Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a fanficsR4nerds, yo solo la traduzco.
ALONG THE WAY
Capítulo ocho
19 de diciembre – Tercer día en la carretera
Wichita, Kansas
¿Cómo coño tenía Bella tanta influencia sobre mí que consiguió hacerme bajar del puto coche? Walmart era peor de lo que había esperado. Estaba lleno de gente, era ruidoso y las personas iban vestidas de formas muy raras.
―¿Qué coño lleva ese tío? ―susurré, agachándome para hablarle a Bella al oído. Ella miró y se estremeció.
―No la cantidad suficiente de ropa ―dijo, sacudiendo la cabeza.
Eso era quedarse jodidamente corto. Llevaba unos finos pantalones cortos blancos que eran demasiado cortos y demasiado ajustados. Pude verle el culo a través de la tela y recé porque no se diera la vuelta. En la parte de arriba llevaba una camisa con estampado tropical y un puto sombrero de Santa. Hasta llevaba unos sucios calcetines blancos con las sandalias.
―Este es mi infierno personal ―le dije.
Bella resopló, empujándome un poco al pasar por mi lado para adentrarse en la sección de ropa. Yo fui detrás de ella como un puto perro abandonado.
Se detuvo delante de unos vaqueros y levantó un par.
―Estos no están mal ―dijo, pasándomelos. Los cogí y me estremecí. De alguna manera, la tela era mucho más áspera que la de los vaqueros que tenía en casa. Aunque tampoco era que siguiera llevando vaqueros.
―¿Vaqueros? ―le pregunté. Bella me miró.
―Tienen pantalones de ski allí ―soltó. Yo fruncí el ceño y me puse a buscar un par de mi talla. Lo cogí al encontrarlo y me estremecí al notar lo tiesos que estaban. Bella estiró la mano y cogió un par más que me puso en los brazos. La miré sorprendido.
―No tenemos ni idea de cuánto tiempo estaremos en la carretera ―señaló―. Y tampoco si podremos hacer la colada antes de llegar.
Suspiré, pero no repliqué. Ella pasó de los vaqueros a las camisas de franela. Me miró, frunciendo un poco los labios antes de asentir y coger un par, poniéndomelas en los brazos. No intenté resistirme. No tenía ningún sentido.
Recorrimos toda la sección de ropa. Bella me cogió algunas camisas, al igual que calcetines y vaqueros.
―¿Hay algo más que quieras elegirme? ―pregunté, sintiéndome petulante. Bella se quedó helada, mirándome con los ojos muy abiertos.
―Joder, lo siento mucho, Edward. Tienes razón. ―Ella sacudió la cabeza y yo fruncí el ceño. Espera, ¿qué?― Eres un adulto. No necesitas que yo te vista. ―Se apartó de mí, sacudiendo otra vez la cabeza―. Lo siento. Estoy siendo controladora. Es solo que estoy acostumbrada a hacerme cargo y... ―Dejó de hablar y soltó un tenso suspiro.
―Oye ―dije, acercándome a ella―. No, para. No lo decía en ese sentido ―dije suavemente. Ella me miró, mordiéndose el labio―. Hace mucho que nadie me cuida de la forma en que tú lo has estado haciendo. Sé que estoy siendo un infantil en todo esto, pero aprecio que tú pienses en ello. Si dependiera de mí, seguramente acabaría comprando en cada destino porque tengo la cabeza metida en el culo. ―Eso también era cierto. A ella se le habían ocurrido cosas que yo ni había considerado y me alegraba de que estuviera allí para comprar conmigo.
Bella pareció insegura, así que dejé la ropa que llevaba en los brazos en nuestro carrito y me giré hacia ella, poniendo mis manos en sus hombros. Era la primera vez que la tocaba de forma intencional. Me pregunté si ella también se había dado cuenta.
―Me siento agradecido por todo lo que haces por mí. Todo lo que has estado haciendo por mí. ―Sacudí la cabeza―. Siento ser tan difícil de aguantar.
Bella sacudió la cabeza.
―No lo eres ―protestó ella débilmente. Era demasiado dulce para mentir, pero los dos sabíamos que en ese momento lo estaba haciendo. Yo era una pesadilla y lo sabía.
