Hola, hola otra vez, ¿cómo andan, gente bonita del fanfiction? ¡Espero que muy bien!
Aquí les traigo un nuevo capítulo (ejem… un poquito atrasado). Espero que lo disfruten. Me disculpo de antemano, como siempre, por cualquier error ortográfico que seguramente habrá.
Aclaro también que escribo por diversión y sin ningún tipo de lucro, ¡mi única ganancia son sus comentarios, jejeje! Los personajes no me pertenecen; tanto Los Juegos del Hambre como Ranma les pertenecen a Suzanne Collins y a Rumiko Takahashi, respectivamente.
Sin más por el momento, ¡a leer se ha dicho! Nos leemos al final del capítulo. ¡Que disfruten la lectura!
Capítulo 10
Ranma
El traje es engañoso a primera vista. Parece sencillo: una única pieza negra, ajustada desde el cuello hasta los tobillos, dejando los brazos expuestos. En mis antebrazos hay muñequeras de cuero negro, pesadas y ásperas al tacto. Me han colocado en la cabeza una tiara de metal negro, idéntica a la que llevé cuando me coronaron vencedor. Portia, quien el año pasado se encargó de acentuar algunos de mis rasgos con maquillaje para que fuera fácilmente reconocible en la arena, ha hecho algo distinto esta vez: ha delineado mis ojos en un trazo oscuro que resalta el azul de mi mirada, haciéndome parecer una criatura peligrosa, casi indomable. Mi trenza golpea mi espalda por el viento, pero apenas lo noto.
A mi lado, Akane luce tan preciosa como intimidante, vestida igual que yo, con sombras oscuras y brillos teatrales. Sus pómulos están destacados, sus cejas enarcadas y afiladas, sus ojos parecen arder, y sus labios son de un púrpura profundo, como el crepúsculo en el horizonte.
Vamos tomados de la mano, igual que la última vez, aunque sin las sonrisas ni las miradas coquetas. Esta vez no hay espacio para eso. Ambos estamos furiosos, con toda esta gente que nos aclama y llora, como si con sus gritos y alabanzas pudieran cambiar nuestro destino con tan solo corear nuestros nombres. Pero no les damos el gusto, los ignoramos. Mantenemos la vista al frente mientras el carro avanza bajo los últimos rayos de luz. Justo entonces, apretamos el botón oculto bajo la tela de nuestras muñecas. Por un instante, el público se calla, un suspiro colectivo llena el aire, un jadeo y finalmente gritos extasiados.
Entonces, nuestros trajes cobran vida. Primero, una luz suave y dorada, que se transforma en un rojo anaranjado, vibrante, como el de las brasas encendidas. Me doy cuenta de que no solo estamos cubiertos de fuego: yo soy el fuego. Los colores suben y bajan, se mueven y se mezclan, igual que el carbón bajo la llama.
Observo de reojo las pantallas que transmiten nuestro paso en el desfile. No veo a un par de chicos tomados de la mano, ni siquiera a un hombre y una mujer. Veo una pareja de seres sobrenaturales, como si hubiéramos surgido del corazón de un volcán, el mismo tipo de volcán que arrasó con tantas vidas en los Juegos de Tofu. La corona negra que llevo parece al rojo vivo, proyectando sombras extrañas y profundas sobre mi rostro. Ranma, el chico en llamas, ha dejado atrás el brillo superficial de los trajes cubiertos de luz. Ahora soy tan letal como el fuego mismo.
No resisto más y volteo a ver a Akane. Siente mi mirada y responde con sus ojos castaños, profundos y brillantes, inquebrantables. Ni todo el maquillaje del mundo podría hacer que esa mirada se volviera cruel, aunque hoy necesita serlo. Le doy un apretón suave a su mano, pequeña y cálida entre la mía. Su respuesta es muda pero firme: esta vez no habrá dudas. Matará a quien sea necesario; lucharemos hasta el final, sin titubeos.
La multitud ruge de repente, un sonido que me arranca de mis pensamientos y me obliga a volver al frente. Nuestro desfile es tan hipnótico que incluso siento las miradas de los otros tributos desde sus carros, volviéndose, observándonos en las pantallas que proyectan nuestras imágenes sobre los edificios iluminados.
Cinna y Portia se han superado una vez más.
Los estilistas de los otros distritos han intentado imitar nuestra apariencia, pero solo parecen caricaturas. Los tributos del Distrito 3 llevan luces eléctricas, lo cual tiene cierto sentido, pero luego veo a los ganaderos del Distrito 10. Van vestidos de vacas, con cinturones en llamas. ¿Qué intentan, asarse a la parrilla?
Me esfuerzo por no soltar una carcajada. La pareja del Distrito 6, adictos consumidos por la morfilina, está totalmente absorta en nosotros. Sus cuerpos apenas pueden sostenerse de tan frágiles, la piel amarillenta colgando de sus huesos, pero aun así no apartan los ojos de nuestra imagen ardiente e hipnotizante, ni siquiera cuando el presidente Happosai surge desde su balcón y comienza su discurso de bienvenida al Vasallaje.
El himno retumba, pero cada nota se siente hueca. Al avanzar en nuestra última vuelta, me doy cuenta de que la mirada de ese anciano no está dirigida a ambos. Está fijada en mí. Su desprecio es una ráfaga helada, cargada de una amenaza que solo yo puedo percibir. Siento cada gramo de su odio como un peso que intenta aplastarme desde la distancia, y lo devuelvo con toda mi furia contenida. Es una guerra silenciosa, un duelo en el que ni él ni yo necesitamos palabras. Mis nudillos se ponen blancos alrededor de la mano de Akane, y por un instante solo somos él y yo, dos enemigos al descubierto en medio de la multitud.
Respiro hondo para contener la mezcla de odio y desprecio que me hierve por dentro.
Entiendo entonces que esto va más allá de los Juegos. Esto es personal. Y si lo que quiere es vernos arder, le prometo que no será de la manera que él espera.
