Cuando Candy comenzó a caminar por las escaleras que le llevaban a la habitación, jamás se imaginó que la residencia, poseía un pasillo que desplegaba un preludio a la elegancia.

En una sinfonía de colores, donde sobresaltaba el blanco como rey indiscutible, de la decoración.

El pasillo se encontraba dotado de columnas que bien podrían sostener el mismo cielo, era como estar en una de esas casas que solo se veían en las revistas de decoraciones, se dijo mientras continuaba analizando cada detalle del lugar.

El brillo del pulido suelo de madera refleja la luminosidad celestial de las lámparas sutilmente distribuidas, como estrella, guiando hacia un oasis de tranquilidad; misma que deseaba con desesperación.

Ella se fijó en cada elemento, desde los zócalos hasta el techo, todo ha sido dispuesto con un cuidado que habla de un esmero personal, como si cada detalle fuera parte de un gran secreto; entonces la imagen de la dueña de la casa vino a su mente.

Recordó a la mujer que protegió su familia y deseó tener a alguien que hiciera lo mismo con ella.

«Esta es una casa que cuenta historias en cada rincón», pensó mientras seguía a Nana Ponny, quien hablaba sin parar. La mayor, se encontraba explicando y haciendo mil y una preguntas a la chica.

Descubrió que la joven tenía deseos de seguir su carrera y superarse, que era huérfana y que aún no había visitado por primera vez al doctor. Sintió que la conocía de antes y deseaba saber más de Candy. Un sentimiento de querer cuidarla se creó en ella y en ese momento entendió lo que Anthony sintió.

Llegaron a la puerta del final del pasillo y la nana abrió para darle paso y entrar a la que era la habitación de su aún esposo. Al adentrarse al dormitorio fue recibida por la majestuosidad de la oscuridad combinada con la sutileza del lujo moderno.

Contrastaba con todo lo demás, poseía una atmosfera casi teatral.

El techo, grandiosamente alto y suntuoso, haciendo juego con paredes en gris oscuro y suaves líneas doradas, narrando una historia de tranquilidad y reposo.

El mobiliario era minimalista y elegante, como su dueño. Daba una sensación de orden y serenidad junto a los toques de luz cálida emitidos por las lámparas colgantes a los laterales de la enorme cama.

Se imaginó leyendo en ella o abrigada mientras miraba por el amplio ventanal caer la nieve.

Avistó a su derecha y el fuego chisporroteaba dentro de la moderna chimenea, sirviendo como el corazón viviente de la recámara, cuyo único mueble en tono escarlata invitaba a reposar y entonces se dio cuenta de que estaba cansada.

«Es como Terry, sobrio, elegante, majestuoso y diferente a los demás», pensó sin dejar de analizar cada objeto de aquel lugar.

—Voy a pedir, te sirvan algo de comer —dijo nana Ponny, mientras movía el equipaje de la chica que habían dejado en la entrada y lo colocaba dentro del armario— y en esa puerta está el baño. —Señaló y en seguida se dirigió a la salida.

—Muchas gracias —contestó con una sonrisa que la mujer juró haber visto antes. Era difícil no sentir algo por la rubia que con su mirada franca y su actitud demostraba que no estaba tras el dinero de su niño.

Ella se retiró, dejándola sola con sus pensamientos y con la determinación de darse una ducha para despejar la mente.

Candy seguía aún molesta con Terry, era un hombre egoísta, soberbio y muy arrogante. Pero también era obscenamente guapo, le gritó una voz en su interior.

Sacudió la cabeza como queriendo borrar de su mente todos aquellos pensamientos causados por las hormonas. Porque era la única respuesta a lo que le producía el castaño. No, no lo era, la verdad que el hombre era un dios griego en la tierra.

Era hermoso, demasiado.

Definitivamente, eran las hormonas; se recriminó.

—Estoy en un callejón sin salida —susurró.

Inhaló fuerte y entonces cerró sus ojos por unos segundos.

«¿Quizás es su perfume impregnado en esta habitación lo que me tiene así?», se preguntó mientras buscaba sus pijamas.

Ella no debía pensar en Terrence Granchester en esos términos, no obstante, estaba en su habitación, algo que jamás imaginó.

Su estómago comenzó a rugirle como si tuviese una pelea de gatos dentro, hacía rato que no llevaba nada a su boca y no iba a negar que tenía mucha hambre.

