Advertencia: Antes de empezar este capítulo quiero advertirles que contiene descripciones muy gráficas de violencia. Puede triggerear al lector, así que lean con cuidado y responsabilidad.
El despertar de Kasumi
El corazón encogido bajo su pecho y un frasco oculto entre la comida y ropaje en las alforjas de Oguri. Jamás sus manos habían tocado algo ajeno, ni siquiera cuando Sochi moría de ganas por comer un trozo de pan recién salido del horno, en la posada vecina. Ni cuando los muchachos que solían jugar cerca de su casa olvidaban sus juguetes en el suelo y ella se preguntaba si algún día tendría una muñeca. Ahora, la culpa la carcome, sobre todo después de haber hablado con Nanami-san.
Sus labios mentirosos, apretados, no permiten que una sola palabra salga de ellos. Los primeros kilómetros, mientras se alejaba del templo de Tengen, se sintió inclinada a dar media vuelta y regresarles a Sanso. Sin embargo, la sola idea de volver sobre sus pasos con las manos vacías logró disuadirla. Si no tiene a nadie, al menos tiene a Sanso, quien potencialmente podría ser igual a su hermano mayor, Tanso, o quién sabe qué más podría ser. Si bien tampoco sabe qué clase de ritual deberá llevarse a cabo para cambiar su forma, prefiere llevarlo consigo y encontrar la respuesta en el camino.
Ahora, cuando debería volver al palacio de Mei-san, Kasumi se detiene entre la bifurcación de dos senderos mientras medita si realmente tiene el coraje de arrodillarse frente a la familia de Satoru. ¿Serán sus pobres modales lo suficientes para postrarse frente al líder? O simplemente verá la fortificación impenetrable desde sus afueras, como lo hizo aquella vez, al llegar al distrito de Shinmachi.
Sea como fuere, Kasumi termina dándose cuenta luego de mucha meditación, que es preferible regresar con las manos vacías luego de haberlo intentado todo. Después de todo, se requiere un ejército para rescatar a Gojo Satoru.
…
Días y días pasan de comer la misma mierda; medio pescado, desabrido, y un poco de arroz. Parece lo suficiente como para mantenerlo con vida, pero cada segundo que pasa, encerrado allí en una choza oscura, sin poder ver la luz del día, sin sentir la brisa tocando sus mejillas, es un segundo en el que su cuerpo se debilita.
Tampoco ha logrado contabilizar los días, es difícil hacerlo sin luz solar, cuando las visitas de quien le da de comer son tan inconstantes. Por un momento se pregunta si lo hacen apropósito, para que él pierda cualquier sentido de la orientación que le queda, por eso es que aparecen en cualquier momento del día, a veces la puerta se abre y se ve la luz, a veces parece de noche, o quizás está a punto de amanecer.
Lo único que ha podido suponer es que han pasado al menos cinco meses desde que salió del palacio de Mei-Mei. Lo supone por el largo de su cabello, hasta los hombros. Sólo espera que los guardias no noten ese detalle y le corten el cabello, o perderá la cuenta.
Han encontrado maneras bastante creativas para torturarlo, y quizás la peor fue la del cubo.
Desde el preciso momento en el que lo encerraron, se le entregó un cubo de metal que debía usar para evacuar. Por supuesto, tras vivir la mitad de su vida en el palacio imperial, no fue para nada agradable tomar turnos con Yaga para utilizarlo. Lo único que podían hacer para evitarse la humillación era evadir la mirada y simplemente no hablar de ello.
Luego alguien entraba, tomaba el balde lleno de mierda y salía. El mismo balde siempre llegaba vacío para otra vez ser utilizado como transporte de excremento. El objetivo era claro, despojarlo de todo tipo de orgullo, restregarle en el rostro que se ha vuelto nada más que un prisionero, despojado de todo derecho.
Sin embargo, hasta aquel momento esa humillación era tolerable. No fue sino hasta el día en el que el mismo Jinichi Zenin entró en la choza con el balde bajo su mano derecha, una sonrisa amplia y retorcida en su rostro. A Satoru le extrañó que tuviera el valor de traerlo él mismo sabiendo perfectamente lo que ese cubo suele tener dentro. Pero no fue sino hasta que lo dejó frente a él, que Satoru entendió por qué lo cargaba con tanta alegría.
La sonrisa en el rostro de Jinichi se hizo más grande al ver la expresión de sorpresa de Satoru. La sorpresa luego se mezclo con el horror, el asco, y no pudo aguantar un segundo más. Satoru empujó con la rodilla el balde y el agua cayó al suelo.
Parado sobre el charco, Jinichi se rio. Lo hizo tan fuerte las aves en los árboles alrededor salieron volando de su sitio. Y cuando pudo calmarse, bajó la mirada a ver los ojos celestes de Satoru, inclinado, sucio, delgado, humillado, y con la ira batiéndose dentro de su cuerpo, escupiéndola a través de su mirada de fuego helado.
—No querrás morir de sed, ¿verdad? —le dijo Jinichi antes de agacharse a tomar el cubo—. Se te cayó, tienes que ser más cuidadoso, déjame llenar esto de nuevo para ti.
Seguía riéndose cuando se fue, aún lo escuchaba cuando la puerta se cerró aquel día, o mañana, quizás fue por la tarde.
