Capítulo 3

Jon Arryn

Todas las cosas estaban destinadas al cambio. Jon entendía esa noción mejor que nadie. De ser el Guardián del Este y Protector del Valle, pasó a convertirse en la Mano del Rey. De servir a un loco rey Targaryen, pasó a servir a un derrochador rey Baratheon.

Al aceptar el cargo, sabía lo que le esperaba. El rey, su caprichoso hijo adoptivo, lo haría trabajar de más. Entre las mozas de las tabernas existía el dicho: "el rey caga, la mano limpia". Una vez Robert se lo dijo entre risas de borracho. A Jon le gustaba más la vieja forma de esa frase, "el rey sueña, la mano construye". Para su tristeza, el lema de las tabernas tenía más verdad.

Ciertamente, las "cagadas" de su rey fueron difíciles de limpiar, los sueños complicados de asentar. Tareas y tareas, todo a costo de horas de sueño, comidas y tiempo con su joven esposa; no es que le importara mucho a ambos, los dioses sabían bien que Lysa lo detestaba y él solo podía sentir pena por ella. Una jovencita así merecía un esposo más cercano a su edad, Elbert habría sido ideal para la joven Tully, tal vez así Lysa sentiría verdadera alegría. Jon no tenía duda de que si Elbert estuviera vivo, ellos tendrían un matrimonio fructífero con hijos saludables, no a la telaraña de pena y abortos que ahora los envolvía.

Bien podrían haber pasado siglos desde que la rebelión termino. Al menos para él, no llevaba la cuenta del tiempo a causa de todos los problemas que cargaba e intentaba arreglar. La situación política de los reinos, el odio silencioso de Dorne, las casas vasallas demasiado atrevidas, los leales al viejo régimen, su propio rey temperamental y derrochador.

A veces simplemente le gustaría rendirse, golpear a Robert por ser un idiota y demitir de su puesto para encontrar algo de paz. No lo hacía por una simple razón: el león siempre acechaba a la espera de clavar sus colmillos. Tristemente, no logró impedir que Tywin Lannister lo cortara con sus garras, le dio heridas en deudas de oro. Gracias a eso no podía huir de su puesto; si lo hacía, Tywin haría honor a su sello, se lanzaría a la yugular y lo reemplazaría. Después, seguiría un "trágico" accidente donde Robert fallecería y el heredero Lannister quedaría en el Trono de Hierro.

A Robert no le interesaba ese futuro, no le preocupaba en lo más mínimo que su suegro tomara más poder ni como sería su muerte a manos de él. Seguiría contento siempre y cuando haya torneos, putas y vino. A veces sentía seria simpatía por el viejo león; Robert no escatimaba en formas de avergonzar a su hija. Luego recordaba que la reina era Cersei Lannister y esa simpatía moría.

Robert no se comportaba como el rey que él y Ned desearon, que se esforzaron por crear. Eso lo inundaba de tristeza, decepción. Aunque en este momento, esa melancolía poco a poco se evaporaba para que el júbilo la llenara. ¿La razón? Robert Baratheon, Primero de su Nombre, la imagen misma del rey que deseo: sobrio, enfocado, determinado. Breves vistazos de su crianza en el Valle aparecían en su mente. Su hijo, joven y sonriente en una cacería, en las noches en los festines, en sus enteramientos con Ned.

Jon le daría a esa faceta una alegre bienvenida en mejores circunstancias, no en estos momentos donde solo veía el fin de Poniente en el horizonte. ¿La razón de su pesimismo? La cabeza de dragón en el centro de la mesa del consejo.

Esa cosa no pertenecía a las viejas reliquias Targaryen de huesos negros olvidadas en las profundidades de la fortaleza. Carne real, cortada y desangrada recientemente.

Jon pintó un retrato en su cabeza. Con el tamaño de esa mandíbula y sus afilados dientes, la bestia no tendría problemas en separar la cabeza de un uro, con cuernos y todo, de su cuerpo. Un ser extraño, con una melena sobresaliente similar a un león, parecían enredaderas recubiertas de hojas, unas más largas que otras, así como largos cuernos escamosos en sus mejillas.

—Bueno... —Renly Baratheon, Maestro de Leyes, tosió para llamar la atención. Su eterna sonrisa no podía ser más forzada—. ¿Supongo que los dragones volvieron?

—¿Supones? —Stannis, Maestro de Barcos, escupió con sequedad—. Pycelle, repite lo dicho en la carta de Lord Rosby.

—S-Si, Lor-Lord Stannis.

Jon no sabía porque temblaba más el maestre. ¿Tal vez por los ojos del monstro, que a pesar de lucir apagados, brillaban como el oro? ¿Sus escamas rojas, que se confundían con la sangre? ¿O porque Stannis lo miraba con fiereza habitual? Entendía el sentimiento, a Jon también le desagradaba Pycelle.

—Lord Rosby… Si, Lord Rosby dijo que más de treinta hombres mu-murieron a manos de… e-eso —Pycelle habló con lentitud. Ya sea pereza, cansancio, miedo, Jon no sabía—. La carta dice… dice que... —sus ojos subían y bajaban de la carta. Se encogía bajo la mirada de los dos mayores Baratheon—… que la bestia les escupió a… acido… sus armaduras… ca-carne… se derretían. Atacaba desde los árboles y rocas, se confundía con la naturaleza misma... No tuvo cuerpos que darles a las Hermanas Silenciosas. Ellas no podrían trabajar con… con los… restos. Los quemaron, ofrecieron sus cenizas a las familias.

