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DIFERENCIAS

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Cuando salimos de mi casa el sol está desapareciendo por el horizonte. Las largas piernas de Naruto cruzan el camino de entrada a grandes zancadas de forma que casi tengo que correr para seguirle.

Cuando estamos a punto de llegar a la escalera que da acceso a la cocina me detengo.

—¡Espera!

—Lo siento. Prácticamente te he traído a rastras. Después de todo lo que ha pasado ahí dentro, siento como si necesitara una ducha. Maldita sea, Hina. ¿Qué ha sido eso?

—Te entiendo —digo yo—. Lo siento. —¿Cómo ha podido Obito decir todo eso con la misma suavidad que un bourbon? ¿Y mi madre, ahí sentada como si se hubiera bebido la botella entera? Me froto la frente—. Lo siento —murmuro otra vez.

—Ahora mismo me vendría bien que dejaras de disculparte una y otra vez —me dice.

Respiro hondo y bajo la mirada hacia sus pies —Es lo único que me queda… para arreglar las cosas.

Tiene unos pies enormes que hacen que los míos parezcan diminutos en comparación. Lleva sus habituales zapatillas y yo mis chanclas. Nos quedamos parados, pie con pie, durante un minuto.

Después, mete su pie entre los míos.

—Estuviste muy bien ahí dentro —comento. Y es verdad.

Naruto se mete las manos en los bolsillos.

—¿Estás de broma? Fuiste tú la que le puso en su sitio cada vez que yo caía hipnotizado con sus argumentaciones tan elocuentes.

—Porque llevo un tiempo escuchándole. Tardé semanas en superar la «hipnosis».

Naruto sacude la cabeza.

—De pronto me pareció que todo esto se convertía en un cartel para su campaña. ¿Cómo lo hizo? Ahora entiendo por qué Sai estaba tan obsesionado con él.

Miramos mi casa en silencio.

—En cuanto a mi madre… —empiezo. A pesar de lo que Obito ha dicho de que no tengo ningún problema a la hora de traicionarla, eso no es verdad. Esto no me está resultando nada fácil. ¿Cómo puedo hacerle entender a Naruto todos esos años que nos ha dedicado, enseñándonos tan bien? O por lo menos lo mejor que pudo.

Naruto espera pacientemente a que continúe, hasta que me veo capaz de seguir hablando.

—No es ningún monstruo. Quiero que lo sepas. Sé que no importa, porque lo que hizo estuvo fatal. Pero no es una mala persona. Solo… —me tiembla la voz— no es una mujer fuerte…

Naruto tira de la goma de mi coleta, permitiendo que mi pelo caiga por los hombros. Un gesto que he echado muchísimo de menos.

He salido de mi casa sin mirar a mi madre. No tenía sentido hacerlo. Pero momentos antes, cuando sí que me fijé en su cara, no supe descifrar su expresión.

—Me imagino que mi madre no querrá que vaya a cenar esta noche al Templo Club. Ni siquiera sé si podré volver a casa.

—Bueno, siempre puedes quedarte en la mía. —Me acerca hacia sí—. Podemos seguir la sugerencia de Gaara y te puedes venir a vivir a mi habitación y dormir en mi cama. Me pareció una idea excelente desde el mismo momento en que salió de su boca.

—Gaara solo habló de la habitación, no dijo nada de la cama.

—Te dijo que nunca me he hecho pis en la cama. Es un incentivo a tener en cuenta.

—Algunos de nosotros también damos por sentado sábanas limpias y necesitamos otros incentivos.

—Veré qué puedo hacer —dice Naruto.

—¡Sailor Moon! —grita Gaara desde la mosquitera—. ¡Voy a tener un hermanito! O una hermanita, pero yo quiero un chico. Tenemos una foto de él. ¡Corre, ven a verla! ¡Vamos, ven!

Me vuelvo hacia Naruto.

—¿Entonces está confirmado?

—Ino se lo sacó a mi madre con sus tácticas de enfermera ninja. Más o menos como hizo Sai contigo.

Gaara regresa a la mosquitera y presiona una fotocopia contra ella.

—¿Ves? Este es mi hermano. Parece una especie de nube pero luego cambiará un montón porque mi madre dice que eso es lo que mejor hacen los bebés.

—Hazte a un lado, compañero —dice Naruto. Luego abre la puerta lo suficiente como para que podamos entrar los dos.

