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CAPÍTULO 10
—ERES un completo estúpido. ¿No te dije que no debíais hacerles ningún daño?
—Di órdenes precisas a mis muchachos, pero ellos no tuvieron más remedio que acabar con él. Estaban en peligro sus propias vidas.
—¿Las de esos miserables que son tus secuaces? Todas sus vidas juntas no valen la ropa que llevo puesta.
—Fue en defensa propia. Ni yo mismo puedo recriminarles su actuación.
—Grrr... esto cambia sutilmente las cosas. Tendré que pensar muy bien cómo llevar este asunto a partir de ahora. La inconsciencia de tus hombres ha desbaratado el plan que en un principio me había trazado.
—Puede que, incluso, os sea beneficioso lo que ha sucedido —sugirió el interlocutor.
—Quizá, pero ahora mismo no puedo pensar con claridad. Ya sopesaré más adelante los pros y los contras. Ahora bien, aparte de este, digamos... «pequeño contratiempo», ¿habéis seguido el resto de las órdenes al pie de la letra? ¿O tus hombres también cometieron otro imperdonable error?
—En eso os equivocáis. El paquete ya ha sido entregado.
—No os verían al dejarlo, ¿verdad?
—¡Claro que no! Nos cuidamos mucho de hacerlo por la noche, cuando los guardias estaban de ronda.
—¿Algo digno de mención?
—Bueno, sí. Tuvimos que aguardar varias horas hasta que llegó el momento propicio. Las defensas del castillo han sido reforzadas tras el incidente, por lo que resultaba muy complicado acercarse sin ser vistos. Estuvimos esperando largo tiempo hasta que, aprovechando un cambio de guardia, lo depositamos en el sitio indicado.
—¿Estás seguro de que recibieron el mensaje junto con el paquete?
—Por supuesto. Dos de mis hombres permanecieron al acecho tras los arbustos hasta que lo recogieron. Se formó un pequeño revuelo y pusieron el castillo en alerta. Mandaron una partida para inspeccionar los alrededores, así que los chicos tuvieron que alejarse un poco para no ser descubiertos. Sin embargo, llegó el amanecer y nadie volvió a salir de allí. Os puedo asegurar que no van a soltar el regalito tan fácilmente.
—Perfecto. De cualquier modo, creo que acabo de tener una idea genial.
—¿Qué idea?
—Te lo contaré más adelante.
Viendo cómo habéis trabajado hasta el momento, prefiero dar el siguiente paso yo mismo. Así me aseguraré de que no se comete ningún otro fallo. Pero debo actuar rápido. ¿Dónde dejasteis el cuerpo?
—Oculto entre los matorrales del claro. ¿Qué pretendéis hacer exactamente?
—Lo sabrás a su debido tiempo. Tengo que organizarlo todo para que mi plan resulte perfecto, y debo hacerlo ya. Nos veremos dentro de una semana en el lugar convenido. Por ahora, procede como siempre.
—¿Y qué se supone que debemos hacer mis hombres y yo?
—Lo que te acabo de decir, estúpido: Nada. Si todo ha ocurrido tal y como me has explicado, queda muy poco para que el pez muerda el anzuelo. Nosotros ya hemos movido nuestro peón. Ahora le toca a él.
* * *
Anochecía sobre el castillo de Lambtonhouse cuando un grupo de jinetes entró al galope a través del puente levadizo y se detuvo al llegar al patio de armas. El hombre que los encabezaba hizo girar a su caballo, describiendo una circunferencia completa, para abarcar con la vista todo el perímetro. Furioso, descubrió una gran mancha negra en el suelo, en el mismo lugar donde antiguamente estuvieron ubicadas las caballerizas. Soltó una maldición al corroborar que el muchacho que le enviara su cuñada no había exagerado en absoluto.