Akane
La mano de Ranma aprieta la mía con tanta fuerza que me duele, pero no digo nada. Mi cuerpo está tenso, como una cuerda a punto de romperse, mientras observo la confrontación silenciosa entre él y el presidente. El miedo se enreda en mi pecho, un nudo pesado que amenaza con asfixiarme. Puedo sentir la amenaza de Happosai incluso a la distancia, su odio casi tangible. Sé qué hará todo lo que esté en su poder para destruirnos, para matar a Ranma. El pánico burbujea en mi interior, queriendo desplazarme, pero me niego a ceder.
A pesar de todo, me mantengo estoica, aferrándome a Ranma con más fuerza de la que creí tener, usando no solo mis manos, sino mi voluntad, mi amor. Si el miedo intenta derribarme, lo enfrento con lo único que tengo: mi determinación.
*Casi una hora antes*
— ¡Genial! ¿Cómo lo hiciste? — pregunto, maravillada, al ver mi reflejo en el espejo. La transformación es tan impactante que, por un momento, olvido todo lo demás.
Cinna me observa con una leve sonrisa, como si disfrutara de mi reacción.
— Portia y yo pasamos muchas horas observando fuegos — responde él, con calma, como si fuera un secreto bien guardado.
— Creo… que es justo lo que necesitaba para enfrentarme a los demás — afirmo, un toque de seguridad en mi voz que no había anticipado. Me siento diferente, más fuerte, como si de verdad pudiera enfrentar lo que venga. A pesar de todo, la presión está ahí, pero ahora es más un reto que una amenaza.
— Sí, me parece que tus días de labial rosado y listones han quedado atrás — me dice, con una sonrisa irónica. Me lanza una mirada evaluadora y luego agrega — será mejor no agotar la batería — dice y apaga las luces. Siento que su mirada es más intensa ahora, más confiada — Esta vez, cuando estés en el coche, quiero que te límites a mirar al frente, como si el público no fuera digno de tus atenciones.
Asiento lentamente, sintiendo una chispa de determinación encenderse dentro de mí. Puede que no sea tan fácil ignorar a la multitud, pero voy a intentarlo. A veces, proyectar indiferencia es lo único que se puede hacer para no ser consumida por todo lo que está sucediendo.
— Perfecto — respondo, con una sonrisa, esta vez más auténtica. Le lanzo una última mirada a través del reflejo del espejo. Siento que he dado un paso hacia una nueva versión de mí misma. No necesito el miedo. Puedo ser fuerte.
.
Camino titubeante hacia la planta baja del Centro de Renovación. He aprendido a mantenerme en silencio cuando es necesario, a ser observadora. Mi mirada busca a Ranma, pero él aún no ha llegado. A diferencia del año pasado, cuando los tributos apenas se dirigían la palabra y se mantenían pegados a sus carros, esta vez la escena es muy diferente. Los vencedores y mentores se agrupan en pequeños círculos, charlando como si nada estuviera en juego. Por supuesto, todos se conocen entre sí. Yo no conozco a nadie. A cada minuto que pasa sin Ranma, la ansiedad empieza a crecer. Mi mente divaga, pero me esfuerzo por concentrarme, acariciando el cuello de uno de los caballos. Su pelaje azabache me da algo de paz, un pequeño refugio en medio de la tensión. Respiro profundamente, obligándome a calmarme, a no dejar que el miedo me venza. No puedo. No ahora. Necesito que Ranma esté aquí, a mi lado, para lo que venga.
Intento pasar desapercibida entre la multitud, sin destacar, pero no lo logro.
Escucho un crujido en el suelo antes de ver a alguien acercarse. Cuando giro la cabeza, me encuentro con los impactantes ojos escarlata de Shampoo Jokentsu, la vencedora del distrito 4. Está de pie junto a mi caballo, un terrón de azúcar entre los labios, recargada en el costado del animal, como si estuviera completamente relajada.
—Hola, Akane —dice con una voz suave, como el ronroneo de gato, tan segura de sí misma. Es la primera vez que nos vemos en persona, pero me habla como si nos conociéramos de toda la vida.
—Hola, Shampoo —respondo, con la voz controlada, intentando que no se note la incomodidad que siento. Es difícil no sentirme un poco intimidada por su belleza y su presencia. Es imposible no compararse con alguien como ella. En especial con tanta piel expuesta.
—¿Quieres un terrón? —me ofrece, sonriendo con una calidez que no puedo evitar cuestionar. Luego su mirada se desliza por el espacio vacío a mi lado—. ¿Y dónde está ese ardiente prometido tuyo?
No puedo evitar una pequeña mueca en mi rostro. Sé que no debería, pero la inseguridad se cuela por un momento. Shampoo tiene una belleza impactante, una confianza desbordante, y el hecho de que ella haya sido tan cercana a Ranma en el Capitolio no ayuda. ¿Cómo no sentirse algo celosa? Pero rápidamente me obligo a mantener la compostura.
—No, gracias —respondo de nuevo, con la voz tranquila, aunque algo tensa—. Y Ranma aún no ha llegado.
Shampoo sonríe de nuevo, con una mirada que refleja un brillo peligroso en sus ojos escarlata. No me gusta ese brillo. No me gusta cómo me observa, como si estuviera midiendo cada reacción mía. Hay algo en ella que no puedo descifrar del todo, algo que me hace sentir incómoda, aunque trato de no mostrarlo.
Shampoo es una leyenda viva en Panem. Su victoria a los 13 años, en los Sexagésimos Quintos Juegos del Hambre, la convirtió en una de las vencedoras más jóvenes. Al ser del distrito 4 era una profesional, algo que todos sabían. Su victoria no fue obra de la suerte, sino de su habilidad. La suerte estaba de su lado. Mientras los otros tributos se enfrentaban a la lucha por la supervivencia, Shampoo ya estaba preparada para dominar el campo de batalla. Nadie que haya visto sus Juegos olvidaría nunca la imagen de Shampoo enfrentándose a sus oponentes con la misma naturalidad con la que respira. En su distrito, la pesca es la industria principal, y Shampoo ha pasado toda su vida en los barcos, manejando redes, tridentes y cuchillos. Su destreza con las armas, especialmente con el tridente que recibió en un paracaídas, fue lo que le aseguró la victoria. Su habilidad era incomparable, como si el tridente fuera una extensión natural y mortífera de sí misma.