Llevo un tiempo sin ver a Shee. Si antes parecía tranquilo y relajado, ahora se le ve nervioso, caminando de un lado para otro en la cocina. Ino está haciendo tortitas y los más pequeños están sentados a la mesa, observando a los mayores como si estos fueran una serie de Nickelodeon.

Entramos justo cuando Shee pregunta:—¿Por qué le han puesto a papá esa cosa en la tráquea? Respiraba bien. ¿Es que está empeorando?

Ino saca de la sartén una tortita pequeña, muy fina y bastante quemada.

—Las enfermeras ya nos lo explicaron.

—Pero no en cristiano. Ino, por favor, ¿me lo puedes traducir?

—Es por la trombosis venosa profunda, tiene una especie de coágulo. Le pusieron esas botas de comprensión porque no quieren darle anticoagulantes…

—Repito, en cristiano —insiste Shee.

—Medicamentos para que se le diluya la sangre. Por la lesión en la cabeza. Le pusieron las botas pero alguien no hizo caso o no se dio cuenta en el orden en que debían ponerse y que tenían que apagarlas cada dos horas.

—¿Podemos demandar a ese alguien? —pregunta Shee indignado—. Estaba hablando, iba mejor y ahora está peor que nunca.

Ino saca otras cuatro tortitas más carbonizadas y añade un poco de mantequilla a la sartén.

—Es bueno que se hayan dado cuenta a tiempo, Shee. —Mira hacia arriba y por primera vez se da cuenta de que estoy detrás de Naruto—. ¿Qué está haciendo ella aquí?

—Aquí es donde debe estar —responde Naruto—. Déjalo ya, Ino.

Karin empieza a llorar. —Ya no parece papá.

—Sí que parece papá —insiste Gaara de forma terminante. Me pasa la fotocopia—. Este es nuestro bebé.

—Es precioso —digo a Gaara. En realidad parece un huracán sobre algunas islas.

—Papá está en los huesos —continúa Karin—. Huele a hospital. Mirarle me pone los pelos de punta. De pronto se ha transformado en un viejo. No quiero un hombre viejo. Quiero a papá.

Naruto le guiña un ojo. —Solo necesita comerse unas cuantas tortitas de Ino, Kar. Ya verás lo bien que se pone después.

—Ino hace las peores tortitas del mundo —observa Shee—. Estas parecen unos posavasos.

—Por lo menos yo cocino —replica Ino con sarcasmo—. ¿Tú qué haces? ¿Criticar? ¿Hacer una reseña gastronómica? Pide algo de comida para llevar si quieres hacer algo útil, imbécil.

Naruto mira a sus hermanos y después a mí. Entiendo su vacilación. Aunque las cosas en casa de los Namikaze están un poco fuera de sí —no se sigue un horario en las comidas, todo el mundo está de peor humor…— todavía parecen normales. No es el momento adecuado para soltar una bomba informativa como la que tenemos que anunciar. Es como irrumpir en medio de la casa del señor y la señora Capuleto mientras discuten sobre si están pagándole bien o no a la aya y decir: «Interrumpimos esta estampa familiar con una tragedia de proporciones épicas».

—Hola. —La mosquitera se abre y entra Sai con cuatro cajas de pizza, dos tarros de helado y la bolsa azul con cremallera donde los Namikaze guardan el dinero recaudado del día de la ferretería.

—Hola, ardiente Ino. ¿Te apetece ponerte el uniforme y tomarme el pulso?

—Nunca juego con niños pequeños —masculla Ino sin apartarse de la sartén donde sigue luchando con las tortitas.

—Pues deberías. Estamos llenos de energía y somos muy traviesos.

Ino ni se molesta en contestar.

Naruto le ayuda con las cajas y las pone encima de la mesa, apartando con ligeros manotazos las manos de los más pequeños.

—¡Tranquilos! Esperen a que les ponga los platos. ¡Jesús! ¿Qué tal se ha dado el final de la jornada?

—Sorprendentemente bien. —Sai saca un fajo de servilletas del bolsillo y las deja en la mesa—. Hemos vendido una astilladora de madera, esa tan grande que estaba en la parte de atrás y que apenas nos dejaba espacio.

—¡No me digas! —Naruto saca una botella de cuatro litros de leche del frigorífico y empieza a servirla en vasos desechables.