―Me portaré mejor ―le prometí―. ¿Debería coger algo más?
Bella suspiró, mordiéndose el labio mientras miraba la ropa a nuestro alrededor.
―No sé. ¿Un gorro, a lo mejor? ―preguntó. Miré la pila de gorros de lana que teníamos al lado y asentí. Cogí uno rojo y ella sacudió la cabeza, cogiendo uno verde y poniéndomelo en la mano. La miré sorprendido―. Te resaltará los ojos ―dijo suavemente. Yo asentí en silencio, inseguro de qué significaba la voltereta que había sentido en mi pecho.
Elegimos una cazadora decente y Bella consiguió encontrar unas botas que ayudarían cuando llegáramos a las zonas con clima más frío. Mis zapatos de vestir eran terribles en la nieve y el hielo.
Bella incluso encontró una puta maleta. Tras mirar las bolsas más horteras del mundo, elegí una mochila negra que me gustó. Cogimos también productos de aseo que faltaban en el kit de Elvis que Bella me había comprado.
Fuimos a la caja y tuve que contener un gemido al ver las largas colas. Bella me miró, sintiendo mi molestia.
―Navidad ―dijo suavemente. Yo asentí en silencio.
Empujé el carro para ponerlo delante de mí y apoyé en él los codos mientras Bella le echaba una mirada al contenido.
―¿Estás seguro de que todo esto está bien?
La miré antes de volver a mirar el carro.
―Sí. Está genial. Me lo pondré todo ―le prometí. Lo más probable era que lo quemase en cuanto pudiera, pero podría soportarlo unos días.
Bella asintió, volviendo a bajar la mirada al carro. La gente que teníamos delante se movió y yo empujé un poco el carro. Bella se apartó a un lado, suspirando.
―Lo siento, de nuevo ―dijo suavemente. La miré―. Mi padre era muy atento cuando era pequeña, pero no pensaba mucho en las cosas prácticas. Es del tipo que se compraba una cazadora con veinte años y la lleva todos los días hasta que se le cae a pedazos. ―Sacudió la cabeza―. Estoy acostumbrada a tener que encargarme de estas cosas.
Asentí, comprendiendo.
―De verdad, lo aprecio, aunque no lo parezca porque me estoy comportando como un niño ―le dije―. Tengo tendencia a llevar como una especie de anteojeras con las cosas. Estoy tan concentrado en mis metas que a menudo olvido las cosas prácticas entre ellas.
Bella asintió comprensivamente.
―¿Tu esposa se fija en los detalles?
La miré sorprendido. Sabía que sentía curiosidad por Rose, aunque no me había preguntado directamente. Aun así, sus constantes preguntas casuales no eran difíciles de comprender. Solté un suspiro.
―A su manera ―dije, sacudiendo la cabeza―. Rose se fija en... en todo lo de Rose. ―Me estremecí al decirlo. Eso no era del todo cierto. Rose pasaba mucho tiempo encargándose de un montón de causas de caridad y tenía un corazón verdaderamente grande, en el fondo. Solo éramos las peores personas del mundo en lo que se refería a nuestra relación.
Bella frunció los labios pensativa, pero no pude adivinar qué estaba pensando.
―¡Oye, tío! ¡Bonita sudadera!
Me di la vuelta cuando sentí una mano en mi hombro. El hombre que tenía detrás llevaba un gorro en el que ponía "Santa Jefe de Kansas City" sobre su largo pelo blanco. Tenía una gran barba poblada que estaba desaliñada y pude ver algo naranja cerca de la comisura de sus labios, como si hubiera estado comiendo queso o algo.
Llevaba pantalones de camuflaje y unos tirantes que se estiraban sobre su enorme barriga y cubrían su sucia camisa blanca. En los pies llevaba unas crocs marrones.
Me miraba expectante e intenté recordar qué demonios había dicho para llamar mi atención.
Cuando le miré en blanco, él volvió a señalar mi espalda.
―Me encanta el Rey. ¿Lo has comprado aquí?
