Gracias a mi cómplice Li por su lectura previa. Los errores siguen siendo míos.


Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.

Capítulo 36

Dos meses después…

― Sabía que ese tipo te dejaría ―dijo Sam cuando salimos del ascensor, rodé los ojos al tiempo que mi madre me instaba a caminar más rápido―. No lo he visto en ninguna audiencia, ¿acaso huyó?

― Cállate, imbécil ―murmuré entre dientes.

― No caigas en sus provocaciones ―farfulló mi madre―. Él solo pretende enfadarte, cariño.

― Te lo advertí, te dije que terminaría quitándote todo y así lo hizo, no puedes negarlo.

Solté un suspiro cansino. Sam era un dolor de culo difícil de quitar. El hombre insistía en acercarse a mí, en hacerse el bueno y estar a nuestra disposición cuando quisiéramos. Sin embargo, cuando nada le funcionaba, se convertía en el ser más repulsivo.

Era desagradable soportarlo.

Lo peor es que las pruebas en su contra no habían sido suficientes para enjuiciarlo. Fue astuto, supo culpar a mi padre de todo y él terminó siendo otra víctima.

― Edward Cullen fue una gran mentira ―continuó despotricando―. Siempre dije que supo planear bien sus movimientos para dejarte en la calle.

Detuve mis pasos. Deseaba poder gritarle en la cara todo lo idiota que era, pero siendo sincera con Sam era gastar saliva por gusto. Un hombre como él no valía absolutamente la pena.

No le daría un segundo de interés.

El juicio de mi padre seguía aplazándose.

No hubo nada por hacer luego de que empresas internacionales y microempresas salieran a acusarlo por desfalco y extorsión. Él no fue merecedor a pagar una multa, tendría que cumplir su estancia en la cárcel hasta que su juicio se llevará a cabo, no había fecha aún.

Una vez pude hablar con él tan solo para que me escupiera su desprecio y dijera todo lo que me odia. Que minimizara mi ayuda en el consorcio y que me acusara de su situación.

Era doloroso recordar sus horribles palabras hacia mí, porque para él yo tenía la culpa de su zozobra, según sus palabras, era un pobre hombre al que su hija había puesto de carnada con los Cullen.

No volví a verlo desde entonces. Mantuve mi distancia y acepté que no necesitaba de mí.

Quien realmente me necesitaba era Renée. Mi madre no pudo vender su casa porque fue embargada, ella se mudó a vivir conmigo y estaba tratando de mantenerse bien.

Estaba más retraída que de costumbre. No era necesario ser un profesional de salud mental para saber que ella estaba atravesando un cuadro depresivo; descubrir el verdadero rostro de mi padre la volvió más callada de lo que era.

Se negaba a aceptar la realidad del hombre con el que compartió su vida. Prometí que la ayudaría y no obtuvo ningún reproche de mi parte. Traté e insistí en darle la más cálida estancia hasta que ella estuviera lista para asistir con un profesional de salud.

Y es que Renée iba descubriendo a cuenta gotas cada información. El enriquecimiento ilícito de Charlie fue golpe devastador; los romances clandestinos con distintas mujeres que salieron a señalarlo de acosador fue quizá para ella lo más humillante.

Cuando supo lo de Leah fue una cuchillada a su corazón herido.

Sam había cometido la imprudencia de contarle. Lo hizo con la intención de hacerle daño y vaya que lo consiguió. Renée entró en una profunda crisis severa que terminó en el hospital.

Dos meses después seguía intentando seguir adelante. Iba un paso a la vez, no iba a presionarla, en ningún momento la obligaría en nada de lo que no estuviera de acuerdo. Porque sabía que al final ella sola terminaría buscando ayuda psicológica.

La tomé suavemente del brazo y la guié hacia la salida de la corte.

Leah nos interceptó. Su gran barriga tenía un volumen de casi nueve meses, sin embargo en ella no había un gesto maternal en su semblante, parecía que no estaba feliz con su maternidad.

― No voy a descansar hasta que me den lo que me corresponde ―exigió.