En cuanto a su apariencia, no hay duda de que es una de las más hermosas que he visto: esbelta, con su piel bronceada, largo cabello púrpura y esos ojos carmesíes tan espectaculares. En la arena, no le faltó nunca nada, mientras los demás luchaban por una ración de comida o agua. En cuestión de días, la corona era suya.
La observo, manteniendo mi distancia, con una mezcla de respecto y desconfianza. Es difícil no sentirme algo fuera de lugar a su lado, especialmente con todo lo que Ranma pasó en el Capitolio, con ella ayudándolo en su momento de soledad. Por eso, aunque trato de no ser hostil, no puedo evitar sentir agradecimiento. Shampoo es amiga de Ranma de una manera trágica y extraña, así que me obligo a no ser hostil.
Está envuelta en una red dorada, con algunos nudos estratégicos en la entrepierna y el pecho para que no se diga que va desnuda, aunque a simple vista, lo parece. Su estilista debe pensar que entre más de Shampoo vea la audiencia, mejor.
—Me matas de miedo con ese atuendo, ¿Qué ha pasado con tus lindos y coquetos vestiditos en colores pastel? —me pregunta, humedeciéndose los labios con la lengua, en un gesto que seguramente vuelve locos a todos sus admiradores, pero que a mí solo me desconcierta.
—Ya no me quedan —respondo con calma, aunque mi tono no deja de reflejar algo de incomodidad.
Shampoo acaricia con los dedos la tela de mi traje justo por el cuello.
—Es una lástima lo del Vasallaje. Podrías haber triunfado tanto como Ranma en el Capitolio: joyas, dinero, lo que hubieras querido —dice, observándome con un brillo extraño en la mirada.
Cierro los ojos, apretándolos unos segundos. ¿Cómo se atreve a mencionar a Ranma en ese contexto? ¿Cree que no sé lo que ambos han sufrido en el Capitolio? ¿Será que está hablándome en clave? Abro los ojos, confundida, con una pregunta en la punta de la lengua que, por razones obvias, no puedo pronunciar. Shampoo sonríe con tristeza, pero en un parpadeo esa expresión desaparece y vuelve a mirarme como si fuera la play girl que aparenta ser.
—No me gustan las joyas y tengo más dinero del que necesito —respondo, recuperando el control. —¿Y tú, Shampoo? ¿En qué gastas el tuyo?
—Bueno, hace muchos años que no toco algo tan superfluo como el dinero —responde con una ligera sonrisa en su rostro.
—¿Entonces cómo pagan por el placer de tu compañía? —le pregunto, casi sin pensarlo.
Un destello de dolor se refleja en sus bellos ojos, antes de que se recupere y responda con voz baja.
—Con secretos, querida Akane —dice, acercándose tanto que sus labios casi rozan los míos. —¿Y tú, chica en llamas? ¿Tienes algún secreto para mí?
Por alguna razón estúpida, me sonrojo, pero me esfuerzo por mantener mi voz firme.
—No, lo siento, al parecer toda mi vida es un libro abierto para todos.
—Por desgracia, creo que eso es cierto —responde, sonriendo con suficiencia. Luego, mira a un lado—. Ya viene Ranma. Lamento que tuvieran que cancelar la boda. Debes lamentarlo muchísimo —añade, mientras se mete otro terrón de azúcar a la boca.
Se aleja, y al encontrarse con Ranma en el camino, se cuelga de su brazo, dándole un largo beso en la mejilla que lo deja completamente sonrojado. Shampoo me lanza una sonrisa juguetona antes de perderse entre la gente.
El idiota de mi prometido me observa, visiblemente nervioso, pero francamente, tengo preocupaciones mucho más importantes que por el flirteo juguetón de Shampoo. Me esfuerzo por descifrar qué trató de decirme, qué intento descubrir sobre mí con esa conversación absurda.
—¿Qué quería Shampoo? —me pregunta Ranma, aún algo incómodo y temeroso por mi reacción ante el beso.
Lo observo de reojo. Está vestido casi igual que yo, excepto que lleva pantalones y yo un vestido. Se ve impresionante. Sonrío con una mezcla de coquetería y desafío, dejando caer los párpados seductoramente. Rodeo su cuello con los brazos y me acerco tanto que casi podría besarle.
—Conocer todos mis secretos a cambio de un terrón de azúcar—le digo con voz seductora y ronroneante, intentando imitar a la vencedora del 4.
Ranma estalla en carcajadas, y yo lo sigo, aliviada por el sonido que llena el aire, pero dentro de mí, una corriente de tensión sigue vibrando, lista para desbordarse.
—¿Crees que yo hubiera terminado como ella si…? —dejo la pregunta suspendida, flotando entre nosotros como una sombra que ninguno de los dos quiere enfrentar.
El momento de risas se disipa, y Ranma se aclara la garganta. Me observa, sus ojos llenos de una tristeza que me congela por un instante. Asiente lentamente.
—Es muy probable… pero hubiera incendiado todo si se hubieran atrevido a tocarte.
El rugido de la multitud afuera es ensordecedor, y la pesada puerta se abre con un crujido que resuena en mi pecho. El primer carro avanza, y el griterío se intensifica. Es un ruido de hormigas enloquecidas, pero no somos uno de ellos.
—¿Vamos? —pregunto, mis palabras firmes, casi despectivas.
Tomo su mano con la fuerza de quien sabe lo que está por enfrentar. Él me ayuda a subir al carro, y el desfile comienza.
La multitud estalla en un grito frenético cuando salimos a la calle. Nuestros trajes se encienden como carbones encendidos, brillando con una luz cambiante y una intensidad que nos eleva sobre todo lo demás. El aire se siente denso, cargado de electricidad. Nos observan, pero no somos parte de su mundo. Somos los príncipes oscuros del Distrito 12, los trágicos amantes, los que han sufrido en exceso y no han visto recompensa alguna por su dolor. No buscamos su favor, ni sus sonrisas, ni sus flores. Ellos no pueden tocarnos, ni siquiera mirarnos sin sentir temor.