Me eché una mirada, perdiendo la voz al intentar explicar que ese no era mi aspecto habitual y que no intentaba publicitar ese estilo. No sabía nada de ese hombre, pero se me hacía imperativo de repente explicarle a ese extraño que yo no era así.
Bella, que sintió cómo me había quedado sin palabras, intervino y me puso una mano en el brazo. La miré sorprendido.
―Acabamos de llegar de Graceland ―le dijo―. Estoy segura de que puede encontrar algo igual en internet.
El hombre le echó una mirada y asintió.
―Tienes un estilo genial ―dijo, sonriéndole. Bella le devolvió la sonrisa y luego se volvió hacia mí. No podía ni imaginar lo indignado que parecería, porque Bella sonrió y tiró suavemente de mi brazo, volviendo a darme la vuelta.
―Respira ―me susurró, apretándome el brazo. Yo gruñí.
―Nunca me he sentido más ofendido ―murmuré. Bella soltó una risita y me dio una palmadita en la espalda, justo sobre la enorme cara de Elvis de la que convenientemente me había olvidado hasta ese momento.
―Todos necesitamos una cura de humildad de vez en cuando.
La miré con cautela. Ella sonrió y apartó la mano de mi espalda mientras se acercaba al carro para volver a examinar nuestras compras.
―A lo mejor deberíamos volver y coger una de esas sexies camisetas gráficas de Santa ―dijo, echándome una mirada. Me ahogué con la risa y ella sonrió ampliamente, iluminando toda su cara.
―La ropa que me has regalado de Elvis son suficientes gráficos para mi armario, gracias ―dije secamente.
Bella soltó una risita y sacudió la cabeza.
―Los dos sabemos que vas a deshacerte de ello en cuanto puedas ―dijo, claramente divertida. Yo fruncí el ceño. Eso era lo que había planeado, quemarlo parecía la respuesta más apropiada, pero ahora había dicho en voz alta lo que esperaba de mí y me sentí mal por ello. Era obvio que a Bella no le importaba que me deshiciera de la ropa en cuanto pudiera, pero había sido un regalo y, en cierto sentido, eso significaba algo para mí.
Le eché a Bella media sonrisa, no queriendo que viera el conflicto que sentía. No había razón para quedarme esa ropa. Sí, había sido un regalo, pero había sido un regalo provocado por la necesidad y ni siquiera Bella esperaba que me lo quedara.
Bajé la mirada a la sudadera. No había ningún gráfico en la parte delantera, pero pude ver la camiseta que también me había cogido a través de la cremallera parcialmente bajada. Era un enorme retrato de Elvis y era algo que no me habría puesto ni en mi época de universitario. No siempre había sido tan estirado con mi ropa, pero había empezado a esforzarme más después de casarme y conseguir el trabajo en el despacho. Necesitaba que la gente me tomara en serio y eso significaba vestir de forma seria. No era estúpido. Sabía que había poder en la forma en que te percibía la gente y me aseguraba de que mi aspecto me procurase el poder suficiente.
La cola volvió a moverse y empujé el carro, intentando deshacerme de mis pensamientos. Estábamos cerca de las cajas y Bella se volvió hacia los montones de snacks que tenía detrás. Para mi sorpresa, estiró la mano y cogió un enorme paquete de M . Lo echó al carrito, sonriéndome.
―Mi debilidad ―admitió. Yo asentí, devolviendo mi atención a las golosinas. Rose las odiaba y, por hábito, había dejado de comerlas cuando empezamos a salir. Habían pasado años desde la última vez.
Antes de poder detenerme, estiré el brazo y cogí un par de barras de chocolate diferentes, echándolas al carro. Bella me miró sorprendida.
―No recuerdo qué golosinas me gustan ―admití, sintiéndome como un puto idiota. Bella frunció el ceño.
―¿Cuándo fue la última vez que las comiste?
Resoplé, estirando el brazo para frotarme la nuca.
―En la universidad.
Bella me miró con los ojos como platos y sacudió la cabeza, volviéndose hacia ellas de nuevo. Para mi sorpresa, estiró la mano y cogió más golosinas de las estanterías, dejándolas en el carro.