—El no lo sabe… —susurra Satoru con la poca fuerza de su cuerpo famélico—. Él no lo sabe aún, no debe siquiera imaginarlo. ¿Cómo lo haría? De verme a mí mismo en este estado, tampoco podría apostarlo, pero… ese es un hombre muerto caminando. Espero aproveche el tiempo que le queda, respirando el aroma de su ropa secada al sol, llenándose la barriga como el cerdo asqueroso que es, incluso viendo su horrible reflejo en el agua. Espero haga buen uso del tiempo que le queda, ya que si no es hoy… quizás tampoco sea mañana. Mierda, tal vez tarde años en encontrar la forma de burlar estos sellos. Pero el día en el que salga de aquí… voy a ensuciar mi espada con su sangre.
—Empiezas a sonar como alguien que ha perdido la razón.
—¿Qué tan malo sería si realmente fuera así? Quizás encuentre la manera de salir si salgo de los confines de la cordura, ¿no? ¿Qué acaso no conoces esa frase?... 'los locos crean los caminos que más tarde transitan los sabios'…
—Satoru, mantén la calma. No dejes que sus juegos te afecten. Lo que acaba de hacer con el agua… sólo intenta jugar con tu cordura. ¿Realmente crees que era el mismo cubo? ¿Acaso piensas que es tan estúpido como para enfermar a su más valioso prisionero?
Satoru guarda silencio por un momento.
—¿Por qué crees que no nos han llevado al palacio imperial? —le pregunta a Yaga en un tono más calmado.
—Creo que… teme que si te traslada pasen dos cosas, que no puedan mantener la fuerza de los sellos… o que alguien más sepa en dónde estás. No creo que una caravana del clan Zenin pase desapercibida por mucho tiempo.
—¿Y cuánto tiempo crees que nos mantengan aquí?
—El tiempo suficiente para quebrarnos.
…
¿Qué será exactamente?, se pregunta Kasumi por las noches, bajo el manto de un sauce. Oguri duerme y ella parece incapaz de cerrar por completo los ojos. Le preocupa, sin embargo, el sello de Utahime parece funcionar a la perfección. No escapa del cristal una sola gota de energía maligna, pero por alguna razón, Kasumi no logra sacárselo de la cabeza. Tal vez por culpa, de haber robado algo que ella había entregado voluntariamente, o quizás por la idea que vaga por su mente y le recuerda al padre de la horrenda criatura que tiene entre las manos. Ni un rastro queda de Akemi en esa masa que de vez en cuando se voltea y la observa, flotando en un líquido verdoso.
Tal vez, esa idea tan retorcida que se pasea por su mente sea sólo producto de Noritoshi Kamo, es algo que sólo alguien como él sería capaz de hacer. Si esa idea tétrica que se le viene a la mente es sólo por su recuerdo, o si es algo más en el fondo de su mente que se lo está diciendo, no lo sabe. Le espanta la idea de que esa transmutación se la haya imaginado por sí misma, le da escalofríos.
Por alguna razón, algo que dijo Tengen intenta volver al presente, pero no lo recuerda por completo y tampoco sabe qué conexión podría tener con la transmutación de Tanso.
Después de convencerse a sí misma de que debe haber una manera menos grotesca, Kasumi logra encontrar el modo de dormir, o tal vez sólo le ha ganado el cansancio.
Día tras día, noche tras noche, recorriendo sola los senderos abandonados de la costa al suroeste de Japón, Kasumi reúne la fuerza necesaria para plantarse frente a un clan poderoso. Enumera mentalmente las razones para rescatar a Satoru, las memoriza para no tartamudear, para que su convicción impregne los oídos que la escuchen.
Al cabo de medio mes, Kasumi ve de lejos el mar dorado de un campo de arroz, tan extenso que la deja sin aliento. Su olor, el movimiento de los arrozales imitando el de las mareas. Detrás del campo una fila extensa de árboles tan altos como el templo de Tengen, y tras los arboles los primeros indicios de un pueblo.
Ella no puede aguantarse la sonrisa y espera ansiosa encontrar alguna posada en la cual pasar la noche, y con suerte una comida caliente.
Una mancha oscura recorre los arrozales amarillos, llamando su atención. Kasumi voltea a ver dos pequeñas manos sosteniendo una cesta llena de granos encima de su despeinada cabellera negra. Detrás de él hay algo más, pequeño, pero maligno.
Oguri acelera su paso según las órdenes de Kasumi y avanzan rápidamente por el sendero hasta los pies del campo de cultivo. El niño corre, se tropieza y cae al suelo, y con él el cuenco de paja y el arroz. Él voltea y abre la boca, listo para gritar mientras las lágrimas se amontonan sobre sus ojos, pero cuando está a punto de echar un grito, una luz celeste y fugaz pasa frente a sus ojos.
El destello del sol sobre la katana de Kasumi lo deja ciego por un instante, pero al abrir los ojos sólo está la muchacha, con ambos pies bien plantados en el suelo y su mirada dulce, de ojos grandes, observándolo por encima de su hombro.
El niño aún tiene la boca abierta cuando ella se agacha junto a él. No hay nada más ceniza flotando en el aire, pero él estaba seguro de que iba a atraparlo.
Kasumi se sonríe, al niño le faltan un par de dientes y esto le recuerda a la última vez que vio a su hermano menor. Pocos días antes de su separación, le había contado con orgullo que había perdido un diente más, como si eso lo hiciera 'más hombre' que antes.
—¿Estás bien? —le pregunta al atónito muchacho y le ofrece su mano para levantarse. Y aunque él duda un instante, acepta su ayuda y ensancha una sonrisa. Sus ojos castaños reflejan una extraña excitación.
—¿Eres una hechicera? —le pregunta, sus ojos brillan.
—Algo así… —responde Kasumi sin la confianza o experiencia necesaria como para aceptar ese nombre, una profesión que tiene a personas como Gojo Satoru o Atsuya Kusakabe jamás podría tener a una Miwa Kasumi.