Mis dedos se aferran a los de Ranma, como un recordatorio mudo de lo que somos: poderosos, rotos, pero invencibles. No sonreímos. No los dejamos acercarse. Somos más que vencedores; somos los que caminan entre las sombras, los que no perdonan.
En las pantallas gigantes que salpican las calles, nuestras imágenes se reflejan, congeladas, heroicas, pero la verdad está en nuestros ojos: la frialdad de quienes han pagado un precio demasiado alto para ceder siquiera un pedazo de sí mismos.
Cada grito de la multitud me parece distante, vacío. No importa cuánto griten, no importa cuánto nos aclamen. No les pertenecemos.
No somos más que fantasmas, sombras de lo que fuimos.
Cuando el desfile termina, ambos descendemos del carro. Yo me tambaleo un poco, aún me tiemblan las rodillas tras esa lucha de miradas tan intensas entre Ranma y el presidente. Estoy aterrada, como si todo estuviera a punto de desmoronarse. Aprieto su mano con fuerza, intentando aferrarme a la única certeza que tengo en este momento: que no lo dejaré ir. A pesar de la amenaza clara a su vida, no puedo hacer más. Pero prometo, con todo mi ser, que lucharé hasta mi último aliento para mantenerlo con vida.
Cinna y Portia están encantados con nuestra actuación en el desfile, pero la sonrisa que me provocan me dura poco. Al llegar, Tofu no está esperándonos como el año pasado. En lugar de eso, está con los tributos del distrito 11. Asiente en nuestra dirección, y ellos lo siguen, acercándose para saludarnos.
Conozco a Chaff de vista, por supuesto. Lo he visto en televisión, pasándose la botella junto a Tofu. Tiene la piel oscura, mide un metro ochenta, y uno de sus brazos termina en un muñón. Un cosquilleo recorre mi pierna de la prótesis. Sé lo que se siente estar incompleta. Él perdió la mano en los Juegos que ganó hace 30 años. Probablemente le hicieron una mano artificial, como a mí la pierna, pero él la rechazó. No me imagino haciendo lo mismo, aunque detesto está pierna.
La mujer, Seeder, tiene la piel aceitunada y los ojos grises. Debe tener unos 60 años, pero sigue fuerte, intacta, sin el más mínimo rastro de haber sucumbido a las drogas o al licor, para escapar de la realidad como su compañero, o como yo misma. Antes de que pueda decir una palabra, me abraza, y luego abraza a Ranma. Veo que sus labios se mueven, susurrándole algo al oído.
—¿Las familias? —escucho susurrar a Ranma.
—Están vivas—responde ella en voz baja, soltándolo de inmediato.
Chaff me rodea con su brazo bueno y me da un gran beso en la boca. Me suelto de inmediato, sorprendida por su descaro. Tofu y él estallan en carcajadas, pero no tengo ni un segundo para procesarlo antes de que Ranma, furioso, le propine un puñetazo que lo deja en completo silencio.
—Era una broma, chico, lo siento—dice Chaff entre risas, limpiándose un hilillo de sangre que brota de su labio reventado. Ranma lo observa furioso, su respiración entrecortada, y también fija la mirada en Tofu, quien, visiblemente incómodo, se aclara la garganta antes de intervenir.
—Creo que te pasaste un poco, viejo amigo—dice, colocando una mano sobre el hombro de Chaff. —Se te han subido las copas—añade, dirigiéndose a Ranma y a mí como disculpa.
Pero no hay tiempo para más. En ese momento, los asistentes del Capitolio llegan rápidamente, y nos empujan hacia los elevadores con insistencia, sin dejar espacio para más palabras. La sensación en el aire es palpable, como si no estuvieran cómodos con la camaradería que se vive entre los vencedores.
Al caminar hacia los elevadores, aún de la mano de Ranma, alguien se acerca apresurado a mi lado.
El chico se quita una bandana de ramas y hojas de la cabeza y la arroja sin siquiera molestarse en ver dónde cae.
Ryoga Hibiki, del distrito 7. Madera y papel, por eso el árbol, supongo. Ganó haciéndose pasar por un chico enclenque y débil, pero pronto demostró tener una habilidad extremadamente cruel para el asesinato. Se pasa una mano por el cabello castaño, frustrado, y pone los ojos oscuros en blanco, como si estuviera buscando provocar.
—Hola, nenita—dice, sonriendo a Ranma, dejando al descubierto sus colmillos, un poco más largos de lo normal.
Ranma no tarda en responder, sin perder un segundo. —No me llames así, cerdo—dice, frunciendo el ceño por un momento, observando a Ryoga. Un tenso segundo de silencio pasa entre ellos. Por un instante, parece que la pelea está a punto de estallar, pero luego, me doy cuenta de algo: a pesar de todo, hay una extraña camaradería en sus miradas. Ranma no sonríe, claro, probablemente sigue furioso por el beso de Chaff. Ambos se observan con fuego en los ojos, pero no se lanzan al combate.
Incomoda, me aclaro la garganta, sin saber cómo reaccionar.
—Hace mucho que no te veía ni el polvo, nenita—dice Ryoga, picándolo de nuevo. Esta vez, su comentario se siente como una pregunta velada. Los dos se conocen, han estado en las mismas fiestas del Capitolio, en los mismos horrores, desde hace meses. Años para Ryoga. Desde que ganó sus Juegos.
Hay un intercambio de miradas y silencios que se alargan más de lo esperado. Finalmente, Ryoga cambia de tema, casualmente, como si nada hubiera sucedido.
—¿No les parece un traje horrible? Mi estilista es la persona más idiota del Capitolio. Nuestros tributos llevan siendo árboles cuarenta años seguidos por su culpa. Ojalá me hubiera tocado Cinna o Portia. Ustedes se ven estupendos—dice, acercándose más de lo que debería a mí, tocando con la punta de sus dedos el cuero negro de mis muñequeras y la piel descubierta de mi brazo, subiendo su mano por mi brazo lentamente hasta llegar al hombro, donde deja la mano más del tiempo razonable.
