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ESO NO VA A CAMBIAR
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En contra de las predicciones de Obito, los Namikaze no convocan una rueda de prensa al día siguiente. Ni acuden a la policía. Sin embargo sí que hacen uso del bastón de la palabra. Hay una reunión familiar en el hospital con todos los hijos mayores, hasta Menma. Ino y Shee quieren denunciar a mi madre cuanto antes. Karin y Naruto se oponen. Al final, el señor y la señora Namikaze deciden mantener el asunto en privado. Mi madre se ofrece a hacerse cargo de todos los gastos médicos y a pagar a una persona que se encargue de la ferretería todo el tiempo que sea necesario. Naruto me dice que su padre no quiere ni caridad ni dinero a cambio de su silencio.
Durante una semana, discuten el asunto en familia. Al final al señor Namikaze le trasladan de la UCI a planta y mi madre le hace una visita.
Ni siquiera Naruto sabe lo que sucede en esa visita, pero al día siguiente mi madre se retira de la campaña electoral.
Tal y como ella misma dijo, Obito escribe su discurso de renuncia. «Ciertos acontecimientos en mi vida familiar me han convencido de que debo declinar el honor de presentarme de nuevo al cargo y seguir sirviéndoos como senadora. Los servidores públicos también somos personas con una vida privada y ahora debo invertir todo mi esfuerzo en las personas más cercanas a mí antes de continuar sirviendo al resto del mundo.»
Los medios de comunicación dedican días enteros a hacer conjeturas sobre el asunto —siempre lo hacen cuando un político se retira de forma inesperada— pero la polémica pierde fuelle después de unas pocas semanas.
Espero que mi madre haga un crucero, tal vez ese viaje al Caribe del que habló, pero en lugar de eso pasa mucho tiempo en nuestra casa, arreglando el jardín en el que tantas horas trabajó antes de dedicarse a la política. Todas las noches hace la cena para los Namikaze y me la da para que se la lleve, hasta que Menma termina tan harto de los tomates secos, el queso de cabra y el hojaldre como lo estuvo de la pizza. A menudo me pregunta cómo le va al señor Namikaze y siempre que lo hace desvía la mirada. Cuando Naruto se ofrece a cortarnos el césped, me dice que se lo agradezca pero que «ya tenemos a alguien que se encarga de eso».
Cualquiera pensaría que después de todos los años que he pasado en el Templo club, después de todas esas cenas de los viernes, las fiestas y las horas transcurridas en la piscina, echo de menos ese lugar desde que decidí colgar el uniforme y decir adiós al señor Roshi. Pero aunque mi madre decide que el único lugar posible para una última cena en familia antes de que Hanabi vaya a la universidad es el restaurante del club, no siento nostalgia alguna cuando abrimos las pesadas puertas de roble y entramos al salón. La única emoción que siento es sorpresa por ver que todo sigue exactamente igual.
La música clásica en un volumen tan bajo que casi parece subliminal, las sonoras carcajadas de la barra y el tintineo de los cubiertos, el aroma a aceite de limón, manteles almidonados y costillas. La única diferencia es que Hanabi encabeza nuestra pequeña comitiva, seguida por mi madre.
Una vez dentro nos recibe nuestro maître habitual, pero no nos lleva a la mesa de siempre, la que está debajo del cuadro de las ballenas con arpones y los desafortunados marineros, sino que nos dirige a una mesa más pequeña situada en un rincón.
—Lo siento mucho —se disculpa ante mi madre—. Lleva un tiempo sin venir y le hemos dado la mesa al señor Senju, que suele cenar todos los viernes.
Mi madre se mira primero las manos y luego alza la mirada de repente.
—Por supuesto. Naturalmente. Está bien. Además esta mesa es mejor. Nos da más privacidad.
Entonces, se sienta en la silla que no da al resto del salón y sacude su servilleta.
—Nos apenó oír que no va a volver a representarnos, senadora Hyuga —añade el hombre con suavidad.
—Ah. Sí. Había llegado el momento de avanzar. —Mamá alcanza un panecillo de la canasta de pan, lo unta con mantequilla con enorme concentración y empieza a comérselo como si fuera lo último que fuera a llevarse a la boca en su vida. Hanabi me mira y enarca una ceja. Un gesto que últimamente compartimos a menudo. Nuestra casa es un tranquilo campo de minas. Hanabi no ve el momento de irse a la universidad y yo no la culpo.