—¡Qué bien! ¿Viniste por el aviso? ¡Rápido! ¡Vamos al pueblo! ¡Te hemos estado esperando!
Antes de poder cruzar una sola palabra más, el niño toma de la mano de Kasumi y la arrastra consigo, dejando atrás el arroz y su cuenco de paja.
El bosque se hace menos espeso a medida que el sendero avanza, y pocos minutos después, Kasumi ve a un grupo de mujeres en el centro de un pequeño pueblo de al menos diez casas.
—¡Mamá! ¡Es una hechicera! ¡Ha venido por el anuncio!
Como si fuera una gran noticia, los ojos castaños de todas las mujeres se abren, algunas suspiran, como si esas palabras trajeran consigo un alivio colectivo. Una de ellas, con el cabello recogido y varias marcas de la edad en el rostro, se aproxima rápidamente a ella. Lleva un kimono bordó, gastado y doblado para trabajar.
—¡Qué alegría! ¡Por fin ha venido! —le dice y su voz se quiebra, toma a Kasumi con ambas manos y el pecho se le estruja al ver que ella también está a punto de llorar—. Sé que la recompensa no es mucha, pero cada una de nuestras familias ha colaborado. Es todo lo que tenemos para ofrecerle, ¡por favor, ayúdenos!
Kasumi no sabe qué decir, o cómo rechazar el contrato que todos creen que ha aceptado con su sola presencia. Incómoda, toma las manos de la mujer que la ve con esperanza bañándole los ojos y le sonríe con toda la dulzura que tiene para alivianar el golpe.
—L-Lo siento… Yo no he venido por ningún contrato…
—¿Qué?... —masculla la mujer.
—¡Pero eres una hechicera! ¡Yo te vi exorcizar a ese monstruo! —grita el niño repentinamente, apretando las manos con fuerza.
Kasumi abre los labios para explicarse cuando siente las manos de la mujer alejándose, luego ve cómo ha cambiado su expresión.
—Lo siento, sólo eras una viajera y mi hijo te trajo hasta aquí. Perdónalo, hemos estado esperando por un chamán durante mucho tiempo.
—Yo… no soy muy poderosa… Pero si me explica lo que está pasando quizás pueda ayudarles —los ojos de las mujeres a su alrededor vuelven a encenderse—, si es algo que está a mi alcance no aceptaré por paga nada más que un sitio en el cual dormir y un plato de comida.
—Si es así, entonces ven conmigo y te explicaré por qué necesitamos un chamán.
Tras tomar nuevamente las riendas de Oguri, Kasumi sigue el lento paso de la mujer y junto a ella su hijo. Una pregunta se cierne sobre su mente, ¿dónde están todos los hombres? En tiempos violentos como los actuales, no le sorprendería que hayan sido reclutados como parte de alguna guerrilla y por eso aquel niño que tiene junto a ella estuviera trabajando los campos de cultivo.
La casa de la mujer es modesta, pero está limpia y parece tener todo lo necesario para su pequeña familia. Ella toma asiento y le indica amablemente a Kasumi dónde sentarse.
—Mi nombre es Amame, y él es Ohma. Hace semanas Ohma viajó a los pueblos más cercanos a dejar anuncios, pero nadie ha venido y no hemos podido cosechar el arroz. Si seguimos así nos moriremos de hambre.
—¿Por eso estabas en el campo? ¿Las mujeres temen ser víctimas de la maldición y entraste para conseguir comida para ellas?
—¡¿Qué?! ¡Ohma! ¿Lo que dice es cierto? ¡¿Entraste al campo de arroz?! —le grita Amame a su hijo, sacudiéndolo por los hombros.
—¡Sólo quería traerles algo de comer! ¡Ni quiera podemos llegar al mar con esa maldición ahí! ¡No podía quedarme de brazos cruzados! Además… yo puedo verlos madre, puedo escapar de ellos.
—Eso fue muy peligroso —interrumpe Kasumi—, el que te atacó era pequeño, casi inofensivo. No creo que pudiera matarte con la energía que tenía. Sin embargo, podría haberte hecho daño si se prendaba de ti. Por favor, no vuelva a hacerlo.
—Lo siento… —gimotea Ohma, agarrándose con fuerza del kimono de su madre.
Amame abandona su molesta expresión y la suaviza al ver a su niño apretando los labios, haciendo fuerza para no llorar. Luego levanta una mano y le revuelve el cabello, su cabello necio y desordenado vuelve a recordarle a Sochi y Kasumi no puede controlar su sonrisa nostálgica.
—¿Qué es lo que ha hecho la maldición hasta ahora?
—Asesinó a tres mujeres, una de ellas estaba embarazada. Al principio aparecía cuando el sol comenzaba a ocultarse, así mató a las primeras dos. Desde entonces hemos tenido el recaudo de cosechar cuando el sol está en lo alto. Sin embargo, la última víctima… sucedió al medio día. Mi amiga Himari estaba ahí, dijo que pudo ver a la maldición… aunque ella jamás ha tenido ese don. Ese día dijo que la vio con claridad, su compañera… Cho… no se dio cuenta de nada.
—¿Qué aspecto tiene?
—Tiene el aspecto de una mujer… con el cabello largo y oscuro, sucio y enredado. Tiene un sombrero similar a los que usamos y su cuerpo… es el como si cientos de gusanos estuvieran unidos, formando sus patas…
—Primero… tendré que esperar a que aparezca. Debo ir al campo de arroz y esperar a que se manifieste. Aún quedan algunas horas de sol así que aprovecharé para investigar antes de que oscurezca.
—Cuando termines puedes pasar aquí la noche.