―No puedes probar un par y esperar redescubrir un favorito ―dijo, mirándome―. Tienes que darles una oportunidad a todas.
Solté una fuerte carcajada mientras ella cogía una de cada una de las estanterías. La vi capaz de ir al resto de cajas en busca de más y estiré el brazo para detenerla.
―Creo que estas son más que suficientes ―dije, riendo. Ella miró el carro, considerándolo.
―Supongo que tienes razón ―dijo finalmente. Yo reí y ella me miró, sonriendo. Su sonrisa era amplia y cálida, y tan jodidamente tentadora que la sentí moverse por mí.
Antes de que pudiera hacer nada estúpido, como intentar besarla, Bella se volvió hacia la caja y empezó a descargar el carro en la cinta.
El adolescente que estaba en la caja miró a Bella apreciativamente. Yo me aclaré la garganta, llamando la atención del pequeño cabrón. Él me miró con los ojos como platos.
―Yo me encargo ―dije, estirando el brazo hacia Bella y apartándola suavemente. Ella me miró sorprendida, pero luego asintió y devolvió su atención al cajero.
Vacié el carro y luego lo puse detrás de Bella para volverlo a cargar. Me quedé junto a Bella mientras esperábamos que lo pasara todo. Estaba más cerca de lo necesario y estaba seguro de que ella se había dado cuenta, pero no dijo nada más allá de mirarme sobre su hombro con una ceja levantada. El chico intentó mantener la mirada los artículos que estaba escaneando, pero echaba un vistazo a Bella entre cada uno, con sus mejillas poniéndose cada vez más rojas. Me acerqué un poco más, mirándole furioso y el chico me miró ansioso antes de volver a centrarse en el trabajo. Cuando terminó de escanearlo todo, saqué la cartera y pagué. Me sorprendió muchisimo lo barato que fue y mi ansiedad por ponerme todo aquello aumentó un poco más. ¿Me iba a dar urticaria o algo por llevar ropa tan barata?
El chico terminó de meter nuestras cosas en bolsas y me dio el ticket nervioso. Yo lo cogí y me lo metí en el bolsillo antes de estirar el brazo y poner la mano en la espalda de Bella, guiándola por el pasillo. Cogimos nuestras bolsas y salimos al coche sin volver a mirar al chico.
Cuando llegamos al coche, Bella metió la mano en el bolsillo de su abrigo y pulsó el botón para abrir el maletero, dónde dejamos las bolsas.
―¿Quieres meterlo todo directamente en la mochila? ―preguntó Bella. Yo la miré y asentí. Era una buena idea.
Saqué la mochila y la abrí mientras Bella doblaba la ropa que había comprado.
―¿Sabes? Eres un idiota posesivo ―dijo Bella como si nada. Yo la miré sorprendido.
―¿Qué?
Bella me miró a los ojos.
―Ese chico no tendría más de dieciséis años y tú le has asustado sin razón.
Él había mirado fijamente a Bella y aquello había sido razón suficiente para mí. Abrí la boca para decirle exactamente eso, pero entonces la volví a cerrar. Joder. Tenía razón. Estaba casado, y Bella y yo no teníamos ningún tipo de relación. Había actuado por puro instinto.
Pestañeé un par de veces y luego suspiré, sacudiendo la cabeza.
―Lo siento.
Bella se encogió de hombros, metiendo mis calcetines en la mochila.
―No es conmigo con quien deberías disculparte ―dijo suavemente.
No pude descifrar cómo se sentía según su tono y, como no me estaba mirando, solo podía suponerlo.
―Yo solo... ―Me detuve. ¿Yo qué? Que era posesivo era cierto, pero el problema era que no tenía ningún derecho de ser posesivo con Bella y no tenía forma de explicárselo sin parecer un gilipollas asqueroso y adúltero.
Bella dejó de guardar la ropa para mirarme.
―Mira ―dijo suavemente―. No es asunto mío, pero está claro que te están pasando cosas. ―Respiró profundamente―. No voy a indagar. Voy a respetar tus límites, pero esto tiene que funcionar en ambos sentidos. Tú no me conoces, pero no me gusta que la gente intente controlarme.