—Por cierto —dice mi hermana—. He hecho algunos cambios en mis planes para la universidad.
Mamá da el último mordisco a su panecillo.
—No —dice en un susurro.
Hanabi simplemente la mira. Desde que regresó de l País de las Olas parece como si mi madre hubiera perdido toda prerrogativa a decir que sí o no a cualquier cosa relacionada con su vida. Y mamá mira hacia a otro lado.
—Konohamaru va a venir conmigo. Ha conseguido un trabajo muy bueno para cuidar a los hijos de algunos profesores del departamento de Literatura. Vamos a alquilar un apartamento juntos.
Mi madre no sabe por dónde empezar.
—¿Cuidar niños? —dice al final.
—Sí, mamá. —Hanabi cierra el menú—. Y un apartamento. Juntos.
A primera vista, esto parece el inicio de una de sus antiguas discusiones: Hanabi reclamando su derecho a rebelarse y mi madre negándoselo. Pero mi madre lleva unos días en que termina cediendo antes. Ahora mira la servilleta que tiene en el regazo y toma un sorbo de agua.
—De acuerdo. Eso sí que es nuevo —dice.
Hacemos una pausa en la conversación mientras el camarero toma nota. Todavía somos demasiado educadas, o estamos muy bien entrenadas, para no demostrar ninguna emoción visible delante del personal del restaurante. Sin embargo, en cuanto se retira, mamá se hace con el cárdigan de seda que ha dejado sobre el respaldo de su silla y busca a tientas en el bolsillo.
—Entonces supongo que es un buen momento para enseñaros esto. —Desdobla con cuidado un trozo de papel y lo coloca entre mi hermana y yo.
La casa de tus sueños en venta. Ubicada en una calle sin salida en una de las ciudades más elegantes de Konoha, esta magnífica vivienda cuenta con las mejores comodidades, excelente ubicación cerca del paseo marítimo y la playa, suelos de madera, todo de la más alta calidad. Para consultar el precio, pregunten por favor en Construcciones Yamato.
Me quedo mirando el papel, sin entenderlo. Mi hermana, sin embargo, se da cuenta al instante.
—¿Vas a vender nuestra casa? ¿Nos mudamos?
—Hinata y yo sí. Tú ya te has ido —dice mi madre con un ligero toque de su tono mordaz.
Entonces reconozco nuestra casa en la foto. Es una imagen que ha sido tomada desde una ubicación en la que rara vez me he fijado, el lado opuesto al de los Namikaze.
—Tiene su lógica —continúa mi madre cuando el camarero desliza silenciosamente frente a ella la ensalada que ha pedido—. Es una casa demasiado grande para dos personas. Demasiado grande… —Su voz se apaga y pincha un trozo de arándano—. Dicen que estará vendida en un mes como máximo.
—¡Un mes! —explota Hanabi—. ¿En el último curso de instituto de Hinata? ¿Dónde van a ir?
Mamá termina de masticar su último bocado de ensalada y se limpia los labios.
—Puede que a esos nuevos condominios que hay en la ensenada. Hasta que encontremos algo mejor. A Hinata no le va a suponer ningún cambio importante. Seguirá yendo a Byakugan.
—Sí, claro —masculla Hanabi—. Dios, mamá. ¿No crees que Hinata ya ha tenido suficientes cambios?
No digo nada, aunque mi hermana tiene razón. ¿Qué ha sido de esa muchacha que venía a cenar a este mismo restaurante a principios de verano, con Sakura, su mejor amiga, preocupada por Sai, desconcertada por Obito, el nuevo amigo de su madre, y con un amor secreto? Aunque eso es lo fundamental. Todo lo importante ya ha cambiado.
Nuestra casa era la obra maestra de mamá, el legado que simbolizaba que se merecía lo mejor de todo. Pero lo que a mí realmente me gustaba era la vista. Y durante mucho tiempo, eso fue precisamente lo que fui. La muchacha que observada a los Namikaze, que veía la vida en la puerta de al lado.
Pero ahora ya no soy una mera observadora. Lo que Naruto y yo tenemos es real y está más vivo que nunca. No tiene nada que ver con cómo se ven las cosas desde lejos y sí con todo lo que se vive de cerca. Y eso no va a cambiar.
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