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MAL DE LA CABEZA

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—Están aquí los dos —dice mi madre—. Perfecto.

No es precisamente lo que me hubiera esperado que dijera si nos pillaba juntos en mi habitación.

Debo de lucir la misma expresión de asombro que tiene en este momento Naruto.

—Obito viene de camino —continúa atropelladamente—. Estará aquí en unos minutos. Bajen a la cocina.

Naruto me mira, yo me encojo de hombros sin saber muy bien qué hacer y mi madre se dirige abajo.

En cuanto llegamos a la cocina, se vuelve hacia nosotros y sonríe. Es su sonrisa profesional, la de «todos somos grandes amigos».

—¿Por qué no bebemos algo mientras esperamos? ¿Tienes hambre, Naruto? —Su voz tiene un leve acento sureño; sin duda se lo ha contagiado Obito.

—Pues… no mucha. —Naruto la mira con cautela, como si fuera un animal que no sabes por dónde puede salir. Mi madre lleva un vestido amarillo limón, el pelo perfectamente peinado y el maquillaje impecable. No se parece en nada a la mujer atónita en bata y con la crema recién aplicada con la que hablé hace un rato.

—Bien, cuando Obito llegue, iremos al despacho. Podría hacer un poco de té. —Examina a Naruto—. Aunque no parece que te vaya mucho el té. ¿Te apetece mejor una cerveza?

—Soy menor de edad, así que no, senadora Hyuga, muchas gracias —responde Naruto con voz plana.

—Puedes llamarme Horai —dice mi madre, sin captar el sarcasmo. «Esta sí que es buena.» Ni Sai ni Sakura, que la conocen de toda la vida, la llaman por su nombre de pila. Al menos en público.

Se acerca un poco más a Naruto, que se ha quedado muy quieto, no vaya a ser que sea uno de esos animales que atacan sin previo aviso.

—Vaya, sí que eres ancho de hombros.

—¿Qué está pasando aquí…? —empiezo a decir, pero ella me interrumpe.

—Hoy está haciendo mucho calor. ¿Por qué no os preparo un poco de limonada? ¡Creo que incluso tenemos galletitas!

«¿Acaso ha perdido el juicio? ¿Qué espera que Naruto le conteste: "Con virutas de chocolate o con nueces, porque de ser así, ¡la perdono al instante! ¿Qué es un atropello y una fuga de nada comparado con unas galletas increíbles"?»

Le agarro de la mano, él aprieta la mía y nuestros cuerpos se acercan cuando oímos abrirse la puerta delantera.

—¿Horai?

—Estamos en la cocina, cielo —responde mi madre con voz cariñosa. Segundos después aparece Obito con las manos en los bolsillos y las mangas remangadas hasta los codos.

—Hola, Naruto. Te llamas así, ¿verdad?

—Así es, señor. —Ahora tiene que dividir su atención entre dos criaturas de temperamentos inciertos. Me acerco más a él y Naruto se pone delante de mí, colocándome a su espalda, pero yo me muevo y me sitúo a su lado.

—Pues entonces Naruto —dice Obito con naturalidad—. ¿Cuánto mides, hijo?

«¿A qué viene tanta obsesión con su físico?» Naruto me mira como si me estuviera preguntando: «¿Es que me están tomando las medidas para encargar mi ataúd?». Pero responde con educación:

—Casi uno noventa… señor.

—¿Juegas al baloncesto?

—Al fútbol americano. Soy cornerback.

—Vaya… una posición clave. Yo fui quarterback —comenta Obito—. Recuerdo una ocasión en la que…

—Muy bien —le interrumpe Naruto—. ¿Podría decirnos qué estamos haciendo aquí? Sé lo que pasó con mi padre. Hina me lo ha contado todo.

La expresión calmada y jovial de Obito no cambia ni un ápice.

—Sí, eso he oído. ¿Por qué no vamos todos al despacho de Horai? Horai, cariño, tú primero.

El despacho que mi madre tiene en casa es más femenino que el del trabajo, con paredes pintadas de un tono azul claro y tapicería blanca de lino en el sofá y las sillas. En lugar de una silla de oficina tiene un sillón de brocado de seda de color marfil. Se sienta en él, detrás del escritorio, mientras que Obito se deja caer sobre una de las sillas y se recuesta en ella, apoyándose únicamente sobre las patas traseras como es costumbre en él.

Naruto y yo nos sentamos juntos en el largo sofá.

—Bien, Naruto, me imagino que quieres seguir jugando al fútbol cuando vayas a la universidad, ¿verdad?

