"Los límites que separan la Vida de la Muerte son, en el mejor de los casos, vagos e indefinidos. ¿Quién puede decir dónde termina una y dónde empieza la otra?". -Edgar Allen Poe, El entierro prematuro.

Capítulo 1 Kenichi I

Parte 1

Si le preguntaras a cualquiera que hubiera conocido a Kenichi Natsuki, te dirían que él era como el sol. Una luz brillante en el centro de todo, una fuerza magnética y poderosa que atraía a todos hacia él, como la gravedad irresistible del astro rey. Donde quiera que estuviera, Kenichi irradiaba una energía que llenaba la habitación, convirtiéndose en el foco alrededor del cual todos giraban. No importaba si estabas de su lado o no; era imposible ignorarlo.

Él no era perfecto, claro está. Era carismático, sí; siempre seguro de sí mismo, rico, atractivo, y si uno creía en los rumores, hasta particularmente bien dotado en todos los aspectos. Pero perfecto, eso nunca. La calidez y amabilidad con las que solía envolver a quienes lo rodeaban podían desvanecerse en un instante, reemplazadas por una frialdad cortante que intimidaba incluso a sus aliados más cercanos. Sus detractores dirían que caminaba como si fuera superior a todos, y sus admiradores, por otro lado, afirmarían que quizás tenían razón.

La verdad, sin embargo, era mucho más compleja. Porque el Kenichi despreocupado, el hombre alegre que repartía bromas y coqueteos con facilidad, no era exactamente quien aparentaba ser.

Kenichi Natsuki nació en una tarde nevada, el 14 de diciembre, en la mansión de los Natsuki, situada en un valle junto a las Montañas de Virga, cerca de la gran ciudad de Drisstay, en Gusteko. La finca, rodeada de bosques helados y vientos invernales que soplaban sin tregua, había pertenecido a su familia durante generaciones. Los antepasados de Kenichi, antiguos mercaderes de Kararagi, habían comprado estas tierras tras hacer una gran fortuna, convirtiéndose en una de las casas más influyentes de Gusteko.

La familia Natsuki, aunque establecida en Gusteko, siempre mantuvo estrechas relaciones con su tierra de origen. Gracias a su éxito como mercaderes, sus antepasados habían establecido conexiones comerciales sólidas con la ciudad de Tenmitsu, en Kararagi. Estas relaciones comerciales no solo proporcionaron a los Natsuki una fuente constante de ingresos, sino que también les otorgaron influencia tanto en Gusteko como en Kararagi. La alianza entre ambos territorios les permitió acceder a recursos y oportunidades que otras casas nobles no podían igualar, reforzando así su prestigio y poder.

Desde el comienzo de su niñez, Kenichi Natsuki rápidamente fue visto como un prodigio. No solo destacaba por su habilidad innata para la magia de viento, sino también por la enorme cantidad de poder que podía manejar. Mientras otros jóvenes nobles luchaban por canalizar su energía mágica, Kenichi lo hacía con la misma facilidad con la que respiraba. Poseía una puerta mágica excepcional y unas reservas de mana que eran la envidia de los hechiceros más experimentados del reino. Sin embargo, su dominio sobre la magia no era solo una cuestión de talento innato; también era el resultado de una ambición implacable que lo empujaba a entrenar hasta el límite, superando incluso lo que otros consideraban posible.

A medida que crecía, fue enviado a la Academia Imperial de Gusteko, un prestigioso colegio para los hijos de nobles y familias adineradas. La academia, situada en la capital, Drisstay, era conocida por su exigente currículum y su selecto cuerpo estudiantil. Allí se impartían conocimientos en magia, esgrima, historia, política y etiqueta, preparando a los jóvenes para asumir sus futuros roles como líderes de sus respectivas casas. Para Kenichi, la Academia Imperial no solo fue un lugar de aprendizaje, sino también el escenario donde su confianza y carisma florecieron.

Desde sus primeros días en la academia, Kenichi se destacó en todo lo que hacía. Era un estudiante brillante, superando a sus compañeros en cada lección de magia y esgrima. Sus instructores quedaban asombrados por su destreza y por la facilidad con la que dominaba incluso los hechizos más complejos. Además de sus estudios, Kenichi pasaba largas horas entrenando su físico, fortaleciendo su cuerpo hasta alcanzar una complexión musculosa que complementaba su talento mágico. Con hombros anchos y brazos fuertes, su presencia se hacía notar tanto en las salas de entrenamiento como en el campo de batalla simulado.

Sin embargo, la academia también fue donde Kenichi descubrió otro aspecto de sí mismo: su gusto por las mujeres y su habilidad innata para el coqueteo. Rodeado de jóvenes nobles de diversas familias, no tardó en darse cuenta de que su carisma y atractivo natural eran armas tan efectivas como su espada. Kenichi pronto ganó fama como un galán, un joven apuesto y seguro de sí mismo que sabía exactamente qué decir y cómo actuar para ganarse la atención de las chicas. No era raro encontrarlo perdiéndose en rincones oscuros de los jardines de la academia, disfrutando de encuentros secretos y aventuras fugaces. Sus amigos y compañeros bromeaban sobre su "entrenamiento extracurricular", aunque para Kenichi solo era una extensión natural de su confianza y su deseo de conquistar cualquier desafío que se le presentara, incluso si eso implicaba cortejar a las jóvenes más codiciadas de la academia.

Al graduarse a los 16 años, Kenichi había aprendido mucho más que magia, esgrima e historia. Había descubierto el poder de su carisma, el magnetismo que podía ejercer sobre quienes lo rodeaban, y había probado los primeros destellos de la vida que llevaría como adulto: una vida de victorias, conquistas y una insaciable ambición por ser el mejor en todo lo que hacía.

Kenichi no perdió tiempo una vez que se graduó. Gracias a su excepcional habilidad y al respaldo de su prestigiosa familia, se convirtió rápidamente en un caballero del reino. A diferencia de otros nobles que preferían evitar el peligro, Kenichi se lanzó a la vida militar con entusiasmo, buscando la emoción y el desafío del combate. Sabía que estaba destinado a la grandeza; desde pequeño, su familia lo había moldeado para ser el mejor, y él aceptó esa carga sin dudarlo. La ambición se convirtió en su motor, y la confianza que irradiaba pronto se transformó en una arrogancia difícil de ocultar. Para Kenichi, no era suficiente ser talentoso; él debía ser el mejor. Cada victoria no era más que un peldaño en su ascenso, y cada adversario derrotado solo alimentaba su deseo de alcanzar alturas que otros ni siquiera se atrevían a soñar.

En su juventud, Kenichi vivió como un hombre que lo tenía todo. Disfrutaba del peligro y la acción con una intensidad que otros consideraban casi autodestructiva. En el campo de batalla, se movía como un torbellino, riendo mientras enfrentaba a sus enemigos con una destreza y velocidad que dejaban boquiabiertos a quienes lo observaban. Su agilidad era impresionante, su técnica impecable, y su risa resonaba como una burla al peligro, como si fuera invencible. Pero fuera del combate, Kenichi era igual de indomable. Las mujeres de Gusteko lo veían como una figura magnética, un hombre que vivía al límite y que no temía disfrutar de cada momento al máximo.

Se ganó una reputación como un conquistador en más de un sentido. Disfrutaba de la compañía de mujeres y cambiaba de amante con la misma facilidad con la que cambiaba de ropa. Los rumores sobre sus hazañas corrían como el viento: encuentros furtivos en jardines de palacios, citas secretas en los rincones más oscuros de las fiestas, y noches desenfrenadas que terminaban en amaneceres llenos de risas y promesas vacías. Su vida era un torbellino de excesos y placeres: noches de banquetes donde las copas nunca estaban vacías, días de caza en los vastos bosques de su familia, y competencias de esgrima donde siempre demostraba ser el más hábil. Kenichi incluso ganó varios torneos de combate, consolidando su fama como un guerrero excepcional y un noble invencible.

Parecía sacado de las historias épicas, el protagonista viviente de aventuras donde el héroe siempre sale victorioso. Pero bajo esta fachada de hedonismo y autocomplacencia, pocos se daban cuenta del peso que llevaba consigo. La constante presión de estar a la altura del legado de los Natsuki era como una sombra que nunca lo abandonaba. Aunque disfrutaba de los lujos y la libertad que su posición le otorgaba, también entendía que cada triunfo solo aumentaba las expectativas. La responsabilidad de continuar el linaje y proteger el prestigio de su familia era una carga que lo perseguía, incluso en sus momentos de mayor gloria.

Todo cambió cuando, a los 19 años, Kenichi regresó a casa después de un largo periodo fuera, en una misión como caballero del reino. Había pasado meses recorriendo las tierras de Gusteko, eliminando a bandidos y enfrentándose a amenazas que ponían en peligro las rutas comerciales. Pero cuando finalmente cruzó el umbral de la mansión de los Natsuki, no parecía un noble victorioso. Su aspecto era lamentable: su ropa estaba salpicada de sangre seca, resultado de la última escaramuza con un grupo de bandidos a los que había liquidado sin piedad. Apestaba a alcohol, claramente había pasado la noche celebrando en una taberna local. Llevaba una gran mordedura en el cuello, una marca visible de su última conquista amorosa, y sonreía con esa mezcla de satisfacción y arrogancia que siempre lo caracterizaba.

Su padre, al verlo, lo recibió con una mezcla de desaprobación y cansancio. "Mírate", le dijo, frunciendo el ceño mientras lo evaluaba de pies a cabeza. Kenichi, sin perder la sonrisa, simplemente se encogió de hombros.

—Estaba de misión, ¿qué esperabas? —respondió con una carcajada despreocupada, como si su aspecto desaliñado fuera algo normal.

Sus padres, ya mayores, lo miraban con preocupación. Kenichi había sido un milagro incluso al nacer; su llegada al mundo fue inesperada, fruto de un último intento por parte de sus padres de concebir un heredero. Ahora, lo veían convertido en un joven que parecía tenerlo todo, pero que vivía como si el mañana no existiera.

Fue en ese momento de su vida cuando Kenichi conoció a Naoko, una sanadora que su padre había contratado para ayudar con algunos tratamientos en la mansión. Naoko era una usuaria de artes espirituales, algo poco común y muy valorado en todo el mundo, incluso en Gusteko, especialmente aquellos que podían emplear magia curativa avanzada. Sin embargo, para Kenichi, ella pasó completamente desapercibida al principio.

Parte 2

Al principio, Kenichi apenas le prestó atención a Naoko. Para él, no era más que otra empleada de la casa, destinada a cuidar de sus padres y del personal. No despertaba su interés inmediato, ya que no encajaba con el tipo de mujer que solía atraerlo. Kenichi prefería mujeres fuertes, seguras de sí mismas, y que representaran un desafío. Para él, las relaciones eran un juego: una serie de conquistas pasajeras que terminaban tan rápido como comenzaban.

Pero Naoko era todo lo contrario. Dulce, ingenua y bondadosa, con una torpeza que solo aumentaba su encanto. Era común verla tropezar con los muebles o dejar caer frascos de hierbas, para luego reírse de sí misma con una sonrisa tan cálida y sincera que iluminaba la habitación. Kenichi, acostumbrado a mujeres que caían fácilmente en sus redes, se encontraba descolocado por esta mujer que parecía no comprender sus coqueteos, o quizás simplemente los evadía sin darse cuenta.

Fue precisamente esa indiferencia lo que despertó su interés. Cuando Kenichi empezó a notar la belleza sutil de ella —el cabello castaño recogido en una coleta lateral con un lazo naranja, sus ojos marrones llenos de una calidez casi infantil detrás de esa forma amenazante—, decidió intentar su juego habitual. Lanzó comentarios insinuantes y le dedicó miradas cargadas de intención. Sin embargo, Naoko simplemente respondía con una sonrisa amable, agradeciendo sus cumplidos y volviendo a su trabajo como si nada.

Kenichi, siempre seguro de su encanto, se encontró por primera vez enfrentando una situación que no sabía manejar. ¿Era posible que Naoko realmente no entendiera sus insinuaciones? ¿O acaso lo estaba ignorando intencionadamente? Esta incertidumbre solo alimentaba su fascinación. Por primera vez, se sintió como si estuviera jugando un juego en el que no conocía las reglas, y eso lo irritaba y lo intrigaba a partes iguales.

—¿Cómo puede alguien ser tan ingenuo? —pensó una tarde, después de que Naoko rechazara suavemente una invitación a pasear por los jardines. Kenichi se recostó en su silla, observándola mientras ella se alejaba, tarareando una canción. Fue en ese momento cuando se dio cuenta: no era que ella no entendiera. Simplemente no jugaba el mismo juego que él.

Y luego estaba Benjy.