Con el relato, el silencio invadió al pequeño consejo. La única vez que Jon vio a Robert tan silencioso, fue luego de ver los cuerpos destrozados de los jóvenes Aegon y Rhaenys Targaryen. El mismo no tenía palabras que ofrecer y ese semblante lo compartían Stannis y Ser Barristan. Entendía bien la seriedad del rey y el Maestro de Barcos. Los sentimientos del guardia real le eran un misterio. ¿Quizá pensaba en la antigua casa del dragón a la que solía servir? ¿En cómo esos valyrios prácticamente salivarían ante la cercanía por un dragón?

Varys tenía un brillo propio, similar pero distinto a Barristan el Bravo. Jon Arryn renunció hace tiempo a comprender las motivaciones del Maestro de Espías, más sin embargo sabía que el destello en sus ojos no podía ser lealtad; la araña solo conocía la lealtad hacia sí mismo.

—¿Dónde está el resto? —Por fin, Robert habló.

En ningún momento alejo sus ojos de la criatura. El fuego en su mirada espantó a los más débiles de la sala; en efecto, Renly y Pycelle. El maestre por cobardía habitual y Renly porque el niño siempre temería la furia del hermano mayor.

—Está cubierto por telas en los jardines, su gracia. Di órdenes expresas de que nadie se acercara. Está custodiado por hombres sin curiosidad por ver debajo de las sabanas. —Varys habló en voz alta. Impresionó a Jon como incluso ahora podía mantener su tono sedoso.

—¿Acaso has contratado a los Inmaculados? Solo otro eunuco resiste esa clase de tentaciones, ¿o no, Varys? —El humor de Renly volvió con esa respuesta, aunque eso no engañó a Jon. Sabía diferenciar la alegría falsa de la real.

—No se necesita ser un eunuco para resistir esa tentación, mi Lord Renly. Basta con amenazar en convertirse en uno.

—Varys... —Robert volvió a hablar. Su mirada giró hacia el Maestro de Espías— ¿Qué tienes que decir? De todos aquí eres el único que no se sorprende por la cabeza de un puto dragón sobre la mesa. Déjate de tonterías y escúpelo. Todo.

—Su gracia, no estoy sorprendido por una sencilla razón —la sonrisa enigmática del eunuco atraía como miel a las abejas, o tal vez como ratones al queso de la trampa—. Este no es el primer dragón en Poniente que se ha visto...

—Oh, claro, Varys. Creo que tenemos los huesos en las mazmorras —Renly bufó con una risita—. ¿No tienes nada mejor?

—No me refiero a eso, Lord Renly —No perdió su expresión en ningún segundo, sus manos escondidas en sus mangas—. Mis pajaritos cantan, desde Poniente hasta Essos, Myr, Tyrosh, Pentos. Cantaron y cantaron... Durante seis días, las cosas han sido así.

—Creo-Creo que si los dragones resucitaran, todos seriamos consientes de eso, eunuco. —Pycelle respondió, sus dedos apretaban los eslabones de su cadena de maestre.

—Oh, pero fuimos conscientes. Las palabras de borrachos son difíciles de creer, cuando esas palabras las repiten borrachos de varios reinos, algo podríamos sospechar —El espía se levantó de su silla. Camino con gracia frente a todos ellos y se posó ante la cabeza del dragón—. Pero luego esos cantos llegaron desde el otro lado del mar. Entonces los borrachos se convirtieron en nobles, mercaderes, grandes señores, importantes personas… ellos hablaban de extrañas bestias que emergieron con la ida del cometa. Entonces estamos aquí, frente a una de esas bestias, y no estamos borrachos, ¿o no, su gracia?

Que Robert no explotara ante esa pequeña púa del espía reveló todo lo que Jon temía. Efectivamente, los siete reinos, tal vez incluso las tierras de Essos, estaban en peligro. Jon no podía tragar con seguridad, sus pensamientos se confabulaban entre plegarias a los siete e inútiles planes de contingencia.

Todo por culpa del extraño haz del cielo. Él lo recordaba bien; en su tiempo pensó que era un buen presagio de los Siete que son Uno. Su brillo cautivo a todos, incluso a su esposa.

—Jon... —Robert giró, lo miró con una intensidad nostálgica—. Escribe a Ned. Pregúntale sobre esto. Luego a Stannis en Dragonstone, Bastión de Tormentas, Tyrell, Tywin, Tully, tu regente en el Nido de Águilas, siete infiernos, prueba suerte hasta con Dorne y los idiotas de hierro si quieres.

Robert confiaba en Ned con su vida, algo que siempre le alegró. Incluso la pelea que tuvieron con respecto a los niños de Rhaegar no separó a Robert de su buen amigo. Así era su hijo adoptivo, una tormenta furiosa que se apagaba con su misma intensidad.

—Oh… sin duda querrá enviar un cuervo al norte, su gracia, sin duda —Varys sonrió. Esa expresión se diferenciaba de las demás, Jon no pudo evitar desconfiar de ella—. Es difícil tener pajaritos en el norte… pero uno de los pocos me cantó una gran canción… una peculiar canción que involucra al Guardián del Norte y su bastardo.

—¿Qué le paso a Ned? ¡Habla, eunuco! —Robert elevó el tono. No se parecía a una de las rabietas que tanto había visto en su mandato como mano. Fue una orden del rey.

