NOTA DE AUTOR:

Muchas gracias por su apoyo, sus lecturas y comentarios. Gracias a Herenetsess, y:

Ilariapp: ¡Muchas gracias! Me alegra que te sientas tan cautivada por la historia y el dilema de Rin, porque es verdad, esa comodidad puede volverse una prisión, y su relación con Sesshomaru es compleja porque por más que se quieran son de mundos diferentes, y ella sigue siendo ese botín de paz que le "regalaron" los troyanos. Me encanta que hayas encontrado este mundo de guerra y supervivencia tan intrigante, ¡reitero las gracias y abrazo virtual!

Yessa Hatsune: Él solo quería impresionar con su espada (la de verdad) sin saber que Kagome le iba a dar otro significado JJAJAJAJAJKA

Lucip0411: JJAJAJJAJA es un ship muy interesante, merece su propia historia de amor jajajsksj, ¡Gracias por tu comentario y por seguir disfrutando de la historia!

Fernanda Amitla: ¡Gracias por volver a dejar tus comentarios! La Zero siempre segunda o tercera, pero nunca primera. Sesshomaru se las vas a cobrar todas las que le hizo en el próximo capítulo. Me alegra que la escena de dormir juntos te haya parecido tierna, ellos no necesiten palabras ni más para sentirse cerca. ¡Gracias como siempre por leer y compartir tus impresiones! Contestaré en AO3.

Susy Chantilly: ¡Gracias por tu comentario! Me alegra mucho que te haya gustado el capítulo. Inuyasha es todo un rompecorazones, es el Shakespeare de la época ajjakakana Y sí, la tensión en Esparta solo está empezando y va a empeorar ya desde el próximo capítulo… Gracias por leer y compartir tus pensamientos!

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Lemon 18

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CAPÍTULO IXI

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• SESSHOMARU POV •

Era ya entrada la tarde cuando ingresé a mi dormitorio. Me acerqué con tiento a la cortina que separaba nuestros dormitorios y aparte levemente la cortina. Su cabello estaba mojado, al parecer se había dado una ducha y estaba sentada contemplando muy pensativa su muñeco con forma de sapo.

Rin todavía estaba alargando su respuesta y no quiero admitir la inseguridad que eso me ocasionaba.

Me aparté de ese sitio. Sin ánimo de molestarla.

Tal vez también necesito un baño reparador luego de este día agotador.

Cuando salí de la tina, y ya habiendome vestido, Rin se hallaba en mi dormitorio , sentada frente a la mesa de ajedrez, desordenando todo el tablero.

Nos miramos fijamente.

—¿Tienes una respuesta? —pregunté.

Ella asintió.

—¿Cuál es? —insistí, intentando no mostrarme ansioso pero fallando miserablemente.

Rin miró mi rostro y luego mi boca. Sus mejillas se encendieron y después respondió:

—Tienes que prometerme algo.

Mi corazón se desbordó dentro de mi pecho. Eso era un buen augurio.

—¿Qué cosa?

—Fidelidad.

Parpadeé suavemente y repetí más para mi mismo que para ella:

—¿Fidelidad?

—Y respeto...

La contemplé unos segundos y luego me acerqué con paso seguro hasta ella. Y sin pensarlo me arrodillé agachandome a su altura. Sostuve sus frágiles manos.

Rin me contempló sorprendida.

—Rin —murmuré suavemente—, no hay lugar para nadie más. Ni en mis pensamientos, ni en mi vida. Te doy mi palabra como guerrero... y como hombre.

Ella bajó la mirada, como si aún dudara, no de mí, sino de su destino a mi lado. Apreté sus manos con suavidad, buscando su confianza.

—Príncipe Sesshomaru, yo… —Rin dudó, pero finalmente sostuvo mi mirada con firmeza—. No soy una guerrera como tú, y nunca lo seré. He visto la crueldad del mundo y sé que no es justo, pero deseo algo más para el que será nuestro reino y hogar. Quiero respeto, dignidad y justicia, incluso para los más humildes. No quiero que mis ojos presencien más violencia ni desprecio hacia los indefensos.

