Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a fanficsR4nerds, yo solo la traduzco.


ALONG THE WAY

Capítulo siete

19 de diciembre – Tercer día en la carretera

Wichita, Kansas

Bella suspiró pesadamente y yo la miré. Llevábamos conduciendo más de ocho putas horas y los dos estábamos agotados, incluso aunque no era muy tarde. Habíamos cambiado de sitios tras parar a comer en Tulsa. Había sido comida basura de un restaurante franquicia, pero había estado bien bajarse del coche y estirarse un poco. La segunda parte del viaje la habíamos hecho prácticamente en silencio. Había respondido algunos correos y un par de llamadas que, por suerte, habían sido cortas. Bella parecía feliz conduciendo solo con la compañía de la música.

Cuando terminé con el trabajo, eché un poco hacia atrás el respaldo del asiento, intentando estirarme. Acabé durmiendo casi una hora y me desperté cuando acabábamos de cruzar la frontera del Estado de Kansas.

Gemí, incorporándome, y Bella me miró.

―¿Dónde estamos? ―pregunté, con la voz todavía densa por el sueño. Ella volvió a mirar la carretera.

―A unos quince minutos del hotel ―dijo suavemente.

Durante la comida habíamos elegido un sitio para dormir en Wichita. Yo había querido intentar llegar hasta Denver, pero Bella me había quitado la idea muy rápido. Wichita estaba a casi nueve horas de Memphis, mientras que Denver estaba a unas dieciséis. Sabía que ella tenía razón en poner un destino más realista, pero me había molestado igualmente. Podía admitir que estaba disfrutando del tiempo en la carretera y de conocer a Bella, pero eso no hacía que el coche fuera más cómodo por arte de magia.

―¿Estás bien? ―pregunté, pensando en su suspiro. Ella me echó una rápida mirada antes de mirar de nuevo la carretera.

―Sí... ―Se detuvo, mordiéndose el labio inferior―. Es solo que esta canción me recuerda a mi madre ―dijo, señalando el estéreo con la cabeza. Yo fruncí el ceño.

―¿El Cascanueces? ―pregunté, estirando el brazo para frotarme el cuello. Bella me miró sorprendida.

―Sí ―dijo un momento después―. A mi madre le encantaba. Decía que no era Navidad sin el Cascanueces. A mi padre le ponía triste escucharlo después de su muerte, pero siempre solíamos escuchar un par de movimientos la mañana de Navidad. ―Se encogió de hombros.

Asentí, frotándome una contractura que me había salido en el cuello por dormir en una mala postura.

―Alice bailaba en él todos los años ―dije suavemente. Bella me miró―. Kate y ella hacían ballet. ―Me estremecí al pellizcarme el cuello―. Lo cierto es que yo también bailaba.

La cabeza de Bella se giró hacia mí con tanta rapidez que me estremecí, sintiendo empatía por su cuello.

―¿Tú hacías ballet? ―preguntó. No pude saber qué estaba pensando solo por el tono de su voz.

Yo asentí, frunciendo el ceño. Nunca le había dicho a nadie que solía hacer ballet. Ni siquiera Rose lo sabía. ¿Por qué se lo había contado a ella?

―Era pequeño y dejé de ir a los nueve años. Era divertido cuando era pequeño porque yo era atlético y me mantenía ágil. ―Me encogí de hombros―. Se hizo raro cuando me hice más mayor, así que lo dejé. Pero incluso de adolescente, a veces me liaban para ayudar en la representación del Cascanueces. Yo cogía ninguno de los papeles importantes, pero estaban desesperados por tener chicos, así que hacía bulto de vez en cuando. ―¿Qué coño me pasaba? ¿Por qué le estaba contando todo aquello? Nunca se le había contado a nadie y hasta había hecho jurar a Alice y Katie que lo mantedrían en secreto. Había tenido que pagar un precio muy alto por su silencio.

Bella me miró tanto tiempo que me empecé a poner nervioso y le señalé que volviese a mirar la carretera. Ella apartó la mirada de mí, pero siguió sin decir nada. La miré nervioso.

―Es algo que nunca le he dicho a nadie ―dije un momento después. Deseé poder retirarlo. Estaba claro que no se lo estaba tomando bien.

Bella volvió a mirarme, pero su expresión no era de burla o crueldad. En su lugar, me miraba con suavidad.

―¿Ni siquiera a tu mujer? ―preguntó. Yo sacudí la cabeza y ella se mordió el labio―. Aprecio que me lo hayas contado ―dijo un momento después, volviendo a mirar la carretera―. Creo que es increíble que lo hicieras ―dijo suavemente. Yo fruncí el ceño. ¿Qué quería decir con eso?