Lord W. Albert Darcy se mantenía erguido, su enorme y musculoso cuerpo elevándose imponente sobre la gran bestia negra, mientras agarraba la perilla de la silla con una sola mano en una clara actitud amenazadora. Parecía un conquistador, allí parado en medio del patio con un rictus severo y acusador en sus labios. La brisa de la tarde agitaba ante su rostro largos mechones de cabello rubio, dificultándole por momentos la visión a sus insondables ojos celestes, pero él permanecía impertérrito al azote del viento. Su poderoso mentón se alzaba en claro signo de superioridad, exhibiendo orgulloso una nariz aristocrática perfectamente cincelada. Aquél era un rostro de facciones perfectas, pero distorsionadas por una pétrea mirada de extrema crueldad.
Aguardó unos minutos montado en su semental con la vista al frente, fija en la torre norte, la zona más devastada por el ataque. Cuando decidió que su exhaustivo examen había concluido, desmontó el caballo y se dirigió al interior del castillo.
Gideon, el jefe de los sirvientes, lo esperaba impaciente junto a la puerta.
—Milord, gracias a Dios que habéis llegado tan rápido. Creíamos que tardaríais unos días más en acudir.
—Gideon, ¿qué es lo que ha sucedido?
—Algo terrible, mi señor. Hace dos días, nos atacaron en plena noche y... podéis ver con vuestros propios ojos cómo dejaron el castillo.
—¿Dónde está mi hermano? Me inquietó mucho que el mensaje no fuera enviado por él, sino por lady Annie.
—Mi señor, lord Andrés... ha desaparecido. No hemos vuelto a verlo desde el ataque.
—¿Cómo es posible? —tronó Albert—. ¿Cómo puede haber desaparecido sin dejar rastro?
—Mucho nos tememos que los forajidos puedan habérselo llevado.
—¿Han reclamado algún rescate?
—No, milord. No tenemos ninguna noticia al respecto.
—¿Y cómo lograron entrar? Este castillo es poco menos que inexpugnable —masculló.
—Aún no lo conseguimos entender, mi señor. Nos tomaron por sorpresa. Pero murieron muchos hombres al intentar defender los muros.
—¿Cuántas bajas ha habido?
—Entre los que murieron esa noche y los malheridos que no aguantaron las terribles lesiones que sufrieron, han fallecido treinta y cinco hombres y dos mujeres.
—¿Mujeres? ¿También se ensañaron con ellas? —El rostro de Albert se crispó de ira.
—Milord, esto es algo muy desagradable para mí, pero vuestra abuela...
—¿Elroy? —musitó, sin poder creérselo.
—Efectivamente. Hallamos un cuerpo calcinado en su habitación. Es una gran desgracia.
—Malnacidos... Lo pagarán muy caro...
—Eso no es todo —lo interrumpió—. Aparte del saqueo y de los asesinatos... esos indeseables perpetraron infinidad de violaciones. La mitad de nuestras mujeres están seriamente traumatizadas.
Albert clavó la vista en el mayordomo. Tenía que preguntarlo, pero...
—¿Lady Annie...?
—Ella también fue víctima de esos villanos, pero no sabemos con certeza qué ocurrió dentro de sus aposentos. Lady Annie no ha querido explicarnos nada.
—¿Dónde está? —preguntó con impaciencia.
—En su alcoba, esperando vuestra llegada.
Albert no quiso oír nada más. Dirigiéndose hacia la torre del homenaje, comenzó a subir los peldaños de tres en tres, y cuando llegó a la entrada de las habitaciones de su hermano descubrió que la puerta había desaparecido. Entró como una exhalación y la vio; sentada junto a la ventana, con la mirada perdida.
La cólera surgió al percatarse de que su rostro estaba completamente magullado.
—Annie...
La mujer giró la vista rápidamente hacia aquella penetrante voz. Unos ojos celestes, la contemplaban con benevolencia e incertidumbre, aunque en lo más profundo de sus pupilas distinguió otro sentimiento mucho más fuerte: venganza.
—Albert, has venido... —Annie se levantó del taburete y corrió a llorar entre sus brazos.