—Aparentemente, su bastardo escapó en plena noche y tuvo problemas con salvajes del otro lado del muro… Según cantó mi pajarito, el bastardo fue salvado por una mujer… una mujer que montaba un dragón.

Si las palabras fueran dagas, esas se habrían clavado en las gargantas de todos. Nadie se salvó de su efecto. Desde el firme Barristan, que observaba al eunuco con ojos bien abiertos hasta el senil Pycelle, cuyo rostro tenía un brillo que mentía de sus reducidas capacidades.

—Esa mujer... —Barristan dio un paso al frente, habló con lentitud— ¿Cómo era?

Todos comprendieron la pregunta tacita, la cuestión más importante. Jon estaba seguro que si Varys decía algo sobre cabello plateado, Robert exigiría cabezas.

—Tristemente, no pudo obtener su nombre pero si una descripción fiel —Varys sonrió. El espía sabía lo que todos pensaban—. Alta, tan alta como usted, su gracia. Su cabello… —la araña saboreó la expectación de todos—… un bello rojo, como cobre reluciente. Sus ojos, verdes bosque.

—Oh… bueno, al menos no es Targaryen —Renly comentó. Otra vez, forzó su sonrisa.

—¡Puede ser un bastardo, su gracia! —Pycelle ignoró deliberadamente al hermano más joven y pasó al rey mismo. Parecía un hombre diferente, una vitalidad nunca antes vista en el consejo—. Como el bastardo de Aegon el Quinto, Aegor Rivers y su cabello oscuro. ¡Esa mujer podría ser bastarda del mismo Aerys!

Ese nombre bastó para terminar con el buen carácter de Robert. Golpeó la mesa, su puño el poderoso martillo de guerra que antes cargaba en batalla. El arciano era difícil de romper pero el estruendo resonó en la cámara del consejo.

—¡Jon, escribe a Ned! ¡Dile que venga ahora! ¡Tiene mucho que explicar! —Robert se levantó, su silla cayó. Al mirar a la mano, parecía el mismo Demonio del Tridente que atemorizó a los soldados Targaryen— ¡Que traiga a esa puta dragón!

Jon suspiró y asintió, sus palabras sonaron débiles en el caos del rey. Por su parte, Robert se escapó después de eso. Así que, con la sesión terminada, la mano se encaminó al patio.

Sus pasos fueron seguidos. De hecho, todos siguieron al rey. Iban a ver el cuerpo del dragón. Parecía que Robert no quería secretismo porque su vista llamó la atención de muchos.

Al llegar al centro de los jardines, el lugar estaba repleto. La reina y el joven heredero, guardias reales, guardias de los Lannister, cortesanos; el lugar no explotaba de gente pero si tenían espectáculo. Eso no le intereso al Rey. Él caminó, ignoró a los soldados y tomo las sabanas que tanta atención atraían.

La tela fue arrancada y ahí debajo estaba el cuerpo de la bestia. El jadeó fue colectivo, Jon cubrió su boca para que nadie viera su mandíbula abierta. Las alas, las garras en sus cuatro pies, las escamas, todo apuntaba a una única respuesta: un dragón.

Varias heridas recorrían ese cuerpo, flechas y virotes de ballesta sin arrancar, marcas de heridas punzantes con moretones que le hacían compañía; le dieron con todo, ya sea espadas, hachas, mazas o lanzas. En efecto, ese monstruo llevaba consigo la evidencia de que muchos perecieron para que él muriera.

Con las partes faltantes ante sus ojos, Jon terminó el dibujo del dragón en vida. Más alto que una carreta, tan atemorizante como un oso, un león y un lobo encerrados en una misma habitación. Su corazón pesó, lleno de admiración por aquellos guerreros fallecidos, pero repleto de temor por una sencilla razón: esta bestia no sería la única en sus tierras.

Con un movimiento rápido, Jon se enfocó en su rey. Él era la imagen misma de la rabia contenida, estremecimientos de furia, su mano dominante se abría y cerraba, la sensación fantasma de su martillo de guerra.

Necesitaba escribirle a Ned.

Astrid Hofferson

El viento se sentía refrescante, una gélida brisa que acariciaba sus alas. Le recordaba a su nido, su hogar, había más nieve de lo usual y la noche llegaba a ser más fría pero al final no había problemas; se acurrucaba con su Astrid y todo se resolvía. Lo único que molestaba era tener que compartirla con la otra.

Prefería a Colmillo antes que a esa perra. Con Colmillo al menos había hermandad; volaron juntos, lucharon lado a lado durante años. Con esa puta pesadilla oscura la cosa difería; ella llegó y se creyó la dueña de su Astrid solo por encontrarla primero.

Incluso ahora, la puta dormía con su humana mientras ella cazaba. No le molestaba conseguir comida, era por el bien de Astrid, pero jamás compartiría los frutos de su esfuerzo con la perra negra. Simplemente atraparía un cerdo, lo llevaría ante su amiga, volvería a ser su favorita y la pesadilla sería olvidada.

Una manada de jabalíes llamó su atención; resaltaban como las ovejas en las praderas de su gran nido. Descendió en picada, sus garras listas para atrapar uno de los gordos trozos de carne. Casi lo atrapa, de no ser porque otro adversario salió de la tierra y lo agarró con su gran mandíbula.

Ella gruño y tensó su cola, confundida porque el olor resultaba familiar. Planeó con lentitud y analizó al gordo que robó su premio. Él le devolvió la mirada, aún con el cerdo muerto entre los dientes. Ese olor a metal y carbón resultaba demasiado conocido para ignorarlo.