La tensión se instaló entre nosotros, mostrando la distancia entre nuestras realidades.

—Rin… —mi voz salió gélida—, Esparta no funciona así. Desde niños, somos entrenados en el agoge para ser fuertes, sobrevivir y no mostrar piedad. La compasión hacia los siervos sería interpretada como debilidad, y la debilidad podría motivar su rebelión. Tú eres la única a quien trato diferente, porque te consideran algo ajeno a este mundo de hombres: ellos solo te ven como mi amante, no una amenaza. ¿Entiendes?

Ella cerró los ojos por un instante, sus manos temblaron ligeramente, pero en su voz había una resolución que me sorprendió.

—Si vas a ser rey, entonces puedes cambiar Esparta —susurró con valentía, sin cambiar sus utópicos ideales—. La fuerza no solo está en el cuerpo, sino también en el corazón. Yo te daré la fuerza emocional que necesitas, príncipe Sesshomaru, porque todos tenemos miedos y sentimientos, aunque te niegues a admitirlo. Te seré leal y estaré a tu lado, para protegerte de quienes busquen dañarte… incluso si eso significa arriesgar mi vida.

Una punzada de emoción traspasó mi pecho al escuchar su devoción por mí, pero mantuve la compostura. Aun así, nuestras manos se unieron con un nuevo entendimiento.

—Prometo lo mismo —murmuré con firmeza, sellando nuestro pacto de protección y lealtad.

Nos miramos en silencio, y en sus ojos vi una mezcla de esperanza y miedo, de amor y entrega. Sabía que ambos estábamos cruzando un umbral del cual no habría regreso.

Me levanté del suelo, y me di media vuelta caminando a mi vestidor. Coloqué mi clamide sobre mi quitón y mis insignias reales. Pasé mis dedos por mis largos cabellos atandolos en una suave coleta, que cayeron despeinados sobre mi espalda y colocando un laurel de oro sobre ellos.

Miré a Rin alzando mi mano hacia ella:

—Vamos a dar un paseo por otros sitios del castillo donde no has estado.

Ella dió un saltó emocionada y sostuvo mi mano con firmeza.

Salimos de mi dormitorio. Los soldados hicieron una leve reverencia, pero no me persiguieron. Tenían la expresa orden de dejarme ser libre de movimientos.

Caminamos por los corredores, Rin mirando el lujo y la opulencia con curiosidad, mientras el sol de a poco se escondía entrando tenueamente a través de las columnas. Los siervos ya se encontraban encendiendo las velas para iluminar cada rincón, y cada vez que nos encontrabamos con alguno, inclinaban los ojos ante mi presencia. Yo los ignoraba pero Rin se tomaba unos respetuosos segundos para saludarlos inclinando su cabeza.

Respiré profundo, consciente de que aún quedaban muchos asuntos entre nosotros por resolver.

Mis pasos eran firmes y decididos, mientras que ella avanzaba con una ligereza que parecía transformar nuestro trayecto en una especie de danza.

Cruzamos hacia un patio interior donde el verde pulcro y las flores vibrantes creaban un contraste con las fuentes de agua y las figuras de algunos nobles que conversaban cerca. Ellos me miraron e inclinaron la cabeza en ademán de saludo, mientras Rin, fascinada por las flores, se acercaba para admirarlas más de cerca, arrancando delicadamente algunas.

—Rin, ven —la llamé y ella corrió devuelta detrás de mí.

Tomamos otro pasillo que conducía a diferentes salones, hasta que finalmente alcanzamos el patio principal. Descendimos las escaleras; yo, de un escalón a la vez, ella de dos en dos como jugando, tan alegre y dulce como era, y en frente nuestro, tal vez a unos cien metros, se alzaba un majestuoso templo de columnas blancas y rojas, con inmensas estatuas de colores adornando su fachada. En el techo se leía el lema "Libertad o muerte". Un par de soldados custodiaban la entrada.