—Tranquila..., ya estoy aquí. Ahora no tienes nada que temer —respondió incómodo, sin saber dónde colocar sus manos. Albert odiaba cualquier tipo de demostración afectiva. Indeciso, cerró sus musculosos brazos en torno a la delicada espalda de Annie y la acogió con delicadeza en su fornido pecho.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Annie entre sollozos desgarradores—. No sé dónde pueden haber llevado a Andrés. Estoy tan asustada...
Él la separó brusquedad de su cuerpo. Su mirada transmitía una feroz determinación.
—Lo encontraremos, Annie. De eso no te quepa duda alguna. —Albert fijó sus ojos en el perfil de su cuñada. Con cierto temor y vacilación, acercó la mano hasta su amoratada mejilla y la acarició con los nudillos—. Dime, ¿qué... qué te hicieron?
—No quiero hablar de ello. —Annie apartó la cara, rompiendo así el contacto de esa tenue caricia—. Lo que de verdad importa ahora es encontrar a mi esposo.
—Como tú desees —contestó él con acritud y, sin más, salió de la habitación. Sabía que si se quedaba allí más tiempo le exigiría una explicación exhaustiva de lo sucedido, a pesar de que ella aún no estaba preparada. Por el momento no quería presionarla, así que no insistió, aunque en lo más profundo de su ser ansiaba conocer todos los detalles para decidir con exactitud cómo darles muerte a los que habían osado tocarla.
* * *
Lo primero que hizo Albert tras abandonar los aposentos de su hermano fue organizar varios turnos de vigilancia con los guardias que quedaban disponibles, reforzando todas las posibles entradas con una doble defensa. Nadie se acercaría a menos de doscientos pies de las murallas sin ser visto. Después, estuvo hasta bien avanzada la noche haciendo inventario de las pérdidas materiales e interrogando a multitud de personas, ya fueran aldeanos o sirvientes, para recabar cualquier tipo de información que pudiese serle de utilidad. Sin embargo, su esfuerzo fue en vano: nadie sabía nada.
Agotado por el duro trayecto que había soportado para llegar desde sus tierras a pleno galope, subió a sus habitaciones. Necesitaba descansar un poco mientras se tomaba una buena copa de vino y planeaba sus siguientes movimientos. Al día siguiente, con las primeras luces del alba, comenzaría la búsqueda de Andrés. Enviaría partidas de reconocimiento en un perímetro de cien millas a la redonda, pero para eso precisaría de la dotación que aún no había llegado.
Aunque sólo quería relajarse un poco, el cansancio lo venció y, minutos después, cayó dormido mientras estudiaba su plan de actuación.
Despertó sobresaltado al sentir una presencia a sus espaldas. Instintivamente echó mano a la empuñadura de su espada, y ya estaba desenvainándola cuando una voz familiar lo detuvo.
—Espera, Albert. Soy yo, George.
—¿Qué ocurre? ¿Nos atacan? —Al instante se levantó del asiento y aguzó todos los sentidos.
Un cuerpo impresionante de metro noventa y cinco de estatura se erigió en toda su longitud, superando en unos cuantos centímetros la altura de su interlocutor. La noche anterior, poco antes de quedarse dormido, Albert se había quitado la camisa y las botas, así que no llevaba puesta más prenda que un ceñidísimo pantalón de cuero que le marcaba la prominente musculatura de sus pantorrillas. Unos pectorales duros, potentes, perfectamente moldeados eran el preludio de un vientre firme y plano, cintura estrecha y angostas caderas. Ése era el cuerpo de un experimentado guerrero: puro músculo recubierto de una bronceada piel, marcada por numerosas cicatrices, que había sido esculpido durante las interminables horas de entrenamiento y el duro fragor de la batalla.
—Nadie se atrevería a invadir de nuevo este castillo con semejante despliegue —comentó George—. Sin embargo, alguien ha conseguido acercarse lo suficiente sin ser visto.