—¡¿Atrapaste algo, Gruñón?!

Astrid jadeo, tapó su nariz ante la avalancha de olores que taladraron sus sentidos. No solo fueron olores, sino el sonido, las sensaciones, cosas que su cuerpo sentía tan reales como si estuvieran a su alrededor, como si ella estuviera en la fría pradera, rodeada de brisa silvestre y no en una oscura cueva.

Quería levantarse, correr, saltar y sacudir sus brazos, hacer cosas. Lo que sea con tal para asegurarse que tenía brazos y piernas; más no pudo, porque un ala la mantuvo en su lugar, sin posibilidades de escapar.

Esa calidez proveniente de la escamosa membrana solo podía provenir de su nuevo compañero. Al girar la cabeza, lo vio. El pesadilla oscura le devolvía la mirada con solo un ojo abierto, pereza y curiosidad brillaban en su orbe dorado. Con un resoplido, su compañero apretó el abrazo y volvió a dormir.

Astrid desearía poder imitarlo, esconder su rostro en ese cálido escondite y fingir que nada sucedió. Ese anhelo sería imposible de cumplir, el olor aún abrumaba su nariz, se pegó a ella peor que los pasteles recién horneados de las madres de Berk. Un aroma que siempre olía en las mañanas, cuando se colaba en la fragua, abrazaba a su prometido por la espalda y besaba su cuello. Una mezcla picosa de carbón, fuego de dragón, coronada con toques metálicos de acero, cobre, bronce, plata.

—«"¿Gruñón?"» —Ella reconocía ese nombre, el fiel compañero del herrero del pueblo— «¿Bocón?»

No entendía porque soñó con ellos, ni siquiera entendía la avalancha de sentidos que poco a poco la abandonó. Tras unos momentos, se centró de nuevo en el pesadilla porque recordó algo de su "sueño", «Prefería a Colmillo antes que a esa perra». ¿Ella pensó eso? ¿De dónde provino esa certeza, la irritación, los celos? Conocía bien esos sentimientos, padeció gravemente el último de ellos en el pasado. No comprendía porque ahora estaban dirigidos hacia su compañero.

—«¿"Perra"? —Astrid tragó saliva, ahora enfocada en los cuernos del Pesadilla Monstruosa— «¿Eres un él… o eres un ella?»

Con calma y suavidad, guio sus manos por el largo del cuello del dragón. Las escamas bajo sus palmas retumbaron, esos gruñidos de placer producto de las caricias. Se detuvo al llegar a los cuernos, sitio que palpó y midió. Al hacerlo, llegó a una conclusión que heló su sangre.

—Parece que eres una hermosa niña, ¿eh?

Astrid susurro y rio, algo que despertó a su ahora amiga. Al reconocer ese brillo irritado, decidió continuar con sus caricias, cada pocos segundos con palabras de cariño y elogio.

De alguna forma, tuvo un sueño donde volaba por los aires. En ese sueño, se encontró con el olor de Bocón y también descubrió que el Pesadilla Monstruosa que la acompañaba era en verdad una hembra.

—Las cosas nunca pueden ser fáciles, ¿no lo crees, niña? —suspiró Astrid con una mueca. Se paró con dificultad, a causa de la pereza de su nueva amiga—. Debemos irnos. Hay que buscar a Tormenta.

La ausencia de su fiel Nadder la incomodó. Hace horas entraron a la cueva las tres juntas, pararon su vuelo desesperado para descansar, no por agotamiento físico sino por el castigo mental. Se acurrucaron y ella se desvaneció por la calidez de sus dragones. Puede que volaran lejos pero Astrid temía que no fuera lo suficiente; la imagen de Mors Umber aún la acechaba, las posibilidades de que estuviera cerca eran tan altas como casarse con Patán en un día pero no quería arriesgarse.

—Debó ponerte un nombre, ¿no crees? —Astrid habló mientras caminaba a la salida. La seguía el pesadilla con movimientos firmes—. ¿Qué te parece Púa Oscura? Combina con tu cuerno. —acarició esa afilada punta de lanza sobresaliente de la nariz de su nueva amiga.

Un Pesadilla Monstruosa único, sin lugar a dudas; cubierto de bellas escamas de patrones oscuros, humo y cenizas, coronado con un cuerno nasal más oscuro cuán reluciente obsidiana.

Ya en la intemperie, respiró con fuerza el aire fresco. El sol estaba en el cielo, un día bello, perfecto para cazar. Sin perder tiempo, acarició el cuello de Púa Oscura y la miró a los ojos. Una charla silenciosa, un pedido que fue aceptado cuando ella estiro su cabeza.

A falta de objeciones, montó a Púa Oscura y emprendió vuelo. No voló a toda velocidad, eso podría hacerlo al conseguir sogas u otra silla de montar. Sin embargo, tomó la velocidad suficiente para hacer del trayecto idea; viento en su cabello, el olor del roció del césped.

—Eres increíble, Púa, increíble —Astrid se aseguró de halagar a su nueva amiga, a lo que obtuvo gruñidos satisfechos.

Iba a seguir con más palabras pero el repentino pico en su cabeza la detuvo. Fue como si Hipo la usara como un yunque y martillara con fuerza, un escalofrió de dolor la recorrió y sus ojos se cerraron.