Joder. Era un puto cabrón, porque su tono de acero me estaba calentando y no era el puto momento.
Tragué y asentí.
―Mensaje recibido. No volverá a pasar ―solté.
Bella asintió con una mirada dura. Terminó de guardar las cosas en la mochila antes de apartarse del maletero. Se dio la vuelta y fue al asiento del conductor, dejándome para cerrar atrás. Solté un largo suspiro mientras cerraba el maletero. ¿Qué coño me pasaba ese día?
* . *
El camino hasta el hotel fue corto. Bella y yo nos habíamos puesto de acuerdo en que no nos importaba compartir habitación siempre que hubiera dos camas, pero... después de mi escenita posesiva en Walmart, me pregunté si se arrepentía de esa decisión.
Si se estaba sintiendo así, no dijo nada cuando nos registramos.
Cuando subimos a nuestra habitación, dejé mi nueva mochila en una de las camas mientras Bella sacaba su neceser de la suya. La miré en silencio, inseguro de qué iba a hacer.
Sacó un pequeño par de tijeras y me las ofreció.
―Para que quites las etiquetas de tus cosas ―explicó, dejando las tijeras en la palma de mi mano. Yo me quedé mirándolas, atontado.
―¿Cómo voy a meter los dedos en esta cosa? ―pregunté, genuinamente inseguro de qué esperaba de mí. Bella rio sorprendida y la miré, sonriendo un poco. Me sentí aliviado porque se estuviera riendo, en lugar de seguir cabreada conmigo.
Ella estiró la mano hacia la mía, volvió a coger las tijeras y cruzó la habitación para sentarse a los pies de mi cama.
―Yo quitaré las etiquetas ―dijo, sacudiendo la cabeza―. Tú prepara las golosinas.
Me volví para mirar la bolsa de golosinas que habíamos comprado. Casi me había olvidado de ello.
Asentí y me acerqué a cogerlas, llevando la bolsa hasta mi cama y sentándome frente a Bella. Ella se esforzó por cortar estudiosamente los pequeños trozos de plástico de mi ropa nueva.
―¿Qué debería probar primero? ―pregunté, mirándola. Bella metió la mano en la bolsa y se la acercó. Sacó dos paquetes y los puso en la cama.
―Deberíamos empezar con calma. Ir despacio o pasará otra década antes de que vuelvas a comer golosinas ―dijo con una risita. Yo sonreí y asentí―. Empieza con estas dos y elige un favorito ―sugirió. Yo fruncí el ceño, mirando a los paquetes de Twix y Skittles.
―Creo que esto me gustaba cuando era pequeño ―dije, señalando al Twix―. Pero, honestamente, no recuerdo cómo sabe.
Bella me lo acercó y yo lo cogí de su mano. No tenía el aspecto que recordaba y la verdad era que, ahora que lo pensaba, a lo mejor estaba recordando una golosina completamente diferente. Miré a Bella, que asentía alentadoramente. Tomando aire profundamente, le di un mordisco.
No era horrible, pero tampoco estaba bueno. Era demasiado pegajosa y dulce, y tuve suficiente con un mordisco. Bella estalló en risas cuando me vio la cara y yo intenté sonreír con el pegajoso bocado en la boca.
―No es para nada como lo recuerdo ―dije ahogado. Bella resopló, sacudiendo la cabeza y yo no pude evitar soltar una risita. Volví a envolver la barrita y se la ofrecí a Bella, que sacudió la cabeza. La dejé en la cama con cuidado de no mancharla de chocolate.
―¿Y bien? ―inquirió Bella. La miré.
―No creo que me guste tanto el caramelo, si es que eso es lo que lleva ―dije, sacudiendo la cabeza. Ella asintió.
―Sabrá diferente en otras barras ―me aseguró―. Prueba la otra.
Bajé la mirada a la bolsa de Skittles. Me alegraba de solo probar dos cosas esa noche. Un mordisco a ese Twix y sentía que corría el peligro de tener una gran caries.