No dijo más y yo estaba un poco nervioso para preguntar, así que mantuve la puta boca cerrada. Se lo había tomado mucho mejor de lo que había esperado, pero seguía sin estar seguro de qué pensaba de uno de mis secretos mejor guardados.

De todas formas ¿qué coño me había hecho compartir aquello? Era un secreto que no le había contado ni a mi mujer. Seguramente, Rose no habría pensado menos de mí, pero no me la imaginaba tomándose aquel vergonzoso aspecto de mi pasado con la misma elegancia que Bella. Rose tenía una enorme capacidad de ser amable y paciente, pero sabía que también podía ser cruel y criticona. Eso había hecho que no compartiera algunas cosas con ella.

Bella se pasó la lengua por los labios y yo estudié su perfil, intentando descubrir qué estaba pensando.

―Yo intenté hacer ballet a los tres años. A mitad de la clase decidí que aquello no era para mí. Mi padre tuvo que cogerme y pasar conmigo el resto de la clase. ―Sonrió un poco y aparecieron unas arrugas alrededor de sus ojos―. De alguna manera, tengo un recuerdo increíblemente claro de mi padre girando alrededor del estudio conmigo en sus brazos. Fue la última clase de ballet para los dos ―dijo con una risita. Yo sonreí.

―Alice era la que quería bailar. No paraba quieta desde que aprendió a andar y mis padres la apuntaron a clases en cuanto tuvo la edad suficiente. Al principio yo me uní por conveniencia, pero acabó gustándome un poco ―admití. Bella me echó una mirada―. A ver, me gustaba cuando bailábamos claqué y hip hop. El ballet no me entusiasmaba, pero era un niño fuerte, así que era fácil seguir el ritmo.

Bella sonrió y volvió a mirar a la carretera.

―¿Has vuelto a bailar alguna vez?

Yo resoplé y Bella rio, mirándome.

―No.

Bella se mordió el labio sin poder esconder la diversión en su expresión.

―¿Ni siquiera por diversión?

Sacudí la cabeza. Rose y yo habíamos ido a algunos eventos de caridad durante los años y ni siquiera ahí habíamos bailado. Rose era bastante grácil, pero prefería ser el centro de atención en el salón con sus amigas. La última vez que habíamos bailado había sido en nuestra boda.

Y con ese pensamiento, sentí cómo el buen humor me abandonaba. Joder.

Bella pareció sentir el cambio en mis emociones, porque me echó una mirada con el ceño fruncido. Yo aparté la mirada de ella, mirando por la ventana y respirando profundamente. Bella se mantuvo en silencio unos minutos antes de aclararse la garganta.

―Estamos a unos cinco minutos del hotel ―dijo suavemente. La miré―. ¿Quieres parar a comer antes de registrarnos?

Lo pensé un minuto antes de asentir.

―Vale. A ver si podemos parar en algún sitio donde además pueda comprarme ropa ―dije, señalando mi sudadera. Bella la miró, sonriendo antes de centrarse de nuevo en la carretera. Odiaba admitirlo, pero su sonrisa me hizo sentir un poco más contento. Me gustaba que mirarme la hiciera sonreír, sobre todo porque tenía la sensación de que no se reía de mí. No lo creía.

Bella entró en un centro comercial en la siguiente salida y yo suspiré, mirando las cadenas de restaurantes que llenaban el lugar. Ella me miró.

―¿Alguna idea? ―preguntó. Yo fruncí el ceño.

―Lo que sea más fácil, supongo. Nunca he estado en la mayoría de estos sitios ―dije, sacudiendo la cabeza. Bella sonrió y aparcó en el restaurante más cercano. Miré el cartel con cautela―. ¿Applebees? ―pregunté, mirando a Bella. Ella se encogió de hombros.

―Creo que tienen hamburguesas y cosas así ―dijo, girándose en el asiento.

Estiró el brazo hacia el asiento trasero y su cuerpo rozó el mío mientras intentaba coger su abrigo. A pesar del hecho de que llevábamos en el coche todo el puto día, olía dulce, como su loción. Contuve el aliento hasta que estuvo bien sentada otra vez y se puso a colocar las mangas del abrigo. Entonces me miró, sonriendo.

―¿Listo? ―preguntó. Solté el aire y asentí.

