Siento tu respiración entrecortada mientras tu cuerpo pierde fuerza y cae sobre mí. Al final, el suspiro te vence y me abrazas con cariño, aferrándote como si inconscientemente supieras que tarde o temprano tendré que partir. Pero mientras eso ocurre, atesoramos los momentos, la calidez de tu piel y el aroma que desprendes. Me relaja y me hace sentir en casa. Estás encima de mí, tus manos juguetonas parecen no querer descansar, pero tu cuerpo ya ha alcanzado su límite. Sabes muy bien que el sueño te vencerá en cualquier momento, pero sigues jugueteando entre las sábanas. Localizas tu objetivo y comienzas con movimientos lentos. Quisiera poder decir que opondré resistencia, pero me encanta cuando me buscas, cuando nace en ti la necesidad de complacerme. Sin embargo, me gusta demostrar que no cederé ante tus encantos. Detengo tu mano y comienzo a besarte el hombro. Sé que estás en modo automático y que los reflejos ya se han dormido, que solo estás buscando cómo arrullarte entre mis brazos. Mis manos se deslizan por tu espalda, trazando cada curva de tu anatomía, suspiras, un sonido suave que me llena de ternura, tus brazos me rodean con más fuerza, como si quisieras fundirte conmigo. La calidez de tu cuerpo contra el mío es embriagadora.
"Te deseo tanto", susurras contra mi cuello, tu voz ronca de deseo. La vibración de tus palabras envía escalofríos por mi columna. Mis dedos se enredan en tu cabello mientras te atraigo hacia mí, nuestros labios encontrándose en un beso profundo y apasionado. El sabor de tu boca es seductor, y me pierdo en la sensación de tu lengua danzando con la mía. Nuestros cuerpos se mueven en perfecta sincronía. "Eres hermosa", murmuro, mis manos recorriendo las curvas de tu cuerpo con reverencia. Tus ojos se encuentran con los míos, brillantes de emoción y deseo.
El ritmo de nuestros movimientos se intensifica, llevándonos cada vez más cerca del clímax. Mientras recuperamos el aliento, te acurrucas contra mi pecho, tu corazón latiendo al unísono con el mío. La realidad comienza a filtrarse lentamente, recordándonos la naturaleza prohibida de nuestro encuentro.
"Ojalá pudiéramos quedarnos así para siempre", dices en voz baja, con un dejo de tristeza en tu tono.
Acaricio tu espalda suavemente, saboreando estos últimos momentos juntas. "Lo sé, mi amatista. Yo también lo deseo".
Nos quedamos en silencio, conscientes de que pronto tendremos que separarnos y volver a nuestros deberes. De repente, se escuchan ruidos fuera de la carpa, los caballos relinchan impacientes y el viento golpea con violencia. Se siente una presencia maligna en los alrededores. Te levantas de forma repentina, tomas la espada que estaba tirada y sales sin dudar. Sabes que estamos en peligro y corres a enfrentar al intruso.
Yo, todavía aturdida, trato de ponerme la cota de malla y la ballesta de madera, y me envuelvo en una de las pieles del suelo. Pero al salir, te veo peleando con un monstruo enorme. Lanzo una flecha a su cabeza y esta se clava profundamente, así que corro hacia ti con mi espada. Estás danzando en combate contra la bestia, le has cercenado las patas y veo que lo tienes bajo control. Aun así, corro por mero instinto. Al verte así, con el cuerpo desnudo y vulnerable siento una punzada de celos ante la idea de que alguien pudiera verte de esa manera.
Doy el último golpe y el monstruo cae. No sé si era un lobo o un demonio, pero contemplo tu rostro mientras sonríes con esa risa cantarina que tanto amo.
"Ara, ara, mi Natsuki. Al menos te dio tiempo de vestirte", dices con una sonrisa burlona.
Me sonrojo y te arrojo algo para cubrirte esa desnudez que me mata.
Nos miramos en silencio, intentando recuperar la calma mientras nuestros corazones laten frenéticamente. Siento cómo el pulso se me acelera cuando te acercas, tu mirada fija en la mía, como si nada más existiera en el mundo, como si las sombras y las bestias del bosque fueran simples fantasmas en comparación con nosotras.
"A veces pienso que estos encuentros secretos solo me hacen amarte más", murmuras, colocando una mano cálida en mi mejilla. "Pero también temo el momento en que alguien nos descubra. No podría soportarlo".
Te rodeo con mis brazos, buscando transmitir con mi abrazo lo que las palabras no pueden expresar. "Nadie nos encontrará aquí, no hoy", susurro.
Tus dedos acarician mi cuello con suavidad, y me miras con una ternura que solo tú conoces. "Eres la única que logra que el tiempo se detenga. Si pudiera renunciar a todo y quedarme aquí contigo… lo haría sin pensarlo". Pero hay una sombra en tus ojos, un rastro de preocupación que no puedes esconder. "No sé cuánto tiempo podremos seguir así, Natsuki.
Nos quedamos en silencio, enfrentadas a la realidad de nuestro amor prohibido. Pero entonces, una idea se forma en mi mente, peligrosa y a la vez esperanzadora. Miro hacia el bosque, que parece vibrar bajo la luz tenue de la luna, y luego vuelvo a ti.
"Hay una forma", digo con voz firme, sin apartar la mirada. "Si ambos reinos piensan que nos hemos perdido en el bosque maldito, no nos buscarán. Seremos libres, lejos de los conflictos, de las obligaciones… solo tú y yo, mi amatista."
Veo el destello de duda y de emoción en tus ojos. Sabes tan bien como yo el peligro que esto supone. Perderlo todo. Renunciar a quienes somos, a nuestras coronas. Pero por un instante, ambos corazones laten al mismo ritmo, como si ya hubiéramos dado ese primer paso hacia un destino incierto.
"Si estamos juntas, no habrá motivo para temer", dices finalmente, y una sonrisa escapa de tus labios.
Continuara…