—Sí, es fantástico—le contesto, intentando seguirle el juego, aunque mi incomodidad crece. —Deberías ver lo que es capaz de hacer con un trozo de terciopelo— añado, buscando salir del malestar que provoca su cercanía. Estoy segura de que el ascensor está lleno de cámaras y micrófonos, que deben grabarlo todo. Ninguna palabra debe sonar fuera de lugar, exactamente como en la conversación de hace un momento.
—Lo he visto, en su gira. ¿Sabes? Ese modelo azul sin tirantes que llevaste en el distrito 2... Me habría encantado arrancártelo del cuerpo, dulzura— dice, acercándose aún más, de manera tan invasiva que su aliento cálido se mezcla con el mío.
—Seguro, cerdo miserable—responde Ranma, y antes de que pueda reaccionar, Ryoga es alejado de mi lado con brutalidad. Ranma le agarra el cuello de su traje, acercándolo furioso a su rostro—. Pero deja las manos quietas, o te juro que te las arranco en esté instante. Recuerda que Akane es mi prometida, y más te vale respetarla— dice, con una amenaza clara, y Ryoga asiente, pero no sin antes mostrar una sonrisa sarcástica. Como si todo el tiempo hubiera estado bromeando.
—Por supuesto, Nen… Ranma— responde, pero se nota que la tensión entre ellos es palpable. El destello furioso en los ojos de Ranma es suficiente para que Ryoga lo piense dos veces antes de seguir jugando.
Mientras el elevador sube lentamente, Ryoga se despoja de su traje de árbol con absoluta despreocupación, dejando que caiga al piso y apartándolo con una patada. Debajo solo lleva unos boxers verde bosque, ajustados, que resaltan cada contorno de su cuerpo atlético. Su piel es de un tono dorado profundo, bronceado y marcado por el sol y el ejercicio; cada músculo es claramente definido, esculpido por años de entrenamiento físico intenso. Tiene los hombros anchos y poderosos, y un torso marcado que desciende en una "V" perfecta hasta la cintura. Los pectorales son prominentes, sus bíceps tensos, y el abdomen está tallado como si fuera de mármol, con cada línea de sus abdominales resaltando bajo la luz suave que se refleja en su piel.
Ryoga es alto, ligeramente más que Ranma, pero hay algo en él que lo hace ver incluso mayor. A sus veinte años, ya tiene una dureza en las facciones: el rostro de altos pómulos, una mandíbula cuadrada y firme, y labios carnosos que contrastan con la severidad de su expresión. Sus ojos oscuros tienen un brillo desafiante y algo crudo, una mezcla de intensidad y experiencia que le da un aire de madurez y peligro.
—Así está mejor— comenta, sonriendo, mientras observa mi rostro contrariado y mi sonrojo evidente. Divertido por mi escrutinio a su cuerpo semidesnudo y sonríe de medio lado. La mirada de Ranma, cargada de ira.
El resto del trayecto en el ascensor Ryoga lo dedica a charlar casualmente conmigo sobre mis pinturas, como si estuviera disfrutando de cada segundo bajo mi atención. La luz de mi traje, que todavía brilla, se refleja en su pecho desnudo, trazando figuras en su piel dorada, un espectáculo que no hace nada por calmar los celos de Ranma. Cuando Ryoga sale del ascensor, intento tomar la mano de Ranma, pero la aparta sutilmente.
Lo observo; solo veo su perfil, sumamente molesto. No puedo evitarlo y estallo en carcajadas.
Ranma
Mientras Ryoga se va del elevador, mis pensamientos giran entre rabia y celos. Y el muy idiota aprovechando de cada oportunidad para coquetearle a Akane. Deslizarse así frente a ella, dejar que lo observe de pies a cabeza... No puedo soportar esa imagen, el modo en que la miraba, y menos aún que Akane se haya reído tan despreocupadamente.
Además, mi mente sigue atrapada en un torbellino de pensamientos. No confío en él, ni en Shampoo, ni en ninguno de estos vencedores, por muy familiares que hayan llegado a ser. Todos ellos han pasado por los Juegos, todos han perdido partes de sí mismos en la arena y aquí en el Capitolio. Y aunque intentan fingir que sus intenciones son de camaradería, sé que esto es solo una fachada. Han sufrido, sí, pero eso no significa que no estén dispuestos a arrebatar todo lo que puedan para sobrevivir una vez más. En especial si significa traicionarnos.
Ella intenta tomarme la mano, y me aparto apenas, mirando hacia otro lado. Sé que puede interpretarlo como un simple gesto de molestia, pero no es solo eso. Es el miedo de que, si me permito bajar la guardia, si dejo que Akane se relaje cerca de ellos, terminemos siendo las siguientes víctimas de su juego.
Me vuelvo hacia Akane, que sigue sonriendo. Para ella, esto parece un simple juego de provocaciones, pero sé que hay algo más oscuro detrás. ¿Qué tanto de todo esto es planeado?
Cuando Akane me mira con esa sonrisa juguetona, como si mis celos fueran un chiste, no puedo evitar que mis palabras suenen duras.
—¿Se puede saber qué es tan gracioso? —le digo, con los brazos cruzados y una mirada que apenas consigo suavizar.
Ella suelta otra risa, despreocupada, y su respuesta me descoloca.
—Tus celos evidentes, ¿qué más? —Y aunque intenta sonar seria, su sonrisa se escapa mientras me mira a los ojos—. Ranma, eres tú. ¿No te das cuenta? Todos juegan contigo porque saben que eres territorial. Les divierte verte así.
—¿Qué quieres decir con que soy yo? —pregunto, un poco desconcertado, aunque noto cómo el calor me sube al rostro cuando veo su expresión divertida.
—Es por cómo reaccionas... tan territorial. Shampoo con sus terrones de azúcar, Chaff y su teatrillo del beso, Ryoga y su… despliegue. Lo están haciendo para provocarte. No me gusta ser el cebo, lo admito. Pero no debes dudar de mi, sabes que te amo… —Su mirada se torna traviesa, y añade—. Aunque, reconozco que Ryoga tiene un cuerpo espectacular…
Mis puños se tensan, y mi mandíbula se cierra con fuerza. Ella ríe, claramente disfrutando de mi incomodidad, pero no entiende que estos juegos van más allá de lo que aparentan.