—No entiendo por qué estamos hablando de esto —dice Naruto—. Mi carrera universitaria no tiene nada que ver con la senadora y con lo que le hizo a mi padre, señor.

Obito sigue con su expresión afable.

—Admiro a la gente franca, Naruto. —Se ríe—. Cuando estás tan metido en la política como yo, no te encuentras con muchas personas así. —Esboza una sonrisa hacia Naruto, que le mira con ojos fríos—. De acuerdo entonces. Seamos honestos. Naruto, Hinata, Horai… Tenemos un problema que hay que solucionar de la mejor manera posible, ¿cierto?

Con esa forma tan genérica de hablar podría estar refiriéndose a cualquier cosa, desde que el perro se ha orinado en la alfombra nueva hasta que se ha apretado por error el botón encargado de lanzar unas cuantas cabezas nucleares. Naruto y yo hacemos un gesto de asentimiento.

—También es cierto que no se actuó de forma correcta, ¿tengo razón?

Miro a mi madre, que se pasa la lengua por el labio superior de forma nerviosa.

—Sí —digo yo, ya que Naruto ha vuelto a adoptar su mirada cautelosa de «no sé en qué momento me vas a atacar».

—De acuerdo. ¿Cuánta gente lo sabe? Cuatro, ¿no? ¿O se lo has dicho a alguien más, Naruto?

—Todavía no —contesta él con tono acerado.

—Pero tienes intención de hacerlo, porque eso es lo correcto, ¿verdad, hijo?

—No soy su hijo. Y sí.

Obito apoya la silla sobre sus cuatro patas y se inclina hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas y las manos abiertas en un gesto de súplica.

—Y aquí es donde, con todos los respetos, no creo que estés pensando con claridad.

—¿Ah, no? —espeta Naruto amargamente—. ¿Y en qué me confundo?

—En pensar que dos errores hacen un acierto. Cuando digas a otras personas lo que sucedió, la senadora Hyuga sufrirá un daño irreparable. Perderá la carrera a la que ha dedicado toda su vida, esa en la que ha servido a los ciudadanos de Konoha de forma tan acertada. Tampoco estoy muy seguro de que hayas pensado en lo mucho que va a sufrir tu novia. Si esto sale a la luz, la tratarán del mismo modo que a su madre. Es una pena, pero ya sabemos lo que sucede con los hijos de los delincuentes.

Mi madre se estremece cuando oye la palabra «delincuentes», pero Obito prosigue:

—¿Están preparados para lo que se les vendrá encima? Allá donde vaya Hinata la gente especulará sobre su moral. Y en muchos casos pensará que no la tiene. Lo que es bastante peligroso para una chica joven. Hay hombres que no dudarán en aprovecharse de ella.

Naruto se mira las manos, que ahora tiene cerradas en puños. Pero en su rostro hay dolor, y peor aún… confusión.

—Eso no me preocupa —intervengo yo—. Estás siendo ridículo. ¿Qué quieres decir? ¿Que el mundo entero asumirá que soy una chica fácil porque mi madre atropelló a un hombre? ¡Qué bobada! Seguro que en la Escuela de Villanos de Pacotilla tienen mejores excusas que esas.

Naruto se ríe y me rodea con un brazo.

Para mi asombro, Obito también se echa a reír. Mi madre, sin embargo, permanece impasible.

—En ese caso, me imagino que tampoco funcionará ofreceros dinero con billetes sin marcar a cambio de su silencio, ¿no? —Obito se pone de pie, se coloca detrás de mi madre y empieza a masajearle los hombros—. Bien, entonces, ¿dónde nos deja esto? ¿Qué es lo que vas a hacer ahora, Naruto?

—Se lo voy a contar a mi familia y dejaré que sean mis padres los que decidan lo que quieren hacer en cuanto tengan toda la información.

—No hace falta que te pongas a la defensiva. Soy del sur y admiro a los hombres que son fieles a su familia. Es algo digno de elogio, la verdad. De modo que se lo vas a decir a tus padres y si ellos quieren dar una rueda de prensa para que salga a la luz, estarás de acuerdo.

—Efectivamente. —El brazo de Jase se tensa sobre mi hombro.

—Y si sus acusaciones caen por su propio peso porque no hay testigos y la gente termina creyendo que tus padres son solo un par de chiflados en busca de dinero, ¿también te parecerá bien?

La confusión regresa a la cara de Naruto.

—¿Pero…?

—Sí que hay un testigo. Yo —puntualizo.

Obito ladea la cabeza, me mira y asiente.

