CORONAS Y ENGAÑOS

CAPÍTULO 24

TRONO EN JUEGO

La visita del rey a Hansford House tomó por sorpresa tanto a Andrew como a su madre, pues eran pocas las ocasiones en que el monarca les había honrado con su presencia, y estas siempre habían sido en eventos especiales en los que la familia de Andrew organizaba un baile al que asistía toda la alta sociedad de Júpiter. Pero esta ocasión no era una de esas.

Al ver la expresión en el rostro de su padre, Andrew notó que no parecía sorprendido por el encuentro, pero sí percibió su mirada de advertencia, esa que le dedicaba desde niño cuando requería que se portara bien.

En cuanto al Rey, aunque era evidente que trataba de mantener la compostura, en su semblante era notoria la furia que debía estar sintiendo ante el hecho de que Andrew había dado un paso atrás en los planes de desposar a la princesa, su querida hija legítima. Y aunque en otras circunstancias a Andrew le hubiera apenado estar frente al padre de la dama con la que rompía su compromiso, saber que ese hombre que ostentaba el título de Rey había maltratado por años a Lita era suficiente para que no sintiera ni un atisbo de pena.

—¡Majestad! Qué honor tenerlo en Hansford House. ¡Bienvenido sea y lamento lo que está pasando su familia!— expresó la madre de Andrew, aunque por supuesto omitiendo la reverencia, pues si algo les había inculcado su padre era que no debían inclinarse ante un monarca a menos que estuvieran visitando su castillo.

—¡El honor es mío, señora Hansford!— respondió el Rey.

Tras un momento de silencio, las miradas de Andrew y el Rey se encontraron. Andrew sabía que lo que se esperaba de él era que tuviera la cortesía de saludarlo, sin embargo, fue el monarca quien se dirigió a él primero.

—Veo que ya se encuentra mejor de salud, señor Hansford, y me alegra que así sea— le dijo el Rey.

—Le agradezco, majestad— dijo Andrew— y ya que lo tengo presente, permítame hacerle saber cuánto lamento lo que usted y su honorable familia están pasando. Deseo con sinceridad que pronto encuentren a la menor de sus hijas.

—Gracias— respondió el Rey— téngalo por seguro que la encontraremos.

—¡Tharos y Litha así lo quieran!— exclamó Andrew, haciendo mención de los dioses venerados en su etnia. - Ahora, si me disculpa, majestad, estaba por irme.

—Pues tu viaje tendrá que demorar un poco, Andrew— intervino su padre— su majestad está aquí porque necesitamos tener una charla contigo.

Pese a que Andrew estaba desesperado por regresar a Marte junto a Lita, no pudo negarse a concederle al rey Cedrick su petición de tener una charla. Así pues, para que tuvieran privacidad, pasaron al majestuoso salón de Hansford House, donde su padre solía reunirse con los juristas y administradores de Hansford Castle Bank.

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—Bien, usted dirá —dijo Andrew cuando estuvieron a solas.

—Joven señor Hansford, hijo de mi primer ministro —dijo el rey con voz firme pero despectiva—. Supongo que se imagina por qué estoy aquí, y aunque no lo crea, no estoy enojado por su misiva de esta mañana.

—¡Cuánto me alegra saberlo! —exclamó Andrew—. Entonces, si no viene a reclamarme, ¿cuál es el motivo de esta charla?

—Primero, saber cuál es el motivo de que no quiera desposar a mi hija cuando ha estado cortejándola por dos años.

—Creo que fui muy claro en la misiva que le envié esta mañana, majestad, pero se lo diré de nuevo —dijo Andrew—. Me di cuenta de que no siento por la princesa lo que debería sentir por la mujer que llegue a ser mi esposa.

El rey caminó hacia Andrew con una sonrisa sarcástica.

—Señor Hansford, también fui joven y deduzco que si ahora no se quiere casar con mi hija la princesa es porque está encandilado con otra mujer, pero seguro estoy que ninguna que le convenga porque en toda la Galaxia solamente hay dos mujeres a su altura —dijo el rey Cedrick—. La princesa de Marte, pero ella está por casarse dentro de poco, y la princesa de Venus, pero esa... esa aunque es soltera, es una mujer de cascos demasiado ligeros. ¡Cualquiera que la despose sería el hazmerreír!