Tomo un respiro para calmarme y finalmente hablo, tratando de poner en palabras mi verdadera preocupación, aunque los celos aún arden dentro de mí.
—No es solo Ryoga— digo, midiendo mis palabras—. No lo entiendes, Akane. Ellos… ellos saben lo que hacen. Nos están probando porque tienen un plan. No son solo celos. Cada cosa que han hecho es un paso en su estrategia. Tú y yo representamos una amenaza para ellos. Somos más jóvenes, más fuertes, y lo saben.
Ella intenta hablar, pero sigo, dejando salir una mezcla de celos y temor.
—Pero claro, lo que más me molesta es que ellos vean en ti esa… inocencia —continúo—. Y aunque estos vencedores intentan desestabilizarme, hay algo en sus miradas y gestos que me dice que no van a dudar en destruirnos si pueden —. Y temo lo que podría ocurrir si logramos sobrevivir. Si ella gana, y se quedará sola en la mira de esos… monstruos —. Para el Capitolio —respondo finalmente, con la voz baja— eres alguien pura. Casta. Como cuando… como cuando en la arena tuviste que desnudarme porque yo estaba ardiendo en fiebre, y tú apenas me mirabas. Recuerda que vi las repeciones. No entiendes el impacto de tu… inocencia.
—¿De qué hablas? Si en esa ocasión en la arena casi… —se detiene y me mira, con la cara ardiendo de rojo. Entiendo lo que quiere decir y siento el calor en mi rostro también.
—Fue diferente —digo, con un esfuerzo por mantener la calma—. Aquella vez podría haber sido nuestra última oportunidad de estar juntos. Fue real, puro… para los dos. Y ellos definitivamente se dieron cuenta, por eso es más peligroso aún.
—¿Y qué hay de la gira? —insiste, alzando una ceja, divertida y desafiante—. ¡Me pasé semanas prácticamente arrancándote la ropa cada vez que había una cámara!
—No es lo mismo. En el Capitolio… tú eres esa persona inocente que quieren devorar. Para ellos, serías una presa perfecta, y me enfurece y me aterra… —trato de decirlo sin perder el control, casi en un susurro porque no he olvidado donde estamos, pero la rabia se filtra—. Quieren verte como una conquista, apoderarse de esa pureza e inocencia. No puedo soportar la idea de que, al final, sigan viéndote como… un trofeo.
Akane me observa, sus ojos fijos en los míos, y por un breve momento, siento que hay algo más allá de la tensión que nos rodea. No sé si es miedo, o quizás desesperación, pero en sus ojos leo algo que no había visto antes: comprensión, como si todo lo que estoy sintiendo, todo lo que estoy temiendo, también le perteneciera a ella.
—No tienes que cargar con todo, Ranma. No siempre tienes que protegerme. —Sus palabras caen con suavidad, pero tienen el peso de algo más profundo. Me lanza una sonrisa triste, un destello de calidez en medio de nuestra tormenta—. Yo también voy a luchar, y lo sabes.
Esas palabras me golpean con una fuerza inesperada. Como si el peso de todo lo que he estado llevando sobre mis hombros durante todo este tiempo se aligerara un poco, solo por un instante. Miro sus ojos, y por un momento siento que no estoy tan solo en esto como creía.
Cuando salimos del ascensor y entramos al pent-house, Tofu y Hinako ya están allí. La cara de Tofu está seria, como siempre, y la de Hinako... bueno, ella tiene esa sonrisa deslumbrante que nunca me termina de gustar. La escucho canturrear en su típica voz chillona, y decido no preguntar. Prefiero evitarlo.
—¡Lo hicieron magnífico, mis queridos! Y miren, les han conseguido una pareja a juego. —Hinako señala, y sigo su mirada. Entonces los veo. Una pareja de avoxes. La chica pelirroja del año pasado, y junto a ella, un chico igual de pelirrojo. Mi corazón se detiene por un segundo al reconocerlo. Un escalofrío recorre mi espalda, y siento la mano de Akane apretándose con fuerza en la mía. Ella también lo ha reconocido.
Aún recuerdo la última vez que lo vi: inconsciente, tirado en la plaza del distrito mientras Ukyo se desangraba. El chico, el nuevo avox, es Darius.
Tofu coloca una mano sobre mi hombro, un gesto de advertencia, recordándome que no debo decir nada comprometedor. Pero no es necesario, porque me he quedado tan mudo como Darius. Los recuerdos del Quemador vienen a mi mente como una punzada en el pecho. Darius, antes un agente de la paz, coqueteando con Ukyo, gastándome bromas. Me caía bien, realmente lo hacía, pero ahora todo eso se ha desvanecido, y lo único que queda es la amarga realidad de lo que es ahora: un esclavo mudo, condenado a vivir en silencio. Yo y Akane, condenados a una muerte segura.
El pensamiento me golpea con fuerza. Si Darius no nos hubiera conocido, si no hubiera estado allí ese día, tal vez las cosas habrían sido diferentes. Si yo hubiera estado allí para proteger a Ukyo, él no habría tenido que enfrentarse a Thread para defenderla. Y ahora… no sería un avox. Todo lo que me queda es este sentimiento de culpabilidad que me ha robado la poca paz que me quedaba.
Suelto la mano de Akane, incapaz de soportarlo más. ¿Cuántos más tienen que sufrir terribles consecuencias por mi culpa? Me marcho de inmediato, apresurándome a dirigirme a mi antiguo dormitorio, donde cierro la puerta con pestillo. Me encierro en mi miseria, sentado en la cama, mientras las luces de mi traje se apagan lentamente, como si también la última chispa de esperanza se desvaneciera conmigo. La oscuridad me envuelve, y no hay consuelo hasta que me llaman para la cena.
Durante la cena, hay un momento que casi me quiebra. Sin querer, tiro mi plato al piso, y Darius, sin palabras, me ayuda a recogerlo. Un simple gesto, un pequeño acto de reconocimiento, como si no me culpase por su destino, casi me rompe por completo. Pero, al mismo tiempo, me quita un peso enorme del pecho, como si por un instante me liberara de toda la carga que llevo encima.