Nos bajamos del coche, ambos abrigándonos contra el frío aire que soplaba en el aparcamiento ―no había nieve, por suerte, pero el puto viento era igualmente vigoroso. Bella se puso rápidamente su abrigo, temblando mientras se rodeaba el cuerpo con él. Corrimos hasta la puerta del restaurante y estiré el brazo para abrirla. Bella soltó un suspiro de alivio al entrar ―no le había dado tiempo a abrochárselo, pero dejó caer los lados cuando entramos. La camarera nos sonrió, mirándome más tiempo del puto necesario. Llevaba una alianza; cierto que no podía verme las manos porque las llevaba en los bolsillos, pero aun así... Estaba allí con una mujer y, aunque ella no sabía que Bella y yo no éramos más que compañeros de viaje, debería haber asumido que éramos pareja.

Bella se removió, llamando la atención de la camarera.

―Hola ―dijo Bella, sonriéndole. No fui capaz de descubrir sus pensamientos basándome en su sonrisa―. ¿Mesa para dos, por favor?

La camarera volvió a echarme una mirada y sonrió, lamiéndose los labios.

―Por supuesto ―dijo, cogiendo dos menús. La miré con el ceño fruncido.

Nos llevó al interior del restaurante. Todavía era pronto, así que no había mucha gente. Nos llevó hasta una enorme mesa para por los menos seis personas y la miré mal.

―Nos sentaremos ahí ―dije, señalando una pequeña mesa con un banco corrido. La camarera miró hacia donde señalaba y tomó aire.

―Oh, claro, por supuesto ―dijo, dirigiendo el camino. Ella dejó los menús en la mesa, y yo esperé a que Bella se quitase el abrigo y se sentase antes de sentarme frente a ella. La camarera me miró una vez más, sonriendo ampliamente―. Emma será vuestra camarera esta noche. La enviaré aquí ahora mismo ―dijo con calidez. Yo asentí despectivamente y ella nos dejó por fin. Bella me miraba, mordiéndose el labio.

―¿Qué? ―pregunté. Parecía que estaba intentando no reírse, lo que solo me irritó más.

―Creí que te encantaba la atención femenina ―dijo secamente. Yo la miré furioso. ¿Qué coño se suponía que significaba aquello?

―No soy un puto adúltero ―gruñí. Bella pestañeó y se recostó en el banco, claramente atónita.

―No intento decir que lo seas ―dijo, sacudiendo la cabeza―. Yo solo... Pareces ser extrovertido y el tipo de chico al que le gusta llamar la atención ―dijo, inclinando la cabeza.

Yo gruñí, cogiendo mi menú de la mesa y poniéndomelo delante de la cara para que no pudiera mirarme. Me había calado a la perfección, pero es que hasta la simple mención de la infidelidad me provocaba. Bella no podía saber cómo iba a tomarme su comentario y me sentí mal por tomarla con ella, pero necesitaba calmarme antes de intentar explicarle nada.

Le eché un vistazo al menú, pero mis ojos solo pasaron por encima sin quedarme realmente con lo que ponía. Tenía hambre, pero en ese momento estaba de mal humor y habría preferido estar solo.

Bella hizo un suave sonido y yo bajé la carta para mirarla. Tenía su carta sobre la mesa y la leía concentrada. No me miró, aunque tenía que ser consciente de que la estaba mirando. De hecho, estaba demasiado concentrada. Fruncí el ceño, uniendo mis manos sobre la carta.

―Lo siento, Bella. ―Ella me miró sorprendida, levantando una ceja―. Yo... ―Me detuve, inseguro de qué coño era lo que quería decirle. Bajo su cuidadosa mirada neutra me pareció ver un destello de dolor en su expresión, pero era difícil saberlo. Tenía una perfecta cara de póquer.

Cuando quedó claro que me fallaban las palabras para lo que quería decir exactamente, Bella se movió, rodando los hombros.

―Está bien, Edward. No debería haber implicado nada. Lo siento ―dijo suavemente. Yo sacudí la cabeza.

Quería decirle que había acertado, pero las palabras se quedaron en mi garganta. En su lugar, suspiré y asentí, volviendo a mirar mi menú. Bella lo entendió y bajó la mirada al suyo.

―Creo que voy a pedir la ensalada de salmón ―dijo un minuto después. La miré.

―Eso suena muy bien ―admití. Llevábamos días comiendo cosas fritas y comida basura, y una ensalada parecía más que necesaria.