Benjy había trabajado para los Natsuki desde que Kenichi era un niño, y aunque había sido una figura de confianza para él, Kenichi no podía evitar sentirse irritado al verlo pasar tanto tiempo con Naoko. Los dos compartían una amistad cercana y sencilla, charlando sobre temas que a Kenichi le parecían completamente triviales. A menudo los encontraba hablando de diferentes tipos de té, discutiendo cuál era mejor para aliviar el cansancio, o conversando sobre la calidad de las telas con las que se confeccionaban los uniformes del personal.

Kenichi escuchaba estas charlas con una mezcla de incredulidad y exasperación. ¿Cómo pueden entretenerse con cosas tan mundanas?, pensaba, mientras se daba cuenta de que no podía apartar la vista de ellos. La forma en que Naoko sonreía tan alegremente cuando hablaba con Benjy lo inquietaba, y la incomodidad de Kenichi no era algo que supiera manejar bien. Cada vez que veía a Benjy hacerla reír, sentía una punzada de celos que intentaba ignorar. No estaba acostumbrado a competir por la atención de nadie, y mucho menos por la de una mujer como Naoko.

Una tarde, decidido a intensificar sus esfuerzos, Kenichi la encontró preparando una infusión para sus padres en la cocina. Se apoyó contra la mesa y le dedicó una sonrisa seductora, la misma que solía utilizar para encantar a las mujeres más difíciles de la corte.

—Dicen que mis habitaciones tienen las mejores vistas al atardecer. Tal vez deberías acompañarme algún día para comprobarlo —sugirió con esa voz baja y segura que solía derretir a sus conquistas.

Naoko levantó la vista, parpadeando con sorpresa antes de soltar una risa suave.

—Oh, eso suena encantador, señor Kenichi. Pero estoy muy ocupada estos días cuidando de sus padres —respondió con una amabilidad que no dejaba espacio para segundas intenciones, volviendo a su trabajo sin más.

Kenichi se quedó allí, desconcertado. Había sido rechazado de la forma más dulce posible, como si su insinuación simplemente hubiera pasado de largo. Por primera vez, se sintió desarmado, y no pudo evitar reírse para sí mismo. ¿Cómo es posible que una mujer tan torpe e ingenua pueda ser tan inmune a mis encantos?, pensó, sintiendo una mezcla de frustración y admiración.

Él era el maldito Kenichi Natsuki. Era un buen partido. Todos lo sabían.

Con el tiempo, Kenichi se dio cuenta de que sus sentimientos por Naoko iban cambiando. Lo que había comenzado como un simple juego de conquista se transformó en algo más. Naoko no lo trataba como el heredero de los Natsuki ni como el guerrero indomable que todos conocían. Ella lo trataba como a una persona común, con una naturalidad que lo desarmaba por completo. Kenichi empezó a buscar excusas para estar cerca de ella, a quedarse en la sala mientras ella atendía a sus padres, solo para escuchar su risa y verla moverse por la habitación.

En una ocasión, Kenichi intentó desistir, como solía hacer cuando notaba que algún amigo mostraba interés en la misma mujer. Pero esta vez, algo dentro de él se resistió. No era como con las demás. Con Naoko, sentía una conexión distinta, una sensación de pertenencia que no había experimentado antes. Ella era suya, aunque todavía no lo fuera. Y eso, más que cualquier otra cosa, fue lo que lo empujó a seguir intentándolo.

Hubo un día en que todo cambió para Kenichi. Había regresado a casa después de un largo entrenamiento y, al pasar por el jardín al atardecer, se detuvo al escuchar una risa suave que provenía de un rincón tranquilo. La luz del sol, ya baja en el horizonte, teñía el cielo de tonos dorados y naranjas, proyectando sombras largas sobre la hierba. Allí, bajo la sombra de un árbol, estaba Naoko, arrodillada junto a uno de los sirvientes que se había cortado la mano con una herramienta de jardinería. La herida no era grave, pero Naoko, con esa bondad inquebrantable que la caracterizaba, lo atendía como si fuera la cosa más importante del mundo.

Kenichi se quedó observándola en silencio, intrigado por lo que iba a hacer. Hasta ese momento, nunca había visto a Naoko usar sus artes espirituales. Había oído hablar de su habilidad, pero siempre lo había considerado un simple talento más, algo que no le interesaba demasiado. Sin embargo, cuando Naoko cerró los ojos y extendió sus manos sobre la herida, todo cambió.

Un suave resplandor envolvió sus dedos, y de repente, pequeños espíritus comenzaron a materializarse a su alrededor, flotando como diminutas luces danzantes. Eran etéreos, con formas difusas y colores iridiscentes que se mezclaban con la luz cálida del atardecer. Los espíritus se movían a su alrededor, formando un círculo de pequeñas luces, similares a estrellas que habían bajado del cielo para rodearla. Kenichi contuvo el aliento. Había presenciado magia poderosa y devastadora, pero esto era diferente. Era algo puro, casi sagrado.

Naoko susurraba palabras dulces, como si estuviera hablando con viejos amigos, y los espíritus respondían con destellos de luz, moviéndose con gracia alrededor de la herida. Kenichi observó, fascinado, cómo la piel cortada del sirviente se cerraba lentamente, dejando solo una fina línea donde antes había estado la herida. El hombre agradeció a Naoko con una sonrisa, y ella respondió con una risa suave y una caricia en la cabeza, como si estuviera consolando a un niño.

Kenichi, aún oculto entre las sombras del árbol, sintió una punzada en el pecho que no pudo ignorar. Era como si estuviera viendo a Naoko por primera vez, no como la torpe sanadora que solía dejar caer frascos, sino como alguien extraordinaria, alguien que irradiaba una luz propia, una calidez que no había notado antes. Los espíritus seguían revoloteando a su alrededor, brillando con una calidez que parecía reflejar la bondad de Naoko, y en ese instante, Kenichi comprendió algo que lo dejó completamente desarmado.

Kenichi dio un paso adelante, su mirada fija en Naoko. Por primera vez, no intentó ocultar lo que sentía, no hubo sonrisas arrogantes ni coqueteos habituales. Era solo él, completamente honesto, hablando desde lo más profundo de su ser.

—Creo que me he enamorado de ti.

Naoko levantó la vista, sorprendida. Los últimos destellos de los espíritus se disolvieron en el aire, dejando el jardín bañado en la luz tenue del crepúsculo. Ella lo miró, sus mejillas tiñéndose de un suave rosado, como si reflejara el último rayo del sol que desaparecía tras las montañas.

—Oh —susurró, con una mezcla de sorpresa y timidez.

Kenichi no apartó la vista de Naoko. Dio un paso más hacia ella, su expresión completamente seria, pero había algo nuevo en sus ojos: una suavidad que nunca antes había mostrado. Lentamente, se inclinó hacia ella, sus labios acercándose con cuidado, como si estuviera caminando sobre hielo delgado. No era la seguridad descarada del conquistador que todos conocían, sino un gesto cargado de incertidumbre, de sinceridad.

—Esquívalo si no lo quieres —murmuró, su voz apenas un susurro, casi temeroso.

Naoko se quedó inmóvil, sus ojos abiertos y llenos de sorpresa, como si no pudiera creer lo que estaba ocurriendo. Por un instante, pareció vacilar, su mirada bajó hacia los labios de Kenichi, luego volvió a encontrarse con sus ojos. El rubor en sus mejillas se hizo más profundo, pero no se movió, no lo esquivó. En su lugar, dejó escapar un suspiro, casi inaudible, y cerró los ojos lentamente.

Kenichi la besó, suave y delicadamente, como si temiera romper algo frágil. No era el beso apasionado y arrebatador al que estaba acostumbrado, sino algo mucho más dulce, más íntimo. Sintió la calidez de Naoko, la forma en que sus labios temblaban levemente al principio, para luego corresponderle con una dulzura que lo dejó completamente desarmado.

Se separaron, apenas unos centímetros, pero el mundo parecía haberse detenido a su alrededor. Kenichi apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos un instante, respirando profundamente mientras el sol finalmente se ocultaba tras las montañas, dejando solo el brillo tenue de las primeras estrellas.

—Naoko —susurró, su voz llena de una ternura que nunca antes había mostrado—. No sabía cuánto te necesitaba hasta ahora.

Naoko abrió los ojos, mirándolo con una expresión suave y vulnerable. No dijo nada, pero le sonrió, y en ese momento, Kenichi supo que no importaba lo que viniera después. Había encontrado algo mucho más valioso que cualquier victoria o conquista.

Estaba dispuesto a luchar por ella, a protegerla, a hacerla suya, pero esta vez no como un trofeo, sino como la persona que le había mostrado lo que realmente significaba amar.

Y por primera vez, bajo el cielo estrellado, Kenichi se sintió completamente en paz.

Parte 3

Kenichi se dio cuenta de algo que jamás habría imaginado: nunca antes había salido con una mujer de verdad. Sí, había tenido citas, había compartido cenas elegantes y había disfrutado de noches apasionadas. Había seducido, coqueteado y hasta se había enamorado de la emoción de la conquista. Pero lo que estaba viviendo con Naoko era completamente distinto. No había juegos, no había estrategias ni un final previsto. Con ella, todo se sentía nuevo, y eso lo dejaba un poco perdido, aunque nunca lo admitiría.

Sus escapadas secretas no consistían en las clásicas aventuras amorosas a las que él estaba acostumbrado. No avanzaban hasta el punto de tener relaciones sexuales, al menos no todavía. En su lugar, compartían susurros a la luz de la luna, robaban besos en rincones oscuros de la mansión y hablaban hasta que el amanecer empezaba a teñir el cielo de tonos rosados. Kenichi, que siempre había sido el maestro del cortejo, se encontró disfrutando de algo tan simple como escucharla hablar, absorbiendo cada palabra, cada sonrisa que iluminaba su rostro.

Kenichi adoraba escucharla hablar. Naoko podía pasarse horas explicándole los secretos de los remedios naturales o describiendo los espíritu que había conocido a lo largo de su vida. Su entusiasmo era contagioso; incluso los temas más mundanos, como los diferentes tipos de té o las hierbas que recogía en el bosque, se volvían fascinantes cuando ella los explicaba con esa voz suave y cálida que lo hacía sentir como si estuviera descubriendo un mundo nuevo a través de sus ojos.

En sus charlas, Naoko a menudo recordaba sus días en el colegio de espiritualistas. Le contaba sobre las noches en que, junto a sus amigas, se escabullían de los dormitorios para nadar en el lago bajo la luz de la luna. Era una tradición que tenían, una pequeña rebelión contra las estrictas reglas de la academia. Se bañaban en el agua fría, riendo y susurrando deseos al viento, sintiendo la conexión mágica con los espíritus menores que flotaban a su alrededor. Fue en una de esas escapadas cuando Naoko descubrió su afinidad con la magia de agua. Describía cómo el agua respondía a su toque, iluminándose con destellos azules, como si los propios espíritus del lago la reconocieran como una de las suyas. Ese momento, cuando el lago se encendió con luces brillantes, fue el instante en que comprendió su verdadero poder: no solo podía sentir a los espíritus y comunicarse con ellos. Ella podía aprender de ellos y, lo más importante, curar.

Kenichi la escuchaba, embelesado, mientras ella compartía esas memorias tan íntimas. Se imaginaba a una joven Naoko, radiante bajo la luna, con el agua iluminada a su alrededor, rodeada de pequeñas luces como estrellas en la superficie del lago. Era un lado de ella que nadie más conocía, y él se sentía privilegiado de poder verlo.

A su vez, Kenichi también se encontraba compartiendo cosas con ella que nunca había dicho en voz alta. Le hablaba de su infancia, de sus recuerdos de la academia, de las veces en que se sintió invencible, como si el mundo estuviera a sus pies. Pero también le contaba sobre sus momentos de duda, las noches en que, a pesar de todos sus logros, sentía un vacío que no podía explicar. Con ella, podía ser vulnerable, algo que jamás había permitido con nadie más.

Una tarde, mientras descansaban juntos en la orilla del estanque, Kenichi se recostó sobre la hierba y la miró, una sonrisa despreocupada en sus labios.

—¿Sabes algo? —dijo, con esa voz suave que solo usaba cuando estaban a solas—. Creo que nunca había escuchado tanto a nadie como te escucho a ti.

Naoko lo miró, arqueando una ceja con una expresión juguetona.

—Es porque te encanta oírte hablar. Siempre fuiste un poco pomposo, ¿no? —respondió, con esa risa suave que hacía que el corazón de Kenichi latiera más rápido.

—¿Pomposo? —repitió él, fingiendo indignación, aunque la sonrisa en sus labios traicionaba su falsa ofensa—. Es solo que tengo muchas cosas interesantes que decir.

Naoko se inclinó hacia él, apoyando el codo en la hierba mientras lo miraba con una sonrisa burlona.

—Tienes suerte de que me guste tu pavoneo —susurró, sus labios tan cerca de los suyos que Kenichi podía sentir su aliento cálido.