—Sí te digo. Dos mil dólares. —Sai distribuye las porciones de pizza en los platos y los reparte entre Menma, Buna, Karin, Gaara y Shee, que todavía tiene el ceño fruncido.

—Hola, preciosa. Qué bien verte por aquí de nuevo. —Sai me sonríe—. En el lugar al que perteneces y todas esas chorradas.

—¡Mío! —grita Temari, señalando a Sai, que se acerca a la pequeña y le revuelve el escaso cabello.

—¿Lo ves, ardiente Ino? Incluso las más jóvenes se rinden a mi magnetismo sexual. Soy como un campo de fuerza, las atraigo a todas. Soy como el…

—¡Popó!

—Eso también. —Sai aparta la mano de Temari, que en este momento está tirando de su camiseta. Pobrecilla. Odia los biberones—. Entonces, ¿qué me dices, bella Ino? ¿Te pones el uniforme y me haces un chequeo completo?

—Deja de tirarle los tejos a mi hermana en nuestra cocina, Sai. ¡Por Dios! Y para que lo sepas. El uniforme de enfermera de Ino es verde. Cuando se lo pone parece la rana Rene —comenta Naruto, devolviendo la leche al frigorífico.

—Tengo mucha hambre, pero no quiero pizza —refunfuña Menma—. Es lo único que comemos. Estoy harto de pizza y cereales con leche… y eso que eran dos de las cosas que más me gustaban de este mundo.

—Yo también creía que ver la televisión todo el rato sería divertido —señala Buna—, pero me he dado cuenta de que no lo es. Es aburrido.

—Anoche me quedé hasta las tres de la madrugada viendo películas de Jake Gyllenhaal, incluso las clasificadas para mayores de edad —confiesa Karin— y nadie se dio cuenta ni me dijo que me fuera a la cama.

—¿Es que nos hemos puesto en plan «me quejo por todo»? —dice Shee—. ¿Quieren que saque el bastón de la palabra?

—Ahora que lo dices, creo que… —empieza Naruto, pero le interrumpe un golpe en la puerta.

—Shee, ¿has pedido comida a pesar de que sabías que estaba haciendo tortitas? —pregunta Ino enfadada.

Shee alza las manos en defensa propia. —Me hubiera encantado, pero no. Te lo juro.

Vuelven a llamar a la puerta, Menma se dirige hacia allí para abrir y aparece… mi madre.

—He venido para ver si mi hija está con ustedes. —Pasea la mirada por todas las personas que hay en la cocina. Por Temari, con el pelo lleno de mantequilla, sirope y salsa de tomate; por Gaara, que va sin camiseta y por cuyo pecho le caen pequeñas hileras de sirope; por Buna, que se lanza como un poseso sobre otra porción de pizza; por Menma, al que nunca he visto tan furioso como ahora; por la llorosa Karin… y por Naruto, que se ha quedado completamente inmóvil.

—Hola, mamá.

Sus ojos se encuentran con los míos.

—Me imaginé que estarías aquí. Hola, cariño.

—Hombre, Horai. —Sai arrastra un sillón desde el salón hasta la isla de la cocina—. Siéntate. Ponte cómoda y tómate una porción de pizza. —Me mira y luego enarca las cejas hacia Naruto.

Naruto sigue con la vista clavada en mi madre, con esa mirada confusa con la que salió de su despacho. Mi madre extiende la mano hacia la caja de pizza como si de un ovni se tratara. A ella las que más le gustan son las que tienen pesto, alcachofas y marisco. Sin embargo, toma asiento y susurra:

—Gracias.

La miro. Ya no es ni la mujer alicaída en bata de seda ni la tensa anfitriona que le ofreció a Naruto una cerveza. Hay algo en su expresión que no he visto antes. Miro a Naruto y me fijo en que la está observando con el rostro impasible.

—Así que usted es la mami de Sailor Moon —dice Gaara con la boca llena de pizza—. Nunca la he visto tan cerca como ahora. Solo por televisión.

Mi madre esboza una tímida sonrisa.

—¿Cómo te llamas?

Me apresuro a hacer las presentaciones. Se la ve tan nerviosa e incómoda, tan inmaculada y fuera de lugar en el confortable caos que reina en la cocina.

—¿Quieres que nos vayamos a casa, mamá?

Ella niega con la cabeza.