Al abrirlos, estuvo frente a un paisaje distinto. Bocón estaba ahí, acompañado de Gruñón. Ambos la miraban con alegría, el herrero incluso le daba una pierna de jabalí rostizada.

—¿… sabes dónde está?—Bocón dijo con entusiasmo—. Estuvimos muy solos durante días. Me alegra encontrar otro amigo, querida.

Quiso responder, intento hablar, pero de su boca solo brotaron gruñidos y chillidos, todo sin su consentimiento. El sabor de la carne abrumó su boca, picos de delicia que atacaron cada punto de su lengua. El herrero habló de nuevo pero ella no lo escucho, su vista se fue hacia arriba, donde vio un dragón oscuro que se acercaba. Era Púa Oscura con ella como jinete.

Solo despertó porque el aterrizaje la sacudió. Desorientada, y de vuelta en la realidad, no pudo defenderse al ser tomada y arrancada de Púa Oscura.

—¡Oh, dulce niña, no sabes lo feliz que estoy de verte! —El gigante herrero la abrazaba con fuerza e ignoraba los gruñidos de su pesadilla monstruosa—. ¡Estaba más solo que un hongo! ¡Gruñón dormía y dormía y no tenía nada que hacer! ¡Iba a volverme loco!

—Bo-Bocón...

En cualquier otra situación, se tragaría las lágrimas y se alejaría del oloroso herrero. Ahora no podía evitarlo. El picor en sus ojos comenzó antes de que se diera cuenta. Ya en un instante, estalló en sollozos y se aferró a Bocón, feliz por sentir a otro amigo de Berk, aún si no era quien deseara que fuera.

—Tranquila… tranquila, niñita —Bocón acarició su cabello con su mano buena y la mantuvo en el aire con su otro brazo—. Temía no volver a verte… Dioses, temía no volver a ver a nadie.

—Yo también —Astrid rio. Por primera vez, llena de alegría. Restregó su rostro en el hombro de Bocón sin perder su sonrisa—. Le agradezco a Odín que estés bien.

Permanecieron así unos segundos, hasta que Púa Oscura se cansó de ser ignorada. Ella casi mordió el pie de Bocón, lo que hizo reír al guerrero manco y cojo.

—Veo que no perdiste el tiempo. Conseguiste un nuevo amigo —Bocón la soltó; asintió con la cabeza al observar a Púa Oscura—. Parece que tenemos mucho de qué hablar, ¿no?

—Hay que ponernos al corriente.

Astrid sonrió, limpió sus ojos con la manga de su ropa. Encontró a un amigo, un compañero de Berk. No estaba sola. Ahora debían encontrar al resto.

Valka Haddock

Otra vez tuvo el mismo sueño; puede que la forma fuera diferente pero aun así, las circunstancias eran iguales.

Volar por los aires, sentir el viento en su cuerpo, la alegría que solo la libertad pura del cielo es capaz de brindar. Eso sería normal, un vuelo matutino con Brincanubes. La diferencia radicaba en que en esos sueños, ella no montaba a su amigo.

Más de una vez salió de su cama y cayó con torpeza. Sus piernas no parecían ser suyas, por varios momentos no sabía cómo moverlas. Al igual que sus brazos. Se sentía como una intrusa en su propio cuerpo, un ser que apenas comprendía la gracia de tener manos, pulgares y dedos.

Todavía no le contó a nadie sobre sus sueños o problemas matutinos. No solo porque no creía que le creyeran, además de que sonara estúpido, sino porque no quería quedar mal ante los ojos de Winterfell. Ya tenía una reputación que mantener, "la domadora de dragones", no quería que le agregaran loca a su lista de apodos; quizá ya lo habían hecho y ella no lo supiera.

Así que, por el momento, se contentó con hacerles compañía a los jovenes Stark. Al principio fueron solo los niños, ambos curiosos y sumamente interesados en ella, Brincanubes y los dos Terrores que ahora descansaban sobre sus hombros. Pero entonces se unió la pequeña Sansa, una verdadera pero alegre sorpresa.

—¿Tienen nombres? —preguntó la niña con gran inocencia en sus ojos azules—. Deben tener nombres.

—Sí, deberían. ¿Por qué no me ayudas a ponerles nombre, Sansa?

Valka bajó al pequeño dragón verde, que hasta ahora resulto ser el más enérgico de ellos. La criatura podía ser un cachorro enérgico, siempre quería jugar y le encantaba que lo mimaran. Su compañero de escamas azules, al contrario, destacó gracias a la calma y serenidad; por sus ojos cerrados casi parecía dormido.

—¿Y-Yo…? —Sansa lucia temerosa. Ella aún estaba de pie, a diferencia de sus hermanos que estaban sentados en la nieve.

—Si. Tú —Valka sonrió y extendió el dragón—. Las opciones que dieron tus hermanos fueron… creativas. Pero necesito un punto de vista más femenino.

—Sigo pensando que Ala Rápida es un buen nombre para el verde. —Robb se quejó al cruzarse de brazos.

—También Cazador para el azul. —Jon lo secundó con un rostro calmado.

Valka solo miró a Sansa. Sus ojos casi suplicaban y una mueca desgarraba sus labios. Esperaba transmitir su desesperación a la niña, que entendiera sus sentimientos y la ayudara. Desafortunadamente, la pequeña pelirroja no perdía la duda, jugaba con sus dedos y la tela de su vestido.

—No creo que deba ayudar… A madre no le gustaría.

