27. Soplar.

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Muchas veces en su vida pensó en si le habrían pasado esas cosas si Maki se hubiese quedado con ella en vez de marcharse, y entonces sentía entre miseria por sí misma y odio por Maki, y algunas veces también la entendía, muy en su interior, porque lo que ella pensó que serían unas cuantas tareas de servidumbre, tuvo que hacer un montón de cosas… que estaba segura, todos sabían y permitían.

Un día, eso se acabaría, un día…

Tumbada en la mesa de aquella habitación, que por lo que sabía era un antiguo comedor que no se usaba tal vez desde unos veinte años atrás o mucho más, observaba las lámparas de papel y biombos pintados a mano con sus complicados dibujos, la luz era discreta, por lo que casi estaban en penumbra.

Prefería concentrarse en eso.

Siempre que le decían que Naoya la requería, sentía un escalofrío por toda la espalda, era como una descarga de electricidad, era una sensación no muy agradable, más bien, aterradora. Porque ya sabía que de él sólo podía esperar cosas extrañas. Y sí, porque mandó decirle que no quería que llevara nada debajo de la ropa… o sea, nada de ropa interior.

Le había pedido que se tumbara ahí, sobre la mesa. Sólo contemplar sus ojos, su mirada fría, perversa, le causaba una sensación nada agradable. Quizás otra mujer se habría sentido halagada o complacida por esa manera en la que la observaba, pero… ciertamente no ella.

—Sólo quédate quieta —le ordenó.

—Bien —contestó ella sin ninguna emoción en la voz.

La yukata oscura que llevaba tenía un grabado de agua, como olas, olas que se precipitaban en un mar imaginario, le gustaba mucho esa prenda en particular, quizás por lo agitado del agua.

Alguna estupidez se le habría ocurrido hacerle.

Los siguiente fue que ahí en la mesa, procedió a abrirle la ropa, los lienzos, los nudos, y la dejó ahí, con la yukata abierta, mostrando su cuerpo delgado desnudo. El evidente cuerpo de una adolescente con las formas regulares de una mujer. Sintió frío. Los pezones se irguieron solos por el frío o por el escalofrío que él le causaba.

—¿Tienes frío? —Preguntó con su voz lacónica.

—Sí…

—Se te quitará.

No dijo nada más. Tampoco la tocó, como algunas veces había hecho. La tocaba con brusquedad y sin cuidado alguno, pero no esta vez. Observó simplemente. Mai seguía mirando la luz de las lámparas.

No vio que había acercado un banco o silla, no alcanzó a ver, a la orilla de la mesa, luego la jaló por los tobillos, hasta que literal solamente tenía apoyadas las nalgas en la mesa, sus piernas quedaban prácticamente colgadas, después las acomodó sobre sus hombros.

Ahora sí sintió que le estaba latiendo el corazón a toda velocidad, porque nada de eso le había hecho. Trató de concentrarse en las lámparas y su luz, en los dibujos.

Pero no pudo seguir concentrándose porque muy pronto sintió los dedos de él separando los labios exteriores de su sexo, dejando al descubierto todo, después sintió su boca acariciándola, eso le hizo moverse, tuvo miedo, pensó que le gritaría, que acabaría haciéndole algo desagradable.

Pero no lo hizo. La dejó. Después lo que sintió fue su lengua acariciando, su saliva tibia que le estaba haciendo sentir… cosas raras. Su lengua que se adentraba por rincones que apenas ella misma se había descubierto. No pudo acallar un breve gemido, incluso se llevó la mano a la boca para no hacer ruido, pero él, nuevamente no le dijo nada.

Sabía que no podía decir que no, así que sólo se quedó así, con la mano sobre su propia boca para evitar hablar o hacer más ruido.

Sintió la lengua de él explorando adentro de ella, moviéndose como con vida propia, y luego, acariciando por fuera, en ese punto, en ese botón que se inflamaba hasta reventar. Volvió a gemir. Estaba asustada por lo que estaba sintiendo, porque no es que quisiera hacer esas cosas con él, pero tampoco podía evitar sentirlas.

Nuevamente sus labios en la entrada de su cuerpo, sólo que esta vez con la boca alrededor, le sopló ¡Le sopló! De tal manera que el vientre se le infló de una manera curiosa por el aire, él estaba observando lo que hacía, observó atento como ese pequeño abultamiento, al soltarla, desaparecía.

¡Ese era su condenado experimento!

Otra vez lo hizo, incluso colocó la palma de su mano contra ella para sentir cómo se inflaba.

Lo hizo una tercera vez, y qué bueno que dejó de hacerlo, porque aquello le estaba provocando ganas de ir al baño. Después continuó haciendo cosas con su lengua, cosas que le hicieron sentir otras cosas, cada vez más intensas, y más y más, hasta que estaba casi temblando.

Naoya se levantó, bajó sus piernas y las puso en su cadera, se acomodó entre sus muslos para penetrarla despacio, y qué bueno que el desgraciado lo estaba haciendo despacio porque normalmente no tenía cuidado y con esa cosa gorda le dolía… pero… ahora no le estaba doliendo, es más, el ardor que sentía… era placentero.

El vaivén pronto la llevó a tener un orgasmo, pensó que se moría, pensó que nunca había sentido algo así… pensó en que se sintió asqueada por sentir placer con ese sujeto, porque él le había provocado placer.

Se debatía entre si era terrible sentir un orgasmo así, o si era terrible sentir un orgasmo provocado por él, o era terrible sentir un orgasmo con él

Cuando terminó la dejó ahí en la mesa, escurriendo, simplemente se marchó.

Poco después llegó una de las mujeres de servicio para ayudarla a arreglarse lo mejor posible y luego la acompañó al baño para asearse, era importante lavarse ahí, para no tener bebés, y por supuesto que lo haría, es más, si era necesario meterse un palo de escoba para evitarlo, lo haría…

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Día 27: Belly bulge.