—¡Eso es imperdonable! —bramó Albert con ferocidad—. ¡Dime qué guardias estaban patrullando y los haré castigar de inmediato!
—Tranquilo, Albert. Todo está controlado.
—Si todo está controlado, ¿por qué has venido a buscarme hasta mis aposentos? —preguntó suspicaz—. Además, ¿cómo sabes que alguien se ha acercado al castillo si no ha sido capturado?
—Porque hemos encontrado algo junto a la garita. Será mejor que lo veas con tus propios ojos. Yo no sé qué hacer con ello.
Albert miró extrañado a su subordinado. ¿De qué estaba hablando?
—Está bien, bajemos. Veamos qué es lo que te ha inquietado tanto.
Cuando llegaron al salón se encontraron de frente con un grupo de seis soldados que tenían la vista fija en un bulto tirado en el suelo. Al acercarse, Albert pudo distinguir la silueta inconfundible de una mujer. Estaba inconsciente, y llevaba unas prendas muy sucias y desgarradas. La mirada interrogante de Albert se desplazó paulatinamente de aquel cuerpo laxo al de su segundo al mando.
—¿Qué demonios...? ¿Por esto me has despertado? ¿Tanto barullo por una simple campesina?
—No dirás lo mismo cuando te fijes en su mano izquierda.
—¿Y por qué debería...? —Lo que iba a decir se quedó en suspenso al mirar la mano de la muchacha. Lo reconoció al instante—. ¿Cómo puede...?
—Es lo mismo que me he preguntado yo cuando lo he visto. Es el de tu hermano, ¿verdad?
Ambos hombres contemplaban hipnotizados el sello que lucía la mujer en uno de sus dedos; dentro de un corazón sangrante, dos leones rampantes se entrelazaban con una serpiente.
—Por supuesto que lo es —afirmó con rotundidad—. Sólo se hicieron dos más, y ambos los tengo en mi poder hasta que le entregue uno de ellos a Neal. No hay duda alguna: es el sello de Andrés.
Un débil quejido, proveniente del suelo, hizo que volvieran a centrar su atención en la mujer. Estaba volviendo en sí. Sin pensarlo, Albert se agachó y empezó a zarandearla. Buena parte del largo cabello de la joven le cubrió la cara, imposibilitando una imagen clara de su rostro.
—¿Dónde está mi hermano? —gritó con furia—. ¿Dónde está Andrés?
—¿Qué...?
—¡Habla ya, mujer! ¿Dónde está? —insistió sin dejar de sacudirla.
—No sé a qué se refiere. Yo...
—¿No sabes de qué estoy hablando? ¿Cómo has conseguido el anillo que llevas en tu dedo? ¿Quién te lo ha dado?
—¿Qué ani...? —Ella, aún confusa, se fijó en su mano izquierda y enmudeció de repente.
—Dime cómo has logrado apoderarte de esta joya.
—Esto... no es mío.
—¡Claro que no es tuyo! —bramó él.
Acto seguido le arrancó el sello de su dedo sin ninguna contemplación
—. La cuestión es: ¿por qué lo tienes tú?
—No lo sé. No... ¡Oh! —exclamó mientras se llevaba una mano a la boca. En aquel preciso momento, lo recordó todo—. Lo han matado, lo han mat...
—¿Que han matado a Andrés? —preguntó alarmado.
—No, no... —respondió entre sollozos—. ¡Han matado a Terry!
—¿Quién es Terry? ¿Y qué tiene que ver él con todo esto?
La mujer lloró durante largo rato.
Aunque Albert le preguntó repetidas veces dónde estaba su hermano y cómo había conseguido el sello, ella no le contestó. Estaba demasiado ocupada en exteriorizar todo el dolor que sentía por la muerte de su esposo. De cualquier modo, con el paso del tiempo aquel angustioso sentimiento fue transformándose en una profunda ira y, desafiante, levantó la barbilla hacia Albert. Con los ojos vidriosos por el llanto, pero llenos de odio e incredulidad, lo fulminó con la mirada.