Kasumi asiente y al levantarse puede sentir que Amame-san está a punto de decir una cosa más, sin embargo, se detiene a sí misma. Tras montarse nuevamente sobre el lomo de Oguri, se lamenta por haber retrasado su viaje. Quisiera poder pedirle a Satoru, donde sea que estuviera, que aguante un poco más. Aunque encontrara las palabras correctas para marcharse, jamás podría pronunciarlas y dejar un grupo de mujeres en apuros a su suerte. Cuando Kasumi regresa al sendero en el que se encontró con el pequeño Ohma se sorprende de no sentir una presencia como la que le describieron, lo que la lleva a pensar que quizás hay algún tipo de ritual que debe cumplirse para que la maldición se manifieste.
Kusakabe le habló en algún momento de este tipo de maldiciones, le dijo que incluso hay chamanes capaces de maldecir a las personas, por lo que tendría que tener especial cuidado.
Mientras toma la vaina de su espada, Kasumi camina cuidadosamente acompañada del sonido del viento meciendo los arrozales. Cuando sus pies tocan la tierra fértil, siente en la boca de su estómago un inmenso vacío. Algo le dice que esto debe ser parte del ritual y ahora le parece obvio, tiene que cosechar el arroz.
—¡Ten cuidado! ¡No quiero que otra mujer muera en este pueblo! —le grita una voz infantil y ella se voltea.
—¡Ohma! ¡Pase lo que pase no pises el campo de arroz!
El niño asiente. Él tiene los puños apretados y la mira fijamente con el entrecejo fruncido.
Kasumi toma una hoja de la planta que le llega hasta la cintura y con su espada corta su tallo. Toma el tallo entre sus dedos y empuja los granos con el reverso de su katana. Los granos caen junto a sus pies. La sensación de vacío en el fondo de su estómago se hace más incipiente, como un espiral creciendo en su interior. Un escalofrío le recorre la piel y al levantar la mirada, del otro lado del campo, la ve.
La maldición es más horrorosa que la descripción de Amame, quizás porque ella no la vio con sus propios ojos, o quizás porque sabía que si le decía cómo realmente se veía, terminaría rechazando el trabajo.
Aunque al ver sus ojos desorbitados, comprende lo difícil que sería para cualquiera describirlo. Sus ojos humanoides casi salidos de sus cuencas, hinchados y envueltos en ramilletes rojos, como un derrame de sangre rodeando sus pupilas.
Lo más inquietante probablemente sea su extensa sonrisa, tan grande que debería estirar ambos brazos para medirla. Los dientes largos, ennegrecidos, como los de una geisha, pero botando a la vez un líquido oscuro, como carbón mezclado con aceite.
Se mueve sobre muchos pies hechos de insectos, de color ocre, oscuros y aún en la distancia puede ver como se mueven y reorganizan para formar nuevas extremidades.
En un instante fatal, Kasumi se encuentra absorta en su espantosa apariencia y olvida buscar el núcleo de la energía maldita. Y en un parpadeo la maldición se abalanza sobre ella aprovechando la velocidad de sus múltiples piernas. Su cabeza se mueve y da un giro de ciento ochenta grados, sin embargo, no la pierde de vista.
Kasumi aprieta los dientes y da un salto hacia atrás, levantando su espada lo suficientemente rápido como para proteger su torso del ataque de una de sus afiladas patas, que se asemejan a las de una mantis religiosa.
El impacto la envía lejos, arrastrándose entre el pastizal. Perder el foco por un instante le ha costado caro, se da cuenta de ello cuando siente sangre correr por detrás de su oreja. Está un poco aturdida y su primer instinto es ver a Ohma, colgado sobre la rama de un árbol que rodea el campo de arroz, señalando fervientemente.
Medio segundo pasa cuando ella gira su rostro y encuentra la maldición encima de ella, tan grande, tan inmensa que la cubre por completo. Su cabello negro la rodea no la deja ver nada, ni al sol que comienza a descender para ocultarse.
Si Satoru estuviera aquí no hubiera manejado las cosas con tal torpeza, pero él no está aquí. No hay nadie, sólo está ella.
¿Qué consejo le daría Kusakabe en una situación como esta? Quizás le recordaría lo básico.
Debe buscar el sitio en el que se concentra la mayor cantidad de energía maldita, percibirlo con ese sentido extra que sólo los chamanes tienen, como si fuera un aroma, es algo que no se ve.
Los cabellos gruesos y grasientos suben desde sus tobillos hasta su cuello. Kasumi siente como una mano imaginaria la estrangula lentamente, tanto que parece que la maldición disfruta de cada gota de miedo que se desprende de su piel.
Y en el momento en el que ella siente que está a punto de perder el conocimiento, puede percibirlo. El núcleo no estaba en su rostro como ella pensaba, sino más arriba. Cuando la maldición la levanta en el aire, babeando de placer al ver como se le escurre la vida, Kasumi alza su espada y corta el sombrero de paja.
La espada cae al suelo, y luego cae ella, ahogándose aún, escupiendo y tosiendo su propia sangre. Lo último que logra ver con su vista nublada es la sombra de alguien, oculto por el contraste del sol. Luego pierde el conocimiento.
…
Jinichi regresa por la noche, cuando no hay un ápice de luz que pueda colarse por la puerta. Una idea se le viene a la mente al verlo pasar, que esa puerta debe contener un sello en especial, uno que deje entrar y salir a determinadas personas. Pero una hechicería tan sofisticada debe haber sido creada por alguien extremadamente virtuoso, o quizás quien entra debe portar otro tipo de amuleto. La respuesta a esa pregunta que se ha hecho lo entretiene de tal manera que incluso se olvida de prestar atención al balde de agua que le ha traído Jinichi.