—Majestad, de momento no hay una mujer en mi vida —dijo Andrew, que comenzaba a fastidiarse de que todos a su alrededor lo pensaran—. Pero por mucho que su hija sea el mejor partido de la galaxia, no deseo un matrimonio sin amor.

El rey caminó hacia Andrew y sonrió sarcásticamente.

—Amor. ¡Qué concepto tan idealista para alguien de tu origen! No olvides que aunque tu familia sea una de las más ricas de la galaxia, para gran parte de la sociedad siempre serás un plebeyo. Mi hija es tu única oportunidad de elevar tu estatus.

Andrew supuso que las intenciones tras el último comentario del rey tenían la clara intención de humillarlo por sus orígenes; sin embargo, se limitó a suspirar, pues no quería enfrascarse en una discusión cuando tenía apuro por irse.

—Y precisamente mi origen plebeyo sería motivo de que gran parte de la sociedad a la que se refiere se burlen de su hija. ¿Acaso quiere que ella sufra por mi causa cuando podría mejor concertarle un matrimonio con un noble?

—Andrew , el pueblo respeta a los Hansford por su dinero, no por su linaje. Y yo, como tu rey, le estoy dando una gran oportunidad al ofrecerle la mano de mi hija, la princesa heredera al trono.

—Majestad, me siento orgulloso de mi origen plebeyo —le dijo Andrew con orgullo y firmeza—. Mi padre trabajó arduamente para ganarse su riqueza, algo que los miembros de la realeza y la nobleza no pueden decir. Además, ¿de qué oportunidad me habla? Muchos nobles e incluso monarcas dependen del dinero de Hansford Castle Bank para mantener su estilo de vida. ¿Quién es realmente el necesitado aquí?

—¿Cómo se atreve a hablarme así? —cuestionó el rey Cedrick con el rostro enrojecido de ira—. No olvides que estás en presencia de tu rey.

—No olvido mi lugar, majestad —respondió Andrew—. Pero si realmente desea lo mejor para la princesa, quizá debería buscar alianzas basadas en el respeto, no en la conveniencia y el desprecio.

—¡Le advierto, señor Hansford, que estaré esperando que cambie de parecer! —exclamó el rey furioso—. Solo no se tarde mucho, que hombres deseando desposar a la futura reina de Júpiter sobran.

Andrew, que nunca hacía reverencias, hizo por primera vez una de manera exagerada.

—Majestad, agradezco su tiempo, aunque no cambiaré de parecer. ¡Espero que el resto de su día sea tan agradable como esta conversación!—Agregó en un tono burlesco

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La conversación con Andrew Hansford había dejado de muy mal humor al Rey Cedrick, quien al presentarse en Hansford House no había esperado que el hijo de su primer ministro hubiera tenido la osadía de desafiarlo sin importarle su ilustre linaje.

De Andrew Hansford sabía que era un joven de carácter afable, dado a evitar el conflicto pese a que había recibido educación militar en Marte, muy enamorado de la princesa Wanda (o al menos eso parecía hasta antes de haber desaparecido de Júpiter); y además, el Rey Cedrick creía que al romper el compromiso por carta, Andrew era también un cobarde al que podría intimidar para que no desistiera de casarse con Wanda; sin embargo, había resultado más insolente que su padre.

Una vez que Andrew se fue, el indignadísimo Rey Cedrick se quedó un poco más en Hansford House, pues el matrimonio entre el joven heredero Hansford y la princesa heredera al trono de Júpiter era algo del interés de los padres de ambos, por mucho que se detestaran y solieran tener desacuerdos como Rey y Primer Ministro de la monarquía joviana.

—Y bien, majestad. ¿Qué resultó de esa conversación? —le preguntó Arthur Hansford cuando se encerraron a discutir el asunto sobre la decisión del joven Hansford.

—¡No solo no aceptó! —se quejó el rey—. Ese hijo suyo, además de no tener palabra, es un insolente. ¡Se atrevió a insultarme!.. Es un…

—¡Cuidado con insultar a mi hijo! —le habló enérgico Arthur Hansford—. Mi hijo podrá tomar decisiones que no son de mi agrado, pero no voy a permitir que lo insulte.