Más tarde, vemos la repetición del desfile. Akane intenta quedarse a mi lado, dándome ánimos, pero ella no entiende lo que realmente significa Darius para mí. Ella no lo conocía como yo o Ukyo. La sola presencia de ese chico pelirrojo, de su mirada vacía, me recuerda todo lo que perdí, lo que Ukyo sufrió, lo que Darius perdió.
Cada vez que lo veo, lo único que puedo recordar es a Ukyo, castigada por mi culpa. La imagen de su espalda hecha pedazos, la lengua mutilada de Darius… Todo eso es mi culpa. El peso de cada uno de esos recuerdos me hunde más y más.
Por la noche, no tengo fuerzas para ir al cuarto de Akane. Necesito estar solo, procesar todo esto a mi manera, un último adiós a la versión de mí mismo que todavía creía que podía escapar de la sombra de lo que soy ahora. Ya no soy el mismo. Ya no soy el que no había sido vendido, el que no era un asesino ni un vencedor. El recuerdo de las bayas en mis manos, manchándolas de púrpura, ese estúpido plan que nos condenó a este destino, me martillea una y otra vez. La oscuridad de la noche es el único lugar donde puedo encajar mis pensamientos, donde puedo perderme en el eco de mis propios errores.
Poco después de acostarme, escucho un golpe suave en la puerta. Es Akane, lo sé. Pero no quiero ni puedo verla esta noche. El peso de todo esto me aplasta demasiado, y mi mente sigue girando en círculos. La noche está plagada de pesadillas. No he dormido casi nada. La culpa, el miedo, el dolor, se mezclan en mis sueños y despiertan, sin piedad, en cada rincón de mi mente.
Akane
Mientras el elevador desciende, siento el calor que irradia el cuerpo de Ranma, tan cerca que por un instante me olvido de dónde estamos. Su mano, firme y cálida, envuelve la mía, y esa fuerza silenciosa en sus dedos parece querer decir que todo estará bien. Pero sabemos que no es tan sencillo. Desde que Tofu nos presentó su plan esta mañana, me esfuerzo en pensar en cada detalle, en cada variable… en cada traición posible. Necesitar aliados me da escalofríos, pero lo que sea con tal de que Ranma salga de la arena con vida. Me basta mirarlo para recordar que él, pese a su fuerza, sigue sin entender hasta dónde estoy dispuesta a llegar por él. Y aunque estoy un poco dolida por su rechazo de la noche anterior, lo entinendo y no quiero presionarlo. A mi tambinén me impacto terriblemente lo de Darius.
¿Entonces estás lista para unirte a la manada de profesionales? —pregunta él, rompiendo el tenso silencio entre nosotros.
Suspiro antes de contestar, tratando de controlar la ansiedad que llevo dentro. —Sí, no hay más remedio. Nos hiciste entrenar como profesionales, así que, supongo, es lo lógico.
—¿Confías en ellos? ¿En los tributos del 1, 2 y 4? —susurra con un tono que deja claro que su confianza es mínima—. Digo, creo que podemos confiar en Shampoo, pero en los demás, no estoy tan seguro.
Hago una mueca, recordando el numerito de Shampoo con sus terrones de azúcar del día de ayer.
—No realmente, pero, como dijo Tofu, es nuestra mejor oportunidad. Estamos en desventaja. Todos se conocen; nosotros somos los desconocidos, los favoritos del público, pero eso también nos vuelve el blanco perfecto. No tenemos opción, Ranma.
Le doy un apretón en la mano mientras lo miro, tratando de que entienda la necesidad. Veo cómo frunce el ceño, desviando la mirada de la mía, antes de soltar un suspiro derrotado.
—Está bien, pero no necesariamente tenemos que ir por lo clásico —murmura, como si su mente ya tejiera una estrategia distinta—. No es obligatorio escoger a los hermanos Tatewaki o Ryu y Enobaria del 2. Podríamos formar nuestra propia manada… ¿qué opinas? Después de todo, todos somos Vencedores ¿no?
Asiento, sopesando sus palabras. Su idea podría funcionar. Elegir a nuestros propios aliados, lejos de las alianzas típicas, nos daría una ventaja, tal vez incluso una oportunidad de crear algo con más control. —De acuerdo. Entonces, ¿qué te parece si hoy elegimos posibles candidatos para nuestra manada?
Ranma me observa, y en su mirada veo el mismo destello de determinación que siento dentro de mí. No hace falta que lo diga en voz alta: cada elección que hagamos será una apuesta de vida o muerte. Y aunque él no lo sepa, estoy dispuesta a arriesgarlo todo para mantenernos con vida.
Cuando las puertas del ascensor se abren, una parte de mí se tensa, temiendo haber llegado tarde al primer día de entrenamiento, pero respiro un poco más tranquila al ver que los tributos del 2 aún están en una esquina, charlando animadamente en lugar de entrenar. Sin embargo, esa calma desaparece en cuanto los reconozco.
Enobaria aparenta unos 30 años, igual que su compañero Ryu. Recuerdo que ganó sus Juegos desgarrando la garganta de un tributo con sus propios dientes, un momento tan icónico que luego decidió afilarse los dientes y ponerse incrustaciones de oro en los colmillos, volviéndose aún más temible y popular entre los fanáticos del Capitolio. A su lado, Ryu es igual de escalofriante. Su mirada penetrante me eriza la piel. Ganó los 62 Juegos del Hambre, dejando una marca brutal: fue uno de los vencedores más grotescos, y recuerdo fragmentos de los videos. Violó, canibalizó y desmembró a sus oponentes. Solo verlo me hace comprender que no hay manera de que confíe en él. Ni en sueños lo quiero en mi manada.
A poco más de las 10 de la mañana, apenas ha llegado la mitad de los tributos. Después de que Atala, la mujer encargada de los entrenamientos, nos diera su típico discurso sobre el protocolo, nos deja libres para entrenar en los diferentes puestos disponibles: técnicas de combate, supervivencia, nudos, fogatas, etc. Ranma y yo decidimos separarnos para cubrir más terreno y conocer mejor a los otros vencedores.
