se acerca, sino que se mete las manos en los bolsillos y apoya la cabeza contra la pared.

—Hay una cosa que no dejo de preguntarme.

Siento un escalofrío de aprehensión. Hay un matiz en su voz que no reconozco; algo que emborrona el placer que me produce volver a tenerle tan cerca de mí.

—¿Qué?

Levanta una esquina de la alfombra con la punta de su Converse y luego vuelve a dejarla como estaba.

—No es nada importante. Pero no dejo de darle vueltas desde que viniste a verme. Sai sabía lo que ibas a decirme. Se lo dijiste. Primero. Antes que a mí.

¿Se trata de celos? ¿O solo duda? No lo sé muy bien.

—Prácticamente me arrancó las palabras de la lengua. No se fue hasta que se lo conté. Es mi amigo. —Al ver cómo ladea la cabeza añado—: No estoy enamorada de él, si eso es lo que piensas.

Entonces me mira.

—Ya lo sé. De verdad. Pero ¿no se supone que con quien tienes que ser más sincero es con aquellos a los que amas? ¿No se trata de eso?

Me acerco a él y ahora soy yo la que ladea la cabeza, estudiando sus ojos azules.

—Sai está acostumbrado a que las cosas se tuerzan —explico.

—Sí, bueno, yo también me estoy acostumbrando demasiado. ¿Por qué no me lo contaste desde el primer momento, Hina?

—Porque creí que me odiarías. Y Obito estaba dispuesto a arruinaros. Yo ya te había arruinado bastante. Pensé que era mejor dejarte antes de que me odiaras.

Frunce el ceño.

—¿Odiarte por algo que hizo tu madre? ¿O por lo que ese imbécil quería hacer? ¿Por qué? ¿Qué sentido tendría?

—Ninguno. Fui una estúpida y estaba… estaba perdida. Todo era maravilloso y de repente se transformó en una pesadilla. Tienes una familia estupenda, feliz, que funciona… y llego yo y todo se va al traste.

Naruto mira hacia la ventana que da a su casa.

—Es el mismo mundo, Hinata.

—No exactamente, Naruto. Yo tengo mítines, los escudos del Templo Club y la constante pretensión de que todo va bien cuando en realidad apesta. Y tú tienes…

—Deudas, pañales, habitaciones desordenadas y también cosas que apestan —reconoce—. ¿Por qué no creíste que si ese era tu mundo, si tenías que tratar con él todos los días, no me importaría lo suficiente como para hacerlo también mío?

Cierro los ojos y tomo una lenta bocanada de aire. Cuando los abro de nuevo le veo mirándome con ojos llenos de amor y confianza ciega.

—Porque perdí la fe.

—¿Y ahora? —pregunta en voz baja.

Extiendo la mano con la palma hacia arriba. La mano de Naruto se cierra en torno a la mía y da un pequeño tirón. De pronto me encuentro envuelta en sus brazos. No hay ninguna banda sonora en su momento álgido, solo el sonido de nuestros corazones.

Entonces la puerta de mi habitación se abre y aparece mi madre, clavando la vista en nosotros.

.

.

.