—¿Cómo han podido...? ¿Por qué...? ¡Lo han matado! —estalló. Se tiró sobre él de forma rabiosa y lo golpeó con los puños cerrados—. ¡Usted! ¡Malnacido!
—¡Quieta, pequeña arpía! —Albert se zafó de su ataque, la redujo con el peso de su propio cuerpo y le inmovilizó las manos por encima de la cabeza. Después le lanzó una mirada asesina—. Vas a permanecer en esta posición hasta que contestes convenientemente a mis preguntas. Y sólo te soltaré si me complacen tus respuestas. Para empezar, ¿tienes algún nombre?
—¡Déjeme en paz!
—No me hagas repetírtelo. ¿Cuál es tu nombre, campesina?
—No soy ninguna campesina —respondió ella con altivez—. Y sí, tengo nombre —forcejeó mientras intentaba inútilmente soltarse de su presa.
—¿Y bien? Estoy esperando, mujer.
—¡No pienso decirle nada hasta que me suelte!
—¿Crees sinceramente que en estos momentos estás en condiciones de negociar conmigo? —Albert rió con una falsa carcajada al tiempo que la miraba con una expresión de profundo asco. Se había sentado a horcajadas sobre ella, ciñendo la cintura de la muchacha con sus poderosos muslos. Como además la tenía sujeta de los brazos, se encontraba totalmente a su merced. Agarró las muñecas de la joven con una sola mano y llevó la otra a su garganta, presionando con fuerza—. ¿Vas a contestarme por las buenas o por las malas?
—Me... me llamo Candy. Candy Graham. —Casi no podía respirar, pero de sus labios surgió por primera vez su nueva y ya obsoleta condición de casada.
—¿Graham? ¿De qué me suena ese apellido? —Albert, confuso, arrugó el entrecejo.
—¿Quiere... quiere soltarme de una maldita vez? Me está ahogando.
La única concesión que le hizo fue dejar de apretar su cuello.
—Una respuesta, una cortesía —comentó con burla.
A base de patadas, Candy intentó desembarazarse de aquel pesado cuerpo que le impedía incorporarse, pero Albert no se lo permitió. Por el contrario, cerró aún más sus dedos alrededor de las muñecas y apretó las rodillas para evitar que siguiera golpeándolo.
—¡Suélteme, escoria inmunda!
—No tientes a tu suerte, mujer. Todavía te quedan muchas preguntas por responder. Además, no es del todo aconsejable que te dirijas a mí de ese modo... —Acercó su cara amenazadoramente hasta Candy, tanto que ella sintió su cálido aliento rozarle la mejilla. Eso, y algo más profundo y peligroso que le provocó una extraña sacudida—. Por tu propia seguridad.
—No entiendo qué pretende conseguir con esto. —Candy apartó el rostro hacia un lado. Ese hombre emanaba peligro por todos los poros de su piel, perturbándola sobremanera.
—Por lo pronto, quiero saber cómo ha llegado a tu poder el anillo de mi hermano.
—¡No lo sé! Nunca antes había visto ese sello. Alguien debió ponérmelo cuando estaba inconsciente.
—No te creo.
—Me da igual que no me crea. ¡Es la verdad!
—Eso ya lo veremos.
Albert terminó por soltarla y se levantó, aunque le indicó con un gesto que no admitiría ningún movimiento en falso por su parte.
Candy masajeó sus doloridas muñecas pero no se incorporó del suelo, temerosa de lo que podría hacerle si lo contradecía.
—Y bien, afirmas llamarte Candy Graham. ¿No tendrás algún parentesco con el conde de Grandchester, el señor de Grandchesterdone?
—¿Se refiere a lord Graham?
—En efecto —afirmó él.