Sin responder, Kenichi se inclinó rápidamente y le dio un beso fugaz en los labios, un pequeño picotazo que la tomó por sorpresa. Naoko parpadeó, sorprendida, mientras él se alejaba apenas unos centímetros, sus frentes casi tocándose.

—Yo no me pavoneo —murmuró con ese tono bajo y seguro, sus ojos brillando con picardía.

Naoko dejó escapar una risa suave, sus mejillas sonrojadas, pero antes de que pudiera replicar, Kenichi la besó de nuevo, esta vez con más firmeza. El gesto no dejaba espacio para más palabras, solo para la verdad que ambos conocían: que había algo especial entre ellos, algo que iba mucho más allá de las bromas y los coqueteos.

Con cada día que pasaba, Kenichi se daba cuenta de que estaba aprendiendo cosas nuevas, no solo sobre Naoko, sino sobre sí mismo. Ella tenía una habilidad sorprendente para sacar a la superficie aspectos de su personalidad que él ni siquiera sabía que existían. Descubría matices en sus propias emociones y deseos que antes pasaban desapercibidos. Las charlas con Naoko eran distintas; no eran simples bromas o coqueteos. Eran conversaciones profundas, llenas de confidencias y susurros al anochecer, adentrándose en terrenos que él nunca había explorado con nadie.

Una noche, recostados juntos bajo el cielo estrellado, Naoko comenzó a hablar de su infancia, y por primera vez, Kenichi sintió el peso de sus palabras como un ancla, clavándolo en el momento presente. Su voz era tranquila, pero llevaba consigo un eco de tristeza.

—Nací en Glacia, una ciudad dura —comenzó, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Crecí en las calles, sin padres, sin un lugar al que llamar hogar. Había días en los que ni siquiera sabía si iba a comer. Y cuando no había otra opción... hice cosas de las que no estoy orgullosa. Lo necesario para sobrevivir. Aprendí a esconderme, a evitar a los guardias y a las personas que veían a una niña sola como una presa fácil.

Kenichi sintió que una oleada de rabia lo invadía, pero no hacia Naoko, sino hacia el mundo que la había tratado con tanta crueldad. Él, que había crecido rodeado de lujos y comodidades, no podía imaginar lo que sería luchar por cada migaja, enfrentarse al frío implacable y a la indiferencia de los demás.

—No sé cómo lo soportaste —murmuró, su voz quebrada por la emoción.

Naoko lo miró y le sonrió suavemente, acariciando su mejilla como si quisiera consolarlo a él por su propia tristeza.

—No te sientas mal por mí —dijo con ternura—. No cambiaría nada de lo que viví. Porque todo eso me trajo hasta aquí. Si no hubiera pasado por todo eso, nunca habría descubierto quién soy realmente.

Kenichi alzó la vista, intrigado, y ella continuó, dejándose llevar por los recuerdos.

—Tenía catorce años cuando mi vida cambió. Una noche, mientras huía de unos chicos que querían robarme, apareció un espíritu menor. Me protegió, se quedó a mi lado. Fue la primera vez que alguien, o algo, me ayudaba sin esperar nada a cambio. Un guardia lo vio y, en lugar de arrestarme, me llevó a la guarnición. Me dijeron que tenía un talento innato para las artes espirituales y me enviaron a la escuela en Eternya.

Kenichi sintió una mezcla de orgullo y admiración que nunca había experimentado antes. Naoko, quien siempre se mostraba tan torpe y humilde, había sobrevivido a través de pura fuerza de voluntad, encontrando una forma de convertir sus heridas en algo hermoso. En comparación, su propia vida, llena de privilegios y victorias, le pareció superficial.

—Pasé años allí —continuó Naoko—, memorizando libros de pociones, aprendiendo a comunicarme con los espíritus menores. Aprendiendo magia. Descubrí que tenía afinidad con la magia de agua, lo que potenciaba mis habilidades curativas. Algunas de mis compañeras se quejaban del trabajo duro, pero para mí, era un sueño hecho realidad. Por primera vez, sentí que pertenecía a algún lugar.

Kenichi la miró, sintiendo que algo cambiaba dentro de él. Siempre había creído que su fuerza provenía de su entrenamiento, su ambición y su talento. Pero Naoko le estaba mostrando otra forma de fortaleza, una que venía del dolor, de la pérdida y de una resiliencia silenciosa que él nunca había conocido.

—Eres increíble, ¿sabes? —dijo, sin poder ocultar la admiración en su voz.

Naoko lo miró, sorprendida, y luego bajó la mirada, sonrojada, con una sonrisa tímida.

—No soy tan increíble como crees —murmuró—. Solo hice lo que tenía que hacer para sobrevivir. No tengo grandes historias ni nada por el estilo.

Kenichi negó con la cabeza, tomando su mano con delicadeza.

—No, Naoko. Tú no solo sobreviviste. Floreciste en medio de las peores tormentas. Eso es algo que nunca podría haber hecho.

En ese momento, mientras ella lo miraba con asombro y gratitud, Kenichi se dio cuenta de que Naoko no solo le estaba revelando quién era ella. Le estaba mostrando una nueva faceta de sí mismo, una que nunca había explorado antes.

Naoko continuó, con una sonrisa melancólica en los labios.

—El señor Natsuki contrató mis servicios a través de la academia. Vine aquí para cumplir mi contrato. Todo el dinero que gano se destina a pagar mi deuda con la escuela. Una vez complete mis tres años aquí, seré libre para vivir mi vida como quiera.

Kenichi apretó los dientes, sintiendo una rabia sorda hacia el sistema que la había obligado a sacrificar tanto. Él, que siempre había tenido opciones y recursos, no podía soportar la idea de que Naoko hubiera sido tratada como una simple mercancía, sin libertad para decidir.

—¿Y qué es lo que quieres hacer cuando seas libre, Naoko? —preguntó, alzando una mano para acariciar su mejilla, obligándola a mirarlo a los ojos—. ¿Vas a quedarte aquí? Porque si decides irte, quiero que me lleves contigo. Te seguiré a donde sea.

Naoko lo miró, sus ojos brillando bajo la luz de las estrellas. Por un instante, pareció sorprendida, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Luego, una sonrisa temblorosa curvó sus labios, y dejó escapar una risa suave.

—Eres un idiota, Kenichi —dijo, susurrando entre risas—. No tienes idea de lo que estás diciendo.

Kenichi alzó su rostro con delicadeza, su expresión seria pero llena de ternura.

—Sí, lo sé —murmuró—. Sé exactamente lo que estoy diciendo. Por primera vez en mi vida, estoy seguro de lo que quiero. Y te quiero a ti, Naoko.

Ella lo miró, su expresión suavizándose mientras intentaba contener sus lágrimas. Finalmente, dejó escapar un suspiro y asintió.

—Entonces quédate conmigo —susurró, acercándose más a él—. Porque yo tampoco quiero irme sin ti.

Kenichi la abrazó con fuerza, sintiendo cómo ella se relajaba en sus brazos, como si finalmente hubiera encontrado un lugar al que pertenecer. Bajo el cielo estrellado, permanecieron unidos en un abrazo que decía todo lo que las palabras no podían expresar.

Y en ese momento, Kenichi supo que había encontrado algo mucho más valioso que cualquier victoria: su propia estrella en el firmamento, aquella que iluminaría su camino a partir de ahora.

Kenichi y Naoko no tardaron mucho en tomar la decisión. Para ellos, no tenía sentido esperar; habían encontrado algo que otros pasaban la vida buscando, y ambos sabían que no querían perderlo. En cuestión de semanas, se casaron en una ceremonia sencilla, rodeados solo de los amigos y el personal más cercano de la mansión. No hubo grandes banquetes ni fiestas ostentosas. Fue una celebración íntima, donde las promesas susurradas y las miradas compartidas tenían más peso que cualquier discurso.

Para Kenichi, verla caminar hacia él con ese vestido simple, con el cabello suelto adornado por pequeñas flores, fue el momento más hermoso de su vida. Naoko irradiaba una felicidad tan pura, tan palpable, que hizo que su corazón latiera con una intensidad que nunca había sentido antes. Y cuando intercambiaron votos, sus manos entrelazadas y sus ojos fijos el uno en el otro, Kenichi supo que este era el verdadero inicio de su vida juntos.

Esa noche, en la intimidad de su nueva habitación compartida, Kenichi sintió una mezcla de nerviosismo y excitación que lo desarmó por completo. No era su primera vez, pero se sentía como si lo fuera. Naoko lo miró con una sonrisa tímida, sus mejillas teñidas de un suave rubor que lo hizo sonreír.

—Estás preciosa —murmuró Kenichi, inclinándose para besarla suavemente.

—¿Te sorprende? —bromeó ella, aunque su voz era un susurro, cargado de emoción.

Kenichi negó con la cabeza, trazando una línea suave con su dedo por su mandíbula.

—No. Pero no puedo evitar sentirme afortunado, como si no mereciera esto.

Naoko acarició su mejilla, mirándolo con una ternura que hizo que el pecho de Kenichi se apretara.

—Entonces simplemente asegúrate de merecerlo —respondió, con esa sonrisa suave que siempre lo desarmaba.

Se besaron, primero suavemente, con la delicadeza de quienes descubren algo por primera vez. Pero pronto, la necesidad se hizo palpable, y los besos se volvieron más profundos, más intensos. Kenichi acarició su cabello, dejando que sus dedos se hundieran en las suaves ondas, mientras sus labios se movían por su cuello, arrancándole suspiros.

—Kenichi... —murmuró ella, sus dedos temblando mientras deslizaba las manos por su espalda.

—Shh —la calmó él, inclinándose para besar su clavícula—. Déjame cuidarte esta vez.

Con una suavidad que no solía mostrar, Kenichi la desnudó, tomándose su tiempo para admirar cada centímetro de su piel. Naoko tembló bajo su mirada, pero no apartó la vista. Había algo profundamente íntimo en la forma en que se miraban, una conexión que iba más allá del deseo físico. Era una promesa silenciosa, un juramento de que, a partir de ahora, no habría más secretos, no habría más barreras entre ellos.

Cuando finalmente se unieron, fue con una mezcla de lentitud y urgencia. Naoko se arqueó bajo él, sus dedos clavándose en sus hombros mientras un gemido suave escapaba de sus labios. Kenichi se detuvo, mirándola a los ojos, buscando cualquier señal de duda.

—¿Estás bien? —preguntó en un susurro, su voz cargada de preocupación y ternura.

Naoko asintió, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes.

—Sí... más que bien —respondió, dejando escapar una risa temblorosa—. No pares.

Kenichi sonrió, inclinándose para besarla de nuevo mientras empezaban a moverse juntos, encontrando un ritmo que era solo suyo. No era el sexo apresurado y urgente que él había conocido antes. Era algo mucho más profundo, más significativo. Cada movimiento, cada susurro, cada caricia, eran una muestra de amor y devoción.

Se movieron juntos hasta que la necesidad se hizo insostenible, y finalmente alcanzaron el clímax, con sus cuerpos temblando al unísono. Kenichi se dejó caer a su lado, envolviéndola en sus brazos, y Naoko se acurrucó contra su pecho, con la respiración aún agitada.

—Te amo —murmuró él, besando la parte superior de su cabeza.

Naoko levantó la vista, sonriéndole con una ternura que casi le hizo doler el corazón.

—Y yo a ti, Kenichi. Más de lo que puedo poner en palabras.

Se quedaron así, enredados el uno con el otro, bajo la luz tenue de la luna que se filtraba por la ventana. Había una paz palpable en el aire, una sensación de completitud que nunca antes habían experimentado.

A la mañana siguiente, mientras disfrutaban de su primer desayuno como pareja casada, Naoko le lanzó una mirada curiosa, mordiéndose ligeramente el labio inferior.

—Tengo una corazonada —dijo, con una sonrisa tímida.

Kenichi alzó una ceja, intrigado.

—¿Qué clase de corazonada?

Naoko dejó escapar una pequeña risa, bajando la mirada hacia su vientre, acariciándolo suavemente.

—Creo que estoy embarazada.

El mundo de Kenichi pareció detenerse por un instante. La miró, intentando procesar lo que acababa de escuchar, y luego, como si una ola de emoción lo invadiera, dejó escapar una carcajada, tomándola en sus brazos y levantándola del suelo.

—¿En serio? —preguntó, su voz cargada de incredulidad y alegría—. ¿Es cierto?

Naoko asintió, sus ojos llenos de lágrimas de felicidad.

Él le creyó. Fue cuando aprendió que sus "corazonadas" nunca fallaban.

Parte 4

La vida de Kenichi y Naoko, que había comenzado como un sueño idílico tras su boda, rápidamente se vio envuelta en la oscuridad de una prueba inesperada. Los meses pasaron como una ráfaga, llenos de risas y susurros sobre el futuro. Naoko florecía, y Kenichi se adaptaba sorprendentemente bien a su nuevo rol como esposo y futuro padre. Pero entonces, la tormenta llegó sin previo aviso.