El Rey Cedrick enrojeció de rabia y tuvo que apretar los dientes para contener su ira. ¡Odiaba que un par de sucios con sangre de electroquinesis y carentes de linaje noble se atrevieran a insultarlo! En los buenos tiempos, antes de la guerra joviana, bien los habría llevado a la horca a padre e hijo, pero por desgracia ahora ostentaban demasiado poder.

—Conozco a mi hijo, majestad —dijo Arthur Hansford—. Quizá no hace de su vida lo que esperaba de él, pero es un joven diplomático y dado a evitar los conflictos. De alguna manera tuvo que ofenderlo usted para que él se atreviera a ofenderlo.

—Señor Hansford, para nadie es un secreto que su hijo cortejaba a mi hija ni sus visitas al castillo —dijo el Rey Cedrick—. En toda la galaxia dan por hecho que se convertirán en marido y mujer. ¿Está consciente de cómo afectará la imagen de los Hansford que de pronto su hijo desista de casarse con la princesa para ir tras otra? No solo quedará como un hombre poco caballeroso incapaz de cumplir su palabra. También saldrá a relucir su…

—¿Su falta de linaje noble? —lo interrumpió Arthur Hansford—. ¿El hecho de que pertenezcamos a un grupo étnico marginado por siglos? —dijo con sorna Hansford—. Ya lo dicen, majestad. No trate de querer hacerme creer que este matrimonio solo le conviene a los Hansford carentes de un título noble. Fuera de este planeta poco importa la carencia de títulos mientras se tenga una cuantiosa fortuna, y la nuestra supera con creces a la de muchos monarcas incluida la suya —añadió mirándolo de abajo hacia arriba—. Este matrimonio le conviene a mi hijo, sí, pero no más que a usted, que bien sabemos no goza de gran aceptación por los gobiernos del sistema solar interior.

—¡Bien sabe que de entre las doncellas en edad casadera mi hija es la mejor opción!

—Y se casará con su hija. Eso téngalo por seguro —dijo Arthur Hansford—. Con el decreto firmado para cerrar las fronteras de Júpiter se le pasará esa pasión que tengs por cualquier plebeya que haya conocido fuera de Júpiter.

—¿Me da su palabra? —preguntó el Rey.

—Le doy mi palabra de que a esta hora las salidas de Júpiter ya están restringidas —dijo Arthur Hansford.

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Tras regresar al castillo, el Rey Cedrick se encerró en la sala del trono, no sin antes pedir no ser molestado por nadie. Estando a solas, se sirvió un poco de vino de ambrosía en un cáliz y se sentó en el majestuoso trono que tanto orgullo le hacía sentir, y que por desgracia podía perder debido a que las leyes de esa monarquía parlamentaria, instaurada hace apenas unos años, obligaban al monarca en turno a abdicar en caso de cometer abuso de poder.

De pronto, las puertas del salón del trono se abrieron, irrumpiendo aquel momento de paz que tanto anhelaba tener, y miró entrar a su reina seguida de los hombres de la guardia real.

—¡Majestad, el rey ha pedido expresamente no ver a nadie! —exclamó un guardia que iba tras ella.

—¡Cállese, usted no es nadie para decirme qué debo hacer! —gritó la reina.

El rey Cedrick bufó fastidiado al ver a su esposa, pues ella era de las últimas personas a las que deseaba ver.

—¿Qué resolviste? ¿El hijo de tu primer ministro se casará con nuestra hija?

—¡Retírense, por favor! —ordenó el rey.

Los guardias enseguida acataron su orden y salieron del salón.

—¡Contéstame, Cedrick! —exigió su mujer—. ¡Dime que hiciste entrar en razón a ese plebeyo desvergonzado y que se disculpara con nuestra hija!

Pese a que el Rey estaba nervioso por el caos que parecía avecinarse en su vida, soltó una carcajada burlona.

—¿El hijo de Arthur Hansford disculparse, Claissy? ¡Por Dios, no seas estúpida!

—¡Un plebeyo sin linaje noble no debería osar hacer llorar a la princesa heredera al trono!

—Si esta maldita monarquía fuera como en los buenos tiempos, te juro que lo haría pagar por cada lágrima derramada por mi princesa, pero ese maldito plebeyo es el heredero de una fortuna que supera a la de muchas casas reales.