Se da cuenta sólo cuando nota que el monigote no se mueve, está ahí, de brazos cruzados entre él y la puerta. Satoru levanta la vista con fastidio, él está esperando una reacción como la de antes, horrorizarlo por tener que beber del mismo recipiente que contenía su excremento y orina. Pero esta vez no lo va a lograr, pues cuando Satoru baja la mirada nota que el recipiente está intacto y el que Jinichi se llevó tenía la marca de su rodilla.
Él está a punto de sonreír y burlarse, cuando Yaga lo interrumpe.
—¡¿Quieren matarnos de una infección?! ¡Hijo de puta! ¡Adefesio estúpido! ¿¡No te das cuenta que si bebemos eso vamos a enfermarnos o es que tienes la cabeza tan llena de mierda que no puedes entender lo que digo?!
Los ojos de Satoru se ensanchan, no sólo por su repentina intromisión, sino por su colorido lenguaje. Hacía mucho tiempo había escuchado el rumor de que Yaga Masamichi tenía un lenguaje sumamente soez, pero que lo controlaba al ser parte de la corte del emperador. Sólo logra salir de su sorpresa cuando Jinichi empieza a moverse de nuevo, esta vez trazando un rumbo certero hacia Yaga.
—Tú sólo cierra la boca, idiota —fue lo último que Yaga masculló antes de salir siendo arrastrado por Jinichi.
—Creo que ya entiendo… —susurra una vez a solas con el balde de agua.
Si Jinichi se da cuenta que ambos saben que este no es el mismo balde para su mierda, encontrará alguna otra forma menos metafórica para torturarlos. Satoru sonríe y luego se agacha, con sus brazos inmóviles encima de su cabeza, con los dedos casi muertos, insensibles y peligrosamente pálidos. Bebe como un animal mientras mira la puerta e imagina cómo saldrá de este lugar en una sola pieza.
…
Al abrir nuevamente los ojos aún se encuentra cansada. Su reacción inmediata es llevar su mano derecha hacia su cabeza y siente con la punta de sus dígitos un vendaje. Luego se da cuenta que se encuentra acostada frente al calor del fuego, dentro de la casa de Amame y Ohma-chan. Con esfuerzo logra sentarse y siente de inmediato un par de miradas. Amame sirve comida en un cuenco de madera mientras que Ohma juega con dos muñecos de trapo. La sonrisa entusiasta, con pocos dientes de Ohma hace que las comisuras de los labios de Kasumi se curven. La cálida expresión de Amame viene acompañada con un plato de comida caliente y la joven hechicera siente su estómago gruñir, como le diera las gracias. Comer a un lado del sendero no se compara con algo fresco de ninguna manera. Quizás su larga estancia con Mei-Mei ha logrado malcriarla.
Kasumi sonríe y sorbe del cuenco, luego se relaja mientras siente la calidez del caldo viajando por su abdomen; el pago por un trabajo bien hecho, o más o menos.
—Te ves muy cansada, por favor quédate con nosotros mientras tus heridas sanan. No podemos permitir que la persona que nos libró de tan horrible maldición se vaya sin el pago prometido y con heridas por todo el cuerpo…
Kasumi está a punto de hablar, pero la garganta le duele tanto que se arrepiente un segundo después. Recuerda que estuvo a punto de ser estrangulada y acepta la invitación asintiendo suavemente.
En silencio, Kasumi come y traga con dificultad. Por un instante esta pequeña choza le recuerda aquellas noches que pasó cuidando de Satoru, tras caer por el envenenamiento de la hoja de Maki Zen'in. Su corazón se estruja, pero no hay nada que pueda hacer ahora. Tiene que conseguir la ayuda del clan Gojo y probarse a sí misma de una vez que no es realmente una inútil.
A pesar de la molestia, Kasumi termina su plato rápidamente y con decisión. Sorprendida, Amame le ofrece un segundo plato y ella acepta. Si quiere marcharse lo antes posible, tiene que comer para recuperarse, nadie le prestaría atención a una muchacha herida y débil.
Poco a poco, un plato de comida a la vez, Kasumi vuelve a hablar. Sólo han pasado dos días y, ¿qué son dos días luego de tantos meses? Las marcas en su cuello siguen ahí, más visibles que el primer día. Se han vuelto oscuras, madurando diferentes colores. El corte en la cabeza ya casi ha cerrado por completo. Y de alguna forma, eliminar esa maldición a cambio de tanta comida y cuidados no le parece correcto.
El tercer día Kasumi se levanta a pesar de las replicas de Amame-san.
—Descuide, soy más fuerte de lo que parezco —le responde con una débil sonrisa y toma una canasta de hierbas para ayudar a cosechar el arroz—. Después de haberlas visto trabajar tan duro para cuidar a sus hijos y cultivar los campos, un golpe en la cabeza parece insignificante. Permitame pagar con trabajo su amabilidad, al menos por un último día. Mañana pienso continuar mi viaje.
—Entonces pondré un saco de arroz en las alforjas de tu caballo. No te detendré si quieres ayudarnos un poco más, el campo es demasiado grande para nosotras… Pero al menos déjame compartir algo de nuestra única riqueza contigo.
Kasumi asiente y luego sale a paso lento hacia el campo dorado de arrozales. Ohma juega con otros muchachos, lo ha escuchado varias veces contándole a sus amigos sobre la valiente hechicera que exorcizó a la maldición del campo de cultivo. Los niños lo escuchan con fascinación mientras Kasumi se siente una farsante, sin embargo, una parte de ella se siente bien.