Una plaga azotó la región, una enfermedad insidiosa que se propagó como un fuego invisible, afectando a aldeanos y nobles por igual. La fuente de la plaga era clara para quienes conocían las leyendas: la Serpiente Negra, un ser temido en todo el continente, había pasado a varios kilómetros de la finca Natsuki. A su paso, la tierra se pudría, el agua se contaminaba y una enfermedad implacable brotaba en los pulmones de quienes la inhalaban. No había cura conocida; solo los afortunados sobrevivían.

Kenichi, siempre visto como el sol, sintió por primera vez que su luz era insuficiente. La finca, antes un refugio seguro, se convirtió en un lugar de sufrimiento y pérdida. Los sirvientes caían enfermos uno tras otro. Y entonces, Benjy, su leal mayordomo y el hombre al que él mismo había pedido ser su padrino de bodas, también fue alcanzado por la enfermedad. Aun con fiebre, Benjy intentaba seguir atendiendo a la familia, hasta que Kenichi lo obligo de descansar.

Una noche, Kenichi se sentó a su lado, sosteniendo su mano y tratando de infundirle ánimos. En ese momento, Benjy le confesó algo que había guardado en silencio durante años, sin la certeza de que podría sobrevivir a la fiebre.

—Kenichi… siempre he estado muy orgulloso de ti. Y siempre, aunque tú no lo supieras… siempre te he amado —susurró Benjy con esfuerzo, con una sonrisa suave y triste, como quien se despoja de un peso.

Las palabras hicieron que el corazón de Kenichi se rompiera un poco. Sabía que Benjy había sido más que un amigo, un hermano para él. Con la voz contenida, le dio un apretón firme a la mano, sintiendo la complejidad de las emociones que envolvían esa declaración y el agradecimiento profundo que le tenía.

—Benjy… eres el mejor amigo que he tenido. No imagino esta vida sin ti —respondió, con una tristeza que quedaría en sus palabras.

Pero el golpe más duro llegó cuando la plaga también alcanzó a sus propios padres, llevándoselos sin remedio. Kenichi los sostuvo en sus brazos mientras exhalaban su último aliento, sintiendo cómo el vacío lo consumía. Eran los pilares de su vida, sus guías. Y ahora se habían ido, sin conocer a su nieto, al niño que tanto habían deseado ver.

Kenichi estaba devastado, pero no tenía tiempo para detenerse. La plaga continuaba acechando la finca, y el mayor temor de Kenichi se hizo realidad cuando Naoko comenzó a mostrar los primeros síntomas. El pánico lo golpeó como una ola helada. Ella era fuerte, lo sabía, pero también estaba embarazada, y el bebé que llevaba en su vientre aún era demasiado frágil para soportar algo tan brutal.

—No puedes enfermarte ahora —murmuró Kenichi, su voz rota mientras la sostenía contra su pecho. Su frente descansaba sobre la de ella, como si pudiera transferirle su fuerza con el contacto.

Naoko, incluso en medio de la fiebre, logró sonreírle, acariciando suavemente su mejilla con dedos temblorosos. —No soy tan fácil de derrotar, Kenichi. Y tampoco lo es nuestro hijo.

La lucha de Naoko fue dura. La fiebre la debilitó, y hubo noches en las que Kenichi apenas podía contener el miedo que lo carcomía. Sentía que su mundo se desmoronaba, que todo lo que había construido y amado se estaba desvaneciendo ante sus ojos, y él era impotente para detenerlo. Pasó horas a su lado, aplicando paños fríos sobre su frente, susurrándole palabras de amor y esperanza, aunque por dentro se sentía perdido.

Kenichi se dio cuenta entonces de lo que significaba ser el sol para todos. Había disfrutado del poder, de la admiración que lo seguía, pero esta vez no era suficiente. No podía resolver esta crisis con su espada o con sus encantos. La responsabilidad de cuidar a su familia y su hogar lo abrumaba, dejándolo en la soledad de la noche con sus pensamientos. Sentía el peso del mundo sobre sus hombros, más fuerte que nunca.

Con la muerte de sus padres, él se convirtió en el cabeza de la familia Natsuki, un título que nunca pensó que tendría que asumir tan pronto. Se enfrentó a decisiones difíciles: coordinar la atención de los enfermos, buscar medicinas y gestionar los recursos que escaseaban mientras la enfermedad diezmaba a su gente. Por primera vez, Kenichi tuvo que dejar de ser el joven despreocupado que todos conocían y convertirse en el líder que su familia necesitaba. Y era aterrador.

Había noches en las que se sentía completamente solo, mirando el cielo en busca de respuestas, esperando ver un rayo de esperanza entre las estrellas. Una parte de él quería rendirse, dejarse llevar por el dolor y la desesperanza. Pero cuando volvía a la habitación y veía a Naoko durmiendo, sus mejillas pálidas pero tranquilas, sabía que no podía permitírselo. Ella era su estrella, y él debía ser su sol, incluso en los días más oscuros.

Una noche, mientras la fiebre de Naoko finalmente comenzaba a ceder, Kenichi se recostó junto a ella, tomando su mano con la suya. Ella abrió los ojos lentamente, mirándolo con esa expresión suave que siempre lo desarmaba.

—Pensé que te iba a perder —susurró él, con la voz cargada de emoción.

—No podrías deshacerte de mí tan fácilmente —respondió ella con una risa débil, pero sincera.

Kenichi llevó su mano a los labios y la besó con una ternura que nunca antes había mostrado, como si quisiera transmitirle toda la fuerza que le quedaba, toda la esperanza que albergaba en su corazón. Las lágrimas que había contenido durante tanto tiempo comenzaron a rodar por sus mejillas, mientras sus dedos temblaban contra la piel suave de Naoko.

—No sé qué haría sin ti, Naoko. No sé cómo ser fuerte si no estás aquí —susurró, su voz quebrándose, como si se permitiera ser vulnerable por primera vez.

Naoko apretó suavemente su mano, sus ojos llenos de amor y comprensión. Aun debilitada, su sonrisa irradiaba calidez, una luz que parecía envolverlo en medio de la tormenta.

—Lo harías, Kenichi. Porque esa es tu naturaleza. Siempre has sido el sol, incluso cuando no sabías cómo brillar.

Él negó con la cabeza, sintiendo el peso de su impotencia y la desesperación de los últimos meses. Había tratado de ser el hombre fuerte que todos esperaban, pero había llegado a su límite.

—No puedo hacerlo todo. No puedo salvar a todos —admitió, su voz ahogada por el dolor de las pérdidas que había sufrido.

Naoko acarició su rostro con suavidad, sus dedos recorriendo la línea de su mandíbula, limpiando las lágrimas que caían sin cesar.

—No tienes que hacerlo todo solo —le recordó, su voz suave y tranquilizadora—. Estoy aquí contigo. Y nuestro hijo también lo estará.

Con el paso de las semanas, Naoko comenzó a recuperarse. La fiebre que la había debilitado tanto finalmente cedió, y aunque todavía estaba débil, cada día mostraba más fuerza. Kenichi la cuidaba con una devoción absoluta, acompañándola en cada paso, ayudándola a levantarse, sosteniendo su mano cuando caminaba por el jardín para tomar aire fresco. La mansión, aunque todavía marcada por las pérdidas, empezaba a mostrar signos de vida nuevamente.

Una tarde, mientras Naoko descansaba, Kenichi se retiró a la biblioteca de la familia, un lugar que había evitado durante meses. Ahora, como cabeza de los Natsuki, sentía la necesidad de enfrentarse a los recuerdos, a las posesiones que habían pertenecido a sus padres. Miró los objetos que le habían dejado: joyas familiares, documentos importantes y, lo más valioso según el testamento de su padre, un libro antiguo y desgastado, con una cubierta de cuero negro.

Kenichi lo tomó con cuidado, examinando la portada. Había una figura tallada en relieve, unas alas negras que parecían rodear el lomo del libro como si lo protegieran. No recordaba haberlo visto antes, y no era un texto que su padre le hubiera mencionado en vida. Curioso, se sentó en una de las butacas junto a la ventana, abriendo el libro con delicadeza.

Las páginas del libro estaban llenas de escritos antiguos, trazados con una caligrafía elegante y precisa. Textos que hablaban de estrellas y constelaciones que él nunca había escuchado mencionar. Regulus, el corazón del león, una estrella que, según los escritos, simbolizaba el poder real y la nobleza indomable. Orion, el cazador eterno, cuyas estrellas dibujaban la figura de un guerrero alzando su espada, listo para enfrentar cualquier desafío. Kenichi casi podía imaginar la figura imponente en el cielo, surcando la noche con valentía.

Pasó la página y se encontró con el nombre Sirius, la estrella más brillante de todas, la llamada Estrella del Perro, a menudo vista como un guardián que vigilaba los cielos, protegiendo a los viajeros perdidos. La descripción le arrancó una sonrisa irónica; le parecía más una historia para asustar a los niños que una referencia seria de astronomía. Aun así, no pudo evitar preguntarse cuántas noches había pasado bajo el mismo cielo, ignorando estas figuras míticas que sus ancestros parecían venerar tanto.

Más adelante, el nombre Betelgeuse aparecía con letras doradas. El texto la describía como la mano del cazador, una estrella rojiza que brillaba como un fuego distante, señalando el camino en la oscuridad. "Es el faro del viajero", decía la anotación al margen, escrita por una mano antigua. "Una guía para aquellos que buscan su destino". Kenichi levantó una ceja, divertido. ¿Un destino marcado por una estrella? Le parecía una superstición ingenua, pero había algo en esas palabras que lo hizo seguir leyendo.

Luego, encontró la mención de Arcturus, la estrella del guardián, descrita como un faro que anunciaba el cambio de estaciones, una promesa de renovación y esperanza. El texto hablaba de su luz dorada, comparándola con el brillo del sol al amanecer, y decía que quien portara su nombre tendría el deber de proteger a su familia y a los suyos, igual que la estrella protegía el ciclo de la vida.

Kenichi dejó escapar un suspiro, hojeando el libro mientras una pequeña sonrisa se formaba en sus labios. Le parecía una colección de tonterías, un cúmulo de historias fantásticas que probablemente habían sido añadidas por algún ancestro excéntrico con una inclinación por los mitos y leyendas. Sin embargo, no podía negar que había algo fascinante en esos nombres, en esas historias que parecían tejer un tapiz de significado y simbolismo en el firmamento.

Pasó una última página, y sus ojos se detuvieron en una anotación breve pero destacada, escrita con tinta oscura, casi desvanecida por el tiempo: Subaru, la estrella guía. La descripción hablaba de las Pléyades, un cúmulo de estrellas que, según la leyenda, eran hermanas inseparables, unidas por un vínculo inquebrantable. Eran una luz en la oscuridad, una promesa de esperanza para los navegantes y un recordatorio de que, incluso en la vastedad del cielo, siempre había un punto de luz al que aferrarse.

Kenichi se quedó en silencio, pasando los dedos sobre la palabra como si pudiera sentir el eco de sus ancestros a través del papel. Subaru. Era una estrella brillante, un faro para los perdidos. Una guía.

Y entonces lo comprendió. Él siempre había sido el sol, el centro alrededor del cual giraban todos los que lo conocían. Pero su esposa, Naoko, era su estrella, una luz serena y constante que le había mostrado el camino cuando más lo necesitaba. Y su hijo, su hijo también debía ser una estrella, una promesa de esperanza, una guía para el futuro.

Cerró el libro con cuidado, como si guardara un secreto antiguo y preciado, y sonrió para sí mismo.

—Mi hijo se llamará Subaru —dijo en voz baja, hablando con las sombras de sus padres, sintiendo como si ellos también lo aprobaran desde el más allá—. Será una estrella brillante, la luz que guiará a nuestra familia hacia el futuro.

Se levantó de la butaca, sintiéndose más ligero de lo que había estado en mucho tiempo. El dolor por la pérdida de sus padres aún estaba ahí, pero había algo nuevo que llenaba el vacío: esperanza, una chispa de ilusión por lo que estaba por venir.

Caminó de regreso a la habitación, donde Naoko descansaba. La luz de la luna entraba por la ventana, bañándola en un resplandor plateado que realzaba su belleza serena. Kenichi se sentó a su lado y tomó su mano suavemente, acariciando sus dedos con ternura. Naoko entreabrió los ojos, mirándolo con una sonrisa adormilada.

—He encontrado el nombre para nuestro hijo —susurró Kenichi, besando sus nudillos con cariño.

Naoko lo miró, parpadeando con curiosidad, su expresión suavizándose en una sonrisa llena de amor.

—¿Sí? ¿Cuál es?

Kenichi se inclinó, acercando sus labios a su oído, como si compartiera el secreto más preciado. El nombre era algo íntimo, algo que pertenecía solo a ellos dos y a la promesa de un futuro que aún no conocían.