Bella me miró bajo sus pestañas. A veces tenía un aspecto inteligente y sofisticado, y luego inclinaba la cabeza o sonreía satisfecha y se convertía en un diablillo casi infantil. Podía admitirme a mí mismo a regañadientes que era mona, aunque seguía muy lejos de ser mi tipo. Por un lado, debía de ser por lo menos doce centímetros más baja que Rose y, aunque sabía que sus ojos podían contener toda la suficiencia del mundo, no dejaban de ser grandes e inocentes. Rose tenía una mirada seductora que no podía imaginar en Bella.

Mis pensamientos se vieron interrumpidos por la llegada de nuestra camarera. Bella se recostó contra el respaldo y le sonrió con calidez. La camarera le devolvió la sonrisa y luego se giró hacia mí. Parecía un poco coqueta, pero en general intentó dividir su atención entre los dos de forma igualitaria, cosa que aprecié.

Los dos pedimos ensaladas y agua, y la camarera se fue tan rápido como había venido. Miré a Bella, que estaba sentada con las manos unidas sobre la mesa y una suave sonrisa en la cara mientras miraba al espacio. ¿Por qué era tan difícil conocerla? Contaba cosas sobre sí misma cuando se le preguntaba, pero no empezaba conversaciones. ¿Por qué siempre tenía que hacerlo yo?

La mirada de Bella se posó en mí y tragué ―me había pillado mirándola. Sin embargo, no me encogí y seguí mirando, intentando descubrir cómo hacer que comenzase a hablar.

Sus ojos marrones estaban muy abiertos e inclinó la cabeza, con una pequeña sonrisa extendiéndose en sus labios.

―¿Cómo estás?

Pestañeé. ¿Qué significaba aquello?

―Estoy cansado ―dije, sacudiendo la cabeza. Bella asintió.

―Lo siento si te he despertado muy pronto esta mañana ―dijo, sacudiendo la cabeza―. Soy bastante noctámbula, pero doy una clase horriblemente temprano. ¿Quién pone una clase a las ocho de la mañana para universitarios de primer año? ―preguntó, sacudiendo la cabeza. Su pelo cayó sobre sus hombros y vi como un mechón se enganchaba en uno de los botones superiores de su camisa.

―Yo odiaba las clases matinales ―acepté, apartando los ojos de su camisa y mirando los suyos. Ella asintió con una mirada suave y cálida.

―¿Cuál era tu clase favorita en la universidad?

Fruncí el ceño.

―¿Fuera de la licenciatura? ―pregunté.

Bella sacudió la cabeza.

―No necesariamente.

Tamborileé los dedos sobre la mesa, pensando en su pregunta. Nadie me había preguntado eso antes.

―¿Honestamente? ―pregunté. Bella asintió, inclinándose hacia mí―. Esto va a hacerme parecer un empollón, pero tenía una clase de ética durante la licenciatura que acabó gustándome mucho.

Bella me miró sorprendida y sonrió.

―¿En serio?

No tenía muy claro si lo preguntaba con escepticismo o no, pero asentí.

―Sí, el profesor era genial. Nos mandaba diferentes lecturas y, cada semana, interpretábamos diferentes escenarios según el académico al que estuviéramos estudiando esa semana. Era muy divertido.

Bella sonrió, recostándose en el banco.

―Eso parece una forma genial de aproximarse a la materia ―dijo un momento después. Yo asentí.

―¿Qué hay de ti? ―Me sentía extrañamente cohibido por haber admitido eso. ¿Cómo era que aquella mujer que solo conocía de un par de días podía desarmarme de tal manera que empezaba a contar cosas que nunca le había contado a nadie?

Bella frunció los labios, cosa que me distrajo.

―Había unas cuantas que me encantaban. Literatura infantil era muy interesante y casi me llevó a seguir estudiando filología más allá de mi licenciatura ―dijo, dándose un golpecito en la barbilla con un dedo―. Pero creo que mi clase favorita fue entomología.

Fruncí el ceño.

―¿Bichos?

Bella asintió, sonriendo más ampliamente por mi expresión de sorpresa.

―Mi profesora era muy entusiasta. Sabía que ninguno de nosotros íbamos a ser entomólogos profesionales, así que era muy relajada con los exámenes. Pasábamos clases completas en los patios y jardines buscando bichos. Era divertidísimo.

La miré con la boca abierta. ¿Cómo conseguía sorprenderme siempre?

―Nunca lo habría adivinado ―admití. Bella se echó a reír.

―Hasta tuve que cultivar mi propia colección de bichos.

Pestañeé.

―¿Te refieres a fijarlos con alfileres y eso?

Ella rio.