Una pequeña sonrisa se dibuja sobre su rostro mientras camina y se pregunta si Sochi y Ohma podrían ser buenos amigos. No hay muchachos de la edad de Kano, probablemente los reclutan jóvenes. Pero eventualmente, quizás, un día todo vuelva a la normalidad y este sitio sería un buen sitio al cual regresar.
Podría cuidar al pueblo de futuras maldiciones, ayudar a los hombres a cazar o a las mujeres con el cuidado de los niños. Después de todo le agradan, y a diferencia de los niños que ha conocido en el pasado, estos no desdeñan sus habilidades sobrenaturales ni le han cuestionado sobre el extraño color de su cabello.
Quizás porque saben que es una chamana, porque saben que es diferente.
Deja su katana con el resto de sus cosas, en las alforjas de Oguri. Luego se acomoda el cabello y camina tranquilamente por el prado, con el sol sobre su cabeza. Con una pequeña herramienta Kasumi corta los tallos en hoces, uno tras otro, hasta llenar su canasta. Los ata en manojos y los deja a un lado para continuar.
Luego de unas horas, Kasumi se seca la frente transpirada. Oguri está parado junto al sendero, observándola atentamente.
—Creo que he sobreestimado mis propias fuerzas… —se dice a sí misma.
Mira a los lados y ve dos mujeres más trabajando junto a ella, la brisa le desordena el cabello y le trae un poco de alivio. Una pequeña siesta bajo la sombra de los árboles comienza a parecerle una idea maravillosa. Sólo necesita recuperar un poco más de fuerzas.
Tras sentarse contra el amplio tronco de un árbol, cierra los ojos con una sonrisa y se queda dormida poco tiempo después.
Soñar con Satoru se ha vuelto una rutina de la cual no puede escapar. De alguna forma le hace sentir que está vivo, esperando en algún sitio. Pero esta vez el sueño no es como los anteriores, cuando abría los ojos y lo encontraba durmiendo a su lado como tantas veces.
En su sueño está oscuro, húmedo y solitario. Satoru está herido y ella sólo puede ser una espectadora mientras otro sujeto toma de su cabello con fiereza para enfrentar su rostro, sus ojos vacíos.
En este sueño Kasumi no tiene voz, no importa cuantas veces grite su nombre él no puede escucharla. No importa cuánto lo intente, la sensación desesperante de no poder separar los labios la vuelve loca.
Desde las sombras una bestia se aproxima, por su espalda, donde no puede verla. Abre sus fauces tan grandes que podría tragárselo entero de un solo mordisco. Su saliva escurre sobre el hombro de Satoru y sólo entonces él nota su presencia.
Kasumi grita tan fuerte que las heridas de su garganta vuelven a abrirse. El nombre de Satoru resuena por el campo y las aves salen despavoridas de sus nidos.
El sol se vuelve anaranjado cuando toca la línea del horizonte y la luna sale prematuramente detrás de él. El cielo se mezcla de azul y rosa, naranja y negro. Pero, cuando Kasumi sale del pavor inicial de su propia pesadilla, se da cuenta que los colores del horizonte y el cielo sobre su cabeza no son naturales. La línea negra que irrumpe sobre el firmamento es una nube negra de humo, y a juzgar por la dirección del viento, viene de la aldea.
Ya no hay mujeres en el campo, sólo está ella. Rápidamente se pone de pie y sin mediar un solo pensamiento, Kasumi corre en dirección a la aldea. Pero al llegar sus ojos no dan crédito de lo que ve.
Toda la aldea entera arde en llamas.
La joven hechicera detiene sus pasos, sus ojos grandes reflejan con espanto el fuego que se abre paso por cada techo de paja, por cada estructura de madera. Todo arde, las herramientas, las cestas, la ropa tendida al sol.
Sus manos tiemblan al principio, cuando la confusión no la deja pensar con claridad. Luego una pregunta viene a su mente; ¿dónde están todos? Tras tomar una bocanada de aire, Kasumi continúa corriendo, cubriendo su rostro con la manga de su kimono para no respirar el humo. Corre hasta la casa en la que ha dormido las últimas noches, y a pesar de verla a lo lejos, comenzando a ser consumida por las llamas, sigue hasta abrir la puerta.
El aire que entra repentinamente alimenta el fuego y empuja a Kasumi al suelo. Al principio le cuesta ver, pero, cuando se incorpora sus ojos se abren como platos al reconocer el cuerpo sin vida de Amame-san, abrazada de su hijo. Hay sangre por todas partes, sus ropas están desechas, hechas jirones, completamente desfigurados.
Kasumi siente lágrimas brotándole de los ojos, se cubre la boca con una mano y con la otra retrocede sobre el suelo hasta chocar con algo, tibio y suave. Un escalofrío le recorre la piel mientras voltea su rostro y encuentra la mirada apagada de una vecina, tan brutalmente apuñalada que todo lo que queda de su rostro son sus ojos.
Arrastrándose temblorosamente por el suelo, termina oculta entre dos casas que aún no han sido víctimas del fuego. Tras haber gritado con tanta fuerza el nombre de Satoru, no puede volver a gritar con horror por todo lo que está viendo.
Los niños, las mujeres, ¿quién hizo esto? ¿Quién fue capaz de tal atrocidad?
Una risa hace eco entre las chispas de la madera y el ardor del fuego. Tan tétrico es para Kasumi escucharlo que se queda completamente petrificada, sus ojos bien abiertos, casi desorbitados. Sin aire en los pulmones, Kasumi escucha con atención.
—Lo encontré, la recompensa… Aquí está. Qué mujeres tan estúpidas.