—No. Me gustaría conocer a toda la familia de Naruto. Dios mío. ¿Son todos los que están aquí?

—Falta mi papá, porque está en el hospital —parlotea Gaara, levantándose de la mesa y rodeando a mi madre—. Y también mami, que se está echando una siesta. Y también el nuevo bebé que está dentro de la tripa de mamá, bebiéndose su sangre.

Mi madre se pone completamente pálida.

Ino hace una mueca y dice:

—Gaara, no funciona de esa manera. Cuando me preguntaste te expliqué cómo se alimenta el bebé. Los nutrientes van a través del cordón umbilical junto con la sangre de mamá que…

—Yo sé cómo ha llegado el niño dentro de la tripa de mamá —anuncia Buna—. Me lo contaron en el campamento de vela. Mirad, papá pone…

—Muy bien, muchachos, suficiente —interrumpe Naruto—. Calmados. —Vuelve a mirar a mi madre mientras tamborilea con el dedo índice sobre la encimera.

Silencio.

Un tanto incómodo. Y especialmente inusual. Gaara, Buna, Menma y Karin están ocupados comiendo. Shee ha abierto la bolsa azul y está clasificando los recibos por nombre. Sai se ha hecho con un tarro de helado y está comiendo directamente de él, con lo que consigue llamar la atención de Ino.

—¿Tienes idea de lo poco higiénico que es eso?

Él deja la cuchara avergonzado.

—Lo siento. Ni siquiera lo he pensado. Solo necesitaba azúcar. Lo único que hago últimamente es comer dulces. Puede que esté sobrio y que esté fumando menos, pero está claro que me espera un futuro lleno de obesidad mórbida.

Por sorprendente que parezca, Ino le sonríe.

—No te preocupes, Sai, forma parte del proceso de desintoxicación. Es algo normal. Pero… usa un tazón, ¿de acuerdo?

Sai le devuelve la sonrisa y comparten un divertido momento de calma antes de que ella se vuelva a abrir un cajón.

—Toma.

—Yo quiero helado. Yo quiero helado —canturrea Gaara golpeando con la cuchara en la mesa.

Temari se contagia del espíritu reivindicativo y golpea su trona con las manos.

—¡Tetita! —grita—. ¡Popó!

Mi madre frunce el ceño.

—Sus primeras palabras —explico a toda prisa. Entonces el rubor inunda mis mejillas. ¿Por qué he sentido la necesidad de justificar a Temari?

—Ah.

Los ojos de Naruto se encuentran con los míos. Su mirada refleja tanta confusión y un dolor tan intenso que me golpea como si de una bofetada se tratara.

¿A qué ha venido mi madre? Naruto y yo estábamos bien, volvíamos a conectar, y de pronto llega ella. ¿Por qué?

Naruto hace un gesto hacia la puerta.

—Será mejor que vayamos a por más helado al congelador que hay en el garaje. Vamos, Hina.

Hay dos tarros más en la mesa. Ino los mira y luego a Naruto.

—Pero si… —empieza.

Naruto hace un gesto de negación.

—¿Hina?

Le sigo fuera. Puedo ver cómo se le tensa la mandíbula; sentir la tensión de sus hombros como si fueran parte de mi cuerpo.

Tan pronto como bajamos los escalones, se vuelve hacia mí.

—¿Qué significa esto? ¿Por qué ha venido?

Trastabillo hacia atrás.

—No lo sé. —Mi madre está actuando como si no pasara nada, como si fuera la vecina amable de al lado dejándose caer por casa de los Namikaze para ver cómo están. Pero la situación dista mucho de ser normal. ¿Cómo puede estar tan tranquila?

—¿Se tratará de otra de las asquerosas tretas de Obito? —exige saber Naruto—. ¿Le ha dicho que venga y actúe de forma amistosa, antes de que se entere nadie?

Me escuecen los ojos. Estoy a punto de ponerme a llorar.

—No lo sé —repito.

—Parece como si quisiera convencer a mi familia de que no es posible que una mujer tan simpática haga nada malo y que piensen que he perdido la cabeza o algo parecido y…

Le agarro de la mano.

—No lo sé —vuelvo a susurrarle. ¿Se trata de la siguiente fase en el juego de manipulación de Obito? Pues claro que sí. Durante un momento he creído que mi madre estaba intentando hacer un gesto… una ofrenda de paz, pero tal vez sea otra de las tácticas de Obito. Se me contrae el estómago.