Les ordené con un simple gesto:

—Manténganse al otro lado del patio. Nadie debe entrar al templo hasta que yo haya terminado.

Los soldados asintieron con disciplina y se dirigieron al lugar indicado.

Rin subió las escaleras con esa dulzura vivaz que la caracterizaba, adelantándose. Al llegar a la entrada, se detuvo y me miró, como en busca de mi aprobación. Con un leve asentimiento, le di paso. Cruzamos juntos el umbral hacia el inmenso salón, donde se alzaba una estatua de mi padre, imponente y majestuosa, semejante al gran dios Zeus. La luz, suavemente dorada, bañaba el interior, realzando los lujosos ornamentos que adornaban cada rincón. Una alfombra roja se extendía en toda la longitud del camino, conduciéndonos hacia un magnífico trono que dominaba el salón.

Detuve mis pasos, observando cómo Rin continuaba su marcha hacia el trono. Al llegar, me miró y, sin solicitar permiso, se sentó con curiosidad, explorando los relieves en el respaldo sin notar la etiqueta formal que rompía: solo un Rey o un heredero podían sentarse en el trono real.

—Desde este trono, yo también puedo dar órdenes, su majestad —dijo, con una sonrisa traviesa. De pronto, su expresión se volvió solemne, y, con una voz imitando la firmeza de un soldado, declaró hacia el aire—. Tú, joven siervo, ¡tráeme un canasto de melones!

Acto seguido, rompió en risas por su propio juego imaginativo. Caminé hacia ella con calma, disfrutando de su inocente alegría.

Sin reparar en la solemnidad del lugar, Rin levantó los pies y los colgó sobre el respaldo, recostándose como si estuviera en su cama. Con una mirada traviesa y los ojos brillando de picardía, dejo caer el brazo de manera lánguida hacia el suelo, irradiando esa belleza y encanto eterno que solo ella poseía.

Parecía una diosa inmaculada y yo un maldito siervo, deseoso de instruirse más sobre aquel casto cuerpo, que en ocasiones me generaba accidentales erecciones durante las madrugadas.

Subí los últimos escalones y nos miramos directo a los ojos.

—Su majestad —susurró con picardía y un destello de desafío—, ¿quiere jugar conmigo un juego?

Las comisuras de los labios femeninos se elevaron traviesos y pude ver algo de perversión detrás de su límpida mirada.

—Depende —dije con tiento—, ¿cuál es el premio?

El pecho se le alzó en un suspiro y se movió quedando recostada de estómago sobre el asiento. Descansó su redonda mejilla contra su antebrazo y con voz aniñada susurró:

—Lo que pidas te lo daré.

Empujó levemente sus caderas hacia atrás, de un modo sugerente. No sé si lo hizo inconsciente o por provocación, pero mi entrepierna lo interpretó como lo segundo y mi imaginación se disparó lejos.

—No sé si sea una buena idea... —respondí, fingiendo indiferencia con una sonrisa de lado, aunque en el fondo solo quería descubrir hasta dónde llegaría Rin con su atrevido juego de seducción.

Ella me contempló de arriba a abajo un instante, y mordió ligeramente su apetecible labio inferior. Suspiró suavemente, se reacomodó en el sillón y se inclinó hacia el frente, sosteniendo mi mano, y llevándola hacia sus inocentes labios, besando con delicadeza mi dorso. Mis dedos acariciar su ruborizado pómulo para luego sostener su quijada. Coloqué mi pulgar sobre su hinchado labio inferior y Rin abrió la boca, chupando mi dígito con suavidad mientras su timidos ojos buscaban mantenerse en mi mirada.

Al parecer, las prostitutas de mi maldito harem le habían hablado sobre algunas cuestiones vinculadas a las artes amatorias.

