Descargo de responsabilidad: BOKU NO HERO y sus personajes no me pertenecen, pues le pertenecen al mangaka Furikoshi. yo sólo utilicé a Boku no hero para hacer esas historias, así que no plagien, adapten o copien por favor que eso no está bien.

Descargo de responsabilidad dos: Las canciones presentadas aquí no me pertenecen, le pertenesen a sus respectivos autores y las interpreta bien José José.

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"A veces el amor no es suficiente, y hay que aprender a dejar ir para no perderse uno mismo."_(Gabriel García Márquez)

Izuku Midoriya se recargó contra el marco de la ventana, observando la ciudad de Musutafu que se extendía ante él. En su mano, sostenía una caja de cigarrillos que no reconocía.

Los examinó con detenimiento, un suspiro escapando de sus labios al darse cuenta de que no eran su marca. Izuku frunció el ceño, sosteniendo la caja entre los dedos con una mezcla de curiosidad y desconcierto.

La caja estaba cuidadosamente sellada, pero el diseño era distinto a cualquier marca de cigarrillos que hubiera visto antes. Esta era cara, una marca que él, con su salario de maestro de la UA, jamás podría pagar, aunque lo quisiera hacer a futuro.

Izuku se quedó mirando la caja en silencio, su mente divagando, mientras el suave viento de la tarde le acariciaba el rostro. ¿Cómo había llegado hasta allí? No recordaba haberla comprado ni mucho menos haberla pedido, sobre todo porque él y su esposa Uravity no fumaban por nada.

La sensación de confusión se instaló en su pecho, una mezcla de incertidumbre y una ligera punzada de preocupación. El aroma familiar de la ciudad le llegaba como un eco lejano, pero la caja de cigarrillos era todo lo que su mente podía procesar por el momento.

No era solo el hecho de que no fueran suyos lo que le inquietaba, aunque sí tenía algo que ver ese asunto. Era que parecían... demasiado perfectos. El diseño era sofisticado, elegante, algo fuera de lo común para un producto comúnmente asociado con la juventud rebelde.

Junto a la ventana,

Unos cigarros encontré,

No es mi marca, ya lo sé,

Yo no los olvidé.

Recordaba claramente que, si bien no era algo que solía hacer, en las últimas semanas había empezado a notar pequeños detalles fuera de lugar en su casa. Entre ellos, los cigarrillos.

Ochaco nunca había fumado, o al menos eso creía él. Fue entonces cuando la vio entrar, con esa sonrisa tan familiar que siempre lograba calmar cualquier inquietud en él.

Pero esa tarde, algo se sentía distinto. Ella parecía nerviosa, inquieta. Sus ojos evitaban los de él, como una niña traviesa que tiraba un jarrón y no quería decirle a su mamá por temor a las repercusiones.

Izuku se tensó ligeramente al verla entrar, con los hombros un poco encorvados, como si cargara un peso invisible. Uravity, su esposa, se acercó a él con paso lento, como si dudara sobre cómo comenzar una conversación que no sabía cómo abordar.

Ella olvidó ocultarlos bien,

Y yo los tuve que encontrar,

Ella dirá: 'es solo una amistad',

Mas, no me puede engañar.

Ochaco se acercó rápidamente a él, su expresión cambiando al notar lo que tenía en la mano.

–Izuku... ¿De dónde has sacado esa cajetilla?

Dijo suave, tratando de sonar calmada, pero la tensión en su voz era Evidente. Izuku levantó la mirada verdosa, encontrándose con los ojos marrones de Ochaco.

Había algo en su mirada que lo inquietó, algo que no podía identificar de inmediato. Sin embargo, el tono en su voz, esa suavidad forzada, fue suficiente para que una oleada de dudas lo atravesara.

Sintió una punzada de miedo, no por lo que ella pudiera decir, sino por lo que su propia mente había comenzado a deducir. Quiso hablar, pero algo no le dejaba preguntarle.

–¿Dónde la encontraste?

Preguntó ella de nuevo, sus manos temblando ligeramente, mientras intentaba mantener una expresión tranquila. Izuku miró la caja en su mano, luego la soltó con lentitud, dejándola caer sobre la mesa.

