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LO SABIA

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No sé cómo ha confesado mi madre la verdad, si ha salido de su boca con la fuerza de un torrente o la ha ido filtrando poco a poco. Ni Naruto ni yo hemos podido oír nada con el ruido que había en la cocina, solo hemos podido ver sus siluetas a través de la oscuridad lanzando alguna que otra mirada cuando hemos tenido un momento mientras limpiábamos los restos de comida, bañábamos a los pequeños y los metíamos en la cama o les dejábamos bajo el hipnótico murmullo de la televisión. Lo único que sé es que después de veinte minutos, la señora Namikaze ha abierto la puerta con mosquitera con una expresión indescifrable en el rostro, ha dicho a Shee e Ino que tenía que irse al hospital y que necesitaba que la acompañaran y después se ha dirigido a Naruto.

—¿Tú también vienes?

En cuanto se han marchado y Karin, todavía sufriendo los efectos colaterales de su maratón de Jake Gyllenhaal, se ha quedado dormida en el sofá, he oído una voz llamándome desde el porche trasero.

—¿Preciosa?

Miro a través del cristal y veo el resplandor anaranjado del cigarrillo encendido de Sai.

—Ven fuera. No quería fumar dentro por si Gaara estaba despierto, pero no puedo dejar de encenderme un cigarrillo tras otro.

Salgo al exterior, asombrada de lo fresco que huele el aire y de cómo las hojas de los árboles se mecen en el cielo oscuro. Tengo la sensación de haber estado encerrada en una habitación mal ventilada durante horas, días, eones. Incluso en el Bosque del Clan Nara no fui capaz de llenar mis pulmones de aire, sabiendo lo que tenía que confesarle a Naruto.

—¿Quieres uno? —pregunta Sai—. Parece como si fueras a vomitar de un momento a otro. —Me ofrece el paquete arrugado de cigarrillos Marlboro.

Me echo a reír.

—Si fumara te aseguro que ahora mismo sí que aceptaría tu oferta. Es demasiado tarde para corromperme, Sai.

La palabra «corrupción» me golpea directamente en la cara. Ahora los Namikaze conocen la verdad.

¿Habrán llamado a la policía? ¿A los medios de comunicación? ¿Dónde está mi madre?

—Entonces —Sai se dispone a encender otro cigarrillo, aplastando con la chancla la colilla del que acaba de fumarse—, la verdad ha salido a la luz, ¿no?

—Creía que te habías ido a casa.

—Sí, tenía pensado hacer eso mismo cuando tú y Horai se marcharan. Creí que Naruto iba a decírselo a su familia y que necesitaban privacidad y toda esa mierda.

«Una pequeña y encantadora reunión familiar.»

—Pero —continúa— no quise irme a casa por si me necesitan para algo. Ya sabes, llevarles a algún sitio, hacer de saco de boxeo, favores sexuales. —Debo de poner una mueca porque empieza a reírse—. A Ino, no a ti. Cuidar de los niños. Cualquier cosa. Teniendo en cuenta mis muchas habilidades.

Me conmuevo por dentro. No tengo a Sakura, pero después de tanto tiempo, vuelvo a contar con Sai.

Se ve que interpreta mis sentimientos porque se apresura a añadir:

—Lo de los favores sexuales es por un motivo puramente egoísta. Además, detesto pasar tiempo en mi casa, así que… ¿Dónde está Horai?

«¿Oyendo cómo le leen sus derechos?»

Se me llenan los ojos de lágrimas; algo que detesto.

—¡Oh, no! Otra vez esto no. Para. —Sai mueve la mano delante de mi cara de forma frenética, como si pudiera ahuyentar mis emociones como si fueran moscas—. ¿Ha ido al hospital? ¿A confesar?

Le explico lo de la UCI y él suelta un silbido.

—Cierto, me olvidaba. Entonces, ¿está en casa?

Cuando le comento que no tengo ni idea de dónde puede estar, tira el cigarrillo al suelo, lo aplasta con la suela del zapato, me pone las manos en los hombros y hace que me dé la vuelta hacia mi propio jardín.

—Ve a buscarla. Yo me quedo aquí protegiendo el fuerte.

Bajo por el camino de entrada de los Namikaze. Mi madre no contesta al teléfono móvil. Puede que la policía se lo haya confiscado mientras le toman las huellas dactilares. Son las diez. Los Namikaze salieron hace una hora.

No hay ninguna luz encendida en casa. Tampoco veo el automóvil de mi madre, aunque tal vez esté metido en el garaje. Subo los escalones que dan al porche, pensando en entrar por la puerta lateral para ver si está, cuando la encuentro.

Está sentada en el banco de hierro forjado que hay en la entrada principal; ese que compró para que nos sentáramos en él y nos quitáramos el calzado antes de entrar en casa. Tiene las rodillas dobladas y los brazos alrededor de ellas.

—Hola —dice en voz baja y apática. Veo cómo alarga la mano y alcanza algo.

Una copa de vino blanco. Me pongo enferma. ¿Está sentada en las escaleras con un Chardonnay?

¿Dónde está Obito? ¿Calentando las focaccia?

Cuando le pregunto por él se encoge de hombros.