Esas palabras consiguieron que Valka parpadeara. Dejó al dragón en el suelo; ignoró como la criatura prácticamente despegó hacia Jon y Robb para morderlos, lo que provoco que ambos persiguieran al Terrible Terror en un juego entre risas y gritos.

—¿Tú madre…?

—A ella no le gustas —la boca de Sansa tenía enorme similitud con una presa de castores rota. Las palabras salían pero su rostro parecía triste y asustado—. Ma-Madre dijo que me alejara… que si quería ir a un sitio, debía ir al septo a rezar… pero quería ver a los dragones.

—¿Dónde deberías estar ahora? —Valka, aún sentada, se acercó a la niña al despegar sus piernas de la tierra y moverse con sus manos. Se posó delante de ella con una suave sonrisa—. Déjame adivinar… ¿Bordando?

—Ya termine mis lecciones de bordado. ¡Termine muy rápido!

—Debes ser muy buena, una niña muy, muy talentosa —alagó Valka con asentimientos—. ¿Entonces…? ¿Dónde está el problema?

Sansa no sabía que responder. Ella entendía las palabras de su madre pero no comprendía la razón detrás de ellas.

Con cuidado, Valka bajó al dragón azul de su hombro y lo dejó en el suelo. La criatura parpadeó con pereza, un niño al que despiertan de su siesta. Al posar sus ojos dorados en la niña pelirroja, soltó un gruñido que se asemejaba a un gato curioso.

—No entiendo porque a tu madre no les gustarían estos pequeños —se quejó Valka con una mueca. Sus dedos rascaban y acariciaban las escamas azules en la espalda del pequeño con dulzura—. Sé que Brincanubes puede ser aterrador pero esta niña es adorable.

—¿Es una niña? —Sansa preguntó con renovado interés. Se olvidó de su madre.

—¿No es obvio? —Valka preguntó con picardía. Con su dedo, movió la cabeza de Sansa para que viera a sus hermanas jugar con el verde—. Esta niña es bella, calmada y recatada. Y ahí están los hombres, brutos y ruidosos.

Sansa cubrió su boca para esconder sus risitas, sus ojos Tully brillaban por la escena del Terror verde jugar con sus hermanos. Ciertamente, parecía una escena de hombres tontos en su lucha, porque el dragoncito volaba sobre las cabezas de ambos, solo bajaba al ver un descuido para morder y volver a volar.

—Él se parece a Florian el Loco —rio Sansa con una sonrisa, luego se enfocó en la dragona azul—. Ella debe ser Jonquil.

—¿"Florian"? ¿"Jonquil"? —Valka arrugó el ceño confusa, a lo que Sansa le explicó con suma elegancia y cariño su historia favorita—. Suena correcto. La Elegante Jonquil para esta y el Loco Florian para él.

Valka extendió a Jonquil, la Terrible Terror con bellas escamas color zafiro, hacia Sansa. Con cuidado y manos temblorosas, la niña tomó al dragón, que se acomodó en sus brazos tras unos segundos; Jonquil cerró sus ojos, ya cómoda y contenta en los brazos de la niña, algo claro por sus gruñidos que tomaron el papel de ronroneos. ¿La causa de ello? Los inseguros dedos de Sansa que la acariciaban con creciente confianza.

La joven Stark sonreía bellamente, una expresión que la domadora de dragones imitó con más fuerza. Hubieran seguido así, de no ser por la voz que se alzó a sus espaldas.

—Robb, Sansa —Esa firmeza, frialdad y seriedad solo podían pertenecer a una persona en el castillo. La única que siempre la miraba con desconfianza—. ¿Pueden venir?

Al voltearse, Lady Haddock clavó su mirada en la dama del castillo. Su cuerpo lucía un elegante vestido azul, con pieles que protegieran del frio que habitaba el patio. La jinete de dragón notó que ella, a pesar de tener sus manos entrelazadas frente a su cuerpo, las apretaba con firmeza.

Los niños respondieron al llamado de diferentes formas. El joven heredero tardó su tiempo, miró a su medio hermano con una expresión conflictiva antes de dirigirse hacia su madre. Sansa, por su lado, tembló al soltar a Jonquil, quien corrió hacia Florian; el dragón azulado sentía que no lo querían ahí, busco refugió en Jon y su compañero dragón, uno sobre el hombro y el otro en el pecho del bastardo.

Al tener frente a sus hijos, la madre acarició sus mejillas, los miró profundamente en silencio. Luego, habló con lentitud.

—¿Pueden dejarme a solas con Lady Haddock? Hay pasteles de limón para ustedes en la cocina.

Ese tonó dulce funcionó a la perfección con sus hijos. Ellos se alejaron casi en una carrera. Por su parte, Valka se quedó sentada, ella sintió los pasos de Jon quien se posó a su lado.

—Tú también.

Catelyn ni se dignó a decir su nombre. No lo miró ni le dijo a donde ir. Una orden simple que en sus labios tenía el poder de una daga envenenada. Jon se estremeció a su lado, con una inclinación liberó a Jonquil y Florian. Después, le lanzó una mirada triste a Valka para correr.

No fue en la misma dirección que sus hermanos.

—¿Qué necesita de mi persona, Lady Stark? —Valka se levantó con rapidez e inclino, demasiado. La teatralidad en su voz resonaba con cortesía fingida.

—Veo que sigues sin usar los vestidos que te ofrecí —Catelyn observó los pantalones marrones y la blusa naranja, además de las pieles en la cintura de la mujer—. ¿Puedo saber la razón?

