24. ¡Ya, por favor!
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Después de que, literal, Satoru estuvo fastidiando a Nanami toda la mañana y luego toda la tarde, hasta que el otro, fuera de sus casillas aprovechó que no tenía el infinito activo y bueno, acabó asestándole un buen puñetazo en la cara… antes de que aquello se convirtiera en un campo de batalla, Haibara se llevó a Nanami y él a Satoru.
"¿Por qué demonios siempre tengo que intervenir en este tipo de situaciones?", se preguntó fastidiado Suguru mientras llevaba en el hombro a Satoru, como colcha.
Debería de incluir en su currículo manejo de fieras o algo así, porque definitivamente eso era una habilidad que había adquirido a lo largo de todos los años que llevaba conviviendo con Satoru Gojo.
—¿Qué carajo, Satoru? ¿Por qué siempre estás jodiendo a Nanami?
—Sabes que me puedo bajar de tu hombro ¿Verdad? Es inútil que me lleves así —respondió el otro, que había dejado de patalear y ahora sólo iba colgado como bufanda—, lo que pasa es que sé que tú le gustas…
Eso último no lo esperaba, ¿de dónde diablos se le ocurrían tantas tonterías?
—No jodas, eso es una pavada, ¿sí lo sabes, no?
—Claro que no, es la verdad, es una gata… ¡Es una gata rompe hogares! ¡Quiere lo que es mío!
—¿Otra vez lo mismo?
Satoru se bajó de un salto de su hombro y en marcha, mientras iban de camino de regreso a la escuela, se le quedó mirando, nada escapaba a sus ojos, a los pozos azul imposible que todo lo podían ver con claridad. Y todo era todo.
—Yo sé que a ti te agrada también su atención, ¿o es al revés, Suguru…?
Esto último hizo que el moreno arqueara ambas cejas, y al final acabó riéndose, no sabía si de rabia porque le estuviese reclamando semejante chabacanería u honestamente de diversión por las tonterías que decía.
—No puedo creer que después de un montón de cosas que hemos vivido, te atrevas a decir semejante estupidez… —y eso sí sonó a un reclamo.
El otro siguió arguyendo más tonterías, mejor dicho, ladrando cosas, entonces fuera de sí el moreno tiró de sus cabellos desordenados e hipopigmentados, y lo metió al primer lugar donde encontró una puerta, por supuesto su compañero estaba lanzándole puñetazos aquí y allá.
Un sótano.
Acabaron rodando los dos por las escaleras de un sótano, porque Suguru que lo llevaba arrastrando por el cabello, no vio a dónde pisaba y se fue hacia abajo, rodando nada elegantemente, con los cabellos de Satoru en su mano y bueno… lo más parecido a una pelea de Plaza Sésamo.
Más hábil que el otro cuando cayó, acabó atrapando a Satoru debajo de su cuerpo en el piso mohoso y sucio del lugar.
—¿En serio crees todas esas boberías que estás diciendo…?
—¡Tú! ¡Túuu Suguru, también tú…!
Los ojos de Suguru le devolvieron una mirada nada agradable, así como estaba, debajo de su cuerpo, atrapado, la verdad… atrapado porque él quería estar así, era capaz de zafarse de él, pero no quería. Punto.
—Piénsalo, Suguru, si acaso se te ocurriera… no sería más que un triste sustituto…
—¡Estás loco! —Le dijo burlándose.
—¿De verdad serías capaz…? No soy cualquier sujeto… y además, tampoco te vas a topar a nadie más cómo yo, a ti te gusta mucho estar conmigo…
—Eres un pagado de ti mismo —dicho lo cual se agachó un poco, ya que tenía tan a la mano su cuello, para morderlo con un poco de rudeza.
Algo a lo que ya estaba acostumbrado el otro.
—Es la verdad… soy lo mejor que vas a tener en tu cama… —afirmar aquello era algo bastante grosero y grotesco.
Suguru harto de estar escuchando los desvaríos de su compañero acabó por callarlo a besos, besos que entre el fastidio, y las ganas —porque era obvio que tenerlo cerca le daba muchas ganas de hacer cosas—, al final, acabó callándolo.