—¿Todo esto… por una estúpida recompensa? —sale de los labios de Kasumi sin poder controlar el impulso.
El hombre la mira salir de su escondite con el rostro ensombrecido, oculto detrás de su flequillo desparejo. Luego levanta la mirada, con los dientes apretados y el entrecejo fruncido.
—Todo esto… —repite rechinando los dientes—… ¡Por unas monedas de mierda!
Kasumi siente la sangre de su garganta manchándole la boca, su lengua se llena de hierro.
—¿Y esta? —dice el sujeto, robusto, con el cabello cortado en una coleta tradicional, con un traje harapiento que le llega hasta las rodillas. Levanta la mano y silva con fuerza, y tras ese llamado Kasumi escucha los pasos acercarse, el acero de sus espadas repicando contra las vainas. En un instante, ella se encuentra rodeada—. Muchachos, ¿sólo queda esta?
—Yo maté a todas las que encontré.
—¿No había niñas?
—Sólo varones.
—¿Y qué hicieron con ellos?
Uno de ellos se encoje de hombros con una sonrisa.
—Entonces tendremos que compartir —responde el que encontró la recompensa.
—Esta es… justo como me gustan —dice uno más y da un paso al frente.
—Y a mí.
—Y a mí también.
—Quiero ir primero —dice otro con una sonrisa.
—No, el que fue último en la aldea anterior le toca ir primero esta vez. La mujer estaba prácticamente muerta cuando fue su turno. Si no nos respetamos entre nosotros, nadie respetará nuestra banda.
—Ustedes… —susurra Kasumi—, ¡son peores que las maldiciones!
La confianza de Kasumi se esfuma entre sus manos cuando busca su katana no se da cuenta que no la trae consigo. Ni siquiera tiene la herramienta de cosecha, ni un cuchillo, o una daga. No tiene absolutamente nada. Su rostro palidece y el líder de la banda parece darse cuenta, su sonrisa se ensancha mientras los ojos de Kasumi se envuelven en el horror más intenso que ha sentido en su vida.
Antes de darse cuenta, un hombre la toma de la muñeca. Cuando está a punto de dar el primer golpe, otro más la detiene e inmoviliza su brazo izquierdo.
—¡No! —grita Kasumi y patea, pero un tercer hombre toma de su pierna derecha—, ¡no me toquen! —vuelve a gritar y siente que no puede mover su pierna izquierda—. ¡SUELTENME! ¡QUITENME LAS MANOS DE ENCIMA! ¡NO ME TOQUEN! ¡BASTA! ¡DETENGANSE!
Sometida, Kasumi siente manos ajenas recorrer su cuerpo mientras caminan por el sendero para llevarla hacia el campo. Ella aprieta sus rodillas, las lágrimas caen por su rostro mientras sigue gritando y la ira se transforma rápidamente en miedo, y de algún modo termina suplicándole a este grupo de miserables por piedad.
—¡Por favor! ¡Se los ruego! ¡No hagan esto! ¡No, por favor!
Cuando la tienden en el suelo, ella niega y cierra con fuerza los ojos. Repentinamente recuerda a Mei-Mei y se lamenta por no tener siquiera aquella botella de veneno para terminar con su vida en ese preciso instante.
Se suponía que esto sería para él. Esto sólo sería para Satoru.
En el preciso instante en el que uno de los bandidos se arrodilla entre las piernas de Kasumi, ella pierde completamente el control. Grita y se sacude con tanta fuerza que la banda completa debe sostener con fuerza cada una de sus extremidades. La ira regresa venciendo su resignación y cuando por fin cree que todo está perdido, el relinche furioso de Oguri se abre paso sobre los bandidos.
Pero a ella no le importa si termina muerta bajo los casquillos del caballo, desea con todas sus fuerzas que este grupo de hombres comparta su destino. Pero ninguno de estos infelices desea morir tanto como ella en este momento y es por eso que todos la sueltan de una vez cuando el caballo, como una negra tormenta, salta sobre el cuerpo de Kasumi y continúa hasta detenerse del otro lado.
Kasumi se voltea y corre con todas sus fuerzas sin mirar atrás. Casi se detiene al escuchar la vaina de una espada rechinar y a alguien gritar "maten al caballo", pero no puede controlar sus propias piernas, lo único que quiere hacer es huir.
Su cuerpo está lleno de marcas, cada parte duele. Lágrimas caen de sus ojos mientras corre a través del bosque. Llora por Ohma, por Amame-san, por las mujeres de la aldea, llora por la dignidad que estuvieron a punto de arrebatarle, llora por ser débil y por esperar que Satoru salga de su encierro para rescatarla. Llora porque desea que todos estos hombres mueran de forma terrible. Llora de impotencia, desasosiego, miedo, todo mezclado tan terriblemente que la energía maligna comienza a desbordarse de su pequeño cuerpo.
Las lágrimas le nublan la mirada y Kasumi termina cayendo al suelo, para descubrir con horror que ellos no están demasiado lejos. Sus voces la llaman, resuenan a través del bosque, le dan caza como un animal.
Con una rodilla herida, Kasumi intenta ponerse de pie, pero toda su pierna se dobla con una sensación eléctrica. Sin aire en los pulmones, sin una espada sobre su mano, Kasumi se niega a morir de esta manera. Si encontrara un risco cercano sería incluso capaz de tirarse y morir por el impacto, pero repentinamente las palabras de Satoru aparecen en su mente.
'Le das tan poco valor a tu vida que tu muerte no significaría nada en absoluto. Es detestable, me da nauseas que pienses de esa forma.'