Ladeé mi cabeza apreciendo mejor esa hermosa boca, que era mi mayor debilidad. Recorrí con mi pulgar su labio inferior y luego el superior, imaginando otros usos de sus labios sobre mi cuerpo.

Rin pareció leer mis propios pensamientos cuando su mano tocó tímidamente mi quitón en dónde se hallaba mi abultada entrepierna, que dió un sobresalto al sentirla. Miré sereno su mano, su boca y luego sus ojos, y solté su rostro.

Ella se levantó con un grácil movimiento del trono, caminando un par de pasos más lejos de mi posición. Me miró con sus ojos llenos de deseo y yo me mantuve espectante, por lo siguiente que fuera a hacer.

Primero se quitó el cinturón, luego sus finos dedos retiraron las fibulas que sostenían su túnica, que cayó como agua sobre el suelo. Retiró la tela de sus pies y lo empujó hacia un lado del trono. Tan semejante me parecía su belleza juvenil a una diosa, y tan mortal me sentí frente a su desnudez.

Sonrió con picardía, aunque también pude ver algo de vergüenza en sus transparentes ojos.

—¿Me deseas? —me preguntó.

—Más de lo que crees —admití.

Inclinó su rostro hacia un lado, escondiendo sus manos detrás de su espalda. Susurró:

—¿Entonces jugaremos?

Sus labios se me antojaron con muchas ganas. No respondí pero ella interpretó mi silencio como una respuesta positiva.

—Si me atrapas puedes tomar mi virginidad —apostó y luego se dio vuelta, apartándose otro par de pasos de mí, y yo no pude apartar mis ojos de sus llamativas posaderas blancas—, y si no me atrapas tendrás que esperar un mes para volver a intentarlo, ¿de acuerdo? —preguntó finalmente mirándome por encima del hombro.

Recorrí con la mirada todo su dulce cuerpo hasta sus ojos.

—Has escogido el juego menos favorable para ti... —comenté, manteniendo una expresión neutral.

—¿Tú crees? —respondió irónica.

Sin nada más que agregar, me lancé hacia ella. Rin fue sorprendentemente más rápida y ágil que yo, y sus piernas de gacela la llevaron a esconderse detrás de una cortina roja. Desde ahí asomó sus traviesos ojos y de manera coqueta estiró una pierna.

De nuevo me lancé hacia ella, pero otra vez se escapó, escondiéndose detrás de una escultura.

—Oh, príncipe Sesshomaru, creo no es tan buen militar como suele presumir... —me dijo con los ojos llenos de diversión.

Sonreí de medio lado con malicia. Desaté mi clámide de mi hombro izquierdo, y ella se mantuvo como una niña obediente con sus atentos y curiosos ojos, notándose algo más cohibida cuando retiré mi túnica por completo de mi cuerpo.

—Rin —susurré dando un paso más cerca de ella—, no es buena idea que me provoques...

—No quise ofenderte... —confesó con cierta inseguridad, sin apartar sus ojos de mi desnuda entrepierna, y caminando hacia atrás.

—No temas... —susurré con voz ligera e imperturbable—, seré suave contigo...

Rin se dio media vuelta dispuesta a correr pero se pechó de lleno con una estatua de mis antepasados, que tambaleó hacia adelante, cayendo y rompiéndose en pedazos.

—Ups —musitó cubriendo sus labios detrás de sus finos dedos y mirándome con sus ojos de cordero.

La miré sin expresión aparente y con voz gélida le dije:

—Al parecer a alguien le va a doler su primera vez...

Rin abrió de par en par sus ojos e hizo un leve puchero. Me lancé otra vez en su captura y corrió detrás de otra estatua que lanzó contra el suelo por puro gusto, y se largo a reír con malicia, y continúo escapando de mis brazos con la agilidad de sus frescas extremidades, pero también era torpe, así que cuando corrió cerca del trono tropezó con su vestido descartado y yo aproveché para arrojarme encima de ella.