Su corazón latía más rápido ahora, la sensación de algo que no encajaba en su vida normal le apretaba el pecho. No podía decir que no se sintiera herido, pero aún no quería hacer suposiciones sin más pruebas.

–No la compré.

Respondió serio Izuku, su voz un poco más grave de lo habitual. Decidió ir al grano, hablando con un poco de brusquedad.

–La encontré cerca del marco de la ventana, no sé de quien sea. Así que dime, ¿Qué significa esto, Ochaco?

Ochaco tragó saliva, evitando mirarlo a los ojos. Pasaron unos segundos que parecieron eternos, en los que Izuku no dejaba de observarla con atención.

La tensión en el aire era palpable, como si el espacio entre ellos se estuviera estirando cada vez más, hasta volverse insoportable. O en su defecto, como si el espacio sé hiciera más estrecho.

–Es…

Ochaco finalmente habló, pero no parecía encontrar las palabras. Sus dedos jugueteaban nerviosamente con el dobladillo de su camisa, desviando un poco la mirada lejos de la de él.

–Es solo que… no quería preocuparte, pero… Yo… Mira, no es lo que piensas, esa cajetilla un amigo me la dio a guardar.

Izuku dio un paso hacia ella, sus ojos ahora fijos en su rostro. La verdad que había estado evitando comenzaba a brotar, como una herida que necesitaba ser limpia para sanar.

–¿Amistad?

Preguntó incrédulo Midoriya, levantando una ceja, aun mirando los cigarrillos con desconfianza.

–¿Qué tipo de amistad tiene alguien que deja cigarrillos en mi casa?

Ochaco se quedó en silencio un momento, luchando por encontrar las palabras adecuadas.

–No es lo que piensas.

Repitió suave, con una mirada que evitaba la suya.

–Es solo alguien con quien hablo de vez en cuando. Un héroe que trabaja con Tsuyu, Iida y conmigo de vez en cuando en mi agencia.

Izuku soltó un suspiro, odiando que no le dijera el nombre de dicho héroe. No podía entenderlo, su esposa, la heroína Uravity no solía ocultar nada. No sabía cómo explicarlo, pero sentía que algo no estaba bien. Como si hubiera una verdad oculta que ella no estaba dispuesta a compartir.

Es él, él, él,

¿Qué es lo que hace ella con él?

Tiene que olvidarse de él,

O dejarme a mí, a mí, a mí,

Nadie va a burlarse de mí,

O es mía o de él.

Midoriya trató de calmarse, pero algo en su interior lo estaba desgarrando. No podía dejar de imaginar a esa persona, a ese "él" del que Ochaco no hablaba.

No le gustaba la idea de compartirla con alguien más, de que estuviera cerca de otro, alguien que tal vez no comprendiera lo que él sentía por ella. Izuku jamás había sido celoso o posesivo, pero el hecho de que no le dijera quien era lo ponía en ese estado de alerta.

–Izuku…

Ochaco comenzó muy leve, acercándose a él con cautela.

–No quiero que pienses que esto significa algo.

–¿Y qué significa entonces?

Interrumpió serio él, el dolor y la frustración reflejados en su rostro. Ochaco no era de esas personas que ocultaran cosas, pero esa vez, algo en ella lo estaba alejando.

Por un momento, las palabras de Izuku se quedaron suspendidas en el aire. Lo que quería decir, lo que sentía, se convirtió en un nudo en su garganta.

No sé cómo luzca,

Ni tampoco quién sea él,

Y el por qué ella pensó que lo que es tan mío, es de él.

Ella suspiró, cerrando los ojos por un momento, como si estuviera tratando de encontrar el valor para decir la verdad.

–Es complicado, Izuku.

Dijo con voz suave.

–Solo es un proyecto con él que me tiene perdida, casi dispersa, pero no es nada muy importante.

Midoriya no entendía, Ochaco jamás había sido tan evasiva. ¿Por qué no le decía todo? ¿Por qué las evasivas? Si había algo que le molestaba, le dolía más que cualquier otra cosa: era la incertidumbre. No saber quién tenía a su chica tan perdida, quien era el tipo quien sé robaba el corazón de su heroína.