—¿Pero al menos fijaron la fecha de la boda?

—¡Ese muchacho tonto no quiere casarse!

—¿Qué? ¡Pero si no hay mejor partido en toda la galaxia que nuestra hija! —refunfuñó indignada la reina.

—¡Por supuesto que no lo hay! Pero es un muchacho tonto e idealista —dijo con sorna el rey, aunque en la expresión de su rostro era evidente la furia que sentía—. Imagínate que me dijo que aspira a casarse por amor y que no ama a nuestra hija.

El rey, por supuesto, se dio cuenta de que ahora la sorprendida era su mujer. ¡Y no era para menos! Desde que Andrew Hansford había conocido a la princesa Wanda, parecía haberse enamorado profundamente, o al menos eso era lo que aparentaba.

—¿Será... será acaso que hay otra? —preguntó con un dejo de preocupación e indignación la soberana.

—De eso no tengo dudas, e incluso Arthur Hansford piensa lo mismo.

—¿Pero quién? —refunfuñó la reina—. ¿Quién podría estar a la altura de nuestra Wanda? La princesa heredera de Marte está comprometida, la princesa de Mercurio no es heredera al trono como nuestra hija, y aunque la princesa de Venus será la sucesora de la reina Afrodita, ¿qué joviano querría desposar a una golfilla que ha estado en la cama de quién sabe cuántos? ¡Esas son las mujeres en edad casadera más importantes de la Galaxia y ninguna le llega a la altura a nuestra hija! A la marciana le falta la elegancia de nuestra Wanda, a la mercuriana el rango, y a la venusiana la pureza de nuestra hija.

—¡No tengo idea de quién sea, Cleissy!

—¡Bien, entonces consígueme otro pretendiente a Wanda! —exclamó indignada la reina—. Algún hombre de la nobleza de Terra, o al príncipe Endymion. Y pídele a los escribas que redacten pergaminos destruyendo la reputación del plebeyo insolente.

El rey rodó los ojos ante los comentarios de su soberana.

—¿Acaso eres tonta? —le habló despectivo el rey—. Ahora mismo, Andrew Hansford es nuestra única opción.

—¡Pero por qué ese plebeyo merece un escarmiento! Te exijo que destruyas su reputación.

—Querida Cleissy, para empezar el príncipe Endymion no es opción porque las leyes de Terra estipulan que si el heredero al trono se casa con una princesa heredera, él o su mujer deben abdicar a la sucesión —le explicó el rey—. En cuanto a los nobles, no hay ninguno en edad casadera cuya fortuna se asemeje a la de los Hansford, y además, por si no lo recuerdas, el idiota de Lord Neflyte me denunció por la desaparición de Lita y está dispuesto a solicitar un juicio por combate si no aparece Lita sana y salva y declarando que no le hice nada. ¿Sabes lo que significa eso?

El Rey Cedrick vio palidecer a su mujer, quien se llevó las manos al rostro, queriendo ocultar su preocupación.

—¡Eso no puede ser, no puede ser! —exclamó asustada.

—¿Tú crees que si esa perra bastarda aparece y se da cuenta de que tiene el apoyo de un rico noble va a hablar bien de mí? —se quejó el rey—. ¿Crees que voy a poder ganarle en un juicio por combate a Lord Sweeney?

—¡Eso es tu culpa por no abolir la estupidez de los juicios por combate cuando se unificaron los dos Júpiter!

—Y gracias a que no aprobé la abolición de los juicios por combate es que tú y nuestra hija pueden llevar la vida que llevan —se burló el rey—. Gracias a los juicios por combate, me he salvado de que alguna de esas plebeyas mugrosas a las que les exigí mi derecho de pernada antes de la guerra se atrevan a denunciarme.

—¿Eso significa que la única solución es que aparezca la bastarda y hable bien de ti…?

La reina Cleissy guardó silencio.

—Sí, solo así la denuncia que me puso Lord Neflyte Sweeney sería desestimada —dijo el rey—. De lo contrario, tendría que abdicar al trono por todas esas estúpidas leyes que el palurdo de Arthur Hansford y la Cámara de Cloroquinesis aprobaron.