Abrí con cuidado la bolsa de Skittles y me eché un par en la mano. Los miré, intentando recordar exactamente su sabor. Me pregunté durante un minuto si debería probar cada color de forma individual, pero luego me sentí impaciente y me los metí todos en la boca. Eran afrutados y demasiado dulces, pero, en cuanto me los metí en la boca, me llegaron recuerdos de comerlos de niño. Asentí con aprobación mientras Bella sonreía. Le ofrecí la bolsa y ella aceptó, ahuecando la mano para que pudiera echarle unos pocos.
―Estos están mejor ―dije, asintiendo. Bella se metió uno en la boca con una sonrisa.
―Estoy de acuerdo ―dijo, mordiendo el skittle. Me eché más en la palma, intentando probar cada color por separado para distinguir sabores, pero lo cierto era que todos sabían a azúcar. Así que, al final, me los comí todos juntos.
―¿Cómo dejaste de comer golosinas? ―preguntó Bella, masticando otro skittle. La miré.
―Mi esposa las odia ―dije, sacudiendo la cabeza―. Se quejaba cuando yo las comía, incluso cuando solo salíamos. Lo más sencillo fue dejarlas.
Bella asintió, pero no hizo comentarios. Yo suspiré y me metí más caramelos en la boca.
Bella terminó de cortar las etiquetas de mi ropa. Las cogió y las tiró a la basura antes de ir a su cama. Sacó su pijama de su bolsa y fue al baño con su neceser para prepararse para dormir.
Yo me terminé la bolsa de Skittles antes de tirar el envoltorio y el Twix sin acabar a la basura. Sobre el edredón, mi teléfono vibró y me acerqué a cogerlo.
Mi estómago cayó al ver que era un mensaje de Rose.
¿Qué coño estás haciendo en un Walmart en Kansas?
No estaba seguro de si Rose estaba controlando nuestras tarjetas o si simplemente había recibido una llamada de Visa. Walmart y Kansas eran los últimos lugares en los que nadie esperaría encontrarme.
Miré mi teléfono con el corazón en la garganta mientras consideraba si responder o no.
La puerta del baño se abrió y levanté la mirada hacia Bella mientras salía. Dejó su ropa en su mochila y me miró. Debió de captar mi expresión de pánico, porque sus ojos se abrieron como platos. Antes de que pudiera hacer ninguna pregunta, metí la mano en mi mochila, sacando mis pantalones de chándal y el neceser. Entré en el baño, dejando mi teléfono en la encimera.
Respiré profundamente, frustrado conmigo mismo, con Rose y con mi vida misma.
Me cambié de ropa y me puse el pantalón de chándal. Era barato y diferente a cualquier cosa que yo poseía, pero, por alguna razón, me sentí un poco mejor ―un poco más cómodo― en cuanto me los puse. No sabía si era porque estaba medio vestido o si se trataba de que Bella me los había regalado, pero el pantalón me estaba haciendo sentir inesperadamente confortado.
Respirando profundamente, cogí mi neceser y saqué el cepillo de dientes para ponerme manos a la obra.
Para cuando terminé, me sentía mejor. Iba a ignorar a Rose y ella iba a tener que aguantarlo.
Recogí mis cosas y volví a la habitación. Bella estaba acurrucada bajo las mantas, mirando su teléfono. Me echó una mirada cuando salí del baño, pero no dijo nada mientras cruzaba la habitación.
Guardé mis cosas y puse a cargar el teléfono antes de acostarme. Apagué la luz junto a la mesilla y suspiré, intentando acomodarme en la cama.
―Buenas noches, Edward ―dijo Bella suavemente.
La miré.
―Buenas noches, Bella.
* . *
Suspiré, mirando al techo. Estaba agotado, pero no podía dormir. Llevaba casi una hora dando vueltas en la cama. Estaba harto de las camas de mierda de los hoteles. Extrañaba la enorme y cómoda cama que tenía en New York, aunque, cada vez que pensaba en ella, me cabreaba más. Esa cama, como mi matrimonio, había quedado destruida cuando Rose se folló a Emmett.
Volví a darme la vuelta y escuché a Bella moverse.
―¿No puedes dormir? ―susurró.
Yo solté un largo suspiro.