Debía descubrir quién había puesto la droga en las bebidas, para que todo volviese a ser como antes y su nombre quedara limpio.

Estaba ahora junto a Richard, su suegro, quien era su única oportunidad de lograrlo.

Otra vez los gritos de su estómago la sacaron de sus cavilaciones y decidió comenzar a prepararse para cuando volviese Nana Ponny con algún alimento que rogaba poder tomar sin tener que correr al baño.

Candy tocó su plano vientre y sintió que su bebé era lo único que la anclaba a la realidad, lo único a lo que aferrarse en aquel lugar.

El gris de sus ojos brillaba ante los sentimientos que llenaban en este instante, amaba como a nadie a su esposa, ella había llegado a su vida después de una tormentosa relación que le marcó y le dejó con un hijo, a quien le tocó criar sin tener idea de ser un padre soltero.

Rosmery fue su oasis en medio de la tormenta que su exesposa hubo creado.

– Esa muchachita tiene todo mi apoyo –dijo con una mirada que le dejaba saber que no estaba jugando– Al igual que Anthony, la voy a proteger.

– ¿No puedo creer lo que estás diciendo, Richard? Es que no me cabe en la cabeza ¿Cómo esa muchacha se está metiendo con los hombres de esta familia? –gritó Rosmery– ¡Estarás de lado de esa mujer y no de tu hijo! –expresó su desagrado ante la decisión que confesaba su esposo.

– ¿A caso no ves la situación en la que ella está? –Alzó la voz un tono más de lo que le hubiese gustado– ¿Qué te pasa Rosmery?, no eres así –Se movió hasta la mesa de bebidas, tomó un vaso y se sirvió un whisky.

No había ingerido más de un sorbo cuando lo dejó junto a la botella.

El alcohol no era la solución a los problemas, y aprendió que unos tragos de más, pueden ser perjudicial para el futuro– comprendo la actitud de Terry, no la comparto –aclaró de inmediato–, sin embargo, no entiendo la tuya.

– ¿A caso no te acuerdas cómo lo encontré luego de la partida de su madre? –expuso entre dientes– No hablaba, se sentía culpable porque Eleonor les había dejado y ¿quieres me quede de brazos cruzados cuando viene una mujer y le hace lo mismo? –Siguió caminando por todo el estudio.

– No es igual –susurró entre dientes– Ella no es Eleonor, no está actuando por el dinero o por la posición social que logra al ser la esposa de mi hijo –se acercó a Rosmery para abrazarla, caminar con ella hasta el sillón y luego proceder asentarla en sus piernas.

– ¿Quién te lo asegura?

– Los hechos, amor –le dijo de forma suave en la mejilla– Candy no ha pedido ni un solo dólar de la cuenta de los Granchester –continuó acariciando su pelo rubio– Únicamente ha aceptado el trabajo que les dije hace un momento y pidió que no se mencione que es la esposa de mi hijo –Continúo acariciando su pelo y entonces, el color rubio le trajo a su mente otro cabello, pero más rizado.

Un extraño sentimiento llegó y una duda le cubrió por un instante.

– No quiero que nuestro hijo sufra. –Le interrumpió los pensamientos al hombre mientras le hablaba en un tono de miedo y angustia.

– No lo habrá –aseguró– Ella es diferente y me gustaría que todo se arreglara para que ellos pudieran estar juntos como pareja y mi nieto no sufra de tener padres separados.

– ¡Un bebé! –exclamó con brillo en sus ojos verdes.

– Nuestro primer nieto y como van las cosas con Anthony, no creo que nos haga abuelo pronto.

– Me preocupa la forma en que la defendió –musitó la mujer en un tono angustiado.

– Yo me encargo de eso –dijo y ella sonrió sabiendo que podía contar con su esposo de forma incondicional y que trataría a Anthony como si fuese su hijo sin importar que estuviera de por medio Terry– solo quiero saber una cosa– pidió haciendo que la espalda de la mujer se erizara por el tono tan agudo que uso– ¿Por qué estás actuando con ella de esa forma?

La rubia se tensó por un instante, no sabía como expresar lo que sentía sin que su esposo la juzgara o pensara diferente de ella.

– Vamos, dime –pidió con tono suplicante.

– Desde que todo esto comenzó – Respiró profundamente para encontrar las fuerzas que necesitaba– No he parado de tener un dolor en el pecho que me ahoga.