—¡No, príncipe Sesshomaru!, ¡no lo hagas! —exclamó risueña, riendo escandalosamente, cuando sintió mis fuertes manos sobre sus caderas y mi entrepierna contra sus posaderas.

No le respondí y besé su espalda con ansías hasta llegar a sus pequeñas posaderas, que me llamaban poderosamente la atención. Me arrodillé sobre su cuerpo. Sus inocentes ojos se abrieron sorprendidos y pude ver el arrepentimiento en su mirada cuando vio mi erección.

—No quise romper tus estatuas... —musitó con un leve tartamudeó en la última palabra—, se cayeron solas... —mintió sonriéndome con inocencia.

—Cuánto lo lamento Rin... —respondí con suavidad e ironía—, de algún modo tendré que cobrarme tu torpeza...

Cuando hice ademan de buscar su entrada y apuntar mi miembro hacia su interior, contuvo un suspiró e intentó arrastrarse lejos de mí. Reí maliciosamente por el placer que me generaba verla por primera vez dominada, en zona de peligro e intentando escapar de mis garras. Rin hizo un leve puchero, mirándome con reproche y cambié mi estrategia, colocando mi miembro entre sus suaves posaderas y moviendome con un vaiven suave. Ella dio un pequeño sobresaltó.

—Ah —la escuché exclamar con sorpresa.

Llevé mi dedo índice a mi boca y luego lo coloqué masajeando su placentero capullo rosado hasta bajar por su húmeda y virginal entrada, dejándolo resbalar dócilmente dentro. Los tiernos labios de Rin se entreabrieron y suspiró con suavidad. Era la primera vez que un intruso invadía su hermosa y prohibida intimidad. Me incliné sobre ella y besé su mejilla. Rin empujó sus caderas hacia atrás y ese movimiento agitó a mi miembro escondido entre sus colinas.

—He soñado en muchas ocasiones con esto... —admitió abriendo un poco más las piernas, y empujando otra vez contra mis caderas, buscando más de mis caricias.

Presioné mis labios contra la frágil piel de su cuello, sin dejar de tocar con mi mano dulcemente su intimidad. Por primera vez se veía tan indefensa ante mi contacto, a fin de cuentas, mi cuerpo era más grande y ella era tan diminuta comparada a mi tamaño.

Me aparté levantándome cuando vi que no podría aguantarme de tomarla en esa postura. Rin me miró y tendí mi mano para ayudarla a ergirse, ella colocó su palma sobre la mía y con un rápido ademan la levanté entre mis fuertes y musculosos brazos, para luego acomodarla suavemente en el trono real. Era una falta grandísima lo que iba a hacer con ella en este lugar tan sagrado para mi familia, pero a mí me daba igual pisotear este santuario.

Ella era mi mundo y estaba por encima de todo lo demás.

Me arrodillé frente a Rin y coloqué mis manos sobre sus piernas, abriéndolas por completo y apoyándolas sobre mis hombros, y besé sus muslos internos, y ella no se notó cohibida por mis caricias, como si ya no le importará el pudor.

—Su majestad —gimió—, ah, Sesshomaru...

Pasé mi lengua por toda su hermosa entrada hasta su capullo rosado donde me detuve unos momentos a jugar. Rin suspiró con ímpetu sosteniendo con fuerza los respaldos y sentí emanar su húmedad mientras gemía. Besé, lamí y luego adentré con cuidado mi dedo índice, y empujé y salí con delicadeza de su interior. Ella gimió mi nombre entre sollozos y sentí sus paredes contraerse entre mis dedos.

Mi miembro palpitaba, pero ignoré mi propio deseo.

Era ella, solo ella, quien importaba en este momento.

Nada más existía para mí.

Solo quería todo de ella.