Frunce el entrecejo al escuchar la voz de Satoru retumbar en sus oídos. Busca con la mirada algo, cualquier cosa, y lo único que ve son árboles a su alrededor. Sin pensarlo un solo segundo, Kasumi toma una rama, planta su pie en el tronco y con fuerza la parte. Ahora al menos tiene una estaca y si la embute de energía maldita, al menos tiene una oportunidad. Y… si eso no es suficiente…
—¿Qué… debería hacer si ellos me atraparan?
—Eso no va a pasar mientras estes a mi lado. Yo voy a protegerte.
—Pero… si sucediera. ¿Cómo podría…
—¿Suicidarte? Si no tuvieras un arma, si estuvieras bajo tortura… supongo que los más efectivo sería morderte la lengua hasta cortarla.
—¿¡L-La lengua!?
—Sí… sangraría tanto que te ahogarías con tu propia sangre. Al menos es lo que yo haría si fuera tan débil y quisiera terminarlo todo. ¿Tendrías las agallas de hacer algo así?
—Sí, Satoru… tengo las agallas… —le responde en un susurro y se oculta tras el mismo tronco.
La hechicera intenta controlar incluso su propia respiración, sólo para poder concentrar sus sentidos en los pasos a su alrededor, en las voces que la llaman mientras se ríen y se jactan de lo que planean hacerle. Kasumi siente que su corazón comienza a encogerse a medida que se acercan y, como si su cuerpo se hiciera más pequeño, aprieta sus brazos contra su cuerpo, con su arma improvisada entre las manos.
Tantos pasos, tantos hombres. Al menos veinte de ellos contra ella sola. No quiere sonar pesimista dentro de su propia mente, pero tal vez debería comenzar a despedirse de sus seres amados.
Quisiera estar en otro sitio, donde nadie pudiera verla. Oculta en una pradera, en una casa pequeña. Con Satoru, incluso si sólo fuera su guardián. Con su familia, viviendo una vida simple pero feliz.
Ella no se da cuenta, pero mientras más desea desaparecer, más se manifiesta su técnica maldita.
La neblina que nace del cuerpo de Kasumi se expande tan rápidamente por el bosque que los bandidos no tienen forma de encontrarla. Pero ella, con los ojos cerrados, no puede notarlo. Los hombres perdidos en la inmensidad de la niebla no pueden verse entre sí, ya no distinguen el camino por el que han llegado, ni la dirección de la aldea, ni de la misma luna.
Apenas pueden ver más allá de su propia nariz. Pero para Kasumi, al abrir los ojos nuevamente, es totalmente diferente. Sí, hay niebla, pero de alguna forma puede ver a través de ella. Los hombres deambulan a su lado y no la ven, no la escuchan respirar, no perciben el terrible latido de su corazón.
Se ven confundidos y por un instante a ella le parece bien la idea de matarlos por la espalda aprovechando el momento, al verlos levantar las manos en el aire temiendo darse la cabeza contra un árbol.
Pero ella no sabe cuánto durará esta niebla misteriosa, ni que ella misma la ha provocado, por lo que teme desperdiciar su tiempo en venganza cuando debería escapar.
La respuesta llega cuando ve a lo lejos a Oguri, tan confundido como los mismos bandidos.
N/A: Ha pasado un tiempo, pero aún estoy por acá. Parece que nuestros protagonistas llevan siglos separados y aún falta un tiempo más para su reencuentro. El siguiente capítulo será un poco difícil de escribir ya que será sobre el clan Gojo y el pedido de ayuda de Kasumi. Tengo que decidir un par de cosas respecto de Sanso y el encuentro de todos los personajes para el rescate de Satoru, pero sus comentarios me mantienen motivada a pesar de lo que fue el final de jjk.
Ya lo dije en otra historia, pero como hay personas que me leen exclusivamente en o ao3, no quiero dejar de mencionar lo irreal que se sintieron los últimos 5 capítulos del manga. Quizás estoy en negación, pero siento como si el final no hubiera sido más que un fanmanga malo, hay cosas a las cuales aún no les encuentro sentido. Quizás si la historia hubiera cerrado mejor, hoy tendría otra perspectiva de la muerte de Satoru, pero no, en lo personal creo que fue un despropósito.
Creo que esperaba que Gege fuera capaz de superar el desprecio que siente por su creación y darle el espacio que se merecía, así fuera con una tumba. El ejemplo perfecto de esto es Akira Toriyama (que en paz descanse), cuyo personaje menos favorito era Vegeta. Toriyama tenía pensado que el final de Vegeta fuera en Namek, y su muerte en aquel momento fue completamente digna. Con un discurso en el que abandona su idea supremacista de clases saiyajin y le deja su venganza contra Freezer a Goku. Incluso se tomaron el tiempo de enterrar su cuerpo en aquel momento. Pero Vegeta era tan carismático, a su sádica manera, que terminó ganándose al público. Vegeta superó ampliamente las expectativas de Toriyama y creció por sí mismo, es un personaje que se le salió de control, pero el amor de los fans y si mal no recuerdo, de su propia hija, hizo que Toriyama reconsiderara su participación. Hoy en día, no hay Dragon Ball sin Vegeta, como nunca habrá Jujutsu Kaisen sin el número 1, Gojo Satoru.
Llamenle negación, pero voy a tomar el final abierto de jjk, la ausencia de una tumba y la falta total de reconocimiento de Satoru para seguir escribiendo mis propias historias. Donde hay un vacío, siempre hay un fanfic.
Gracias por leer, nos vemos la próxima.
P.S: Tambien para quien quiera ver el pobre intento de un doushin, empecé uno que publiqué en wattpad. Les dejo el link aquí: story/376651815-curse-of-love-versi%C3%B3n-en-espa%C3%B1ol