Candy alzó la cabeza al tiempo que florecía una llama de esperanza en su interior. Si él conocía al conde, cabía la posibilidad de que se aclarara aquel desastroso malentendido.
—Soy su nuera. Acababa de desposarme con su hijo cuando...
—¿Su nuera? —Albert la interrumpió, evaluándola inquisitivamente con la mirada—. No tengo ninguna constancia de que el despreciable de Charles tuviese esposa. —Sus ásperas palabras destilaban odio—. ¿No me estarás mintiendo?
—Por supuesto que no le estoy mintiendo —contestó airada—. Y no me he casado con lord Charles —recalcó el título de «lord»—, sino con lord Terrence, su hermano pequeño.
Albert torció el gesto en una mueca de incredulidad.
—Y si así fuera, ¿cómo es posible que el flamante marido haya dejado sola a su mujer? Un hombre recién casado no se separaría en días del cuerpo tibio y provocativo de su esposa. —Sus ojos la recorrieron de arriba abajo con infinito descaro, provocándole a Candy una profunda desazón—. Además, una dama jamás iría vestida así, con harapos y sucia como una pordiosera.
Una queda exclamación brotó de la garganta de Candy cuando se percató de que su traje de boda, antes tan níveo y maravilloso, se había echado a perder por completo.
—Éste era... mi vestido de novia. Ha quedado destrozado. Dios mío, no... Terry... está muerto. —La furia volvió a adueñarse de ella con renovado brío—. Usted... ¿Usted ha sido el responsable de semejante atrocidad? —Hizo amago de levantarse para saltar sobre él como una leona, pero tres pares de manos la sujetaron al instante, impidiéndole moverse del suelo—. ¿Qué quiere de mí? ¿Por qué me ha secuestrado? —le espetó a voz en cuello.
—¿Secuestrarte, yo? No me hagas reír...
—¿Ah, no? ¿Y tampoco ha matado a Terry? ¡Asesino!
—¿Qué demonios estás insinuando? ¡Yo no sé nada de eso!
—¿Y cómo he llegado hasta aquí? ¿También va a decirme que he aparecido en este lugar como por arte de magia? ¡Usted asesinó a mi esposo y ordenó mi secuestro, aunque aún no entiendo la razón!
—No sé qué increíble historia te estás inventando, pero lo que tengo bien claro es que estás directamente relacionada con la desaparición de Andrés.
—¡Ya le he dicho que no conozco de nada a su hermano! —explotó ella—. ¿Cómo quiere que se lo haga entender?
Albert volvió la cabeza hacia la chimenea, mirando un punto indefinido del fuego. Tras unos segundos de deliberación, finalmente se giró hacia Candy y le dijo:
—Esta conversación no lleva a ningún lado. Será mejor dejarlo, al menos por el momento.
—Entonces, ¿va a dejarme libre? —preguntó ella confiada—. Tengo que volver a Grandchesterdone, con lord Graham.
—¡Por supuesto que no! —exclamó Albert contrariado—. No saldrás de este castillo mientras no aparezca mi hermano. Aún quedan muchas cuestiones por resolver, así que hasta que Andrés no regrese aquí y confirme o desmienta tu implicación en su desaparición, bajo ningún concepto abandonarás estos muros. Veamos qué tiene que decir él con respecto a que estés en posesión de su anillo.
—¿Está insinuando que me va a mantener prisionera?
—Tómatelo como una privación temporal de tu libertad —contestó agriamente.
—Usted no puede hacerme esto. Este tipo de abuso es...
—Claro que puedo —la interrumpió Albert, para acto seguido volverse hacia sus hombres. Sus órdenes fueron escuetas—: Llevadla a la torre sur y aseguraos de que no se mueve de allí.
Dicho esto se dispuso a salir del salón, pero antes de cruzar la puerta se paró en seco. Sin volverse hacia Candy, hizo un último comentario.
—Y ruega a Dios que no le haya ocurrido nada, porque de ser así... nunca saldrás de aquí.
CONTINUARÁ