―No. ―Miré a mi derecha. Nuestras camas estaban tan cerca que sentía que podría estirar la mano y tocar el otro colchón. A pesar del espacio entre nosotros, dormir tan cerca de Bella parecía algo íntimo, mucho más íntimo que nada que hubiera hecho con mi propia esposa en meses.
Me llevé las manos al pecho y mis pulgares dieron golpecitos con un suave ritmo contra mi esternón.
―Antes tenías razón ―dije suavemente. Pude sentir la cabeza de Bella girarse hacia mí en la oscuridad―. Normalmente me gusta la atención, sobre todo de las mujeres. Me da impulso. ―Bella resopló al tiempo que reía y yo sonreí un poco―. No debería haber saltado contigo en el restaurante, es solo que... ―Dejé la frase en el aire mientras intentaba reunir el coraje. Bella se mantuvo en silencio, paciente―. La noche que nos conocimos había vuelto a casa un poco pronto de un viaje de negocios. Encontré a mi esposa y mi mejor amigo juntos en la cama. ―Bella hizo un suave sonido, pero me negué a mirarla―. Estaba tan enfadado con ellos que sabía que tenía que marcharme antes de empeorar las cosas. ―Cerré los ojos, soltando un largo suspiro―. La cosa es que, incluso mientras les veía follar en nuestra cama, parte de mí no dejaba de pensar que era justo que al menos alguien deseara a Rose. ―Me estremecí por mis propios pensamientos dichos en voz alta―. Habíamos tenido muchos problemas antes de esto y lo cierto es que hacía meses que ni siquiera nos besábamos. Nos habíamos separado mucho y, aunque quiero culparles del derrumbamiento de mi matrimonio, sé que la culpa también es mía.
No estaba seguro de si Bella estaba escuchando o no, pero me sentí bien al decirlo en voz alta. Necesitaba poder hablar de ellos, poder sacármelos de la cabeza.
Unos dedos rozaron mi brazo y levanté la mirada para ver a Bella tumbada al borde de su colchón, con un brazo estirado en el hueco que había entre nosotros solo para poder consolarme. Mi mano fue a la suya y me acerqué al borde de mi colchón. Sus dedos rodearon mi bíceps, apretando un poco mientras yo soltaba un largo suspiro.
―He hecho muchas mierdas en mi vida; cosas de las que no estoy orgullo, pero de las que no me arrepiento necesariamente. ―Le eché una mirada a Bella con un nudo en la garganta―. Pero sí me arrepiento de haber dejado que mi matrimonio llegara a eso. Rose fue mi mejor amiga una vez y odio en lo que nos hemos convertido.
Bella me frotó suavemente el brazo.
―¿Has hablado con ella?
Sacudí la cabeza, volviendo a mirar al techo.
―No puedo. Todavía no.
Bella volvió a apretarme el brazo y pude sentir su comprensión en el movimiento. Nunca había pensado en mí mismo como alguien que disfrutase del contacto físico con otra persona. Es cierto que de niño me encantaban los abrazos, pero había dejado de hacerlo al hacerme mayor y, a cambio, la gente también había dejado de abrazarme a mí. Bella siempre me estaba tocando y, aunque no había nada sexual en ello, todas las veces parecían más íntimas que cualquiera de las veces que había tocado a Rose en los doce años que llevábamos juntos.
¿Había fallado a Rose en más sentidos de los que creía?
Bella no buscó detalles. No me hizo preguntas. Simplemente se quedó ahí tumbada, tocándome y dándome más consuelo del que seguramente habría podido darme nadie en ese momento.
Lágrimas empezaron a arder en mis ojos y, por primera vez, la necesidad de llorar por todo aquello me abrumó.
Cerré los ojos con fuerza e intenté respirar profundo para que se pasara.
Me quedé dormido con los ojos llenos de lágrimas sin derramar y la mano de Bella todavía en la mía.
Espero que os haya gustado.
La próxima actualización será el jueves y el martes pondré un adelanto en el grupo de Élite Fanfiction de Facebook. Mientras, contadme qué os ha parecido este capítulo.
Gracias por leer y comentar!
-Bells