—Subaru —murmuró—. Es una estrella brillante, parte de las Pléyades. Una guía en la oscuridad. Será nuestra estrella, como lo eres tú para mí.

Naoko lo miró, sus ojos llenos de lágrimas de emoción, pero esta vez no eran lágrimas de tristeza. Eran de pura felicidad, de la esperanza que brillaba tan intensamente como las estrellas en el cielo.

—Es un nombre perfecto —susurró ella, acariciando su rostro—. Nuestro Subaru. Nuestra estrella.

Kenichi la envolvió en un abrazo, sosteniéndola como si fuera lo más precioso en su vida. Bajo el cielo estrellado, donde las Pléyades brillaban con su luz constante, Kenichi y Naoko se abrazaron, unidos por la promesa del hijo que vendría. Sabían que, aunque el futuro aún era incierto, enfrentarían cualquier cosa juntos, guiados por la luz de su estrella.

Y así, mientras las estrellas brillaban sobre ellos, encontraron consuelo en el nombre de su hijo. Subaru, una estrella entre estrellas, la promesa de una nueva vida, la herencia de un amor que perduraría para siempre.

Parte 5

El 1 de abril, mientras la última nieve cubría los jardines de la mansión Natsuki, nació Subaru Natsuki.

La llegada del niño llenó de luz un hogar que había soportado meses de pérdidas y silencio. Al sostener a su hijo por primera vez, Kenichi sintió una felicidad arrolladora y una gratitud infinita. Con un rostro sorprendentemente parecido al suyo, Subaru era pequeño, pero con una vitalidad que lo hacía ver fuerte y lleno de vida. "Eres mi cachorro", murmuró, con el corazón henchido de orgullo. Su mirada viajaba constantemente entre su hijo y Naoko, y sentía cómo el amor y la gratitud lo envolvían en un momento que parecía eterno.

Naoko, sin embargo, estaba agotada. Había soportado el parto con valentía, pero la fiebre de los últimos meses y el cansancio acumulado la dejaban sin fuerzas. Mientras descansaba en la cama, Kenichi se inclinó sobre ella, sosteniendo su mano con ternura. "Descansa, amor. Te recuperarás, y este será solo el primero de muchos hijos. Nuestro hogar volverá a brillar como siempre soñamos". Ella lo miró con una sonrisa suave, y aunque el cansancio se reflejaba en sus ojos, parecía más hermosa que nunca, rodeada de la calidez de ese momento.

Desde que se casaron, Kenichi había pagado completamente la deuda de Naoko con la academia de espiritualistas, liberándola de las cargas de su pasado. Para él, ese fue uno de los primeros pasos para construir su vida juntos, asegurándose de que ella estuviera al fin libre de cualquier atadura. Ahora, mirándola en esa quietud y vulnerabilidad, sentía que cada sacrificio valía la pena.

La mansión, antes silenciosa y sombría por la plaga, cobraba vida nuevamente. El personal, aunque reducido por las pérdidas, se movía con renovado vigor, llenando las salas de la casa con un espíritu fresco, como si el nacimiento del nuevo heredero fuese una promesa de renacimiento. Las chimeneas ardían constantemente, dando calor a cada rincón del hogar, y los jardines, cubiertos de nieve, ahora parecían menos sombríos, como si estuvieran listos para recibir la primavera. Había en el aire una atmósfera de esperanza y expectativa.

Benjy, el fiel mayordomo de la familia, había logrado sobrevivir a la enfermedad, aunque ahora cojeaba y caminaba con ayuda. Aun así, nada le impedía permanecer cerca de Kenichi y Naoko, atento al nuevo heredero. Para él, Subaru no era solo el sucesor de los Natsuki, sino también el símbolo de un renacer. Benjy observaba al niño con una mezcla de orgullo y protección, y aunque no podía moverse con la agilidad de antes, su lealtad y su vínculo con la familia seguían intactos.

En Drisstay, la ciudad cercana, los efectos de la plaga aún se sentían. Muchas casas permanecían vacías, las tiendas cerradas, y las calles, habitualmente bulliciosas, estaban casi desiertas. La noticia del nacimiento del heredero de la familia Natsuki, sin embargo, se extendió como una chispa de esperanza. Los habitantes, que habían visto en la familia Natsuki un pilar durante los tiempos difíciles, sentían que la llegada de Subaru traía consigo un mensaje de fortaleza. Para ellos, la familia Natsuki había resistido la Serpiente Negra, y el nacimiento de Subaru era un símbolo de que el ciclo de vida continuaba.

Kenichi regresó al lado de Naoko, quien, a pesar de su cansancio, no apartaba la vista del pequeño Subaru. Él se sentó en el borde de la cama y, con suavidad, acarició el rostro de su esposa. "Todo volverá a ser como antes", susurró, con una convicción inquebrantable. "Vamos a tener una familia grande y feliz. Te recuperarás, y tendremos muchos hijos más, lo prometo". Naoko sonrió, sus ojos llenos de amor y de una esperanza tranquila.

Kenichi le apartó un mechón de cabello del rostro y besó su frente. Sentía una paz que no había conocido antes, como si todos los desafíos y pérdidas hubieran sido un camino que los llevaba hasta ese momento. "Eres más hermosa que nunca", le dijo, mirándola con una ternura que hacía que Naoko se sonrojara levemente, a pesar de su agotamiento.

Los días que siguieron estuvieron llenos de una calma inesperada. A pesar de los duros meses anteriores, la mansión recobraba su energía. Los sirvientes, aunque diezmados, realizaban sus tareas con un vigor renovado, como si el nacimiento de Subaru hubiera traído una nueva esperanza para todos. La cocina estaba llena de aromas reconfortantes, y las risas de las pocas doncellas que quedaban resonaban en los pasillos como ecos de un tiempo pasado. Las chimeneas ardían día y noche, brindando un calor que ya no se sentía solo físico, sino también emocional.

Por las noches, Kenichi y Naoko se quedaban en la habitación de Subaru, observándolo dormir en su cuna, y hablaban en voz baja sobre el futuro. Kenichi se descubría imaginando cómo sería Subaru cuando creciera, soñando con enseñarle a pelear, a cazar, y con mostrarle las tierras de la familia. Naoko, por su parte, tenía una expresión serena mientras lo observaba, acariciando la mano de Kenichi y asintiendo con suavidad ante cada uno de sus planes y sueños.

En un momento, Kenichi la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia él. "Gracias, Naoko, por darme este regalo", susurró. Ella apoyó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos con una sonrisa. Para Kenichi, tener a su esposa y a su hijo en la misma habitación era el epítome de la paz.

Esa noche, mientras las estrellas brillaban fuera de la ventana, Kenichi miró a Naoko, que dormía tranquila, y luego a su hijo, quien dormía plácidamente. Con una sonrisa, se prometió a sí mismo que, sin importar los desafíos que pudieran venir, él protegería a su familia con todas sus fuerzas.

Para el primer cumpleaños de Subaru, la mansión Natsuki se envolvió en un manto de silencio, roto solo por el golpeteo constante de la nieve contra las ventanas. La tormenta invernal, casi como un recordatorio de los tiempos duros que habían pasado, era también un símbolo de la resiliencia de la familia. Aquel día, los pocos sirvientes que quedaban en la casa se aseguraron de que la celebración fuera especial, aunque fuera pequeña. Prepararon una merienda con los platos favoritos de Naoko y un pequeño pastel decorado con la inicial del nombre de Subaru.

Naoko, aunque su salud había mejorado mucho en el último año, todavía se movía con cierta fragilidad. Podía caminar sin ayuda, pero no por mucho tiempo, y los restos de la enfermedad que la había afectado seguían siendo visibles en la fatiga que a veces teñía sus ojos. Kenichi sabía que el daño que la plaga había dejado en su cuerpo era permanente, y aunque él intentaba no mostrar su preocupación, no podía evitar notar los momentos en que ella necesitaba sentarse y recuperar el aliento. Benjy, su leal mayordomo, también sufría las secuelas; la cojera que lo acompañaba era una marca que nunca desaparecería. Naoko, quien había estudiado las artes espirituales, le explicó a Kenichi que las enfermedades traídas por la Serpiente Negra rara vez permitían una curación completa. Aun así, ambos se consideraban afortunados de haber sobrevivido, sabiendo que muchos otros no lo habían hecho.

Fue en esos días, poco después del primer cumpleaños de Subaru, cuando Naoko tuvo otra de sus famosas corazonadas. A medida que observaba a Kenichi partir de la mansión hacia sus compromisos de caballero, sus presentimientos se confirmaron: él recibiría una oportunidad de crecimiento importante. Esa corazonada se hizo realidad cuando Kenichi fue ascendido a Caballero Acolito, un honor reservado solo para los guerreros más destacados y leales del reino. En la ceremonia, tuvo la oportunidad de hablar con el mismísimo Rey Santo Alexis y de jurarle lealtad. La experiencia de mirar al rey a los ojos y escuchar las palabras solemnes que sellaban su juramento fue un momento que atesoraría para siempre. Su responsabilidad ahora incluía proteger las tierras de su familia y la ciudad de Drisstay, un deber que asumió con renovado compromiso.

Esa noche, al regresar a la mansión, Kenichi encontró a Naoko esperándolo en su habitación, envuelta en una túnica que dejaba entrever la delicadeza de su figura. Los dos se acercaron en silencio, y él se dejó llevar por el deseo de sentir la cercanía de su esposa. En ese momento, toda la fortaleza que había construido en el campo de batalla, todo el autocontrol que practicaba como líder, se desvaneció al estar en sus brazos. Kenichi la reclamó como nunca antes lo había hecho con ninguna otra mujer, con una devoción y ternura que eran solo suyas. Cada beso y cada caricia se volvieron una declaración silenciosa de lo que ella significaba para él.

Naoko, en la intimidad de ese momento, respondió a su toque con igual intensidad. Sus cuerpos se movían en una sinfonía lenta y profunda, reclamando el amor que habían construido juntos. Kenichi entendió entonces que sus lazos iban mucho más allá de las palabras, y que ella era el verdadero centro de su mundo.

A finales de febrero, cuando el invierno aún cubría la tierra con su gélido manto, el destino dio su golpe más cruel. Naoko, su estrella, la luz que había traído esperanza y calidez a su vida, falleció en silencio, rodeada por la nieve y el murmullo apagado del viento. Kenichi, quien siempre había sido el Sol, sintió cómo toda su energía y su razón de ser se desvanecían en un instante.

Los días previos habían sido una mezcla de desasosiego y negación. Naoko, quien había mostrado signos de recuperación, de repente comenzó a decaer de nuevo. Los médicos no podían hacer nada más por ella, y cada noche, mientras Subaru dormía en la habitación contigua, Kenichi se quedaba junto a su esposa, negándose a abandonarla, rogando en silencio a cualquier fuerza divina que pudiera salvarla.

El 28 de febrero, en la quietud de una madrugada fría, Naoko dio su último suspiro. Kenichi la sostuvo en sus brazos mientras sentía cómo el calor abandonaba su cuerpo, y en ese momento, comprendió que la vida que había conocido se desmoronaba ante sus ojos. Sus manos temblaron al acariciar la piel de su esposa, y una paz inquietante lo envolvió, como si el mundo entero se hubiera detenido.

Con su partida, Kenichi sintió que el Sol que había sido en algún momento se apagaba lentamente, consumido por una oscuridad insondable. Se convirtió en una sombra de sí mismo, un hombre que había tenido el mundo a sus pies pero que ahora vagaba sin rumbo, incapaz de recuperar la calidez y la vitalidad que una vez había sido su esencia.

Subaru, quien cumpliría dos años en pocas semanas, era ahora su única luz, la única razón por la que podía reunir fuerzas para continuar. Sin embargo, incluso esa chispa parecía débil frente al vacío que había dejado Naoko. Aquella estrella que le había mostrado un amor puro y verdadero ya no brillaba en su vida, y el futuro se le antojaba frío y desolado, como la nieve que caía incesante fuera de la mansión Natsuki.

El sol de la mañana apenas iluminaba la biblioteca de la mansión Natsuki cuando Kenichi encontró un pequeño cuaderno de cuero, colocado cuidadosamente sobre la mesa. Estaba cubierto de polvo, como si hubiera permanecido allí durante meses, olvidado por todos menos por una persona: Naoko.

Encima del cuaderno había una carta, escrita en la delicada caligrafía de su esposa. El simple hecho de verla hizo que su corazón se encogiera. Tomó el sobre con manos temblorosas, conteniendo la respiración mientras lo abría. Sabía que lo que iba a leer le destrozaría el alma, pero no podía evitarlo. Necesitaba escuchar su voz una última vez.

Las primeras palabras eran todo lo que necesitó para sentir cómo se rompía en mil pedazos.

Querido Kenichi, mi amor,

Sé que esto te va a doler, y casi me siento cruel al dejártelo. Pero si hay algo que siempre he querido hacer, es protegerte. Ahora, esta carta es mi manera de intentarlo, incluso cuando ya no esté.