—Imagino que debe de estar de camino a su casa de vacaciones. —La recuerdo diciéndome que si se lo contaba a alguien le perdería. «Obito Uchiha siempre juega para el equipo ganador.» Mi madre bebe un sorbo, gira la copa y mira a través de ella.

—¿Han… roto?

Suspira.

—No de forma explícita.

—¿Y eso que significa?

—No está muy contento conmigo. Pero lo más probable es que ya esté pensando en cuál será mi discurso de renuncia a la campaña. A Obito le encantan los desafíos.

—Entonces… ¿Le has echado de casa? ¿Se ha ido él? A ver, ¿qué ha pasado?

Me encantaría quitarle la copa de vino y tirarla fuera del porche.

—Le dije que los Namikaze se merecían saber la verdad. Él refutó que la verdad es algo muy flexible. Hablamos. Le dije que me iba a hablar contigo. Y con los Namikaze. Me dio un ultimátum, aunque yo me fui de todos modos. Cuando regresé se había marchado. Sin embargo, me mandó un mensaje de texto. —Se lleva la mano al bolsillo de su vestido y saca el teléfono móvil como si se tratara de una prueba.

No puedo leer la pantalla, pero mamá continúa de todos modos.

—Dice que sigue siendo amigo de todas sus antiguas novias. —Hace una mueca—. Creo que se refería a sus «ex» novias, ya que en lo que a antigüedad se refiere yo debo de ser la mayor. También dice que no es partidario de cortar todos los lazos con una persona, pero que cree que sería bueno que nos «diéramos un tiempo para replantearnos las cosas».

«Maldito Obito.»

—¿Así que ya no va a seguir trabajando contigo?

—Tiene una amiga trabajando en la campaña de Kakashi, Rin, que le ha dicho que estarán encantados de contar con sus servicios.

«Por supuesto.»

—Pero… ¡Pero si Kakashi Hatake es demócrata!

—Bueno… sí —señala mi madre—. Eso mismo le comenté yo cuando respondí a su mensaje. Pero Obito se limitó a decir: «Así es la política, cariño. No te lo tomes como algo personal» —me informa con tono resignado.

—¿Qué te hizo cambiar de opinión? —pregunto, señalando hacia los ventanales de su despacho que otorgan una elegante curva a uno de los laterales de nuestra casa—. Cuando estuvimos allí… tú y Obito parecían estar de acuerdo.

Mamá se pasa la lengua por el labio superior.

—No lo sé, Hinata. Estaba pensando en todo ese discurso que dio en el que decía que yo lo había hecho por ti. Para protegerte tanto a ti como a ese muchacho Namikaze. —Extiende las manos, las coloca sobre mis mejillas y me mira a los ojos por primera vez—. El caso es que… tú eras lo último que tenía en mente. Y cuando realmente pensé en ti… —Se frota el puente de la nariz— en lo único que pensé es que si esa noche no hubieras estado allí nadie se habría enterado. —Antes de que pueda responder o incluso asimilar lo que acaba de decir, levanta una mano—. Lo sé. No tienes que decirme nada. ¿Qué clase de madre piensa algo así? Entonces me di cuenta de que no soy una buena madre. Ni tampoco una mujer fuerte.

Se me hace un nudo en el estómago. Aunque he pensado eso mismo… Aunque hace poco que se lo he dicho a Naruto en voz alta, me siento triste y culpable.

—Te has enfrentado a la verdad ahora, mamá. Eso demuestra que eres fuerte. Has hecho lo correcto.

Se encoge de hombros, rechazando mi compasión.

—Cuando conocí a Obito esta primavera, no le mencioné que tenía hijas adolescentes. La verdad me resultaba… incómoda. ¿En la cuarentena y con dos hijas mayores? —Se ríe con amargura—. En ese momento me pareció un problema enorme.

—¿Lo sabe Hanabi?

—Llegará a casa mañana por la mañana. La llamé en cuanto regresé a casa.

Intento imaginarme la reacción de Hanabi. Mi hermana, la futura abogada. ¿Estará horrorizada por lo que ha hecho mamá? ¿Devastada por tener que interrumpir su verano? O algo completamente diferente. Algo que ni siquiera puedo imaginar. Oh, Hana. La he echado tanto de menos.

—¿Qué te ha dicho la señora Namikaze? ¿Qué va a pasar ahora?

Toma otro gran sorbo de vino, lo que no me tranquiliza en absoluto.

—No quiero pensar en eso. Pronto lo sabremos. —Estira las piernas y se pone de pie—. Es tarde. Deberías estar en la cama.

Ahí está su tono maternal de amonestación. Después de todo lo que ha pasado me parece una tontería. Pero en cuanto la veo abrir la puerta con los hombros caídos, solo puedo decirle otra verdad, aunque un tanto inconveniente.

—Te quiero, mamá.

Inclina la cabeza, indicándome que me ha escuchado, entonces nos da la bienvenida el frío aire acondicionado. Cuando cierra la puerta detrás de ella suelta un suspiro.

—Lo sabía.

—¿Qué sabías?

—Que conocer a la gente de al lado no nos traería nada bueno.

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