―Sí. Los fijaba, los guardaba en tarros, los etiquetaba... Todo. Era una gran colección. Conseguí coger algunos bichos en Washington, cuando fui a casa por Semana Santa, y conseguí un crédito extra porque eran especies que no había en la universidad.

Reí, sacudiendo la cabeza. Bella soltó una risita, inclinándose hacia delante y apoyando el codo en la mesa. Colocó la barbilla en la palma de su mano y me sonrió.

―No puedo decir que nunca haya tenido razón para buscar ningún tipo de bicho ―dije secamente. Bella sonrió satisfecha.

―A mi padre le gusta pescar. Solía coger gusanos con él en el jardín. Aunque no son muy difíciles de encontrar. En Forks siempre están saliendo de la tierra húmeda.

Asentí comprensivamente.

Nuestra camarera reapareció, poniéndonos las ensaladas delante, y volvimos a colocarnos en nuestros asientos. No me había dado cuenta de que me había inclinado hacia ella mientras hablábamos.

―Tiene buena pinta ―gimió Bella, mirando la ensalada. Asentí de acuerdo y nuestra camarera sonrió.

―Disfrutad. Avisadme si necesitáis algo más ―dijo feliz. Los dos asentimos y ella se marchó.

Bella probó su ensalada de inmediato y arrugó la cara. Yo fruncí el ceño.

―¿Qué pasa? ―pregunté. Ella tragó y suspiró.

―Nada. Estoy un poco malcriada porque mi padre siempre tiene salmón salvaje en el congelador. ―Rio, removiendo la ensalada con el tenedor―. Está buena, a pesar de mi esnobismo con el pescado.

Reí y sacudí la cabeza. Pinché mi bocado y supe de inmediato a qué se refería. Estábamos en medio del puto país. Habría sido más inteligente pedir un filete o algo así. Bella rio por mi expresión y yo tragué, estremeciéndome un poco.

―Es... comestible ―dije un momento después. Bella resopló.

―Supongo que los dos somos unos burgueses esnobs.

Yo resoplé también, cogiendo mi vaso y tomando un trago de agua. Burgués y esnob serían las últimas palabras que usaría para describir a Bella.

Sin embargo, a mí me iban a la perfección.

Comimos tanto de nuestras ensaladas como pudimos. Yo acabé comiendo más de lo que había esperado. Estaba buena, dejando a un lado el salmón de mala calidad. Bella pidió sus sobras para llevar y yo pagué la cuenta antes de salir de nuevo al coche. Bella se puso tras el volante mientras yo me colocaba en el asiento del copiloto.

―He visto un Walmart a la vuelta de la esquina ―dijo Bella, poniéndose el cinturón de seguridad sobre el abrigo. La miré con el ceño fruncido.

―Creo que ni siquiera sé qué hay en un Walmart ―le dije. Ella se echó a reír y se encogió de hombros.

―Yo soy una chica Target, pero... bueno, vamos a echar un vistazo. A lo mejor tienen algo que te gusta.

El traje que había llevado era un puto Armani. Llevaba un puto reloj de veinte mil dólares en la muñeca. No importaba lo que vendieran en Walmart, no iba a alcanzar mis mínimos.

Bella me caló al instante, como solía hacer, y rodó los ojos. Metió la llave en el contacto y salió del aparcamiento, dirigiéndose hacia el Walmart.

―Mendigos, Edward. ¿Recuerdas?

Resoplé.

―Habrá alguna boutique o algo por aquí ―protesté. Bella me echó una mirada.

―¿De verdad quieres ir a buscar una tienda de marca?

La verdad es que no quería. No me importaba ir de compras, pero solo cuando era una experiencia lujosa, como sucedía en Nueva York. Incluso aunque consiguiera encontrar por allí un diseñador que alcanzase mis mínimos, dudaba que la experiencia fuera comparable.

Suspiré y, aunque parecí un puto dramático, Bella no se rio de mí. Bueno, no se rio mucho. Sí que soltó una risita.

Aparcó en el Walmart, que era enorme y estaba atestado de gente. Miré la multitud que entraba y sacudí la cabeza.

―De ninguna manera ―protesté.

―Necesitas ropa ―dijo Bella, mirándome. Yo gruñí.

―Pero esto es... ―Dejé la frase en el aire mientras sacudía la cabeza―. Esto parece mi peor pesadilla ―le dije. Bella rodó los ojos.

―Vamos, Edward. No estará tan mal.


Espero que os haya gustado.

La próxima actualización será el domingo y el sábado pondré un adelanto en Facebook. Mientras, contadme qué os ha parecido este capítulo.

Gracias por leer y comentar!

-Bells