—Pero Wanda…

—¡Y el destino de Wanda estaría en manos de las dos cámaras del parlamento! —le explicó el rey—. Y te aseguro que si para entonces no está casada con alguien que sea de la simpatía de Arthur Hansford y la Cámara de Cloroquinesis, le quitarán el derecho a la sucesión.

A la reina comenzó a temblarle la quijada, pero el rey siguió hablando.

—Si llego a ser obligado a abdicar y para entonces Wanda no está bien casada, no habrá ningún noble, ni siquiera el más empobrecido por las deudas, que quiera desposarla porque ya no tendremos ni fortuna ni honor —le explicó el rey—. ¿Ahora entiendes por qué es una estupidez querer dañar la reputación del hijo de Arthur Hansford? A él solo lo criticarían de ser poco caballeroso en las altas esferas sociales, pero no perdería su fortuna. Esa alimaña vestida de oro es nuestra única opción porque los miembros de la Cámara de Cloroquinesis sienten simpatía por los Hansford. Si soy obligado a abdicar y él está casado con Wanda, es probable que a nuestra hija no se le niegue el derecho a la sucesión, y aunque se lo negaran, estando casada con el heredero Hansford no le faltaría nada.

—¿Me estás... me estás diciendo que podríamos terminar dependiendo de la caridad de los Hansford? —cuestionó con voz quebrada la reina.

El Rey Cedrick apretó los puños al escuchar la pregunta de su esposa. Le parecía repulsivo imaginarse dependiendo de los Hansford para poder llevar el opulento estilo que llevaban, y por desgracia, si era obligado a abdicar esa sería su única opción. Por supuesto, siempre y cuando Wanda se casara con Andrew Hansford.

—Sí.

—¿Y si no quiere casarse? —preguntó ahogada en llanto la reina.

—¡Arthur Hansford y yo nos encargaremos de que se case con Wanda quiera o no!

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Tan pronto como abordó su nave, Andrew se encerró en sus aposentos, dejando todo en manos de los pilotos y de la servidumbre a su servicio. Una vez a solas, tomó el medio dije del relicario que compartía con Lita y pronunció tres veces su nombre. Acto seguido, la joya emitió un brillo verdoso, y entonces pudo escuchar la voz de ella.

—Señor Hansford —disculpa que no me haya comunicado antes. ¿Cómo sigues? —preguntó él.

—Mentiría si le digo que estoy bien —respondió ella con pesar.

—Tiene que tranquilizarse.

—¿Cómo? —escuchó la voz alterada de ella—. Mi mejor amiga está desaparecida, el Rey me busca fingiendo un amor de padre que nunca me ha tenido. Estoy en el castillo de un emperador, ocultando que soy la hija del Rey Cedrick. Si él lo supiera, podría echarme, o cualquiera tentado por la recompensa podría devolverme al Rey Cedrick porque, además de Haruka, nadie me buscaría y a nadie le importaría lo que me suceda.

—No diga eso, princesa —dijo Andrew—. Yo no...

Andrew guardó silencio. Quería decirle que él cuidaría de ella, que no permitiría que la devolvieran a donde la lastimaron; sin embargo, no quería parecer demasiado intenso. No cuando en el pasado ella lo había menospreciado en tres ocasiones.

—¿Usted qué? —preguntó Lita.

—Lo que quiero decir es que eso no va a pasar —dijo Andrew—. Mañana estaré en Marte, así que antes de la boda puedo sacarla de ahí y llevarla a Venus. Quizá su amiga está reunida con su hermano ya.

—¿Y si no es así? —cuestionó Lita—. ¿Y si en realidad la devolvieron a Urano o le sucedió algo?... ¡Mis bienes no son suficientes para buscarla, ni para sobrevivir, ni para...

Andrew no escuchó más, pues aunque le había prometido no volver a proyectarse ante ella sin antes pedirle permiso, utilizó la función del relicario que le permitía hacerlo. Segundos después de que una luz verdosa iluminara los lujosos aposentos de su nave, observó que ahora el escenario era el interior de los lujosos aposentos marcianos donde Lita se hospedaba. Aun no siendo de noche, ella estaba ahí, sentada en posición Seiza frente al balcón, seguramente apreciando aquel atardecer de cielo color lila y los jardines de plantas ígneas que se extendían a lo lejos.