Sé que me extrañarás hasta que el dolor sea insoportable, y sé que la tristeza te hará querer encerrarte y alejarte de todo. Te conozco, Kenichi. Pero te lo ruego: no dejes que eso te consuma. Recuerda a nuestro pequeño. Nuestro Subaru me necesita ahora, y sé que me seguirá necesitando mucho después de que me haya ido. Pero te necesita aún más a ti. Él te necesita para que seas su hogar, para que lo guíes en la oscuridad y lo abraces como yo ya no podré hacerlo.

Prométeme algo, amor. No dejes que otros tomen tu lugar como padre. No delegues tu amor ni tu responsabilidad, por más abrumado que te sientas. Sé que Benjy estará allí para apoyarte, sé que los miembros de la mansión quieren lo mejor para nosotros, pero ellos no pueden ser tú. Subaru necesita a su padre, a su sol, para iluminar su camino.

No me importa quién sea Subaru en el futuro. No importa si es un niño inquieto que sueña con grandes aventuras, o un joven reservado que prefiere la calma de un buen libro. No importa si tiene talento, no importa lo que elija ser. Lo único que importa es que sepa, sin lugar a dudas, que tú lo amas. Que siempre contará contigo. Que no lo apartarás, sin importar cuán grande sea el dolor que llevas dentro.

Kenichi, tú iluminaste mi vida como nadie más lo hizo. Fuiste el sol que calentó mis días más fríos, el amor que nunca creí merecer. Te convertiste en el aliento en mis pulmones. No me arrepiento de nada de lo que viví a tu lado, salvo de no haberte conocido antes. Cada risa compartida, cada beso robado, cada noche en la que nos susurramos promesas bajo las estrellas... lo adoré todo. Y si tuviera que hacerlo otra vez, lo haría sin pensarlo.

Sabes cómo soy con mis corazonadas. Siempre lo he sabido, Kenichi. Desde nuestra noche de bodas, cuando sentí que estaba embarazada de Subaru, hasta ahora, que siento que mi tiempo se acaba. Pero no quiero que te enfoques en mi partida. Quiero que sigas vivo, que sigas viviendo. Quiero que sigas siendo el hombre que me enamoró, que luchó por cada sonrisa mía, por cada momento de felicidad. Sigue adelante, no por mí, sino por nuestro hijo. Por el futuro que soñamos juntos.

Enséñale que nunca está solo. Que cada noche, cuando mire al cielo y vea las estrellas, sepa que yo estoy allí, velando por ustedes, cuidándolos como siempre quise hacerlo.

Y hay algo más, amor. Le he escrito una carta a nuestro hijo. Guárdala y dásela cuando creas que sea el momento adecuado, cuando sientas que él está listo o la necesita. Y mi diario... es un regalo para ustedes. Está lleno de mis pensamientos, mis recuerdos y todo lo que nunca dije en voz alta. Léelo cuando estés listo, cuando sientas que mi voz te hace falta. Es mi manera de quedarme con ustedes, de seguir cuidándolos desde la distancia.

Y si no cumples mi última petición, Kenichi Natsuki, te advierto que te pediré cuentas cuando volvamos a reunirnos en el cielo. Y créeme, no será bonito.

Te amo, ahora y siempre. Y siempre seré tuya,
Naoko Natsuki

Al leer las palabras finales, Kenichi sintió como si algo se rompiera dentro de él. La carta temblaba en sus manos, y de repente sintió que el aire le faltaba, como si de pronto se encontrara atrapado bajo el peso de una montaña invisible. Quería respirar, quería llenar sus pulmones, pero el aire parecía haberse vuelto inaccesible.

Se derrumbó de rodillas en el suelo de la biblioteca, apoyando las manos contra las frías baldosas de mármol. El aire se le escapaba en jadeos cortos y dolorosos, como si hubiera olvidado cómo respirar. Quería gritar, quería romper algo, cualquier cosa para aliviar ese dolor insoportable que lo devoraba desde dentro. Pero todo lo que logró fue un sonido ahogado, un lamento que resonó en la silenciosa habitación, como un eco de la pérdida que lo asfixiaba.

Me dijiste que yo era el aliento en tus pulmones, pensó él, recordando esas palabras de la carta. No lo había entendido entonces. Para él, había sido solo una metáfora dulce, una expresión del amor que compartían. Pero ahora... ahora lo entendía con una claridad dolorosa. Lo entendía de verdad, porque era él quien no podía respirar.

—No puedo respirar, Naoko —susurró, con la voz quebrada, casi inaudible. Cada palabra era una puñalada que le desgarraba el pecho—. No puedo... respirar.

El dolor era físico, una opresión en el pecho que lo hacía doblarse sobre sí mismo, apretando los puños contra el suelo como si así pudiera aferrarse a algún rastro de ella, a cualquier cosa que le recordara su presencia. Pero no había nada. La biblioteca, que siempre había sido un refugio, ahora se sentía vacía, fría. Como si todo el calor, todo el amor que había compartido con Naoko, se hubiera desvanecido junto con su último aliento.

Se llevó las manos al rostro, tratando de contener el sollozo que ahora se desbordaba sin control, pero era inútil. Las lágrimas caían en torrentes, empapando sus mejillas, mientras un grito de dolor y angustia le desgarraba la garganta. El grito de un hombre que lo había perdido todo, de alguien que había encontrado su estrella solo para verla apagarse demasiado pronto.

—Naoko... —murmuró, apenas un susurro, ahogado por el llanto—. Te necesito. No puedo hacerlo solo. No puedo seguir sin ti.

El vacío en su pecho parecía crecer, expandiéndose hasta consumirlo por completo. Se sentía como si hubiera perdido su centro, su razón de ser. Ella había sido su aire, su sol, su vida. Y ahora que ella ya no estaba, él se sentía perdido en la oscuridad, incapaz de encontrar el camino de regreso.

Se dejó caer al suelo, agotado, con el rostro escondido en sus manos. Los sollozos se convirtieron en gemidos desesperados, el sonido de un hombre que había sido fuerte toda su vida, pero que ahora estaba roto. Y mientras la tormenta de emociones lo atravesaba, una pequeña voz en su mente, apenas audible, le recordó las últimas palabras de Naoko:

"Sigue viviendo. No por mí, sino por nuestro hijo."

Intentó aferrarse a eso, a esa última promesa. Pero en ese momento, el dolor era demasiado. Kenichi solo podía pensar en lo que había perdido, en el futuro que nunca tendrían juntos, y en el profundo vacío que había dejado la mujer que lo había amado hasta su último aliento.

Y así, bajo la tenue luz de la biblioteca, Kenichi lloró por su esposa, por su amor, y por el aire que ya no llenaba sus pulmones.

Parte 6

A diferencia de Natsuki Kenichi, su hijo no era un prodigio. En lo más mínimo.

Subaru Natsuki no destacaba en absolutamente nada cuando su padre había sido un joven brillante, elogiado y admirado desde temprana edad. No poseía la misma destreza innata para la magia, ni la habilidad con la espada que su padre había desarrollado con tanto ahínco. Kenichi había sido el sol, un astro que brillaba con fuerza y que había iluminado todo a su alrededor. En cambio, Subaru... Subaru era diferente.

Kenichi lo observaba desde la ventana del estudio, sus manos descansando sobre el marco mientras miraba a su hijo entrenar en el patio. Benjy, apoyado en su bastón, estaba con él, dándole instrucciones simples y corrigiendo su postura. Subaru sostenía una pequeña espada de madera, sus movimientos torpes y sin gracia. Cada golpe carecía de fuerza, y sus pies tropezaban con la tierra como si nunca hubiera aprendido a mantener el equilibrio. Finalmente, el niño se detuvo, jadeando, el rostro cubierto de sudor a pesar del frío aire de la mañana.

Kenichi apretó los labios, sintiendo esa punzada de preocupación que siempre lo asaltaba cuando veía a Subaru luchar. No era por la falta de talento del niño; era por el miedo de que otros lo juzgaran, de que lo compararan con él. Era inevitable. Él mismo había sido una figura imponente, y su hijo... bueno, su hijo era solo un niño. Un niño común y corriente, sin los dones excepcionales que todos esperaban de un descendiente de los Natsuki.

Subaru se tambaleó un poco, dejando caer la espada al suelo antes de caer de rodillas, exhausto. Benjy se agachó a su lado, apoyando una mano en su hombro, susurrándole algo al oído. Subaru asintió, con la respiración entrecortada, y levantó una mano temblorosa. Un suave resplandor oscuro comenzó a formarse en su palma, una pequeña cortina de sombras que revoloteaba débilmente antes de disiparse en el aire. Subaru soltó un gemido, y, antes de que pudiera sostenerse, cayó hacia adelante, desmayándose en el suelo.

El corazón de Kenichi dio un vuelco. Antes de que pudiera moverse, Benjy ya había levantado al niño en brazos, llamándolo suavemente por su nombre. Subaru no despertó. Estaba inconsciente, agotado por el pequeño esfuerzo mágico. Kenichi bajó las escaleras a toda prisa, sintiendo la rabia y la impotencia acumulándose en su pecho, una mezcla de miedo y amor que lo desgarraba.

—Llévalo dentro —ordenó Kenichi, con la voz tensa. Benjy asintió, cargando al niño como si fuera un bebé, y se dirigió hacia la casa.

Mientras caminaban juntos hacia la habitación de Subaru, Kenichi no pudo evitar mirar el rostro de su hijo. Incluso en su sueño, se veía cansado, sus pequeñas cejas fruncidas como si estuviera teniendo una pesadilla. La culpabilidad lo consumía cada vez que lo veía así, tan frágil, tan diferente a como él había sido. Pero también sentía un amor tan profundo que dolía. No le importaba que Subaru no tuviera su talento, que no fuera un prodigio. Lo amaba más allá de cualquier expectativa, más allá de cualquier decepción. Lo amaba simplemente porque era suyo, porque era el regalo que Naoko le había dejado.

Lo recostaron en su cama, y Benjy lo cubrió con una manta.

Kenichi se quedó mirando a Subaru, acariciando su cabello oscuro, mientras el niño dormía. Sentía el peso del cansancio apoderarse de él, un agotamiento que iba más allá del físico. Desde la muerte de Naoko, había intentado llenar el vacío con su papel de padre, pero a veces se sentía como si estuviera caminando en la oscuridad, sin saber qué dirección tomar.

—Él se esfuerza tanto... —murmuró Kenichi, la voz ronca y rota. Sus dedos temblaban levemente al apartar un mechón de cabello del rostro de su hijo—. No debería tener que hacerlo, Benjy. Solo es un niño.

Benjy se quedó en silencio, apoyado en su bastón, observando a Kenichi con esa mirada de comprensión que solo él tenía. Había visto a Kenichi en sus momentos más fuertes y en sus momentos más vulnerables, y sabía que este era uno de los segundos. El peso de la pérdida aún colgaba en el aire como una sombra constante.

—Señor Kenichi... —empezó Benjy, pero el hombre al que había servido toda su vida levantó una mano, deteniéndolo.

—No me lo digas —susurró Kenichi, sin apartar la vista de Subaru—. Sé que lo estoy presionando demasiado. Sé que solo es un niño, pero... no puedo evitarlo. Tengo miedo de que nunca llegue a ser lo que esperan de él. Lo que esperan de mí.

Benjy se acercó, cojeando levemente, y apoyó una mano firme en el hombro de Kenichi.

—No tiene que ser como usted —dijo Benjy suavemente, con una voz cargada de afecto—. No tiene que ser el prodigio que todos esperan. No tiene que ser el sol que usted fue. Subaru es solo un niño. Déjelo ser eso.

Kenichi apretó los dientes, sintiendo una oleada de emociones contradictorias. La rabia que siempre sentía contra sí mismo, contra las expectativas de los demás, y contra el destino que le había arrebatado a Naoko, dejando a Subaru sin madre. Inclinó la cabeza, apretando los puños, mientras las lágrimas quemaban sus ojos.

—Es difícil, Benjy... —admitió, con la voz quebrada—. Extraño los días en los que podía irme de casa sin importarme nada. Extraño a Naoko... —Su voz se hizo un susurro, como si pronunciar su nombre aún doliera demasiado—. Extraño cuando Subaru era un bebé. Cuando todo era tan simple, cuando todo lo que tenía que hacer era sostenerlo y sabía que estaba bien.

Benjy asintió, acariciando suavemente el hombro de Kenichi, ofreciéndole un consuelo silencioso. Había visto a Kenichi convertirse en padre, y había sido testigo de la transformación en un hombre que amaba a su hijo más allá de cualquier límite. Pero también veía el dolor oculto, el miedo de no estar a la altura, de fallar al único legado que Naoko le había dejado.