– ¿Por Terry o por el pasado? –indagó y la verdad que el la conocía bien.

– Yo –balbuceó para continuar hablando, debía que ser franca, Richard merecía eso y más, sin embargo, este no era el momento. no estaba lista para sacar aquello que aún le trastornaba– Todo lo que le está sucediendo a Terry me tiene intranquila. – Cerró sus ojos en espera a lo que diría su esposo.

– Es normal que esta situación te llevé a tener estrés, amor, no obstante, debes tratar de ser objetiva y dejar esos sentimientos a un lado por el bien de nuestros hijos.

Rosmery colocó su cabeza en el pecho de su marido tratando de pensar si realmente era la situación de Terry que la tenía así o los fantasmas de un pasado que no la dejaban en paz.

Abrió lenta y silenciosamente la puerta de su recámara, no sabía qué esperar.

Candy estaba ahí, en su habitación.

En el transcurso, nana Ponny le había informado de la condición de su esposa y otros detalles, además de una breve advertencia sobre como debía cuidar a una mujer embarazada.

— Nada de hacerla llorar o me tendrás detrás de ti con la escoba —le amenazó.

«La pecosa se había echado en el bolsillo a su padre, nana y a su hermano», pensó mientras se adentraba y para su sorpresa no vio a la dueña de sus pensamientos en su cama, como había esperado.

Por segundos le pareció que la habitación estaba vacía, no se oía ruido alguno y no la veía por ninguna parte, entonces caminó hasta el mueble escarlata frente a la chimenea y allí acurrucada en posición fetal la encontró.

«Debe tener frío», pensó y acercándose a ella, miró como las llamas de la luz del fuego besaban su rostro, lo que le permitió ver la constelación de sutiles pecas que salpicaban su nariz.

Quizás sonaría inverosímil, pero jamás había visto marcas tan bellas en el rostro de una mujer. No en una con la que él hubiera estado. Todas aquellas con las que se relacionaba se afanaban por ocultar cualesquier cosas que no estuviesen "perfectas" tras generosas capas de maquillaje.

Era natural y fue eso lo que en ese viaje le despertó la curiosidad por saber más de ella. Pensó que Candy era una mujer guapísima, su esposa, aunque fuese de la forma en que se hizo.

Lucia como una delicada muñeca de porcelana. Frágil. Como si pudiese romperse en cualquier momento. Se veía indefensa, acurrucada en su sofá.

Su pelo era largo, denso, muy abundante y tan rubios, cuáles rayos del sol.

«¿Cómo sería su cabello suelto en mi almohada?», pensó.

Ella le había parecido distinta desde que se sentó junto a él en el avión. Era la primera vez que hablaba con una mujer más de una hora y le había gustado.

No tenía nada que ver con las que acostumbraba a salir. No lo iba a negar más... Su esposa le atraía demasiado.

Era hermosa, diferente a cualquier otra mujer que hubo conocido. Suavemente, acarició su cara y luego dejó que su dedo rozara sus labios.

Repasaba cada ángulo de su rostro como si quisiera tatuárselo en la memoria. Tenía la sensación de que ella le pertenecía, que era suya y para su bien o mal un papel confirmaba que estaban casados y el bebé en su vientre que realmente era su mujer.

Su padre había dicho que no quería que nadie supiera en la empresa que estaban casados, lo que significaba que no buscaba subir de estatus social como pensó en un principio, tampoco había aceptado dinero cuando firmó el divorcio.

—¿Qué tan real eres, Candy? —susurró mientras tomaba la decisión de cargarla en sus brazos y llevarla a la cama. Una vez más sus fosas nasales se llenaron del perfume a rosas que tanto había deseado en las últimas semanas.

No se había fijado de lo pequeña que se veía en sus brazos.

Estaba delgada, su cuerpo era muy liviano y entonces, como si fuese un rayo de luz, recuerdos de algo parecido llegó a su mente.

Se vio cargándola, besándola mientras entraba a su habitación de hotel en Las Vegas. Otras imágenes un poco más subidas de tono llegaron a el y entonces sintió que las cosas cambiaban.

Su cuerpo se tensó y sus labios se extendieron en una línea.

Sus recuerdos estaban volviendo. Quizás este sería el inicio de descubrir toda la verdad.

OoOoOoO

Hola, tarde pero segura... No me han enviado Berrutimotivación... Echen la culpa a Palas...

Alguien está recordando. ¿Qué creen que pasará?