Antes de que siquiera pronunciara su nombre, ella se puso de pie y dio media vuelta. Entonces se encontraron frente a frente, y al ver la expresión de angustia en su mirada y los ojos enrojecidos que delataban que había llorado, Andrew sintió ganas de abrazarla y decirle que todo estaría bien. Sin embargo, al proyectarse, tocar lo que estuviera en el escenario no era posible, y por supuesto, no quería que ella creyera que él tenía sentimientos románticos por ella. Mientras trataba de encontrar las palabras precisas, ella fue la primera en llamarlo.

—¡Señor Hansford! —musitó. No había ni un atisbo de molestia en su voz por haberse proyectado sin pedir permiso. Por el contrario, ella dio unos pasos al frente. Sin embargo, no llegaron a estar cerca uno del otro, e imposible era llegar a tocarse físicamente durante la proyección.

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Pese a que Andrew Hansford le había prometido no volver a proyectarse sin pedirle su consentimiento, cuando Lita había visto la luz verdosa iluminando los aposentos marcianos que le habían asignado, sintió una pequeña alegría en medio de la angustia que aquejaba su mente. Así pues, se puso de pie, y al encontrarse frente a él, anhelante de verlo de nuevo y quizá sentir el calor de sus brazos, dio unos pasos al frente. Sin embargo, poco después se sintió tonta, pues recordó que era imposible tocarlo, y un sonrojo tiñó sus mejillas al ser consciente de que había deseado un acercamiento, y avergonzada, se preguntó si él se había dado cuenta y qué estaría pensando de ella. ¿Acaso creería que se sentía atraída por él? ¿O quizá creería que era una mujer de cascos ligeros? Esto último le preocupó más, pues no quería que él dejara de verla con respeto.

—Disculpe que me proyectara así sin pedirle permiso —interrumpió él sus pensamientos.

Lita titubeó ante aquel comentario. Quería decirle que no había problema, pero tampoco quería parecer una doncella "fácil".

—Entiendo que esté angustiada —dijo él con voz suave—, pero le prometo que no escatimaré en utilizar mis recursos para encontrarla donde quiera que esté —Andrew hizo una pausa y continuó—. Y además, puedes quedarse conmigo el tiempo que necesite. Le juro que aunque el Emperador de Marte se molestara y nos echara de su planeta, no te faltará ni comida ni techo.

Lita se sorprendió ante las palabras de Andrew y su corazón comenzó a latir más rápido.

—¿Me está ofreciendo vivir con usted? —preguntó sin poder ocultar su asombro. ¡Lo que pensaría la sociedad joviana de una dama soltera viviendo bajo el mismo techo que un hombre que no es ni su marido ni su familiar!

—La nave tiene mucho espacio. Privacidad no le faltaría.

—Le agradezco, aunque no puedo vivir siempre de su caridad.

—¡Créame que no lo hago por caridad!

—¿Entonces por qué?

Ambos guardaron silencio un momento, y Lita de pronto se preguntó si acaso tanta amabilidad era para obtener algo a cambio.

—Señor Hansford, aunque usted tenga una gran fortuna, sea amable conmigo y sea bien parecido, no voy...

Lita guardó silencio al percatarse de que había reconocido que le parecía atractivo, y la sonrisa en el rostro de Andrew le provocó un sonrojo.

—¿Entonces le parezco atractivo? ¡Qué halagador!

—¡Eso no significa nada! —soltó Lita avergonzada—. Aun así no me iría a la cama con...

Lita agachó la mirada avergonzada. Se suponía que una joviana decente no debía hacerle saber a un hombre que le parecía atractivo, tampoco mencionar lo de meterse o no en su lecho.

—¿Qué está pensando de mí?

—¡Que luce adorable cuando se sonroja! Y tiene una belleza que deslumbra, digna de las canciones de los trovadores —respondió él.

Lita sonrió nerviosa ante aquel comentario.

—Y que está equivocada si cree que le pediría algo que la ofendiera —dijo Andrew—. En realidad haría cualquier cosa solo por verla sonreír.

Aquellas palabras provocaron que Lita sintiera el corazón henchido de alegría y la sensación de tener mariposas revoloteando en su estómago.

—¡Perdone si pensé mal!

—Es entendible que piense mal —dijo él—. Pero estoy dispuesto a demostrarte que soy honesto si me acepta.