—La gente tiene expectativas ridículas para él —continuó Kenichi, soltando una risa amarga—. ¿Y qué puedo decirle yo? ¿'Descansa, hijo, de todas formas nunca serás tan bueno como yo'? —Sacudió la cabeza, frustrado—. No quiero que crezca sintiendo que tiene que ser otra persona. Quiero que sepa que lo amo tal como es, pero... no sé si se lo estoy demostrando.

Benjy lo miró, con una mezcla de lástima y ternura. Dio un paso adelante y, sin decir una palabra, envolvió a Kenichi en un abrazo. Fue un gesto inesperado, pero Kenichi se dejó llevar, apoyando la frente contra el hombro de Benjy, dejando que las lágrimas silenciosas cayeran por su rostro.

—Usted es un buen padre, Kenichi —murmuró Benjy, acariciando suavemente su espalda—. Está haciendo lo mejor que puede. Y eso es suficiente. Eso siempre será suficiente para Subaru.

Kenichi dejó escapar un sollozo ahogado, sintiendo que todo el peso que había cargado desde la muerte de Naoko se desmoronaba un poco en ese momento. Había intentado ser fuerte, había intentado ser el sol que todos esperaban, pero ahora, en ese abrazo, entendió que estaba bien ser vulnerable, que estaba bien dejarse caer, aunque solo fuera por un instante.

—Lo haré mejor... —susurró, con la voz rota—. Prometo que lo haré mejor.

—Lo sé —respondió Benjy, soltándolo suavemente, sus ojos llenos de comprensión—. Y la señora Naoko también lo sabe.

Varios meses después, el sol comenzaba a ocultarse tras las copas nevadas del bosque que rodeaba el camino de piedra hacia la mansión Natsuki. El aire era frío y cortante, típico del invierno en Gusteko, pero a Kenichi le resultaba reconfortante. Después de semanas de persecución y caza implacable, regresaba por fin a casa, con el zorro plateado, un notorio criminal, eliminado bajo su espada. El título de Caballero Acólito lo había llevado a misiones peligrosas antes, pero esta había sido particularmente larga y agotadora.

Mientras se acercaba a la mansión, podía ver el humo saliendo de la chimenea, el fuego que prometía calor y hogar. Sintió cómo el cansancio de la batalla empezaba a desvanecerse, sustituido por una sensación de anticipación y paz.

El portón principal se abrió antes de que él llegara, y, para su sorpresa, vio a su hijo corriendo hacia él, con sus cortas piernas moviéndose torpemente sobre el sendero de piedra. El corazón de Kenichi se llenó de ternura al ver la expresión radiante de Subaru, aunque el rostro de Benjy, que lo seguía de cerca, mostraba una mezcla de alarma y urgencia.

—¡Papá! —gritó Subaru, lanzándose a los brazos de su padre. Kenichi lo atrapó con facilidad, levantándolo del suelo mientras giraba en círculos, riendo con la misma energía despreocupada de sus días más jóvenes.

—¡Vaya bienvenida! —exclamó Kenichi, sin notar inmediatamente la razón de la alarma de Benjy—. ¿Qué pasa, Subaru? ¿Por qué corres así?

El niño, con su rostro iluminado por la emoción, extendió una mano pequeña hacia el espacio vacío a su lado, como si estuviera presentando a alguien invisible. Entonces, Kenichi lo vio: una pequeña figura etérea flotaba a su lado, un espíritu menor, con un cuerpo oscuro y brumoso que brillaba con destellos púrpura. La criatura giró alrededor de Subaru con una gracia delicada, emitiendo un suave resplandor que parecía reaccionar al contacto del niño.

—¡Mira, papá! —dijo Subaru con una risa orgullosa—. ¡Es mi nuevo amigo!

Kenichi se quedó inmóvil por un segundo, mirando al espíritu menor como si no pudiera creer lo que veía. Su expresión cambió, de sorpresa a una mezcla de alegría y alivio. Sujetó a Subaru con fuerza, levantándolo por los aires mientras dejaba escapar una carcajada eufórica.

—¡Heredaste el talento de tu madre! —gritó Kenichi, girando con el niño en brazos, como si el frío del invierno hubiera desaparecido por completo. Subaru rió con él, disfrutando del momento, mientras el espíritu flotaba a su alrededor, girando como si también compartiera su felicidad.

Benjy, aún apoyado en su bastón, los observaba con una sonrisa, aunque no podía ocultar del todo la preocupación en sus ojos. Sabía lo que significaba ver a Subaru conectarse con un espíritu menor: era una señal de un don especial, un talento que rara vez aparecía en alguien tan joven. Pero también sabía lo que esto implicaría para el niño, la presión que vendría con el descubrimiento.

—Esto es increíble, Subaru —dijo Kenichi, aún con el brillo de orgullo en sus ojos—. ¡Lo conseguiste!

Desde ese día, Kenichi se volvió infumable para cualquiera que quisiera escucharlo. Presumía de su hijo a cada oportunidad, relatando con orgullo la historia del día en que Subaru había mostrado su afinidad con los espíritus. Hablaba de ello en las reuniones familiares, en la ciudad, e incluso con sus compañeros caballeros.

—¡Mi hijo es un prodigio! —solía decir, con una sonrisa que no ocultaba su satisfacción—. ¡Tiene la gracia y el don de su madre, y mi porte, claro está!

Los meses pasaron, y cuando Subaru cumplió siete años, Kenichi comenzó a notar pequeños detalles que le recordaban a Naoko. Era algo simple, como la forma en que el niño escribía, especialmente la forma en que trazaba la letra "S". Kenichi se encontraba observando con nostalgia el cuaderno de ejercicios de su hijo, notando las similitudes con la caligrafía de su difunta esposa. Le traía recuerdos, y aunque dolía, también lo llenaba de una cálida sensación de conexión con ella.

No perdió tiempo en contratar a un tutor especializado en artes espirituales para guiar a Subaru. Si el niño tenía un don como el de su madre, Kenichi haría todo lo posible para nutrirlo y protegerlo, para asegurarse de que tuviera las herramientas que él mismo nunca necesitó, pero que su hijo ahora sí requeriría.

Y así, mientras el invierno daba paso a la primavera, la mansión Natsuki se llenó nuevamente de esperanza, alimentada por la risa de un niño y la presencia etérea de un pequeño espíritu que revoloteaba por los pasillos, como si Naoko aún estuviera allí, cuidando de ellos desde el más allá.

Parte 7

El sonido del cuerno de guerra resonó en el aire frío de la tarde, anunciando la llamada a las armas para los soldados y los caballeros que le acompañaban. Kenichi, montado en su caballo negro, detuvo su avance y levantó la mano para indicar a sus hombres que se detuvieran. Los árboles alrededor susurraban con el viento helado, y la nieve crujía bajo los cascos de las monturas. Kenichi sintió un escalofrío recorrerle la espalda, como si una sombra invisible lo envolviera. No era solo el frío habitual de Gusteko; había algo oscuro, algo antinatural en el aire.

Un mensaje había llegado dos horas antes mediante un artefacto mágico usado por los caballeros del reino, informando de actividad del Culto de la Bruja cerca de una aldea cercana. No era territorio de los Natsuki, pero Kenichi no podía ignorar la solicitud de ayuda. Los cultistas eran conocidos por su brutalidad y su adoración a Satella, la Bruja de la Envidia. Cada vez que surgían, dejaban una estela de muerte y destrucción.

Tan rápido como pudo, reunió a un grupo de soldados y partió directamente a la aldea deseando que no fuera demasiado tarde.

Kenichi tomó un medallón plateado de su bolsillo, un objeto especial entregado solo a los caballeros de alto rango. Este artefacto permitía comunicarse rápidamente con los destacamentos de la región en caso de emergencia. Lo apretó en su mano, cerrando los ojos por un segundo mientras se conectaba con sus aliados cercanos. A los hombres que había traído.

—Aquí Natsuki Kenichi —dijo con voz firme—. Estamos a menos de un kilómetro de la aldea de Virna. Refuercen el perímetro y preparen ballestas. Repito: preparen ballestas. Hay cultistas del Culto de la Bruja. Ingresaré al campo de batalla.

Las órdenes se transmitieron rápidamente, y Kenichi avanzó con su caballería hacia la columna de humo que se elevaba en el horizonte. Cuando llegaron a la aldea, el paisaje era aterrador.

La aldea de Virna estaba envuelta en llamas. Las casas, construidas de madera y piedra, crujían y se derrumbaban bajo el calor infernal. Los cuerpos de los aldeanos estaban esparcidos por el suelo, y entre ellos, los cadáveres de los cultistas se alzaban como sombras deformes, empalados en estacas de hielo que brillaban a la luz del fuego. Kenichi notó con asombro la precisión y fuerza de la magia que había creado esas estacas; no eran obra de un simple hechicero.

Al fondo, entre las ruinas de la aldea en llamas, una figura femenina luchaba con una ferocidad desesperada. Su corto cabello plateado ondeaba al viento, reflejando el brillo de las llamas. Sus movimientos eran rápidos y precisos, propios de un guerrero experimentado. Se enfrentaba a un grupo de cultistas que la rodeaban, moviéndose como lobos alrededor de su presa. Cada vez que uno se lanzaba sobre ella, respondía con cortes limpios, y estacas de hielo brotaban del suelo, atravesando sus cuerpos sin piedad.

Kenichi observó la escena desde la distancia, con el ceño fruncido.

—¿Quién demonios es esa mujer? —murmuró para sí mismo, incapaz de apartar la vista de la batalla.

Pero antes de que pudiera analizar más, uno de los cultistas levantó la mano al aire, y una fuerza invisible se desató con violencia. La mujer de cabello plateado fue levantada del suelo como si fuera una muñeca de trapo. Kenichi notó cómo el aire a su alrededor se distorsionaba, y comprendió de inmediato que eran los mismos brazos invisibles que había visto antes.

—¡Una maga del Culto! —exclamó uno de sus caballeros, señalando a una figura encapuchada que se encontraba al otro lado del campo de batalla.

La mujer fue lanzada contra la pared de una casa en llamas, y un grito de dolor resonó en el aire. Kenichi sintió un nudo en el estómago al ver la brutalidad del ataque. Sin perder tiempo, levantó su espada, sintiendo cómo su propia magia de viento se acumulaba a su alrededor.

—¡Arqueros y ballesteros, disparen a la sombra invisible! —ordenó con voz firme, sus ojos siguiendo las distorsiones en el aire.

Los soldados de Gusteko, entrenados en el uso de ballestas, respondieron al unísono. Una lluvia de virotes y flechas atravesó el aire, impactando contra algo que no podían ver. Hubo un grito agudo, y la figura encapuchada se tambaleó, soltando un gemido de dolor. Pero entonces, los brazos invisibles se arremolinaron con furia, moviéndose como un torbellino oscuro y atacando a los soldados, arrojándolos por los aires como muñecos de trapo.

Kenichi entrecerró los ojos, observando los movimientos espectrales. Con un gesto decidido, invocó una ráfaga de viento que levantó el polvo y el humo del suelo, haciendo visibles las extremidades fantasmales que se retorcían como serpientes en el aire.

—Ahora te veo... —susurró con una sonrisa helada.

Con un movimiento preciso, lanzó una serie de cortes con su espada, canalizando su magia de viento. Las ondas cortantes atravesaron los brazos invisibles, desintegrándolos con destellos de luz azul. La figura encapuchada chilló, llevándose las manos al rostro ensangrentado.

—¡No estaban escritos! —gritó la voz aguda, cargada de desesperación—. ¡No deberías estar aquí! ¡No apareces en mi evangelio! ¡Debe ser una prueba! ¡Una prueba para demostrar mi amor por ella, desu!

Kenichi pudo ver claramente a la figura encapuchada ahora. Era una mujer con cabello rojo, desgreñado y salvaje, sus ojos abiertos de par en par, llenos de locura. Mordiéndose los dedos hasta el hueso, parecía completamente perdida en su histeria, como si el dolor físico fuera lo único que la mantenía anclada a la realidad.

De repente, la mujer fijó su mirada en la luchadora de cabello plateado, que se estaba levantando lentamente del suelo, tambaleándose.

—¡Blasfemia! —vociferó la cultista, señalando con un dedo tembloroso—. ¡Esa apariencia es una burla, una afrenta a nuestra Bruja! ¡Cabello plateado, ojos amatista... es un insulto al amor sagrado de Satella! ¡Una abominación, desu!

Los brazos invisibles surgieron de nuevo, esta vez más grandes y grotescos, extendiéndose como garras deformes. Cada vez que Kenichi cortaba uno de los brazos con sus ráfagas de viento, la cultista soltaba un alarido de dolor, y lágrimas de sangre corrían por sus mejillas. Parecía que sus invocaciones estaban conectadas a su propia vida, y cada destrucción de los brazos espectrales la debilitaba aún más.

Kenichi observó la conexión, notando la desesperación en los ojos de la mujer. Sus manos temblaban mientras intentaba conjurar más brazos espectrales, pero sus movimientos eran torpes, como si ya no pudiera soportar el esfuerzo.