No sé qué pensar. Ni siquiera sé cómo sentirme. Las lágrimas que he intentado contener se derraman por mis mejillas, así que me las seco enfadada.

—Lo siento —dice Naruto, tirando de mí de forma que mi mejilla se apoya contra su pecho—. Pues claro que no lo sabes. Es que… viéndola sentada en la cocina, comiendo pizza como si todo fuera estupendamente, ha hecho que me ponga…

—Enfermo —termino por él. Cierro los ojos.

—Pero por ti. No solo por mi padre. También por ti, Hina.

Me gustaría que entendiera, repetirle que mi madre no es mala persona. Pero si de verdad ha venido siguiendo el consejo de Obito para mostrar «el lado amable de Horai», entonces…

—¿Tienen ya el helado? —grita Ino desde la puerta—. Me parecía imposible, pero al final vamos a necesitarlo.

—Sí… un segundo —responde Naruto también gritando. Se apresura a abrir la puerta del garaje. Llega hasta el congelador, siempre lleno de productos en oferta, y saca una tarrina de helado—. Volvamos antes de que se coman los platos. —Intenta esbozar su deslumbrante sonrisa pero se queda corto.

Cuando regresamos a la cocina, Gaara le está diciendo a mi madre:

—Me gusta mucho poner esos cereales que se llaman Gorilas Crujientes encima del helado. Pero no está hecho de gorilas de verdad.

—Ah. Vaya. Eso está bien.

—Es solo mantequilla de cacahuete y cosas saludables. —Gaara agarra la caja y echa un montón de cereales en su cuenco—. Pero si compras estos cereales puedes salvar a los gorilas. Y eso sí que está bien, porque si no se «instinguirán».

Mi madre me mira para que le traduzca. O para que la salve.

—Extinguirán —explico.

—Sí, eso es lo que quería decir. —Gaara echa un poco de leche encima de los cereales y el helado y remueve con la cuchara—. Eso significa que no se aparean lo suficiente y entonces se mueren para siempre.

Volvemos a quedarnos en silencio. Un silencio agobiante. «Se mueren para siempre.» Esa frase parece reverberar en el ambiente, o al menos esa es la sensación que tengo yo. El señor Namikaze, tumbado de bruces bajo la lluvia, la imagen que Naruto añadió al impactante golpe seco que me despertó. ¿La ve también mi madre? Observo cómo deja su porción de pizza y cómo sus dedos se cierran en torno a una servilleta que usa para limpiarse los labios. Naruto tiene la vista clavada en el suelo.

Mi madre se pone de pie tan de repente que casi tira su asiento.

—Hinata, ¿puedes salir conmigo afuera un momento?

El pánico se apodera de mí. «No va hacer que vuelva a casa para enfrentarme de nuevo a las manipulaciones de Obito, ¿verdad? Por favor, que no lo haga.» Miro a Naruto.

Mi madre se inclina sobre la mesa de modo que mira cara a cara a Gaara.

—Siento lo de tu padre —le dice—. Espero que se ponga bien muy pronto. —Entonces se dirige hacia la puerta con la seguridad de que, después de todo, la seguiré.

«Ve», me dice Naruto con los labios, señalando la puerta con un gesto de la barbilla. En cuanto le miro a los ojos lo tengo claro; tiene que saberlo todo.

Salgo a toda prisa detrás de mi madre, sus sandalias resuenan en el camino de entrada. Entonces se detiene y se da la vuelta lentamente. Ahora mismo es prácticamente de noche y la luz de la farola proyecta un tenue halo sobre el pavimento.

—¿Mamá? —Busco su cara.

—Esos niños.

—¿Qué pasa con ellos?

—No podía seguir allí —dice arrastrando las palabras. Después añade atropelladamente—. ¿Sabes cuál es el número de habitación del señor Namikaze? Está en el Maplewood Memorial, ¿no?

Unas ideas terribles cruzan por mi mente. Obito yendo allí y ahogando al señor Namikaze con una almohada, o inyectándole aire en una de las vías. Mi madre... no tengo ni idea de lo que es capaz de hacer. ¿Es posible que pueda venir aquí, tomarse un trozo de pizza y después hacer algo horrible?

Pero ya lo ha hecho y después se ha presentado con una lasaña metafórica. «Aquí tienen, soy su buena vecina de al lado.»