—¿Aceptar? —preguntó Lita emocionada.

—Aceptar que cuide de usted en tanto su amiga aparezca, o incluso el tiempo que quiera.

—Sí —respondió Lita sintiendo una emoción solo comparable con el momento en que Neflyte le había pedido matrimonio—. Lo compensaré con galletas de mantequilla con naranja y tarta de queso con ambrosía.

Lita se percató de que Andrew lucia sorprendido ante su comentario.

—Son sus postres favoritos, ¿no? —preguntó Lita. Pues bien recordaba que cada vez que estaba previsto que Andrew Hansford visitara a la princesa Wanda en el castillo Ios, debía preparar aquellos postres que se rumoraba eran los favoritos de él. Postres que detestaba hacer, pero que ahora amaría preparar.

—No es necesario que aprenda a cocinar, pero ¿Cómo lo sabe?

—Lo sé gracias al ama de llaves del castillo Ios y porque yo...

La proyección de Andrew de pronto desapareció sin previo aviso.

—¿Señor Hansford?

Lita volteó a todos lados dentro de los aposentos y no vio ni rastro de su proyección, así que queriendo continuar la charla, trato de activar el relicario para comunicarse con él, sin embargo, nada sucedió.

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Andrew se sorprendió cuando de repente el escenario ante sus ojos desapareció sin que él hubiera puesto fin a la proyección, encontrándose de nuevo en sus aposentos dentro de la nave. De inmediato trató de usar el relicario para comunicarse con Lita, pero este parecía no funcionar, lo cual era extraño. De pronto, alguien llamó a la puerta de sus aposentos, interrumpiendo así sus pensamientos que estaban en ella.

—Adelante.

Cuando la puerta se abrió, se encontró con Aldair, lo cual le sorprendió, pues al ser uno de los pilotos su lugar estaba en la cabina.

—¿Sucede algo, Niall?

—Señor Hansford, me temo que no podremos viajar.

—¿Te sientes indispuesto para conducir? —preguntó Andrew—. Porque si ese es el problema, Randall te puede suplir o yo mismo puedo dirigir la nave mientras descansas.

—No se trata de eso, señor. Hay un campo de fuerza alrededor de la órbita de Júpiter que impide que las naves salgan de Júpiter, y parece que las señales de comunicación están sufriendo algún tipo de bloqueo porque tampoco puedo comunicarme con la base del hangar Ígnea en Marte.

—¿Qué? ¡Eso no es posible! No estamos en medio de una guerra para que restrinjan las salidas y la comunicación con el exterior.

—Lo sé, señor. También me sorprendió, pero no hay nada más que podamos hacer en tanto exista el bloqueo.

Andrew bufó, fastidiado ante la situación. Los bloqueos para entrar o salir de Júpiter le recordaban a los tiempos de guerra entre lo que había sido Júpiter Interior y Júpiter Exterior, época en la que se requería permiso especial y un código de acceso para atravesar el campo de fuerza.

—Bien. De cualquier manera, hoy mismo viajaremos. Averiguaré qué sucede y, como quiera que sea, conseguiré el permiso para salir hoy.

—¡A la orden, señor!

¡Hola!

Pues miren, después de quince días aquí les traigo un capítulo más, y espero que les haya gustado.

Como siempre, agradezco infinitamente a todos mis lectores, pero en especial a aquellos que me alegran el dia con sus reviews:

Hospitaller Knight: Amiga, pues te agradezco que casi desde mi inicio en fanfiction has estado leyendo todas mis locuras y comentandome cada historia.

Maga del Mal: Gracias amiga. Espero te guste el capítulo, y a ver si hago un spin off de Rei y Darien. Sabes que si quiero pero esta vida de adulta me trae loca.

Magic Moon: ¡Ay, amiga! Gracias por leer, y por las charlas, y por mostrar interés, y hasta poder pedir spoiler.

Jahayra: Mil gracias cuando veas esto.

Daniel Eduardo: Espero te guste el capítulo.

Lectores anónimos que comentan: ¡Muchas gracias!

Lectores fantasmas: ¡Atrévanse a dejar un review! Les juro que no muerdo.

En fin. Nos vemos en quince días con un capítulo más.

¡Saludos!