—Un vestido no es ideal para mi vocación —respondió Valka sin perder su sonrisa—. Aunque la tela es útil. Podría romperla y reusarla para mejorar mi propio vestuario.

Por sus palabras, Catelyn apretó sus manos. Esa expresión serena poco a poco se rompió para revelar la frialdad que escondía.

—Agradecería que no hagas tal cosa. Esa ropa bien podría ser la envidia de damas menores —Aún la miraba con la barbilla en alto. Bien podría dirigirse a la tierra bajo sus pies—. No sería digno darles ese uso.

—Entonces temo que se desperdiciarían en mí. ¿Por qué no se los ofrece a esas "damas menores"? Ellas les darían un "digno uso".

Volvieron a quedar en silencio después de eso; una guerra de miradas, quizá. Después de todo, ninguna toleraba a la otra. Cientos y cientos de razones entrelazadas que creaban un desagrado casi venenoso, no resistían respirar el mismo aire.

Al percibir sus emociones, Florian, el "bufón verde", gruñó hacia Catelyn, quien retrocedió un paso. Ese simple gesto, similar al de un gato que maulló por dominio, para la dama Stark fue similar a un león que proclama con un rugido.

—¿D-Donde planea dejar a esas… cosas? Espero que entienda que no puede dejarlas rondar por mi castillo.

—La Torre Rota será un buen nido provisional para ellos, tiene cientos de ratas que pueden cazar y espacio libre para usar —comentó Valka al tomar a Florian en sus brazos, dejo que Jonquil reposara sobre su hombro—. Al menos hasta que lleguen más; ahí tendremos que crear un refugio, preferiblemente fuera del castillo donde sea fácil excavar.

—¿"más"? ¿Qué quiere decir con eso?

—Brincanubes ha visto varios dragones en sus vuelos. Shovelhelms, Gronckles, Pesadillas Monstruosas, otros Terribles Terrores; la abrumaría con más nombres pero sé que no entiende ninguno.

—No puede… ¿usted no puede insinuar que piensa traer esas bestias a Winterfell? —La máscara de frialdad se esfumó. Ahora solo quedaban unos ojos bien abiertos y una boca que no escondía su incredulidad.

—Pienso hablar con eso con Lord Eddard y el resto de los Lores cuando vengan al castillo para la reunión. Hay muchos planes que hacer, mucho que discutir. ¡Los cambios serán necesarios!

El entusiasmo en su voz no se contagió a Lady Catelyn. De hecho, la dama Tully volvió poco a poco a su fachada seria, solo que esta vez, el desagrado en sus rasgos fue más evidente.

—Esas bestias antinaturales no tienen lugar en mi castillo.

—¿No querrá decir el castillo de su esposo?

—Yo soy la dama de Winterfell, yo puedo…

—Y su esposo es el Lord de Winterfell. En otras palabras, yo respondo a él y solo a él —Valka se agachó para que los dragones saltaran a la nieve. Al ponerse recta, perdió la sonrisa y la calma, no logró contener el ceño fruncido que invadió su rostro—. Entiendo que sea su esposa, entiendo que debo respetarla. Eso hago. La respeto lo suficiente para no ignorarla. Pero quiero que entienda que acorde al arreglo con Lord Eddard, solo lo obedezco a él. Puede contarle nuestros desacuerdos, si así lo desea. Luego de eso puedo inclinarme cada vez más ante usted cada vez que esté en su presencia; no me molestaría, sería lo mismo que inclinarme ante el aire.

Tales palabras consiguieron su efecto deseado. Lady Stark desapareció luego de ellas. Volteó sin darle la oportunidad a descifrar las emociones de su rostro.

Con un suspiro, Valka giró y camino hacia los árboles. Estaban en los alrededores del Bosque de Dioses, no frente al enorme y bello Arciano, sino entre su vegetación natural. Con un corto caminar, encontró a Jon sentado bajo un árbol, con su rostro escondido en sus rodillas.

—¿Escuchaste la conversación, Jon?

—Tenía miedo —Él respondió casi en un susurro—. Pensé que Lady Stark podría echarla de Winterfell.

—Tú padre no lo permitiría. Soy tan necesaria aquí como el metal a un Armorwing —trató de reír pero se quedó callada al notar la confusión que emanaba el niño—. Oh, no lo entiendes. Los Armorwing cubren sus cuerpos con metal, su piel es muy sensible y les gusta esa sensación en sus escamas.

Con lentitud, Valka se sentó a su lado y apoyó su cuerpo en el niño. Sus dedos cayeron sobre los rizos oscuros, los acarició con suavidad y sonrió porque Jon se relajaba en su toque.

—Jon, soy importante aquí. Me necesitan porque nadie sabe lo que yo sé. ¿Por qué piensas que Lady Stark me echaría?

—Porque… porque antes ella podría haberlo hecho conmigo —murmurró Jon mientras se apoyaba cada vez más en la mujer—. Una vez la vieja septa le dijo a Sansa que los bastardos eran malnacidos, envidiosos que tomarían todo lo que sus hermanos legítimos tuvieran. Dijo que si Lord Stark amaba a sus hijos legítimos, se desharía del bastardo para que no los lastimara.

—¿Qué dijo Lord Stark de eso?

—Hizo que la expulsaran del castillo. La septa Mordane tomó su lugar. Sé que no le agrado, como la última, pero no lo dice en voz alta.