Llego al puesto de los nudos, y el entrenador me recuerda al del año pasado. Es un sitio tranquilo, casi vacío, lo que me gusta, ya que no soy fan de la multitud. La mayoría se agrupa alrededor de los puestos de combate o de armas, y este es uno de los menos visitados. Echo un vistazo a Ranma, que está arrojando lanzas frente a la mirada escrutadora de Chaff y Ryu. Para cuando vuelvo la vista al entrenador, noto que me considera una alumna avanzada tras mi desempeño en los Juegos anteriores. Le pido que repasemos todos los nudos que podrían servirme esta vez ya que necesito perfeccionar mis habilidades para cualquier situación.
Mientras lucho contra un nudo particularmente complicado, siento unos brazos rodeándome por detrás. Antes de que pueda reaccionar, unos dedos ágiles terminan el nudo con facilidad.
—Ryoga —musito, sintiendo cómo una incomodidad me recorre al instante. Él, el vencedor del 7, tiene la costumbre de aparecer en los momentos más inesperados. Durante toda su niñez estuvo trepado a los árboles de su distrito para talarlos, y esos músculos trabajados lo hacen un experto en todo lo que tiene que ver con cuerdas.
Sonríe de forma confiada, y en un movimiento fluido, hace algunos nudos más complicados, luego finge ahorcarse con la cuerda, para divertirme. Su cuerpo semidesnudo del día anterior aparece en mi mente como una imagen fugaz, y mis mejillas se tiñen de rojo sin que pueda evitarlo. Por supuesto, él se da cuenta y suelta una carcajada profunda que me hace rodar los ojos antes de marcharme, intentando que no vea mi vergüenza.
Me dirijo hacia el puesto de fogatas, sabiendo que soy buena para encender fuego, aunque aun dependo mucho de los fósforos. Le pido al entrenador que me enseñe a usar un pedernal y otros métodos, algo que necesito perfeccionar para asegurarme de no perder tiempo en la arena.
Tardo un poco más de lo esperado, pero finalmente consigo encender el fuego. Sonrío con orgullo, satisfecha con el resultado. En ese momento, dos pares de manos comienzan a aplaudir mi éxito. Me giro, sorprendida, y veo a Hikaru Gosunkugui y Kogane Musashi, los vencedores del 3. Son de estatura baja, con piel ceniza y cabello negro y lacio. Ambos parecen estar entre los 40 y 50 años, pero lo que más me sorprende es la calidez en sus miradas, algo que no he visto en muchos de los demás tributos.
—Buen trabajo —comenta Hikaru, sonriendo de manera amistosa.
—Impresionante —añade Kogane, asintiendo con aprobación.
Estoy a punto de marcharme, pero me detengo. Aunque me gustaría seguir con mis entrenamientos, me siento atraída por la idea de pasar un poco más de tiempo con ellos. No me causan el mismo terror que los tributos del 2, y pueden ser una opción interesante para nuestra manada. Después de todo, no todos los Vencedores tienen que ser como los demás.
Continuara…
Y bien, hasta aquí lo dejamos por esta ocasión. ¡Espero que les haya gustado el capítulo! En el próximo capítulo veremos las entrevistas y la entrada a la arena. Estoy emocionada; ojalá ustedes también… spoiler: en el próximo capítulo habrá un poquito de limoncito, así que ya están advertidas, jejeje. Prepárense para la suculencia.
Mil gracias, como siempre, por sus reviews. No saben lo feliz que me hacen sus palabras; los leo con una sonrisa en los labios. ¡Los TQM! Y ahora, sin más, agradeceré a cada uno de ustedes.
Gracias a:
Lucitachan: Holis bonis, no os preocupéis, agradezco que te tomes el tiempo, aunque estes cansada para dejarme un mensajito, ya te lo he dicho es super motivacional para mí, leerte. Cool que te haya gustado la escenita en la cama (imagina mis cejitas en un movimiento sugerente… golosa) y si, supongo que era un poquito obvio lo de los nuevos tributos. Tengo planecillos para cada uno de ellos mas adelante en la historia, algunos quizás tendrán los mismos papeles que sus homólogos del libro, otros no tanto. Abracitos cibernéticos chula.
Benani0125: Hola, hola guapa ¡bienvenidisima! Que gusto leerte, secundo la moción, démosle sus buenas nalgadas al chamaco y unas mordidas de pompa también, porque no, jejeje. No perdamos la esperanza, Tofu es super inteligente, aunque sea bien borrachote, sabe lo que hace, ojalá te haya gustado la actualización. Saluditsimos bella… y por supuesto, heme aquí comiéndome una donita rellena de frambuesa de las Krispy y por supuesto con su respectivo cafecito.
Darkarinita: Primero que nada, Hola guapa, segundo OMAIGA, ¿porque no me habías corregido con tu nombre? había estado llamándote "Darkanita", que oso, jajajaja. En fin, ya corregido el asunto y las disculpas dadas, a darle. Que bien que te gustó el capi anterior, todas estamos decepcionadas por esa interrupción desatinada de Hinako y por el eeeeextenso juego previo del muchacho, como bien escribió Benani0125, hay que nalguearnos al chamaco, jajaja. Espero ansiosa tus comentarios a este capítulo. Saludines bella.
Invitado anónimo: Primero ¡Holis bonis!... segundo ¿quién eres? No me dejes con la duda, para la próxima, (porque tengo fe en que habrá una próxima, jejeje) aunque sea dime tu nombre, please. Saludines y gracias por tu review.
Morix2: Hola, hola chulada… primeritsimo, gracias por tu review, segunditsimo, jamás te diré quien será secuestrado ¿Ranma? ¿Akane? ¿Ambos? ¿Ninguno? I don't know...bueno sí sé, pero no te voy a decir, jajajaja. Que genial que te este gustado la historia y, como bien ya dije a nalguearnos al muchacho por leeento, y unas mordiditas también se permiten, en the buttock, jejeje. Saluditos bella.
Sin más por el momento nos leemos en el próximo capítulo, saluditos, bye, bye.