–Entonces, ¿por qué no me lo dices?

Preguntó intenso, su tono ahora cargado de desesperación.

–Si de verdad me quieres, ¿por qué ocultas cosas de mí?

Yo no soy su dueño,

Pero es que así no puede ser,

Tres son muchos para el amor,

O viene conmigo, o es de él.

Ochaco lo miró directamente, y por un momento, Midoriya sintió que podría perderla. Esa chispa en sus ojos, ese brillo que había visto tantas veces, ya no estaba allí. Ella se veía perdida, distante.

–No quiero que lo tomes así, Izuku.

Dijo débil, su voz quebrada. Aun sin querer decirle de su encuentro con Katsuki Bakugo, que desde un tiempo para acá había confundido su sentir.

Pero necesito tiempo, necesito resolver esto por mi cuenta.

–¿Tiempo? ¿Por qué?

Preguntó ansioso él, su tono cada vez más bajo, casi un susurro. Ella lo miró, y en sus ojos vio una mezcla de dolor y arrepentimiento, un rastro de culpa reflejado en sus ojos marrones.

–Porque... no sé si realmente te lo pueda dar todo, Izuku. Y no quiero que te sigas quedando a mi lado por obligación. Tú mereces alguien que esté completa para ti.

Él, él, él,

¿Qué es lo que hace ella con él?

Tiene que olvidarse de él,

O dejarme a mí, a mí, a mí,

Nadie va a burlarse de mí,

O es mía o de él.

El silencio llenó la habitación, dejándolos sin aliento porque no había un porqué o un quien lo hacía dejarlo. Midoriya la miraba, su corazón latiendo con fuerza. No sabía qué hacer ni qué pensar, solo podía preguntarse quien era ese alguien que los separaba.

–Ochaco…

Murmuró lento, avanzando hacia ella.

–Yo… Yo no quiero perderte. No puedo.

Ella se detuvo, sus ojos vidriosos, como si estuviera a punto de llorar. Tampoco quería dejar a su esposo, pero Katsuki sé estaba metiendo en su cabeza y tenerlo cerca en momentos inesperados la hacían vibrar de nuevo por alguien.

–Entonces, ¿qué vamos a hacer?

Inquirió preocupada ella, con la voz apenas audible. Izuku la tomó suavemente por los hombros, intentando transmitirle todo lo que sentía sin palabras.

Quería decirle que estaba dispuesto a esperarla, que no le importaba lo que pasara con esa persona, con "él". Solo la quería a ella, solo quería que ella fuera feliz a su lado.

Si lo quiere, lo va a llamar,

Y no sería la primera vez,

Y si no me quiere dejar,

Vendrá conmigo otra vez.

–Te esperaré. No importa cuánto tiempo tome, Ochaco. Estoy aquí, ¿vale?

Ella lo miró fijamente, como si estuviera buscando sinceridad en su mirada. Y cuando encontró lo que necesitaba, un pequeño suspiro de alivio escapó de sus labios.

–Gracias, Izuku… gracias por no rendirte.

Se abrazaron entonces, sin decir nada más, como hace años no lo hacían. Sabiendo que lo que venía sería difícil, pero que juntos podrían enfrentarlo.

Ya sin él, él, él,

¿Qué es lo que hace ella con él?

Tiene que olvidarse de él,

O dejarme a mí, a mí, a mí.

Finalmente, Izuku entendió que el amor no siempre era fácil. Pero si había algo que sabía, era que estaba dispuesto a luchar por lo que sentía, por lo que ellos dos significaban.

El futuro era incierto, pero con ella a su lado, sentía que podía enfrentarlo todo.

Días después, Izuku seguía rumiando cada palabra que Ochaco le había dicho. Intentaba convencerse de que lo habían resuelto, de que no había nada más que temer, pero en el fondo, una sombra de inseguridad seguía anidada en su corazón.

. Izuku caminaba de un lado a otro, mirando el teléfono, esperando que Ochaco regresara. Intentaba ser paciente, pero una parte de él sabía que algo estaba cambiando, que estaba perdiendo a Ochaco, lenta e inevitablemente.