El saco de Satoru terminó sin botones del tirón que le dio para abrirlo, la camisa era un poema, rota, cerrada de los botones pero desgarrada, en fin, es justo decir que traía girones de tela por todo el cuerpo.
—Suguru…
Los labios de su amante iban por ahí dejando marcas visiblemente rojas, parduzcas, los vasos rotos, le dejó un pezón con marcas de sus dientes, su amante se retorcía debajo de él, con las piernas abiertas, empujándose lascivamente contra su cuerpo, arqueando la espalda contra el piso. Y lo único que atinó a hacer fue bajar la mano para tocar por encima de la ropa su sexo firme, pero, Suguru le quitó la mano, no lo dejó seguir tocando.
—Suguru… déjame tocarte… por favor… —suplicó.
—No.
—¡Suguru!
Igual lo ignoró, le dio una mordida en un costado, y luego jugueteó un poco con la lengua en su ombligo, sus dedos le abrieron el pantalón para poder acariciar su miembro, libre de la tela, jugueteaba con él y en acto reflejo respondía contra sus dedos, contra la palma, tensándose. El otro gemía, apretaba la pelvis contra él.
Se sentía tan excitado que estaba seguro de que sólo con tocarlo podría llegar hasta el final. La febril excitación previa al orgasmo donde sentía que todo su cuerpo se llenaba de electricidad.
Entonces Suguru, que conocía perfectamente a esas alturas las reacciones de su piel, de su cuerpo, apretó la base de su sexo, con más fuerza que una caricia, la suficiente fuerza como para reducir a la mitad la erección.
—Oye… no, eso… —no pudo seguir hablando. Se detuvo en medio de su protesta.
Los labios de su amante entonces se entretuvieron en su miembro, poco a poco engulló la extensión del mismo hasta que éste chocó con su paladar y después deslizó la lengua por el cuerpo cavernoso mientras lo expulsaba de la cavidad de su boca.
Sus ojos, los de Suguru, observaban como el otro se retorcía con la ropa rota y abierta, gemía y murmuraba a medias cosas, cosas que no entendía.
—Suguru… por favor… me estás torturando por lo de hace rato… ya… —gimoteó con la voz entrecortada.
El otro, con la boca ocupada simplemente sonrió a medias.
"Sí por supuesto, sí que te estoy torturando", se dijo a sí mismo en silencio.
Al sentir la tensión de su miembro, cómo empezaba a endurecerse más y a tener espasmos breves contra su paladar, supo que otra vez lo tenía a tope, así que esta vez se lo sacó de los labios y apretó un poco la base escrotal, menos fuerza que lo hecho anteriormente, porque esa zona era más delicada.
—Hijo de puta… —maldijo el otro.
Nuevamente, había disminuido la erección de su cuerpo.
Antes de que acabara furioso, lo soltó, se levantó, con el evidente problema entre las piernas, tampoco es que fuese de piedra, era lógico que deseara a ese hombre que estaba ahí tendido, es más, lo deseaba tanto, que para él también había sido una tortura.
—Bueno, pues… creo que será mejor que nos vayamos de aquí, escuché ruido —lo cual no era cierto—, entonces, mejor nos vamos a otro lugar… a los dormitorios, si quieres…
—¡No te atrevas, cabrón! ¡No te atrevas a dejarme así, aquí!
—¿Así cómo?
—¡Más tieso que un pan de diez días…! ¡No jodas! ¡Suguru!
Pero su compañero ya había empezado a correr escaleras arriba, para cuando Satoru lo pudiese alcanzar, en lo que se medio acomodaba la ropa y salía corriendo con todo lo demás desgarrado, como plañidera, él probablemente ya estaría por llegar a la habitación… riendo… claro que estaba riendo, al menos eso se merecía por hacerle pasar tan malos ratos delante de todos los demás…
Estaba seguro de que le iban a dar la paliza de su vida en la cama… pero… tampoco eso es que fuera un castigo…
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Día 24: Orgasm Denial.