Empujó su entrepierna contra mi ansiosa boca buscando más de mis afectos. No dejé de recibir el fruto de su deseo en mi lengua mientras chupaba y lamía su hermoso capullito carmesí. Recorrí con mi lengua con suavidad toda su entrepierna y luego besé otra vez con mesura sus dulces muslos, Continué con el vaiven de mis dedos y luego masajeé con mi pulgar su botoncito, mientras subía con mis labios por su vientre, su dulce ombligo, besando sus costillas, hasta sus pequeños pechos tan divinos que atrapé con mi boca con devoción. Continué acariciando su ardiente entrepierna y Rin no dejaba de sollozar y gemir mientras se tensaba por segunda o tercera vez. Subí con mis labios por su clavícula hasta su oído y besé levemente sus labios.

—Rin, ¿puedo...? —pregunté retirando suavemente mis dedos y sujetando mi dolorosamente hinchado miembro. Ella estaba extasiada con los ojos risueños, colocó sus dedos sobre mis mejillas y me besó suavemente, solo asintiendo—. Si te duele sólo alza tu mano hacia arriba y me detendré —susurré contra su oído como una promesa.

Rin sonrió dócilmente volviendo a besarme con tersura, entonces me aparté acomodándome mejor entre sus frágiles piernas, que extendí de par en par en los respaldos para que su hermosa entrada quedará a merced de vigoroso miembro. Contemplé su dulce y brillante entrada carmesí tan diminuta y desigual al grosor y longitud de mi miembro, y sentí las mariposas bajar con emoción y adrenalina por mi vientre, pero no me adentré en su interior al ver la inseguridad detrás de sus ojos al contemplar nuestro futuro acoplamiento.

—Mírame —pedí—, mírame directo a los ojos...

Me miró.

—Te amo —confesé y me hundí dentro de ella en el acto, besándola y sosteniendo su mano alzada.

No le di tiempo a reaccionar, y estaba apretada, y yo me sentí como un intruso dentro del paraíso que resultaba ser como un infierno, tan receptivo, húmedo y caliente.

—Sesshomaru —susurró con la voz quebrada contra mis labios. Me hundí otra vez un poco más contra ella—, duele...

A veces, sólo en ocasiones, deseaba tener el poder de lastimarla sin miramientos y demostrarle que ella no tenía ningún poder sobre mí, pero estaría mintiendo si hiciera eso.

Entrelacé mis dedos con su mano suplicante y la besé suavemente, y coloqué mi otra mano sobre su botoncito rosado y comencé a acarciarla con suavidad, retirando con cuidado lo poco que había podido ingresar. Pasaron pocos segundos y Rin comenzó a ser más receptiva. Entrelazó sus piernas a mi cintura y luego sus brazos a mí espalda.

Continuamos besándonos con cuidado y sumisión, y finalmente la penetré con algo más de profundidad dentro de un leve vaivén.

—¿Sigue doliendo? —pregunté entre sus labios mientras mi cuerpo temblaba por todo el amor contenido que poco a poco pedia salir con urgencia por mis poros.

—Sesshomaru —susurró ronca mi nombre—, tú sólo continua sin miedo y con más fuerza...

Como siempre, ella siempre tenía la última palabra.

—Te detesto, siempre terminas sometiéndome...

Rio encantada y yo reí junto con ella, ya sin poder ocultar todo lo que me pasaba cuando estaba a su lado. Nos besamos con devoción y cariño. Rin empezó a corresponder poco a poco y de modo torpe mis embestidas. Ya habíamos pasado la frontera del dolor y decidí hundirme finalmente del todo en su interior. Rin gimió fuerte, y pude sentir el tope de su intimidad. Era como si hubiese sido creada a mi completa medida.

—Se siente tan bien... —admití perdiendo poco a poco los estribos y hundiéndome otra vez profundamente.

Rin gimió otra vez contra mis labios. Retiré un poco mi miembro.

—... después de lo mucho que he tenido que aguantarme...

Me hundí otra vez hasta lo más profundo. Rin suspiró mi nombre.

—... cuando venías a mí dormitorio en las noches...

La embestí con fuerza nuevamente. Cerró los ojos y vi unas diminutas lágrimas asomarse en sus ojos.