Valka exhaló con lentitud el aire por su nariz, su rostro se arrugó y cayó en cansancio. Con un movimiento, se acomodó en el suelo para abrazar al niño con un brazo, lo apretó en su costado.

—Entonces, hare que tú también seas indispensable, como yo. ¿Qué opinas? ¿Te gustaría aprender de mí? —Valka apretó su agarre, su voz se elevó en alegría—. Puedo enseñarte todo lo que se, ¡todo! ¡Como volar, como saber si un dragón está asustado, triste, feliz! ¡Sus razas, sus tipos de fuego, sus vuelos! ¡No habrá nada que no te enseñe!

Jon Snow se encogió en su abrazo. Parecía un Terrible Terror asustado, temeroso de sus alrededores. Siguió escondido en sus rodillas por no pocos segundos hasta que se dignó a mirarla. Al hacerlo, reveló sus ojos humedecidos, sus labios se apretaban y temblaban cada pocos segundos.

Valka no le permitió hablar, se agachó para tomarlo en un abrazo real y escondió el rostro del niño en su cuello. Con cada sollozó, ella acarició el cabello negro de Jon, no lo soltó en ningún instante.

Nota:

No sé dónde leí o escuche que cada palabra, párrafo o capitulo debe tener un propósito en la historia. No hablo de que cada oración deba ser cuidadosamente escrita y seleccionada como una profecía, sino de que cada escena, parte o imagen debe ser a causa de algo. No puedo escribir una escena completa de Valka caminando por el bosque con Jon de la mano porque me apetece o porque quiera, debe haber una razón, por más pequeña que sea, detrás de eso.

Perdón por tardar tanto este tercer capítulo, no bromeo cuando digo que escribí al menos ocho versiones del capítulo tres hasta llegar a esta definitiva.

Tuve dos razones para eso.

La primera: problemas con mi computadora; sufrí pensando que ya tendría que cambiarla.

La segunda: simplemente no sabía bajo que perspectiva poner todo, bajo que ojos debía escribir. Al final, me decidí primero por Jon Arryn, para revelar que en el Sur también existen los mismos problemas que en el Norte. Espero haber escrito bien su personaje, nunca tuvimos un capítulo de él en los libros y lo único parecido a eso serían los fics donde cada versión de Jon Arryn es diferente. Así que, la parte de Jon Arryn fue para revelar eso, los dragones en el Sur y el odio renacido de Robert.

Para la parte de Astrid, fue para revelar sus nuevas "habilidades" y el encuentro con Bocón. Él también está aquí y será importante para el grupo, a falta de Hipo. A su vez, quería mostrar que ella tiene ciertos "problemas" (literalmente lloró en Bocón, algo que ella nunca haría. La razón de ello se revelara poco a poco).

Y para Valka, también, fue para insinuar que ella tiene "habilidades iguales", también para que escuchemos la opinión de Catelyn sobre los dragones y por último, que descubran su papel en Winterfell.

No sé si lo dije antes o ha quedado claro pero jugare con las fechas, los sucesos y los personajes de Como entrenar a tu dragón. Ejemplo, la rebelión Greyjoy. Eso sucedió en el canon cuando Jon y Robb tenían seis o siete años. Eso se retrasara un poco por la llegada de dragones, pero si aparecerá dentro de nada. En cuanto a los de HTTYD, simplemente le quitare lo infantil a esa saga, creo que lo había dicho en el primer capítulo.

En cuanto al nombre del pesadilla. "Púa Oscura" suena bien, creo. En las películas llaman al dragón de Patán "Colmillo" o "Diente Púa", al igual que al de Patapez "Albóndiga" o "Gordontua". En ingles el nombre de Colmillo es Hookfang, lo que suena más a "Diente Púa", por lo que decidí usar Púa Oscura, Darkfang o Darkspike.

En fin, otra de las razones por las que tarde en publicar fue porque estuve atrapado con dos ideas que aparecieron en mi cabeza; posibles fics que tal vez intentare en el futuro.

Un Jon en la época de los Verdes y los Negros; ya se, es una idea cliché, pero me gusta intentar romper los cliché, en esos fics Jon siempre tiene una buena relación con la facción de los Negros. Quiero romper eso, quizá también romper que Jon descienda directamente de la casa Stark. Tal vez como hijo de Rhea Royce, casa descendiente de los Primeros Hombres como los Blackwood, amigos de los Stark y que en la historia ha concretado matrimonios con dicha casa. O tal vez siga como Stark, un bastardo hijo de un bastardo, Sara Snow (Ya sé que los tiempos no concuerdan pero es un fic y por magia de fic si concuerdan), como represaría de Daemon a la Reina Alysanne por comprometerlo con Rhea Royce.

El otro, un Jon Snow pero siguiendo con la teoría de que es hijo de Ashara Dayne y Ned en vez de Rhaegar y Lyanna. También, para cambiar las cosas y el aire de la idea, la rebelión nunca ocurrió y a Robert en verdad lo cambió el matrimonio, (Lyanna lleva la correa y los pantalones en la relación). He leído un fic perfecto sobre esto, lo único malo es que lleva inactivo desde hace dos años y algo inusual pero atractivo es que es un Jon Snow femenino.

En fin, ideas tontas que tal vez intente o tal vez no.

Hasta el siguiente capítulo, ese empezara con Ned y las consecuencias de la carta de Jon Arryn. No prometo que lo traeré rápido pero si lo traeré.