El silencio de la noche se sentía abrumador, y la imagen de esa cajetilla de cigarrillos regresaba a su mente como un recordatorio de lo frágil que era todo. De pronto, el sonido de una notificación en su teléfono interrumpió sus pensamientos.

Era un mensaje de Ochaco, que decía que se retrasaría un poco más en la agencia. Izuku cerró los ojos, sintiendo que el mundo se le caía encima.

¿Qué es lo que hace ella con él?

Tiene que olvidarse de él,

O dejarme a mí, a mí, a mí.

Ochaco, por su parte, hacía esfuerzos por actuar con normalidad. Sin embargo, había algo en ella, un brillo en sus ojos que parecía haberse apagado desde aquella conversación.

Su relación con Bakugo la había tomado por sorpresa, surgiendo en pequeños momentos de trabajo en equipo. Donde compartían silencios cargados y miradas que no decían nada... y al mismo tiempo, lo decían todo.

Una noche, Ochaco se encontraba en su oficina en la agencia, revisando unos reportes. Había intentado distanciarse de Katsuki, de evitar situaciones comprometedoras, pero cuando lo escuchó entrar, sintió una mezcla de miedo y alivio.

Sin embargo, al levantar la vista y ver sus ojos rojos intensos y esa expresión de seguridad inquebrantable, supo que el autocontrol sería difícil de mantener. Ella tenía bajo sus manos, y ella no sabía cuándo había caído ante él.

–¿Tienes un momento, cara redonda?

Preguntó serio él, su voz baja pero firme, mientras cerraba la puerta tras de sí. Ochaco sintió el corazón acelerarse, pero intentó mantenerse firme.

–Claro, ¿qué necesitas, Dynamight?

Él se acercó despacio, con la mirada fija en ella. Su rostro serio parecía menos amenazante en ese instante; era como si el orgullo que siempre lo envolvía hubiese dejado paso a algo más... humano, más vulnerable.

–Escúchame, Uravity.

Usar su nombre heroico solo intensificó la tensión.

–No puedo seguir así. No puedo fingir que no me importa, que lo nuestro es solo trabajo. He intentado alejarme, pero cada vez que estoy contigo... Siento que eres tú la que no debería estar con él.

Ochaco cerró los ojos, su respiración entrecortada.

(No era justo.)

Pensaba desesperada.

(Que Bakugo viniera a desordenarlo todo cuando yo apenas había decidido trabajar en mi matrimonio.)

Negó con la cabeza y habló.

–Katsuki, yo… No puedo hacerle eso a Izuku. Él me ama. Y yo… Yo también lo quiero, solo que…

–Solo que no eres feliz con él.

La interrumpió Bakugo, su voz con un deje de amargura.

–No me digas que esto es justo para él. Él es un buen tipo, pero sabes tan bien como yo que no es lo que quieres.

Las palabras resonaron en su mente como un eco imposible de ignorar, taladrándola como un taladro que perforaba una pared. Se había aferrado a Izuku porque él siempre había sido el pilar en su vida, su primera ilusión, su refugio, ese abrazo que necesitas para sentirse seguro.

Sin embargo, se preguntaba ahora si su amor por él era amor verdadero o simplemente apego a esa seguridad que él le brindaba. Ochaco respiró profundamente, intentando aclarar sus pensamientos.

Pero cuando sintió el roce de la mano de Bakugo en la suya, algo en su interior se rompió. Tal vez, después de todo, él tenía razón. Tal vez estaba siendo injusta con Izuku, arrastrándolo a una relación que ella misma no sabía si podía sostener.

–Katsuki.

Murmuró suabe ella, levantando la mirada para encontrarse con esos ojos que la miraban con una mezcla de desafío y ternura.

–No sé qué hacer, pero... estar contigo me hace sentir diferente. Como si pudiera ser yo misma, sin tener que pretender.

Bakugo la observó en silencio, y en un impulso inevitable, ambos cerraron la distancia entre ellos. Fue un beso breve, un roce de labios, suficiente para encender una llama que hacía tiempo estaba latente.