Ella buscaba obtener algo después de haberse practicado un examen de ADN con mi padre. El resultado fue positivo y estaba aferrada en arrebatarle a mi madre lo poco que tenía.

Seguí avanzando junto a mi madre. No pretendía ser maleducada, pero si estaba dispuesta a quitarla de mi camino, estaba cansada de su altivez.

― Respóndeme ―tiró con fuerza del brazo de mi madre.

Apenas retrocedí unos pasos e intervine, zafando a Renée del fuerte agarre. Mirando a Leah del mismo modo que ella lo hacía, si buscaba intimidarme no lo conseguiría.

― Deja a mi madre en paz ―exigí sin perder la compostura, me tenía tan cansada que bien se merecía un par de bofetadas―. No vuelvas a tocarla, ni a dirigirle la palabra ―señalé, continuando nuestro camino.

― ¡Te odio tanto, Bella Swan! ―gritó a mi espalda, volteé ligeramente por sobre mi hombro, ella seguía detenida tan solo observándome―. Te odio más porque Sam no puede quererme, está obsesionado contigo.

― Esa mujer está enferma ―Renée musitó.

Asentí. Estábamos rodeados de locos y no veía la hora que se llegara el día para salir de la ciudad lejos de todos.

― ¡Mamiii! ―la hija de Ángela gritaba mientras corría por todo el vestíbulo.

La mujer también había sido llamada a declarar. No podía evitar que las tripas se revolvieran cada vez que la veía luciendo su sonrisa espectacular y creyéndose tan importante.

Tal vez y, solo tal vez, Tanya tenía razón y yo era una celosa insoportable.

Miré como Ángela sostuvo entre sus brazos a su pequeña niña. El hombre que siempre la acompañaba, que hoy sabía que era su esposo, llegó a su encuentro y la abrazó, siempre ambos sonrientes y enamorados.

Ella nunca me dirigió la palabra, tan solo me observaba porque sabía quién era yo.

― Por Dios, Bella, parece que odias a esa mujer. Debes controlarte ―masculló Renée.

Salimos fuera de las instalaciones. Los gritos eufóricos de Tanya nos recibieron cuando nos vieron.

Volteé sonriente y miré a mi madre. El rostro de Renée se enrojeció por completo.

Era notorio la vergüenza al ver que Tanya saltaba y gritaba llamando nuestra atención.

― ¿Por qué siempre tiene qué gritar? ―se quejó.

― Mamá, por favor ―murmuré condescendiente.

Tanya se unió a nosotras. No me podía quejar de ella, era la amiga más incondicional y también la más loca.

― No digan nada ―mencionó― por sus caras largas puedo darme cuenta que se volvió a aplazar el juicio. Quizá la vida quiera que Charlie termine sus días encerrado y sin ver la luz, sería bueno que ocurriera así.

Aprecié el rostro compungido de mi madre. A ella no le causaba gracia las palabras de Tanya.

La razón era que seguía aferrándose a que mi padre merecía una oportunidad. Siendo consciente de todo el daño que había hecho, Renée era capaz de perdonar y aceptar de nuevo a mi padre a su lado.

Era un tema complicado cuando el nombre de papá salía al tema.

― ¿Cuándo vuelven? ―Renée indagó.

― Procuraré no tardar, mamá.

Tanya tiró de mi brazo. Y envolvió mis hombros.

La adrenalina que corría por su sistema siempre era exagerado para mantenerla serena.

― Prométeme que cuidarás de oreo ―pedí.

Mi madre asintió con la cabeza. Me causó ternura verla sonreír, seguramente estaba recordando que su tarea era cuidar de mi gato.

Eso sería por mientras ―pasé las manos por mi apenas visible vientre de cuatro meses.

― Vámonos, Bella, no quiero perder el vuelo ―mi loca amiga me alentó.

Había llegado el momento…


Seguro quieren saber dónde está Edward, les prometo que el miércoles lo averiguaran. Nos leemos en el final, pero no se asisten que aún nos quedan capítulos para completar la historia.

Les agradezco su paciencia y entusiasmo para con la historia, les invito a unirse al grupo para saber que es lo que viene más adelante *

Gracias totales por leer 🌹