—Cierto. No me acordaba de que no te supone ningún problema traicionar a tu madre.

—Esa frase también ha salido de la Escuela de Supervillanos —le digo.

Mi madre entierra la cabeza entre sus manos y empiezan a temblarle los hombros.

—Esto no nos lleva a nada. Los Namikaze oirán lo que su hijo les diga y harán lo que tengan que hacer. No hay nada que podamos hacer para evitarlo. —Levanta su rostro inundado de lágrimas hacia Obito—. Gracias por intentarlo, cariño.

Él se lleva la mano al bolsillo, saca un pañuelo y limpia con dulzura los ojos de mi madre.

—Horai, cielo, siempre hay una salida. Ten un poco de fe. Llevo en este juego mucho tiempo.

Mi madre se sorbe la nariz y baja la vista. Naruto y yo intercambiamos una mirada de incredulidad.

«¿Juego?»

Obito se mete los pulgares en los bolsillos, se coloca delante del escritorio y empieza a andar de un lado a otro.

—Vamos a ver qué te parece esto, Horai. ¿Y si eres tú la que convoca una rueda de prensa, con los Namikaze? Tú hablas en primer lugar. Lo confiesas todo. Que hiciste algo terrible, que la culpa te ha consumido todos estos días, pero como tu hija y el hijo de los namikaze estaban personalmente involucrados… —Hace una pausa y nos sonríe como si estuviera dándonos su bendición—… decidiste permanecer callada. No querías mancillar el primer amor verdadero de tu hija. Todo el mundo se identificará con eso, todos hemos vivido ese primer amor, y si no lo hemos hecho, nos hubiera gustado hacerlo. Así que no dijiste nada por el bien de la muchacha, pero… —Otro paseo, aunque esta vez con el ceño fruncido—… no te veías capaz de representar a la gente con algo de esta magnitud sobre tu conciencia. Estás arriesgando mucho, pero ha funcionado en otras ocasiones. A la gente le encanta la figura del pecador redimido. Tendrías a tu familia a tu lado; tus dos hijas con su madre. Los Namikaze, gente trabajadora, la joven pareja…

—Espere un momento —interrumpe Naruto—. Lo que Hina y yo sentimos el uno por el otro no es ninguna... —Se para en busca de una palabra apropiada—… estrategia de mercadotecnia.

Obito esboza una sonrisa divertida.

—Con todos mis respetos, hijo, los sentimientos de todos nosotros son estrategias de mercadotecnia. Es más, de eso es de lo que trata precisamente la mercadotecnia, de dar a la gente dónde más le afecta. Tenemos a la pareja joven, a la familia de clase trabajadora azotada por una crisis inesperada. —Deja de andar—. Horai, lo tengo. Podrías aprovechar la coyuntura para introducir alguna proposición de ley que ayude a las familias de clase obrera. Nada demasiado radical, solo algo que transmita que Horai Hyuga ha salido de esta experiencia entendiendo mejor a la gente a la que sirve. Cada vez lo veo más claro. Incluso podemos hacer que el señor Namikaze, el trabajador herido, diga que no quiere que todo el buen hacer de la senadora Horai se vaya al traste por este incidente.

Miro a Naruto. Tiene los labios entreabiertos y está mirando a Obito fascinado, de la misma forma que uno miraría a una cobra a punto de atacar.

—Podrías hacer un llamamiento a la gente, pedir que te llamen, escriban o envíen correos electrónicos directamente a tu oficina si quieren que sigas como senadora. En este mundillo lo llamamos «envía tus comentarios». La gente se emociona cuando se siente parte activa del proceso. La sede se llena de mensajes, tú desapareces durante unos días y luego vuelves a dar otra rueda de prensa en la que agradeces humildemente a los ciudadanos de Konoha por la fe que han demostrado tener en ti y te comprometes a esforzarte al máximo para ser digna de ella. Es un golpe de efecto brutal y en el cincuenta por ciento de los casos te aseguras salir reelegida —concluye sonriendo triunfalmente a mi madre.

Mi madre también le mira con la boca abierta.

—Pero… —dice ella.

Naruto y yo permanecemos en silencio.

—Vamos —insiste Obito—. Tiene sentido. Es la forma más racional de salir de este embrollo.

Naruto se pone de pie. Observo con placer que es más alto que Obito.

—Todo lo que usted dice tiene sentido, señor. Y me imagino que también es racional. Pero con todos mis respetos, usted está muy mal de la cabeza. Vamos, Hina. Vámonos a casa.

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