26. El observador.

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A él no le gustaba mucho participar… es decir, por supuesto que le gustaba el sexo, como a todos, pero… digamos que reservaba esa práctica para cuando tenía el tiempo de conocer suficiente a alguien.

No era porque fuese cursi, simplemente es que no podía ir por la vida de cama en cama, como la mayoría de los jóvenes, él ya no era un chiquillo, y tampoco es que tuviera el ánimo como los mocosos de la escuela.

Por ello es que para Kusakabe Atsuya, lo más cercano a saciar su perversión y alimentar su libido, lo más útil y cómodo —no era tan cómodo salir de ahí con una erección—, era ser un observador.

A veces, después de sus obligaciones de la escuela y una que otra misión sin riesgo alguno para su vida, se iba a meter a uno de esos lugares, esos sitios clandestinos que en apariencia eran casas de té, pero en realidad eran puteros donde también había espectáculos de todo tipo.

¡Y vaya qué cosas había visto!

La clase de cosas que dan pena admitir y que por supuesto no se platicaban en público con absolutamente nadie. A riesgo de quedar como un básico pervertido de la peor calaña. Y tal vez sí lo era.

Como sea, le llegó la invitación en mensaje al móvil, era jueves, estaba hastiado, cansado, sin ganas de nada más que irse a su departamento y echarse a dormir. Pero… cuando abrió la invitación, de bastante mal gusto, tuvo curiosidad, no por las promociones de bebidas al dos por uno, ni por las mujeres dos al precio de una y media durante dos horas… no, eso no, fue de lo que se trataba el espectáculo: "Todo lo que cabe en su interior ¡Sorpresas calientes!".

—¿Quién diablos redacta estas cosas…? —Preguntó en voz alta arqueando una ceja. No sabía si reírse o llorar.

Suponía que para cualquiera eso sonaría atractivo, y sí, al menos a él le llamó la atención.

Total que aquella invitación decía que el espectáculo principal empezaba a las once treinta de la noche, al final no era tan mala idea, tal vez iría un rato y luego se regresaría, no tan tarde, de todos modos no pensaba en irse con alguna mujer a una de las habitaciones mohosas ni mucho menos.

¿Qué más daba?

Así que regresó a su casa saliendo de la escuela, cenó cualquier cosa de lo que tenía en el frigo y hasta tomó una breve siesta. Se levantó, se mesó el cabello, se medio arregló, dejó la katana en su lugar, no pensaba llevársela, tampoco es que quisiera llegar al lugarsucho disfrazado como de Highlander El Inmortal, bonito se iba a ver.

Allá fue a dar.

Apenas entró llegó hasta sus fosas nasales el olor agrio de comida rancia, alcohol, cigarro, entre otras cosas, no estaba tan lleno el lugar, de modo que se apostó en una mesa, lo suficientemente escondida, pero con excelente vista, así que desde ahí podía ver quién entraba y salía, y por supuesto la pista de espectáculos.

—¿Quiere que le envíe una botella? Ahora hay promociones… —le dijo la mesera, que estaba seguro no tenía más allá de dieciséis años, lo cuál era ilegal, por cierto.

—No, una cerveza, por favor —dijo laxo.

—¿Quiere que envíe a una chica? Puede hacerle compañía…

—No, sólo la cerveza…

—¿O tal vez un chico…? —Inquirió risueña.

"¿Qué demonios, pues de qué me han visto cara?", pensó para sus adentros, "si tuvieran por aquí a MeiMei, tal vez…".

En la pista ligeramente iluminada, entre todos los colores estrambóticos, bailaban dos chicas con poca ropa, meciéndose la una contra la otra y tocándose con cara de pocos amigos, sin duda lo más excitante que había visto en su vida. Hasta él tenía mejor cara que aquellas dos.

Le llevaron la cerveza y un plato con frituras, se comió un par, al menos no estaban tan mal, acercó el cenicero y encendió un cigarrillo, mientras le daba un trago a la cerveza.

En ese tiempo antes de que fuera la hora esperada para ver las "cosas calientes que cabían en ella", o algo así, se tomó otra cerveza, y en esas estaba cuando escuchó que cambiaban la música de fondo para dar entrada a una chica, visiblemente operada, en ropa minúscula: sólo un sujetador que cubría nada y un calzoncillo que tampoco cubría mucho.

Iba a admitirlo, era guapa, no de su estilo, pero era agradable.

La chica bailaba, contoneándose al ritmo de la canción, tiraba de los elásticos de su minúscula ropa, mostrando un poco, haciendo que todos gritaran y silbaran, lo más parecidos a lobos o coyotes.

En esas estaba cuando se volvió a la entrada y entonces sí que sintió emoción, y no por ver a la mujer con menos ropa, sino porque vio desfilar a unos cuantos de los Zen'in: Naobito, su hijo Naoya, el padre de Maki y Mai, Ougi, y Jinichi…

—¡Joder! —Masculló, haciéndose más pequeño en su silla, tratando de mimetizarse con los muebles—, maldita sea la hora en la que se me ocurrió venir acá.

Estaba pensando en que sería mejor escapar de ahí, por supuesto que no quería encontrarse con aquellos sujetos, aunque evidentemente estaban ahí por lo mismo que él.

Su idea de escapar quedó pospuesta debido a que la mesa donde se sentaron estaba del otro lado de la pista, delante de él, así que un movimiento en falso y lo verían.

Se concentró en la chica para evitar estar viendo a los otros pervertidos que estaban ahí. Perdió el espectáculo de cómo se había bajado el sujetador mostrando los senos y la mitad de los pezones, y se había hecho de lado la miniatura de braga mostrando los genitales, estaba empinada en el piso, literal con el culo al aire, el público enloquecía.

No se imaginaba a los Gojo metidos en ese tugurio.

Es más, ni siquiera al rebelde de Satoru, pensaba que a ese engendro le ponía más ir a Disney.

La mujer con las piernas abiertas, agachada en cuclillas dejó salir de la vagina algo parecido a… ¿una bala vibradora? ¿Un huevo? ¿Qué demonios era eso?

—Debí traer las gafas —se lamentó, porque tampoco es que tuviera una vista envidiable.

La enardecida turba comenzó a aplaudir. No entendía, ¿en serio alguien podía pensar que aquello era excitante? Ciertamente él no.

Otra de esas cosas que parecían huevos, y luego otra, y otra ¡Cuatro en total! Pero lo más extraño vendría después, cuando la mujer acabó por quitarse las bragas y… ¡Literal del culo también comenzó a echar esas cosas!

Acabó por prenderse otro cigarrillo y empinarse otra cerveza más. Entre el susto de ser descubierto por los Zen'in, el bizarro espectáculo de la mujer gallina que tenían en la pista y que no comprendía cómo es que había acabado ahí… bueno eso sí, por básico, por pervertido… al final acabó tan estresado que estaba seguro de que si tuviese planes perversos, aquello que tenía entre las piernas no se le levantaría ni con una grúa.

Aprovechó la distracción de un par de mujeres que fueron justo a la mesa de los Zen'in, para pagar la cuenta y escabullirse del lugar.

—Para la otra me lo pensaré dos veces, porque ya me di cuenta de que no soy el único depravado que visita esos lugares… —se lamentó mientras caminaba de regreso a casa.

Ahora resultaba que ya tampoco podía ser un mirón, porque a saber quiénes más andaban por ahí de mirones, y si ahora se enteraba de Masamichi Yaga también… bueno, ya nada le sorprendía…

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Día 26: Ovisposition.