—¡Por la Bruja! —exclamó la mujer, jadeando, su voz rota por la devoción fanática—. ¡Ella me ama, desu! ¡No permitiré que esta blasfemia continúe, desu!

Kenichi retrocedió un paso, evaluando la situación mientras los soldados de Gusteko se reagrupaban a su alrededor. Vio a uno de los arqueros apuntar con cuidado. Un virote surcó el aire y se clavó profundamente en el pecho de la cultista.

La mujer jadeó, sus ojos desorbitados mientras intentaba arrancarse el virote con dedos ensangrentados. Pero antes de que pudiera reaccionar, una andanada de virotes la atravesó, clavándose en su cuello, su abdomen y sus extremidades. Los brazos invisibles se desvanecieron uno a uno, y la cultista cayó de rodillas, balbuceando incoherencias, su rostro una máscara de locura y devoción rota.

—¡Mano oculta... desu! —susurró la cultista, apenas audible, mientras sus labios se teñían de sangre.

Kenichi sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Antes de que pudiera procesar sus palabras, un grito de dolor desgarrador resonó en el campo de batalla. Pero esta vez, no era la voz de una mujer. El grito era grave, gutural, lleno de una locura eufórica. Kenichi sabía, de alguna forma inexplicable, que era la misma presencia.

—¡MANO OCULTA!

Los soldados miraron a su alrededor con pánico, y el sonido de huesos quebrándose y carne siendo aplastada llenó el aire. Kenichi vio cuerpos levantándose en el aire, siendo arrastrados por una fuerza invisible, antes de ser aplastados contra el suelo con brutalidad. La sangre salpicó el terreno, tiñendo de rojo las piedras ennegrecidas por el fuego.

—¡Reagrúpense! —ordenó Kenichi, con voz firme—. ¡Formen filas y prepárense para una retirada controlada!

Los hombres intentaron obedecer, pero los ataques invisibles eran implacables. Un brazo espectral surgió de la nada y atravesó a uno de los soldados, levantándolo como si fuera un muñeco y estrellándolo contra otro. El sonido de los cuerpos chocando fue grotesco, acompañado por los gritos de agonía de los hombres.

Kenichi apretó los dientes, levantando su espada una vez más. El aire a su alrededor se arremolinó, levantando polvo y cenizas mientras concentraba su magia de viento para despejar el humo que lo rodeaba. Sus ojos se entrecerraron mientras buscaba desesperadamente al causante de esta masacre.

Entre la penumbra y las llamas, divisó una figura encorvada, sus manos extendidas hacia adelante, moviéndose como si estuviera dirigiendo una orquesta macabra. Los ojos del encapuchado estaban abiertos de par en par, sangrando por las cuencas. Aunque la cultista de cabello rojo había caído muerta, alguien más había tomado el relevo, continuando el cántico con una voz llena de éxtasis maníaco.

—¡Mano oculta, desu! —gritó la figura, con un tono que mezclaba adoración y locura. Los brazos espectrales continuaron su carnicería, aplastando a los soldados como si fueran insectos.

Kenichi tragó saliva, sintiendo la furia arder dentro de él. Justo entonces, notó un movimiento a su izquierda. La mujer de cabello plateado se levantaba, tambaleándose, con el rostro cubierto de sangre y hollín. A pesar de sus heridas, había un fuego indomable en sus ojos amatista.

Kenichi corrió hacia ella, cortando el aire a su alrededor para despejar el camino.

—¡¿Estás bien?! —preguntó con urgencia, extendiendo una mano para ayudarla.

La mujer lo apartó con un gesto brusco, resoplando.

—No te preocupes por mí —respondió con voz áspera, tomando aire con dificultad—. Tenemos que acabar con esta locura antes de que nadie más muera.

Sin esperar una respuesta, se unió tambaleante a la lucha, conjurando de nuevo estacas de hielo que se lanzaron hacia los cultistas. Sus ataques eran salvajes, desesperados, como si estuviera luchando contra algo más que simples enemigos.

Kenichi observó su determinación y apretó los labios. Ella era más fuerte de lo que había imaginado. Inspirado por su tenacidad, levantó su espada y sintió cómo su magia de viento crecía, creando un torbellino a su alrededor.

—¡Todos conmigo! —rugió a sus hombres—. ¡Vamos a acabar con esto!

Con un rugido de guerra, se lanzó hacia adelante, decidido a enfrentar a esta nueva amenaza de frente. El viento a su alrededor aullaba como un lobo enfurecido, y la figura encorvada al otro lado del campo de batalla alzó la cabeza, como si estuviera observando su avance con una sonrisa torcida.

La batalla se desató como un torbellino de caos. Los cultistas, envueltos en una locura frenética, corrían hacia los caballeros con dagas ceremoniales en forma de cruz, sus rostros desfigurados encapuchados que solo dejaban ver una mirada demente. Otros conjuraban hechizos de fuego, levantando columnas de llamas que devoraban las casas de la aldea, alimentando la infernal destrucción.

Kenichi avanzó con su espada en alto, sintiendo cómo la magia de viento se arremolinaba a su alrededor, dándole velocidad y fuerza. Sus ojos estaban fijos en las distorsiones del aire: enormes manos invisibles que surgían del suelo y del cielo. Manos espectrales que agarraban a los aldeanos y soldados como si fueran muñecos de trapo. Los gritos resonaban por todo el campo de batalla mientras las manos apretaban con fuerza, haciendo llover sangre y trozos de carne sobre el suelo ennegrecido.

—¡Haced visibles esas manos! —ordenó Kenichi, levantando su espada. Una ráfaga de viento barrió el terreno, levantando polvo y cenizas, revelando las siluetas espectrales. Eran grotescas, con dedos alargados que se retorcían como tentáculos.

Sin perder un segundo, Kenichi lanzó una serie de cortes de viento, cada uno afilado como una navaja. Las cuchillas de aire se arremetieron contra las manos espectrales, cortándolas en pedazos. Las extremidades invisibles se desintegraban en un sonido sibilante, como si el aire mismo se desgarrara.

Los tiradores de Gusteko respondieron a la llamada del combate. Desde las líneas traseras, arqueros y ballesteros hicieron llover flechas y virotes sobre el campo de batalla. Las flechas silbaban por el aire, impactando contra los cultistas con una precisión mortal. Algunos tiradores, demasiado cerca del enemigo, disparaban a quemarropa, destrozando los cuerpos de los seguidores de la Bruja con una brutalidad implacable.

Kenichi cortó con fuerza, derribando a un cultista que se lanzó hacia él con una daga ensangrentada. El hombre cayó al suelo, pero otros dos tomaron su lugar, atacando sin descanso. Kenichi bloqueó una estocada y respondió con un barrido amplio, sintiendo cómo su espada cortaba carne y hueso. Los cultistas caían, pero parecían infinitos, impulsados por una fuerza más allá del miedo.

De repente, un grito resonó en medio del caos.

—¡Al Huma! —vociferó la mujer de cabello plateado, su voz llena de rabia y desesperación.

Kenichi la vio levantar las manos al cielo, y en sus palmas apareció una esfera de hielo que crecía rápidamente, alimentada por la magia. La esfera se expandió hasta alcanzar un tamaño impresionante, emanando un frío que hizo que el aire a su alrededor chisporroteara con cristales de escarcha. Con un movimiento fluido, la mujer lanzó la esfera hacia el centro del campo de batalla.

El proyectil de hielo se estrelló contra una de las gigantescas manos espectrales. Hubo un estallido ensordecedor, y la esfera explotó en mil fragmentos afilados como cuchillas, que se dispersaron en todas direcciones. Las esquirlas de hielo atravesaron la mano espectral, desgarrando la carne invisible, y siguieron volando hacia los cultistas cercanos. Gritos de dolor llenaron el aire cuando los fragmentos de hielo se clavaron en sus cuerpos, dejando un rastro de sangre congelada en el suelo.

Kenichi aprovechó el caos para lanzar otra ráfaga de cortes de viento, apuntando a las manos espectrales que aún quedaban. La figura encorvada, la fuente de estas invocaciones, alzó la vista hacia él, mostrando una sonrisa torcida, como si disfrutara de la destrucción que había desatado.

—¡Pereza! —gritó la voz enloquecida—. ¡La pereza es el peor de los pecados, desu! ¿Cómo se atreven a desafiar el amor de ella, desu?!

Kenichi apretó los dientes, ignorando los gritos de la voz. Concentró toda su energía en un solo ataque, levantando su espada con ambas manos. El viento a su alrededor se arremolinó, creando un torbellino tan fuerte que arrancó pedazos del suelo y apagó momentáneamente las llamas cercanas. Con un grito de guerra, Kenichi cortó el aire delante de él.

La onda de viento se desplazó como una guadaña gigante, partiendo en dos cualquier cosa en su camino. La figura encorvada intentó levantar más manos invisibles para defenderse, pero era demasiado tarde. El ataque de Kenichi atravesó las extremidades espectrales y se hundió en el cuerpo del invocador.

La figura dejó escapar un último grito, un sonido de éxtasis y agonía combinados, antes de desplomarse al suelo dividido en dos partes. Los brazos invisibles se desvanecieron en el aire, dejando solo silencio y el crepitar de las llamas moribundas.

Kenichi respiró hondo, observando el campo de batalla. Los cultistas restantes huían en desbandada, mientras los caballeros de Gusteko avanzaban para darles caza. La mujer de cabello plateado también había caído de rodillas, exhausta pero aún con esa mirada feroz.

Kenichi caminó hacia ella, envainando su espada.

—Lo hicimos... —murmuró, extendiendo una mano para ayudarla a levantarse.

Ella lo miró, con los ojos amatista brillando a través de la sangre y el sudor. Ignoró su mano y se levantó por sí misma, tambaleándose, pero con la cabeza en alto.

—No ha terminado —respondió, jadeando, tras unos momentos se desmallo.

Kenichi alcanzó a atrapar a la mujer antes de que cayera al suelo. Su cuerpo, aunque pequeño y delgado, pesaba más de lo que esperaba, una señal clara del agotamiento extremo que había sufrido. Mientras la sostenía, su rostro cayó hacia un lado, dejando al descubierto sus orejas puntiagudas bajo el cabello ensangrentado y chamuscado.

Kenichi parpadeó, sorprendido, su corazón dio un vuelco.

Una elfa... pensó, observando con detenimiento sus rasgos delicados. El brillo plateado de su cabello y el tono amatista de sus ojos eran inusuales incluso para los estándares élficos. Algo en ella parecía... diferente.

La miró por un momento, sintiendo una mezcla de asombro y respeto. Había luchado con una valentía que rara vez había visto en humanos, y mucho menos en alguien tan joven y aparentemente frágil.

—No eres lo que pareces, ¿verdad? —murmuró para sí mismo, mientras la levantaba con cuidado en sus brazos.

Miró alrededor del campo de batalla, donde los soldados se ocupaban de atender a los heridos y perseguir a los cultistas que aún quedaban con vida. El fuego ya había consumido gran parte de la aldea de Virna, y el aire estaba cargado de humo y cenizas. La misión aquí había terminado, y era hora de regresar.

—¡Nos retiramos! —gritó Kenichi a sus hombres—. Carguen a los heridos y reúnan a los supervivientes. Regresaremos a la mansión Natsuki.

La noche había caído cuando Kenichi llegó a la mansión. Los caballos, agotados y cubiertos de sudor, avanzaban lentamente por el camino empedrado. Los sirvientes ya estaban preparados para recibir a los heridos. Al ver a su señor llegar con la mujer inconsciente en brazos, sus rostros mostraron sorpresa, pero nadie hizo preguntas.

—Llevad a los heridos al ala oeste y llamad al sanador inmediatamente —ordenó Kenichi, mientras se dirigía hacia una de las habitaciones de invitados con pasos rápidos pero controlados.

Al llegar, dejó a la mujer suavemente sobre la cama. Su rostro, ahora libre de hollín y sangre, revelaba una belleza etérea que no era de este mundo. Kenichi se detuvo por un momento, observándola en silencio. La imagen de sus orejas puntiagudas seguía en su mente.

—¿Qué hacía una elfa aquí, luchando contra el Culto de la Bruja? —se preguntó en voz baja.

Se giró hacia uno de los sirvientes que había entrado tras él.

—Tráiganme al sanador y asegúrense de que nadie la moleste hasta que despierte. Esto queda entre nosotros. No quiero que esta información se filtre, ¿entendido?

El sirviente asintió rápidamente y salió de la habitación. Kenichi se quedó un momento más, observando a la misteriosa mujer. Había muchas preguntas que quería hacerle, pero tendría que esperar.

—Espero que puedas explicarme todo esto cuando despiertes —murmuró, ajustando la manta sobre ella antes de retirarse.

Cerró la puerta suavemente y se dirigió al estudio, donde sus hombres ya lo esperaban para hacer un reporte de lo ocurrido.