—¿Por qué? —pregunto.

—Tengo que contarle lo que pasó. Lo que hice. —Aprieta los labios y mira hacia la casa de los Namikaze; la luz que sale de la puerta mosquitera forma un rectángulo perfecto.

«Oh, gracias a Dios.»

—¿Vas a decirle la verdad ahora mismo?

—Sí, todo —responde en voz baja. Busca en su bolso y saca un bolígrafo y su pequeño cuaderno de notas con la bandera de los Estados Unidos—. ¿Cuál es su número de habitación?

—Está en la UCI, mamá —digo duramente. ¿Es que no se acuerda?—. No puedes hablar con él. No te dejarán entrar. No eres de la familia.

Ella me mira y parpadea.

—Soy tu madre.

Le devuelvo la mirada, confundida. Pero entonces me doy cuenta. Ha debido de pensar que quería decir que ella no era de «mi» familia. En este momento no es una suposición muy mal encaminada.

De repente me doy cuenta de que estoy a miles de kilómetros de ella. Toda mi fuerza, mis energías, están apoyando cien por cien a esta otra familia. Mi madre… Lo que mi madre ha hecho… No puedo defenderla.

—No te dejarán entrar en su habitación —termino diciendo—. Solo dejan pasar a los familiares más cercanos.

Le cambia el gesto. Siento un nudo en el estómago porque he interpretado su expresión. Es una mezcla de vergüenza y alivio; sobre todo esto último. No va a tener que enfrentarse a él.

Poso la vista en la furgoneta, en la puerta del conductor. Sé quién se merece conocer la verdad tanto como el señor Namikaze.

La mano de mi madre se mueve nerviosamente para alisar la falda de su vestido.

—Tienes que hablar con la señora Namikaze —le digo—. Cuéntaselo todo. Está en casa. Puedes hacerlo ahora mismo.

Mira hacia la puerta, pero aparta la vista casi al instante, como si toda la casa fuera el lugar del accidente.

—No puedo volver ahí. —Siento su mano rígida sobre la mía cuando intento tirar de ella para llevarla de nuevo al camino de entrada. Tiene la palma húmeda—. No con todos esos niños.

—Tienes que hacerlo.

—No puedo.

Mis ojos también vuelan a la puerta, como si hubiera una solución esperándome allí mismo.

Y eso es precisamente lo que pasa. Veo a Naruto… con la señora Namikaze a su lado. Yergue los hombros y pasa un brazo alrededor de su madre.

La puerta mosquitera se abre y ambos salen al exterior.

—Senadora Hyuga, he dicho a mi madre que tiene algo que decirle.

Mamá asiente y traga saliva. La señora Namikaze está descalza, lleva el pelo despeinado y se la ve agotada pero serena. Naruto no le ha contado nada.

—Sí… Necesito hablar con usted —empieza mi madre—. En privado. ¿Le importaría…? ¿Quiere venir a tomar un poco de limonada a mi casa? —Se frota el labio superior con el nudillo y añade—: Esta noche hay mucha humedad en el ambiente.

—Pueden hablar aquí. —Es evidente que Naruto no quiere que su madre caiga bajo el hechizo de Obito. La señora Namikaze enarca una ceja al oír el tono de su hijo.

—Usted es más que bienvenida a entrar en mi casa, senadora. —La voz de la señora Namikaze es tranquila y educada.

—Solo estaremos nosotras dos —asegura mi madre a Naruto—. Estoy convencida de que mi otro invitado ya se ha ido.

—Aquí estará bien —insiste él—. Hina y yo nos encargamos de los niños.

—Naruto… —comienza la señora Namikaza con las mejillas sonrosadas por el rudo comportamiento de su hijo.

—Está bien. —Mi madre toma una profunda bocanada de aire.

Naruto abre la puerta mosquitera y me lleva dentro. Me quedo parada un momento en el umbral, mirando a mi madre y a la señora Namikaze. Las dos mujeres que hay en el camino de entrada no pueden ser más distintas. Mamá lleva un vestido amarillo y las uñas de los pies perfectamente arregladas. La señora Namikaze lleva un vestido arrugado y las uñas sin pintar. Mi madre es más alta, la de Naruto más joven. Pero la arruga que cada una tiene entre las cejas es casi idéntica y ambos rostros muestran la misma aversión.

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