—... con esa maldita sonrisa...

Me miró con aquella pureza que tanto me gustaba y que era tan diferente a mi naturaleza.

Y comencé con mis embestidas descontroladas, temblorosas y agonicas, en una explosión súbita de amor y ella se sostuvo a mí con desesperación intentando seguir torpemente el ritmo pero fallando miserablemente.

Me sentí renacer con cada nuevo ingreso y deseé que esto fuera eterno junto a ella.

Su piel tan suave, sin ninguna imperfección contrarrestaba con mis cicatrices de mercenario. Qué hermosa me resultaba con su brillante desnudez, su temperatura, los cabellos alborotados y sus ojos llenos de gloria. La besé por completo, su rostro, cuello, clavícula y ella gemía ansiosa, buscando corresponder mis caricias y persiguiendo todo el contacto físico posible. Éramos completamente un solo ser.

Rin paró de golpe y gritó mi nombre con desesperación, y sentí sus paredes contraerse con más fuerza. No sé cómo hice para no disparar mi semilla en ese momento, pero reaccioné retirando rápido mi miembro y le besé los senos, y la di vuelta. Ella se veía risueña y me coloqué detrás penetrándola sin miramientos. Rin gritó y me miró con lágrimas de placer en los ojos.

—Oh, más fuerte —me pidió con su voz de niña inocente, y yo tan sólo hice real nuestros deseos, abrazándome a su cuerpo con afición, acariciando su dulce y ardiente entrada, sin dejar de moverme en su interior, percibiendo un mar de sensaciones que iban más allá de las físicas y besando su hombro y cuello y buscando locamente su adorable boca. No pude contenerme más y gemí junto con ella, sin importarme el tono.

Qué ganas le tenía a su cuerpo, a su alma, a su espíritu... Quiero todo de ella, ¡todo!

—Sesshomaru —gritó con un leve sollozo otra vez empujando sus caderas contra las mías con desesperación, sintiendo mi miembro aprisionado en su interior. Gemí con fuerza pero antes de acabar dentro de ella, retiré otra vez mi miembro y besé con inquietud su cuerpo.

¡Le quería hacer tantas cosas y en tantas formas diferentes posibles!

La hice recostarse en el suelo y Rin, como buena que era aprendiendo abrió sus piernas y recibió gustosa otra vez mi miembro en su corrompido interior. Quedamos mirándonos frente a frente, y se hacía notar con mucha más obviedad lo disímiles de nuestros cuerpos. Yo de complexión musculosa y militar, y ella pálida y con sus extremidades pequeñas, como la muerte misma.

Sus pequeños senos se movían al bamboleo de mi desenfreno junto con sus quebradizas extremidades y yo sólo quería más.

—Te gusta lo que ves, ¿no? —dijo ya suelta de palabras, con la voz rota entre gemidos, sollozos y suspiros—, te gusta... te gusta tener el control sobre mí...

Le sonreí con amor, y le respondí:

—Tan sólo quiero conocer más a fondo a mi futura reina...

Rin se largo a reír y alzó sus brazos hacia a mí y la abracé sin dejar de embestirla. Nos besamos con desenfreno. Sostuve con fuerza sus caderas, y después de unos instantes de inquebrantable placer, sentí que iba a culminar y supe que ella también. Nos miramos directo a los ojos y ella gimió con fuerza, y no me contuve con la intensidad de mis embestidas. Y me apresionó entre sus hermosas paredes y yo desparramé mi semilla en su interior gritando con desesperación su dulce nombre, sin poder parar los pequeños temblores de mi cuerpo. La vi reír complacida sin dejar de golpear sus caderas contra las mías, y yo continué empujando con las pocas fuerzas que me quedaban, sin querer detenerme, imaginando que echábamos raíces y que ella iba a darme un heredero digno para mi corona.

—Te amo mucho —confesó besando mi quijada y me sentí muy afortunado.

Besé sus agitados labios.

Mi cuerpo no dejaba de temblar por tanto amor contenido. Esto definitivamente no había sido suficiente pero necesitaba tomarme unos instantes. Era la primera vez que tenía sexo así, gimiendo sin importarme el tono, besando con tanto deseo y devoción, diciendo impulsivamente palabras de cariño impropias de mi personalidad, pensando en todo momento en su placer como también en el mío, pensando en nuestro placer.

Y me aparté de ella, recostándome de espaldas, tomándome unos segundos para volver a ser yo.

La miré.

Ella no estaba mejor que yo, con los ojos cerrados, con su mano cerca de su pelvis, respirando todavía con dificultad pero sin dejar de sonreír.

De repente abrió sus ojos y me miró con adoración.

—Príncipe Sesshomaru —sus labios se ensancharon con picardía —, ¿eso fue todo?

—¿No te pareció suficiente? —pregunté irónico.

—¿Para ti fue suficiente?... —susurró y su voz se volvió más suave como si estuviera diciendo un secreto—, ¿es por la diferencia de edad?, ¿acaso no puedes seguirme el ritmo? Te costó demasiado atraparme...

—Tontita... —musité pegándole un rápido chasquido en la frente.

—¡Ay! —gritó tocando dramática su adolorida cabeza y luego se largo a reír—. Dilo otra vez...

Alcé mis cejas.

—¿Qué quieres que te diga otra vez?

—Que me amas.

Aparté mis ojos con incomodidad.

—Déjate de tonterías...

—Cuando me hacías el amor, lo dijiste en casi todos los idiomas...

Entrecerré mis ojos. Podía ser en ocasiones torpe pero de tonta no tenía nada.

—No lo diré.

—Príncipe Sesshomaru, solo una vez más —exclamó con reproche y un leve berrinche en su rostro.

—No.

Luego recostó su mejilla contra mi pecho, y con su dedo índice recorrió el contorno de una de mis cicatrices, generándome escalofríos.

—¿Sabes que descubrí?

—¿Qué?

—Que cuando estás dentro de mí ardes en deseo, no puedes controlarlo.

Mi corazón palpitó con fuerza. Pero intenté mantenerme íntegro.

—Todo tu temple de hombre malo y duro se derrumba cuando estás dentro de mí...

Finalmente me ví en la necesidad de decir algo.

—¿Usarías el sexo para manipularme? —pregunté irónico.

Rin apartó su rostro de mi pecho y me miró de cerca, con sus peligrosos labios casi pegados a los míos.

—Solo cuando lo crea necesario...

Y me beso y mis traicioneros labios le correspondieron, y mi traicionero miembro se hinchó levemente, y mi traicionera mente otra vez ... maldita sea, otra vez pensó solo en ella.

Rin se apartó y me miró con ojos risueños y exigió:

—Dilo.

—¿Qué cosa?

—Di esto: Yo, Sesshomaru, príncipe de Esparta, prometo proteger, respetar, serle fiel y amar por la eternidad a la princesa Rin.

Sonreí y susurrando, casi como si fuera un secreto, le dije:

—Lo que se ve no es necesario decirlo en voz alta —susurré.

Ella rió encantada y me besó de lleno, envolviendo sus brazos por encima de mis hombros.

Y otra vez me puse entre sus piernas, y me deslice en su interior, suave y cuidadoso, sin el desborde pasional de nuestra copula anterior. La besé una y tantas veces, me mecí lento en su cálido paraíso prohibido, entrelace mis dedos a los suyos. A través de mis momentos de inconsciencia extasiada, le confesé entre susurros mi amor y ella rió suavemente triunfadora por cada ocasión en la que yo caía inconsciente sobre sus alcochonados labios.

Y en un instante de la noche, todo se volvió claro, como si el sol iluminara mi mente: ella era mi mayor pecado, la libertad que tanto deseaba y, sin embargo, también el abismo en el que estaba destinado a caer...

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